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15 julio 2009

Para ser exactos


Para ser exactos


Son las tres. Post Meridien para ser exactos. Justo entra al metro. Estación Bulnes. Es alto, delgado, demasiado. Los ojos invernales contrastan con el tono rosáceo de su piel. La boca siempre entreabierta – sinusitis- no esconde unos dientes grandes, infantiles, ‘’de conejo’’, dice la madre.
Son las tres y cinco minutos. Post Meridien. Justo espera el próximo metro para enterrarse en su cómodo y aburrido trabajo. Siente el temblor bajo sus pies, el chirriar de metales. El metro se acerca. Siente la taquicardia, lenta, pero taquicardia al cabo y al fin. Se sitúa enfrente de la misma puerta de todas las tardes. Se acomoda la chaqueta y se pasa la mano izquierda por el rubio cabello. Entra. Esta vez no se sienta. Su lugar está ocupado; sin embargo, tiene espacio de sobra para situarse enfrente de la chica. Como todas sus tardes, ella está en el mismo puesto, con los mismos ojos anhelantes de las tres y siete minutos (ahora siete minutos, para ser exactos). Lo mira, de cabeza a pies, para constatar que es el mismo de siempre, aunque hoy lo haya encontrado más rubio que nunca y más rosado que antes.
Él cuenta sus parpadeos. Ella sus respiraciones. Estación Agüero. Se desocupa su lugar y Justo se sienta delante de la chica, como siempre. Se miran. Él con firmeza, ella con deseo, para ser exactos. Se humedece los labios con delicadeza. Esa mirada logra alterar su respiración, más que la sinusitis. Estación Pueyrredón. Ella empieza a jugar con su cabello: lo enreda con finura entre sus largos dedos, ‘’de pianista’’, dice el padre. Acomoda la espalda en el asiento, se muerde los labios, cruza las piernas. Lo observa. Justo respira más hondo. Maldita sinusitis. Se come un poco las uñas. La chica suspira, como agotada y se humedece los labios nuevamente. Lo mira con lascivia y con párpados, ya algo pesados, lo recorre palmo a palmo. Demora la mirada en sitios estratégicos: los pies de Justo (calza 45 para ser exactos), la entrepierna de Justo, las manos enormes de Justo, los labios finos de Justo, los ojos invernales de Justo. Estación Facultad de Medicina. La boca aún más entreabierta, el ritmo desigual de su respiración delatan el estado de agitación interna. Es el deseo, para ser exactos. Ella lo sigue observando, a veces cierra los ojos por más segundos de lo permitido y cuando los abre, arremete contra Justo, como si fuera espada y látigo al mismo tiempo.
Se levanta. Justo la observa cuando le pasa por el lado. Siente el perfume delicado de su cabello, las formas delicadas de su cuerpo escondido bajo el abrigo. Estación Callao. Son las tres y treinta. Post Meridien para ser exactos. Justo se levanta. Se yergue con toda su humanidad. Se sitúa detrás de ella. Está muy cerca. Ella retrocede el espacio exacto para rozar con su menudo cuerpo lo que pueda de Justo. El vagón abre sus puertas y la chica sale primero. Él la sigue, a prudencial distancia, pero ella camina rápido y se escabulle, con agilidad, entre la concurrida soledad de la estación. Justo apresura el ritmo, a despecho de si mismo (la sinusitis le pasará factura pronto) escaleras arriba, para alcanzarla. Pero como siempre, ella gana (o él la deja ganar, tal vez) y a las cuatro y cero minutos, la chica hace su entrada en la oficina de siempre, con la misma mirada cándida de siempre, con el mismo tiempo exacto de siempre. ‘’Buenas tardes, chicos’’, dice sin prisas. ‘’¿Estamos todos?’’ pregunta con el tono dulce de todas las tardes. ‘’No, falta Justo’’, suelta una voz cualquiera.
A las cuatro y trece minutos, llega él, un tanto jadeante, pero perfecto. ‘’Buenas tardes’’, dice y deja la mochila sobre su escritorio. ‘’Trece minutos tarde’’ dice y ella se da la vuelta para verlo de frente. ‘’Lo siento, Jefa. Aún no me acostumbro a este nuevo horario’’, dice con voz suave. ‘’No te preocupes. Yo también ando llegando casi siempre retrasada. El metro se demora. Diez minutos siempre, para ser exactos’’ y sonríe, con esa media sonrisa forzada que tan bien le ha salido durante años. ‘’Podemos empezar entonces a trabajar chicos. Estamos todos’’ y se ata el cabello, con aquellos largos dedos. Se humedece los labios y comienza la rutina de todas las tardes. Como siempre, para ser exactos.