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17 abril 2010

Un cuento sin pretensiones



Para los tantos lectores que pidieron un cuento así.



El amplio auditorio luce atestado de gente. Hay ruido, gente que habla tal vez demasiado alto y una horrible música de fondo que en vez de tranquilizar, altera.
La chica lleva cerca de 20 minutos sentada en la misma posición: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, mientras que el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón. Así de inmóvil espera a que la obra comience o que él aparezca. Lo que ocurra primero dependerá ya del propio destino.
Mientras, en la entrada, él permanece en la fila. Espera por el acomodador para que le indique su asiento. Tiene aproximadamente unas 20 personas por delante que no cesan de hablar. Tanto ruido y él tan intolerante. Si no hubiera sido porque quería ver a la chica, no se hubiera sometido a esa tortura. Detesta el bullicio, las aglomeraciones, el sólo hecho de salir de la comodidad de su casa.
Aguarda sin ganas. Sólo hay un acomodador, lo que hace más lento todo el proceso. 19, 18, 15 personas por delante. Sigue descontando gente a medida que se acorta la distancia entre él y la entrada. 14,12, 9 personas por delante. Respira hondo y cierra los ojos por segundos. Cuando los abre, una fuerte oleada de aburrimiento con hastío lo inunda. ‘’Ya llego’’, dice en voz baja. Sólo queda una persona por delante. Cuando finalmente llega su turno, no espera a ser conducido por el acomodador. ´´Sé muy bien donde queda mi asiento´´, miente y camina veloz en busca de la chica, que lo espera sentada en la misma posición que hace 40 minutos. Recorre las hileras de asientos hasta hallarla. Cuando la encuentra, se detiene a pocos pasos detrás de ella. La contempla: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón; los rizos disparejos caen blandamente sobre la espalda, la cintura estrecha, las angostas caderas. Se acerca lo suficiente hasta posar su mano en el hombro derecho de la muchacha, se agacha y susurra en su oído: ´´Aquí estoy’’. Ella inclina la cabeza y atrapa por segundos aquella mano entre su cuello y su hombro. Levanta la vista y lo observa: pálido, aburrido y hastiado es su primera lectura. Dulce, tranquilo y tímido la segunda, que es la que más le gusta cuando se ven. Él se sienta a su lado y la abraza. Ella se hunde, como tantas otras veces, en aquellos brazos. ´´Pensé que no vendrías´´, confiesa y lo besa, primero en la mejilla, después en los labios. ´´Casi no´´, replica y esboza una media sonrisa.
Las luces del auditorio se van apagando lentamente. La pareja se acomoda en sus asientos, entrelazan sus manos y se disponen, como muchas otras veces, a disfrutar de la función.