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03 febrero 2011

El 29






De lunes a viernes y a las 6.10am, el chico se dirige a la parada del 29 para ir al trabajo. A esa hora hay tan pocos pasajeros que puede escoger el asiento. Depende de su ánimo donde se sienta: a la derecha, en uno individual, o a la izquierda, en uno doble. En ambos casos, lo que le interesa es estar cerca de la ventana para apoyar la cabeza y dormir los 45 exactos minutos que dura el trayecto.

De lunes a viernes y a las 6.25am, la chica se dirige también a la parada del 29 para ir al trabajo. Reza como todos los días para tener suerte y encontrarse de nuevo al chico en el autobús.

A las 6.31am, el 29 hace su diaria aparición. La chica lo ve acercarse, respira hondo y musita: ‘’Que estés. Amén’’. El autobús se detiene y el chofer de todos los días le sonríe: ‘’Buenos días, niña’’. Ella le devuelve la sonrisa e introduce las monedas en la máquina, sin necesidad de indicarle la tarifa al hombre. Con un dulce ademán de cabeza le da las gracias y camina sin prisa para escoger su asiento. Cuenta las personas: exactamente 16 y entre ellas, está él, a la derecha, con la cabeza apoyada en la ventana, las largas y tupidas pestañas que resguardan el descanso de sus ojos arena, la barba rala, los brazos cruzados sobre el pecho para proteger la mochila, los perfectos labios entreabiertos. Ella lo mira extasiada. ‘’El lindo durmiente’’piensa e intenta no avergonzarse de su exceso de cursilería.

Se ubica estratégicamente dos asientos detrás de él, desde donde puede observarlo sin problemas. El chico duerme tranquilo mientras ella lo mira. Cuenta las veces que respira mansamente y como la brisa de la mañana agita con delicadeza sus pobladas pestañas.

Restan algunos minutos para llegar a destino. La chica se levanta del asiento para descender ya en la próxima parada. Se aproxima al muchacho que respira y sueña aún más profundamente. El nerviosismo la inunda. Están a pocos minutos de la parada; sin embargo, reúne el coraje suficiente para posar su mano sobre el hombro del chico y susurrarle con ternura: ‘’Diego. Llegamos’’. Él abre sus magníficos ojos, respira hondo y sonríe a medias: ‘’No sé qué haría sin ti, Gaby. ¡Me pasaría la parada casi siempre!’’ y le regala la otra mitad de la sonrisa y así ambos descienden y enfilan sin premura con destino a su trabajo.