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12 diciembre 2012

La fiesta



Roza con disimulo su mano, como por accidente. Mariano la mira y comprende en el acto la urgencia de esa caricia tan íntima. Entonces, ella se levanta de la silla, se excusa, dice que va por bebida, algunas veces;  que va a socializar con el resto de los chicos, los amigos de ambos; que quiere fumar cuando hace tiempo dejó de hacerlo, que quiere retocarse el maquillaje. Excusas. Tiene miles de ellas. Sabe que la sigue con la mirada hasta donde puede, sin levantar sospechas y calculando certero el tiempo que tendrán para sus besos.

Mariano sonríe afable y se excusa, minutos después, no sin antes besar a su novia con la misma delicadeza con la que la ha besado esos últimos ocho años juntos. Su novia le devuelve el beso y la sonrisa. Con tranquilidad, va en busca de la chica. Bebe un sorbo del vino blanco que reposa ya tibio en su copa. En el camino hacia el encuentro, saluda a otros de sus amigos, que también son amigos de su novia y de la chica. En esas fiestas siempre hay mucha gente, ajena y propia, por fortuna.

Logra perderse adrede y llegar hasta el sótano, donde ella lo espera, con el alma en vilo, como siempre que se encuentran. Abre la puerta y pregunta dónde está con voz tan baja que nadie, ni siquiera él mismo, hubiera podido oir; sin embargo, ella lo hace. Suspira y responde, en el mismo tono de sigilo: ‘’Aquí’’. En la oscuridad, logran encontrarse, sin tropezarse con nada de lo que está en desorden, en el piso. Se encuentran sus manos, sus bocas, sus cuerpos. Se acarician, se besan, se abrazan. En cada movimiento, ellos mismos se vuelven territorios misteriosos y esos besos y caricias son siempre nuevos y a la vez expertos. Cinco minutos bastan para ese intercambio de vida.

Una vez saciados, ella lo empuja suavemente hacia la puerta. ‘’Hasta la próxima fiesta’’ y lo besa. Él se pierde en ese último beso, un tanto huidizo, un tanto eterno. Acorta camino por el jardín, mientras ella sube al primer piso de la casa para bajar enseguida por otras escaleras y llegar hasta la cocina, donde dejó a su grupo de amigos. Mariano ya está ahí, conversando animadamente. Cuando la ve acercarse, parpadea sutilmente y sonríe amable, como si fuera inocente. Ella rodea con sus brazos a su propio novio y lo besa en el cuello. El muchacho gira un poco y la atrae más hacia sí. ‘’Quiero que me expliquen por qué las mujeres tardan tanto siempre’’ y la besa en los labios. Se abrazan, mientras todos ríen.

Mariano levanta su copa y habla en voz alta: ‘’¡Amigos, propongo un brindis! ¡Por el amor, el cariño y la amistad!’’. Todos en el grupo levantan sus copas, las chocan unas contra otras, celebran, silban. Ella dice: ‘’¡Y hasta la próxima fiesta, Mariano! ¡Que es esto lo que nos une!’’ y ríe su mejor sonrisa para él. ‘’Tienes razón’’, concede el muchacho, no sin antes mirarla, entre divertido y tierno. ‘’Es esto lo que nos une’’, concluye. Todos ríen, hasta que las risas dan paso lentamente a nuevas conversaciones.