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10 octubre 2013

Cada uno con su infierno





Muchas veces la vi, desde el quinto piso. Cabellera gris, aunque era una mujer aún joven, estatura promedio, ojos castaños y esa voz...esa voz gastada por todos esos años de gritos e imprecaciones. Mi escaso tiempo ahí estuvo signado por esa señora y es quizás la única a la que recuerdo. Ella incluso opacó con sus repetidas apariciones, el recuerdo de mi propia muerte. A veces, yo mismo no aguantaba y quería irme a gritar con ella. La oía: ‘’ ¡Malditos! ¡Hijos de puta!’’ Y esa ‘p’ salía despedida con toda la fuerza de su insana humanidad y yo quería gritar también, pero siempre me contuve. Siempre.
Yo estaba en el quinto piso, ya lo dije. Me asomaba a la ventana cuando ella iba in crescendo. Me desconcentraba. ‘’No entren ahí. ¡Está el demonio!’’, decía y con su dedo huesudo apuntaba con fiereza al Banco Hipotecario. Empezaba su discurso con frases coherentes, como si se tratara de una suerte de profeta o evangelizadora que intenta convencer a una audiencia variopinta. Pero a medida que iba subiendo el tono de voz, iba perdiendo coherencia. Era en esos momentos en que sus gritos se abrían paso desde toda Reconquista hasta mi quinto piso. Me taladraban el cerebro. ‘’ ¡De ahí te sacan porque estás loca!’’ ‘’¡Pero es mentira! Yo no estoy loca. Ellos me hicieron loca. ¿Saben qué dijeron de mí? Que no podía, que no sabía. ¡Pero es mentira!’’. No sé a quiénes se dirigía. Nunca supe, tampoco, su verdadera historia. En eso nos llegamos a parecer. Nadie sabe a ciencia cierta qué produjo su locura. Nadie supo qué produjo la mía.
Un día, uno de mis últimos, bajé a fumar, aunque yo no era fumador. Si llegué a fumar una cajetilla entera en mis 33 años fue mucho; sin embargo, aquel día ella estaba ahí: enfrente del Hipotecario. Se paseaba como león enjaluado. ‘’Tienen que tener cuidado. Esa gente es mala. Les encanta hacer daño. ¿Pero saben qué? Yo no me dejé vencer y aquí estoy. Voy a comprarme un yogur’’. Iba, venía, venía, iba. Toda Reconquista llena de sus gritos. Esa vez que la vi,  corría como burlándose de varias personas de su mente y haciendo como una gallina: ‘’ ¡No te dejan en paz! ¡No saben lo que hacen porque yo tengo la razón!’’. Me entretuve mis 15 minutos de permiso con su danza inquieta, con la gente inmisericorde que se burlaba y con la gente que también le huía. Ese día me pregunté si yo tendría el coraje de permitir que mis propios demonios me dominaran de esa forma y salir corriendo a perseguir lo imperseguible, a la nada, a mí mismo, pero siempre me contuve. Siempre.
Dos días antes de mi muerte, me quedé parado en la puerta del trabajo a verla. Llevaba la misma vestimenta de siempre: pantalones vinotinto de corte recto, un sueter negro atado sobre los hombros, una camisa de mangas largas blancas, a pesar del calor del verano. El pelo atado. La mirada fija en un mundo que tal vez solo existía para ella y que estaba poblado de gente realmente mala, que la había desestabilizado, como a mí. Me fui acercando lentamente. Ella me vio y me clavó mil cuchillos con la mirada. Me fui acercando cada vez más y más. El corazón me latía de prisa. Corría el riesgo de que me atacara, como había hecho con otros transeúntes. La fui rodeando, con sigilo. Saqué un cigarrillo e hice el ademán de encenderlo. ‘’Fumar es tan dañino como tener plata. Mucha’’, me espetó. La miré y le dije: ‘’Solo fumo cuando estoy nervioso’’ le dije. ‘’Yo como yogur. De vainilla’’, continuó. ‘’El día está lindo’’, seguí yo. ‘’Nunca estoy aquí de noche porque esta gente duerme y yo a veces también. Escúchame: duermen y quién sabe si duermen bien. Con todo el daño que hacen, no creo que duerman felices. No tengo calor’’. Nuestro corto e incoherente diálogo, se extendió por espacio de 10 minutos más. Parecía una escena de un sueño, aunque yo estuviera despierto, alerta. ¿Lo estaría ella dentro de su locura?.

Encendí el cigarrillo y le di una única pitada. Aspiré con fuerza. Exhalé con más fuerza aún. ‘’¿Sabe que haré mañana?’’. Fijó la vista en mí, como si supiera de antemano la respuesta que no iba a darme. Sacudió la cabeza. ‘’ ¿Ve esa ventana de ahí, del quinto piso?...Bueno, mañana pienso lanzarme desde ella, abrir los brazos, caer, volar como un pájaro’’. Ella respiró hondo. ‘’Es preferible volar desde un sexto, pero no desde un quinto. Yo, sin embargo, no lo intentaría’’,  arrastró estas últimas palabras y bajó la voz, como si estuviera contándome un secreto. ‘’ ¿Por qué no desde un quinto?’’ pregunté con el mismo tono de secreto. ‘’Porque la felicidad está en Jumbo’’. Se dio la vuelta y empezó a marchar, como un soldadito que repetía con cada paso: ‘’La felicidad está en Jumbo’’.

Al día siguiente de esta conversación, llegué a trabajar como siempre, puntual, como el buen alemán correcto y contenido que fui en vida. A las 10:00 am, cuando oí su primer grito, me levanté de mi silla y me fui a la ventana. La abrí despacio. La vi. Alaridos. Aspavientos. Los mismos de siempre. Me quité los zapatos. Mis compañeros no notaron lo que estaba haciendo. La pierna derecha la apoyé sobre el alféizar. Después la izquierda. Flexioné un poco las rodillas, me incliné como si fuera a lanzarme en una piscina. Cerré los ojos, respiré hondo y me impulsé. La oí gritar. Fue la única que gritó y su grito acompañó el recorrido de mi cuerpo desde el quinto piso hasta el pavimento de Reconquista. Sin ruidos innecesarios porque siempre me contuve. Siempre.