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16 enero 2014

Episodios





Ella iba y él venía. O ella venía y él iba. Aprovechaban cualquier momento para verse, a pesar de la hora de viaje que los separaba.
 En una reunión con amigos se besaron en una escalera a oscuras. También se abrazaron en alguno que otro sitio público, de forma furtiva, siempre que pudieron. En una cena, entrelazaron los pies por debajo de la mesa, con mucho sigilo, para no despertar sospechas en sus respectivas parejas, ya que ambos pertenecían a relaciones totalmente irrespetables, por fortuna.
Una vez, en el tren atestado de gente y en el medio de sus propios amigos, quedaron tan, pero tan juntos, que su mano descansó todo el trayecto en el bolsillo del abrigo de él, sus largos dedos enredados con los suyos. Disimulaban tan bien su química que ni los videntes sospecharían del infierno que los consumía.
En una fiesta en la casa de él, en la que se perdían adrede por los pasillos y en los cuartos a oscuras para besarse, llenaron sus manos de papelitos con poemas urgentes, infantiles y a la vez telúricos.
La noche del tango en el club, con todos ellos, sus amigos, bailaron el peor tango de la historia. Con los ojos cerrados, se llevaron por delante a todos, estaban sus cuerpos muy juntos, las respiraciones perdidas en sus cuellos, los latidos acelerados y los besos clandestinos. Ese tango culminó con todos sus amigos (y ellos, aunque un tanto ajenos a todo) sentados a la mesa viendo un espectáculo de bailarines, pero tomados de la mano, amparados por la poca luz del lugar.

Cuando se les escapó esa vida juntos y tuvieron que despedirse, hablaron una hora por teléfono. ‘’Gracias por el viento’’, le dijo él, una y otra vez. ‘’Eres el tiempo’’, respondió ella, una y otra vez. Se dijeron adiós con firmeza, sin prometer verse, ni encontrarse, a pesar de sí mismos. Nunca más un beso. Nunca más un invierno juntos. Tampoco noches escondidos entre las sábanas. Nunca más la vida entre sus brazos.