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18 mayo 2014

El pirata



Camina por el pasillo iluminado de a ratos por bombillitos que desprenden una luz mortecina. Le parece interminable, tanto como su angustia. Transpira cada vez más, al tiempo que dice en voz baja: ‘’al final del pasillo’’, tal y como le indicó la mujer de la entrada.
Sus pasos resuenan, aunque trate de no hacer ruido, producen una especie de eco que retumba en las paredes descascaradas y sombrías, y vuelven sobre sí, pesados, quejumbrosos. Intenta caminar en puntillas, para no molestar, pero ¿molestar a quién, si no hay nadie que escuche?
Al final del pasillo, está la puerta grande, con manijas de metal y unas ventanas rectangulares, pequeñas, que desentonan con las dimensiones de la puerta. Avanza con rapidez, pero se detiene cuando faltan tan solo cinco escasos pasos para abrirla y entrar. Cierra los ojos para tratar de recuperar el aliento, se persigna y reza. Respira hondo: ‘’Que no seas tú. Amén’’, dice en voz casi tan inaudible que le cuesta incluso oírse.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro pasos.
Respira hondo de nuevo. Abre los ojos.
Cinco.
Empuja la pesada puerta que chirría inclemente. Una luz blanca cegadora, que contrasta con la escasa del pasillo, lo inunda todo. Se cubre los ojos con las manos por minutos, hasta que se acostumbra a tal inesperada luminosidad. En medio del salón, y cubierto hasta la cintura con dos sábanas blancas, casi nuevas, está un muchacho. Se acerca con sigilo y lo observa, primero a prudencial distancia, después de cerca y mucho más de cerca aún. Hay una mezcla de olores nauseabundos que marearía a cualquiera, pero ella no los siente. Solo lo observa, en silencio. Observa sus manos, como descansan sin prisas sobre el frío metal. Observa la cicatriz maltrecha que recorre su tórax. No lo encuentra parecido con nadie. Observa sus hombros, que se adivinaban firmes, anchos, ahora un tanto encogidos. Observa la piel, antes morena y tersa, ahora marchita, violácea. Se acerca más. No se parece a quien busca desde hace tres días. Se acerca aún más y detalla el cabello: rizos sucios, pegados a la cabeza sin orden, unos; ocultando parte  del rostro, otros.  El cuerpo hinchado, un tanto también arrugado, a ratos violáceo y a ratos amarillento, puede ser el de cualquiera, o el de nadie. Se inclina sobre el cuerpo, de manera que su cara quede a la misma altura que la del muchacho.
Contiene la respiración. El rostro, también hinchado, no delata ningún rasgo definitorio, propio. Exhala. Con delicadeza le retira uno por uno los rizos que ocultan parte de esa cara. No lo encuentra aún parecido con nadie hasta que asoma la cicatriz que cruzó esa frente desde los 10 años, la fatal marca de un accidente menor en bicicleta. Respira hondo. Tiembla. Retira por completo el cabello y queda al descubierto por completo el rostro. Recorre el nacimiento de la cicatriz, desde el cuero cabelludo hasta la ceja izquierda, donde la divide en partes desiguales sutilmente. ‘’¡Siempre pareceré un pirata!’’, recuerda que él le dijo, cuando se vio en el espejo por primera vez, después que le retiraran las vendas. Pesadas lágrimas empiezan a recorrer su rostro. ‘’No quería que fueras tú, hijo’’, dice con la voz entrecortada. Le acaricia el rostro con ternura. Le acomoda el cabello eternamente desprolijo. Toma las sábanas y lo cubre: primero el pecho hasta los hombros con una; después la cara, con la otra. ‘’Descansemos en paz, hijo. Quería encontrarte, pero no así’’.
Ángela sale del salón, con pasos cortos y a la vez pesados. Empuja de nuevo la pesada puerta, y se ve envuelta por las sombras tristes del pasillo, que recorre una vez más, pero ya sin prisas.

Al llegar al inicio, la espera la mujer, que al verla, entiende todo sin necesidad de que ella le confirme nada. La toma del brazo delicadamente y la lleva hasta una silla. Le ofrece un vaso de agua y aguarda. Ángela sostiene el vaso con la vista perdida en la nada. ‘’Es mi hijo. Mi amado hijo’’. La mujer solo atina a decir ‘’lo siento’’, antes de dejarla a solas un rato. Cuando regresa, se inclina y le dice con dulzura: ‘’Señora, vamos a necesitar los datos de nacimiento de su hijo, su cédula de identidad, para poder armar el acta de defunción y también…``. Ángela la escucha sin escucharla realmente. En su mente solo resuena la voz de su hijo: ‘’¡Siempre pareceré un pirata!’’.