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15 julio 2015

El sobre




Como todos los días, llega a su casa después del trabajo y coloca música. Algunas veces bebe unas cervezas y otras se prepara unos whiskys dobles, elección que depende de cuán difícil haya sido su día laboral. Es un ritual, lo sabe, pero también sabe que esas gotas de alcohol esconden algo más: el desasosiego de saber que siempre que llega a su casa, lo está esperando la soledad, que todo lo llena y abruma.
Ese día se preparó un whisky doble, bien fuerte, como a él le gusta, con pocos hielos. La música sonaba a un volumen agradable. Se quitó los zapatos, se sentó en el sillón que da al pequeño balcón y bajó un poco la persiana, lo suficiente para que circulara el viento y el sol de la tarde no lo molestara.
Entre sorbo y sorbo, observa a la gente que pasa por la calle, los autos, las tiendas que empiezan a cerrar tras otra jornada de trabajo. Observa todo sin pensar demasiado. Solo está ahí, sentado, bebiendo, a merced de su propia nada.
Son cerca de las 9:00pm y aún no tiene hambre. Ya ha vaciado media botella de whisky, sin sentir ninguno de sus efectos. De repente, oye pasos en el pasillo. El apartamento enfrente al suyo está vacío desde hace un año. Tal vez sea alguien que se confundió de piso o finalmente lo alquilaron. Los pasos avanzan y se detienen sin vacilar ante su propia puerta. Perplejo, se levanta del sillón. Por debajo de la misma, alguien introduce un sobre. Después de unos minutos, los pasos se alejan, en dirección a las escaleras. Se agacha y recoge el sobre,  sin detallarlo mucho. Huele a humedad, sin embargo. Pareciera que ha estado guardado por mucho tiempo. Enciende la luz del pasillo y se asoma por el ojo mágico. No ve a nadie. ¿Quién se tomaría la molestia de subir los nueves pisos de su edificio para deslizar un sobre por debajo de su puerta a esas horas de la noche? Se encoge de hombros, sin haber visto bien todavía lo que le dejaron. Bebe el último sorbo de whisky y abre la puerta. Camina hasta la baranda y se asoma. No se ve a nadie descendiendo y mucho menos se oyen ruidos de pisadas. Regresa hacia su casa y es cuando presta atención al sobre. ‘’Por avión’’, dice en la parte superior izquierda con una letra de niño, infantil y desordenada. Respira hondo y continúa leyendo. ‘’Sra Delfina Arango’’. Empiezan a temblarle las manos. El vaso cae de su mano izquierda y se vuelve añicos. Él cae de rodillas, sin sentir que los diminutos cristales del vaso roto se clavan como astillas filosas en la piel. ‘’Calle 45. Casa no. 60’’. No puede seguir leyendo. Conoce de memoria el contenido de esa carta, al destinatario y al remitente. Pesadas lágrimas empiezan a resbalar por su rostro. Aprieta la misiva contra sí. Hace 40 años que espera la respuesta de esa carta que él mismo escribió, a los ocho años, a escondidas de su padre:
‘’Querida mamá:
Vuelve. Te lo pido. No quiero estar más sin ti. Te ama tu hijo Raúl’’.
Después de unos instantes, se levanta. Entra a su casa y cierra la puerta. Se apoya de espaldas a ella, aún con la carta amarillenta entre sus manos y dice: ‘’Nunca quise estar tanto tiempo sin ti, mamá. Nunca’’.