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24 octubre 2015

Cadillac



´´Le trajeron esto hoy, Señor’’, dice la mujer y le extiende un sobre color crema, lacrado. Daniel la observa y toma el sobre con lentitud.
‘’¿Quién lo trajo? Pregunta en voz baja. ‘’El chofer’’, dice la mujer y une las manos a la altura de las caderas. Daniel la mira sin verla por segundos. La mujer, incómoda ante la mirada vacía, pregunta: ‘’Me puedo retirar, Señor?’’. Él demora otros pesados y largos segundos en asentir con la cabeza. La ve caminar hacia la puerta y cerrar la puerta del despacho sin hacer ruido. Posa la vista sobre la misiva. Detalla cada una de las esquinas del sobre, el color, el sello. Cierra los ojos y la huele. ‘’Chocolate’’, dice en voz baja.

‘’En un mes me caso’’, le dice al oído y el olor chocolate de la cabellera castaña lo envuelve. ‘’Estarás invitado’’ y suelta una risita burlona al tiempo que posa la mano sobre su pecho. ‘’¿Quieres ser el padrino?’’ y la risita inunda toda la habitación.
Daniel se incorpora irritado y esconde la cabeza entre las manos. ‘’No te atreverías’’, dice con rabia. La chica ríe con la misma risa cruel y fría. ‘’¿Ah no?’’. Daniel se le acerca y la levanta con fuerza por los hombros, le clava las uñas en la blanda carne. ‘’No te atrevas’’. ‘’¡Me estás haciendo daño!’’ y la chica forcejea para zafarse. Daniel la suelta, sale de la cama y se para en la ventana. ‘’¡Me dejaste las uñas marcada, imbécil!’’, la oye chillar y observarse en el espejo: la piel blanca y suave reluce ante la poca luz de la habitación. El largo cabello castaño le cae sobre la espalda sin ningún orden. Los pechos llenos se agitan ante todos sus movimientos. ‘’¡Eres un imbécil!’’, ‘’¿Cómo le explico yo esto a Fran?, ¿cómo?’’, grita enajenada y se abalanza con los puños cerrados para golpear a Daniel, quien la ataja y la domina sin hacer mucha fuerza. La chica sigue gritando. Sus insultos llenan cada rincón de la habitación. Daniel la levanta en vilo, sin sentir las patadas, los mordiscos, sin oírla. Cae encima de ella sobre la cama y empieza a besarla. Ella se vence, abre los puños, suelta los brazos y lo abraza. Vuelven de nuevo a amarse, mucho mejor que antes. Un delicado aroma a chocolate se expande por la habitación cuando ella gime de placer una y otra vez. ‘’Dani’’, dice suavemente y se abandona en el placer. Aún dentro de ella, Daniel la acaricia sin prisa y le retira el cabello del rostro. ‘’No serás de nadie’’ susurra y embiste con toda su fuerza. Los gemidos de ambos se mezclan con el olor a chocolate por toda la habitación.

Daniel abre los ojos e intenta recuperar el ritmo de su respiración. Abre el sobre y lee: ‘’Francisco y Aurora tienen el agrado de invitarlo a su enlace matrimonial que se celebrará …’’. No termina la frase. Se levanta de la silla y se dirige a la ventana. ‘’¡Maldita sea!’’ masculla y golpea con fuerza el cristal. Los vidrios estallan y caen a sus pies. En el piso lucen como pequeños diamantes, de sangre. ‘’No serás de nadie’’, grita y su voz retumba en todo el despacho.

La iglesia luce perfecta totalmente iluminada. Hay flores por todas partes, agitación, ruido, incluso un poco de efímera alegría. ‘’Los declaro marido y mujer’’, dice el sacerdote con una sonrisa ensayada. ‘’Puede besar a la novia’’. Los asistentes aplauden el lánguido beso de los novios. Se oyen silbidos y los consabidos ‘’¡vivan los novios!’’, ‘’¡que vivan!’’. En el único rincón a oscuras de la gran nave central, Daniel aprieta los dientes y observa. Detalla a la chica, su blanco vestido, sus frívolos y estudiados gestos. La sigue con lentitud, oculto entre las sombras. La ve desfilar sin premura, ostentando su belleza y su vacío al mismo tiempo.

Entre más aplausos y felicitaciones, los novios entran en el Cadillac. Daniel los observa, presa de una rabia que amenaza con escapársele del cuerpo. Llega hasta su auto al mismo tiempo que los novios emprenden el camino hacia la fiesta. Golpea el volante, grita. Enciende el motor y sale a toda velocidad del estacionamiento.

En el Cadillac, el novio tiene apoyada la cabeza sobre el asiento y la chica mira sin ganas por la ventana. ‘’Me duele’’, dice el novio y se cubre la frente con la mano izquierda. La mujer lo mira con desdén y le dice en tono cortante: ‘’¡no fastidies!’’ y vuelve a concentrarse en mirar por su ventana.

Llegan a un semáforo. Luz roja. El novio se inclina un poco hacia delante, con ambas manos en la cabeza. ‘’Me duele mucho’’, dice. ‘’Son los nervios’’, responde la chica con un mohín de desprecio. Luz amarilla. Suena el primer disparo. Suena el segundo. Fran cae sobre la falda blanca de Aurora, con el cráneo destrozado. Su sangre baña todo el asiento, todo el vestido. Aurora grita. El chofer detiene en seco el Cadillac. Del lado izquierdo, pasa rasante otro auto, negro, pequeño que se pierda en la oscuridad de la noche. Aurora sigue gritando. Se detienen otro autos alrededor del Cadillac. Sacan a Aurora, ensangrentada. Sacan a Francisco, sin vida. Dos disparos en la cabeza.


Daniel se despierta. Bosteza. Se levanta después de un rato. Toma un baño y baja a desayunar. Al llegar al comedor, la mujer lo espera con el desayuno y el periódico. Se retira en silencio, como siempre. Daniel termina la primera tostada y sorbe un trago de café. Hojea las noticias. Se detiene en una única. La lee despacio. ‘’Te dije que no serías de nadie’’, susurra. Cierra los ojos y continúa tomando el café, en pequeños sorbos.





19 octubre 2015

Al aeropuerto



Ambos esperan en la esquina al taxi que lo llevará a él al aeropuerto. ‘’¡Este viaje inesperado!’’, exclama la chica y en su voz puede notarse todo su disgusto. ‘’¿No podían mandar a otro? ¿Por qué a ti justamente?’’ y frunce el ceño. Él, acostumbrado a sus quejas y explosiones de carácter, sonríe con benevolencia. La atrae hacia sí y la besa: primero en la mejilla izquierda, luego en la derecha y por último en la boca. Ella le devuelve ese último beso, con algo de resistencia. Es, sin embargo, una rutina conocida por ambos: ella se molesta por algo, banal o no, explota en quejas y berrinches impropios ya para su edad, y él solo la besa, como si con ese beso calmara a una fiera. Siempre funciona. A veces los besos vienen seguidos de abrazos. Él la esconde entre sus brazos, la aprisiona, la deja sin aliento. Ella se deja vencer. A final de cuentas, él siempre gana. Siempre.
El taxi llega. La muchacha se acomoda en el asiento de atrás, justo en el medio, mientras el chofer acomoda las maletas, bajo la lánguida supervisión del muchacho. Después de unos minutos, entra también al taxi. Pasa su brazo derecho por el hombro de la chica y ella se amolda en el espacio entre el pecho y el hombro. Él acaricia su cabello de a ratos. Sus manos permanecen entrelazadas, cómodas, relajadas.
El chofer los observa por el espejo retrovisor con disimulo. Siempre le han disgustado las parejitas de enamorados que parecen estarlo más de la cuenta. Se besan y abrazan como si no hubiera tiempo para quererse, sino solo enfrente de todos, a la vista de todos. Detestable.
En algún punto del recorrido, el chico pregunta:

-‘’¿Vas a incluir a alguien más en la lista de invitados?’’
-‘’No. No quiero. Es más dinero. Preferiría usarlo para nuestra luna de miel’’
- ‘’¿Falta algo aún?’’
- ‘’¡Falta todo! ¡Y justo ahora te vas y me dejas sola con todo!’’
- ‘’¿Y qué es todo?. Lo más importante lo tenemos ya listo’’.
-‘’Entregar las tarjetas y escoger la decoración del salón y de la iglesia, la música, en qué mesas irán los invitados, etc. ¡Son muchas cosas!’’.

La muchacha se separa por instantes del abrazo y lo mira con una nueva furia entre infantil y tierna. Él la observa y la besa en la frente. ‘’Te odio’’, dice entre dientes. ‘’Tanto como yo te amo a ti’’, le responde el muchacho. Ambos se miran, sonríen y se besan. El chofer los observa de nuevo por el espejo, al tiempo que piensa: ‘’¡Qué cantidad de estupideces tengo que escuchar de este par!’’.
Al llegar al aeropuerto, la pareja desciende, tomada de la mano. No faltan entre ambos más abrazos ni más besos. ‘’Espere aquí’’ le ordena la chica al taxista, quien se apoya de mala gana en el auto, cruzado de brazos.
Caminan despacio hacia el mostrador para los trámites de costumbre. Y una vez finalizados, la despedida es urgente, desesperada. Aunque se separen por pocos días, ambos se sienten un tanto abatidos. La chica abraza al muchacho sin querer soltarlo. Él le acaricia el cabello, la aprieta contra su pecho, la besa. ‘’Tengo que embarcar’’, le dice. Finalmente, ella lo deja ir. ‘’Te espero. Te vendré a buscar’’, le grita, a medida que él se aleja despacio.

De regreso al taxi, va cabizbaja, absorta en sus pensamientos. El chofer le da la última pitada al cigarrillo al verla venir. Una vez en el auto, la mira y le dice: ‘’Detesto el teatro’’. Ella lo mira, sin decirle nada. El hombre prosigue: ‘’No hay que exagerar: ni los besos, ni los arrumacos ni los abrazos. Mucho menos, escúchame bien, mucho menos las declaraciones’’. Ella bufa. ‘’Es un tonto. Nunca se dará cuenta de esta mentira. Gran mentira’’. Al tiempo que lo dice, se inclina sobre el chofer y le lame la oreja, le acaricia el cuello: ‘’Tú eres el único en mi vida, pero es con este idiota con quien debo casarme. Llévame a casa, por favor’’.