Google+ Followers

15 enero 2017

El rifle


Para su cumpleaños número 16, su padre le regaló un rifle. Lo puso en sus manos tan de súbito que casi lo dejó caer. ‘’¡Cuidado!’’, le gritó. ‘’Tienes que saber controlarlo desde ya. Te a va servir para defenderte’’. Presa del miedo, lo miró y con un hilo de voz le preguntó: ‘’¿Defenderme de qué?’’. Su padre arqueó una ceja y socarronamente respondió: ‘’No sé, tú sabrás’’.
Acto seguido, el hombre llevó al muchacho casi a rastras al patio de la casa. ‘’No quiero, papá. No quiero disparar’’, dijo en voz baja. El padre lo miró de arriba abajo: ‘’No estoy criando maricones, sino hombres hechos y derechos. ¡Tanto tú como tu hermano van a aprender a disparar esta vaina!’’ le gritó. Le arrebató el rifle, lo cargó y apuntó hacia la nada. ‘’Quédate ahí. Voy a buscar unas botellas’’ y le devolvió el arma. El chico la agarró temblando. Era muy pesado para él que era delgado y delicado.
Su padre volvió con cuatro botellas de vidrio. Las colocó sobre la vieja mesa de trabajo del patio, a centímetros unas de las otras. Caminó hasta donde estaba el muchacho y tomó el rifle. Apuntó a la primera botella de la izquierda. Apretó el gatillo. Un estruendo y una humareda instantánea dieron el resultado esperado: la bala había impactado en la botella, la había volado en pedazos.
El hombre arrastra entonces al muchacho hasta un punto medio entre las botellas restantes. ‘’Dispara’’, le ordenó. El chico tomó el rifle. Tambaleó. Sudaba copiosamente. Intentó apuntar lo mejor que pudo. Cerró los ojos y disparó. La culata golpeó su hombro derecho con tal fuerza que lo hizo soltar el arma y caer al suelo. No le acertó a ninguna botella. El padre furioso lo levantó en vilo y lo sacudió, como si él fuera tan solo una almohada que había caído al piso. Lo golpeó con toda la fuerza que pudo. El muchacho cayó de nuevo. ‘’¡Imbécil! Mañana vamos a ir cerca del río y más te vale que apuntes y dispares bien!’’, gritó y entró a la casa. El muchacho se quedó unos minutos en el piso, encogido, con la cabeza escondida entre las piernas, sollozando.
Al día siguiente, después del desayuno, el padre colocó el rifle en la parte de atrás de la vieja camioneta y al hijo en el asiento del copiloto. El muchacho hizo todo el trayecto con la cabeza baja y los ojos cerrados, como si no estuviera ahí, esperando demostrar una supuesta hombría que no le interesaba demostrar. Estaba ahí, sin estar, deseando escapar.
Al llegar a la ribera del río, el hombre estaciona. Apaga el motor y mira a su hijo. ‘’Bájate y agarra el rifle’’, le ordena con desdén. El chico obedece. Respira hondo, sale de la camioneta y toma el arma. Ambos caminan por la orilla del río, buscando el mejor lugar para la práctica. Se adentran un poco en la maleza, avanzan unos metros hasta encontrar un claro. Se detienen. Ven una choza en ruinas, abandonada, pero con una ventana con sus vidrios sorpresivamente intactos. El padre la observa. ‘’Dispárale a la ventana y quiero ver todos esos vidrios rotos’’. El muchacho carga el arma, apunta con dificultad hacia el objetivo, tiembla. Va accionando el gatillo despacio hasta que dispara. Salido de no se sabe dónde, un pordiosero se asoma por la ventana en el mismo instante en el que la bala avanza sin piedad y atraviesa no solo la propia ventana sino la frente del hombre hasta alojarse en la pared del fondo, donde termina su fatal recorrido. Padre e hijo gritan y corren hacia el pordiosero, quien yace en el suelo de la choza con los ojos bien abiertos y con una trágica y última expresión de sorpresa.
El muchacho cae de rodillas, sin darse cuenta, sobre el charco de sangre que le empapa los pantalones. Tiene la vista clavada en aquel rostro sin vida. A metros detrás de él, el padre observa la escena. ‘’Lo mataste’’, dice en voz baja. ‘’¡No, no! ¡Esto no es posible! ¡No es mi culpa!’’ explica en vano el chico. ‘’Lo mataste’’ le reitera, al tiempo que se le va acercando. Lo toma por los hombros y el hijo siente cómo los dedos de su padre se entierran como agujas de hierro en la piel. También siente cuando lo levanta del suelo y lo lleva a rastras hasta la orilla del río donde lo empuja con fuerza. ‘’¡Límpiate la sangre!’’, le ordena. ‘’Te espero en la camioneta’’.
El padre mantiene encendido el motor por un buen rato, hasta que aparece el hijo, quien se sube en la parte de atrás del vehículo y se acurruca en una esquina. Al llegar a la casa, el chico permanece en la camioneta, en la misma posición, sin moverse. Es casi al anochecer que el padre va a buscarlo. Lo saca haciendo caso omiso de la resistencia que opone el hijo y lo lleva hasta la casa. Regresa a la camioneta y es cuando se da cuenta de que falta el arma. Entra corriendo e increpa al muchacho: ‘’¿Qué hiciste con el rifle? ¿En dónde lo dejaste?’’. El hijo parpadea: ‘’No lo agarré…debió de haberse quedado en la choza’’. ‘’¡Imbécil! ¡Eres un imbécil realmente!’’ y corre hasta la camioneta para volver al río.
Al llegar, es ya muy de noche y no tiene cómo alumbrar el camino. Por mero instinto y después de mucho tiempo, logra dar con la choza. Por fortuna, tiene fósforos, así que enciende uno. La tenue luz de la cerilla ilumina el suelo aún cubierto de sangre. Se consume el fósforo. Enciende otro. Abre bien los ojos. No está el cadáver y mucho menos el rifle. Se consume también el segundo fósforo. Enciende un tercero. Inspecciona el pequeño lugar sin dar crédito a sus ojos. En aquella choza solo permanece la sangre aún fresca en el piso. No hay pordiosero. No hay arma. Se consume el fósforo. Enciende temblando el último. Retrocede unos pasos. El corazón le late tan deprisa que lo puede escuchar en el silencio de la noche. Empieza a correr. Desanda como puede el camino en total oscuridad hasta llegar a la camioneta. Entra, enciende el motor y aprieta el acelerador.
Ya en la casa, sube corriendo las escaleras y se encierra en su cuarto, sin reparar en que el hijo está en la misma posición en la que lo dejó al irse al río.
A la mañana siguiente, baja nervioso las escaleras hasta la cocina, donde aún está el muchacho, mirando a la nada. Se dirige a la camioneta, pero a medida que se va acercando, observa un bulto cubierto por una lona vieja y raída en la parte de atrás del vehículo. El pánico lo invade. Camina lentamente. Con manos temblorosas, va descubriendo lo que oculta la lona, que no es más que el cuerpo rígido del pordiosero y el rifle. Grita desde las entrañas, tan fuerte y tan alto que logra asustar a los perros sin dueño del camino.Al mismo tiempo, en la cocina de la casa, el aullido del hombre hace reaccionar al muchacho, que parpadea lentamente y lentamente también se levanta y camina en dirección a su cuarto y cierra tras de sí la puerta.