07 agosto 2009

Ajenos



Elena bajaba la calle, ajena al ruido, a la contaminación, a la gente. Se detuvo en la esquina, a esperar pacientemente el permiso del semáforo para cruzar. Hacía un calor que ensopaba. Cerró los ojos por segundos. Cuando los abrió, Alejandro Santos estaba parado en la esquina de enfrente, ajeno al ruido, a la contaminación, a la gente.
El semáforo cambió. Alejandro cruzó la calle, sin prisa, con el andar elegante, propio de quien ha sido amado puntualmente y a destiempo. Le pasó por un lado. Ella lo siguió con la mirada. Pudo olerlo. Alejandro conservaba sus mismas facciones porcelanizadas, la mirada profunda que invitaba al descanso, el cabello igual de negro y la misma disposición fácil para la risa y el encanto.
Elena atinó a alargar la mano y rozarlo, pasar sus dedos por el brazo impecable y suave de Alejandro Santos. ‘’Disculpa’’- le dijo sonriendo y temblando. ‘’Sé que te conozco’’. Alejandro parpadeó y esbozó la misma sonrisa tierna y alucinada de sus 15 años. ‘’Tú eres Alejandro Santos, el hermano de Lorena’’. El parpadeo dio paso a una gran expresión de asombro al tiempo que decía con fascinación: ‘’El mismo. ¿Y tú quién eres?’’. Elena sintió el galopar de su corazón, la ausencia total del aire, la falta de compostura y el ardor de sus mejillas. ‘’Elena Rivero. Estudié con Lorena. Hicimos el bachillerato juntas. Normalmente hacíamos en grupo los trabajos y tú siempre aparecías...no sé si te acuerdas, ha pasado mucho tiempo, obviamente’’.
Alejandro la observaba perplejo. Siempre se maravillaba ante las personas con buena memoria; la suya era patética, no lograba almacenar ningún dato por mucho tiempo. Era un eterno desmemoriado y eso le otorgaba el aire de filósofo incomprendido que lo caracterizaba.
Elena siguió dando detalles y por más que hablaba, Alejandro no lograba recordarla. Ella sugirió beber un café y él aceptó gustoso, pues siempre estaba bien dispuesto a conocer gente.
Se dirigieron a un café pequeño y acogedor a pocas cuadras de donde estaban. Elena temblaba y empezaba a fallarle el autocontrol. Alejandro en cambio la miraba con curiosidad y paciencia.
Fueron lentamente articulando un diálogo interesante. Alejandro hablaba de sus escasos recuerdos de aquellas tardes de estudio forzado, de la legión interminable de amigas de Lorena que lo acechaba, de su vida, sus viajes. Respondía sus preguntas con mansedumbre y humildad y saboreaba el café con calma, como si no hubiera otra cosa que hacer en la vida.
Elena hablaba de su carrera, de la ciudad, de su trabajo, planes futuros y mientras lo hacía, lo observaba y trataba de disimular el caudal de emociones que le producía el verlo, olerlo, rozarlo, tenerlo. No le prestaba atención consciente a lo que él decía, porque ya sabía esas historias, sino que centraba todas sus hormonas y funciones mentales en sus movimientos, gestos y en los acordes melodiosos de su voz.
Habían transcurrido 35 minutos de ensueño cuando Elena se acordó de la cita con Darío. Y desapareció por un segundo con la excusa eterna del retoque del maquillaje. Le escribió a Darío un mensaje escueto y apurado. Su amigo entendería el por qué de la demora y posterior ausencia. Darío era tan paciente y dócil con ella que entendería todo, como siempre.
Cuando Elena regresó a la mesa, el encanto de la tarde no había disminuido ni siquiera con el calor soporífero que amenazaba con nublarles las ideas. Siguieron hablando de banalidades, puntos en común, diferencias. Intercambiaron teléfonos. Elena prometió sin esfuerzo ser su nueva guía en la ciudad. Él había pasado tiempo afuera y necesitaba saber qué era nuevo, qué no seguía siendo y qué se podía hacer para ocupar el espíritu.
En otro punto de la ciudad, Darío era totalmente consciente del ruido, la contaminación, la gente, de su drama imposible, de su maldición secreta. Encendió un cigarrillo.
Se levantó por inercia de la mesa y se dirigió cansadamente hacia el carro. Se prometió buscar las estadísticas de hombres de 30 años que se suicidaban por amor a la 1.40 p.m de su día libre. Tal vez él podía engrosarlas y eso le daría un final trágico, pero a la vez romántico a su vida.
Su cuerpo condujo hasta su casa. Su alma, sin embargo, vagaba en algún punto de la ciudad, hecha trizas, pedacitos diminutos de Darío flotaban en el aire contaminado de la ciudad.
Una vez en la sala de su espacioso y solitario apartamento, Darío deseó haberse ahogado en alcohol o haber tenido alguna enfermedad fulminante que lo liberara de aquella pesadumbre en el corazón.
Mientras, Elena y Alejandro salían del café charlando amenamente. Él se despidió con un beso tierno y agradecido y ella musitó un hasta luego conmocionado y débil que delató la perturbación de sus mejillas. Alejandro sonrió y se alejó, ajeno al ruido, a la contaminación, a la gente.
Elena caminó lo más rápido que pudo hacia la casa de Darío, sin pensar si estaría o no ahí. Llegó sin aliento y tocó el timbre. Nadie respondió. Tocó de nuevo una y otra vez con algunos espacios razonables de tiempo. Sacó su llave y entró. Al llegar al apartamento de Darío, abrió con suavidad la puerta, asomó la cabeza y encontró a Darío sentado en el piso de la sala observando el humo del cigarrillo. ‘’Pasa’’, le dijo con una voz que no parecía ser la suya.
‘’¿Qué haces ahí sentado en el suelo?’’, le dijo Elena acariciándole la mejilla. ‘’La tarde está maravillosa. Te invito un helado para que me perdones por lo del almuerzo fallido’’ y sin pausa y sin darse cuenta del cambio en la respiración de Darío, comenzó a contarle la espléndida tarde que había pasado con Alejandro Santos. Elena revoloteaba por toda la sala dando detalles que Darío no había pedido y enumerando paso a paso todo lo dicho, hecho, no dicho y no hecho por Alejandro Santos en el café.
Darío se levantó con esfuerzo del piso. Sus manos sostenían su cabeza a punto de estallar. De no se sabe dónde sacó fuerzas para gritarle por primera, única y última vez a Elena ‘’¡Basta! Estoy harto de tu historia, de Alejandro Santos, llevo 15 años harto, ¿acaso no te has dado cuenta?’’. Elena lo miraba perpleja y confundida, sin entender absolutamente nada.
Darío comenzó a temblar y a hablar con aspereza lastimera: ‘’He pasado 15 años corriendo detrás del viento, amándote en silencio, con la esperanza vana de que algún día me necesites a mí, me quieras a mí, me desees a mí, me busques a mí en vez de a él. 15 años Elena que he pasado de rodillas ante ti, recogiendo las migajas de tu amor, siendo tu mejor amigo, nunca el hombre con el que te gustaría morirte de amor’’. Darío ahora lloraba por primera, única y última vez en su vida.
Elena lo observaba boquiabierta y seguía sin articular palabras. Él permanecía en el mismo sitio, las manos sosteniendo su cabeza y sus mansos ojos marrones nublados por las lágrimas.
‘’Han pasado 15 años de aquel día Elena, y mi amor no ha disminuido, es lo único que me mantiene en pie, es lo que me permite enfrentar el día, mis noches eternas, la soledad de mi casa, mi calvicie, mi torpeza para cocinar, todo...’’.
Elena lo miraba impresionada sin poder pensar en algo sensato para calmar el sollozo quedo de Darío. Fue acercándose lentamente y se arrodilló ante él. Tomó sus manos que cubrían su rostro y limpió sus lágrimas. Lo miró a los ojos y acarició sus mejillas para después abrazarlo con la misma ternura fraternal con que lo había abrazado durante años.
Darío se abandonó en aquel abrazo, consciente de sus emociones, de lo que acababa de hacer, del inevitable rumbo que tomaban los acontecimientos.
Permanecieron así hasta que ambos sintieron que lo peor ya había pasado. Elena lo besó en la frente, se levantó sin prisa y se marchó. Darío se hundió en el sofá. Todo le daba vueltas y sin embargo todo parecía ir tan lento. Sólo una pregunta se repetía en su mente: ‘’¿Y ahora qué?’’.



15 julio 2009

Para ser exactos


Para ser exactos


Son las tres. Post Meridien para ser exactos. Justo entra al metro. Estación Bulnes. Es alto, delgado, demasiado. Los ojos invernales contrastan con el tono rosáceo de su piel. La boca siempre entreabierta – sinusitis- no esconde unos dientes grandes, infantiles, ‘’de conejo’’, dice la madre.
Son las tres y cinco minutos. Post Meridien. Justo espera el próximo metro para enterrarse en su cómodo y aburrido trabajo. Siente el temblor bajo sus pies, el chirriar de metales. El metro se acerca. Siente la taquicardia, lenta, pero taquicardia al cabo y al fin. Se sitúa enfrente de la misma puerta de todas las tardes. Se acomoda la chaqueta y se pasa la mano izquierda por el rubio cabello. Entra. Esta vez no se sienta. Su lugar está ocupado; sin embargo, tiene espacio de sobra para situarse enfrente de la chica. Como todas sus tardes, ella está en el mismo puesto, con los mismos ojos anhelantes de las tres y siete minutos (ahora siete minutos, para ser exactos). Lo mira, de cabeza a pies, para constatar que es el mismo de siempre, aunque hoy lo haya encontrado más rubio que nunca y más rosado que antes.
Él cuenta sus parpadeos. Ella sus respiraciones. Estación Agüero. Se desocupa su lugar y Justo se sienta delante de la chica, como siempre. Se miran. Él con firmeza, ella con deseo, para ser exactos. Se humedece los labios con delicadeza. Esa mirada logra alterar su respiración, más que la sinusitis. Estación Pueyrredón. Ella empieza a jugar con su cabello: lo enreda con finura entre sus largos dedos, ‘’de pianista’’, dice el padre. Acomoda la espalda en el asiento, se muerde los labios, cruza las piernas. Lo observa. Justo respira más hondo. Maldita sinusitis. Se come un poco las uñas. La chica suspira, como agotada y se humedece los labios nuevamente. Lo mira con lascivia y con párpados, ya algo pesados, lo recorre palmo a palmo. Demora la mirada en sitios estratégicos: los pies de Justo (calza 45 para ser exactos), la entrepierna de Justo, las manos enormes de Justo, los labios finos de Justo, los ojos invernales de Justo. Estación Facultad de Medicina. La boca aún más entreabierta, el ritmo desigual de su respiración delatan el estado de agitación interna. Es el deseo, para ser exactos. Ella lo sigue observando, a veces cierra los ojos por más segundos de lo permitido y cuando los abre, arremete contra Justo, como si fuera espada y látigo al mismo tiempo.
Se levanta. Justo la observa cuando le pasa por el lado. Siente el perfume delicado de su cabello, las formas delicadas de su cuerpo escondido bajo el abrigo. Estación Callao. Son las tres y treinta. Post Meridien para ser exactos. Justo se levanta. Se yergue con toda su humanidad. Se sitúa detrás de ella. Está muy cerca. Ella retrocede el espacio exacto para rozar con su menudo cuerpo lo que pueda de Justo. El vagón abre sus puertas y la chica sale primero. Él la sigue, a prudencial distancia, pero ella camina rápido y se escabulle, con agilidad, entre la concurrida soledad de la estación. Justo apresura el ritmo, a despecho de si mismo (la sinusitis le pasará factura pronto) escaleras arriba, para alcanzarla. Pero como siempre, ella gana (o él la deja ganar, tal vez) y a las cuatro y cero minutos, la chica hace su entrada en la oficina de siempre, con la misma mirada cándida de siempre, con el mismo tiempo exacto de siempre. ‘’Buenas tardes, chicos’’, dice sin prisas. ‘’¿Estamos todos?’’ pregunta con el tono dulce de todas las tardes. ‘’No, falta Justo’’, suelta una voz cualquiera.
A las cuatro y trece minutos, llega él, un tanto jadeante, pero perfecto. ‘’Buenas tardes’’, dice y deja la mochila sobre su escritorio. ‘’Trece minutos tarde’’ dice y ella se da la vuelta para verlo de frente. ‘’Lo siento, Jefa. Aún no me acostumbro a este nuevo horario’’, dice con voz suave. ‘’No te preocupes. Yo también ando llegando casi siempre retrasada. El metro se demora. Diez minutos siempre, para ser exactos’’ y sonríe, con esa media sonrisa forzada que tan bien le ha salido durante años. ‘’Podemos empezar entonces a trabajar chicos. Estamos todos’’ y se ata el cabello, con aquellos largos dedos. Se humedece los labios y comienza la rutina de todas las tardes. Como siempre, para ser exactos.

27 junio 2009

Ya nada es como antes


Discretamente posicionado en la computadora de siempre, observa a las chicas que van llegando. Esa noche, la mayoría son jovencitas ruidosas, salidas en serie: el mismo maquillaje, los mismos rasgos, la misma vestimenta, el mismo ruido. Huecas. No le interesan tan menores. ¿De qué hablarían? Un mohín de desagrado cruza su rostro, cierra los ojos para imaginarse la escena y cuando los abre la ve, delante del mostrador, esperando ser atendida. La estudia con detenimiento: es, por encima de todo, estilizada. La elegancia de sus movimientos no resguarda el huracán de su carácter, que se le nota a lo lejos. Se acomoda los lentes para observarla mejor. Decidida, temperamental como los rizos de la corta y traviesa cabellera, indetenible, a juzgar por la insistencia con que exige una computadora.


Cuando al fin el empleado la atiende, le asigna una máquina cercana a la suya. El corazón se le acelera cuando la ve acercarse. ‘’Milagro’’, piensa. Cuando ella se aproxima, él agacha la cabeza, como buscando algo en el gastado maletín de cuero, la mira de reojo, con todo el disimulo del mundo. Le detalla el anillo de mariposa en el dedo del medio cuando se coloca los audífonos para escuchar música. Le cuenta los parpadeos de sus ojos marrones. Le recorre el perfil caucásico con la mirada palmo a palmo. Por fin una chica interesante en medio de tantas jovencitas vacías. Respira hondo.


Saca una hojita de papel del maletín. Escribe con pausas el mismo mensaje de siempre. Tiempo sin hacerlo. Se siente raro, pero prosigue. Cierra su correo y el messenger. Se levanta de la silla con calma mientras sopesa sus movimientos. Su mano izquierda está aferrada al maletín, mientras la derecha, que tiembla delicadamente, sostiene el papelito. Se va aproximando hasta donde está la chica. Se detiene a su lado y le extiende la pequeña misiva. Ella no se ha dado cuenta de su presencia. Son segundos aterradores para él. Se acerca un poco más, aún con el papel en la mano. La chica lo ve extrañada, sin entender la escena. El humor del sudor del cuerpo del hombre la envuelve y asquea. Él dice, con su voz ronca y pesada: ‘’da para charlar’’.‘’¿Qué?’’ le dice y lo mira con una mezcla de desprecio y estupor, al tiempo que se quita los audífonos.‘’Da para charlar’’, repite. Y le deja el papelito en la mesa.La chica lee la nota, la arruga y la tira al piso. Bufa y el desprecio en su mirada aumenta. ‘’Vete a la mierda’’ masculla y se coloca de nuevo los audífonos. Petrificado por la respuesta, retrocede. Se da la vuelta y se retira, llevándose su voz ronca, pesada, su olor acre. Paga la hora de internet en el mostrador y huye, como casi siempre que pone la vida en una misiva a una desconocida. La chica lo observa por última vez. ‘’Patético’’, piensa. ‘’Ya no hay hombres como los de antes’’ y se pierde de nuevo en su propio mundo.

10 mayo 2009

Tal vez




Todas las mañanas y antes de subirse en el autobús que la lleva a su trabajo, Adri se detiene en la misma esquina, de frente a la misma ventana del tercer piso. Detrás de esa ventana, Fer la observa entre somnoliento y alerta. Enciende un cigarrillo al tiempo que dibuja con el índice la silueta de Adri en el vidrio de la ventana. Ella se muestra impasible, pero por dentro todo se agita: el corazón late de prisa, la sangre hierve y le quema las venas, se altera el metabolismo momentáneamente.
El viento frío de la mañana revuelve los rizos de Adri y Fer recuerda cada una de las veces que hundió sus dedos en ellos. Respira hondo y da una larga pitada al cigarrillo. Deben restar cinco minutos a lo sumo.
Adri no quita la vista de la ventana. Observa aquel dedo que recorre su cuerpo, siente aquellas manos enredadas en sus rizos, huele el pesado olor de aquel cigarrillo.
Última pitada. Fer coloca su mano sobre el vidrio. Llegó la hora de despedir a Adri. Desde la acera, ella levanta el brazo y abre la mano para despedirse de Fer. Sus manos se entrelazan sin tocarse y sin embargo, ambos sienten el contacto de cada una de las yemas de sus dedos, las uñas, las suaves palmas.
Tal vez se vean esa noche, tal vez no. No es ella quien decide el ritmo de los encuentros, la frecuencia del amor. Sólo se entrega. Las reglas estuvieron claras desde el principio en ese juego clandestino de citas furtivas. Tal vez algún día su suerte cambie, tal vez…

06 febrero 2009


Un ruido de pisadas.

No reconozco las tuyas.

No vienes aún, pero te espero.

‘’Veo el monstruo mecánico que traga gente’’, escribo en el celular. Te mando el mensaje.‘’¿Le tienes miedo?’’, respondes.‘’Sí. Pudiera tragarme y entonces nunca llegaría a nuestro encuentro’’.‘’Entonces retrocede. En algún momento llego’’.

Y empecé a retroceder por las escaleras mecánicas.

Un duelo: ellas bajaban, yo subía.

Otro ruido de pisadas y algunos gritos:‘’¡Señorita, deténgase! ¡Baje ya!’’

Llego lo suficientemente alto para tener tiempo de escribirte de nuevo. Desciendo. Me ven desde abajo, furiosos:‘’Me van a regañar y aún no vienes’’.‘’Asciende. Es arriba que te espero’’.

Apago el celular. Veo a los agentes de seguridad del metro esperándome. Una multa segura. A tu encuentro no llego.

Prefiero no verte y quedarme esperándote para siempre.


Foto cortesía de Carlos Briceño:

16 enero 2009

Fantasmas


No hay nadie. El pasillo de la estación luce desolado, frío, silencioso. La chica se detiene en medio. No hay nadie y sin embargo, ve gente. La tropiezan ‘’perdão, minha senhora’’, le piden cigarrillos ‘’eu não fumo’’, monedas ‘’ajude-me! Tenho uma família que alimentar!’’. Oye voces, pasos, huele sudores ajenos, celulares sonando.No hay nadie y sin embargo, siente su mano aferrada a la de Martin. Lo mira. Lo siente. Lo ve inclinarse y sentir su mano rozando su rostro. Lo ve sonreírle y decirle, con aquella voz de trueno, ‘’you look afraid’’, ‘’I am’’, dice en voz alta y las palabras rebotan contra el silencio de la estación.

Avanza unos pasos. El último tren de la noche no trae pasajeros y sin embargo, escucha pisadas, un tropel de gente sube agitada las escaleras, caminan rápido hacia la salida. Se hace a un lado, se apoya contra el pasamanos que lleva a la salida. Logra sentir como la empujan, Martin la protege entre sus brazos de gigante, el mundo detiene su frenético ritmo, se abandona, cierra los ojos, nada malo puede pasarle si permanece en aquel abrazo. Abre los ojos. El pasillo de la estación sigue luciendo desolado, frío, silencioso. Sabe que está sola, pero eternamente acompañada de sus propios fantasmas.

Foto cortesía de Carlos Briceño: http://www.flickr.com/photos/16728062@N00/

15 enero 2009

Ceguera


Ciego. No sé si de nacimiento o debido a algún traumatismo o enfermedad. El detalle es que era ciego. Pedía dinero en el metro. Me lo encontraba en todos los vagones, en todas las líneas, a toda hora. ''Uma moedinha para este ceguinho, se faz favor'' era su cántico. Me sorprendía siempre su mirada azul sin vida. Arrastraba los pies, hacía sonar ruidosamente su bastón e iba tropezándose con la gente. No tendría más de 50 años, pero sus ademanes de anciano prematuro, hacían que pareciese derrotado y abandonado.


11pm. Último metro. El ciego en el mismo vagón que yo. Mis índices de curiosidad crecían a pasos agigantados. ''Próxima estaçao: Chiado'' y como si tuviera un resorte, se transforma, se yergue en toda su estatura, se dirige sin vacilar a la puerta del vagón y sale velozmente y empieza a subir frenéticamente las escaleras. Yo lo sigo, también frenéticamente. Sale a la calle y sin ayuda del bastón, empieza a caminar aún más deprisa. Yo lo persigo casi corriendo. El ciego camina muy velozmente y se mete por estrechos callejones oscuros que no aparecen en los mapas. Al final de una calle pequeña, se detiene enfrente de una puerta, saca las llaves de su bolso y sin vacilar abre la puerta y la transformación va teniendo lugar: el ciego se encorva, es de nuevo un anciano prematuro, derrotado y triste y así entra a la casa, su casa. En la esquina me quedo un rato, viendo como las luces de esa casas misteriosa se van apagando lentamente.
Foto cortesía de: José María Pérez-http://www.flickr.com/photos/jmpznz/