31 marzo 2026

El durazno

 



Nunca la quisieron. No fue un odio dramático, de novela, sino uno más fino, más constante: una aversión que se instala como humedad en las paredes y ya nadie discute. Ella tampoco ayudaba. Tenía esa forma de mirar que parecía evaluar defectos invisibles, y una lealtad ciega —casi religiosa— hacia su hijo favorito, el padre de las niñas, a quien trataba como si el resto del mundo fuera un error administrativo.

Las niñas, por supuesto, eran parte de ese error. Hijas de la ex mujer. De “la niñita bien”, como ella la llamaba, con ese desprecio cuidadosamente dosificado que solo los adultos creen que los niños no entienden.

La escena ocurrió una tarde cualquiera, en la casa del hijo favorito. La señora apareció con un plato de duraznos. No era un gesto de cariño; era más bien una imposición envuelta en apariencia de generosidad.

—Coman —ordenó, como si estuviera cumpliendo un deber moral.

Una de las niñas negó con la cabeza. No le gustaban las frutas. No muchas, al menos. Pero la señora insistió. Insistió con una paciencia sospechosa, con una firmeza que no dejaba margen para la negociación. Y la niña, como hacen los niños cuando entienden que no hay salida, aceptó.

Tomó el durazno.

Primer mordisco.

Nada.

Segundo intento, interrumpido.

Porque entonces los vio.

Tres gusanos. Amarillos. Con la cabeza roja, como si alguien se hubiera tomado el trabajo de pintarlos. Asomaron por los pequeños túneles que habían cavado en la pulpa, con una parsimonia obscena, como saludando.

La niña escupió. El durazno cayó al suelo con un ruido húmedo y definitivo. Después vino el escándalo: gritos, arcadas, una indignación desproporcionada, pero perfectamente justificada. Porque hay cosas que no necesitan explicación, y morder tres gusanos simultáneamente es una de ellas.

La señora dijo que no los había visto.

Nadie le creyó.

Años después, la historia se contaba como una prueba irrefutable. No de negligencia, no de mala vista. No. De intento de asesinato. Un intento torpe, sí, pero cargado de una intención que, según ellas, siempre había estado ahí.

Porque hay muchas formas de odiar. Algunas son silenciosas. Otras, en cambio, vienen rellenas de gusanos.


31 octubre 2025

El vidrio respira




Nadie recuerda cuándo empezó a moverse, pero todos coinciden en que fue un lunes. El calor se pegaba al aire como un sudor viejo, y sin embargo, ella seguía intacta, tras el vidrio. Su piel no parecía cera. Tampoco parecía piel. Era algo en medio, algo que solo existe cuando la luz se detiene demasiado tiempo sobre lo inmóvil.

Cada día, al pasar frente a “La Popular”, sentía que los ojos del maniquí me seguían, lentos, pacientes. No con curiosidad, sino con reconocimiento. Como si esperara que yo recordara algo.

Con el tiempo, empecé a notar cosas. El velo no estaba siempre igual. Había mañanas en que caía distinto, como si lo hubieran acomodado con una respiración. Una vez juraría que su anillo giró apenas, con un destello húmedo, mientras el resto del cuerpo seguía rígido.

Una tarde de lluvia me quedé sola frente a la vidriera. Afuera olía a tierra y a electricidad. Apoyé la mano en el cristal. Estaba tibio. No por el sol —era una tibieza viva, pulsante, como la de una muñeca humana.


Entonces, algo se movió detrás del velo. No fue un gesto completo, más bien un temblor en el aire, una vibración pequeña, parecida a la respiración que uno contiene cuando alguien lo observa sin parpadear.

Desde esa noche sueño con ella. En el sueño, el local está vacío. Solo hay vestidos flotando, suspendidos como cuerpos bajo el agua. Pascualita me mira, pero su rostro cambia con cada paso que doy hacia el vidrio. A veces es el mío. A veces, el de alguien que nunca vi, pero que sé que fui.

Dicen que quien se queda demasiado tiempo frente a ella empieza a verse distinto en los reflejos.
Yo no sé si es cierto.
Solo sé que, desde hace días, el vidrio empañado deja marcas de dos manos.
Y yo juro que solo puse una.

05 mayo 2025

Fue Antonio

 


Tenía 34 años, una planta medio muerta en el balcón, y un algoritmo que sabía más de ella que su terapeuta. En teoría, su vida era ordenada: trabajo remoto en marketing digital, café de especialidad, playlists curadas para cada estado de ánimo. En la práctica, coleccionaba citas fallidas con la misma eficiencia con la que respondía correos de clientes.

La última había sido con un tipo que hablaba exclusivamente con frases motivacionales y no creía en que siempre había espacio en cualquier cuerpo para los postres. Al salir del restaurante, caminó sin rumbo hasta llegar a la Iglesia de San Antonio. No porque creyera, sino porque quedaba de paso entre la decepción y el metro.

Entró, miró la imagen del santo y sintió algo entre burla y hastío. Sacó un papel y escribió con letra enojada: “Ya que eres tan bueno emparejando, ¡hazlo tú!” y lo dejó en la urna con la solemnidad de quien tira una servilleta.

Esa noche, tuvo un sueño raro. Un fraile de rostro familiar la miraba desde un espacio blanco y digital, como si habitara entre nubes de datos. Le hablaba de compatibilidades del alma, de emparejamientos no por filtros sino por verdades profundas.

—Las almas no hacen swipe. Se reconocen.

Al despertar, tuvo una idea absurda. Una app de citas distinta. No para mostrar tu mejor ángulo ni listar tus pasatiempos como ingredientes de un plato vegano. Una app donde las personas escribieran lo que realmente deseaban. No descripciones, sino deseos. “Quiero alguien con quien callarme y estar bien”. “Quiero alguien que me oiga reír sin que le importe el sonido de mi risa”. Así nació Antonio.app.

El primer código lo hizo en pijama, con una taza de té y cero expectativas. Pero algo en esa simplicidad extraña conectó. Gente que nunca hubiera coincidido se encontraba. Una profesora de matemáticas y un panadero. Un escritor de horóscopos y una entusiasta del ajedrez. Un tipo que odiaba el mar con una nadadora profesional. Y funcionaba. Sin explicaciones.

Ella misma no entendía por qué. Ni cómo. Al principio pensó que era el algoritmo, o un bug generoso. Luego empezó a sospechar. Cada vez que se frustraba, recibía una opinión inesperada en el foro. Firmada por un tal antonio.conventual.

“Las personas se buscan como si fueran rompecabezas, pero no son piezas. Son mapas”, decía uno. Otro: “No elijas por lo que hace falta. Elige por lo que podrías compartir”.

Una madrugada, pensó en cerrar todo. Estaba agotada. Pero al revisar las historias que le enviaban los usuarios, vio un mensaje:

“No sé cómo esta app me emparejó con alguien que cree en los fantasmas, cuando yo no creo ni en los semáforos. Pero desde que la conocí, empiezo a mirar las cosas como si pudieran estar vivas. Como si todo pudiera tener otra dimensión.”

No sabía si lo suyo era fe, suerte, San Antonio o un algoritmo medio loco. Pero entendía esto: pedir desde el corazón tenía más poder del que pensaba. Y que a veces, la magia empieza cuando dejas de intentar controlar todo.

Nunca supo si ese fraile digital era un sueño, un glitch o una manifestación celestial con wifi. Pero desde entonces, cada vez que alguien le escribía agradeciendo, ella respondía con lo mismo:

—No fui yo. Fue Antonio.

18 marzo 2025

Las hijas del mercader




A Vicky, quien me contó esta parte de su infancia.


La casa en la que habitaban era un santuario de penumbra, donde la luz del sol se filtraba con desgano a través de cortinas pesadas como sudarios. Su padre, aquel hombre moreno, de mirada severa y algo distante, no les prohibía; sin embargo, deambular entre su mercancía; muy al contrario: las alentaba. 

Para ellas, su hogar no era el mausoleo de maderas nobles y terciopelos marchitos del que a veces se hablaba en el pueblo, más por costumbre que por honrar la verdad. Era el lugar idóneo para inventarse historias y jugar a las escondidas, una y mil veces.  

A pesar de modesto, el negocio de su padre era próspero, pues surtía también a poblados cercanos; por lo que el dinero jamás faltaba en esa casa. El hombre quería que las niñas algún día heredasen su oficio de ‘’mercader de la muerte’’ o ‘’vendedor del sueño eterno’’ como ellas mismas lo habían apodado y eso lo hacía sentir satisfecho, pues a la muerte se le debe tratar con la misma naturalidad que a la vida.

Las niñas crecían entre ataúdes de diferentes materiales como otros lo harían entre juguetes, deslizándose entre sus fríos contornos con la familiaridad de quien conoce cada rincón de su propia morada.

Una tarde, mientras el reloj marcaba las horas con un lamento hueco, sus pasos las guiaron hasta un féretro distinto a los demás. Este no lo habían visto antes. Era más pequeño, y su tapa, labrada con dedicación inusual, parecía contener secretos que la madera no se atrevía a revelar. Al abrirlo, descubrieron su interior forrado de seda negra, tan profunda que parecía devorar la escasa luz que entraba. 

—¿Crees que alguien haya dormido aquí ya? —murmuró la menor, con un temblor apenas perceptible en la voz.

Su hermana mayor deslizó la mano sobre la tela oscura, como si al acariciarla pudiera descifrar los ecos de su historia. Algo en aquel féretro la inquietaba, pero al mismo tiempo la encantaba.

—No lo sé —susurró—, pero si así fue, no deberíamos perturbar su descanso.

A pesar de su advertencia, la fascinación fue más fuerte que la prudencia. Desde aquel día, el pequeño ataúd se convirtió en su compañero favorito de juegos. Lo arrastraban al patio cuando el sol agonizaba en el horizonte y sin que su padre se diera cuenta, dejando que la brisa nocturna rozara sus inscripciones ocultas. 

A medida que el negocio crecía, la gente del pueblo empezó a hablar. Decían que las niñas estaban hechizadas, que la muerte las cortejaba con promesas susurradas en la brisa helada. A veces la neblina, cómplice silenciosa, parecía espesarse a su alrededor, ocultándolas de miradas indiscretas.

Una noche sin luna, más densa que cualquier otra, las niñas llevaron el féretro al patio por última vez, pues oyeron a su padre decir que lo había vendido a un precio exorbitante, dada su belleza. 

A la mañana siguiente, el féretro ya no estaba. Su padre, satisfecho, aseguraba que el comprador había venido temprano por él. Pero las niñas sabían que nadie se había presentado como comprador.

Esa misma noche, y cuando ya estaban dormidas, la menor despertó con un escalofrío, descubrió que su hermana no estaba en su cama.


El corazón le latía con una urgencia desconocida mientras recorría la casa en penumbras, llamándola en susurros que se desvanecían entre los tapices polvorientos. La encontró en el patio, de pie, con la mirada perdida en la bruma espesa. Frente a ella, allí donde solían colocar el féretro, la tierra estaba removida, negra y húmeda, como si algo hubiese emergido desde sus entrañas.


—Nos llama —susurró la mayor, sin volverse, con una voz ajena, antigua.


La menor quiso gritar, pero el aire se le espesó en la garganta. Algo se movía en la neblina, avanzando con la paciencia inexorable de quien siempre supo que volvería a casa.


Al día siguiente, cuando su padre despertó, el patio estaba intacto, el viento barría las hojas caídas y la luz entraba perezosa por las ventanas. Pero la casa estaba demasiado callada.


Las camas de las niñas estaban frías. Y en el rincón más oscuro del taller, un pequeño féretro había regresado a su lugar, con la tapa entreabierta, como si esperara.


07 enero 2025

El delirio


Cuando a la noche levanto fiebre, la habitación se convierte en un hervidero de sombras. Los destellos rojos del termómetro destilan una realidad distorsionada. Cada grado de temperatura parece tejer un mundo paralelo, una dimensión donde lo cotidiano se desdibuja en lo insólito.

En las noches, el calor que emana de mi cuerpo no solo es físico, sino el presagio de un algo impredecible. Me duele, casi siempre, la cabeza. Con cada pulsación de mis sienes, mi percepción se altera, como si mi mente se sumergiera en un océano de visiones oníricas.

Los muebles parecen moverse por sí solos, danzando en una coreografía arrítmica, mientras que voces inaudibles resuenan en mis oídos, susurros de un lenguaje desconocido que penetran mi conciencia con inquietante claridad.

El umbral entre la vigilia y el sueño se desvanece, arrastrándome a un estado de ensoñación febril. Por eso, intento no cerrar los ojos, porque cada vez que lo hago, un paisaje desconcertante se despliega ante mí. Es como caminar por senderos de luz y sombra, mientras mi cuerpo arde en una temperatura que desafía los límites de lo humano.

Y entonces, en medio de esa danza entre la realidad y la quimera, veo que mi habitación parece disolverse en un remolino de formas inconcebibles. Frente a mí, se materializa un abismo insondable, una grieta en la realidad misma. Desde su centro, un ojo ciclópeo, vasto y atemporal, me observa con una intensidad que trasciende la lógica humana. Su mirada me atraviesa, y yo no soy un espectador: yo soy parte de aquello.

Una de esas noches, al ceder la fiebre, no me encontré en mi habitación. El mundo que me rodeaba era una réplica grotesca de lo que conocía, cada cosa cargada con una textura imposible. En mi interior, un eco resonaba, un mensaje del ojo que había contemplado:

"Te hemos despertado. Ahora, tú nos abrirás las puertas."

Y mientras el sol se alzaba en un cielo que ya no reconocía, comprendí que mi cuerpo no era mío, que mi mente era apenas un huésped, y que algo había comenzado a gestarse en mi interior. Las noches de fiebre habían sido suficientes para arrancarme de mi humanidad y entregarme a un destino que nunca más volvería a ser el mío.


19 noviembre 2024

El compás del silencio


Ella llevaba más de tres décadas bajo el hábito, envuelta en una devoción que había aprendido a modelar con la persistencia que solo tienen esos espíritus alejados de la vulgaridad. Sus días eran rutina y oración, su mundo un claustro cuyas paredes parecían murmurar letanías. Nunca sintió que le faltara algo, ni siquiera cuando el viento nocturno susurraba historias de otros mundos tras los barrotes del convento.  


Una tarde, mientras entregaba limosnas en la plaza del pueblo, lo vio por primera vez. No más de veinte años, de piel cetrina, cabello largo negro, con el rostro y el torso encendidos por el sudor y la intensidad. Pero no era su belleza lo que la perturbó, sino el compás que de él se desprendía. Sus pies golpeaban las tablas con una precisión brutal, casi cruel, y sus manos dibujaban trazos en el aire con una pureza que le recordaba al movimiento de las aves en los frescos de la capilla.  


El sonido del taconeo se deslizó dentro de ella como un cuchillo cortando seda. Sintió algo inesperado: un deseo extraño, no de la carne, sino de existir en ese momento eterno que él creaba con cada giro, con cada palma. Quiso llorar y no supo por qué. 


A partir de entonces, la plaza se convirtió en un imán secreto. Siempre había una excusa: llevar pan a los pobres, recoger flores para el altar, saludar a los ancianos que se reunían para ver a la gente pasar. Pero era él a quien ella buscaba, aunque nunca cruzaran palabra. Lo observaba desde las sombras de un portal, como si el sol y el aire que él habitaba le fueran negados.  


Él bailaba como si estuviera poseído. Era juventud, arrogancia y furia, pero también inocencia. No bailaba para agradar, sino para expresar algo más allá de las palabras. En su compás, ella encontró una pureza que no había visto ni en las estatuas del Cristo ni en los santos. Era un rezo pagano, una herejía que su alma, para su propio desconcierto, no quiso rechazar.  


Una tarde, al terminar su actuación, él la vio. Apenas un instante, pero suficiente para que el fuego en sus ojos chocara con el agua quieta de los de ella. No hubo palabras, sólo una sonrisa de él, breve y luminosa como el destello de un hacha al sol. Ella apartó la mirada y se apretó el rosario contra el pecho, como si el contacto pudiera borrar la sensación de haber quedado desnuda en su presencia.  


Esa noche no durmió. El eco de los tacones resonaba en su mente, cada golpe marcando algo dentro de ella que no podía nombrar. Era deseo, sí, pero no por él, que bien podía haber sido el hijo que nunca tuvo; sino por lo que representaba: la libertad, la pasión, la vida en su forma más cruda y hermosa.  


La siguiente vez que lo vio bailar, lloró. Lágrimas silenciosas que resbalaban por sus vírgenes mejillas, mientras se decía que aquello no podía continuar. Y entonces, mientras la guitarra rugía, las palmas acompañaban aquel movimiento frenético y los tacones caían como martillos, comprendió algo que él había despertado el ritmo en su alma dormida.  


La última vez que fue a la plaza, él no estaba. Había partido, dijeron, para bailar en ciudades más grandes. Ella no volvió a buscarlo. Pero durante las noches de vigilia, mientras el resto del convento dormía, en lugar de rezar, marcaba el compás con la punta del pie, en un susurro tan leve como una confesión al viento.  


10 septiembre 2024

El olvido




Desperté con la boca seca, la garganta áspera, y los párpados tan pesados que dolían al intentar abrirlos. El suelo bajo mi cuerpo era duro, frío, y emanaba un hedor a tierra húmeda mezclada con algo más, algo que no pude identificar de inmediato. Me erguí torpemente, con los huesos crujiendo, y una náusea ligera me invadió mientras el peso de mis ropas andrajosas parecía arrastrarme de vuelta al suelo. Me llevé las manos al rostro y sentí la aspereza de una barba desaliñada y sucia. Mis dedos, ennegrecidos por la mugre, parecían pertenecer a otro.


El aire estaba quieto, espeso, como si el mundo hubiera dejado de moverse mientras yo dormía. No recordaba cómo había llegado hasta ese rincón oscuro, ni por qué estaba allí. Miré alrededor, parpadeando, mientras una sensación inquietante crecía en el fondo de mi mente. No había nadie a la vista. Ningún sonido de coches, voces o siquiera el viento rozando las hojas. Solo silencio.


Mis pensamientos eran fragmentos dispersos, ecos de una vida que parecía haber sucedido en un sueño distante. ¿Había sido yo alguien? ¿Un hombre con un propósito, una familia, un lugar al que pertenecer? Pero al mirar mis ropas rotas, la piel ajada por el tiempo y el abandono, supe que algo terrible había ocurrido. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el mundo se apagó?


Comencé a caminar por calles desiertas, las fachadas de los edificios a ambos lados se desmoronaban como esqueletos antiguos. Ventanas vacías, como ojos muertos, me observaban sin reconocerme. No había huellas en la acera, ninguna señal de vida. El cielo era una cúpula gris y opaca, casi sofocante, y no lograba discernir si era el amanecer o el crepúsculo de un día interminable. 


A medida que avanzaba, las imágenes de lo que una vez debió ser la ciudad pasaban como sombras ante mis ojos. Había ruinas de coches oxidados, papeles esparcidos por el suelo, y tiendas con escaparates rotos. Pero no había cuerpos, ni señales de violencia. Solo vacío. ¿Era este el fin?


Una idea terrible comenzó a germinar en mi mente. ¿Y si yo era el último? El único sobreviviente de un evento catastrófico, el último vestigio de una humanidad que ya no existía. Mi reflejo en un charco de agua sucia me devolvió una mirada que no reconocí. El cabello blanco y sucio, la piel curtida por el tiempo, los ojos hundidos. Era como si hubiera envejecido cien años en una noche, como si el mismo tiempo me hubiera despojado de todo.


Comencé a gritar, primero suave, luego más fuerte. ‘’¿Dónde están todos?’’ dije y mi voz resonó en las calles vacías, pero no obtuvo respuesta. ‘’¡Díganme qué ha pasado!’’ El eco se apagó en la nada, y mi desesperación creció. 


Caminé hasta una plaza vacía donde los árboles se erguían desnudos y retorcidos, como los huesos de gigantes muertos. Me detuve en seco, mirando algo que no había visto antes. En el centro de la plaza, tallado en una piedra negra y pulida, había una inscripción:


“El olvido es el peor de los castigos.”


El aire pareció volverse más pesado, y un escalofrío recorrió mi espalda. El olvido. Eso era. No se trataba de un apocalipsis externo, sino de uno interno. Era yo quien había sido olvidado, quien había caído en un abismo sin memoria ni sentido. Y el mundo, el que conocía, simplemente había seguido adelante sin mí.


Me desplomé en el suelo de la plaza, incapaz de moverme. La revelación me invadió con la fuerza de una tormenta: yo no era el último sobreviviente de un apocalipsis. El apocalipsis era mi existencia. Había vivido tanto tiempo fuera del alcance de todos que me había desvanecido de la realidad. Me convertí en una sombra en un mundo donde los vivos ya no me veían, un algo que había sido y ya no sería jamás.


El cielo comenzó a oscurecerse, y la tenue luz que quedaba parecía apagarse lentamente. Al final, no había destrucción ni salvación, solo el olvido eterno. Y allí, en la penumbra, comprendí que el silencio no era la ausencia de vida, sino la ausencia de mí mismo. ¿Quién había sido?. Eso ya no importaba.


El mundo, para mí, había terminado.