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17 agosto 2026

El inventario



Cuando el río comenzó a retirarse, nadie habló de sequía.

Hablaron de un inventario.

Primero apareció una bicicleta. Después una campana de iglesia. Más tarde, cientos de botellas alineadas como si alguien hubiera querido embotellar el tiempo.

Los arqueólogos llegaron con pinceles. Los periodistas, con drones. Los curiosos, con bolsas.

Hasta que una mañana apareció una puerta.

Estaba de pie, clavada en el barro, sin paredes que la sostuvieran. Vieja, de madera oscura, con un picaporte de bronce que brillaba como recién pulido.

Los especialistas concluyeron que pertenecía a una casa desaparecida años, muchos, atrás.

Nadie intentó abrirla.

Excepto Elías.

Empujó apenas el picaporte.

Del otro lado no había habitación.

Había agua.

No un río. Otro.

Silencioso. Inmóvil. Negro.

Y, flotando sobre la superficie, miles de objetos que todavía no habían sido encontrados.

Entre ellos reconoció una valija amarilla, un reloj de pared y un zapato de niño.

No sabía de quién eran.

Entonces vio las botas.

Las mismas que llevaba puestas.

Flotaban juntas, perfectamente derechas, como si unos pies invisibles todavía las calzaran.

Elías bajó la mirada.

Sus botas seguían allí, hundidas en el barro.

Cuando volvió a mirar el agua, algo había aparecido junto a ellas.

Un manojo de llaves.

Metió la mano en el bolsillo por puro reflejo.

Vacío.

Las llaves de su casa flotaban ahora junto a sus botas.

Y detrás de ellas, lentamente, comenzaba a emerger una bicicleta.

Era la misma que había encontrado el río tres días antes.

Elías cerró la puerta de golpe.

Al día siguiente volvió con las autoridades.

Pero la puerta ya no estaba.

Solo quedó el barro.

Y desde entonces, cada vez que el nivel del río desciende un poco más, alguien desaparece durante unas horas.

No deja huellas.

No deja recuerdos.

Pero siempre regresa.

Siempre con las botas limpias.

Nunca cuenta qué encontró.

Pero si el río devuelve algo, no lo reclames.

Porque si lo haces, de alguna manera imposible, el río ya terminó de recordarte y el

mundo, entonces, comenzó a olvidarte.


10 septiembre 2024

El olvido




Desperté con la boca seca, la garganta áspera, y los párpados tan pesados que dolían al intentar abrirlos. El suelo bajo mi cuerpo era duro, frío, y emanaba un hedor a tierra húmeda mezclada con algo más, algo que no pude identificar de inmediato. Me erguí torpemente, con los huesos crujiendo, y una náusea ligera me invadió mientras el peso de mis ropas andrajosas parecía arrastrarme de vuelta al suelo. Me llevé las manos al rostro y sentí la aspereza de una barba desaliñada y sucia. Mis dedos, ennegrecidos por la mugre, parecían pertenecer a otro.


El aire estaba quieto, espeso, como si el mundo hubiera dejado de moverse mientras yo dormía. No recordaba cómo había llegado hasta ese rincón oscuro, ni por qué estaba allí. Miré alrededor, parpadeando, mientras una sensación inquietante crecía en el fondo de mi mente. No había nadie a la vista. Ningún sonido de coches, voces o siquiera el viento rozando las hojas. Solo silencio.


Mis pensamientos eran fragmentos dispersos, ecos de una vida que parecía haber sucedido en un sueño distante. ¿Había sido yo alguien? ¿Un hombre con un propósito, una familia, un lugar al que pertenecer? Pero al mirar mis ropas rotas, la piel ajada por el tiempo y el abandono, supe que algo terrible había ocurrido. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el mundo se apagó?


Comencé a caminar por calles desiertas, las fachadas de los edificios a ambos lados se desmoronaban como esqueletos antiguos. Ventanas vacías, como ojos muertos, me observaban sin reconocerme. No había huellas en la acera, ninguna señal de vida. El cielo era una cúpula gris y opaca, casi sofocante, y no lograba discernir si era el amanecer o el crepúsculo de un día interminable. 


A medida que avanzaba, las imágenes de lo que una vez debió ser la ciudad pasaban como sombras ante mis ojos. Había ruinas de coches oxidados, papeles esparcidos por el suelo, y tiendas con escaparates rotos. Pero no había cuerpos, ni señales de violencia. Solo vacío. ¿Era este el fin?


Una idea terrible comenzó a germinar en mi mente. ¿Y si yo era el último? El único sobreviviente de un evento catastrófico, el último vestigio de una humanidad que ya no existía. Mi reflejo en un charco de agua sucia me devolvió una mirada que no reconocí. El cabello blanco y sucio, la piel curtida por el tiempo, los ojos hundidos. Era como si hubiera envejecido cien años en una noche, como si el mismo tiempo me hubiera despojado de todo.


Comencé a gritar, primero suave, luego más fuerte. ‘’¿Dónde están todos?’’ dije y mi voz resonó en las calles vacías, pero no obtuvo respuesta. ‘’¡Díganme qué ha pasado!’’ El eco se apagó en la nada, y mi desesperación creció. 


Caminé hasta una plaza vacía donde los árboles se erguían desnudos y retorcidos, como los huesos de gigantes muertos. Me detuve en seco, mirando algo que no había visto antes. En el centro de la plaza, tallado en una piedra negra y pulida, había una inscripción:


“El olvido es el peor de los castigos.”


El aire pareció volverse más pesado, y un escalofrío recorrió mi espalda. El olvido. Eso era. No se trataba de un apocalipsis externo, sino de uno interno. Era yo quien había sido olvidado, quien había caído en un abismo sin memoria ni sentido. Y el mundo, el que conocía, simplemente había seguido adelante sin mí.


Me desplomé en el suelo de la plaza, incapaz de moverme. La revelación me invadió con la fuerza de una tormenta: yo no era el último sobreviviente de un apocalipsis. El apocalipsis era mi existencia. Había vivido tanto tiempo fuera del alcance de todos que me había desvanecido de la realidad. Me convertí en una sombra en un mundo donde los vivos ya no me veían, un algo que había sido y ya no sería jamás.


El cielo comenzó a oscurecerse, y la tenue luz que quedaba parecía apagarse lentamente. Al final, no había destrucción ni salvación, solo el olvido eterno. Y allí, en la penumbra, comprendí que el silencio no era la ausencia de vida, sino la ausencia de mí mismo. ¿Quién había sido?. Eso ya no importaba.


El mundo, para mí, había terminado. 


23 agosto 2022

La lectura




Sabe que viene a buscarlo a su habitación por la forma en que camina, o mejor dicho, por la forma en que siente vibrar sus pasos. A todo lo que le dice, él solo mueve su cabeza, en señal de aprobación del plan de siempre; sonríe, deja lo que sea que esté haciendo y lo sigue.

Él ya sabe que es la rutina vespertina entre ambos y no le molesta en lo absoluto; sin embargo, a su madre sí. Cada vez que los descubre, monta en cólera casi siempre, como si con eso pudiera cambiar su realidad como familia.

Nunca entendió el comportamiento de su madre. ¿Qué tan terrible es pasar un par de horas pretendiendo ser otra persona? ¡Tanto a su abuelo como a él les hace bien! Pero se ve que a ella no. No sabe qué dispara su enojo: Si el hecho de pasar tiempo juntos o el hecho de creerse ‘’normales’’. Y a fin de cuentas ¿qué es ser normal?


Una vez le preguntó a su madre y ella lo miró como cuando se ve algo que está irremediablemente perdido. Le apuntó la frente con el índice y le dijo ‘’tú no’’. Él rió. No se sintió aludido en lo más mínimo. Entendió que algo en su propia madre no estaba bien del todo y dio por terminado ese asunto.


Por los momentos, la única cosa que le interesaba era, después de volver del colegio, esperar a que el viejo viniera a buscarlo para leerle. No tenían muchos cuentos en la casa, así que las historias que le leía eran siempre las mismas, que quién sabe de qué iban porque él después no se ocupaba de leerlas por sí mismo. Las portadas de los cuentos no eran muy elocuentes y las pocas ilustraciones que tenían, menos.


Se sentaba a su lado muy quieto observando el movimiento de sus labios, sus expresiones faciales, cómo inclinaba el cuerpo ante lo que él creía que era impactante. Le gustaban esas horas de teatro improvisado.


Sabía que el abuelo estaba enfermo, pero no entendía bien de qué. Su madre le comentó un día señalándose la cabeza. Él quiso saber más, pero ella se limitó a decirle que era degenerativo. No entendió tampoco, pero no preguntó más; en parte porque su madre no era buena para expresarse en su lengua y en parte porque lo importante para él era el tiempo que pasaban juntos.


Su abuelo era terco y estaba decidido a ‘’recuperarlo’’. Así lo había dicho. Pensaba que lo suyo era algo de lo que uno se podía recuperar. Ni él ni su madre entendían a cabalidad de qué se trataba ser como él era. No se avergonzaba ni se sentía menos que el resto. Su mundo era igual de rico que el de cualquier otra persona e incluso más, pensaba.


Se trazó una especie de estrategia para que su madre no los descubriera. Aguzó sus  cuatro sentidos restantes. Descubrió las rutinas de su madre cuando se preparaba para salir de casa y los tiempos que demoraba en volver. Eso le daba margen suficiente para sentarse con su abuelo y fingir que entendía lo que le narraba.


Cuando terminaba cada cuento, el viejo le pasaba la mano con cariño por la cabeza y le hacía la misma pregunta de siempre: ‘’¿Te gustó?’’, a lo que él respondía asintiendo. A veces se le quedaba viendo, esperando que él dijera algo, a veces también lo veía sin reconocerlo y se levantaba molesto y se iba de nuevo a su cuarto.


Le daba mucha lástima cuando lo sentía deambular por la casa como si estuviese perdido, así que o bien lo evitaba para no asustarlo o bien lo seguía hasta que el anciano lograba reconocerlo. 


Unos meses antes de la defunción del abuelo, el niño descubrió a la madre en la sala, con quien supuso sería el médico. ‘’Deterioro cognitivo’’ logró entender, entre otras cosas. Si bien no entendió el concepto como tal, tuvo la corazonada de que no era nada bueno.


En la escuela le preguntó a las maestras, quienes le explicaron como pudieron, para no alarmarlo. 

Lo único que pensó fue en redoblar sus esfuerzos para pasar más tiempo con el viejo, pero su plan se vio truncado por el rápido detrimento de la salud de su abuelo. Los últimos días los pasó sentado a un costado de la cama del viejo, sosteniendo su mano para no olvidar su forma,  cuando ya no estuviera. 


El día del funeral, durante la misa, el sacerdote pregonó sobre los goces de la vida eterna, de la misericordia de Dios, y los designios que trascienden a los hombres. Pero el niño no lo supo entender, no podía oír esas palabras, su sordera se lo impedía. En su lugar imaginó a su abuelo narrándole historias sin palabras, como siempre había hecho.

26 noviembre 2021

20 segundos


 

El camión recogedor de la basura pasa puntualmente a las 9:00 pm todas las noches, menos los domingos, que pasa a las 6:00 pm.

Él no siempre saca la basura porque no todos los días tienen tanta; sin embargo, sí se encarga de hacerlo. No delega esa tarea en su mujer. Le enseñó a separar los residuos, los orgánicos de los inorgánicos, el plástico, el vidrio, etc. Juntos han ido a varias charlas de reciclaje, clasificación de la basura y reducción de desechos.

A ella no le interesaba el tema en lo más mínimo, pero él logró convencerla y desde hace ya algún tiempo, se metió de lleno. ¡Quién iba a decir que la basura los mantendría unidos! Pero es así. De todas formas, él se cerciora de que esté toda bien clasificada, antes de dejarla en los contenedores enfrente de su casa.

A las 8:45, él baja con las bolsas de basura. Se detiene en el tercer piso y recoge las de la anciana del 3B, desde que la operaron de la cadera y perdió algo de movilidad. Siempre lo recibe con una sonrisa y le ofrece alguna frase motivadora de calendario. ‘’No me cuesta nada hacerlo’’ le reitera él cada vez.

Eso le consume unos cincos o seis minutos. El resto los baja corriendo para que no pase el camión y a ellos los multen por negligentes, cosa que, por fortuna, no ha pasado nunca.

Hoy triunfó, como siempre, y en tiempo récord. No es la gran cosa, lo sabe, pero cumplir con su rol de buen ciudadano, lo alienta y lo deja tranquilo.

A las 9:00 ve acercarse el camión de la basura, por la misma esquina por la que avanza la vecina del 2A. Se divisan y ella apura el paso. Él, por el contrario, ensaya su pose de distraído y cruza la calle de vuelta al edificio con tanta calma que no se parece en nada al tipo frenético que bajó enloquecido hace menos de cinco minutos atrás.

Tanto él como la vecina se encuentran en la puerta y se saludan con un ‘’buenas noches’’ parco y simple. ¿Qué mas tienen que decirse dos vecinos que se ven esporádicamente cuando coinciden de vez en vez?

Ella se adelanta y enciende la luz automática que les dará 20 segundos para dirigirse a sus respectivos departamentos. Sube las escaleras sin premura, en parte porque va cargada con las bolsas de las compras, y en parte porque está cansada. Debería mudarse a un edificio con ascensor al menos.

Él la sigue a prudencial distancia. Han transcurrido cerca de 10 segundos. En el descansillo entre el primer piso y el segundo, él la toma por el ruedo de la falda, como si de un niño que quiere llamar la atención de su madre se tratara.

Ella se detiene en seco, con la respiración un tanto cortada. Él la abraza por la cintura y le libera la nuca del cabello. ‘’Estoy sudada’’ se queja. ‘’No me importa. Me gustas como estés’’ le responde él con voz ronca.

Los segundos restantes de la luz se vencen. Él desliza la mano derecha por entre los muslos de la mujer. Ella se inclina un poco más hacia él hasta frotarlo con rítmicos movimientos circulares suaves, pero decididos. Se sienten arder de a poco. En un punto, ella se da la vuelta, como puede, y lo besa.

Ese beso largo, húmedo, desesperado, íntimo dura poco, pero lo suficiente como para mantenerlos a ambos en vilo y felices por escasos minutos. ‘’Esta noche tendré insomnio. Deja abierta la puerta de tu departamento. Claro, si quieres que te visite sonámbulo’’ dice en voz baja, al tiempo que ríe.

Ella no puede contenerse y también ríe con esa risa pícara y a la vez tierna que a él le fascina. ‘’Abierta quedará. Este finde estaré libre también. No me toca trabajar. Tal vez puedas escaparte un rato, no sé, tal vez algún otro episodio de insomnio puede afectarte’’ explica ella en susurros. Se separa y vuelve a encender la luz. Se despide con mirada anhelante y sube hasta su departamento. Segundos después él hará lo mismo, antes de que la luz vuelva a apagarse.

Cuando llega a la puerta de su casa, respira hondo y se pasa las manos por el cabello. Ve a su esposa en el sofá, totalmente dormida, con la tele encendida. Se acerca despacio y la besa en la frente. ‘’Mi amor, te quedaste dormida. ¿Vemos una peli juntos? Aún es temprano para irnos a acostar’’. Ella asiente y le hace espacio.

La abraza y ella apoya su cabeza en su hombro. No tarda en quedarse dormida de nuevo. Él va haciendo zapping, mientras mata el tiempo para fingir un nuevo episodio de insomnio.

 


13 julio 2021

El balcón de enfrente

 


Debía mudarse de prisa, así que el primer depto que encontró, que más o menos le interesó, fue el elegido. Estaba dentro de sus posibilidades y sobre todo, tenía algo que hacía rato quería en un depto: Ventanas grandes.

 

Este tenía dos, una en la habitación y otra en la sala. La de la sala daba a la parte de atrás de otros edificios y uno de ellos tenía un balcón discreto, rodeado de las ramas benévolas de unos árboles vecinos.

 

Decidió que ahí pondría su escritorio y la computadora. Si tenía que pasar parte del día trabajando, al menos que el verde de los árboles le refrescara la vista.

 

No tardó en adaptarse a su nueva casa y a la que sería su nueva rutina en ese espacio. No solo empezó a gustarle estar ahí, en esa ventana, mientras trabajaba, sino que encontró simpático verse observada por el vecino de la casa de enfrente.

 

Era un tipo de unos cuarenta y pocos años, con aire de intelectual, a decir por los lentes y la hermosa biblioteca que ella veía con envidia, aunque también pudiera no serlo y tener todos esos maravillosos libros de mero adorno. Eso no importaba, en realidad. Le gustaba verlo sin verlo y jugar a no prestarle atención, cuando en realidad estaba atenta a sus movimientos.

 

Empezó a contar las veces que él aparecía y se quedaba viéndola unos instantes. Ella fingía concentrarse en sus tareas, fingía anotar cosas en un cuaderno, hacer caras que variaban entre el supuesto análisis de datos irreales hasta la desesperación por no encontrar solución a X o el triunfo por haber encontrado solución a X.

 

Nunca pensó que algo tan infantil y banal sería tan entretenido, de lunes a viernes. Su vecino de enfrente se convirtió en su compañero de trabajo sin saberlo y sin saber que ella lo observaba y cada vez más estaba familiarizada con su rutina y cómo la fue adaptando para estar más tiempo en su balcón y verla.

 

Porque eso, sobre todo, la enternecía: El desconocido fue cambiando su hábito balconero para estar más tiempo ahí y observarla. Ella incluso le comentó a sus colegas de los episodios de salidas diarias al balcón del vecino y a sus amigas les detalló su falta de belleza física, la blancura extrema de su torso en verano, las plantas que fue comprando y las mil tazas de café que se tomaba al día para pasar más tiempo al aire libre, en su balcón, mientras ella se mostraba concentradísima en sus tareas.

 

De igual modo, supo de la existencia de la mujer que compartía esa casa, pero que sentía cero interés por ese balcón y tal vez cero interés por ese hombre, a juzgar por la falta de cariño con que lo trataba.

 

En ese tiempo atípico, pandémico, raro en todo sentido y sobre todo caótico, esos encuentros vecinales que de fortuitos pasaron a ser rutinarios para ambos, fueron necesarios. Más para él que para ella, pero eso ella no lo sabía.

 

Una vez, cuando salió a comprar algunas cosas, se lo topó en la tienda de frutas. Lo reconoció por su cabello desordenado, sus lentes de intelectualoide y por la remera rosa que varias veces ya le había visto usar en el balcón, cuando se ocupaba de sus propias plantas. Quiso saludarlo y decirle que era ella, la vecina del depto de enfrente, pero se contuvo. Hacerlo equivaldría a reconocer que ella también lo observaba y que había descubierto su rutina para estar con ella, a distancia.

 

Así transcurrieron algunos meses. Sin embargo, en esa casa  ajena hubo cambios y ella estuvo atenta a todos ellos. Él dejó de aparecer con frecuencia en el balcón y las veces que lo veía, él no se asomaba tanto como antes y tampoco tenía ya el porte de quien es dueño, sino un mero visitante. 

 

Ella creyó entender que él se había marchado, que ese balcón ya no era su balcón y que algo se había roto; no con ella, precisamente, si no algo de él, con su propia mujer o dentro de sí mismo.

 

La última vez que lo vio pasar tiempo de sobra como antes, fue en un magnífico día de sol invernal. Se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.

 

10 mayo 2021

El depto de enfrente

 




El departamento de enfrente estuvo mucho tiempo deshabitado. A veces, cuando se asomaba al balcón, veía al chico que lo mostraba a posibles inquilinos. Nunca fue del tipo fisgón, ni mucho menos. Las vidas ajenas le importaban poco, por no decir nada. Hasta que ella llegó.

Fue ese septiembre atípico, pandémico, raro en todo sentido; sin embargo, en medio de todo ese caos, la nueva inquilina se instaló. Estaba tan acostumbrado a no ver a nadie en el depto de enfrente, que se sorprendió a sí mismo pendiente de los cambios que se sucedían vertiginosamente.

Más sorprendido quedó cuando vio que la chica había instalado su escritorio justo en la ventana que daba al balcón de su casa y él pasaba más tiempo de lo normal apareciendo de vez en vez para verla o hacerse el que no la veía.

Compró algunas plantas, para sorpresa de su propia mujer que sabía que nunca le habían interesado, y las colocó en el balcón. Les empezó a dedicar ciertos cuidados, a cualquier hora del día, de manera de observar a su nueva vecina.

La chica no hacía más que trabajar, atender llamadas, reuniones de trabajo seguramente fastidiosas y rutinarias. Nada del otro mundo. Pero él se sentía observado, sin que ella lo hiciera adrede. O quizás él quería sentirse de esa forma.

Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le llamaba la atención y no sabía tampoco por qué esta extraña lo obligaba a pasar rato en su propio balcón, primero esporádicamente y después por largos periodos.

La chica de enfrente no era particularmente bella, ni tan siquiera interesante a la vista, al menos desde donde él la veía, pero era magnética y eso creaba un halo de interés que pensó nunca volvería a sentir por ninguna otra mujer.

 ‘’Me gusta tomar el sol de la mañana’’, ‘’el café sabe mejor al aire libre’’ le había dicho a su mujer, cuando ella le preguntó por qué esa nueva rutina. ‘’Tenemos este balcón y casi nunca lo disfrutamos’’, había añadido. ‘’Me he vuelto un patético voyeur a estas alturas de mi vida’’ pensaba; sin embargo.

En verano, él salía al balcón sin camisa, con un poco de vergüenza y de curiosidad por saber si a ella le resultaba atractivo verlo, pero, para su infelicidad, no. Ella solo quitaba la vista del computador para ver los árboles del jardín de la casa de al lado, no para verlo a él.

Los días fueron transcurriendo de la misma forma, con esta rutina que para él ya era parte esencial de su accionar cotidiano, pero que a la vez fue minando su relación de pareja de tantos años.

El creciente desinterés que sentía por su mujer fue sustituido por el creciente interés que sentía por la desconocida del depto de enfrente. ‘’Todavía existe la posibilidad de una nueva vida para mí’’ pensaba y ese pensamiento dio pie a su separación definitiva.

Cuando se despidió de su ahora exmujer, lo hizo también de la vecina desconocida. La vio, como siempre, desde el balcón. Quiso gritarle para llamar su atención y darle las gracias por haber hecho algo que él ni siquiera sabía que necesitaba, pero se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.

01 marzo 2021

Parálisis

 



Se inclinó sobre la cuna. Acarició con ternura la tersa mejilla y la besó. Limpió con delicadeza el hilo de saliva que casi siempre manaba de esa boca que no podía permanecer cerrada. ‘’Mi pequeño vegetal’’ dijo en voz baja y se retiró del cuarto de ese hijo que no había podido cumplir sus expectativas de realizarse como padre.

25 enero 2021

El elixir de la vida

 



La dama desciende del carruaje con la gracia que tienen las criaturas que nacieron con la elegancia incorporada en los huesos. Casi totalmente cubierta por la capa de terciopelo negro, puede parecer dos cosas a quien se la tope: o una cortesana o una bruja.

Camina con prisa el sendero que la separa del convento y lo bordea, como siempre, para poder entrar por la puerta que le tienen reservada, la que permanece abierta solo para ella. Al entrar, la oscuridad absoluta la rodea y tarda algunos minutos en acostumbrarse. Avanza algunos metros, apoyándose en las paredes frías hasta llegar al pasadizo.

Una débil vela, a punto de extinguirse, es la única iluminación disponible que puede usar para recorrer ese húmedo pasillo, que cada vez se le antoja más largo y más lúgubre. No es la mejor parte del recorrido, pues siempre teme que alguna rata decida hacer de ese sitio su hogar y en sus plegarias, está incluido el deseo de que eso jamás pase.

Respira agitadamente mientras avanza hasta llegar a su destino. Tantea la puertecilla y la golpea, primero tres veces y después tres veces más, de manera de dejar en claro que es ella y nadie más quien aguarda a ser atendida.

La hermana Alda estaba a punto de dormirse en el banco de la capilla, pero el ruido de los golpes a la puerta secreta la pone en alerta. Se levanta y apoya la cabeza en la pared falsa, hasta que vuelve a escuchar los otros tres golpes que indican que es la dama de la noche. Retira el falso decorado y abre, con todo el sigilo del mundo, la puertecilla.

Iluminada por lo que poco que va quedando de la vela, la dama, lejos de parecer una figura aterradora, se muestra más hermosa que nunca; incluso a pesar de no serlo. La hermana Alda le sonríe. Le agrada su presencia y reconoce, con cierto pesar de su alma femenina, que nunca podrá tener el porte delicado y fino de aquella dama, por más que se esfuerce.

Se inclina ante ella con una reverencia torpe e infantil. La dama le alaba el gesto con una media sonrisa y un ‘’no es necesario, hermana’’ suave y lánguido. A la luz de la poca iluminada capilla, las mujeres intercambian miradas cómplices. La hermana Alda está siendo instruida en los menesteres de recibir y despachar ‘’el elixir de la vida’’, a las clientas que pasan por un riguroso examen.

La dama se abre un poco la capa y deja al descubierto un bolso que contiene las dosis exactas del lote pedido. Cada frasquito está primorosamente envuelto en telas y algodones, con la etiqueta lacrada que reza ‘’Elixir vitae’’. Se los entrega a Alda, quien los cuenta uno por uno.

La mujer se acerca al altar, se arrodilla y reza. Lo hace por su éxito, porque nunca la descubran, porque pueda seguir adelante con su noble y loable causa, por seguir ayudando a tantas mujeres a deshacerse de deberes innecesarios y a ser felices. Está convencida de que está ganándose su lugar en el paraíso con esmero y honestidad, tal y como le enseñó su madre.

Se levanta y persigna. Alda terminó de contar los frascos hace unos minutos, pero no quiso interrumpirla. ‘’Están todos, señora. Muchas gracias en nombre de todas’’. La dama sonríe y asiente complacida. ‘’Estoy para servirlas, hermana’’ y es esta vez ella quien se inclina ante la monja, a modo de reverencia.

Sin más dilaciones, la mujer se retira, haciendo el camino inverso, esta vez sin necesidad de una vela. Va tanteando por los muros del pasadizo, lo más rápido que puede hacia la puerta reservada solo para ella. Abandona el convento, en medio de la oscuridad más absoluta, hasta llegar al carruaje, que la llevará de vuelta al castillo que habita, con su devoto y anciano marido.

16 enero 2021


Cuentos para pasar el rato.

 

12 octubre 2020

El paseo al río

 




Sabe que esa noche no podrá dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.

Se escabulle tan silenciosamente como puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida, con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.

Quiere entrar y verla de cerca, pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento. O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.

Se sienta en el piso y respira hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado, hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de la cocina.

Recuerda cuando las monjas la recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.

La noticia de por qué estaba entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas. Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado, ya que eran de clases sociales diferentes.

‘’Niñas, tenemos que darle nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que es el amor de pareja?

Las demás niñas le hicieron un espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas prohibiciones sin sentido.

La tarde del paseo planeado por el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza, voluble y volátil, como suele ser a veces.

Las monjas organizaron a las niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas, empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo, dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.

Las primeras iban llegando felices a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto. La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.

Presas del pánico, suspendieron el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.

Algunas lloraban. Ella permanecía con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin control, agitada por el río.

Después de interminables horas, los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día triste, del paseo al río.

Se levanta del piso. No sabe bien qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos sobre el pecho.

Después de unos minutos, vuelve al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día. Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al final.

Cuando despierta, respira hondo. Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa, aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo de siempre.

Se dirige a la cocina y se dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su internado, durmiendo sin soñar.

26 junio 2020

El polvo del Sahara




Poco a poco, se extiende sobre las ciudades, sobre todo, las de la costa, que es donde ella está. Ha tenido la precaución de encerrarse en su propia casa y ha tapado cada rendija de cada puerta y ventana con pedazos de tela, con ropa, empapados en vinagre, para evitar que se cuele. Nada extraño entrará a su hogar; no al menos si ella pueda evitarlo.

Corrió los muebles de la sala hacia un costado. Le dio vuelta al sofá grande y con él tapió la puerta principal. Verificó que cada espacio entre las bisagras de esa puerta y de las ventanas quedaran selladas. Hasta que no pase el peligro, no se moverá de su casa.

Mantiene la radio y la televisión encendidas todo el día para no perder ningún detalle. Anota en un papel cómo se van desarrollando los hechos, como si de un diario se tratase. Eso sí, para no molestar a los vecinos, mantiene el volumen bajo, para que nadie sospeche que está nerviosa con todo esto.

Responde los mensajes que le llegan a su teléfono de manera casi telegráfica: ‘’Sí, estoy bien’’, ‘’todo ok’’, ‘’tranqui’’ y cosas por el estilo. No quiere distraerse. Tiene la sensación de que, si se descuida, su casa puede ser invadida y no es la idea.

Desde que la alerta nacional comenzó, ha visto alterado su sueño y su rutina diaria. Ahora pasa la mayor parte de su día sentada en el piso de la sala, oyendo las noticias, haciendo anotaciones, verificando que ninguna corriente de aire, por mínima que sea, entre en su casa. No tiene ni idea de cuánto durará todo esto, pero podrá sobrevivir algunos días así. Los necesarios. Ella solo quiere ser una de las sobrevivientes.

Duerme en el suelo de la sala, incómoda, pero tiene que hacerlo, tiene que mantenerse alerta. Si durmiera en su cama, correría el riesgo de no estar atenta. Sabe que el enemigo es sigiloso y también poderoso, así que no quiere darle tregua.

Por momentos, cuando está muy cansada, piensa en claudicar; sin embargo, desecha esos pensamientos y redobla sus propios esfuerzos para no fallar. ‘’Sacudirse el polvo’’ es la expresión que usa para animarse, cuando las fuerzas le fallan. Hasta ahora ha sobrevivido, cada vez con más esfuerzo, eso sí.

Sin embargo, esa noche, el cansancio dio cuenta de tantos días en tensión y venció su resistencia. Se durmió profundamente, acurrucada en el piso de su sala, por lo que no notó cuando el enemigo fue avanzando lento y sigiloso desde el desaguadero de la cocina.

Se fue formando poco a poco y se fue filtrando por los espacios de la rejilla, único lugar que no tuvo a bien de ser taponado con trapos impregnados en vinagre, porque ¿acaso el polvo habita también en los desaguaderos, en las cañerías? Improbable, según ella.

Lo cierto es que fue avanzando con tanto poderío, que hacerle frente ella no hubiera podido. El polvo fue ocupando todos los espacios, como si de una tormenta silenciosa de arena hubiera tenido lugar en su propia casa y hubiera decidido quedarse, hasta cubrirlo todo, hasta devorarlo todo en silencio.

Cuando por fin despertó del profundo sueño, estaba toda cubierta de una polvareda pesada y densa que casi no le permitió abrir los ojos ni respirar normalmente. Tuvo a bien gritar, lo más que pudo, alguien tenía que escucharla, alguien tenía que socorrerla, alguien tenía que apiadarse y salvarla de este enemigo mortal.

‘’¡Auxilio! ¡Ayúdenme!’’ gritó, mientras se sacudía y revolcaba en el piso, intentando librarse de su prisión de arena, pero el polvo era cada vez más denso, más espeso, más pesado y la iba consumiendo, hasta tragarla infinitas veces y dejarla ahí, tirada, sin aire, en el piso de su propia casa.

Mientras tanto, los vecinos, acostumbrados a sus gritos, no se sobresaltaron ni un ápice. Pusieron música a todo volumen, continuaron con sus vidas como si nada. A fin de cuentas, ella, la loca del tercero, solo espera que alguna cosa mala le pase en serio y esta vez le tocó el turno al polvo. Al polvo del Sahara.


25 mayo 2020

La tienda de pelucas




Hace tiempo ya que no recibe noticias de su amiga, la de la tienda de pelucas. La última vez que supo de ella, fue hace seis o siete meses. Se encontraron en un café del centro para despedirse. Estaría lo que quedaba del año en Caracas, atendiendo su negocio de pelucas, que infelizmente no iba muy bien, dada la crisis.

Se contaron las mismas cosas de siempre, pero de manera diferente para que sonaran a nuevas. Su amiga tenía la ilusión de empezar a vender las pelucas online, de hacer su tienda virtual. Siempre estuvo a la caza de oportunidades, de reinventarse y más en circunstancias tan rudas como las de vivir en Venezuela, su país adoptivo.

‘’Vente a España, de una vez, ¿para qué tanto lío?’’ le decía. Su amiga hacía caso omiso y le daba mil explicaciones de por qué quería quedarse, a pesar de todo. ‘’Allá las mujeres son más coquetas’’, esgrimía, entre tantos argumentos. Ella resoplaba. Le preocupaba el hecho de que ya ambas se estaban haciendo mayores y, en el caso de su amiga, no tenía quién velara por ella. Si algo le pasaba, estando allá, ¿quién se ocuparía?

En esos meses sin saber si estaba bien o si algo le había pasado, había pensado todos los escenarios posibles. No tenía a quién recurrir, no sabía con quién comunicarse, y aunque lo intentó con el consulado, y otros medios oficiales, no tuvo éxito.

Ingenuamente, a todos los recién llegados de aquel país con los que se topaba, les preguntaba por la tienda de pelucas. ‘’La tienda de pelucas de Chacao, ¿la conocen?’’. Se sentía ridícula y algo tonta haciendo la misma pregunta siempre, pero tenía la esperanza de que alguien le diera una respuesta que la dejara tranquila, así fuera una mala noticia o la que ella más temía.

Sin embargo, nadie conocía la tienda, ni a su dueña. Ella sabía que era una utopía preguntarlo, pero no quería dejar de hacerlo. En las ciudades convulsionadas por sobrevivir, nadie da cuenta de la falta de una única persona.

Del otro lado del mundo, deambula por las calles. Va y viene, viene y va, sin rumbo, con su saco de pelucas a cuestas. Un día salió de su casa, la cerró con ganas. Pasó por su tienda y guardó algunas pelucas, las más lindas. Se recogió el pelo y se colocó una, platinada, que combinaba con todo lo que siempre había querido ser: extravagante, diferente, nunca anónima. Cerró bien el local y empezó su huida. Huyó sobre todo de su propia vida.

 


21 abril 2020

El zoológico




Estaba en esa edad incierta en la que se sale de la niñez, pero todavía no se es un adolescente. Ya no le interesaban las cosas que hasta hace poco le habían interesado, pero tampoco llamaban su atención las cosas de adultos. Vivía fluctuando entre lo que iba a ser su adolescencia, cuando entrara de lleno, y el recuerdo reciente de su infancia tranquila y sin sobresaltos.
Así que, a sus 13 años, pasar vacaciones con sus primos y resto de la familia que no veía a menudo, no era un plan divertido, como hasta hace poco lo había sido. Sus primos seguían siendo niños, mientras que ella había ido cambiando, creciendo.
La idea de pasar todas las vacaciones en el mismo lugar de siempre, le pareció aburridísima. En vano intentó convencer a sus padres de que la dejaran hacer otra cosa. Se mostraron reacios. Iban todos o no iba ninguno y de su decisión dependería entonces que sus hermanos se la pasaran encerrados en casa. No tuvo otra que aceptar, a regañadientes, eso sí.
Tres meses estarían sin volver a casa. Prefería aburrirse en su propia casa que en la de sus primos. Todos los planes que armaban para entretenerlos, no la divertían. Quería ir al cine, a ver pelis B-12, ir a pasear sola a la plaza, merendar con chicos de su edad, no con la ristra de niñatos que aún habitaban la tranquilidad de la infancia.
Sus padres estaban ocupados con sus amigos, haciendo cosas de adultos. No podían – y tal vez no querían – ocuparse exclusivamente de ella o al menos idearse planes más acordes para la edad de su hija mayor.
Sin embargo, un buen día, a una de sus primas mayores, de esas felices que no se habían casado nunca y disponían de todo el tiempo del mundo, se le ocurrió un paseo al zoológico. Al principio no le pareció tan buena idea y además, seguro los niños querrían ir, pero cuando supo que estarían las dos solas, el interés despertó en ella.
Así que una mañana soleada, su prima la pasó a buscar y la llevó a recorrer el famoso parque zoológico. Pasearon para arriba y para abajo. Reconoció a todos los animales que pudo, dado su escaso, por no decir pobre, entendimiento del mundo animal.
Al llegar a la jaula del único oso del lugar, estaba sentado sobre las patas traseras nada más. La jaula era pequeña, así que el oso, negro y robusto, la ocupaba toda. Le quedaba chica, tendría que decir mejor. Se paró enfrente. Detalló sus patas, tan gigantes. Detalló el pelaje hirsuto y brillante. Y los ojos. Los ojos negros inyectados de sangre.
El oso se acercó lo más que pudo a la reja y la observó. Bufó y su bufido la asustó. Dio un salto y se echó para atrás y casi pierde el equilibrio. ‘’No pasa nada, está enjaulado’’ le dijo su prima, a modo de burla.
Se quedó unos instantes observando al oso enorme, peludo, feroz, quien a su vez también la observaba, con más rabia que calma. La rabia de un animal enjaulado. La chica se llevó las manos al pecho para tratar de tranquilizarse. ‘’Vendrá por mí’’ pensó. ‘’Esta noche vendrá por mí’’.
Se fue alejando de la jaula del oso, apoyada en la baranda de metal, sin darle la espalda. El animal no dejaba de verla. Acomodó su cuerpo en aquel reducido espacio para seguirla con la mirada. Mientras más la veía, más sangre le llenaba los ojos.
El paseo la dejó intranquila. De regreso en casa, lo único que hacía era pensar en el oso. Durante la cena, se lo contó a sus padres, quienes la miraron extrañados. ‘’Es imposible que un oso escape del zoológico y venga a buscarte. ¡Tendría que atravesar toda la ciudad!’’. Ella insistió. ‘’Vendrá por mí esta noche’’ les dijo categórica. Sus padres desestimaron sus palabras. ‘’Cosas de adolescentes sin nada en la cabeza aún’’ dijeron.
En la tranquilidad de su cuarto, se aseguró de cerrar bien la ventana y ponerle traba a la puerta. El animal vendría a buscarla, pero algo de resistencia iba a encontrarse. Se tiró en la cama y se arropó tanto como pudo, hasta quedar hecha un bollito. Le costó conciliar el sueño. Cerraba los ojos y lo único que veía era la mirada letal del oso.
Mientras tanto, en su confinamiento y al amparo de la noche, el oso empezó a golpear los barrotes de su celda, hasta lograr sacar los necesarios para salir. Se paró erguido, por primera vez en tantos años de cautiverio. Respiró hondo y en segundos emprendió el camino hasta la casa de la chica.
Olfateó su rastro. Tuvo el buen tino de escabullirse silencioso amparado por la oscuridad de la ciudad. A la hora que todos dormían, el oso se deslizaba por las calles, con una agilidad impensada ni puesta en práctica jamás.
El olor de la chica se hacía cada vez más poderoso. ¡Estaba ya cerca de su presa! Se detuvo unos instantes, se relamió de puro gusto. Avanzó cauteloso, con la nariz pegada al piso, como si fuera un sabueso.
Llegó al jardín de la casa. Tuvo que contenerse para no abalanzarse sobre la ventana del cuarto de la muchacha. Apoyó ambas patas delanteras y de un cabezazo rompió los cristales. El impacto hizo que la chica se despertara y empezara a gritar.
Sus gritos, que se fueron transformando en aullidos, alertaron a toda la casa. Sus padres intentaron entrar al cuarto, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Mientras tanto, ella estaba en una esquina, gritando enloquecida, presa del pánico. El oso la miró con ferocidad y lascivia. Levantó una de las patas y sacó a relucir las garras. Le asestó un golpe seco, pero delicado en la pantorrilla. Como una caricia que era un rasguño.
La sangre empezó a brotar descontrolada de la herida. La chica lloraba y gritaba con toda la fuerza de su voz. Sus padres habían podido derribar a machetazos la puerta y observaban la escena entre aterrorizados e impactados.
El oso les dirigió la misma mirada de rabia con que había visto a la muchacha esa misma mañana, en el zoológico. Hizo un movimiento rápido y enganchó la pierna herida entre sus fauces, sin morderla, para arrastrarla hacia sí. Y con la misma rapidez, salió de la habitación, con ella al hombro, tan frágil, tan delicada, tan posible. Tan suya.