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13 junio 2024

Los regalos

 


A pesar de que su madre le tiene expresa y rotundamente prohibido irse con su padre en la lancha de madrugada, él logra esquivar la vigilancia materna, escurrirse sigiloso y aguardar a zarpar. Las veces que su padre lo ha descubierto, ya están en alta mar, muy lejos como para regresar.

Al principio, le daba un par de golpes suaves, a manera de advertencia o de antesala de la golpiza que se supone debía propinarle por desobediente, pero él sabe que su padre, más blandengue que su madre, se hace el desentendido de su crianza la mayoría de las veces.

A él le encanta burlar el ojo materno e irse con su padre de madrugada en la lancha, en aquel mar oscurísimo y profundo en el que navegan.

Esta es la verdadera aventura de sus escasos seis años. La aventura de la que no habla, aunque se muera de ganas por hacerlo, pero intuye que si lo hace, se rompa ese lazo delicado y cómplice que lo une con su padre.

Esas ‘’expediciones’’, como le dijo su papá una de las primeras veces que lo encontró de polizón en la lancha, eran secretas. ‘’Como esas misiones de las películas de espías de la tele’’ comparó.

En determinado punto indicado a lo lejos por una lámpara intermitente de otra lancha a la distancia, su padre apaga el motor y se levanta para mantener el equilibrio y esperar más señales. ‘’Estate atento, Junior’’ le susurra al niño, como si el mar permitiera ese secreteo innecesario entre ambos.

Al cabo de algunos momentos, las luces de una avioneta se divisan a lo lejos. El niño nota el nerviosismo creciente del padre, que logra contagiarlo de a poco. ‘’¡Los regalos están llegando!’’ piensa y la emoción amenaza con desbordarlo.

De la avioneta van cayendo al mar cajas bien embaladas que su padre se apresura a recoger con la maestría propia de quien tiene tiempo mejorando la técnica.

El niño le indica a los gritos donde están las cajas a modo de ayuda, como si con ese escándalo pudiera aligerar el trabajo de su padre. De nada vale decirle que se calle, pues él hace caso omiso, y las va contando: ‘’10, 20 y 10 más y 20 más’’. No se sabe los números del todo aún, pero usa los que sabe para contar las cajas y apilarlas como puede.

Toda la acción se desarrolla en menos de una hora. El hombre es cuidadoso, sabe que dejar una sola caja a la deriva acarrearía represalias.

En aquella inmensidad profunda y oscura, tiene el tino de guiarse por una especie de intuición que solo la da la supervivencia. Cuenta y vuelve a contar las cajas y coinciden con el número indicado días atrás. Respira aliviado, pues la primera parte de la misión está cumplida.

Mientras, el niño sonríe feliz, triunfante, a pesar de que su padre lo haya regañado todo el camino de regreso a casa.

Siempre le hace la misma pregunta inocente e infantil: ‘’¿Cuántas personas son felices con estos regalos?’’ y su padre, nervioso y lacónico le responde siempre lo mismo: ‘’Muchas’’.

Le jura no decirle nada a la madre y al llegar a la orilla, salta de la lancha y corre veloz a la casa, para escabullirse hasta su cuarto y acomodarse en su precario catre. Apoya la cabeza en el desgastado colchón, pero no se duerme las horas que le faltan para levantarse, sino que se queda mirando el descascarado techo, presa de la agitación de esta aventura, pensando en todo lo que hace su padre para ayudar a tanta gente a recibir sus regalos.


23 agosto 2022

La lectura




Sabe que viene a buscarlo a su habitación por la forma en que camina, o mejor dicho, por la forma en que siente vibrar sus pasos. A todo lo que le dice, él solo mueve su cabeza, en señal de aprobación del plan de siempre; sonríe, deja lo que sea que esté haciendo y lo sigue.

Él ya sabe que es la rutina vespertina entre ambos y no le molesta en lo absoluto; sin embargo, a su madre sí. Cada vez que los descubre, monta en cólera casi siempre, como si con eso pudiera cambiar su realidad como familia.

Nunca entendió el comportamiento de su madre. ¿Qué tan terrible es pasar un par de horas pretendiendo ser otra persona? ¡Tanto a su abuelo como a él les hace bien! Pero se ve que a ella no. No sabe qué dispara su enojo: Si el hecho de pasar tiempo juntos o el hecho de creerse ‘’normales’’. Y a fin de cuentas ¿qué es ser normal?


Una vez le preguntó a su madre y ella lo miró como cuando se ve algo que está irremediablemente perdido. Le apuntó la frente con el índice y le dijo ‘’tú no’’. Él rió. No se sintió aludido en lo más mínimo. Entendió que algo en su propia madre no estaba bien del todo y dio por terminado ese asunto.


Por los momentos, la única cosa que le interesaba era, después de volver del colegio, esperar a que el viejo viniera a buscarlo para leerle. No tenían muchos cuentos en la casa, así que las historias que le leía eran siempre las mismas, que quién sabe de qué iban porque él después no se ocupaba de leerlas por sí mismo. Las portadas de los cuentos no eran muy elocuentes y las pocas ilustraciones que tenían, menos.


Se sentaba a su lado muy quieto observando el movimiento de sus labios, sus expresiones faciales, cómo inclinaba el cuerpo ante lo que él creía que era impactante. Le gustaban esas horas de teatro improvisado.


Sabía que el abuelo estaba enfermo, pero no entendía bien de qué. Su madre le comentó un día señalándose la cabeza. Él quiso saber más, pero ella se limitó a decirle que era degenerativo. No entendió tampoco, pero no preguntó más; en parte porque su madre no era buena para expresarse en su lengua y en parte porque lo importante para él era el tiempo que pasaban juntos.


Su abuelo era terco y estaba decidido a ‘’recuperarlo’’. Así lo había dicho. Pensaba que lo suyo era algo de lo que uno se podía recuperar. Ni él ni su madre entendían a cabalidad de qué se trataba ser como él era. No se avergonzaba ni se sentía menos que el resto. Su mundo era igual de rico que el de cualquier otra persona e incluso más, pensaba.


Se trazó una especie de estrategia para que su madre no los descubriera. Aguzó sus  cuatro sentidos restantes. Descubrió las rutinas de su madre cuando se preparaba para salir de casa y los tiempos que demoraba en volver. Eso le daba margen suficiente para sentarse con su abuelo y fingir que entendía lo que le narraba.


Cuando terminaba cada cuento, el viejo le pasaba la mano con cariño por la cabeza y le hacía la misma pregunta de siempre: ‘’¿Te gustó?’’, a lo que él respondía asintiendo. A veces se le quedaba viendo, esperando que él dijera algo, a veces también lo veía sin reconocerlo y se levantaba molesto y se iba de nuevo a su cuarto.


Le daba mucha lástima cuando lo sentía deambular por la casa como si estuviese perdido, así que o bien lo evitaba para no asustarlo o bien lo seguía hasta que el anciano lograba reconocerlo. 


Unos meses antes de la defunción del abuelo, el niño descubrió a la madre en la sala, con quien supuso sería el médico. ‘’Deterioro cognitivo’’ logró entender, entre otras cosas. Si bien no entendió el concepto como tal, tuvo la corazonada de que no era nada bueno.


En la escuela le preguntó a las maestras, quienes le explicaron como pudieron, para no alarmarlo. 

Lo único que pensó fue en redoblar sus esfuerzos para pasar más tiempo con el viejo, pero su plan se vio truncado por el rápido detrimento de la salud de su abuelo. Los últimos días los pasó sentado a un costado de la cama del viejo, sosteniendo su mano para no olvidar su forma,  cuando ya no estuviera. 


El día del funeral, durante la misa, el sacerdote pregonó sobre los goces de la vida eterna, de la misericordia de Dios, y los designios que trascienden a los hombres. Pero el niño no lo supo entender, no podía oír esas palabras, su sordera se lo impedía. En su lugar imaginó a su abuelo narrándole historias sin palabras, como siempre había hecho.

16 mayo 2022

La recompensa

 




Paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. La paciencia no fue nunca mi fuerte, pero este encierro lo sobrellevo bien, para mi propia sorpresa. Lo malo es que, de noche, el penetrante olor de estos fajos no me deja descansar.

En otro momento de mi vida, estar aquí sería un tanto incómodo, porque el solo hecho de estar de cuclillas me arruinaría las rodillas; pero por fortuna eso no es un problema. Puedo moverme aún agachado sin tener que ponerme de pie o acostarme cada tanto.

Me he vuelto muy observador y he aguzado todos mis sentidos desde que llegué aquí. Cada chirrido en la casa lo conozco, sé de dónde viene, qué lo produce. Cada rendija por donde se cuela el viento lo hace sonar de forma diferente y sé exactamente en qué parte está.

Las paredes de la casa se anticipan a las estaciones y van cambiando. Sé cuando el otoño está por aparecer, porque en las noches de verano todo se vuelve un poco menos caluroso y entonces así sé, por esa temperatura que también adoptó mi cuerpo, que los días de verano están preparándose para irse.

Dirán que son cosas tontas, pero en algo tengo que usar mi tiempo. Eso me ayuda a mantenerme activo. No es lo ideal, claro. Lo ideal sería no estar aquí. Desde hace cinco años aguardo mi liberación; mientras tanto, me entretengo.

Mi hija no viene desde hace tres años, aproximadamente. Al principio de mi cautiverio, venía con cierta frecuencia para ordenar, limpiar, deshacerse de algunas cosas de la casa. En ese tiempo, yo no le prestaba mucha atención, de tan embobado que estaba con esto de cuidar de mi botín. Después, cuando sus visitas se hicieron más espaciadas, me alarmé.

No tenía manera, ni aún tengo, de ponerme en contacto con ella. A veces siento que me olvidó del todo, otras veces siento que me recuerda todos los días de nuestra vida. Si bien es duro estar así y más en este encierro, hay un montón de sensaciones y de sentimientos que dejaron de tener la etiqueta de ‘’bueno’’ o ‘’malo’’. Simplemente las cosas son como son: Mi hija no viene desde hace tres años.

Creo que no lo hace por miedo. Le mando mensajes, con cualquier pretexto, para que vuelva. Me ignora o no entiende lo que le digo. No soy un hombre de saber explicar bien las cosas, me quedo siempre corto.

Sucede también que, en este cambio de circunstancias, no es fácil la comunicación. Se recurre a metáforas, a símbolos, cuya interpretación dependerá mucho del receptor. Si el mensaje no es claro, como sé que son mis mensajes, el receptor, mi hija, no entenderá o confundirá toda la situación.

Estoy tratando también de mejorar eso. Me está llevando tiempo. Lo repito: nunca fui muy bueno comunicándome. Así que por los momentos, trato de estar cerca de ella lo más que puedo, en pensamiento, porque de aquí no puedo salir, hasta que mi situación se resuelva.

Recuerdo las buenas épocas en esta casa. Hacía buen dinero, podía ahorrar, atesorar. Sobre todo eso: atesorar. Cuando llegaba el dinero, lo guardaba y de tanto hacerlo ahora estoy atado a él, a ese olor a viejo, ha guardado que adquieren las cosas cuando no circulan, no se usan.

Nadie sabía que estaba guardando tanto dinero. Me estaba partiendo el lomo trabajando, pero les hacía creer que la paga por mis trabajos era baja. Me convertí en un experto en el arte del engaño. Cuando mi mujer, que Dios la tenga en la gloria, me pedía dinero para los gastos de la casa y la manutención de nuestra hija, yo siempre respondía con algún remilgo y le decía que ese mes no había logrado cobrar mucho, etc. Tenía ya armadas mil excusas.

Mientras, iba guardando billete tras billete aquí arriba, donde estoy ahora. Este ‘’escondite’’ lo descubrí de casualidad. Parece que cuando construyeron el techo, pensaban también hacer una especie de entrepiso para la ventilación, creo, no estoy seguro, pero no lo terminaron y quedó un espacio, como si fuera una larga gaveta, en el techo de la cocina. Ahí empecé a meter los fardos, mes tras mes, año tras año.

No fue por codicia que lo hice, sino para vivir tiempos mejores, siempre pensando en el futuro; especialmente el de mi hija. Cuando pasó el accidente, yo no tuve tiempo de avisarle que en el techo de la cocina, estaba todo su futuro. Vinieron por mí y yo dije que no, porque tenía que cuidar mi botín.

Lo malo es que paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. El penetrante olor de estos fajos no me deja descansar. No puedo deambular tampoco por mi propia casa. No sé cuándo terminará todo esto.

Quiero vender la casa, pero ¿podré hacerlo?. A veces siento que nunca voy a poder deshacerme de ella, pero es que no logro dar el paso. Es una casa grande e inoperante. Mantenerla es un caos y no tengo ni el tiempo ni las ganas.

Además, este olor tan rancio que no logro ahuyentar y que tampoco logro identificar. ¿Qué haré con esta casa? Ni siquiera está llena de recuerdos que quisiera conservar. Es tan solo una estructura y nada más.

Lo que más me gustaba era la cocina, porque daba al patio interno, donde estaba el árbol del que colgamos una hamaca, el columpio y nos creíamos de vacaciones cuando hacía buen tiempo. ¡Fue una buena época, sí! Pero el árbol terminó secándose y tuvimos que sacarlo y en su lugar, pusieron el piso de cemento. Una lástima. Me gustaba el jardín.

 Tengo que limpiar. La casa va a deteriorarse más si sigo dejando todo así, a la buena de Dios. Dios no limpia. Ojalá viniera un terremoto y la arrancara de sus cimientos y chau, casa. No tendría que ocuparme de esto, que es como un pensamiento que me taladra de vez en vez.

Contengo la respiración. ¡Eres tú! ¡Viniste! ¡Mi amor! Hago ruido, pero no me oyes. ¡Mira hacia arriba! ¡Te estoy viendo, hija querida!

Algunas baldosas se han salido y otras están rotas. Me lo anoto. Tengo que ir haciendo un informe del deterioro, pedir presupuesto para que vengan a arreglar o dejar todo así y venderla, tal y como está, aunque no saque mucho dinero. Cañerías, pisos, algunos vidrios rotos…

¡Mi amor!¡Mira hacia arriba! Concéntrate. Mírame. ¡Mira hacia arriba! Ya es tiempo de salir de aquí. Guardé todo esto para ti. ¡Solamente para ti!

Miro hacia los techos y los inspecciono. Había una filtración en el de la sala; no muy grande, por fortuna. Aquí en la cocina pareciera estar comenzando. Se levantó un poco la pintura. Lo anoto. No parece ser grave.

Hago un rollito con uno de los billetes y lo empujo por unas de las rendijitas de este techo falso que habito. Cae, sin ruido. No lo notas. Lo pienso con todas mis fuerzas: ¡Mírame! Mientras, hago otro rollito y lo aviento. ¡Concéntrate!

Vuelvo sobre mis pasos y piso algo. ¿Qué es eso? Estos papelitos no estaban aquí recién. Me agacho. Es un billete de 100. ¿Eh? ¿De dónde salió? Más allá hay otro. Lo recojo. También de 100. Miro hacia el techo de la cocina. Voy a buscar algo en qué subirme. Alguna silla, alguna escalera, algo útil debe haber quedado.

Cuando por fin encuentro una silla, me subo y observo más de cerca. Hay rendijas finas y de allí emana el olor que transpira la casa. Mi casa. ¿Pero por qué? Raspo con la uña la pintura, toco con los nudillos: ‘’Toc, toc, toc’’. Suena hueco. Con asombro descubro el techo falso. ¿Qué es esto?

¡Mi amor! ¡Ni te ocupes! Acércate. Tengo aquí mi botín, que es todo tuyo. Lo atesoré para ti. Ven, mi vida. Acércate, acércate.

Hay muchos billetes, de 100 y de 50. Estoy atónita. Es que es increíble. ¿Quién los guardó? Nunca tuvimos dinero. ¡Dios mío! Esto es una pequeña fortuna.

Por fin, hijita, por fin. Llévatelo todo. Es tuyo, todo tuyo. Siento que me falta el aire, mi amor, que ya no soy yo. Tengo que irme. Mi vida, mi amor. Te amo mucho. Tenlo presente. Adiós, mi querida hija. Adiós.

17 diciembre 2021

Cuatro pasos

 


Las paredes están llenas de moho, de ese que parece musgo, que sobresale por entre los ladrillos y lo cubre todo como una película de humedad, podredumbre, asco y encierro. No se respira el aire del puerto que tímidamente intenta colarse por la diminuta ventanita, sino moho. Se respira moho. Por eso intentan no hacerlo. No saben qué los matará primero, si estar un día más ahí o las náuseas.

No hay luz suficiente para ver el desfile de ratas que van y vienen por toda la celda. Es mejor. Sus chillidos los mantienen alertas.

Los cuatro hermanos menores esperan todos juntos, sentados uno al lado del otro. Ya perdieron la cuenta de cuántos días llevan encerrados así, pero se mantienen firmes. Arrepentirse nunca fue una palabra que estuviera en su escaso vocabulario de piratas.

Tan cerca están que sus muslos se adhieren al muslo contrario. Se mueven solo para lo necesario. Son un bloque tan perfecto que incluso acompasaron sus respiraciones. En cambio, el hermano mayor cambia de lugar con frecuencia. Se mueve por todo el recinto espantando a las ratas con sus pasos.

Cada tanto se asoma por la ventanita y grita, maldice. La suerte está echada, pero eso lo sabía desde siempre. Esa misma suerte que insolente y descarada lo había acompañado durante años, llega a su fin en algún punto, como todo en la vida.

No había querido involucrar a sus hermanos, pero pudo más la codicia que cualquier sentimiento fraterno. Hicieron buena fortuna, estuvieron con todas las mujeres que quisieron, amedrentaron, robaron, saquearon e hicieron todo lo que se suponía un pirata podía hacer en el mar y fuera de él, aunque ellos no supieran a ciencia cierta qué comportamiento debían tener.

Sin embargo, tenían desde niños almas de granuja, así que solo se entregaron a su destino, como quien se lanza al mar desde un acantilado, sabiendo que el agua lo va a recibir de olas abiertas.

Durante años esa fue su vida de aventuras, dijeron ellos; de violencia, dijo el resto. Ahora no son más que prisioneros o la consecuencia de sus propios actos.

El día del juicio llegó tal y como llegó el día que los apresaron: Sin aviso, sin indicios. Los ataron a los cinco con una cuerda y tuvieron a bien hacer nudos de marinero, como si de una burla se tratase, para evitar su escape y su destino.

Cuando los sacaron de la celda para llevarlos a la plazoleta, el aire nuevo, que no fresco, los aturdió, de tan acostumbrados que estaban ya a la podredumbre. Y peor fue cuando la luz cegadora del sol los arrasó, tal y como ellos habían arrasado barcos y cargamentos hasta hacía poco.

El hermano mayor cayó de rodillas y arrastró sin querer al resto. La multitud gritaba enardecida, los insultaba al tiempo que los aplaudía con toda la rabia que nunca habían conocido. ‘’¡Mátenlos a todos de una vez!’’ decían.

Los jueces exigieron silencio para poder leer un veredicto que nunca tuvo un juicio como correspondía a la ley, pero sí una inmediata resolución: Los cinco eran culpables de piratería, asesinato, saqueo, robo y destrozo; entre tantos otros delitos que no se alcanzarían a enumerar.

‘’¡Son el maldito diablo en la tierra!’’ vociferaba la muchedumbre que iba creciendo para asistir al juicio del momento.

La lectura de la sentencia comenzó. El hermano mayor miró desafiante al juez, un hombrecito flaco y pálido, con voz de tiple. Se irguió y echó para atrás sus anchos hombros de manera de parecer más amenazante de lo que había sido toda su vida de pirata. Sus hermanos lo imitaron más por acto reflejo que por propia convicción de su osadía.

‘’Se condena a los hermanos Storzenbecher a morir decapitados, por orden de nacimiento, comenzando por Klaus Storzenbecher. Pero si este, después de habérsele cortado la cabeza, logra dar cuatro pasos, en línea recta, por cada uno de sus hermanos, podrán estos salvar sus vidas y ser eximidos de todos los cargos por piratería’’.

Un sonoro y rotundo ‘’oh’’ recorrió de punta a punta a la multitud. Era imposible que un cuerpo sin cabeza realizara tal hazaña. Klaus se mordió los labios y un temblor lo tomó por sorpresa. La vida de sus cuatro hermanos dependía de él, como había sido desde siempre. Se plantó más firme que nunca para intentar controlar las oleadas de pánico que lo estaban azotando.

Dos oficiales lo separaron del resto de sus hermanos y lo llevaron casi a rastras al centro de la plazoleta. La gente gritaba todos los improperios posibles conocidos y por conocer. A todos los miraba desafiante, como si quisiera recordarlos para después vengarse.

El juez le ordenó a un niño que trazara una línea recta desde donde estaba Klaus parado hasta aproximadamente cinco metros de distancia. Los oficiales que sostenían al pirata lo obligaron a ponerse boca abajo, con la cabeza apoyada en una estructura improvisada a modo de guillotina. Klaus resistió como pudo, hasta que un golpe en las costillas lo dejó sin aire para seguir luchando y fue en ese preciso momento que el verdugo, que había estado todo el tiempo al lado del juez, se acercó para asestar el golpe seco y certero y separar la cabeza de Klaus del resto de su cuerpo, que permaneció rígido, como si hubiera sido electrizado.

La multitud gritó e incluso el propio juez apartó la vista cuando la cabeza de rizos dorados rodó silente hacia un lado. Sus hermanos ahogaron un grito y trataron de mantenerse en pie, para no desmayarse.

Los oficiales pusieron el cuerpo sin cabeza de pie y le dieron un empujón para que se cayera, como era de esperarse, pero el cuerpo dio un primer paso tímido sobre la línea antes trazada. Era imposible creer lo que estaba pasando. ‘’¡Es cosa del diablo!’’ gritaba desaforada la gente. Algunos se desmayaron, otros huyeron despavoridos.

El segundo paso fue menos tímido que el primero. El tercero, si bien vacilante, no se desvió ni un ápice del camino y el cuarto, decidido por ser el último, duró lo suficiente como para cumplir con su cometido antes de desplomarse: Liberar a los hermanos.

El resto del clan Storzenbecher cayó de rodillas, todos riendo nerviosos y llorando. Nadie podía creer lo que acababa de pasar y sin embargo había pasado, a plena luz del día, con testigos a granel.

El juez no podía hablar y tenía los ojos desorbitados de la impresión. Cuando pudo articular palabra, tragó grueso, y con un hilo de voz eximió de los cargos de piratería a los cuatro hermanos restantes, ordenó recoger el cuerpo de Klaus e incinerarlo y hacer desaparecer sus cenizas de la faz de la tierra. ‘’¡Échenlas al mar! ¡Al mar! ¡Es ahí donde ese maldito tiene que estar!’’

18 marzo 2020

36 horas



Mi hermano siempre fue un poco tonto. No en el sentido intelectual, sino en el de la vida práctica. Por eso, cuando empecé a sentirme mal, no le dije nada. No porque fuera un tipo nervioso que se ofuscara fácilmente, sino porque es tonto, como ya dije. Tonto para la vida.
Yo caí en ese grupo de ‘’población de riesgo’’, por la epilepsia. Empecé a presentar los síntomas, pero no me alarmé; total, a mí a cada tanto, cualquier gripe se me instalaba en el cuerpo por días. La verdad es que no le di importancia.
Era de esperarse que mi hermano no notara si yo pasaba más tiempo en cama que dando vueltas por la casa. Era de esperarse que tampoco se diera cuenta de que tenía una tos seca persistente. Eran de esperarse muchas cosas, en lo que a él y a su falta de visión se refiere.
Deliberadamente, mi hermano no quería hacerse cargo de nada que tuviera que ver conmigo, ni mis ataques, ni nuestra ‘’hermandad’’, ni nada. Muchas cosas rutinarias, de la vida cotidiana le cuestan, no les pone empeño. Así que cuando todo esto comenzó tan de pronto, él no supo qué hacer. A veces creo que ignoró olímpicamente todas las señales de mi enfermedad para tener que evitar involucrarse.
Ahora lo observo sin lástima. Al principio confieso que sí me dio algo de lástima. Intentó reanimarme con un boca a boca, pero eso fue porque lo vio en algún programa de la tele o tutorial de YouTube, no porque supiera cómo hacerlo.
En un momento de nuestras vidas, antes de que nuestros padres fallecieran, nuestra madre intentó que todos hiciéramos un curso de primeros auxilios. Lo hizo pensando en mí. No lo hicimos. Le fuimos dando largas, mi hermano, sobre todo.
Así que cuando empecé a quedarme sin aire, intenté guardar la calma; pero solo lo intenté. Si me sobrevenía uno de los ataques, ¿qué iba a hacer? Y era eso lo único en lo que pensaba, en que no me pasara, o no al menos ahora, que me estaba costando respirar.
Traté de acomodarme lo mejor que pude. Coloqué las almohadas sobre el respaldo de mi cama y me senté. Mi hermano escuchaba música a todo volumen en la sala, así que tuve que mandarle un WhatsApp. Hasta eso habíamos llegado.
En ese tiempo entre el mensaje que envié y cuando mi hermano lo leyó, me sobrevino uno de los ataques. El último. Las convulsiones y la falta de aire, más la debilidad de mi cuerpo por el virus de moda, me hicieron exhalar mi último y sofocado suspiro.
A las mil y tantas cuando mi hermano se percató de todo y entró en mi cuarto, hacía rato que yo estaba inerte en la cama, con la boca abierta, con un hilo de saliva, y la vista fija clavada en el techo. Hubiera preferido morir de otra forma, pero mi deceso fue una unión de coincidencias típicas del destino.
Ahí fue cuando empezó con el show, el pobre inútil. Empezó a gritar, me agitó por los hombros, intentó reanimarme con un boca a boca y al final, como era de suponer, se echó a llorar. Me pidió perdón, me abrazó. Cerró mis ojos, me limpió la boca. Acomodó mi cuerpo con delicadeza y me cubrió. Eso me sorprendió y enterneció a la vez. No es mal tipo mi hermano, solo tonto. Tal vez, si hubiera nacido en otra familia, hubiera encajado bien, pero en la nuestra, estaba destinado al fracaso.
Llamó a los paramédicos, quienes amablemente le informaron que en breve pasarían por casa. Yo lo dudé mucho. Vivíamos en un pueblito, si bien estábamos cerca de la capital, llegar demoraba cerca de una hora, hora y media. Todavía había nieve en la carretera, así que eso hacía más lento todo.
Mi hermano esperó un par de horas y volvió a llamar. Al tercer intento, ya estaba bastante alterado. El servicio de paramédicos le dijo que no podían pasar a buscar mi cuerpo, ni mucho menos constatar si era verdad que había muerto, porque se había declarado la cuarentena oficialmente y nada se podía hacer.
¿Y qué iba a hacer el inútil de mi hermano conmigo durante 15 días? ¿Meterme en el congelador? Lo pensé. Pensé mil alternativas, pero ¿cómo se las comunicaba? Yo estaba acostumbrada a ese accionar burocrático y estúpido de los organismos públicos de nuestro país, pero él no, porque siempre se había hecho a un lado y había dejado que otros resolvieran su vida práctica. Así que ahora, que tenía que lidiar con esta tragedia, no se le ocurría qué hacer. ¡Pobre!
Yo en su lugar, hubiera envuelto el cuerpo cuidadosamente, lo hubiera puesto en la maleta del auto y habría enfilado al hospital, el que nos quedaba a una hora. Pero a él, lo único que se le ocurrió fue subir stories a su Instagram y un video a YouTube.
Cada tanto, entre lágrimas y sollozos, enfocaba mi cuerpo y pedía ayuda. ´´¿Qué hago con mi hermana muerta? ¡Nos han abandonado!’’. Me entretuve un tiempo leyendo los comentarios bizarros de la gente, que iban desde darle las condolencias, hasta decirle que me picara en trocitos y me guardara en el frízer hasta que viniera la ambulancia o la funeraria. Otros comentarios eran más sarcásticos, pero esos me los reservo; y también los comentarios de otros inútiles como mi hermano, me los reservo.
Al cabo de unas horas, se encerró en su cuarto. Cada tanto salía para ver si había ocurrido el milagro de mi resurrección y para revisar los nuevos comentarios y subir alguna que otra story nueva sobre nuestro caso. Si hubiera podido dejarle un comentario, le hubiera escrito: ‘’De esta no se vuelve’’, pero…
El primer día transcurrió así: Mi hermano entrando en mi habitación, mi hermano llamando a los paramédicos, mi hermano subiendo actualizaciones de estado. 24 horas así. No sé cuándo comienza el cuerpo a descomponerse, pero mi hermano ya estaba frenético buscando información al respecto.
Yo pensaba ‘’¿y si se va la luz? ¡Se muere mi hermano también!’’. En este punto, juro que ya era de risa nuestro caso. O por lo menos lo era para mí. Cada llamada a los paramédicos daba el mismo resultado: ‘’No podemos atender ningún caso fuera del hospital porque estamos en cuarentena’’.
Al término del segundo día, mi hermano tenía unas ojeras muy marcadas. Estaba durmiendo mal y ahora se le había instalado el miedo en el cuerpo. Si yo no hubiera sido compasiva, como lo fui en vida siempre, lo hubiera asustado, pero era tonto mi hermano solamente. No era mal tipo, nunca lo fue, así que era inmerecido. ¡Pero hubiera sido muy divertido!
En fin, pasadas 36 exactas horas, por fin llegaron los paramédicos. No fue por la insistencia caótica y desesperada de mi hermano, sino porque una influencer se apiadó de sus lastimeros videos y ejerció presión entre sus seguidores para hacer todo un lío y que al final vinieran por mí.
Muy moderno todo, la verdad. Pero no por ello deja de ser patético y triste. Supongo que la vida, como está concebida ahora, no da lugar a la practicidad y a la naturalidad (mi muerte tenía que pasar en cualquier momento, no es a eso a lo que me refiero) y sí a hacer de ella una especie de obra de teatro a la que asisten inútiles o tontos, como mi hermano. En todo caso, a final de cuentas, podemos ambos descansar en paz.

10 enero 2019

Soledad y compañía



La madre se arrodilla para llegar a la altura del niño. Le abotona el saco, aunque le falten un par de botones, pero lo hace con esmero de manera que el niño luzca lo más prolijo posible. Le peina con cuidado el cabello, lo llena de colonia barata, el único lujo que pueden tener. Antes de levantarse, lo besa rápidamente en la frente y lo mira complacida: su hijo es muy lindo. Tiene la belleza tierna de los que nunca serán agraciados cuando crezcan. Aún así, ella sonríe.
Le entrega la minúscula maleta con sus pocas pertenencias. Ella cargará el resto de las pocas cosas que entre los dos tienen. El niño ha pasado los días emocionado con la idea de la mudanza, no así la madre, que sabe por qué lo hacen.
‘’Debemos irnos, hijo’’ le dice y casi lo saca a rastras de la casa. Él quería despedirse de cada rincón, pero la prisa de la madre no se lo permite. ‘’Tenemos que irnos ya’’ insiste la madre. ‘’Pero ¿y papá? ¿Sabe adónde vamos?’’ pregunta el niño. Ella no contesta y en lo sucesivo, no contestará nunca a esa pregunta que, en lo que les resta de futuro, se quedará en el limbo de todo aquello que no recibe respuesta.
Caminan varias cuadras hasta llegar al autobús. Aunque es temprano, ya hay gente con cajas, bolsos, animales de campo, muebles. Transportan todo lo que pueden transportar. Viajan todos apiñados, como se pueda. ‘’No sueltes la maleta’’ le recuerda la madre al hijo, quien se aferra de la manijita y a cada tanto la mira, para cerciorarse de que sigue con él.
El viaje es largo. Hay mucho ruido. Los demás pasajeros hablan en voz alta, algunos a los gritos. Los animales se quejan. La mujer respira hondo y reza. Quiere llegar a su destino y tratar de empezar una nueva vida, o lo mejor que pueda hacer con lo que resta de la que tiene.
Después de todas las horas imposibles de camino, llegan a destino, cansados y hambrientos. El niño está a punto de llorar. Ya quiere llegar a casa.
Caminan todas las cuadras interminables hasta que por fin divisan el que será su nuevo hogar. Con el último impulso del día, se apresuran para llegar lo más rápido que puedan. Antes de tocar a la puerta, observan la edificación: es un caserón que conoció épocas mejores y que ahora luce descuidado, lúgubre y triste.
El niño mira a la madre y en su mirada ella comprende que en menos de un minuto, se echará a llorar. También quiere hacerlo, pero no puede, ni quiere, asustar al pequeño, así que lo abraza y le sonríe, antes de tocar la puerta.
El hombre que los recibe los mira de arriba abajo con desgano. ‘’Es el cuarto del fondo. Antes de llegar al patio’’. No los acompaña. Le da dos llaves a la mujer, la del cuarto y la de la casa y solo le indica que las visitas no están permitidas.
Al dirigirse al cuarto, la casa se va haciendo más lúgubre y triste, más oscura y deprimente. En las paredes reposan años de humedad mal curada y diferentes tonos de pintura descascarada.
‘’De tripas corazón’’ dice en voz baja la madre cuando abre la puerta del que será su nuevo aposento. El único bombillo que pende del techo da una luz lastimera y mortecina. Dos camas, un clóset, una mesita de noche destartalada y un arcón son el precario mobiliario. Hay polvo por doquier.
La mujer cierra los ojos, se persigna y respira hondo. El niño se queda petrificado en la pared y las lágrimas empiezan a rodar lentamente por sus mejillas. También la mujer llora, pero no quiere que él la vea, así que se acerca a la ventana y la abre de par en par. Los últimos rayos de sol del día iluminan la habitación suavemente, como un bálsamo. Con disimulo, la madre se seca las lágrimas y le dice al chico: ‘’Limpiemos un poco y ordenemos, hijito’’.
Entre ambos ordenan y limpian el cuarto como pueden, de manera que quede lo más habitable posible. Una vez terminada la faena, la mujer le pide al niño que se quede que ella irá a comprar algo de pan para ambos. ‘’No le abras la puerta a nadie’’ le ordena con dulzura. El niño asiente.
Al abandonar el cuarto, el niño abre su maleta y coloca la ropa y los pocos juguetes que tiene en el espacio que la madre destinó para él en el clóset. Al terminar, se sienta en el borde de la cama para quitarse los zapatos y acurrucarse. Está tan cansado que dormirá hasta que vuelva su madre.
La tarde va cayendo para dar paso a la noche que se filtra por la ventana del cuarto, lentamente, hasta dejar todo a oscuras. El chico respira suavemente. Sueña sus sueños de niño. De repente, siente como unos dedos largos y finos le acarician el cabello y como la mano a la que pertenecen se posa con delicadeza sobre su cabeza. ‘’¿Mamá?’’ pregunta, a sabiendas de que no son los dedos ni la mano de su madre.
Entreabre los ojos. En medio de la oscuridad logra distinguir la silueta de un hombre alto, muy alto, que lleva un sombrero. A pesar de no conocerlo, el niño no siente miedo. El hombre se inclina hasta alcanzar la altura del chico. ‘’Por fin tengo compañía’’ le dice y vuelve a pasarle la mano por la cabeza. ‘’Duerme. Yo te cuido hasta que vuelva tu mamá’’. El niño asiente y enseguida vuelve a conciliar el sueño.
Pasadas unas horas, la madre regresa y al abrir la puerta del cuarto, enciende la luz. El niño se despierta y se cubre la cara con el brazo. ‘’Mamá…’’ musita. ‘’Levántate hijo. Traje pan, queso y algo de verdura. Vamos a la cocina que preparo de comer’’ le ordena suavemente.
El niño se sienta en el borde de la cama para calzarse los zapatos. ‘’Mamá…Vino un señor de visita’’ le dice mientras lo hace. La madre abre desmesuradamente los ojos. ‘’¡Te dije que no le abrieras  la puerta a nadie!’’ exclama. ‘’¡Pero no le abrí la puerta! Solo vino y me dijo algunas cosas…no sé…’’ se defiende el niño asustado.
La madre se lleva las manos a la cabeza, preocupada. ‘’Mi amor, recuerda que no debes hablar con extraños y menos abrirle la puerta a nadie mientras yo no esté’’. ‘’Pero mamá, no le abrí. Yo estaba durmiendo’’. ‘’Sea como sea hijo, recuérdalo: no le abras a nadie, no hables con nadie, hasta que todo pase’’. El chico se queda viendo a la mujer sin entender ni una palabra.
Ambos salen de la habitación hacia la cocina. En la soledad del caserón se escucha la voz de la madre, repitiéndole las órdenes al niño. Desde el fondo del pasillo, el hombre del sombrero asiente, entrelaza las manos y susurra complacido para sí: ’’Por fin tengo compañía’’.