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10 septiembre 2024

El olvido




Desperté con la boca seca, la garganta áspera, y los párpados tan pesados que dolían al intentar abrirlos. El suelo bajo mi cuerpo era duro, frío, y emanaba un hedor a tierra húmeda mezclada con algo más, algo que no pude identificar de inmediato. Me erguí torpemente, con los huesos crujiendo, y una náusea ligera me invadió mientras el peso de mis ropas andrajosas parecía arrastrarme de vuelta al suelo. Me llevé las manos al rostro y sentí la aspereza de una barba desaliñada y sucia. Mis dedos, ennegrecidos por la mugre, parecían pertenecer a otro.


El aire estaba quieto, espeso, como si el mundo hubiera dejado de moverse mientras yo dormía. No recordaba cómo había llegado hasta ese rincón oscuro, ni por qué estaba allí. Miré alrededor, parpadeando, mientras una sensación inquietante crecía en el fondo de mi mente. No había nadie a la vista. Ningún sonido de coches, voces o siquiera el viento rozando las hojas. Solo silencio.


Mis pensamientos eran fragmentos dispersos, ecos de una vida que parecía haber sucedido en un sueño distante. ¿Había sido yo alguien? ¿Un hombre con un propósito, una familia, un lugar al que pertenecer? Pero al mirar mis ropas rotas, la piel ajada por el tiempo y el abandono, supe que algo terrible había ocurrido. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el mundo se apagó?


Comencé a caminar por calles desiertas, las fachadas de los edificios a ambos lados se desmoronaban como esqueletos antiguos. Ventanas vacías, como ojos muertos, me observaban sin reconocerme. No había huellas en la acera, ninguna señal de vida. El cielo era una cúpula gris y opaca, casi sofocante, y no lograba discernir si era el amanecer o el crepúsculo de un día interminable. 


A medida que avanzaba, las imágenes de lo que una vez debió ser la ciudad pasaban como sombras ante mis ojos. Había ruinas de coches oxidados, papeles esparcidos por el suelo, y tiendas con escaparates rotos. Pero no había cuerpos, ni señales de violencia. Solo vacío. ¿Era este el fin?


Una idea terrible comenzó a germinar en mi mente. ¿Y si yo era el último? El único sobreviviente de un evento catastrófico, el último vestigio de una humanidad que ya no existía. Mi reflejo en un charco de agua sucia me devolvió una mirada que no reconocí. El cabello blanco y sucio, la piel curtida por el tiempo, los ojos hundidos. Era como si hubiera envejecido cien años en una noche, como si el mismo tiempo me hubiera despojado de todo.


Comencé a gritar, primero suave, luego más fuerte. ‘’¿Dónde están todos?’’ dije y mi voz resonó en las calles vacías, pero no obtuvo respuesta. ‘’¡Díganme qué ha pasado!’’ El eco se apagó en la nada, y mi desesperación creció. 


Caminé hasta una plaza vacía donde los árboles se erguían desnudos y retorcidos, como los huesos de gigantes muertos. Me detuve en seco, mirando algo que no había visto antes. En el centro de la plaza, tallado en una piedra negra y pulida, había una inscripción:


“El olvido es el peor de los castigos.”


El aire pareció volverse más pesado, y un escalofrío recorrió mi espalda. El olvido. Eso era. No se trataba de un apocalipsis externo, sino de uno interno. Era yo quien había sido olvidado, quien había caído en un abismo sin memoria ni sentido. Y el mundo, el que conocía, simplemente había seguido adelante sin mí.


Me desplomé en el suelo de la plaza, incapaz de moverme. La revelación me invadió con la fuerza de una tormenta: yo no era el último sobreviviente de un apocalipsis. El apocalipsis era mi existencia. Había vivido tanto tiempo fuera del alcance de todos que me había desvanecido de la realidad. Me convertí en una sombra en un mundo donde los vivos ya no me veían, un algo que había sido y ya no sería jamás.


El cielo comenzó a oscurecerse, y la tenue luz que quedaba parecía apagarse lentamente. Al final, no había destrucción ni salvación, solo el olvido eterno. Y allí, en la penumbra, comprendí que el silencio no era la ausencia de vida, sino la ausencia de mí mismo. ¿Quién había sido?. Eso ya no importaba.


El mundo, para mí, había terminado. 


12 octubre 2020

El paseo al río

 




Sabe que esa noche no podrá dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.

Se escabulle tan silenciosamente como puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida, con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.

Quiere entrar y verla de cerca, pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento. O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.

Se sienta en el piso y respira hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado, hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de la cocina.

Recuerda cuando las monjas la recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.

La noticia de por qué estaba entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas. Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado, ya que eran de clases sociales diferentes.

‘’Niñas, tenemos que darle nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que es el amor de pareja?

Las demás niñas le hicieron un espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas prohibiciones sin sentido.

La tarde del paseo planeado por el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza, voluble y volátil, como suele ser a veces.

Las monjas organizaron a las niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas, empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo, dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.

Las primeras iban llegando felices a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto. La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.

Presas del pánico, suspendieron el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.

Algunas lloraban. Ella permanecía con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin control, agitada por el río.

Después de interminables horas, los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día triste, del paseo al río.

Se levanta del piso. No sabe bien qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos sobre el pecho.

Después de unos minutos, vuelve al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día. Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al final.

Cuando despierta, respira hondo. Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa, aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo de siempre.

Se dirige a la cocina y se dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su internado, durmiendo sin soñar.

13 julio 2020

¡Tantas cosas que se escapan!




Con la dificultad que le causa movilizarse, la mujer desciende del taxi de la forma más digna y elegante posibles. ‘’Que no se note tanto mi edad’’, piensa divertida. Echa un rápido vistazo a su atuendo. No luce mal, dentro de lo que cabe. Intentó vestirse de manera sobria, aunque él seguramente la recuerde como excéntrica y extravagante. No importa. Siempre puede esgrimir que eran ‘’cosas de la juventud’’. Lo cierto es que se sigue vistiendo como una excéntrica y una extravagante, pero no para hoy. Hoy quería ser elegante, discreta, llevar bien la etiqueta de ‘’una señora de su edad’’, aunque nunca haya tenido claro qué significa esa frase. De su cartera saca un espejito para constatar que aún sus labios tienen brillo, que sus mejillas conservan el rubor y que su cabello no luce desaliñado. Todo está en su sitio, por fortuna. Toma con firmeza el mango de su bastón y avanza decidida hacia su destino. Abre la reja y observa la casa. Es pequeña, sensata, con un jardín diminuto, pero necesario. Es una casa de un solo piso, diferente a las otras del vecindario. Por fuera no tiene nada llamativo, pero está segura de que por dentro está decorada con gran gusto, ecléctico, tal vez, como su dueño. Recorre despacio el caminito de baldosas hacia la puerta principal. Toca el timbre. Oye unos pasos que se arrastran desde el interior y lo ve, cuando corre la cortina y se le queda viendo, impertérrito. Esa mirada la desarma. No sabe si sonreírle o hablarle u ordenarle que abra la puerta, que es ella. El anciano la observa. Ella oye cómo destraba la puerta y la abre, sin miramientos. ‘’¿Qué desea?’’ le pregunta. Está en piyamas, despeinado y luce bastante acabado, como si la vida no hubiera sido benévola del todo con él. ‘’Sigo siendo virgen, Mario. ¿Me dejas pasar?’’ le pregunta ella, en voz baja. El hombre parpadea. Le franquea el paso más por curiosidad que por familiaridad; a fin de cuentas, ¿qué tan peligrosa puede ser esa señora, tan vieja como él? No la invita a sentarse, sino que se dirige a la cocina. Ella lo sigue, titubeante. Estos nuevos modales que le descubre, la hacen sentir incómoda. ¿Dónde está el caballero educado de antaño? Tal vez todo quedó en el pasado o tal vez era solo una impostura para atraerla, en aquel tiempo pretérito que compartieron. ‘’Mario…Tenemos que hablar’’ le dice, en un intento de introducción al tema que la ha traído a esa casa. ‘’Pues habla. No sé de qué, pero habla que te escucho’’ responde tuteándola también, no sin antes mirarla, sin poder reconocerla. Prepara té para ambos, sin haberle consultado si quería y se sienta a la mesa. La observa, con más detenimiento ahora. Recuerda la advertencia de su hija de no abrirle a extraños, pero esta mujer lo conoce, no sabe de dónde, pero lo conoce. Ella también se sienta, aparta la taza de sí, sin tomar ni un sorbo del té. ‘’¿No lo bebes?’’ pregunta. ‘’No me gusta el té. Te lo decía con frecuencia, pero ya veo que no lo recuerdas’’, responde. Él se encoje de hombros, como un niño al que no le importa la opinión de un adulto. ‘’¿Qué era lo que tenías que decirme?’’ indaga. Ella cierra los ojos por instantes. El empuje inicial la ha abandonado y ahora se siente un tanto cohibida ante este Mario, que no es el suyo, tan extraño, tan hostil, tan malcriado. Un sinfín de pensamientos la asalta: ¿Habrá hecho bien en buscarlo?, ¿qué otras razones inconscientes la llevaron a esto?. Después de una larga pausa, logra repetir: ‘’Sigo siendo virgen, Mario. Y he venido para solucionar esta situación. Contigo y con ningún otro’’ dice. El anciano resopla, pero retiene una carcajada de burla y desdén, al verla tan ansiosa, a espera de una respuesta. ‘’¿Tú crees que a esta edad que tenemos, podemos resolver esa ‘’situación’’? pregunta, levantando los dedos y haciendo comillas imaginarias. ‘’Y en caso de que pudiéramos, ¿no ha pasado ya demasiado tiempo? ¿No debió haber sido un plan de hace mucho tiempo atrás? La mujer se le queda viendo. Hace un esfuerzo para no echarse a llorar ahí mismo, en esa cocina ajena. El hombre nota su desazón, como si le hubiera respondido una canallada y no con la verdad de sus pensamientos. Sin embargo, no suaviza su respuesta: ‘’Es un tanto dramática tu situación y me parece que todo está perdido. En esto no te puedo ayudar’’. ‘’Yo…’’ comienza diciendo. ‘’Pensé que podíamos solucionar esto o que al menos te mostrarías dispuesto. El tiempo es implacable, a estas alturas Mario, y tú…’’ Él la ataja, antes de que continúe con su discurso lastimero: ‘’Querida, pero ¡dispuesto siempre estuve para esos menesteres, hasta que envejecí!’’ y no puede no reír. ‘’No es que no quiera ayudarte, es que simplemente ya no tengo fuerzas. Digamos que es una cuestión biológica, química, anatómica, ¡qué sé yo! y también de ganas. Lo que propones, no me interesa y además, fíjate en tu apariencia, tampoco es que me es atractiva. Y siento ser tan rudo, pero ese es el estado actual de mi vida, querida’’. Perpleja ante tal declaración, toma con fuerza su bastón y se levanta. ‘’No te hagas la ofendida. ¿Ya te quieres ir? Ni siquiera has probado el té’’ replica. Sin responder, la anciana camina lentamente hasta la puerta. ‘’Ten al menos la amabilidad de pedirme un taxi, Mario’’. ‘’Como gustes’’, responde el hombre, encogiéndose de hombros. Cuando el auto aparece en la puerta, el viejo hace el intento de acompañarla, pero ella lo aparta con un ademán y con un ‘’no nos volveremos a ver jamás’’ seco y hosco. La ve alejarse y responde: ‘’Tampoco es que nos queda mucho tiempo de sobra para eso’’ y ríe divertido, como si fuera un niño nuevamente, que se burla de sus mayores adrede. ‘’Cuánta diversión en una sola tarde’’ piensa. ‘’¿Quién sería esta mujer? ¿Por qué me llamaría ‘’Mario’’? Empieza a dudar. Se dirige a la cocina y bebe el té de la taza que antes le había ofrecido a la anciana. Hoy le preguntará a su hija, cuando venga, cuál es su nombre. ¡Hay tantas cosas que olvida a diario, que se le escapan! ¡Tantas!

26 junio 2020

El polvo del Sahara




Poco a poco, se extiende sobre las ciudades, sobre todo, las de la costa, que es donde ella está. Ha tenido la precaución de encerrarse en su propia casa y ha tapado cada rendija de cada puerta y ventana con pedazos de tela, con ropa, empapados en vinagre, para evitar que se cuele. Nada extraño entrará a su hogar; no al menos si ella pueda evitarlo.

Corrió los muebles de la sala hacia un costado. Le dio vuelta al sofá grande y con él tapió la puerta principal. Verificó que cada espacio entre las bisagras de esa puerta y de las ventanas quedaran selladas. Hasta que no pase el peligro, no se moverá de su casa.

Mantiene la radio y la televisión encendidas todo el día para no perder ningún detalle. Anota en un papel cómo se van desarrollando los hechos, como si de un diario se tratase. Eso sí, para no molestar a los vecinos, mantiene el volumen bajo, para que nadie sospeche que está nerviosa con todo esto.

Responde los mensajes que le llegan a su teléfono de manera casi telegráfica: ‘’Sí, estoy bien’’, ‘’todo ok’’, ‘’tranqui’’ y cosas por el estilo. No quiere distraerse. Tiene la sensación de que, si se descuida, su casa puede ser invadida y no es la idea.

Desde que la alerta nacional comenzó, ha visto alterado su sueño y su rutina diaria. Ahora pasa la mayor parte de su día sentada en el piso de la sala, oyendo las noticias, haciendo anotaciones, verificando que ninguna corriente de aire, por mínima que sea, entre en su casa. No tiene ni idea de cuánto durará todo esto, pero podrá sobrevivir algunos días así. Los necesarios. Ella solo quiere ser una de las sobrevivientes.

Duerme en el suelo de la sala, incómoda, pero tiene que hacerlo, tiene que mantenerse alerta. Si durmiera en su cama, correría el riesgo de no estar atenta. Sabe que el enemigo es sigiloso y también poderoso, así que no quiere darle tregua.

Por momentos, cuando está muy cansada, piensa en claudicar; sin embargo, desecha esos pensamientos y redobla sus propios esfuerzos para no fallar. ‘’Sacudirse el polvo’’ es la expresión que usa para animarse, cuando las fuerzas le fallan. Hasta ahora ha sobrevivido, cada vez con más esfuerzo, eso sí.

Sin embargo, esa noche, el cansancio dio cuenta de tantos días en tensión y venció su resistencia. Se durmió profundamente, acurrucada en el piso de su sala, por lo que no notó cuando el enemigo fue avanzando lento y sigiloso desde el desaguadero de la cocina.

Se fue formando poco a poco y se fue filtrando por los espacios de la rejilla, único lugar que no tuvo a bien de ser taponado con trapos impregnados en vinagre, porque ¿acaso el polvo habita también en los desaguaderos, en las cañerías? Improbable, según ella.

Lo cierto es que fue avanzando con tanto poderío, que hacerle frente ella no hubiera podido. El polvo fue ocupando todos los espacios, como si de una tormenta silenciosa de arena hubiera tenido lugar en su propia casa y hubiera decidido quedarse, hasta cubrirlo todo, hasta devorarlo todo en silencio.

Cuando por fin despertó del profundo sueño, estaba toda cubierta de una polvareda pesada y densa que casi no le permitió abrir los ojos ni respirar normalmente. Tuvo a bien gritar, lo más que pudo, alguien tenía que escucharla, alguien tenía que socorrerla, alguien tenía que apiadarse y salvarla de este enemigo mortal.

‘’¡Auxilio! ¡Ayúdenme!’’ gritó, mientras se sacudía y revolcaba en el piso, intentando librarse de su prisión de arena, pero el polvo era cada vez más denso, más espeso, más pesado y la iba consumiendo, hasta tragarla infinitas veces y dejarla ahí, tirada, sin aire, en el piso de su propia casa.

Mientras tanto, los vecinos, acostumbrados a sus gritos, no se sobresaltaron ni un ápice. Pusieron música a todo volumen, continuaron con sus vidas como si nada. A fin de cuentas, ella, la loca del tercero, solo espera que alguna cosa mala le pase en serio y esta vez le tocó el turno al polvo. Al polvo del Sahara.


02 septiembre 2019

El tratamiento




Abre con sigilo la puerta de la habitación que comparten. Lo observa dormir. El sueño agitado del enfermo por la fiebre, el malestar haciendo estragos.
Se va acercando y se agacha hasta quedar a la altura del rostro. Le coloca la mano en la frente: está ardiendo. Lo acaricia con ternura. Dice su nombre en voz baja, para traerlo de vuelta al mundo que habitaban juntos, antes de que todo esto comenzara.
El hombre reacciona lentamente y se tumba de espaldas en la cama, con la vista perdida en el techo de la habitación. Ella lo ayuda a sacarse la camisa. ‘’Trata de respirar profundo’’ le dice. Él lo intenta, pero cada inspiración es como mil agujas que se clavan con fiereza en sus pulmones.
Las lágrimas corren por sus mejillas, llenas de impotencia y rabia, a la vez. Trata de incorporase, aún sin ayuda, pero está tan débil y cansado que no puede y tiene que sostenerse a duras penas, antes de desplomarse por completo en los brazos de la mujer.
Ella lo oye gemir y lo atrae más hacia sí, de manera que él sienta como sus brazos rodean no solo su torso, sino todo su cuerpo. Después de unos minutos, comienza la rutina que ha dominado sus últimos días.
Él se coloca boca abajo. Puede respirar un poco mejor de esa forma porque siente que los pulmones se liberan momentáneamente de su sufrimiento y el poco aire que inhala, entra suave, como una corriente que lo adormece.
Mientras, ella va preparando el tratamiento. Se coloca los guantes. Toma con cuidado cada ventosa de cristal y con un hisopo, les impregna la boca con el preparado y las coloca con cuidado en la espalda del hombre, una por una, en cada moretón que indica dónde va cada ventosa.
El hombre se deja llevar. Está demasiado débil como para oponerse al dolor. Además, no quiere llevarle la contraria. Ella ha sido un apoyo solícito y constante. Se ha hecho cargo de todo desde que esto comenzó. No puede reclamarle nada, así que acepta conforme someterse a ese tratamiento que lo único que ha hecho es debilitarlo más, pero ella tiene esperanzas en que todo funcionará.
A pesar de estar enfermo, ¿quién es él para decirle que pare? Es ella quien ha estado en contacto con el médico, lo llevó al hospital, lo atiende. Nunca pensó que una mujer tan frívola, distante y despreocupada como ella, estuviera tan atenta a su curación. Ella, la mujer con la que comparte su vida desde hace unos años.
‘’Útil. Eres útil’’ musita. ‘’Shh, calla, querido. Concéntrate en el tratamiento’’, responde y va cambiando las ventosas e impregnándolas de más y más preparado cada vez. Al cabo de una hora, el hombre ha quedado vencido por la acción soporífera del sueño. Ella lo observa con lástima. ‘’Todo hubiera sido diferente si no me hubiera aburrido’’ piensa.
Retira con cuidado y esmero las ventosas, el frasco con el preparado, los algodones. En la tarde y en la noche repetirá el procedimiento. Siempre es mejor el exceso al defecto. Y así todo será más rápido.
Se dirige sin premuras al lavadero. Es un magnífico día de sol, con la temperatura justa. Sonríe y una brisa fresca la acompaña en esa sonrisa. Cierra los ojos por unos instantes. Pronto será libre, del todo; no porque antes no lo fuera, pero le aburrió estar siempre viviendo la misma vida.
Abre con cuidado las latas de veneno, no sin antes haberse colocado el tapabocas. Mezcla sin premura el contenido con algo de agua, hasta formar una pasta y las deja al aire libre, de manera que el olor se disipe lo más posible. Limpia cada ventosa para que puedan adherirse mejor y deja todo listo, hasta la próxima sesión del tratamiento.
Al principio se deshacía de toda evidencia, pero ya se ha vuelto un tanto negligente. Muy pocos saben de la rara enfermedad de su marido y mientras ella no levante la voz de alerta, nadie vendrá a visitarlos. Vivir en el campo tiene sus ventajas, indiscutiblemente.
De regreso en la habitación, se sienta con cuidado en la cama y observa al hombre, que está encorvado y encogido en el extremo opuesto. La piel luce marchita y cada vez más le cuesta respirar. En verdad lamenta todo esto, pero no tenía otra forma de deshacerse de él.
Ella nunca pudo pedirle el divorcio. No estaba bien visto. No es lo mismo ser la ‘’viuda de’’ que la ‘’ex señora de’’. En el pueblo todos hablarían, la mirarían mal. Además, no tendría derecho a la pequeña fortuna de su marido y ella no sabe hacer más que pasar el tiempo en cosas inocuas. ¿Cómo pudiera ganarse la vida? Y sobre todo ahí, donde no hay mucho que hacer.
Se acerca con cuidado y lo besa en la mejilla. Por momentos, el rictus de sufrimiento del hombre parece haberse desvanecido con aquel beso. Lo observa con ternura, al tiempo que dice: ‘’Lo siento, querido. No encontré otra forma’’. Lo arropa con cuidado y se queda viéndolo, sin prisas. Se levanta y abre con sigilo la puerta de la habitación que comparten. Lo observa dormir.

11 febrero 2019

Carnaval (versión audio)


''Carnaval'' en su versión audio se disfruta aquí.

10 enero 2019

Soledad y compañía



La madre se arrodilla para llegar a la altura del niño. Le abotona el saco, aunque le falten un par de botones, pero lo hace con esmero de manera que el niño luzca lo más prolijo posible. Le peina con cuidado el cabello, lo llena de colonia barata, el único lujo que pueden tener. Antes de levantarse, lo besa rápidamente en la frente y lo mira complacida: su hijo es muy lindo. Tiene la belleza tierna de los que nunca serán agraciados cuando crezcan. Aún así, ella sonríe.
Le entrega la minúscula maleta con sus pocas pertenencias. Ella cargará el resto de las pocas cosas que entre los dos tienen. El niño ha pasado los días emocionado con la idea de la mudanza, no así la madre, que sabe por qué lo hacen.
‘’Debemos irnos, hijo’’ le dice y casi lo saca a rastras de la casa. Él quería despedirse de cada rincón, pero la prisa de la madre no se lo permite. ‘’Tenemos que irnos ya’’ insiste la madre. ‘’Pero ¿y papá? ¿Sabe adónde vamos?’’ pregunta el niño. Ella no contesta y en lo sucesivo, no contestará nunca a esa pregunta que, en lo que les resta de futuro, se quedará en el limbo de todo aquello que no recibe respuesta.
Caminan varias cuadras hasta llegar al autobús. Aunque es temprano, ya hay gente con cajas, bolsos, animales de campo, muebles. Transportan todo lo que pueden transportar. Viajan todos apiñados, como se pueda. ‘’No sueltes la maleta’’ le recuerda la madre al hijo, quien se aferra de la manijita y a cada tanto la mira, para cerciorarse de que sigue con él.
El viaje es largo. Hay mucho ruido. Los demás pasajeros hablan en voz alta, algunos a los gritos. Los animales se quejan. La mujer respira hondo y reza. Quiere llegar a su destino y tratar de empezar una nueva vida, o lo mejor que pueda hacer con lo que resta de la que tiene.
Después de todas las horas imposibles de camino, llegan a destino, cansados y hambrientos. El niño está a punto de llorar. Ya quiere llegar a casa.
Caminan todas las cuadras interminables hasta que por fin divisan el que será su nuevo hogar. Con el último impulso del día, se apresuran para llegar lo más rápido que puedan. Antes de tocar a la puerta, observan la edificación: es un caserón que conoció épocas mejores y que ahora luce descuidado, lúgubre y triste.
El niño mira a la madre y en su mirada ella comprende que en menos de un minuto, se echará a llorar. También quiere hacerlo, pero no puede, ni quiere, asustar al pequeño, así que lo abraza y le sonríe, antes de tocar la puerta.
El hombre que los recibe los mira de arriba abajo con desgano. ‘’Es el cuarto del fondo. Antes de llegar al patio’’. No los acompaña. Le da dos llaves a la mujer, la del cuarto y la de la casa y solo le indica que las visitas no están permitidas.
Al dirigirse al cuarto, la casa se va haciendo más lúgubre y triste, más oscura y deprimente. En las paredes reposan años de humedad mal curada y diferentes tonos de pintura descascarada.
‘’De tripas corazón’’ dice en voz baja la madre cuando abre la puerta del que será su nuevo aposento. El único bombillo que pende del techo da una luz lastimera y mortecina. Dos camas, un clóset, una mesita de noche destartalada y un arcón son el precario mobiliario. Hay polvo por doquier.
La mujer cierra los ojos, se persigna y respira hondo. El niño se queda petrificado en la pared y las lágrimas empiezan a rodar lentamente por sus mejillas. También la mujer llora, pero no quiere que él la vea, así que se acerca a la ventana y la abre de par en par. Los últimos rayos de sol del día iluminan la habitación suavemente, como un bálsamo. Con disimulo, la madre se seca las lágrimas y le dice al chico: ‘’Limpiemos un poco y ordenemos, hijito’’.
Entre ambos ordenan y limpian el cuarto como pueden, de manera que quede lo más habitable posible. Una vez terminada la faena, la mujer le pide al niño que se quede que ella irá a comprar algo de pan para ambos. ‘’No le abras la puerta a nadie’’ le ordena con dulzura. El niño asiente.
Al abandonar el cuarto, el niño abre su maleta y coloca la ropa y los pocos juguetes que tiene en el espacio que la madre destinó para él en el clóset. Al terminar, se sienta en el borde de la cama para quitarse los zapatos y acurrucarse. Está tan cansado que dormirá hasta que vuelva su madre.
La tarde va cayendo para dar paso a la noche que se filtra por la ventana del cuarto, lentamente, hasta dejar todo a oscuras. El chico respira suavemente. Sueña sus sueños de niño. De repente, siente como unos dedos largos y finos le acarician el cabello y como la mano a la que pertenecen se posa con delicadeza sobre su cabeza. ‘’¿Mamá?’’ pregunta, a sabiendas de que no son los dedos ni la mano de su madre.
Entreabre los ojos. En medio de la oscuridad logra distinguir la silueta de un hombre alto, muy alto, que lleva un sombrero. A pesar de no conocerlo, el niño no siente miedo. El hombre se inclina hasta alcanzar la altura del chico. ‘’Por fin tengo compañía’’ le dice y vuelve a pasarle la mano por la cabeza. ‘’Duerme. Yo te cuido hasta que vuelva tu mamá’’. El niño asiente y enseguida vuelve a conciliar el sueño.
Pasadas unas horas, la madre regresa y al abrir la puerta del cuarto, enciende la luz. El niño se despierta y se cubre la cara con el brazo. ‘’Mamá…’’ musita. ‘’Levántate hijo. Traje pan, queso y algo de verdura. Vamos a la cocina que preparo de comer’’ le ordena suavemente.
El niño se sienta en el borde de la cama para calzarse los zapatos. ‘’Mamá…Vino un señor de visita’’ le dice mientras lo hace. La madre abre desmesuradamente los ojos. ‘’¡Te dije que no le abrieras  la puerta a nadie!’’ exclama. ‘’¡Pero no le abrí la puerta! Solo vino y me dijo algunas cosas…no sé…’’ se defiende el niño asustado.
La madre se lleva las manos a la cabeza, preocupada. ‘’Mi amor, recuerda que no debes hablar con extraños y menos abrirle la puerta a nadie mientras yo no esté’’. ‘’Pero mamá, no le abrí. Yo estaba durmiendo’’. ‘’Sea como sea hijo, recuérdalo: no le abras a nadie, no hables con nadie, hasta que todo pase’’. El chico se queda viendo a la mujer sin entender ni una palabra.
Ambos salen de la habitación hacia la cocina. En la soledad del caserón se escucha la voz de la madre, repitiéndole las órdenes al niño. Desde el fondo del pasillo, el hombre del sombrero asiente, entrelaza las manos y susurra complacido para sí: ’’Por fin tengo compañía’’.

15 noviembre 2018

El ruido








''El ruido'' se oye y ve aquí



19 junio 2018

Sin contratiempos




Sentado en el borde de la cama, él la observa peinarse la larga cabellera negra, con suaves movimientos acompasados. ‘’¿A qué hora te vas?’’ pregunta, mientras bosteza. ‘’En un rato. Regresaré tarde, así que no hagas el intento de esperarme despierto’’, responde.
El hombre se levanta y se acerca, hasta abrazarla y besarla delicadamente en el cuello. ‘’Cada vez más linda’’, le susurra. La mujer cierra los ojos y sonríe. ‘’Tengo que verme bien. La primera impresión es la que cuenta. No me gusta asustar a la gente. Sabes que soy discreta, que siempre lo he sido’’, dice en voz baja. El hombre asiente: ‘’Es eso lo que más me gusta de ti’’.
Al liberarse de aquel abrazo, se mira en el espejo. Decide llevar el cabello suelto esta vez, pero maquillaje un tanto dramático. De noche todo se vale. Así que combina la sombra de ojos, rubor y labial con la minifalda negra que deja al descubierto sus largas y bien torneadas piernas, la camisa negra de seda y la chaqueta de cuero.
Cuando termina de arreglarse, se mira de cuerpo entero en el espejo. ‘’¿Qué te parece?’’ le pregunta al hombre. ‘’Toda una MILF’’ dice, soltando esa risa divertida e infantil que ha compartido solo con ella durante años. ‘’Fantástico, entonces’’ y premia su respuesta con un largo y cálido beso. ‘’Ya sabes, no hagas el intento de esperarme despierto. No sé cuánto tiempo me lleve lo de hoy. Hay algunos que se asustan, otros no se lo esperan. Nunca nadie sabe cómo es esto, en realidad’’, explica. Él la mira con placer: ‘’En fin, buena jornada, querida. Que todo salga bien’’.
Cierra la puerta tras de sí y mientras espera el ascensor, revisa la dirección y el nombre. Sabe cómo llegar. A las 11:43 pm deberá estar lista, ya que hay un tiempo marcado para todo. Nunca demora más de 10 minutos; sin embargo, depende mucho de la reacción del que le toque. No todos reaccionan igual, ni todos saben cómo hacerlo, de hecho. ‘’Si al menos la gente entendiera que es un paso más…’’ dice para sus adentros. Suspira.
Una vez en la calle, camina con el dejo propio de quien sabe qué quiere, qué hará, con qué va a encontrarse. No son jugarretas del destino, ni nada que dependa del azar, pues todo corresponde a un plan. Ella siempre ha sido compasiva con los que les ha tocado. ‘’Blandengue’’ le dicen sus colegas. ‘’Comprensiva’’ responde incansablemente.
Al llegar al hospital, son exactamente las 11:10 pm. Es el fin del otoño y la noche es más oscura, más fría. Le encanta ese clima, más que el temible invierno, la insulsa primavera o el implacable verano. La gente está más dispuesta a todo en otoño, como si en esa estación dependieran la melancolía y los recuerdos.
Enciende un cigarrillo. Entre pitada y pitada, observa la entrada. Hay un solo guardia y una enfermera en la recepción. Nada de qué preocuparse. Casi diría que ha sido así las veces que le han tocado hospitales. Sin embargo, prefiere la adrenalina de lo prohibido, de la misión que se vuelve casi imposible de cumplir. Los hospitales son predecibles. También las casas funerarias, las casas de familia. Lo privado es predecible, mas no así lo público. No es este el caso, desafortunadamente.
Aspira el humo del cigarrillo con vehemencia. ‘’Vamos, que ya es hora’’ dice en voz baja. Exhala y se aproxima a la puerta, que se abre de par en par. Ella sabe que el guardia la mira, sin mirarla. La enfermera ni repara en su presencia.
Sube en el ascensor hasta el sexto piso. Las manos en los bolsillos de la chaqueta, el suave movimiento sigiloso de sus caderas, el cabello suelto en armonía. Abre la puerta de la habitación 606 con determinación, sin siquiera anunciarse.
La mujer que está acostada en la cama, hundida completamente, con una mascarilla de oxígeno y cables conectados a su tórax, demora mucho en abrir los ojos y verla. La detalla sin entender del todo que está pasando, ni quién es. Tampoco se da cuenta de que está plenamente consciente, que está aquí y ahora.
Abre bien los ojos y la observa. ‘’Hola, Natalia. Vine a buscarte. Tu recorrido empieza a las 11:43. Ni un minuto más, ni un minuto menos’’ le dice, al tiempo que esboza su mejor sonrisa. Se le acerca poco a poco y le retira la mascarilla. ‘’Respira hondo’’ le ordena suavemente. La mujer obedece. Con delicadeza le retira también los cables y la va llevando lentamente para que se siente. ‘’Falta poco. No va a dolerte’’ explica. ‘’Ya no eres tu cuerpo’’.
Perpleja, la mujer sentada en el borde de la cama continúa observándola hasta que se anima a preguntarle un ‘’¿quién eres?’’ tímido y tembloroso. ‘’¡Si supieras la cantidad de veces que me han preguntado eso!’’ responde, al tiempo que ríe. Con ternura, le arregla el cabello y la bata. ‘’Ponte de pie, Natalia. Es hora de irnos’’. La toma de las manos y la mira fijamente.
Ambas se alejan un poco de la cama para observar la escena. Un fuerte pitido de las máquinas conectadas a aquel cuerpo inerte, alerta a las enfermeras que algo no está bien. Tres mujeres entran a la habitación rápidamente y revisan a la paciente. Intentan reanimarla, sin éxito. ‘’No hay nada que hacer’’. ‘’Hora del deceso: 11:43pm’’. Cubren el cuerpo con la sábana y salen de la habitación.
‘’¿Pero qué pasó? ¿Sigo estando aquí?’’ le pregunta, aferrada a su brazo. Ella la calma con suaves palmaditas: ‘’No, ya no eres tu cuerpo. Ya puedes hacer lo que quieras. Quedarte o seguir. Solo tienes que decidir’’. Natalia la mira, como si de repente entendiera todo, toda su vida, todos los eventos en un perfecto orden que finalmente tiene sentido.
‘’Me quiero ir’’ responde, sin vacilar. La mujer respira aliviada y la abraza. ‘’Buen viaje, querida’’ y le indica el camino por donde partir. Secretamente adora esos momentos, cuando la persona decide poner un verdadero final, sin aferrarse a nada, porque ya no hay nada que hacer. Como si de verdad entendiera en fracciones de segundos que todo pasa, por más duro que haya sido lo que le haya tocado. Esos son los verdaderos valientes, los que se entregan.
De su cartera saca la pequeña libreta en donde anota sus impresiones. Coloca un visto al lado del nombre de Natalia y un ‘’sin contratiempos’’. Aguarda a que regresen las enfermeras para que preparen y retiren el cuerpo. Y una vez que lo han hecho, ella también se retira.
Avanza resuelta por el pasillo del hospital. Ya en la calle, enciende otro cigarrillo. La noche será larga, lo sabe, así que camina sin prisa, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el suave movimiento sigiloso de sus caderas y el largo y negro cabello suelto en armonía.

10 julio 2017

Las sogas



‘’Sólo escuché cuando no sé quién me dijo: ‘’No las até fuerte’’, como en una suerte de susurro, tan cerca de mi oído que pude oler su aliento, a pesar de la lona que me cubría. Yo estaba aturdido, por decir lo menos, y en el momento no entendí nada. Y mucho menos entendí cuando caí, como un saco de papas, al agua.
¡Plaf! Ese sonido aún me acompaña. El sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. No es cierto que uno puede superar los traumas. Simplemente se aprende a vivir con ellos. Es lo que hice. Nunca más me metí al mar, ni al río. Nunca más. Y aprendí a sobrellevarlo. Total, no es que yo fuera un pez. Podía vivir sin entrar al agua.
Me parece mentira haber vivido todo eso y sin embargo, lo hice. Fue a mí a quien secuestraron, a quien torturaron y a quien arrojaron al mar desde un avión. Fue a mí y sé que a varios otros, gente que no conocía, pero sólo a mí no me ataron como creían ellos que deberían haberme atado, fuerte, para no soltarme.
Esa noche, casi sin conocimiento y con el agua apoderándose de mis pulmones como si fuera el propio aire, me solté. ‘’No las até fuerte, no las até fuerte’’ era lo único que resonaba en mi cabeza. Cuatro palabras que no entendí del todo, pero que fueron como una orden que obedeció mi cuerpo.
Y me solté, como pude, como si fuera Houdini. Salí a flote, desde el fondo. Cuando lo hice, respiré tan hondo y expulsé tanta agua que creí que me iba a morir en serio. Hubiese sido irónico que después de tanto, me hubiera muerto justamente al respirar del todo.
Me quedé flotando un largo rato. Tenía todo el cuerpo acalambrado, así que me dolía cualquier movimiento que hiciese o intentase hacer. Cerré los ojos y me dejé llevar. La verdad no sé qué estaba esperando. No podía, y tal vez ni quería pensar.
No sé cuánto tiempo pasó. Cuando pude, nadé hacia la orilla y debí haberme desmayado porque no tengo recuerdos exactos de nada. No sé quién me auxilió, no sé de quiénes eran las voces que me rodeaban, ni los brazos que me levantaron y sostuvieron y me llevaron a no sé dónde.
Yo había perdido toda noción de absolutamente todo, pero cuando pude, hui. No podía confiar en nadie. La vida, traviesa y a la vez cruel, me estaba dando otra oportunidad. Así que hui. Estuve viviendo mil vidas desde ese mismo momento.
Fui varias personas, tuve varios nombres, hasta que pude recuperar mi identidad. No porque lo dijera un documento, sino porque había decidido volver a tener mi vida, la que mis padres habían proyectado para mí, la que yo mismo había pensado para mí antes de que todo este desastre y confusión pasaran y me llevaran consigo por delante. Ahí detuve mi propia huida.
Si me preguntan si soy un sobreviviente, no sé qué responder. Me imagino que sí. Pero a veces creo que no. Yo todavía siento esa noche y oigo el sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. Es la escena más terrible de mi propia película. ¿Pasó alguien por lo mismo? ¿Puede alguien verdaderamente entenderme?
Cuando volví al barrio, a casa, al abrazo salvador de mis padres y hermanos, yo era otro y sin embargo el mismo. Después de mucho comencé con todo esto, para tratar de no ser un número más, una estadística más, un desaparecido sin serlo más. Por eso estoy hoy aquí, ante ustedes. Para que todo se sepa’’.
El hombre se sentó, firme. Cerró los ojos, respiró hondo, muy hondo, y permaneció en silencio. Cada aplauso que resonaba en la sala, cada persona que se fue poniendo de pie para aclamarlo, era una ola de aquella noche que lo sostuvo flotando, hasta llevarlo a la orilla, para salvarlo.
De repente, sintió una mano sobre su hombro derecho y una voz, cascada por el paso del tiempo que le dijo ‘’no las até fuerte’’ como en una suerte de susurro, tan cerca de su oído que pudo oler su aliento. El hombre abrió los ojos sobresaltado. Se dio la vuelta, se levantó del asiento casi de inmediato. Pero había mucha gente palmeándolo, rodeándolo, casi sofocándolo. Todos querían estar cerca de él, el héroe.  No alcanzó a ver de quién era esa mano. No supo quién lo había soltado esa noche y que ahora estaba ahí, cerca. Ahora.
Se irguió y gritó con la misma fuerza que usó esa noche cuando expulsó toda el agua de mar de sus pulmones: ¡Gracias! Y todos, sin saber el porqué real de ese grito firme y tajante, lo aplaudieron de nuevo a él, el héroe.


11 junio 2017

La gallina


Corre. Lo más rápido que puede. No sabe bien adónde ir, pero corre. El matorral es espeso, denso, pero él no lo nota, tan sólo corre. Se resbala varias veces. Otras cae. Está casi sin aliento, pero debe continuar corriendo. Tiene la camisa pegada al cuerpo, el sudor empapa todo su cuerpo. Sabe que están detrás de él, muy cerca y si lo atrapan…
Corre. Cuanto puede, aunque el corazón se le salga por la boca, corre. Sin rumbo, pero corre. Lo más rápido que puede. Debe parar por segundos para tratar de respirar un poco, al menos. Se detiene. Curva el cuerpo y apoya ambas manos sobre las rodillas. Respira con desorden por la boca, la nariz. El cabello cae sobre el rostro empapándolo aún más de sudor. Observa sus manos, con la sangre ya seca cubriéndolas aún. Observa su ropa, con rastros de sangre todavía fresca. Su respiración se hace más entrecortada. Tiembla. Tiene que seguir huyendo. Si lo atrapan…
Cuando se incorpora nota el humo. ¿Una casa? ¿Una fábrica? Empieza a escuchar las voces a lo lejos. Vienen por él. Oye los ladridos de los perros. Debe continuar. Cada segundo que pasa, pone su vida aún más en peligro.
Comienza a correr de nuevo, esta vez buscando el origen del humo. Al aproximarse ve de dónde proviene: una humilde casa de adobe, con un cobertizo de paja para la leña, un pequeño huerto y un gallinero. En la entrada hay un perro viejo que dormita.
Contiene el poco aliento que le resta y se acerca con sigilo. Observa al perro, que no detecta su presencia. Observa la casa y sus alrededores. Cuando está lo suficientemente cerca, se asoma por una de las ventanas. El interior de la casa es aún más precario que el exterior. Un solo ambiente, dividido por sábanas, sirve de cocina, comedor y habitación. Hay dos catres, uno junto al otro y un colchón grande en el piso, en el que dos niños pequeños duermen abrazados para espantar el frío. Puede ver detrás de una de las sábanas las siluetas de dos adultos, un hombre y una mujer. El hombre está sentado en un banco y mira hacia la nada. Sostiene una taza humeante de café entre sus grandes manos. La mujer está de espaldas, inclinada sobre el fogón. Cuando termina de beber el café, el hombre se levanta, le entrega la taza a la mujer y la besa con ternura en la frente, al tiempo que le dice: ‘’Me voy a la faena’’. Lentamente sale de la casa y en la entrada se agacha para acariciar al perro, que responde lamiéndole la mano, resoplando y moviendo la vieja cola.
Desde la ventana, ha seguido con atención todos los movimientos del hombre. Si entra a la casa, puede robar algo de comida y algo de ropa. Es más fácil si el campesino no está porque podrá dominar a la mujer y a los niños, si llegaran a despertar. Sin embargo, el campesino bordea la casa y se dirige al cobertizo, de donde sale con un hacha, y después enfila hacia el gallinero.
El corazón del hombre se paraliza. Tiene que pensar y actuar rápido para evitar ser descubierto, así que sin hacer ruido, entra al gallinero. Su presencia provoca el cacareo y la inquietud de las gallinas. Nota que hay fardos de paja y es justo detrás de ellos que se esconde lo mejor que puede. El campesino entra escasos minutos después. ‘’¿Qué pasa que amanecieron tan contentas?’’ dice, al tiempo que esboza una cálida sonrisa.
Oculto detrás del fardo, el hombre observa toda la escena. El campesino coloca el hacha sobre el tronco que le sirve de apoyo para matar gallinas, toma una vieja cesta de mimbre y va jaula por jaula recolectando los huevos. Una vez que termina, recorre con la vista las jaulas, abre una sola y saca una de las gallinas, que aletea y cacarea sin cesar. El campesino le agarra con fuerza el pescuezo y lo tuerce hasta que oye el familiar ‘’crac’’. El ave queda entonces sin vida en sus manos. Coloca el cuerpo en el tronco, toma el hacha y le corta la cabeza que le salpica el pecho de sangre sin querer. ‘’¡Ah, carajo!’’ exclama. Termina de faenar la gallina y sale del gallinero en dirección a la casa. El hombre sale de su escondite improvisado, no sin antes quitarse la camisa y lavarse como puede con el bidón de agua que encontró en el gallinero. De repente, se percata de las voces de los hombres que aún lo buscan y de los ladridos de los perros, que parecieran estar cada vez más cerca. Esconde la camisa ensangrentada entre la paja y se oculta de nuevo detrás del fardo. Con algo de suerte, los hombres y sus perros pasarán de largo y él podrá reanudar la huída.
Mientras, el campesino le dice a su mujer, desde la puerta: ‘’¡Agarre la gallina! ¡Mire cómo me dejó!’’. La mujer toma una olla grande y coloca dentro al ave, no sin antes decir: ‘’¡Qué buen sancocho tendremos hoy!’’. Ambos ríen. Los niños, ya levantados, corren a ver a la gallina y gritan y ríen con el escándalo propio de sus años. El campesino se aleja de la casa hacia el cobertizo. Justo en ese momento, seis gendarmes y tres perros lo rodean. El hombre los mira sin entender nada. Tiene las manos aún cubiertas de la sangre fresca de la gallina, así como la camisa. ‘’¡Que no se escape!’’. Dos gendarmes lo golpean hasta dejarlo inmóvil en el suelo. Los perros ladran con vehemencia. Ante tal alboroto, la mujer sale de la casa gritando: ‘’¿Pero qué está pasando, Dios mío?’’. Desde el gallinero, el hombre observa toda la escena y logra escuchar partes aisladas de lo que dicen: ‘’Lo estábamos buscando’’, ‘’…porque asesinó a…’’, ‘’¡no es posible!’’, ‘’sólo era una gallina…’’.

Los gendarmes esposan al campesino y se lo llevan a rastras. La mujer los sigue llorando, con las manos en la cabeza, pero los gritos de los niños la hacen regresarse. Dentro del gallinero y aún atónito, el hombre se persigna al tiempo que dice: ‘’¡De la que me salvé!’’. Sale sigiloso en dirección al cobertizo y una vez dentro, encuentra un pantalón de montar y una camisa vieja. Al fin puede deshacerse del resto de su ropa, aún salpicada de sangre, que esconde debajo de algunos troncos para leña. Encuentra también un viejo sombrero de paja, se lo coloca de manera que le oculte el rostro lo más que pueda y sale sin ser notado del cobertizo, sin rumbo fijo, pero seguro hacia su nueva vida.

27 abril 2016

La chica de la foto



Se quedaron detenidos por minutos en la entrada, observando. Era uno de esos apartamentos grandes, armónicos y espaciosos de la avenida Santa Fe, con dimensiones tan grandes que pueden albergar tristezas y alegrías sin que estas se mezclen, ni se perturben entre sí.
Era todo muy moderno, muy anticuado, muy de esta época, muy de ninguna. Pero una única cosa predominaba, eso sí: el color. Había cuadros llenos de color en todas las paredes de la sala. Los muebles, que entre sí no guardaban ninguna relación, eran también coloridos. En aquella amalgama nada estaba fuera de lugar; sin embargo, y sólo una única cosa llamaba la atención de los curiosos: una foto en blanco y negro de una chica, en la entrada, de 20x30. La chica estaba sentada de lado y miraba hacia la nada. Sonreía a medias, como si quisiera complacer a quien le pidió que posara. La muchacha no era linda, pero dentro de todo, hacía juego con lo abigarrado del sitio, no desentonaba y eso, al final de cuentas, la hacía linda. Era como si de alguna forma estuviera de acuerdo, dentro de su monocromía, con la explosión de vida del lugar.
Compartieron con sus amigos y con los que no lo eran, hablaron con propios y desconocidos de temas banales, frívolos, desechables. Se hicieron los sociales a más no poder y conversaron con todos. Deambularon por las habitaciones repletas de gente, como si de repente fueran los invitados estrella y el resto una suerte de público. Cada tanto volvían al hall de entrada y veían la foto en blanco y negro. ¿Por qué no había otras fotos en toda la casa?
Deciden separarse e indagar, amparados por el alcohol de más que habían consumido. ‘’Que no nos vean’’, susurraron riendo. Recorrieron con sigilo las habitaciones. Todas guardan el mismo patrón: son amplias, llenas de muebles que no hacen juego, de diferentes estilos, de muchos colores. No había ni un solo cuarto, baño o sala que no tuviera el mismo concepto; hasta que llegaron a una habitación del fondo. Al abrir la puerta, vieron que era más pequeña que el resto de las otras, pero quizás era la más acogedora. Tenía un balcón pequeño que daba a la calle, dos bibliotecas una enfrente de la otra, repletas de libros, carpetas, papeles amarillentos, cartas, en desorden. Había una cama individual con un edredón rosa, muy viejo, gastado no por el uso, sino por el paso del tiempo, una almohada. Un escritorio pequeño, lleno de papeles, cuadernos, libros, justo al lado de la cama. Hay una lámpara de mesa, caída, con el bombillo roto y los pedacitos en desorden alrededor. Todo el mobiliario está apretujado. Era claramente la habitación de alguien joven, que está más interesado en vivir la vida que en pensar en mantener un cierto orden de las cosas. No había cuadros en las paredes y era la única habitación con papel tapiz. Tenía un fuerte olor a humedad.
La pareja nota que hay libros tirados en el piso, por doquier, abiertos unos, cerrados otros; como si alguien, en un ataque de ira, los hubiera tirado al piso sin importarle nada, como si los odiara. Caminan con cuidado y descubren sobre una repisa fotos en blanco y negro de una niña, quizás la misma joven de la entrada. Se quedan un rato viéndolas. No se dan cuenta de la anciana, parada en la puerta del cuarto, que los observa con curiosidad. ‘’Se llama Daniela’’, dice. Los chicos dan un respingo y más asustados que asombrados la miran. Él dice: ‘’Perdone, nosotros no…’’ y ella: ‘’¿Quién? ¿La de aquí?’’ y le enseña a la anciana la foto de la niña. ‘’Tengan cuidado con dejar las cosas tal y como las encontraron. Daniela puede volver en cualquier momento’’. Los muchachos se miran entre sí. La muchacha ríe al tiempo que pregunta: ‘’¿Cómo alguien puede vivir en semejante chiquero?’’. La anciana sonríe, no sin antes responder con dulzura: ‘’Los filósofos son así. Andan tan perdidos en su mundo de ideas que se olvidan de lo práctico, de lo exacto, del orden. Son como los poetas y como toda esa gente que vive en otro mundo, desafiando lo ya establecido’’. El muchacho observa a la anciana. Debe tener unos 80 años. Tiene el cabello muy blanco, casi platinado, la piel como un pergamino, pero sus ojos rebozan vida, como los colores del propio lugar.
La chica, aún más osada que el chico, pregunta: ‘’¿Daniela estudia filosofía?’’. ‘’No se ha graduado aún. Pero en cuanto vuelva lo hará’’, responde la mujer. Los chicos se miran entre sí, ahora más intrigados. ‘’¿Está de viaje, acaso?’’ quiere saber la muchacha. La anciana la observa. Con cuidado y sin tropezar ninguno de los libros del piso, avanza desde la puerta hasta el balcón. ‘’No. A Dani se la llevaron los militares hace algún tiempo atrás. Su padre, sus hermanos y yo esperamos a que regrese, a que ellos nos la devuelvan. Por eso esta habitación debe permanecer así, para que ella la reconozca como suya. Ya sus hermanos no viven aquí. Vienen de vez en vez, pero cuando lo hacen, le quitamos el polvo con cuidado a todo. No quiero que Daniela entre y no encuentre sus cosas tal y como las dejó. Así que por favor tengan cuidado de dejar las cosas como las encontraron’’. Les sonríe de nuevo, y camina lento hasta la entrada.
Como si un velo triste y pesado hubiera caído de repente sobre la habitación, los chicos dejan las fotos en la repisa y con cuidado caminan entre los objetos del piso, apagan la luz y salen, cerrando tras de sí la puerta.
‘’Esta es una historia sin final feliz’’, dice el muchacho. La chica asiente. Sin despedirse de nadie,  se dirigen a la puerta principal del apartamento. Por última vez, observan la foto en blanco y negro de la entrada y salen. Desde la foto, Daniela los sigue con la mirada. Sonríe a medias, como si quisiera complacer a quien le pidió que posara.