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16 julio 2023

Las paredes hablan

 


Antes de sentarse a escribir, apoya el lado derecho de su rostro contra una de las paredes, una de las tantas de los sombríos rincones de su vieja casa en decadencia.


Le susurran sus propios secretos, algunas veces le mienten y otras le hacen confesiones de tiempos pasados, cuando él ni siquiera pensaba existir.


Una vez que esto pasa, se sienta a escribir, las sombras danzan en las paredes mientras las palabras fluyen de su pluma, llenando las páginas con historias oscuras y misteriosas.


Atormentado por su obsesión de crear el cuento perfecto, se adentra noche a noche en la penumbra de su estudio, rodeado de estanterías cubiertas de libros polvorientos, con la inquietante presencia de la musa de la angustia que lo inspira.


Cada historia lleva consigo una carga sombría y un aire de melancolía, para atrapar al lector en las redes de su imaginación retorcida.


Busca la perfección en cada palabra, en cada frase, en cada giro de la trama. Su obsesión lo lleva a explorar las zonas más oscuras de su propia psique, adentrándose en las profundidades del abismo que separa la realidad de la fantasía.


Sus cuentos, marcados por el giro de lo inesperado, deberán evocar emociones desconcertantes en aquellos lectores que se aventuren en sus páginas, las mismas que él siente cada vez que las paredes le hablan. 


A medida que los cuentos fluyen de su pluma, el escritor se adentra en una espiral descendente hacia la obsesión y la desesperación. La frontera entre la realidad y la ficción es cada vez más difusa, hasta que él mismo duda de su propia existencia.


La casa, testigo silencioso de su locura, parece exhalar susurros cargados de terror. Los personajes de sus cuentos cobran vida en las sombras, acechando en cada esquina y acechando también su cordura.


Hasta que, finalmente, se encontró cara a cara con su propia creación más macabra: El cuento perfecto. El límite entre la ficción y su propia mente se desmoronó por completo, y se sumergió en las profundidades de su propia narrativa distorsionada.


La oscuridad se apoderó de su ser y la casa se convirtió en su tumba. Sus cuentos sin nombres se convirtieron en su epitafio, escritos en las paredes de su mente trastornada.



El mundo exterior apenas recordaría al escritor solitario, cuyos cuentos inquietantes se desvanecieron en la oscuridad. Pero aquellos pocos lectores que se atrevieron a adentrarse en sus páginas retorcidas, sintieron la presencia eterna de su inquietante genio.


Y así, la casa abandonada quedó sumida en el olvido, envuelta en un misterio que nadie se atrevía a desentrañar. Las sombras persistían en su interior, y los susurros de aquel escritor atormentado perduraban en el viento, recordando a todos que, a veces, los secretos más oscuros deben permanecer sepultados, es mejor dejar que los misterios descansen en paz, ocultos en las sombras donde pertenecen.



03 marzo 2023

El hostal


 

El hostal no tenía buenas reseñas, pero era barato y ellos, que viajaban como tantas otras parejas jóvenes - con poco dinero y muchas ganas de aventura- reservaron por tres noches y cuatro días. ¿Qué tanto tiempo pasarían en el lugar?

Si bien estaba en la ciudad, el sitio quedaba un tanto retirado y para llegarle, había que pasar por callejuelas un poco sucias, estrechas, que de noche solo tenían una luz mortecina que amparaba a yonkis, a rateritos de poca monta y a malvivientes.

El dueño, un hombre mayor y amable que no compaginaba con el sitio en sí, pasaba en la recepción todo el día. Recibía con el mismo agrado al mochilero de paso que al drogadicto de turno que quisiera echarse en el desvencijado sofá de la entrada.

Así que cuando los chicos llegaron, fue él quien los llevó a su habitación y sonriente se las mostró. El hostal tenía cuatro pisos y la habitación de ellos quedaba en el segundo. ‘’Los dos primeros pisos son solo de habitaciones compartidas, las más baratas. ’’Ahora que es temporada baja, no tendrán compañía’’ explicó el hombre, al tiempo que les guiñaba un ojo.
Había ocho literas para fácilmente albergar a ocho personas. La habitación era más que triste. No había ninguna decoración en las paredes, salvo un cuadro con un paisaje campestre, descolorido ya por el paso del tiempo.

No era un sitio lindo ni acogedor y eso contrastaba mucho más con la afabilidad del dueño. Pero ¿quién necesitaba sentirse en casa, en esta vida trashumante que llevaban desde que empezaron el viaje? Así que hicieron caso omiso del lamentable estado de los colchones, del piso de madera que chirriaba con tan solo lanzar un suspiro, del par de cristales rotos de las ventanas y de la lámpara lastimera que se balanceaba y arrojaba una luz amarillenta deprimente.

La chica resopló. ‘’¿Y si hay pulgas? Seguro hay pulgas’’ dijo recalcando su teoría. El muchacho se rio y la tomó de la mano para atraerla hacia sí. ‘’Las soportaremos. Son solo cuatro días’’ y le dio uno de sus besos entre calmantes y tiernos.

Ya iba a ser hora de cenar, así que dejaron las mochilas con candado en el viejo armario y bajaron. Se adentraron en la noche. Al regresar, cansados de dar vueltas por la ciudad, subieron a su habitación.

Era noche cerrada y desde la calle llegaba el eco de algunas conversaciones, algunos gritos de borrachos. La chica supo que le costaría conciliar el sueño, a pesar de que estaba muy cansada. Dio vueltas en la cama durante un rato, hasta que decidió levantarse para tomar un vaso de agua.

Bajó a la cocina, pero se asomó a la recepción. El hombre estaba ahí, clavado en la silla, roncando de a ratos, con los lentes en la mano que le colgaba casi inerte. La muchacha, ya en la cocina, se sirvió agua en el único vaso limpio que encontró. Se acercó a la ventana iluminada por la luz de la luna, cerró los ojos y bebió despacio. Abrió los ojos porque se sintió observada, pero no había nadie y los ronquidos del viejo de la recepción indicaban que de ahí no había movido ni un ápice. ¿Habría alguien más en el hostal?

Se apresuró a subir y al entrar a la habitación, se aseguró de haber cerrado bien la puerta con el cerrojo oxidado. Aunque solo estaban ellos dos, ¿para qué dejarla abierta? Su novio dormía sin prisas y no se enteraba de nada. Ella se acomodó como pudo en su cama hasta que el sueño terminó ganándole la partida.

Después de un tiempo incalculable, la chica, un poco somnolienta, siente un cosquilleo en el dedo gordo del pie derecho. Creyó que soñaba, pero a medida que el cosquilleo se fue transformando en succión, se despertó del todo.

No podía creer lo que veía y mucho menos lo que sentía: A los pies de su cama había un hombre de unos 40 años, una versión del hombre de la recepción, pero con muchos menos años; que le succionaba con fruición el dedo gordo. Lo había apresado con delicadeza entre el índice y el pulgar.


La chica gritó y trató de liberar el pie de la boca del hombre, quien la miró con lascivia no sin antes darle una muy buena chupada a ese dedo gordo ancho y rozagante. El grito alertó al muchacho que sin pensarlo se abalanzó sobre el intruso, pero sin el tino suficiente como para asestarle un puñetazo, cosa que sí hizo el hombre para dejarlo tendido en el piso desmayado.

El hombre levantó un poco entonces la cabeza y la miró directamente de nuevo a los ojos. Su mirada era intensa y penetrante, y la chica se sintió atraída hacia él de una manera extraña y misteriosa. El pánico dio paso a la rendición.

El hombre le sonrió y le invitó a acercarse. Sin saber por qué, se acercó lentamente a él y dejó que siguiera chupando su dedo. La lengua de aquel hombre se movía con delicadeza y maestría, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. La muchacha se sintió invadida por una sensación de placer nunca antes experimentada y se dejó llevar por las caricias del hombre.

Después de un rato, el hombre se detuvo y le dijo que era hora de dormir. Se levantó del piso, se acomodó el cabello y la ropa, se acercó a la puerta, la destrabó y se fue. Sin pensar ni un segundo en su chico, que aún yacía inconsciente,  la chica volvió a su cama, sintiéndose confusa y aturdida. Intentó fingir que nada había sucedido, pero su mente seguía pensando en el visitante nocturno que le había dado tanto placer.


25 enero 2021

El elixir de la vida

 



La dama desciende del carruaje con la gracia que tienen las criaturas que nacieron con la elegancia incorporada en los huesos. Casi totalmente cubierta por la capa de terciopelo negro, puede parecer dos cosas a quien se la tope: o una cortesana o una bruja.

Camina con prisa el sendero que la separa del convento y lo bordea, como siempre, para poder entrar por la puerta que le tienen reservada, la que permanece abierta solo para ella. Al entrar, la oscuridad absoluta la rodea y tarda algunos minutos en acostumbrarse. Avanza algunos metros, apoyándose en las paredes frías hasta llegar al pasadizo.

Una débil vela, a punto de extinguirse, es la única iluminación disponible que puede usar para recorrer ese húmedo pasillo, que cada vez se le antoja más largo y más lúgubre. No es la mejor parte del recorrido, pues siempre teme que alguna rata decida hacer de ese sitio su hogar y en sus plegarias, está incluido el deseo de que eso jamás pase.

Respira agitadamente mientras avanza hasta llegar a su destino. Tantea la puertecilla y la golpea, primero tres veces y después tres veces más, de manera de dejar en claro que es ella y nadie más quien aguarda a ser atendida.

La hermana Alda estaba a punto de dormirse en el banco de la capilla, pero el ruido de los golpes a la puerta secreta la pone en alerta. Se levanta y apoya la cabeza en la pared falsa, hasta que vuelve a escuchar los otros tres golpes que indican que es la dama de la noche. Retira el falso decorado y abre, con todo el sigilo del mundo, la puertecilla.

Iluminada por lo que poco que va quedando de la vela, la dama, lejos de parecer una figura aterradora, se muestra más hermosa que nunca; incluso a pesar de no serlo. La hermana Alda le sonríe. Le agrada su presencia y reconoce, con cierto pesar de su alma femenina, que nunca podrá tener el porte delicado y fino de aquella dama, por más que se esfuerce.

Se inclina ante ella con una reverencia torpe e infantil. La dama le alaba el gesto con una media sonrisa y un ‘’no es necesario, hermana’’ suave y lánguido. A la luz de la poca iluminada capilla, las mujeres intercambian miradas cómplices. La hermana Alda está siendo instruida en los menesteres de recibir y despachar ‘’el elixir de la vida’’, a las clientas que pasan por un riguroso examen.

La dama se abre un poco la capa y deja al descubierto un bolso que contiene las dosis exactas del lote pedido. Cada frasquito está primorosamente envuelto en telas y algodones, con la etiqueta lacrada que reza ‘’Elixir vitae’’. Se los entrega a Alda, quien los cuenta uno por uno.

La mujer se acerca al altar, se arrodilla y reza. Lo hace por su éxito, porque nunca la descubran, porque pueda seguir adelante con su noble y loable causa, por seguir ayudando a tantas mujeres a deshacerse de deberes innecesarios y a ser felices. Está convencida de que está ganándose su lugar en el paraíso con esmero y honestidad, tal y como le enseñó su madre.

Se levanta y persigna. Alda terminó de contar los frascos hace unos minutos, pero no quiso interrumpirla. ‘’Están todos, señora. Muchas gracias en nombre de todas’’. La dama sonríe y asiente complacida. ‘’Estoy para servirlas, hermana’’ y es esta vez ella quien se inclina ante la monja, a modo de reverencia.

Sin más dilaciones, la mujer se retira, haciendo el camino inverso, esta vez sin necesidad de una vela. Va tanteando por los muros del pasadizo, lo más rápido que puede hacia la puerta reservada solo para ella. Abandona el convento, en medio de la oscuridad más absoluta, hasta llegar al carruaje, que la llevará de vuelta al castillo que habita, con su devoto y anciano marido.

17 diciembre 2019

Nochebuena




La madre reúne a los niños en la sala de la húmeda casa. Hace demasiado frío y no hay calefacción suficiente para todos.
A Amando lo hace estar cerca de sus hermanas menores Ramona y Ana Luisa, de manera que se den calor como puedan. Arropa con esmeroal único de sus hijos,Ángel Amable, que se ha ido apagando lentamente y lo atrae hacia sí. Lo abraza con ternura para poder recordar la forma de su cuerpo y su olor cuando ya no esté con ellos.
Soteria y Clara, las más pequeñas, están juntas, cerca de la puerta, compartiendo una frazada. La madre mira con tristeza a todos sus hijos. No comen nada desde el desayuno y sabe que no podrán hacerlo pronto. Gastó el poco dinero que le quedaba.
No tiene mucha idea de qué hará para subsistir. Nunca tuvo más que de ocuparse de cuidar de sus hijos y de su casa, pero la vida y sus giros inesperados, la pusieron en una posición que nunca hubiera pensado.
Respira hondo. Trata de entretener a los niños con historias de su invención hasta que el sueño los venza. Queda poca leña, así que no tendrán más cobijo al calor de la chimenea en unas horas. El fuego proyecta sombras lúgubres en toda la sala. No será fácil salir de esto, cuando ni siquiera sabe cómo hacerlo.
Cierra los ojos por instantes. No tiene sueño, pero sí la certeza de que si permanece así, quieta y en silencio, el hambre y la desesperación no la atacarán tan rápidamente. Después de varios minutos, oye cómo alguien llama suavemente a la puerta. Abre los ojos y se yergue un poco para cerciorarse de que el ruido proviene de su propia puerta.
Aguarda unos instantes. La misma persona vuelve a llamar a la puerta, esta vez con más ahínco. La mujer se incorpora. Algunos de los niños también. ‘’¿Mamá, escuchaste?’’ le pregunta Soteria. ‘’Sí, hijita’’ responde con suavidad.
La madre se incorpora. Con cuidado, entreabre la puerta. No reconoce al hombre de traje elegante y sombrero que le sonríe tímidamente. ‘’Señora Isabel, usted no me conoce…’’ dice el hombre y hace una larga pausa.
Ella lo hace pasar. El hombre observa con tristeza la escena. Había estado en esa casa antes, llena de luz, de abundancia. Pero la vida es así, algunas veces luminosa, otras llena de sombras. Ya casi no hay mobiliario, así que el hombre espera de pie. ‘’Señora, yo era cliente de su marido. Lamento mucho su fallecimiento. Seré breve, puesto que debo seguir camino y tampoco quiero quitarle tiempo, justo hoy, en Nochebuena.’’
No hace otra cosa que mirarlo con perplejidad. Siempre lamentó no tener el don de gente que tenía su marido, que le sacaba conversación hasta las piedras y podía moverse en cualquier círculo social con soltura. Ella siempre fue reservada, corta con las palabras, tímida. Así que se queda rígida, expectante, a espera de saber qué le dirá el visitante.
Lentamente, el hombre abre la puerta y un par de sirvientes entran cargados con leña y varias bandejas repletas de comida. Los niños corren felices a inspeccionar lo que acaban de traer. La mujer se lleva las manos al pecho y ahoga un suspiro. ‘’¿Qué es todo esto?’’ pregunta impresionada.
El hombre se quita el sombrero y la observa, con ternura. ‘’Solía hacer negocios con su marido. Siempre le compraba mercancía para llevar a las ciudades cercanas. Tenía arreglos para hacer los pagos: él me dejaba en consignación lo que yo iba a vender y cada fin de mes, le pagaba lo adeudado. Cuando me enteré de que había fallecido, de inmediato regresé a la ciudad. Tenía que pagar mis deudas, era una cuestión moral, ¿me entiende? Yo solo recibí cosas buenas de parte de su marido, de verdad que lamento mucho su deceso’’.
La mujer no puede proferir palabra de la emoción. Las lágrimas fluyen solas. Los niños contemplan maravillados la cantidad de platillos deliciosos de las bandejas. El hombre contempla feliz la escena. ‘’Cuando me dijeron que no la estaban pasando bien, se me ocurrió traerles algo de comer y leña. El frío va a arreciar y no está bien que los niños lo sufran. Señora Isabel, hágame saber si necesita algo de mi parte. No siempre estoy en la ciudad, pero le dejo mi dirección, en caso de que me necesite. No dude ni un momento que estoy a sus órdenes’’.
Ella le extiende la mano y él la toma entre las suyas y con un ademán de otra época, la besa. ‘’Buenas noches y muy feliz Navidad’’, dice, al tiempo que se coloca el sombrero y sale, en compañía de los sirvientes.
La madre esconde el rostro entre las manos y llora. Los niños la rodean y la abrazan tiernamente. Desde ese momento sabe que será una sobreviviente, que a pesar de todo, la vida no será tan cruel con ella ni con sus niños. Se limpia las lágrimas y le pide ayuda a sus hijas mayores para poner la mesa y poder cenar en familia, en esa Navidad.

10 agosto 2019

Porcelana



Todos los días, al salir de la escuela, se desvía adrede para pasar por la tienda de muñecas. ‘’Traídas de Francia’’, reza el cartel. Sabe que su padre, austero como pocos, le negará cualquier juguete por considerarlo ‘’innecesario para su desarrollo intelectual’’. Tampoco su madre la apoyará en esto. ¿Para qué quiere una muñeca tan cara y delicada?, le preguntaría. ‘’Tus hermanitas van a destrozarla no más la vean’’, le diría. Y en eso tendría razón. Ser la tercera de aquella prole numerosa, le ha quitado protagonismo a su infancia que debió durar más de lo debido.
Apoya suavemente la frente en el cristal de la tienda y se queda observando a la muñeca: sus rizos de cabello natural (ella la quisiera rubia) y sus grandes ojos coronados por miles de pestañas que pueden abrirse y cerrarse (esto la hace diferente del resto de las muñecas cuyos ojos eternamente abiertos la asustan) la hacen realmente única.
¿Cómo reunir el dinero? Le parece terrible que teniéndolo, no lo tenga a su alcance. Frunce el ceño y bufa, ‘’cuando crezcas’’ es lo que le responde su padre siempre. Pero cuando crezca, ya no querrá jugar con muñecas.
Contrariada, enfila hacia el almacén. Entra por la puerta trasera y agarra el delantal que aún le queda bastante grande. Abre la puerta que separa el mostrador del patio interno de su propia casa. Su hermana mayor le lanza una mirada reprobatoria por su tardanza. Ella ni se inmuta. Era importante constatar que la muñeca – su muñeca – seguía estando en la vitrina, esperándola.
Sin mediar palabra con su hermana, se sienta en la caja registradora, no sin antes colocar la banqueta sobre algunos libros para quedar más alta. Su hermana la reprime, pero ella no le presta atención. Pocas veces lo hace, de hecho.
Asume su turno, como todas las tardes, con estoicismo. Es una lástima que ninguno de sus hermanos varones hubiera alcanzado la pubertad porque estarían ahora, en su lugar, y ella estaría jugando con sus hermanas, con sus conejos, con sus perros y con sus gatos. Pero no. Quiso el destino que sobrevivieran todas ellas y que a su padre se le ocurriera emplearlas en el almacén, en vez de contratar personal.
Cuando su padre descubrió cómo ella se entendía tan bien con los números, la asignó a la caja y después le enseñó a llevar el inventario, todo para ahorrarse sueldos. ‘’Prefiero que el negocio esté en manos familiares’’ le había explicado, o mentido, mejor.
Perder todas sus tardes infantiles por estar en el mostrador, cobrándole a los clientes, la fastidiaba en gran medida. Su padre dando vueltas por toda la tienda, enseñando la fina mercancía. La gente entrando y saliendo con sus compras. Aquel desfile frenético de desconocidos. Su pequeña vida diluyéndose en algo que no le competía.
Hasta esa tarde de lluvia. Estaba sola en el almacén, sin nadie que la atormentara, ni siquiera su padre que sabía que los días así, nadie portaba por ahí. La gran araña de cristal de roca pendía elegante y arrojaba de cuando en cuando lucecitas de colores sobre el piso y los espejos del salón.
Estaba tan extasiada contemplando el fenómeno que no notó a la viuda, cuando entró empapada, con su gran sombrero de fieltro negro deformado por el peso del agua. Al verla, se asustó y contuvo el aliento. La viuda se acercó al mostrador y se quitó el sombrero, que dejó a la vista su cráneo calvo y reseco. ‘’No te asustes’’ le dijo con voz hueca.
Su padre le había prohibido la entrada muchos años antes y les había ordenado a sus hijas que jamás la dejaran pasar y si eso ocurría, debían avisarle de inmediato. Ella recordó la orden paterna, pero no pudo moverse del mostrador, hipnotizaba como estaba al ver por primera vez a aquella mujer, que creía más una leyenda urbana que otra cosa.
‘’Tienes los mismos ojos fieros de tu padre’’ le dijo en voz baja. ‘’Debes tener entonces su mismo carácter’’ y sonrió a medias. Ella pudo observar que le faltaban algunos dientes anteriores y los que tenía, estaban renegridos. El asco se le notó de inmediato porque la viuda la miró con ira y abrió más la boca.
‘’Sí, eres igual de desdeñosa que tu padre’’. Le dio la espalda y empezó a caminar despacio por todo el salón, arrastrando la sucia bolsa que llevaba en la mano y que parecía pesada. Ella creyó en algún momento que iba a romper algunas de las porcelanas o a derribar las estanterías llenas de cristalería.
Se bajó de la banqueta y despacio, sin dejar de mirar a la mujer, fue caminando sigilosa hasta la puerta trasera, para dar aviso a su padre. Pero cuando estaba por abrirla, la viuda se percató de la maniobra y con una agilidad impropia de una mujer de edad avanzada como ella lo era, la tomó de la muñeca y la arrastró hasta el centro de la tienda.
La niña se retorcía del dolor y gritaba, pero el escándalo de la lluvia ahogaba sus gritos. ‘’Ahora va a saber tu papá lo que es el dolor’’. La tomó de la otra muñeca y le hundió las sucias uñas en ellas, hasta hacerla sangrar. ‘’Te acordarás de mí por el resto de tus días’’.
La bofetada que le propinó la hizo perder la noción de sí por momentos cuando su cabeza golpeó el piso y a partir de ese momento, todo fue una bruma confusa. La viuda la levantó como si de una almohada se tratase y se la llevó, tan rápido como pudo.
Cuando volvió en sí, abrió lentamente los ojos. Le dolía la cabeza y todala habitación le daba vueltas. Empezó a toser y a convulsionar. La última cosa que vio, antes de perder de nuevo el conocimiento fue los tímidos rayos del sol que se filtraban suavemente por la ventana de su propio cuarto.
Sigilosamente, su padre entró en la habitación. Se arrodilló junto a su cama y comenzó a rezar, al tiempo que sostenía la mano de su hija. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Se prometió a sí mismo no ser tan permisivo con las niñas, no dejarlas salir a jugar los días de lluvia, a cuidarlas más. Si él se hubiese mostrado firme, nada de esto habría pasado.
El tiempo transcurrió lento, como era su costumbre, cada vez que alguien en aquella casa caía enfermo. ¿Sería la vida tan cruel que les arrebataría a una de sus hijas, como ya había pasado con sus hijos? Era un pensamiento recurrente en la mente de los padres, pero tenían el tino de no confesárselo el uno al otro para no angustiarse ni atraer los malos augurios.
Sin embargo, a veces la vida da giros inesperados y aquella mañana, temprano, la niña despertó del todo. Aún desorientada, comenzó a observar su alrededor. La puerta estaba entreabierta. Temblando, se incorporó. ¿Y si la viuda abría la puerta y la golpeaba? Se fue acercando y la abrió, intentando hacer el menor ruido posible.
El chirrido de los goznes alertó a la madre, que fue corriendo hasta el cuarto. Lanzó un grito cuando la vio apoyaba en el marco, pálida, pero en pie y antes de que se desmayara, la levantó y resguardó entre sus brazos.
Los días siguientes fueron diáfanos y tranquilos. Su recuperación era lenta, pero cada vez ganaba más peso y vigor. Las ojeras habían desaparecido y su piel de niña volvía a tener la lozanía de porcelana perfecta, tan perfecta como la muñeca de la tienda, que ahora estaba sobre su cómoda, mirándola atentamente. No era rubia, como ella hubiera querido, sino que tenía el pelo negro, largo y brillante y los ojos oscuros, tan oscuros como los de la viuda.

19 junio 2018

Sin contratiempos




Sentado en el borde de la cama, él la observa peinarse la larga cabellera negra, con suaves movimientos acompasados. ‘’¿A qué hora te vas?’’ pregunta, mientras bosteza. ‘’En un rato. Regresaré tarde, así que no hagas el intento de esperarme despierto’’, responde.
El hombre se levanta y se acerca, hasta abrazarla y besarla delicadamente en el cuello. ‘’Cada vez más linda’’, le susurra. La mujer cierra los ojos y sonríe. ‘’Tengo que verme bien. La primera impresión es la que cuenta. No me gusta asustar a la gente. Sabes que soy discreta, que siempre lo he sido’’, dice en voz baja. El hombre asiente: ‘’Es eso lo que más me gusta de ti’’.
Al liberarse de aquel abrazo, se mira en el espejo. Decide llevar el cabello suelto esta vez, pero maquillaje un tanto dramático. De noche todo se vale. Así que combina la sombra de ojos, rubor y labial con la minifalda negra que deja al descubierto sus largas y bien torneadas piernas, la camisa negra de seda y la chaqueta de cuero.
Cuando termina de arreglarse, se mira de cuerpo entero en el espejo. ‘’¿Qué te parece?’’ le pregunta al hombre. ‘’Toda una MILF’’ dice, soltando esa risa divertida e infantil que ha compartido solo con ella durante años. ‘’Fantástico, entonces’’ y premia su respuesta con un largo y cálido beso. ‘’Ya sabes, no hagas el intento de esperarme despierto. No sé cuánto tiempo me lleve lo de hoy. Hay algunos que se asustan, otros no se lo esperan. Nunca nadie sabe cómo es esto, en realidad’’, explica. Él la mira con placer: ‘’En fin, buena jornada, querida. Que todo salga bien’’.
Cierra la puerta tras de sí y mientras espera el ascensor, revisa la dirección y el nombre. Sabe cómo llegar. A las 11:43 pm deberá estar lista, ya que hay un tiempo marcado para todo. Nunca demora más de 10 minutos; sin embargo, depende mucho de la reacción del que le toque. No todos reaccionan igual, ni todos saben cómo hacerlo, de hecho. ‘’Si al menos la gente entendiera que es un paso más…’’ dice para sus adentros. Suspira.
Una vez en la calle, camina con el dejo propio de quien sabe qué quiere, qué hará, con qué va a encontrarse. No son jugarretas del destino, ni nada que dependa del azar, pues todo corresponde a un plan. Ella siempre ha sido compasiva con los que les ha tocado. ‘’Blandengue’’ le dicen sus colegas. ‘’Comprensiva’’ responde incansablemente.
Al llegar al hospital, son exactamente las 11:10 pm. Es el fin del otoño y la noche es más oscura, más fría. Le encanta ese clima, más que el temible invierno, la insulsa primavera o el implacable verano. La gente está más dispuesta a todo en otoño, como si en esa estación dependieran la melancolía y los recuerdos.
Enciende un cigarrillo. Entre pitada y pitada, observa la entrada. Hay un solo guardia y una enfermera en la recepción. Nada de qué preocuparse. Casi diría que ha sido así las veces que le han tocado hospitales. Sin embargo, prefiere la adrenalina de lo prohibido, de la misión que se vuelve casi imposible de cumplir. Los hospitales son predecibles. También las casas funerarias, las casas de familia. Lo privado es predecible, mas no así lo público. No es este el caso, desafortunadamente.
Aspira el humo del cigarrillo con vehemencia. ‘’Vamos, que ya es hora’’ dice en voz baja. Exhala y se aproxima a la puerta, que se abre de par en par. Ella sabe que el guardia la mira, sin mirarla. La enfermera ni repara en su presencia.
Sube en el ascensor hasta el sexto piso. Las manos en los bolsillos de la chaqueta, el suave movimiento sigiloso de sus caderas, el cabello suelto en armonía. Abre la puerta de la habitación 606 con determinación, sin siquiera anunciarse.
La mujer que está acostada en la cama, hundida completamente, con una mascarilla de oxígeno y cables conectados a su tórax, demora mucho en abrir los ojos y verla. La detalla sin entender del todo que está pasando, ni quién es. Tampoco se da cuenta de que está plenamente consciente, que está aquí y ahora.
Abre bien los ojos y la observa. ‘’Hola, Natalia. Vine a buscarte. Tu recorrido empieza a las 11:43. Ni un minuto más, ni un minuto menos’’ le dice, al tiempo que esboza su mejor sonrisa. Se le acerca poco a poco y le retira la mascarilla. ‘’Respira hondo’’ le ordena suavemente. La mujer obedece. Con delicadeza le retira también los cables y la va llevando lentamente para que se siente. ‘’Falta poco. No va a dolerte’’ explica. ‘’Ya no eres tu cuerpo’’.
Perpleja, la mujer sentada en el borde de la cama continúa observándola hasta que se anima a preguntarle un ‘’¿quién eres?’’ tímido y tembloroso. ‘’¡Si supieras la cantidad de veces que me han preguntado eso!’’ responde, al tiempo que ríe. Con ternura, le arregla el cabello y la bata. ‘’Ponte de pie, Natalia. Es hora de irnos’’. La toma de las manos y la mira fijamente.
Ambas se alejan un poco de la cama para observar la escena. Un fuerte pitido de las máquinas conectadas a aquel cuerpo inerte, alerta a las enfermeras que algo no está bien. Tres mujeres entran a la habitación rápidamente y revisan a la paciente. Intentan reanimarla, sin éxito. ‘’No hay nada que hacer’’. ‘’Hora del deceso: 11:43pm’’. Cubren el cuerpo con la sábana y salen de la habitación.
‘’¿Pero qué pasó? ¿Sigo estando aquí?’’ le pregunta, aferrada a su brazo. Ella la calma con suaves palmaditas: ‘’No, ya no eres tu cuerpo. Ya puedes hacer lo que quieras. Quedarte o seguir. Solo tienes que decidir’’. Natalia la mira, como si de repente entendiera todo, toda su vida, todos los eventos en un perfecto orden que finalmente tiene sentido.
‘’Me quiero ir’’ responde, sin vacilar. La mujer respira aliviada y la abraza. ‘’Buen viaje, querida’’ y le indica el camino por donde partir. Secretamente adora esos momentos, cuando la persona decide poner un verdadero final, sin aferrarse a nada, porque ya no hay nada que hacer. Como si de verdad entendiera en fracciones de segundos que todo pasa, por más duro que haya sido lo que le haya tocado. Esos son los verdaderos valientes, los que se entregan.
De su cartera saca la pequeña libreta en donde anota sus impresiones. Coloca un visto al lado del nombre de Natalia y un ‘’sin contratiempos’’. Aguarda a que regresen las enfermeras para que preparen y retiren el cuerpo. Y una vez que lo han hecho, ella también se retira.
Avanza resuelta por el pasillo del hospital. Ya en la calle, enciende otro cigarrillo. La noche será larga, lo sabe, así que camina sin prisa, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el suave movimiento sigiloso de sus caderas y el largo y negro cabello suelto en armonía.

24 abril 2018

El resultado



Sostiene en sus manos temblorosas el sobre. Va caminando sin rumbo por la calle. Se detiene unos minutos para poder tener la claridad suficiente para pensar. Respira hondo. Nota que hay un café, así que entra, antes de que le fallen las piernas.
Recuerda las palabras del médico, como si se las hubiera dicho en cámara lenta o debajo del agua y ella no hubiera podido entender del todo.
Se sienta en la primera mesa que encuentra y pide un té. Abre el sobre y lee una y otra vez el resultado. Como si fuera un mal sueño, las letras van saliendo del sobre en forma ordenada y pulcra para formar ante sus ojos el sustantivo que determina su destino: POSITIVO.
No sabe bien qué hacer. Así que busca el teléfono en la cartera y marca el único número que se sabe de memoria. Después de dos repiques, el ‘’hola’’ desabrido y fastidiado de siempre responde. ‘’Tenemos que vernos’’, le dice. ‘’¿Para qué? Ya te dije que esto no tiene sentido. No ins…’’ le responde. Antes de que termine de dar la orden la mujer dice: ‘’Dio positivo’’. Después de una pausa eterna, la voz al otro lado de la línea musita ‘’ven a la oficina inmediatamente’’.
Hace acopio de fuerzas, toma un par de sorbos de té, paga y se va. Toma un taxi. ‘’Dio positivo. Dio positivo. Dio positivo. ¿Y ahora?’’. Esas cuatro frases son las únicas en su cabeza. Mordisquea las uñas, se pasa las manos por el cabello.
Cuando finalmente llega a su destino, él la está esperando en la entrada. Apaga el cigarrillo, no sin antes darle una última pitada. Cuando la tiene enfrente de sí, le pregunta: ‘’Quiero ver el resultado’’. Ella le extiende el papel, ahora arrugado. ‘’POSITIVO’’ lee. La mira sin decir nada. En ese momento, ella siente que toda la tensión acumulada y todo el pánico que logró mantener a raya la desbordan y empieza a llorar, primero quedamente y después cada vez más violentamente.
La gente que pasa observa la patética escena: la chica que llora sin control y el hombre que mira al piso, entre avergonzado y molesto. Finalmente, él la abraza sin ganas, en un intento infantil y artificial de calmarla. Le acaricia el cabello y le dice: ‘’Por ahora, vete a tu casa. Yo te alcanzo en cuanto termine de trabajar’’.
La chica lo atrae con fuerza hacia sí. ‘’Por favor, no me dejes’’ y solloza aún más fuerte, sin poder contenerse. ‘’Tranquila, tranquila’’, le responde el hombre, pero no logra decirle lo que a ella le gustaría oír, porque simplemente no le nace, no puede.
Suavemente, pero con firmeza, la aparta de sí, de aquellos brazos crispados por el terror de la certeza por lo que se avecina. ‘’Te veo en tu casa’’ le reitera. Se acerca a la calle y detiene un taxi. La hace entrar y le indica la dirección al chofer. Ella se le queda mirando con desesperación y angustia y mientras el auto avanza, no le quita los ojos de encima.
El hombre ve cómo se aleja el taxi. Enciende otro cigarrillo. ‘’Mierda’’ masculla y aprieta las mandíbulas. ‘’Me jodí’’ piensa.
Al llegar a su casa, la chica abre la puerta del edificio y llama al ascensor. Una vez dentro, se observa en el espejo: su estado es perfectamente lastimero. El maquillaje está corrido, se ve despeinada y angustiada. Sonríe. Se arregla el cabello y se limpia un poco la cara.
Ya en su apartamento, exclama ‘’¡fue un éxito!’’. Desde el cuarto, él pregunta: ‘’¿Se tragó el cuento?’’. Se quita los zapatos, suspira y se tira en el sofá: ‘’Completico’’ responde y ríe socarronamente.
El hombre sale del cuarto, se acerca y se queda parado viéndola. ‘’¿Entonces no tendré que hacerme cargo de tu error?’’ pregunta, al tiempo que se inclina sobre ella, la cubre con todo su cuerpo y la besa. ‘’Nuestro error, querido. Nuestro error’’, le corrige. ‘’Tuvimos suerte de que haya sido siempre tan tonto’’ dice él y vuelve a besarla, esta vez con un beso prolongado, lleno de lujuria. ‘’¿Tenemos tiempo de jugar un poco, no?’’, le pregunta mientras le acaricia los muslos. La chica lo mira con deseo y se va desvistiendo. ‘’Positivo. Tenemos tiempo’’ y ambos ríen.

09 enero 2018

La prisión



Abría los ojos, los cerraba. Parpadeaba. No lograba sentir nada. Mi vida transcurría, pero como cuando uno va caminando sin hacerlo; es decir, las piernas responden a la orden del cerebro de caminar pero uno no siente nada. Simplemente se deja llevar.
Estos largos letargos se volvieron comunes. Pero que nadie se confunda: algunas veces yo sonreía y lo hacía de verdad, desde adentro. Algunas otras veces abrazaba a alguien de verdad, sintiendo hasta los huesos recubiertos por esa piel ajena. Pero eso no pasaba con frecuencia. Porque yo estaba sin vida por dentro. Comportándome como alguien que sí, para que nadie indagara, nadie sospechara. Absolutamente nadie.
Podían verme brillar en sociedad. Hablar de temas varios. Sonreír. Incluso llorar. Como si yo pudiera sentir las cosas, entenderlas, anticiparlas, vivirlas. Eso sobre todo: vivirlas. Me movía sin existir. ¿Se puede? Sí. Claro que se puede. Así llevé mi vida.
Un día este hombre, salido de no sé dónde, colocó su mano en mi hombro. Estábamos en una sala del museo. Fui porque debía resguardarme de la lluvia que azotaba la ciudad. No era tan tarde y el museo cerraba en algo más de una hora. Tenía tiempo. Así que comencé a vagar por las salas vacías.
Nada llamaba mi atención por mucho tiempo. Me detuve enfrente de una escultura: una chica que se cubría el rostro porque no quería ver el horror que se avecinaba. Yo la estaba observando: la delicadeza de las manos contrastaba con el espanto que plasmó el artista en su rostro. Fue entonces cuando sentí que alguien apoyaba su mano en mi hombro.
‘’El horror. ¿Qué habrá visto esta mujer?’’.
No me asusté. Tan sólo me di vuelta y me alejé lo suficiente como para que la mano del hombre no siguiera en mi hombro.
‘’¿Pueden ver las esculturas?’’ repliqué y sonreí.
El hombre sonrió también complacido. Me observó de pies a cabeza, como yo minutos antes observaba a la estatua. Y sin quitarme la mirada de encima, me contó detalles de la pieza, de su autor, época, historia. Datos que sólo revelaban un conocimiento enciclopédico que no servía en la vida práctica.
Mientras hablaba, yo intenté observarlo con el desgano interno que llevaba siempre a cuestas, pero no pude. Su discurso irrelevante era magnético, así como su mirada y sus gestos medidos y elegantes.
En medio de su charla, lo interrumpí, para mi propia sorpresa: ‘’¿Estará abierto algún café en medio del diluvio?’’. Sin inmutarse el hombre respondió: ‘’Y si no, abrimos uno’’. Caminamos mansamente hasta la salida del museo. Me hizo muchas preguntas, yo ninguna. El desconocido indagaba sobre mi vida y yo dejaba que su investigación siguiera su curso, sin oponer resistencia.
El hombre también me hablaba de él, de su pasado, de su presente. Muchas cosas juntas. Al final del interrogatorio voluntario, encontramos un café abierto y entramos, como si fuéramos viejos conocidos.
‘’La escultura eres tú. ¿Te diste cuenta?’’ me dijo. Yo lo miré fijamente. Por primera vez, durante todo el tiempo que estuvimos juntos, me sentí incómoda. Este hombre había adivinado quién era yo. Y es más: lo sabía. Por instantes desvié la mirada. Volví a mi encierro interno para no indagar a qué se refería. Pero él repitió el ‘’¿te diste cuenta?’’ un par de veces, a intervalos premeditados, como quien dispara un dardo a su presa ya malherida para obligarla a doblegarse más rápidamente.
Al verme acorralada, respondí: ‘’Cincelada de manera perfecta, pero fría por dentro y por fuera, como el mármol. Imperturbable. Inamovible’’. ‘’Irresistible’’ dijo él. ‘’Si yo fuera el artista y viera el trozo de mármol para esculpirlo, no me resistiría, porque sé qué puedo hacer de él’’.
‘’¿Y qué puedes hacer tú de mí?’’ pregunté con la arrogancia propia de quien sabe que todo está dicho, todo está hecho y nada puede ya sorprenderlo.
‘’Darte la libertad que tanto ansías. Sacarte de tu prisión de hielo’’ respondió y me clavó una dura mirada. Me alteré tanto que me levanté y a los tropiezos salí casi corriendo del bar, con esa mirada aún pegada a mi cuerpo. La lluvia había vuelto a arreciar y yo luchaba contra el vendaval que venía como acompañante.
Unas cinco o seis cuadras más allá detuve mi huida y jadeante me apoyé en un árbol. Intenté recuperar el aliento. Cerré los ojos por segundos. Cuando los abrí, a pocos metros estaba el hombre, mirándome. ‘’Vamos’’ me ordenó. Lo peor es que obedecí y empecé a seguirlo.
Después de un tiempo que no logro precisar, llegamos a su casa. ‘’Dentro de poco, ya no necesitarás tu cuerpo’’ me dijo. Me acarició el cabello con ternura. Yo estaba en pánico, pero por alguna razón que aún hoy desconozco, me sentía viva por primera vez y esa sensación era nueva. Increíble e intensamente nueva.
‘’Si quieres que todo termine, solo tienes que decirme que sí. Si dices que no, no tendrás oportunidad de escapar de tu propio infierno nunca más’’ explicó, con voz pausada, remarcando las partes más importantes de sus instrucciones para que no quedara lugar para ninguna duda.
Yo lo miraba entre absorta, fascinada y aterrada. Lo recuerdo bien. Pero no podía escapar. No quería además. Quería ver hasta dónde llegaba el extraño conmigo. No yo con el extraño, porque estaba claro que no podía hacer nada más que estar ahí, clavada en el piso, inamovible.
‘’¿Quieres sentir?’’ me preguntó.
‘’Sí’’ respondí y para mi sorpresa, sin vacilar.
‘’¿Quieres ser libre para siempre?, continuó.
‘’Sí’’, dije.
‘’¿Quieres que todo termine aquí, ahora?’’ dijo, en voz baja.
Mi respuesta fue la misma que las anteriores: un sí rotundo, impertérrito, aunque temblaba del pánico, en mi voz ese pánico no se reflejaba.
El hombre se me aproximó cada vez más hasta estar tan cerca que nuestros alientos se confundieron. Colocó sus manos sobre mis ojos para cerrarlos y cuando los abrí, después de unos minutos, yo podía volar, elevarme hasta el cielo, abrir mis alas, dar vueltas, acelerar, desacelerar, aterrizar, levantar el vuelo de nuevo y así sucesivamente. Yo podía hacer lo que el resto de las aves hace: ser libre.

Y desde ese momento, no he parado de volar, de sentirme libre. Pero lo más importante: ahora sé dónde tengo el corazón y escucho cada uno de sus latidos. He vuelto a la vida. Ahora vuelo. Y ya no estoy más en aquella prisión.

10 julio 2017

Las sogas



‘’Sólo escuché cuando no sé quién me dijo: ‘’No las até fuerte’’, como en una suerte de susurro, tan cerca de mi oído que pude oler su aliento, a pesar de la lona que me cubría. Yo estaba aturdido, por decir lo menos, y en el momento no entendí nada. Y mucho menos entendí cuando caí, como un saco de papas, al agua.
¡Plaf! Ese sonido aún me acompaña. El sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. No es cierto que uno puede superar los traumas. Simplemente se aprende a vivir con ellos. Es lo que hice. Nunca más me metí al mar, ni al río. Nunca más. Y aprendí a sobrellevarlo. Total, no es que yo fuera un pez. Podía vivir sin entrar al agua.
Me parece mentira haber vivido todo eso y sin embargo, lo hice. Fue a mí a quien secuestraron, a quien torturaron y a quien arrojaron al mar desde un avión. Fue a mí y sé que a varios otros, gente que no conocía, pero sólo a mí no me ataron como creían ellos que deberían haberme atado, fuerte, para no soltarme.
Esa noche, casi sin conocimiento y con el agua apoderándose de mis pulmones como si fuera el propio aire, me solté. ‘’No las até fuerte, no las até fuerte’’ era lo único que resonaba en mi cabeza. Cuatro palabras que no entendí del todo, pero que fueron como una orden que obedeció mi cuerpo.
Y me solté, como pude, como si fuera Houdini. Salí a flote, desde el fondo. Cuando lo hice, respiré tan hondo y expulsé tanta agua que creí que me iba a morir en serio. Hubiese sido irónico que después de tanto, me hubiera muerto justamente al respirar del todo.
Me quedé flotando un largo rato. Tenía todo el cuerpo acalambrado, así que me dolía cualquier movimiento que hiciese o intentase hacer. Cerré los ojos y me dejé llevar. La verdad no sé qué estaba esperando. No podía, y tal vez ni quería pensar.
No sé cuánto tiempo pasó. Cuando pude, nadé hacia la orilla y debí haberme desmayado porque no tengo recuerdos exactos de nada. No sé quién me auxilió, no sé de quiénes eran las voces que me rodeaban, ni los brazos que me levantaron y sostuvieron y me llevaron a no sé dónde.
Yo había perdido toda noción de absolutamente todo, pero cuando pude, hui. No podía confiar en nadie. La vida, traviesa y a la vez cruel, me estaba dando otra oportunidad. Así que hui. Estuve viviendo mil vidas desde ese mismo momento.
Fui varias personas, tuve varios nombres, hasta que pude recuperar mi identidad. No porque lo dijera un documento, sino porque había decidido volver a tener mi vida, la que mis padres habían proyectado para mí, la que yo mismo había pensado para mí antes de que todo este desastre y confusión pasaran y me llevaran consigo por delante. Ahí detuve mi propia huida.
Si me preguntan si soy un sobreviviente, no sé qué responder. Me imagino que sí. Pero a veces creo que no. Yo todavía siento esa noche y oigo el sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. Es la escena más terrible de mi propia película. ¿Pasó alguien por lo mismo? ¿Puede alguien verdaderamente entenderme?
Cuando volví al barrio, a casa, al abrazo salvador de mis padres y hermanos, yo era otro y sin embargo el mismo. Después de mucho comencé con todo esto, para tratar de no ser un número más, una estadística más, un desaparecido sin serlo más. Por eso estoy hoy aquí, ante ustedes. Para que todo se sepa’’.
El hombre se sentó, firme. Cerró los ojos, respiró hondo, muy hondo, y permaneció en silencio. Cada aplauso que resonaba en la sala, cada persona que se fue poniendo de pie para aclamarlo, era una ola de aquella noche que lo sostuvo flotando, hasta llevarlo a la orilla, para salvarlo.
De repente, sintió una mano sobre su hombro derecho y una voz, cascada por el paso del tiempo que le dijo ‘’no las até fuerte’’ como en una suerte de susurro, tan cerca de su oído que pudo oler su aliento. El hombre abrió los ojos sobresaltado. Se dio la vuelta, se levantó del asiento casi de inmediato. Pero había mucha gente palmeándolo, rodeándolo, casi sofocándolo. Todos querían estar cerca de él, el héroe.  No alcanzó a ver de quién era esa mano. No supo quién lo había soltado esa noche y que ahora estaba ahí, cerca. Ahora.
Se irguió y gritó con la misma fuerza que usó esa noche cuando expulsó toda el agua de mar de sus pulmones: ¡Gracias! Y todos, sin saber el porqué real de ese grito firme y tajante, lo aplaudieron de nuevo a él, el héroe.


11 junio 2017

La gallina


Corre. Lo más rápido que puede. No sabe bien adónde ir, pero corre. El matorral es espeso, denso, pero él no lo nota, tan sólo corre. Se resbala varias veces. Otras cae. Está casi sin aliento, pero debe continuar corriendo. Tiene la camisa pegada al cuerpo, el sudor empapa todo su cuerpo. Sabe que están detrás de él, muy cerca y si lo atrapan…
Corre. Cuanto puede, aunque el corazón se le salga por la boca, corre. Sin rumbo, pero corre. Lo más rápido que puede. Debe parar por segundos para tratar de respirar un poco, al menos. Se detiene. Curva el cuerpo y apoya ambas manos sobre las rodillas. Respira con desorden por la boca, la nariz. El cabello cae sobre el rostro empapándolo aún más de sudor. Observa sus manos, con la sangre ya seca cubriéndolas aún. Observa su ropa, con rastros de sangre todavía fresca. Su respiración se hace más entrecortada. Tiembla. Tiene que seguir huyendo. Si lo atrapan…
Cuando se incorpora nota el humo. ¿Una casa? ¿Una fábrica? Empieza a escuchar las voces a lo lejos. Vienen por él. Oye los ladridos de los perros. Debe continuar. Cada segundo que pasa, pone su vida aún más en peligro.
Comienza a correr de nuevo, esta vez buscando el origen del humo. Al aproximarse ve de dónde proviene: una humilde casa de adobe, con un cobertizo de paja para la leña, un pequeño huerto y un gallinero. En la entrada hay un perro viejo que dormita.
Contiene el poco aliento que le resta y se acerca con sigilo. Observa al perro, que no detecta su presencia. Observa la casa y sus alrededores. Cuando está lo suficientemente cerca, se asoma por una de las ventanas. El interior de la casa es aún más precario que el exterior. Un solo ambiente, dividido por sábanas, sirve de cocina, comedor y habitación. Hay dos catres, uno junto al otro y un colchón grande en el piso, en el que dos niños pequeños duermen abrazados para espantar el frío. Puede ver detrás de una de las sábanas las siluetas de dos adultos, un hombre y una mujer. El hombre está sentado en un banco y mira hacia la nada. Sostiene una taza humeante de café entre sus grandes manos. La mujer está de espaldas, inclinada sobre el fogón. Cuando termina de beber el café, el hombre se levanta, le entrega la taza a la mujer y la besa con ternura en la frente, al tiempo que le dice: ‘’Me voy a la faena’’. Lentamente sale de la casa y en la entrada se agacha para acariciar al perro, que responde lamiéndole la mano, resoplando y moviendo la vieja cola.
Desde la ventana, ha seguido con atención todos los movimientos del hombre. Si entra a la casa, puede robar algo de comida y algo de ropa. Es más fácil si el campesino no está porque podrá dominar a la mujer y a los niños, si llegaran a despertar. Sin embargo, el campesino bordea la casa y se dirige al cobertizo, de donde sale con un hacha, y después enfila hacia el gallinero.
El corazón del hombre se paraliza. Tiene que pensar y actuar rápido para evitar ser descubierto, así que sin hacer ruido, entra al gallinero. Su presencia provoca el cacareo y la inquietud de las gallinas. Nota que hay fardos de paja y es justo detrás de ellos que se esconde lo mejor que puede. El campesino entra escasos minutos después. ‘’¿Qué pasa que amanecieron tan contentas?’’ dice, al tiempo que esboza una cálida sonrisa.
Oculto detrás del fardo, el hombre observa toda la escena. El campesino coloca el hacha sobre el tronco que le sirve de apoyo para matar gallinas, toma una vieja cesta de mimbre y va jaula por jaula recolectando los huevos. Una vez que termina, recorre con la vista las jaulas, abre una sola y saca una de las gallinas, que aletea y cacarea sin cesar. El campesino le agarra con fuerza el pescuezo y lo tuerce hasta que oye el familiar ‘’crac’’. El ave queda entonces sin vida en sus manos. Coloca el cuerpo en el tronco, toma el hacha y le corta la cabeza que le salpica el pecho de sangre sin querer. ‘’¡Ah, carajo!’’ exclama. Termina de faenar la gallina y sale del gallinero en dirección a la casa. El hombre sale de su escondite improvisado, no sin antes quitarse la camisa y lavarse como puede con el bidón de agua que encontró en el gallinero. De repente, se percata de las voces de los hombres que aún lo buscan y de los ladridos de los perros, que parecieran estar cada vez más cerca. Esconde la camisa ensangrentada entre la paja y se oculta de nuevo detrás del fardo. Con algo de suerte, los hombres y sus perros pasarán de largo y él podrá reanudar la huída.
Mientras, el campesino le dice a su mujer, desde la puerta: ‘’¡Agarre la gallina! ¡Mire cómo me dejó!’’. La mujer toma una olla grande y coloca dentro al ave, no sin antes decir: ‘’¡Qué buen sancocho tendremos hoy!’’. Ambos ríen. Los niños, ya levantados, corren a ver a la gallina y gritan y ríen con el escándalo propio de sus años. El campesino se aleja de la casa hacia el cobertizo. Justo en ese momento, seis gendarmes y tres perros lo rodean. El hombre los mira sin entender nada. Tiene las manos aún cubiertas de la sangre fresca de la gallina, así como la camisa. ‘’¡Que no se escape!’’. Dos gendarmes lo golpean hasta dejarlo inmóvil en el suelo. Los perros ladran con vehemencia. Ante tal alboroto, la mujer sale de la casa gritando: ‘’¿Pero qué está pasando, Dios mío?’’. Desde el gallinero, el hombre observa toda la escena y logra escuchar partes aisladas de lo que dicen: ‘’Lo estábamos buscando’’, ‘’…porque asesinó a…’’, ‘’¡no es posible!’’, ‘’sólo era una gallina…’’.

Los gendarmes esposan al campesino y se lo llevan a rastras. La mujer los sigue llorando, con las manos en la cabeza, pero los gritos de los niños la hacen regresarse. Dentro del gallinero y aún atónito, el hombre se persigna al tiempo que dice: ‘’¡De la que me salvé!’’. Sale sigiloso en dirección al cobertizo y una vez dentro, encuentra un pantalón de montar y una camisa vieja. Al fin puede deshacerse del resto de su ropa, aún salpicada de sangre, que esconde debajo de algunos troncos para leña. Encuentra también un viejo sombrero de paja, se lo coloca de manera que le oculte el rostro lo más que pueda y sale sin ser notado del cobertizo, sin rumbo fijo, pero seguro hacia su nueva vida.

08 noviembre 2016

La decisión



Recuerdo claramente el día que llegamos a casa, después del funeral de mi único hermano, Lucas. Mamá, que siempre se le dio perfecto el papel de víctima, entró casi a rastras a la casa. Se sentó en el primer sillón que encontró, se llevó la mano izquierda a la frente y empezó a sollozar: ‘’Mi niño, mi niño. ¿Quién cuidará ahora de nosotros?’’.

Repitió esa frase varias veces, algunas en un tono de voz más alto o más agudo o con la voz temblorosa que sólo tienen los que han llorado durante un buen rato. Papá la miraba y estrujaba entre sus manos su sombrerito negro, sin saber si tenía que abrazarla, sentarse a su lado, seguir de pie o cerrar los ojos y hacer como si nada estuviera pasando.

Ambos, cabe destacar, ignoraban mi presencia. Y no sé si adrede. Mi familia nunca fue una familia donde las mujeres tuvieran un peso importante, pero eso no lo sabía aún. Era adolescente y todo mi mundo había girado en torno a cosas tan simples como las rosas de nuestro pequeño jardín, cuándo y cómo sería mi primer beso, recoger la limosna en la misa de los domingos y visitar a mis abuelos los viernes por la tarde. Nada más. No tenía aficiones, ni preocupaciones, ni esperanzas, ni nada. Vivía la vida de una jovencita normal de clase media baja, sin grandes sobresaltos.

Pero el deceso temprano de mi único hermano, quien se suponía iba a estudiar, a graduarse, a aliviar un poco nuestra situación económica -que a veces era precaria- cuando consiguiera su primer trabajo; cambió los planes de nuestras vidas. Bueno, yo no tenía ningún plan a esa edad, reitero. Siempre me quedó la duda de si Lucas hubiera aceptado esa vida que nuestros padres habían trazado tan meticulosamente para él y nosotros.

Mamá estuvo dos días en su cama, encerrada en su cuarto, para darle más dramatismo a la pérdida. Papá durmió en la salita, como pudo, en el sofá verde. Al no tener qué comer, dado el estado de depresión autoimpuesta de mamá, tuve que llamar a mis tías, para que vinieran en mi auxilio. Yo tenía hambre y todavía no sabía cocinar. Limpiar sí, porque mamá me obligaba, pero cocinar aún no era algo que me hubieran enseñado.

Mis tías se encargaron de poner un poco de orden, dentro del caos posterior al funeral. La noche antes de que regresaran a sus respectivas casas, no sé cuál de las dos hizo le hizo la observación fatal a mamá: ‘’Te queda esta hija. Tienes que cuidarla’’. Mamá parpadeó y fue como si la sola idea de cuidar de alguien inútil para ella, la hubiera sacudido desde la profundidad de sus entrañas. Me miró como quien mira a un objeto desconocido, nuevo, llamativo. ‘’Es ella quien tendrá que encargarse de nosotros. Iba a hacerlo Lucas’’.

Así que de esa forma, mi mamá, con el silencio aprobador de papá, decidió mi presente y mi futuro: tendría que cuidar de ellos hasta su muerte, que pudiera sobrevenir pronto, dado el grado de tristeza insoportable que los aplastaba. Más a ella que a él, claro.

Yo había pensado en estudiar, al terminar el colegio. No era una decisión muy firme, porque básicamente no sabía para qué era buena, pero quería saber qué era estudiar en una universidad, y no hacer un cursito tonto en cualquier academia, sino tener una carrera, un diploma y diferenciarme del resto de las mujeres florero de mi propia familia. A veces fantaseaba con eso.

Creía que una vez que llegara a la universidad, seguro encontraría un novio y me casaría con ese novio. Y tendríamos hijos. Era ese el orden natural de la vida, ¿no? O al menos es lo que decían mis amigas. Me gustaba imaginarme por momentos las caras de mis padres cuando me graduara de…lo que fuera, y llegara a casa con mi diploma en mano.

‘’Te quedarás con nosotros’’ sentenció mamá esa noche, cuando entró a mi cuarto para darme las buenas noches, cosa que hacía mucho tiempo no pasaba. Yo estaba peinándome, parada frente al espejo, cuando ella entró, un tanto menos demacrada que los días anteriores y con un brillito diferente en la mirada.

Se fue acercando lentamente. Apoyó sus huesudas manos en mis hombros y me quitó con delicadeza el cepillo, para entonces continuar lo que yo estaba haciendo: peinarme. Cuando dio por terminada la sesión, me devolvió el cepillo y dijo: ‘’Sabes hija, tu papá y yo sabemos que serás muy buena compañía. Nuestra compañía. Terminarás el colegio y te quedarás en casa, aquí con nosotros. Hay que limpiar, cocinar, lavar, planchar. Hay mucho que hacer, todos los días’’. Siguió enumerando la cantidad increíble de faenas hogareñas a las que debía consagrar mi vida, justo ahora que el destino nos había jugado una mala pasada y nos había dejado sin Lucas. Malísima, en realidad.

Invertir en mí, en mi futuro nada promisorio según mis padres, no era algo que estuviera en sus cabezas. Ni siquiera creo que la muerte de mi único hermano tuviera algo que ver. Creo que, al no existir yo para ellos, no había nada pensado, ni hecho, ni planeado. Por tanto, al recordar que yo existía, me movía y pensaba, como cualquier otra persona medianamente normal, me había puesto en la mira de sus vidas.

Ahora contaban con alguien que se ocuparía de ellos en su presente, en su vejez y decrepitud, enfermedad, etc. Yo estaba ahí no para ser su hija, la que quedó, sino para servirles. Así de simple. Ahora lo puedo decir abiertamente. Me llevó un tiempo asimilarlo.
Adiós a mi carrera universitaria, al novio con el que me casaría y tendría hijos, a la rutina de una vida en familia, de una vida gris, tal vez, o llena de colores, luces y matices. Adiós a todo lo poco que pude haber deseado en algún punto.

Esa noche, cuando mamá me confió sus magníficos planes de sacrificio, no pude dormir. Estuve dando vueltas en la cama. Me levantaba, me asomaba a la ventana, volvía a la cama. Así durante horas, hasta que el sueño me venció. No rendí nada en el colegio al día siguiente. Estaba como ausente. Pensaba sólo en el terrible futuro que se presentaba ante mí y que venía como una boa, lenta y peligrosamente, a engullirme. Y yo no podía hacer nada. Mi deber de señorita era quedarme al lado de mis padres, porque ellos en algún momento, iban a necesitarme.

Justo el día que terminé el bachillerato, dos años después de la muerte de Lucas, esperé a que papá llegara del trabajo y seria le dije que tenía que hablar con él y con mamá. Respiré hondo, muy hondo y les dije que quería ser monja. ‘’Tomar los hábitos’’ fue la expresión exacta que usé. Papá sonrió tímidamente, como siempre. Miró a mamá y quiso decir algo, pero nunca se atrevió.

Mamá se me quedó mirando, como escrutando mi rostro para encontrar algún punto de quiebre para desbaratarme la mentira, pero no lo encontró. Yo llevaba dos años ensayando el momento en el que les comunicaba a todos (mis padres, las monjas de mi colegio de segunda) mi decisión de dejar el mundo material y entregarme al espiritual.

Yo creo, y digo ‘creo’ porque nunca lo constaté, era sólo una sospecha, que cuando me preguntaban si estaba realmente segura de lo que quería, porque era joven, muy joven, e inexperta, yo mantenía la mirada y respondía sin vacilaciones: ‘’Tan segura como el aire que respiro’’. Esa frase, pequeño extracto de una canción lastimera que cantábamos en la misa de los lunes en el cole, le daba toda la solemnidad a mi respuesta. Pero toda la que justo necesitaba.

Era un cambio de prisiones, en realidad. Y lo tenía claro. De una reclusión a otra, pero con ciertos beneficios que no tendría en la prisión familiar. Podía intentar ser yo, un poco. Aunque no sabía qué significaba serlo, de todas formas. Y cuando mis padres murieran, yo dejaría los hábitos, como quien deja una maleta vieja olvidada en algún rincón de su propia casa e intentaría tener una vida. No sé cuál, pero la tendría.

Dada la religiosidad extrema y el pensamiento conservador de mis papás, mi plan de entrar al convento tuvo un éxito increíble. Fui una novicia ejemplar, obediente, tranquila. Cuando tomé los hábitos en serio, me despedí de mi mamá como quien se despide de alguien lejano. No la abracé. A papá sí. Le esperaba un largo camino junto a mi madre en soledad. Sin Lucas y sin mí, aunque yo no importase mucho.

Traté de seguir al pie de la letra mi nueva vida de obediencia, rectitud y demás virtudes. Pero eso sí: no dejé ni un momento de abrazar las únicas tinieblas que me descubrí y por eso rezaba un rosario todas las noches, arrodillada, por la pronta desaparición de mis padres. Así yo podía dejar la farsa, quitarme el hábito, bajarme del escenario y decir ‘’señores, se acabó la función’’. Sin embargo, fieles a sus ganas de no morirse para estropear los únicos planes de mi vida, mis padres sobrevivieron a las suyas durante años sin término. Ambos murieron nonagenarios, con pocos días de diferencia, tranquilos, en su cama, sin grandes aspavientos. Y ahora reposan al lado de Lucas.

Me fui acostumbrando a la rutina del convento. Me adapté fácilmente, debo decir. Llegué a pensar que me costaría, pero no. Todos mis años aquí me fueron templando y despojando de las ganas de no sé qué, como una florecita que va perdiendo sus pétalos, conforme pasa el tiempo.

No me quejo. Ahora está de moda decir que ‘’hay que dejarse llevar’’ y fue justamente lo que hice, muchos años antes de que esa tendencia new age o lo que sea, se pusiera de moda y todos estuvieran buscando lo que nunca habían perdido.

Quise hacer una revolución y me quedé en la promesa de hacerla: cambié una prisión por otra, siempre con el pensamiento, que no la esperanza, de que mis padres decidieran liberarme. Nunca fui adicta a los escándalos ni a hacerme la víctima, papel que había acaparado mi mamá por mucho tiempo; por eso, aguanté y aguanté. Y aún aguanto.