17 agosto 2026

El inventario



Cuando el río comenzó a retirarse, nadie habló de sequía.

Hablaron de un inventario.

Primero apareció una bicicleta. Después una campana de iglesia. Más tarde, cientos de botellas alineadas como si alguien hubiera querido embotellar el tiempo.

Los arqueólogos llegaron con pinceles. Los periodistas, con drones. Los curiosos, con bolsas.

Hasta que una mañana apareció una puerta.

Estaba de pie, clavada en el barro, sin paredes que la sostuvieran. Vieja, de madera oscura, con un picaporte de bronce que brillaba como recién pulido.

Los especialistas concluyeron que pertenecía a una casa desaparecida años, muchos, atrás.

Nadie intentó abrirla.

Excepto Elías.

Empujó apenas el picaporte.

Del otro lado no había habitación.

Había agua.

No un río. Otro.

Silencioso. Inmóvil. Negro.

Y, flotando sobre la superficie, miles de objetos que todavía no habían sido encontrados.

Entre ellos reconoció una valija amarilla, un reloj de pared y un zapato de niño.

No sabía de quién eran.

Entonces vio las botas.

Las mismas que llevaba puestas.

Flotaban juntas, perfectamente derechas, como si unos pies invisibles todavía las calzaran.

Elías bajó la mirada.

Sus botas seguían allí, hundidas en el barro.

Cuando volvió a mirar el agua, algo había aparecido junto a ellas.

Un manojo de llaves.

Metió la mano en el bolsillo por puro reflejo.

Vacío.

Las llaves de su casa flotaban ahora junto a sus botas.

Y detrás de ellas, lentamente, comenzaba a emerger una bicicleta.

Era la misma que había encontrado el río tres días antes.

Elías cerró la puerta de golpe.

Al día siguiente volvió con las autoridades.

Pero la puerta ya no estaba.

Solo quedó el barro.

Y desde entonces, cada vez que el nivel del río desciende un poco más, alguien desaparece durante unas horas.

No deja huellas.

No deja recuerdos.

Pero siempre regresa.

Siempre con las botas limpias.

Nunca cuenta qué encontró.

Pero si el río devuelve algo, no lo reclames.

Porque si lo haces, de alguna manera imposible, el río ya terminó de recordarte y el

mundo, entonces, comenzó a olvidarte.


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