27 junio 2009

Ya nada es como antes


Discretamente posicionado en la computadora de siempre, observa a las chicas que van llegando. Esa noche, la mayoría son jovencitas ruidosas, salidas en serie: el mismo maquillaje, los mismos rasgos, la misma vestimenta, el mismo ruido. Huecas. No le interesan tan menores. ¿De qué hablarían? Un mohín de desagrado cruza su rostro, cierra los ojos para imaginarse la escena y cuando los abre la ve, delante del mostrador, esperando ser atendida. La estudia con detenimiento: es, por encima de todo, estilizada. La elegancia de sus movimientos no resguarda el huracán de su carácter, que se le nota a lo lejos. Se acomoda los lentes para observarla mejor. Decidida, temperamental como los rizos de la corta y traviesa cabellera, indetenible, a juzgar por la insistencia con que exige una computadora.


Cuando al fin el empleado la atiende, le asigna una máquina cercana a la suya. El corazón se le acelera cuando la ve acercarse. ‘’Milagro’’, piensa. Cuando ella se aproxima, él agacha la cabeza, como buscando algo en el gastado maletín de cuero, la mira de reojo, con todo el disimulo del mundo. Le detalla el anillo de mariposa en el dedo del medio cuando se coloca los audífonos para escuchar música. Le cuenta los parpadeos de sus ojos marrones. Le recorre el perfil caucásico con la mirada palmo a palmo. Por fin una chica interesante en medio de tantas jovencitas vacías. Respira hondo.


Saca una hojita de papel del maletín. Escribe con pausas el mismo mensaje de siempre. Tiempo sin hacerlo. Se siente raro, pero prosigue. Cierra su correo y el messenger. Se levanta de la silla con calma mientras sopesa sus movimientos. Su mano izquierda está aferrada al maletín, mientras la derecha, que tiembla delicadamente, sostiene el papelito. Se va aproximando hasta donde está la chica. Se detiene a su lado y le extiende la pequeña misiva. Ella no se ha dado cuenta de su presencia. Son segundos aterradores para él. Se acerca un poco más, aún con el papel en la mano. La chica lo ve extrañada, sin entender la escena. El humor del sudor del cuerpo del hombre la envuelve y asquea. Él dice, con su voz ronca y pesada: ‘’da para charlar’’.‘’¿Qué?’’ le dice y lo mira con una mezcla de desprecio y estupor, al tiempo que se quita los audífonos.‘’Da para charlar’’, repite. Y le deja el papelito en la mesa.La chica lee la nota, la arruga y la tira al piso. Bufa y el desprecio en su mirada aumenta. ‘’Vete a la mierda’’ masculla y se coloca de nuevo los audífonos. Petrificado por la respuesta, retrocede. Se da la vuelta y se retira, llevándose su voz ronca, pesada, su olor acre. Paga la hora de internet en el mostrador y huye, como casi siempre que pone la vida en una misiva a una desconocida. La chica lo observa por última vez. ‘’Patético’’, piensa. ‘’Ya no hay hombres como los de antes’’ y se pierde de nuevo en su propio mundo.

10 mayo 2009

Tal vez




Todas las mañanas y antes de subirse en el autobús que la lleva a su trabajo, Adri se detiene en la misma esquina, de frente a la misma ventana del tercer piso. Detrás de esa ventana, Fer la observa entre somnoliento y alerta. Enciende un cigarrillo al tiempo que dibuja con el índice la silueta de Adri en el vidrio de la ventana. Ella se muestra impasible, pero por dentro todo se agita: el corazón late de prisa, la sangre hierve y le quema las venas, se altera el metabolismo momentáneamente.
El viento frío de la mañana revuelve los rizos de Adri y Fer recuerda cada una de las veces que hundió sus dedos en ellos. Respira hondo y da una larga pitada al cigarrillo. Deben restar cinco minutos a lo sumo.
Adri no quita la vista de la ventana. Observa aquel dedo que recorre su cuerpo, siente aquellas manos enredadas en sus rizos, huele el pesado olor de aquel cigarrillo.
Última pitada. Fer coloca su mano sobre el vidrio. Llegó la hora de despedir a Adri. Desde la acera, ella levanta el brazo y abre la mano para despedirse de Fer. Sus manos se entrelazan sin tocarse y sin embargo, ambos sienten el contacto de cada una de las yemas de sus dedos, las uñas, las suaves palmas.
Tal vez se vean esa noche, tal vez no. No es ella quien decide el ritmo de los encuentros, la frecuencia del amor. Sólo se entrega. Las reglas estuvieron claras desde el principio en ese juego clandestino de citas furtivas. Tal vez algún día su suerte cambie, tal vez…

06 febrero 2009


Un ruido de pisadas.

No reconozco las tuyas.

No vienes aún, pero te espero.

‘’Veo el monstruo mecánico que traga gente’’, escribo en el celular. Te mando el mensaje.‘’¿Le tienes miedo?’’, respondes.‘’Sí. Pudiera tragarme y entonces nunca llegaría a nuestro encuentro’’.‘’Entonces retrocede. En algún momento llego’’.

Y empecé a retroceder por las escaleras mecánicas.

Un duelo: ellas bajaban, yo subía.

Otro ruido de pisadas y algunos gritos:‘’¡Señorita, deténgase! ¡Baje ya!’’

Llego lo suficientemente alto para tener tiempo de escribirte de nuevo. Desciendo. Me ven desde abajo, furiosos:‘’Me van a regañar y aún no vienes’’.‘’Asciende. Es arriba que te espero’’.

Apago el celular. Veo a los agentes de seguridad del metro esperándome. Una multa segura. A tu encuentro no llego.

Prefiero no verte y quedarme esperándote para siempre.


Foto cortesía de Carlos Briceño:

16 enero 2009

Fantasmas


No hay nadie. El pasillo de la estación luce desolado, frío, silencioso. La chica se detiene en medio. No hay nadie y sin embargo, ve gente. La tropiezan ‘’perdão, minha senhora’’, le piden cigarrillos ‘’eu não fumo’’, monedas ‘’ajude-me! Tenho uma família que alimentar!’’. Oye voces, pasos, huele sudores ajenos, celulares sonando.No hay nadie y sin embargo, siente su mano aferrada a la de Martin. Lo mira. Lo siente. Lo ve inclinarse y sentir su mano rozando su rostro. Lo ve sonreírle y decirle, con aquella voz de trueno, ‘’you look afraid’’, ‘’I am’’, dice en voz alta y las palabras rebotan contra el silencio de la estación.

Avanza unos pasos. El último tren de la noche no trae pasajeros y sin embargo, escucha pisadas, un tropel de gente sube agitada las escaleras, caminan rápido hacia la salida. Se hace a un lado, se apoya contra el pasamanos que lleva a la salida. Logra sentir como la empujan, Martin la protege entre sus brazos de gigante, el mundo detiene su frenético ritmo, se abandona, cierra los ojos, nada malo puede pasarle si permanece en aquel abrazo. Abre los ojos. El pasillo de la estación sigue luciendo desolado, frío, silencioso. Sabe que está sola, pero eternamente acompañada de sus propios fantasmas.

Foto cortesía de Carlos Briceño: http://www.flickr.com/photos/16728062@N00/

15 enero 2009

Ceguera


Ciego. No sé si de nacimiento o debido a algún traumatismo o enfermedad. El detalle es que era ciego. Pedía dinero en el metro. Me lo encontraba en todos los vagones, en todas las líneas, a toda hora. ''Uma moedinha para este ceguinho, se faz favor'' era su cántico. Me sorprendía siempre su mirada azul sin vida. Arrastraba los pies, hacía sonar ruidosamente su bastón e iba tropezándose con la gente. No tendría más de 50 años, pero sus ademanes de anciano prematuro, hacían que pareciese derrotado y abandonado.


11pm. Último metro. El ciego en el mismo vagón que yo. Mis índices de curiosidad crecían a pasos agigantados. ''Próxima estaçao: Chiado'' y como si tuviera un resorte, se transforma, se yergue en toda su estatura, se dirige sin vacilar a la puerta del vagón y sale velozmente y empieza a subir frenéticamente las escaleras. Yo lo sigo, también frenéticamente. Sale a la calle y sin ayuda del bastón, empieza a caminar aún más deprisa. Yo lo persigo casi corriendo. El ciego camina muy velozmente y se mete por estrechos callejones oscuros que no aparecen en los mapas. Al final de una calle pequeña, se detiene enfrente de una puerta, saca las llaves de su bolso y sin vacilar abre la puerta y la transformación va teniendo lugar: el ciego se encorva, es de nuevo un anciano prematuro, derrotado y triste y así entra a la casa, su casa. En la esquina me quedo un rato, viendo como las luces de esa casas misteriosa se van apagando lentamente.
Foto cortesía de: José María Pérez-http://www.flickr.com/photos/jmpznz/

07 agosto 2008

El pacto


El sol caía suavemente sobre la tarde y empezaba su danza entre los árboles para crear sombras.''Te dije que me iría cuando me aburriera''. Él tembló, casi imperceptiblemente, pero ella, acostumbrada a crear terremotos ajenos, notó su nerviosismo. Le sonrió y parpadeó lentamente.''Y tú dijiste que ser así, como yo era- significaba un peligro muy grande para ambos''. Encendió un cigarrillo y aspiró hondo. Liberó el humo suavemente al tiempo que lo observaba desvanecerse en el aire frío de la tarde. ''Pero me olvidé de decirte que si quieres me quedo o te llevo adonde me lleve el viento. En realidad, yo quisera estar contigo, en donde el mundo nos alcance. ¿Pactamos?'' y tomó su mano, lo miró de nuevo y notó que los temblores habían cesado...

18 julio 2008

Sin rastros


Ana Emilia espera pacientemente sentada a que Eduardo baje. La sala, aún desprovista de muebles, luce enorme, incluso el silencio produce eco. Ana Emilia la va decorando mentalmente: un gran sofá ocre y dos sillones de colores tal vez dieran un buen resultado; no puede faltar el piano y tampoco cortinas en los amplios ventanales. Sonríe. ‘’Cuando regresemos de viaje’’ dice y la frase se repite en la sala.

Se levanta, revisa una vez más las maletas en la entrada y se dirige a la escalera. ‘’Eduardo’’, dice con calma. ‘’¿Por qué tardas tanto?’’ y se queda parada , tranquila en la escalera. Transcurren algunos minutos. ‘’¡Vamos a perder el vuelo!’’ dice burlonamente y empieza a subir pausadamente uno a uno los escalones. ‘’Eduardo, ¿qué haces?’’, dice y se detiene a la mitad. ‘’¡Baja ya!’’. Nadie responde. Sus palabras resuenan en las escaleras, pero Eduardo no aparece.

Ana Emilia sube y abre la puerta del dormitorio: la ropa de viaje de Eduardo yace en la cama, tal cual ella la había dejado. La puerta del baño cerrada. Se acerca y toca: ‘’¿pasa algo?’’. No obtiene respuesta. La abre lentamente. Está vacío. Eduardo tampoco está ahí.

Perpleja, Ana Emilia sale del cuarto y va abriendo una a una las puertas de las otras habitaciones vacías. Eduardo no se encuentra en ninguna de ellas. ‘’¿A qué estamos jugando, Edu? Vamos a perder el vuelo’’, dice en voz alta.

Desciende de prisa por las escaleras y llega hasta la cocina, recorre el comedor, el pasillo, abre la puerta que da al jardín, corre hasta el garaje. ‘’¡Eduardo!’’, grita al borde de la piscina vacía. ‘’¡Me estoy cansando! ¡Ya no quiero jugar más!’’, pero Eduardo no aparece, no responde.

Ana Emilia vuelve a recorrer el amplio jardín y llega hasta la entrada principal. Abre la puerta y sólo oye su propia respiración jadeante. La inmensa casa está vacía, sumida en el eco que producen sus pasos. No hay señales de Eduardo. Todas sus cosas permanecen en el mismo sitio donde las dejó, sus documentos personales, anteojos, llaves, todo, absolutamente todo permanece en su mismo sitio.