17 abril 2010

Un cuento sin pretensiones



Para los tantos lectores que pidieron un cuento así.



El amplio auditorio luce atestado de gente. Hay ruido, gente que habla tal vez demasiado alto y una horrible música de fondo que en vez de tranquilizar, altera.
La chica lleva cerca de 20 minutos sentada en la misma posición: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, mientras que el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón. Así de inmóvil espera a que la obra comience o que él aparezca. Lo que ocurra primero dependerá ya del propio destino.
Mientras, en la entrada, él permanece en la fila. Espera por el acomodador para que le indique su asiento. Tiene aproximadamente unas 20 personas por delante que no cesan de hablar. Tanto ruido y él tan intolerante. Si no hubiera sido porque quería ver a la chica, no se hubiera sometido a esa tortura. Detesta el bullicio, las aglomeraciones, el sólo hecho de salir de la comodidad de su casa.
Aguarda sin ganas. Sólo hay un acomodador, lo que hace más lento todo el proceso. 19, 18, 15 personas por delante. Sigue descontando gente a medida que se acorta la distancia entre él y la entrada. 14,12, 9 personas por delante. Respira hondo y cierra los ojos por segundos. Cuando los abre, una fuerte oleada de aburrimiento con hastío lo inunda. ‘’Ya llego’’, dice en voz baja. Sólo queda una persona por delante. Cuando finalmente llega su turno, no espera a ser conducido por el acomodador. ´´Sé muy bien donde queda mi asiento´´, miente y camina veloz en busca de la chica, que lo espera sentada en la misma posición que hace 40 minutos. Recorre las hileras de asientos hasta hallarla. Cuando la encuentra, se detiene a pocos pasos detrás de ella. La contempla: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón; los rizos disparejos caen blandamente sobre la espalda, la cintura estrecha, las angostas caderas. Se acerca lo suficiente hasta posar su mano en el hombro derecho de la muchacha, se agacha y susurra en su oído: ´´Aquí estoy’’. Ella inclina la cabeza y atrapa por segundos aquella mano entre su cuello y su hombro. Levanta la vista y lo observa: pálido, aburrido y hastiado es su primera lectura. Dulce, tranquilo y tímido la segunda, que es la que más le gusta cuando se ven. Él se sienta a su lado y la abraza. Ella se hunde, como tantas otras veces, en aquellos brazos. ´´Pensé que no vendrías´´, confiesa y lo besa, primero en la mejilla, después en los labios. ´´Casi no´´, replica y esboza una media sonrisa.
Las luces del auditorio se van apagando lentamente. La pareja se acomoda en sus asientos, entrelazan sus manos y se disponen, como muchas otras veces, a disfrutar de la función.

26 marzo 2010

En caso de emergencia


Aletargada en el desvencijado sofá de la sala, la chica mira televisión. Hace ‘’zapping’’ por todos los canales. Ningún programa la atrapa más de tres minutos. Bosteza. El reloj marca las 9:30pm. Tiene hambre, sí, pero también mucha pereza de ir hasta la cocina a prepararse algo. Bosteza nuevamente. Apaga la televisión y justo cuando decide ponerse a leer un libro cualquiera, el conocido bip-bip del celular anuncia que llegó un mensaje. ´´Panquecas en mi casa a las 10. Habrá helado también, a pesar de este frío’’. La chica sonríe. Responde en el acto: ‘’¡Allá voy!’’. Se anima inmediatamente: panquecas, seguramente acompañadas de chocolate caliente, jalea o crema chantilly y helado. Delicia. Se cambia de ropa y se abriga bien. Sale de casa. En escasos 10 minutos camina las 12 cuadras que separan su apartamento del de él. Toca el timbre: 4to B. ‘’¿Quién es?’’ pregunta la tan familiar voz. ‘’Tu invitada interestelar’’ responde ella. ‘’¡Ah! ¡Volaste! ¡Todo por una panqueca!. Ya bajo’’ y lo oye reír. El viento frío la hace tiritar. Se esconde aún más en el abrigo azul que le llega a los tobillos. Él demora cinco exactos minutos en bajar. La observa. Se ve tan pequeña y más ahora en invierno. Le sonríe tiernamente y le abre la puerta. ‘’¡Casi me congelo!’’ le espeta y apoya la cabeza en su pecho. ‘’Exagerada. Tardé cinco minutos solamente’’ y la abraza fuerte, como si quisiera transmitirle el calor de su cuerpo de gigante. En cuanto suben por las escaleras, él le informa de los otros invitados: Mauro, el chico que trabaja con él y Otto, el que se mudó hace poco a la habitación con vista al parque. ‘’Afortunado ese chico’’ dice ella. ‘’Tiene la mejor vista del mundo’’. ‘’Sí, es cierto’’, concuerda él. Al llegar al departamento, él se dirige a la cocina y ella se queda el tiempo necesario en la sala para sacarse el abrigo, los guantes, la bufanda. ‘’Maldito invierno’’ bufa y se contempla en el espejo: se ve pálida y delgada e incluso con ojeras. ‘’Debí haberme maquillado’’ piensa y suspira. Se encamina a la cocina y abre sigilosamente la puerta: él está ya haciendo más mezclas para panquecas; Mauro fuma en la ventana y la saluda con una leve inclinación de cabeza y un ‘’hey’’ agringado y soso; sentado en la mesa, con los platos listos para ser servidos, está Otto. Ella lo detalla de inmediato: el cabello casi ralo le acentúa los duros rasgos; los ojos verdes serpiente le dan un aire aún más frío y la boca de labios finos denota las mil posibilidades de malicia que encierra su alma. Sin embargo, ella lo observa más de una vez. Es un tipo realmente hipnótico. Le extiende la mano y se presenta. Otto hace lo mismo, sólo que retiene entre sus manos la de ella, por varios segundos, un tanto eternos. ‘’Un placer’’ y de aquella boca maliciosa emana una voz gruesa que se oiría a miles de kilómetros incluso si hablara en voz baja. ‘’¿Qué tal tu habitación?’’ Tienes la mejor vista del mundo’’ y se sienta enfrente de Otto. ‘’No está mal. He visto cosas mejores’’ respondió arrogante. Ella le sonrió inocente, como si esa respuesta antipática no hubiera nunca existido.
Mientras, Otto la observaba. Notó aún antes de que le diera la mano, que tenía dedos largos y finos; notó también el caudal de su cabello mal contenido. Le agradaron sus ojos oscuros y el tono aceitunado de su piel. Pero por encima de todo, le gustó su actitud dulce y contemplativa, como si estuviera siempre fuera del mundo y al que volvía solo de vez en vez.
‘’Ya están listas’’ anunció él triunfante. ‘’¡A comer, chicos!’’ y le sirvió a cada uno las porciones convenidas. Los cuatro se enredaron en una amena charla que se prolongó hasta un poco más allá de las 2:00am. Mauro fue el primero en acusar recibo del cansancio de un día de trabajo, se despidió de todos y ofreció llevarla hasta su casa, para que no se congelara en el camino de regreso. Sin embargo, él se adelantó a la respuesta de la chica y dijo: ‘’Esta chiquilla se queda hoy en casa. Duerme en mi cuarto y yo en la sala’’ y le acarició la coronilla con su mano de gigante. ‘’Bueno’’ dijo ella y sonrió con la misma sonrisa tierna de veces anteriores. Cuando él bajó a acompañar a Mauro hasta la puerta, Otto se quedó a solas en la cocina con ella. ‘’¿Qué conoces de la ciudad?’’ le preguntó y Otto, de nuevo, respondió antipáticamente, aunque ya se había dado cuenta de que ella era inmune al sarcasmo, la ironía o el cinismo, rasgos tan presentes en su propio carácter. ‘’Lo que tengo que ver de aquí, ya lo vi. No es la gran cosa. No creo estarme perdiendo de nada’’ y sus ojos de serpiente centellearon. Ella lo miró y negó con la cabeza: ‘’Esta ciudad es un tesoro en sí misma. Tiene lugares mágicos’’ y le fue enumerando todos los sitios que le parecían fantásticos. Otto no prestaba atención al relato, sino a la forma como ella gesticulaba, a su tono de voz de confidencias, al brillo de encanto de sus oscuros ojos y a su sonrisa dulce. Siempre pensó que las personas ingenuas eran un invento de las mentes febriles de escritores aún más febriles, pero estaba justo enfrente de una y era definitivamente real la suavidad y ensoñación de su carácter. ‘’Tienes que ir al parque…se levanta sobre…hay nubes…y al atardecer, puedes ver…’’ pedazos de monólogo le quedaron el tiempo suficiente para soltarle un ‘’llévame’’. En ese momento, abrió él la puerta y preguntó burlón: ‘’¿Adónde?’’. Ella sonrió y contestó: ‘’Al Parque Eduardo VII, para que vea el ballet de nubes al atardecer’’. Él rió y le dijo risueño: ‘’¡En una nube estás tú siempre!’’, la besó en la frente y continuó: ‘’Chicos, con su permiso, el cocinero se retira a su sala de dormir’’ e hizo una reverencia y los dejó de nuevo solos, frente a frente. Ella lo observó una vez más y después de una prolongada pausa, le dijo: ‘’También me voy a dormir. Si quieres, vamos un día de estos al parque’’ y antes de que Otto pudiera responder, ella ya se había levantado y dirigido al cuarto. Justo cuando iba a cerrar la puerta, Otto colocó su mano para evitar que se cerrara: ‘’Quiero ir mañana mismo. ¿Cómo hacemos?’’ y sus ojos de serpiente titilaron ansiosos. ‘’Uhmm’’ vaciló ella. ‘’Dame tu número’’, ordenó y ella apoyó la cabeza en la puerta entreabierta, le sonrió y le dijo: ‘’Solo doy mi número en caso de emergencia o desastres naturales’’ y fue cerrando lentamente la puerta. Cuando la cerró del todo, lo oyó susurrar: ‘’Entonces mucho me temo que tendré que crear un terremoto pronto’’ y toda la casa quedó finalmente en silencio.

21 febrero 2010

Nos marchitamos

















''Ven temprano'', le dijo, ''no tengo ganas de esperarte´´. Él acató la orden y salió antes para llegar a tiempo al encuentro, pero cuando se presentó en casa de la chica, ya ella se había marchitado de la impaciencia.

30 enero 2010

Jamás












Puede divisar la casa desde la esquina: la pintura ya no tan blanca que falta sobre todo en el lado izquierdo, las rejas grises descascaradas, el número ''4'' pintado a mano, casi a punto de borrarse del todo. Respira profundo y agarra la maleta más firmemente. Se aproxima unos pasos más, hasta quedar casi enfrente de la casa. La observa completamente. De nada basta recordar los días felices e infelices que vivió en esa casa, la que fue su casa.

Una vez más, recorre con la vista la estructura. Parece desgastada, abandonada, como si Clara no viviera más allí; sin embargo, ahí está, regando las mismas plantas, barriendo las mismas hojas, saludando a los mismos vecinos. Todo exactamente igual, como si no hubieran pasado 11 años. Atraviesa la calle y se detiene enfrente de la puerta. Apoya la mano sobre el timbre. Respira profundo de nuevo. Exhala.

Clara lo vio llegar desde siempre, así que no le sorprendió verlo detenido en la esquina de su casa. Siguió todos sus movimientos, primero desde el balcón y después protegida por la persiana de su cuarto. Lo vio acercarse, aferrado a la maleta, sopesando sus pasos. Había cambiado. No precisamente envejecido, pero definitivamente cambiado. Hizo sonar el timbre tres veces, como acostumbraba a hacer. Clara contó cinco minutos antes de verificar que la impaciencia lo devoraría como siempre y haría sonar el timbre tres veces más, con toques más cortos y enfáticos. Se recogió el cabello en una cola impecable, bajó con lentitud las escaleras, se dirigió a la ventana para enfrentarlo. Su rostro no mostró ninguna emoción. Él, por su parte, se quedó sorprendido al verla: no era la misma mujer que había abandonado 11 años atrás. Esta Clara, separada tan solo por la reja de entrada de la casa, tenía aires nuevos, una determinación feroz en sus otrora tranquilos ojos verdes. ''Hola, Clara'', dijo y su propia voz le sonó irreal. Ella contó 10 exactos segundos para responderle un ''hola'' seco y parco. ''¿Puedo pasar?'' preguntó, aunque se sintió a sí mismo implorando. Clara se dirigió a la puerta, abrió la reja y lo dejó pasar. Lo observó y pudo escucharlo de nuevo gritando, 11 años atrás: ''¡Yo a esta casa no regreso jamás!''.
Un silencio helado se instaló entre los dos. Sentados frente a frente, se observaban. ''¿Café?'' preguntó ella. ''Sí, por favor'', respondió e intentó esbozar una sonrisa, tal vez la misma que tanto la cautivaba antes. No obtuvo ningún resultado. Ningún músculo en la cara de Clara se alteró. Al cabo de unos minutos, respondió: ''Voy a prepararlo entonces, ya vengo" y se levantó en dirección a la cocina. ''Te acompaño'' dijo él, pero ella le dio la espalda y soltó un gélido: ''No es necesario'' y siguió hasta la cocina. Él se detuvo en seco, desconcertado. Respiró profundo. Recorrió con la vista la sala: los muebles conservaban el mismo tono mustio de una época indefinida; los cuadros seguían ocupando sus mismos lugares (la naturaleza muerta parecía más muerta que nunca, los caballos lo miraban con la misma expresión cansada de siempre y el paisaje holandés lucía igual de lúgubre que siempre). Se sentó y empezó a ordenar sus pensamientos y la forma cómo los pondría en palabras. Fue armando mentalmente el discurso de manera que sonara natural, pero el rico olor del café lo distrajo. Unos minutos más tarde, Clara reapareció en la sala, con dos grandes tazas de café. Le acercó una y se sentó enfrente de él. Lo observaba mientras revolvía el azúcar en su taza. Pudo oírlo gritar, a las 4:15 de aquella tarde nefasta:''¡Yo a esta casa no regreso jamás!, ¿me oíste? ¡jamás!'' y ahora lo tenía sentado justo enfrente de ella. ¿Dónde había quedado el ''jamás?''.
Él elogió el café y trató de armar una conversación para romper el iceberg entre ambos. Pero Clara lo observaba en silencio, sin responder, con la taza de café humeante en las manos. ¿A qué viniste? le preguntó y las palabras lo golpearon una a una. Dejó la taza sobre la mesa y respondió: ''Me estoy divorciando'', explicó y bajó la mirada. ''Tuve que dejarle todo, incluso el apartamento y...no tengo adónde ir''. Todo el discurso que había preparado mentalmente se vino abajo y dejó escapar todas las palabras represadas que se derramaron en oleadas por toda la sala. Clara escuchaba y solo se quedaba con algunas: ''fracaso...nunca debí irme de tu lado...no tengo adónde ir...me quedé sin trabajo...te amé mucho Clara...sé que no lo merezco...''. Y la frase final, que terminó de cerrar toda la confesión: ''¿Puedo vivir aquí un tiempo, por favor?''. Clara sorbió el café, ahora frío. Se entretuvo unos instantes contemplando la imagen que le devolvía su reflejo en el líquido y como reflejos también, los recuerdos se sucedían iguales de borrosos e inexactos. Levantó la mirada y lo observó una vez más. No vaciló ni un instante cuando se levantó, dejó la taza en la mesa y le dijo con voz firme: ''El cuarto del fondo está desocupado desde hace años. Puedes quedarte ahí el tiempo que sea necesario''. Él reunió fuerzas y logró musitar un ''gracias'' endeble y triste. Clara le hizo un ademán para que la siguiera hasta el cuarto. Le indicó donde tenía las cosas, por si acaso lo había olvidado: el armario ocre, la pequeña cómoda, la ropa de cama. Abrió la ventanita que daba al jardín interno y un viento benévolo y fresco corrió travieso por todo el cuarto.
''Ponte cómodo'', le dijo, ''estás en mi casa'' y al retirarse, lo dejó solo con sus pensamientos.

05 enero 2010

Oscuros cabellos




Sentada en medio de las escaleras del parque, la chica espera. Lo espera. El viento es frío y a veces agita su oscura cabellera, que esconde a ratos su rostro. Observa cuidadosamente a los que van entrando al parque: ninguno se parece a su chico. La gente le pasa por los lados, pero ella no se inmuta, ni siquiera cuando el viento le revuelve la melena.
Los guardias de seguridad la han estado vigilando desde que llegó. Le han tomado el tiempo desde que se quedó inmóvil en las escaleras: una hora, 14 minutos. ‘’Estará meditando’’, dice Báez, con la cara pegada al vidrio de la caseta de vigilancia. ‘’O entró en estado catatónico’’ replica Márquez y todos ríen porque nunca entienden sus palabras rebuscadas. ‘’Si en 15 minutos no se mueve de ahí, vas a hablar con ella y a espantarla, Márquez’’, dice a modo de orden Gutiérrez. ‘’¿Por qué yo?’’ gruñe instantáneamente Márquez. ‘’Por hablar raro’’ responde Gutiérrez. Todos ríen. Márquez se asoma a la ventana y nota como el viento peina y despeina los largos y oscuros cabellos de la chica. Nota su rigidez apacible de estatua de otra época: las rodillas dobladas, la espalda recta, los hombros alineados. ‘’Perfecta’’, piensa Márquez. ‘’Así, de espaldas, perfecta. Misteriosa y perfecta’’.
Mientras, la chica sigue observando a todos los que entran y salen del parque. Ninguno es el que ella espera; sin embargo, está segura de que irá. El primer domingo de cada mes, él va al parque a hacer las mismas fotos de siempre. Mero ritual. Mera obsesión. Lo que sea que determine sus visitas al parque a ella no le importa. Tan sólo quiere verlo, hablarle. Sobre todo eso: hablarle. Oírlo de nuevo.
‘’Dale Márquez. Te llegó la hora de sacar a la inamovible aquella’’, dice Báez y todos le celebran la orden. Márquez masculla entre dientes, se coloca la chaqueta que más claramente lo identifica como agente de seguridad del parque y se encamina hacia la muchacha. Sin embargo, va despacio, mientras repasa mentalmente lo que dirá.
A tan sólo 10 pasos de llegarle, ella se retira el cabello de la cara y lo ata delicadamente. Márquez se paraliza. Le parece increíble lo grácil de aquellos movimientos, las manos tan finas, la perfección del cuello, el tatuaje en la nuca.
Pasado el impacto inicial, el guardia se aproxima un poco más. Luce tan dócil y tranquila que no quiere perturbarla, pero justo cuando va a hablarle, se levanta súbitamente y baja las escaleras hasta casi llegar a las dos primeras. Márquez la sigue, perplejo, a la misma velocidad. Está a tan sólo dos escalones por detrás de ella. ‘’No me diga nada’’, la oye suplicar. Impresionado por la voz de sirena que acaba de escuchar, el hombre se detiene y no logra reunir las palabras para decirle algo coherente. Aún de espaldas, continúa: ‘’tengo que esperarlo. No puedo irme sin verlo, hablarle, olerlo. Entiéndame. Está por llegar, lo sé’’. Márquez se acomoda la chaqueta, traga saliva e intenta responder, pero en el momento en que va a hacerlo, la chica exclama: ‘’¡ahí viene!’’ y desciende lo que le queda de escaleras, cruza corriendo la calle con la vista fija en el chico que está parado justo al lado del semáforo, con una cámara en la mano, en la acera de enfrente, sin darse cuenta de que van pasando también los autos que intentan esquivarla sin éxito.
‘’¡Dios, no!’’, grita Márquez, al tiempo que la ve salir despedida por los aires después de haber sido golpeada por un auto. Gritos, sollozos, frenazos, gente arremolinada alrededor del cuerpo inerte. Márquez se abre paso entre todos, se arrodilla junto a la chica muerta y le da la vuelta delicadamente. El cabello, ahora suelto, se extiende por todo el pavimento, en oleadas. Los suaves rasgos, ahora desencajados, lucen irreales. ¿Quién era? ¿A quién esperaba?
Los paramédicos llegan en minutos, revisan el cuerpo, lo cubren con una manta, lo suben a la camilla y lo introducen en la ambulancia. La gente se va retirando poco a poco del lugar, pero Márquez se queda parado donde antes estuvo el cuerpo. Cuando logra reaccionar, levanta la vista y en la acera del enfrente, justo al lado del semáforo, ve a un chico con una cámara, que le hace fotos, sonríe con alevosía y hace un ademán de saludo. ‘’¡Al fin libre!’’ grita, se da la vuelta y empieza a alejarse, silbando. Y ese silbido, agudo, irónico y seco, quedará para siempre en la memoria de Márquez, junto con el oscuro y largo cabello de la chica.

20 noviembre 2009

Medusa



Fue como si hubiese estado esperando todo el tiempo por encontrarla. Su cabello lo tomó por sorpresa: nunca había visto tanto en su vida.
Pensó que debía refugiarse en el pesimismo que lo había acosado durante años…aunque de noche él se despertaba y pensaba en ella y en la inmensidad de su cabello. No era posible. Mujeres así no existían; sin embargo, ella parecía muy real.
El día que se conocieron hablaron poco. Había mucha gente y casi no se podían escuchar. Ella dijo su nombre, pero él no lo entendió. Él se presentó y para su sorpresa, lo repitió correctamente.
A él le pareció que ella estaba más interesada en los hielos de su bebida que en entablar una conversación, así fuera superficial. ‘’Es como todas’’, pensó, ‘’sólo que con más cabello’’. Decidió no prestarle más atención.
El resto de la noche lo pasaron rodeados de humo, ruido, bebidas, música estridente y conversaciones monosilábicas.
No se volvieron a ver en algún tiempo, después de aquel primer encuentro.
Él venía deshecho. Tenía una profesión que adoraba y que parecía ser lo único que funcionaba en su vida, de resto, todo era tinieblas.
Atraía a las mujeres como moscas. Era hermoso, pícaro y sensual. Pero esa apariencia era la máscara que lo protegía. No quería involucrarse porque venía herido, sin fe, derrotado.
Su pesimismo se había acentuado y se sentía viejo, cansado. Sangraba. Estaba herido. Nunca había sido un hombre de fe, por eso no creía que encontraría a alguien que lo rescatase.
Una noche, en su cuarto, con un vaso de vino que había sido vaciado y llenado repetidas veces, se vio rodeado por aquel cabello. Se durmió convencido de haberse enredado en aquel océano ajeno.
Ella se había despreocupado hacía mucho tiempo del tema amoroso. Sus amigas seguían quejándose y repetían en diferentes idiomas las mismas frases: ‘’los hombres son todos iguales’’; ‘’sólo piensan en sexo’’. Se escurría del tema cuando empezaba a escuchar la misma historia.
Los días iban transcurriendo para ambos con 24 horas para hacer lo que quisieran: intentar salvar el mundo, pintar un cuadro, escribir cartas, hacer llamadas, etc.
Tiempo después se volvieron a encontrar. Él la vio antes de que ella pudiese divisarlo. De nuevo el panorama se repetía: humo, ruido, música alta y mucha gente intentando parecer simpática e inteligente. Se había prometido no volver a esas fiestas estúpidas en las que no conocía a nadie o a tan sólo a unos pocos y donde todos terminaban intercambiando teléfonos para espantar la propia soledad. Tal vez en el fondo era tan tonto como esas personas. Jugaba el mismo juego, a final de cuentas. También se sentía solo, al menos lo reconocía. Y eso lo separaba del resto. Pasaba de un pensamiento a otro cuando la vio. ¿Qué haría ella en una fiesta así? Los lentes le daban un aire de intelectualidad que no encajaba bien en aquel ambiente.
Su bebida se había acabado y se dispuso a sortear la marea humana para llenar su vaso de nuevo. Tratar de forzar al destino a llevarlo hasta ella.
Ella sonreía y parecía disfrutar de la conversación de los que la rodeaban. La verdad es que estaba fastidiada. Guillermo, un amigo, la había arrastrado a la fiesta porque no quería ir solo. Había sufrido uno de esos arranques de insistencia repentina y la había acosado durante días para que lo acompañase. Ella no había podido rehusarse. Le debía una. Tuvo que aceptar, pero inventaría la forma de escaparse y de darle cualquier excusa para irse.
Dijo que iría por más vino y se escabulló hasta el jardín. Al menos las plantas estaban en silencio y podía darle tregua a su animadversión al humo de los cigarros. Se sentó al borde de la piscina a observar el reflejo de su rostro infantil y a mojar la punta de los dedos en el agua. ‘’Una hora más y me voy’’, pensó.
Él intentaba una huída. Ya era demasiado: demasiado ruido, demasiados estúpidos juntos, demasiado humo. Pero se equivocó de camino y terminó en el jardín. La vio. Ella alzó la mirada. Otra vez la sensación: su cabello rodeándolo. Una medusa de los tiempos modernos. Ella se levantó. Lo reconoció. ‘’El idiota monosilábico de la otra vez. ¿Por qué todos los hombres bonitos son imbéciles?’’, pensó.
Él se acercó. ‘’Hola, no sabía que también estabas aquí’’, mintió. ‘’¿Te acuerdas de mí?’’. ‘’Ajá’’, dijo ella y el viento venido de ninguna parte agitó suavemente su cabello. No parecía ser verdadero y sin embargo lo era, como ella misma, que tampoco parecía ser verdadera.
‘’Romano, ¿verdad?, el diseñador. Trabajas con Mario, si no recuerdo mal. Fue él quien nos presentó’’.
Él se quedó atónito. Al parecer el exceso de cabello no limitaba su capacidad para almacenar datos. Se avergonzó por no recordar su nombre.
‘’Buena memoria’’, se limitó a decir. ‘’Aguasanta’’, dijo ella cortante.
‘’Aguasanta’’, repitió él obediente. ‘’Pero Mario no vino, ¿cierto?’’. ‘’No. Sin embargo tuvo la amabilidad de mandarme a Guillermo para arrastrarme a esta fiesta’’, dijo ella riéndose de su propio chiste que él no entendió ni se esforzó por hacerlo. Estaba muy entretenido con los miles de movimientos que ejecutaban sus manos cuando hablaban. Lo estaban mareando. Tuvo que respirar hondo y ella lo interpretó como fastidio.
Intercambiaron otras palabras, dotadas de más sentido. Él sentía la misma punzante sensación. Esta medusa era real y provocaba sentarse a contarle todas las desgracias propias y ajenas y hundirse en aquel mar de cabello. Toda ella invitaba al descanso.
Cuando la impresión se fue disipando y él volvía a centrarse en la conversación, fue interrumpido por la estruendosa voz de Guillermo.
‘’¡Te encontré! ¿Vamos para adentro? Hay alguien que quiero que conozcas’’, le dijo el intruso a la medusa. Ella sólo balbuceó algo que él asumió como una disculpa y cuando parpadeó, ya no estaba.
Volvió a la fiesta. Se vio rodeado de algunos conocidos. Cuando pudo escaparse, se puso a buscarla discretamente. La fiesta estaba decayendo, por tanto, era fácil movilizarse entre los sobrevivientes. Sólo que ella ya no era uno de ellos.
Regresó a su casa. Se quitó la ropa y se tiró boca arriba en la cama. La luz apagada. El cansancio reclamando territorio. La mirada fija en el techo. ‘’Pareciera que estoy destinado a encontrarla en fiestas estúpidas, como si fuera una aparición’’, pensó. Comenzó a respirar profundamente para invocar el sueño. Se suponía que era una terapia zen. En realidad no importaba. Necesitaba dormirse.
‘’Romano’’, se oyó a sí mismo repitiendo su nombre, de la misma forma correcta, espontánea y cortante que ella. Parpadeó. En otro lado de la ciudad, Aguasanta sentiría una suave brisa que le rozaría la cara, sin saber que sería el suave parpadeo de él, en la noche, mientras la pensaba.
Logró dormirse con la misma sensación de aquella otra noche: convencido de haberse enredado en aquel océano ajeno.

01 noviembre 2009

Café para dos




Recorre con sus dedos los finos rasgos de la chica que reposa en el sofá. Le retira con dulzura algunos cabellos de la cara y la observa con devoción. ''Eres tan frágil'', susurra. Se levanta y se dirige hacia la ventana. El cielo amenaza con romperse en cualquier momento, hay una brisa demasiado fuerte que agita los vidrios de la casa. Cierra las ventanas con cuidado, baja las persianas y se dirige a la cocina. Prepara el agua para el café. Ni mucha ni poca. La justa para dos tazas. El piso de la cocina está manchado, así que mientras se calienta el agua, aprovecha de limpiar y ordenar un poco, solo lo necesario. No quiere estar mucho tiempo separado de su chica, en cualquier momento pudiera despertar y entonces...


El agua hierve y sirve con esmero el café: una taza con azúcar, otra sin. Se encamina hacia la sala, se sienta en el piso de manera de quedar a la misma altura del sofá. Las tazas a su lado. Levanta la que tiene azúcar y la revuelve, con paciencia y sin hacer ruido. La cucharita no golpea los bordes de la taza, tampoco el fondo. Prueba la temperatura, el punto de azúcar. ''Dulce'', dice en voz baja y observa aquel cuerpo magnífico que reposa en el sofá. ''Eres tan dulce'' susurra y toma la delicada mano de la chica entre las suyas.


''Es hora del café'', le dice al oído. Coloca la taza en el piso, se arrodilla y pasa el brazo por detrás del cuello de la chica. La sangre ya está seca. Su mano se pierde en la maraña de cabello. Va deslizándola con cuidado hasta sentir la hendidura, profunda, grave. ''Ya no duele'' dice y aproxima el rostro hasta los labios inertes y pálidos de la muchacha. La besa con demora, recorre los labios fríos con su lengua. La abraza. ''Ahora estás a salvo entre mis brazos. Te protegeré siempre'' y la aprieta más contra si. La deposita con suavidad en el sofá. La observa detenidamente. Le besa las mejillas, el cuello. ''A salvo'' repite y entierra su cabeza en aquel largo cabello y le recorre el rostro con la mano. ''Descansa'' susurra y se arrodilla de nuevo para beber el café.