25 enero 2016
Ebook de ''Cuentos para pasar el rato''
El primer ebook de ''Cuentos para pasar el rato'' está disponible ya en Amazon en el siguiente enlace: http://www.amazon.com/dp/B017RIOFMG :)
07 enero 2016
La gran noche
Cuando lee el mensaje en la
pantalla de su celular, no puede reprimir la emoción. Se ruboriza y esboza una
sonrisa tan amplia que todo lo ilumina. Tan sólo cuatro palabras le regalan a
su día una esperanza que creía muerta dentro de sí. ‘’Quiero verte esta
noche’’. Lee el mensaje muchas veces antes de responder con un ‘’sí, claro’’
corto, pero contundente.
Su rutina laboral transcurre sin
sobresaltos, pero sin la atención que normalmente le dedica. Pareciera estar en
un estado de ensoñación. Ya quiere poder abrazarlo, olerlo, sentirlo. Esta
noche, durante ese encuentro, pasará finalmente lo que ha estado esperando por
años desde que se conocieron: habrá besos, caricias, declaraciones y la
decisión impostergable de darle rienda suelta al deseo, el único que ha
alimentado su corazón y su cuerpo por tanto tiempo.
Así que cuando llega a su casa,
toma un largo baño, para tranquilizarse, parecer lo más natural posible cuando
llegue el momento. Se lava el cabello, se enjabona con esmero, de manera de
borrar el cansancio del día. El agua recorre despacio su cuerpo, como si fueran
los dedos de él, que la irán descubriendo esta noche.
Al terminar, se observa desnuda
en el espejo. Sabe que él disfrutará de su cuerpo tanto como ella disfrutará
del suyo. Será un entrega sincera, que debió haber pasado hace mucho tiempo
atrás, lo sabe, pero a veces las cosas no pasan cuando se quiere, sino cuando
se puede. Y ese ‘’se puede’’ es hoy mismo.
Escoge cuidadosamente su ropa
interior. Se perfuma delicadamente. Duda sobre qué vestido ponerse, hasta que
encuentra el indicado: el mismo que usó para el cumpleaños de él el año pasado.
‘’¡Te ves tan bonita hoy!’’ le dijo cuando la vio llegar esa noche.
Se maquilla sin excesos, se
arregla el cabello y se mira por última vez en el espejo antes de salir. Sonríe
con la misma sonrisa que de nuevo todo lo ilumina.
Camina despacio las 10 cuadras
que separan su casa de la de él. Toca el timbre. El conocido ‘’hola’’ le abre
la puerta del hall. El ascensor la lleva lentamente hasta el piso 11. Antes de
que se abran las puertas, respira hondo. Está lista. Esta es la gran noche. Su
gran noche.
Cuando él abre la puerta de su
casa, le sonríe con la misma sonrisa tierna con la que le ha sonreído todos
esos años. Ella lo abraza con fuerza, lo besa largamente en la mejilla. Después
de unos segundos, apoya su cabeza en su hombro. Con delicadeza, él la separa de
sí al tiempo que le dice: ‘’Quiero que conozcas a alguien’’. La chica lo mira
sin entender. ‘’Lena ven’’, dice el chico. De la habitación sale una muchacha
desconocida para ella que la abraza y que le dice un ‘’estoy encantada de conocerte’’
tan sincero que la deja aún más confundida. ‘’Perdona el exceso de emoción es
que he oído hablar tanto de ti que te siento ya tan cercana como él mismo te
siente’’, explica, mientras toma la mano del muchacho y lo besa en los labios. El
muchacho asiente y agrega: ‘’Quería verte esta noche para que conocieras a la mujer
que me había estado quitando el sueño, pero que ahora es ya oficialmente, por
decirlo de alguna forma, mi novia’’. Lena ríe. La chica por su parte intenta
decir algo coherente, pero le tiemblan las piernas y tiene seca la garganta.
Después de incómodos minutos, logra hablar y comportarse como si esa jugarreta
del destino no fuera la tragedia personal que es.
Un caos de emociones ha tomado
por completo su cabeza. Quiere llorar, gritar, escapar corriendo, abrir el
balcón y lanzarse, desaparecer, que nada de eso sea real. Sin embargo, reúne unas
pocas fuerzas para permanecer poco tiempo y despedirse con la manida excusa de un dolor de cabeza
implacable.
Tanto Lena como el chico lamentan
que tenga que irse, pero le prometen verse de nuevo pronto. ¡Hay tanto que
quieren contarle! ¡Hay tanto que ella tiene que saber! La chica desciende los
11 pisos tan lentamente como los subió, con los ojos cerrados en un vano
intento de frenar las lágrimas.
Camina primero sin rumbo, da
vueltas por las calles desoladas, ni siquiera tiene un vicio en el que
refugiarse. Dos horas más tarde llega a su casa, de hombros caídos, con el
maquillaje corrido y el cabello desordenado. Se sienta en su propia sala y
dice: ‘’Esta fue la gran noche. Mi gran noche’’ mientras sus lágrimas oscuras y
pesadas todo lo inundan.
02 diciembre 2015
15 años
Cuando la hija avanza por el
pasillo lleno de flores que la conducirá hasta donde está él, su padre, para
bailar el vals de sus 15 años, se siente nervioso, feliz y a la vez triste. No
ha cambiado de opinión sobre lo que pasará esa noche; sin embargo, no deja de
sentir esa mezcla de emociones tan desequilibrantes.
La joven luce radiante con su
vestido rosa. Por momentos, parece una mujer joven, desenvuelta, astuta,
pícara; por otros, parece lo que simplemente es: una adolescente torpe,
frívola, egocéntrica. Ninguna de las dos versiones de esa misma persona
incomoda o asusta al padre, que la observa emocionado y triste. ‘’Lo siento
mucho, mi niña’’, piensa, mientras ella avanza, despacio, sonriente.
Cuando llega el centro del salón,
los invitados aplauden. La chica se detiene por minutos, más radiante que
nunca, y saluda como una reina. Ve a su madre, que no cabe en sí de la alegría.
Ve a su padre, que la espera para el primer baile, con una agonía que nunca
antes había visto en él, pero no le presta demasiada atención. Hoy es su gran
debut social, así que todo le importa nada.
Su padre se aproxima y hace una
reverencia. Después la abraza. La gente aplaude. Comienza la música y ellos
dos, en medio del salón bailan acompasados y perfectos. Antes de entregarla a
su próxima pareja de baile, la abraza de nuevo al tiempo que le susurra:
‘’Perdóname, hijita, perdóname, aunque hoy sea tu día’’.
El festejo transcurre como toda
fiesta de 15 años: perfecto. Hay música, bebidas, comida en abundancia y
adolescentes que gritan, ríen, bailan junto con la debutante.
Alrededor de las 4: 00am, empieza
a decaer la fiesta. Los invitados se van marchando poco a poco, hasta que al
final solo quedan la chica, la madre y el padre. Aunque está cansada, le pide a
su padre bailar de nuevo el vals, aunque ya no haya música. Él la complace, a
sabiendas de que será el último inocente capricho que le concederá. Cuando
terminan la canción improvisada, la madre aplaude y los tres se abrazan: ellas
dos con alegría y él también con tristeza.
Se dirigen al auto, los tres
cargados de regalos que colocan en la maleta. Una vez dentro y ya con el auto
en marcha, el padre dice: ‘’Tengo algo que contarte hija mía’’.
La chica, que está casi dormida
en el asiento trasero, murmura un ‘’qué’’ lánguido, producto del cansancio y de
la somnolencia.
A medida que avanzan por las
desoladas calles de la ciudad, rumbo a su casa, el discurso del hombre va
despertando a la joven.
‘’Tu madre, querida hija, casi
siempre fue una mujer íntegra. Te ha educado bien, tanto como yo mismo. Me
gustó de ella siempre su lado práctico y cómo enmascaraba las cosas, incluso
las triviales, para que todo pareciera perfecto. En realidad, para que
pareciera perfecto para ti’’.
La madre que mantenía los ojos
cerrados y estaba un tanto hundida en su asiento del cansancio, se yergue y
abre los ojos: ‘’¿A qué viene todo esto, Hernán? ¿Cómo que siempre fui casi
íntegra?’’, pregunta perpleja.
En el asiento trasero, la chica
presta atención en silencio. El hombre continúa su monólogo, sin inmutarse.
‘’Si yo hubiera estado en una situación similar, realmente no sé cómo hubiera
reaccionado’’. ‘’Qué situación papá?’’ dice, ya totalmente despierta. La madre
de nuevo vuelve a preguntar: ‘’¿A qué viene todo esto, Hernán?’’.
‘’Cuando yo tenía 21 años, me
enfermé. Estuve algunos días, creo que una semana, en cama, débil. No resultó
nada grave al final. Fue por la misma época en que conocí a tu mamá y empezamos
a salir. Te juro, hija, que no podía separarme de ella, de tanto que me gustaba
estar con ella…’’.
‘’Papá…¿es este un cuento
romántico? Me fastidian las historias rosa, papi…’’, dijo la chica con la
aspereza propia de sus recién estrenados 15 años.
El relato continuó, a pesar de la
interrupción. ‘’A los dos años exactos de conocernos, le propuse matrimonio y a
los dos años de estar casados, naciste tú. Toda mi vida debió haber girado en
torno a ti, lo sé, pero nunca fue posible, hijita, nunca, porque…’’.
‘’Hernán, ¿qué te pasa? ¿Qué
clase de historia sin sentido es esta?’’, preguntó la madre, visiblemente
intrigada.
‘’¿Porque qué, papá? ¿A qué estás
jugando?’’, preguntó a su vez la hija.
‘’Porque no eres mía. Nunca
pudiste serlo. Aquella enfermedad que mantuvo en cama, cuando era joven, me
dejó estéril. Era una consecuencia lógica. Y a mis 21 años, poco me importaba,
es más, me daba inmunidad para acostarme con cualquier mujer sin consecuencias,
ni riesgos. Así que cuando tu mamá me dijo que estaba embarazada, la acompañé
en su teatro, fingí alegría. Quería ver hasta dónde llegaría con esto. Pero no
la acompañé en su triunfo, porque el triunfo de decirle en su cara hoy, día de
tus 15 años, que nunca fui el tonto que ella siempre creyó que yo era, lo
guardé para hoy. Por eso te reitero, hija, que nunca fue posible amarte del
todo y la verdad es que no tengo ningún remordimiento por ello’’.
La madre llora, con la cabeza
hundida entre las manos: ‘’¡Siempre lo supiste!’’, le grita con odio al padre.
La hija, por su lado, no entiende completamente la historia. Tal vez es un mal
chiste, un mal sueño, un ‘’algo’’ que no está pasando y mucho menos tiene que
ver con ella.
Al llegar a la casa, el padre
abre la puerta despacio, entre el llanto de la madre y el silencio de la hija.
‘’Les pido que recojan sus cosas, se vayan de aquí y me dejen solo. Este teatro
llegó a su fin’’.
24 octubre 2015
Cadillac

´´Le trajeron esto hoy, Señor’’, dice la mujer y le extiende un sobre color crema, lacrado. Daniel la observa y toma el sobre con lentitud.
‘’¿Quién lo trajo? Pregunta en voz baja. ‘’El chofer’’, dice la mujer y une las manos a la altura de las caderas. Daniel la mira sin verla por segundos. La mujer, incómoda ante la mirada vacía, pregunta: ‘’Me puedo retirar, Señor?’’. Él demora otros pesados y largos segundos en asentir con la cabeza. La ve caminar hacia la puerta y cerrar la puerta del despacho sin hacer ruido. Posa la vista sobre la misiva. Detalla cada una de las esquinas del sobre, el color, el sello. Cierra los ojos y la huele. ‘’Chocolate’’, dice en voz baja.
‘’En un mes me caso’’, le dice al oído y el olor chocolate de la cabellera castaña lo envuelve. ‘’Estarás invitado’’ y suelta una risita burlona al tiempo que posa la mano sobre su pecho. ‘’¿Quieres ser el padrino?’’ y la risita inunda toda la habitación.
Daniel se incorpora irritado y esconde la cabeza entre las manos. ‘’No te atreverías’’, dice con rabia. La chica ríe con la misma risa cruel y fría. ‘’¿Ah no?’’. Daniel se le acerca y la levanta con fuerza por los hombros, le clava las uñas en la blanda carne. ‘’No te atrevas’’. ‘’¡Me estás haciendo daño!’’ y la chica forcejea para zafarse. Daniel la suelta, sale de la cama y se para en la ventana. ‘’¡Me dejaste las uñas marcada, imbécil!’’, la oye chillar y observarse en el espejo: la piel blanca y suave reluce ante la poca luz de la habitación. El largo cabello castaño le cae sobre la espalda sin ningún orden. Los pechos llenos se agitan ante todos sus movimientos. ‘’¡Eres un imbécil!’’, ‘’¿Cómo le explico yo esto a Fran?, ¿cómo?’’, grita enajenada y se abalanza con los puños cerrados para golpear a Daniel, quien la ataja y la domina sin hacer mucha fuerza. La chica sigue gritando. Sus insultos llenan cada rincón de la habitación. Daniel la levanta en vilo, sin sentir las patadas, los mordiscos, sin oírla. Cae encima de ella sobre la cama y empieza a besarla. Ella se vence, abre los puños, suelta los brazos y lo abraza. Vuelven de nuevo a amarse, mucho mejor que antes. Un delicado aroma a chocolate se expande por la habitación cuando ella gime de placer una y otra vez. ‘’Dani’’, dice suavemente y se abandona en el placer. Aún dentro de ella, Daniel la acaricia sin prisa y le retira el cabello del rostro. ‘’No serás de nadie’’ susurra y embiste con toda su fuerza. Los gemidos de ambos se mezclan con el olor a chocolate por toda la habitación.
Daniel abre los ojos e intenta recuperar el ritmo de su respiración. Abre el sobre y lee: ‘’Francisco y Aurora tienen el agrado de invitarlo a su enlace matrimonial que se celebrará …’’. No termina la frase. Se levanta de la silla y se dirige a la ventana. ‘’¡Maldita sea!’’ masculla y golpea con fuerza el cristal. Los vidrios estallan y caen a sus pies. En el piso lucen como pequeños diamantes, de sangre. ‘’No serás de nadie’’, grita y su voz retumba en todo el despacho.
La iglesia luce perfecta totalmente iluminada. Hay flores por todas partes, agitación, ruido, incluso un poco de efímera alegría. ‘’Los declaro marido y mujer’’, dice el sacerdote con una sonrisa ensayada. ‘’Puede besar a la novia’’. Los asistentes aplauden el lánguido beso de los novios. Se oyen silbidos y los consabidos ‘’¡vivan los novios!’’, ‘’¡que vivan!’’. En el único rincón a oscuras de la gran nave central, Daniel aprieta los dientes y observa. Detalla a la chica, su blanco vestido, sus frívolos y estudiados gestos. La sigue con lentitud, oculto entre las sombras. La ve desfilar sin premura, ostentando su belleza y su vacío al mismo tiempo.
Entre más aplausos y felicitaciones, los novios entran en el Cadillac. Daniel los observa, presa de una rabia que amenaza con escapársele del cuerpo. Llega hasta su auto al mismo tiempo que los novios emprenden el camino hacia la fiesta. Golpea el volante, grita. Enciende el motor y sale a toda velocidad del estacionamiento.
En el Cadillac, el novio tiene apoyada la cabeza sobre el asiento y la chica mira sin ganas por la ventana. ‘’Me duele’’, dice el novio y se cubre la frente con la mano izquierda. La mujer lo mira con desdén y le dice en tono cortante: ‘’¡no fastidies!’’ y vuelve a concentrarse en mirar por su ventana.
Llegan a un semáforo. Luz roja. El novio se inclina un poco hacia delante, con ambas manos en la cabeza. ‘’Me duele mucho’’, dice. ‘’Son los nervios’’, responde la chica con un mohín de desprecio. Luz amarilla. Suena el primer disparo. Suena el segundo. Fran cae sobre la falda blanca de Aurora, con el cráneo destrozado. Su sangre baña todo el asiento, todo el vestido. Aurora grita. El chofer detiene en seco el Cadillac. Del lado izquierdo, pasa rasante otro auto, negro, pequeño que se pierda en la oscuridad de la noche. Aurora sigue gritando. Se detienen otro autos alrededor del Cadillac. Sacan a Aurora, ensangrentada. Sacan a Francisco, sin vida. Dos disparos en la cabeza.
Daniel se despierta. Bosteza. Se levanta después de un rato. Toma un baño y baja a desayunar. Al llegar al comedor, la mujer lo espera con el desayuno y el periódico. Se retira en silencio, como siempre. Daniel termina la primera tostada y sorbe un trago de café. Hojea las noticias. Se detiene en una única. La lee despacio. ‘’Te dije que no serías de nadie’’, susurra. Cierra los ojos y continúa tomando el café, en pequeños sorbos.
19 octubre 2015
Al aeropuerto
Ambos esperan en la esquina al
taxi que lo llevará a él al aeropuerto. ‘’¡Este viaje inesperado!’’, exclama la
chica y en su voz puede notarse todo su disgusto. ‘’¿No podían mandar a otro?
¿Por qué a ti justamente?’’ y frunce el ceño. Él, acostumbrado a sus quejas y
explosiones de carácter, sonríe con benevolencia. La atrae hacia sí y la besa:
primero en la mejilla izquierda, luego en la derecha y por último en la boca.
Ella le devuelve ese último beso, con algo de resistencia. Es, sin embargo, una
rutina conocida por ambos: ella se molesta por algo, banal o no, explota en
quejas y berrinches impropios ya para su edad, y él solo la besa, como si con
ese beso calmara a una fiera. Siempre funciona. A veces los besos vienen
seguidos de abrazos. Él la esconde entre sus brazos, la aprisiona, la deja sin
aliento. Ella se deja vencer. A final de cuentas, él siempre gana. Siempre.
El taxi llega. La muchacha se
acomoda en el asiento de atrás, justo en el medio, mientras el chofer acomoda
las maletas, bajo la lánguida supervisión del muchacho. Después de unos
minutos, entra también al taxi. Pasa su brazo derecho por el hombro de la chica
y ella se amolda en el espacio entre el pecho y el hombro. Él acaricia su
cabello de a ratos. Sus manos permanecen entrelazadas, cómodas, relajadas.
El chofer los observa por el
espejo retrovisor con disimulo. Siempre le han disgustado las parejitas de
enamorados que parecen estarlo más de la cuenta. Se besan y abrazan como si no
hubiera tiempo para quererse, sino solo enfrente de todos, a la vista de todos.
Detestable.
En algún punto del recorrido, el
chico pregunta:
-‘’¿Vas a incluir a alguien más en la lista de invitados?’’
-‘’No. No quiero. Es más dinero.
Preferiría usarlo para nuestra luna de miel’’
- ‘’¿Falta algo aún?’’
- ‘’¡Falta todo! ¡Y justo ahora
te vas y me dejas sola con todo!’’
- ‘’¿Y qué es todo?. Lo más
importante lo tenemos ya listo’’.
-‘’Entregar las tarjetas y
escoger la decoración del salón y de la iglesia, la música, en qué mesas irán
los invitados, etc. ¡Son muchas cosas!’’.
La muchacha se separa por
instantes del abrazo y lo mira con una nueva furia entre infantil y tierna. Él
la observa y la besa en la frente. ‘’Te odio’’, dice entre dientes. ‘’Tanto
como yo te amo a ti’’, le responde el muchacho. Ambos se miran, sonríen y se
besan. El chofer los observa de nuevo por el espejo, al tiempo que piensa:
‘’¡Qué cantidad de estupideces tengo que escuchar de este par!’’.
Al llegar al aeropuerto, la
pareja desciende, tomada de la mano. No faltan entre ambos más abrazos ni más
besos. ‘’Espere aquí’’ le ordena la chica al taxista, quien se apoya de mala
gana en el auto, cruzado de brazos.
Caminan despacio hacia el
mostrador para los trámites de costumbre. Y una vez finalizados, la despedida
es urgente, desesperada. Aunque se separen por pocos días, ambos se sienten un
tanto abatidos. La chica abraza al muchacho sin querer soltarlo. Él le acaricia
el cabello, la aprieta contra su pecho, la besa. ‘’Tengo que embarcar’’, le
dice. Finalmente, ella lo deja ir. ‘’Te espero. Te vendré a buscar’’, le grita,
a medida que él se aleja despacio.
De regreso al taxi, va cabizbaja,
absorta en sus pensamientos. El chofer le da la última pitada al cigarrillo al
verla venir. Una vez en el auto, la mira y le dice: ‘’Detesto el teatro’’. Ella
lo mira, sin decirle nada. El hombre prosigue: ‘’No hay que exagerar: ni los
besos, ni los arrumacos ni los abrazos. Mucho menos, escúchame bien, mucho
menos las declaraciones’’. Ella bufa. ‘’Es un tonto. Nunca se dará cuenta de
esta mentira. Gran mentira’’. Al tiempo que lo dice, se inclina sobre el chofer
y le lame la oreja, le acaricia el cuello: ‘’Tú eres el único en mi vida, pero
es con este idiota con quien debo casarme. Llévame a casa, por favor’’.
29 septiembre 2015
La fascinación
‘’Me fascina tu mirada’’ le dijo el ciego mientras le
acariciaba la mejilla y bebía lentamente la última copa del brandy de Jerez.
05 septiembre 2015
Mensajes
Son cerca de las 12 de la noche y Juan da vueltas en su cama. No consigue relajarse y conciliar el sueño.
Enciende la tele. Apaga la tele. Enciende la radio. Apaga la radio. Se levanta y va hasta la sala. La recorre con pasos pesados una y otra vez, como si fuera un prisionero en su propia casa. Se desploma en el sofá. Se levanta. Regresa a su habitación. Toma el celular y escribe ‘’¿Me extrañas?’’. Envía el mensaje. Aguarda la respuesta que demora cerca de 15 minutos en llegar. ‘’Te extraño como se extrañan determinadas cosas inciertas…’’
Juan lee y relee el mensaje. Se deja caer de espaldas en su cama y pregunta de nuevo: ‘’¿Pero me extrañas?’’. La respuesta tarda esta vez cerca de media hora en llegar: ‘’De alguna forma diáfana, imagino’’. Juan responde: ‘’Yo creo que no. Que no me extrañas ni un poco’’. Y apagó el celular, sin esperar la respuesta.
Del otro lado de la ciudad, la chica suspira y lee la categórica e infantil declaración de Juan. Responde, sin embargo, en voz alta: ‘’Siempre fuiste tan tonto que incluso eso de ti llegué a extrañarlo’’ y apaga también su celular.
Enciende la tele. Apaga la tele. Enciende la radio. Apaga la radio. Se levanta y va hasta la sala. La recorre con pasos pesados una y otra vez, como si fuera un prisionero en su propia casa. Se desploma en el sofá. Se levanta. Regresa a su habitación. Toma el celular y escribe ‘’¿Me extrañas?’’. Envía el mensaje. Aguarda la respuesta que demora cerca de 15 minutos en llegar. ‘’Te extraño como se extrañan determinadas cosas inciertas…’’
Juan lee y relee el mensaje. Se deja caer de espaldas en su cama y pregunta de nuevo: ‘’¿Pero me extrañas?’’. La respuesta tarda esta vez cerca de media hora en llegar: ‘’De alguna forma diáfana, imagino’’. Juan responde: ‘’Yo creo que no. Que no me extrañas ni un poco’’. Y apagó el celular, sin esperar la respuesta.
Del otro lado de la ciudad, la chica suspira y lee la categórica e infantil declaración de Juan. Responde, sin embargo, en voz alta: ‘’Siempre fuiste tan tonto que incluso eso de ti llegué a extrañarlo’’ y apaga también su celular.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





