07 abril 2023

Cosas del viento

 

Caminaba sin rumbo fijo. Se dejaba llevar por el cálido sol tardío, sintiendo la brisa salada acariciar su rostro. Vestía un largo vestido blanco que se movía al compás del viento, como si tuviera vida propia.

Le gustaba creer que era una figura enigmática que aparecía y desaparecía misteriosamente en la playa. Pero solo huía del sol. Y de la muchedumbre, sobre todo el fin de semana.

Esa tarde salió, cautelosa, como tardes anteriores. El viento, que azotaba la costa ese verano, se había vuelto terrible y violento; sin embargo, ninguna alarma levantaron los meteorólogos, por lo que la mujer lo único que hizo fue mantener la misma cautela de siempre.

Decidió caminar a la par del viento, no de espaldas a él, como había hecho todas las tardes. Iba despacio, disfrutando de la textura de la arena bajo sus pies. Cerró los ojos por unos instantes, se dejó llevar por la sensación de aquella brisa poderosa, como si quisiera fundirse con ella. En ese momento, el viento comenzó a soplar con más fuerza, envolviéndola con su abrazo invisible.

Esto hizo que caminara más rápido. Se sintió transportada por la fuerza del viento, elevándose en el aire como una hoja seca. Abrió los ojos, miró hacia abajo y vio que la playa se alejaba rápidamente, mientras el mar y las montañas se acercaban a ella.

Mientras flotaba en el aire, todo a su alrededor parecía estar desvaneciéndose, dejando solo en escena al viento y a ella. Se preguntó qué pasaría si nunca pudiera volver a su vida, a lo que era antes y se quedara así, suspendida.

Imaginó el mundo continuando, sin ella en su lugar, los días pasando sin un rastro, dejándola atrás. Se preguntó cómo sobreviviría, flotando en la eternidad, sin rumbo, a merced del viento.

‘’¡La vida nunca es lo que parece, ni lo que uno cree!’’ le gritó a la nada. De repente, sintió una extraña presencia detrás de sí. Giró su cabeza lentamente y se encontró con un hombre alto y delgado, vestido con un traje oscuro, que la observaba desde la profundidad de unos ojos también oscuros y además intensos.

El viento dejó de soplar con fiereza. Con un tono de voz propio de quien ha fumado desde temprana edad, el hombre le preguntó si estaba bien. La mujer, desconcertada, lo miró con temor. "No sé de qué hablas", dijo ella.

‘’Señora, lleva cerca de media hora gritando’’ le respondió. ‘’Venga conmigo, la acompaño hasta su hotel’’ le dijo. La mujer no sabía qué hacer. El hombre parecía muy seguro de sí mismo, pero después de todo, él era un extraño, y la mujer había aprendido desde temprana edad a no confiar en extraños.

Le plantó cara y le dijo: ‘’Prefiero que me lleve el viento’’. Después de pronunciar esas palabras, la mujer se dio la vuelta, dejando al hombre perplejo en la playa. La vio alejarse unos metros y detenerse de espaldas a él, abrir los brazos y elevarlos al cielo.

El viento arreciaba y la gente iba dejando vacía la playa. El hombre caminó lo más rápido que pudo y se resguardó en la caseta del salvavidas, que lo saludó, como todas las tardes. ‘’La loca te fastidió de nuevo hoy, ¿no?’’, le preguntó, al tiempo que señalaba a la mujer que daba saltitos en la arena, seguidos de vueltas sobre sí misma.

‘’Me da pena, pero tengo que cumplir con mi deber. Con la amenaza de lluvia y vientos huracanados, no está permitido que la gente se quede en la playa. ¿Ustedes ya van de salida, también?’’ le preguntó.

El salvavidas echó un vistazo a la playa. ‘’Tengo que sacar a los surfistas que ves allá y daré por terminada mi jornada. Será solo advertencia. No puedo jugar a ser el guardián de toda esta gente. Para eso estás tú, amigo’’, le dijo, al tiempo que le sonreía y le palmeaba la espalda. El hombre le devolvió la sonrisa: ‘’Es así. Son gajes del oficio. De mi oficio’’, le respondió, mientras veía a la mujer que incesantemente daba vueltas sobre sí misma.


03 marzo 2023

El hostal


 

El hostal no tenía buenas reseñas, pero era barato y ellos, que viajaban como tantas otras parejas jóvenes - con poco dinero y muchas ganas de aventura- reservaron por tres noches y cuatro días. ¿Qué tanto tiempo pasarían en el lugar?

Si bien estaba en la ciudad, el sitio quedaba un tanto retirado y para llegarle, había que pasar por callejuelas un poco sucias, estrechas, que de noche solo tenían una luz mortecina que amparaba a yonkis, a rateritos de poca monta y a malvivientes.

El dueño, un hombre mayor y amable que no compaginaba con el sitio en sí, pasaba en la recepción todo el día. Recibía con el mismo agrado al mochilero de paso que al drogadicto de turno que quisiera echarse en el desvencijado sofá de la entrada.

Así que cuando los chicos llegaron, fue él quien los llevó a su habitación y sonriente se las mostró. El hostal tenía cuatro pisos y la habitación de ellos quedaba en el segundo. ‘’Los dos primeros pisos son solo de habitaciones compartidas, las más baratas. ’’Ahora que es temporada baja, no tendrán compañía’’ explicó el hombre, al tiempo que les guiñaba un ojo.
Había ocho literas para fácilmente albergar a ocho personas. La habitación era más que triste. No había ninguna decoración en las paredes, salvo un cuadro con un paisaje campestre, descolorido ya por el paso del tiempo.

No era un sitio lindo ni acogedor y eso contrastaba mucho más con la afabilidad del dueño. Pero ¿quién necesitaba sentirse en casa, en esta vida trashumante que llevaban desde que empezaron el viaje? Así que hicieron caso omiso del lamentable estado de los colchones, del piso de madera que chirriaba con tan solo lanzar un suspiro, del par de cristales rotos de las ventanas y de la lámpara lastimera que se balanceaba y arrojaba una luz amarillenta deprimente.

La chica resopló. ‘’¿Y si hay pulgas? Seguro hay pulgas’’ dijo recalcando su teoría. El muchacho se rio y la tomó de la mano para atraerla hacia sí. ‘’Las soportaremos. Son solo cuatro días’’ y le dio uno de sus besos entre calmantes y tiernos.

Ya iba a ser hora de cenar, así que dejaron las mochilas con candado en el viejo armario y bajaron. Se adentraron en la noche. Al regresar, cansados de dar vueltas por la ciudad, subieron a su habitación.

Era noche cerrada y desde la calle llegaba el eco de algunas conversaciones, algunos gritos de borrachos. La chica supo que le costaría conciliar el sueño, a pesar de que estaba muy cansada. Dio vueltas en la cama durante un rato, hasta que decidió levantarse para tomar un vaso de agua.

Bajó a la cocina, pero se asomó a la recepción. El hombre estaba ahí, clavado en la silla, roncando de a ratos, con los lentes en la mano que le colgaba casi inerte. La muchacha, ya en la cocina, se sirvió agua en el único vaso limpio que encontró. Se acercó a la ventana iluminada por la luz de la luna, cerró los ojos y bebió despacio. Abrió los ojos porque se sintió observada, pero no había nadie y los ronquidos del viejo de la recepción indicaban que de ahí no había movido ni un ápice. ¿Habría alguien más en el hostal?

Se apresuró a subir y al entrar a la habitación, se aseguró de haber cerrado bien la puerta con el cerrojo oxidado. Aunque solo estaban ellos dos, ¿para qué dejarla abierta? Su novio dormía sin prisas y no se enteraba de nada. Ella se acomodó como pudo en su cama hasta que el sueño terminó ganándole la partida.

Después de un tiempo incalculable, la chica, un poco somnolienta, siente un cosquilleo en el dedo gordo del pie derecho. Creyó que soñaba, pero a medida que el cosquilleo se fue transformando en succión, se despertó del todo.

No podía creer lo que veía y mucho menos lo que sentía: A los pies de su cama había un hombre de unos 40 años, una versión del hombre de la recepción, pero con muchos menos años; que le succionaba con fruición el dedo gordo. Lo había apresado con delicadeza entre el índice y el pulgar.


La chica gritó y trató de liberar el pie de la boca del hombre, quien la miró con lascivia no sin antes darle una muy buena chupada a ese dedo gordo ancho y rozagante. El grito alertó al muchacho que sin pensarlo se abalanzó sobre el intruso, pero sin el tino suficiente como para asestarle un puñetazo, cosa que sí hizo el hombre para dejarlo tendido en el piso desmayado.

El hombre levantó un poco entonces la cabeza y la miró directamente de nuevo a los ojos. Su mirada era intensa y penetrante, y la chica se sintió atraída hacia él de una manera extraña y misteriosa. El pánico dio paso a la rendición.

El hombre le sonrió y le invitó a acercarse. Sin saber por qué, se acercó lentamente a él y dejó que siguiera chupando su dedo. La lengua de aquel hombre se movía con delicadeza y maestría, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. La muchacha se sintió invadida por una sensación de placer nunca antes experimentada y se dejó llevar por las caricias del hombre.

Después de un rato, el hombre se detuvo y le dijo que era hora de dormir. Se levantó del piso, se acomodó el cabello y la ropa, se acercó a la puerta, la destrabó y se fue. Sin pensar ni un segundo en su chico, que aún yacía inconsciente,  la chica volvió a su cama, sintiéndose confusa y aturdida. Intentó fingir que nada había sucedido, pero su mente seguía pensando en el visitante nocturno que le había dado tanto placer.


30 enero 2023

La calesita

 


El viejo y decadente carrusel se alza en el corazón de un circo olvidado y abandonado. Los caballos, antaño vibrantes y coloridos, estaban ahora rotos y anticuados, con la pintura descascarillada y sin ojos; o mejor dicho, sin el brillo que antes tenían sus ojos.

El circo lleva décadas abandonado y el carrusel es la única atracción que queda, como testimonio mudo de su rutilante pasado.

Como todo lo que cae en el abandono, se tejieron historias, no muy alentadoras, sobre el carrusel. Algunos dijeron que estaba encantado,otros esparcieron el rumor de ciertos ruidos extraños y apariciones fantasmales que aparecían por la noche, danzando entre los caballos. Los más audaces dieron fe de que los caballos cobraban vida, que sus patas de madera se movían en una danza espectral, y que la música del carrusel sonaba, a pesar de que el mecanismo hacía tiempo que se había oxidado y roto.

A pesar de los rumores, un grupo de chicos curiosos, como todos los adolescentes, decidió explorar el circo abandonado. Llegaron hasta el sitio y caminaron entre las carpas destartaladas, cuyas telas raídas lanzaban una especie de silbido cuando soplaba el viento;  y la hierba crecida sin orden ni propósito alguno, hasta que dieron con el carrusel. En la oscuridad, los caballos eran aún más siniestros e inquietantes de lo que habían imaginado.

A medida que se acercaban, oyeron la infantil y repetitiva música del carrusel. Los chicos estaban aterrorizados y excitados al mismo tiempo, no sabían qué esperar, pero aún así, decidieron avanzar y continuar con su inusual exploración.

De repente, la música se detuvo y los caballos empezaron a moverse, con sus patas de madera crujiendo y mientras daban vueltas y vueltas. Los adolescentes se quedaron clavados en el sitio, incapaces de moverse, mientras los caballos poco a poco cobraban vida y sus jinetes fantasmales de épocas pasadas, aparecían sobre sus lomos cabalgándolos felices.

El grupo estaba más que horrorizado, pero no podían apartar la mirada y mucho menos escapar. Los jinetes fantasmales eran artistas del circo, aún vestidos con sus viejos trajes, con los rostros retorcidos en una grotesca expresión de espanto y terror.

Cuando pudieron tomar valor, los muchachos huyeron, sin atreverse a volver nunca más al circo abandonado. Sin embargo, el recuerdo del carrusel embrujado permaneció en ellos, así como la certeza de que los espíritus de los artistas siempre estarían atrapados, montados en el carrusel, para siempre.

El circo abandonado y el carrusel embrujado se convirtieron en un lugar de peregrinación popular para los buscadores de emociones y los cazadores de fantasmas, pero nadie se quedaba mucho tiempo. El ambiente inquietante y la sensación de ser observado por ojos invisibles los ahuyentaban, como un oscuro y tenebroso testimonio del pasado y de los espíritus atrapados en su interior.

 

 

 

 

09 diciembre 2022

El hombre contrahecho

 



Alrededor de las 10:00 am, de martes y jueves, entra por el portón del colegio. Lo abre con dificultad pues es muy pesado para su escasa corpulencia; además, siempre va cargado de cosas, papeles que sobresalen del portafolio, sobre todo.

Desde diferentes lugares, ambas lo ven llegar. La directora se yergue en su silla y algunas veces ha tenido la osadía de soltarse el cabello, de manera de que le caiga salvaje sobre los hombros.

La asistente de la directora lo degusta con la mirada y a diferencia de su jefa, se abre los tres primeros botones de la blanca camisa del uniforme y deja entrever el sostén, para que quede al descubierto la delicadeza del encaje, la generosidad de sus pechos.

El hombre arriba, como siempre, arrastrando la parte izquierda de su cuerpo, dando tumbos como si de un muñeco desarticulado se tratase. Su lado derecho le responde sin problemas y es en esa disociación de ambas partes donde queda sometido a la acción espasmódica de su andar.

Es esa figura irregular y mal ensamblada la que desean la directora y su asistente cada martes y cada jueves del año escolar.

Ambas libran una guerra silenciosa y licenciosa para acaparar la atención del contrahecho profesor de matemáticas. Esta vez gana la primera partida la asistente, que se apresura a recibirlo con la excusa de ayudarlo a sostenerle la cantidad infame de papeles que carga consigo.

Acostumbrado como está a esa opereta, rehúsa alcanzarle el portafolio y sube despacio las escaleras, pero cuando faltaba poco para llegar al descansillo, la asistente desliza el pie para hacerlo caer. El hombre trastabilla y muchos de los papeles salen volando. 

‘’¡Ay, profe! ¿Se lastimó?’’ pregunta con voz de preocupación fingida, mientras se agacha a recoger el estropicio y a dejar bien expuesto el escote.

El profe disfruta de ese panorama, pero más de la patética función. Con el rabillo del ojo ve a la directora que sale disparada de su escritorio para intervenir como sea en el episodio.

Ambas lo ayudan a recoger los papeles y lo ven caminar con su eterna dificultad hacia la dirección, rumbo al salón de profesores.

‘’No es nada, no es nada’’ responde el hombre al tiempo que sonríe e intenta recuperar su escaso equilibrio como puede. La asistente intenta tomarlo del brazo y atraerlo hacia sí para ayudarlo a recomponerse, pero él, experto como es en las lides de su mal ensamblada estructura física, se yergue sin aceptar la ayuda y trata de seguir su camino.

Les sonríe a ambas mujeres con una dulzura ensayada durante años y camina lento, muy lento, marcando el desacompasado ritmo de su cuerpo a propósito. ‘’Disfruten, disfruten de esta visión’’ piensa y sigue su camino hacia el salón.

23 agosto 2022

La lectura




Sabe que viene a buscarlo a su habitación por la forma en que camina, o mejor dicho, por la forma en que siente vibrar sus pasos. A todo lo que le dice, él solo mueve su cabeza, en señal de aprobación del plan de siempre; sonríe, deja lo que sea que esté haciendo y lo sigue.

Él ya sabe que es la rutina vespertina entre ambos y no le molesta en lo absoluto; sin embargo, a su madre sí. Cada vez que los descubre, monta en cólera casi siempre, como si con eso pudiera cambiar su realidad como familia.

Nunca entendió el comportamiento de su madre. ¿Qué tan terrible es pasar un par de horas pretendiendo ser otra persona? ¡Tanto a su abuelo como a él les hace bien! Pero se ve que a ella no. No sabe qué dispara su enojo: Si el hecho de pasar tiempo juntos o el hecho de creerse ‘’normales’’. Y a fin de cuentas ¿qué es ser normal?


Una vez le preguntó a su madre y ella lo miró como cuando se ve algo que está irremediablemente perdido. Le apuntó la frente con el índice y le dijo ‘’tú no’’. Él rió. No se sintió aludido en lo más mínimo. Entendió que algo en su propia madre no estaba bien del todo y dio por terminado ese asunto.


Por los momentos, la única cosa que le interesaba era, después de volver del colegio, esperar a que el viejo viniera a buscarlo para leerle. No tenían muchos cuentos en la casa, así que las historias que le leía eran siempre las mismas, que quién sabe de qué iban porque él después no se ocupaba de leerlas por sí mismo. Las portadas de los cuentos no eran muy elocuentes y las pocas ilustraciones que tenían, menos.


Se sentaba a su lado muy quieto observando el movimiento de sus labios, sus expresiones faciales, cómo inclinaba el cuerpo ante lo que él creía que era impactante. Le gustaban esas horas de teatro improvisado.


Sabía que el abuelo estaba enfermo, pero no entendía bien de qué. Su madre le comentó un día señalándose la cabeza. Él quiso saber más, pero ella se limitó a decirle que era degenerativo. No entendió tampoco, pero no preguntó más; en parte porque su madre no era buena para expresarse en su lengua y en parte porque lo importante para él era el tiempo que pasaban juntos.


Su abuelo era terco y estaba decidido a ‘’recuperarlo’’. Así lo había dicho. Pensaba que lo suyo era algo de lo que uno se podía recuperar. Ni él ni su madre entendían a cabalidad de qué se trataba ser como él era. No se avergonzaba ni se sentía menos que el resto. Su mundo era igual de rico que el de cualquier otra persona e incluso más, pensaba.


Se trazó una especie de estrategia para que su madre no los descubriera. Aguzó sus  cuatro sentidos restantes. Descubrió las rutinas de su madre cuando se preparaba para salir de casa y los tiempos que demoraba en volver. Eso le daba margen suficiente para sentarse con su abuelo y fingir que entendía lo que le narraba.


Cuando terminaba cada cuento, el viejo le pasaba la mano con cariño por la cabeza y le hacía la misma pregunta de siempre: ‘’¿Te gustó?’’, a lo que él respondía asintiendo. A veces se le quedaba viendo, esperando que él dijera algo, a veces también lo veía sin reconocerlo y se levantaba molesto y se iba de nuevo a su cuarto.


Le daba mucha lástima cuando lo sentía deambular por la casa como si estuviese perdido, así que o bien lo evitaba para no asustarlo o bien lo seguía hasta que el anciano lograba reconocerlo. 


Unos meses antes de la defunción del abuelo, el niño descubrió a la madre en la sala, con quien supuso sería el médico. ‘’Deterioro cognitivo’’ logró entender, entre otras cosas. Si bien no entendió el concepto como tal, tuvo la corazonada de que no era nada bueno.


En la escuela le preguntó a las maestras, quienes le explicaron como pudieron, para no alarmarlo. 

Lo único que pensó fue en redoblar sus esfuerzos para pasar más tiempo con el viejo, pero su plan se vio truncado por el rápido detrimento de la salud de su abuelo. Los últimos días los pasó sentado a un costado de la cama del viejo, sosteniendo su mano para no olvidar su forma,  cuando ya no estuviera. 


El día del funeral, durante la misa, el sacerdote pregonó sobre los goces de la vida eterna, de la misericordia de Dios, y los designios que trascienden a los hombres. Pero el niño no lo supo entender, no podía oír esas palabras, su sordera se lo impedía. En su lugar imaginó a su abuelo narrándole historias sin palabras, como siempre había hecho.

16 mayo 2022

La recompensa

 




Paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. La paciencia no fue nunca mi fuerte, pero este encierro lo sobrellevo bien, para mi propia sorpresa. Lo malo es que, de noche, el penetrante olor de estos fajos no me deja descansar.

En otro momento de mi vida, estar aquí sería un tanto incómodo, porque el solo hecho de estar de cuclillas me arruinaría las rodillas; pero por fortuna eso no es un problema. Puedo moverme aún agachado sin tener que ponerme de pie o acostarme cada tanto.

Me he vuelto muy observador y he aguzado todos mis sentidos desde que llegué aquí. Cada chirrido en la casa lo conozco, sé de dónde viene, qué lo produce. Cada rendija por donde se cuela el viento lo hace sonar de forma diferente y sé exactamente en qué parte está.

Las paredes de la casa se anticipan a las estaciones y van cambiando. Sé cuando el otoño está por aparecer, porque en las noches de verano todo se vuelve un poco menos caluroso y entonces así sé, por esa temperatura que también adoptó mi cuerpo, que los días de verano están preparándose para irse.

Dirán que son cosas tontas, pero en algo tengo que usar mi tiempo. Eso me ayuda a mantenerme activo. No es lo ideal, claro. Lo ideal sería no estar aquí. Desde hace cinco años aguardo mi liberación; mientras tanto, me entretengo.

Mi hija no viene desde hace tres años, aproximadamente. Al principio de mi cautiverio, venía con cierta frecuencia para ordenar, limpiar, deshacerse de algunas cosas de la casa. En ese tiempo, yo no le prestaba mucha atención, de tan embobado que estaba con esto de cuidar de mi botín. Después, cuando sus visitas se hicieron más espaciadas, me alarmé.

No tenía manera, ni aún tengo, de ponerme en contacto con ella. A veces siento que me olvidó del todo, otras veces siento que me recuerda todos los días de nuestra vida. Si bien es duro estar así y más en este encierro, hay un montón de sensaciones y de sentimientos que dejaron de tener la etiqueta de ‘’bueno’’ o ‘’malo’’. Simplemente las cosas son como son: Mi hija no viene desde hace tres años.

Creo que no lo hace por miedo. Le mando mensajes, con cualquier pretexto, para que vuelva. Me ignora o no entiende lo que le digo. No soy un hombre de saber explicar bien las cosas, me quedo siempre corto.

Sucede también que, en este cambio de circunstancias, no es fácil la comunicación. Se recurre a metáforas, a símbolos, cuya interpretación dependerá mucho del receptor. Si el mensaje no es claro, como sé que son mis mensajes, el receptor, mi hija, no entenderá o confundirá toda la situación.

Estoy tratando también de mejorar eso. Me está llevando tiempo. Lo repito: nunca fui muy bueno comunicándome. Así que por los momentos, trato de estar cerca de ella lo más que puedo, en pensamiento, porque de aquí no puedo salir, hasta que mi situación se resuelva.

Recuerdo las buenas épocas en esta casa. Hacía buen dinero, podía ahorrar, atesorar. Sobre todo eso: atesorar. Cuando llegaba el dinero, lo guardaba y de tanto hacerlo ahora estoy atado a él, a ese olor a viejo, ha guardado que adquieren las cosas cuando no circulan, no se usan.

Nadie sabía que estaba guardando tanto dinero. Me estaba partiendo el lomo trabajando, pero les hacía creer que la paga por mis trabajos era baja. Me convertí en un experto en el arte del engaño. Cuando mi mujer, que Dios la tenga en la gloria, me pedía dinero para los gastos de la casa y la manutención de nuestra hija, yo siempre respondía con algún remilgo y le decía que ese mes no había logrado cobrar mucho, etc. Tenía ya armadas mil excusas.

Mientras, iba guardando billete tras billete aquí arriba, donde estoy ahora. Este ‘’escondite’’ lo descubrí de casualidad. Parece que cuando construyeron el techo, pensaban también hacer una especie de entrepiso para la ventilación, creo, no estoy seguro, pero no lo terminaron y quedó un espacio, como si fuera una larga gaveta, en el techo de la cocina. Ahí empecé a meter los fardos, mes tras mes, año tras año.

No fue por codicia que lo hice, sino para vivir tiempos mejores, siempre pensando en el futuro; especialmente el de mi hija. Cuando pasó el accidente, yo no tuve tiempo de avisarle que en el techo de la cocina, estaba todo su futuro. Vinieron por mí y yo dije que no, porque tenía que cuidar mi botín.

Lo malo es que paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. El penetrante olor de estos fajos no me deja descansar. No puedo deambular tampoco por mi propia casa. No sé cuándo terminará todo esto.

Quiero vender la casa, pero ¿podré hacerlo?. A veces siento que nunca voy a poder deshacerme de ella, pero es que no logro dar el paso. Es una casa grande e inoperante. Mantenerla es un caos y no tengo ni el tiempo ni las ganas.

Además, este olor tan rancio que no logro ahuyentar y que tampoco logro identificar. ¿Qué haré con esta casa? Ni siquiera está llena de recuerdos que quisiera conservar. Es tan solo una estructura y nada más.

Lo que más me gustaba era la cocina, porque daba al patio interno, donde estaba el árbol del que colgamos una hamaca, el columpio y nos creíamos de vacaciones cuando hacía buen tiempo. ¡Fue una buena época, sí! Pero el árbol terminó secándose y tuvimos que sacarlo y en su lugar, pusieron el piso de cemento. Una lástima. Me gustaba el jardín.

 Tengo que limpiar. La casa va a deteriorarse más si sigo dejando todo así, a la buena de Dios. Dios no limpia. Ojalá viniera un terremoto y la arrancara de sus cimientos y chau, casa. No tendría que ocuparme de esto, que es como un pensamiento que me taladra de vez en vez.

Contengo la respiración. ¡Eres tú! ¡Viniste! ¡Mi amor! Hago ruido, pero no me oyes. ¡Mira hacia arriba! ¡Te estoy viendo, hija querida!

Algunas baldosas se han salido y otras están rotas. Me lo anoto. Tengo que ir haciendo un informe del deterioro, pedir presupuesto para que vengan a arreglar o dejar todo así y venderla, tal y como está, aunque no saque mucho dinero. Cañerías, pisos, algunos vidrios rotos…

¡Mi amor!¡Mira hacia arriba! Concéntrate. Mírame. ¡Mira hacia arriba! Ya es tiempo de salir de aquí. Guardé todo esto para ti. ¡Solamente para ti!

Miro hacia los techos y los inspecciono. Había una filtración en el de la sala; no muy grande, por fortuna. Aquí en la cocina pareciera estar comenzando. Se levantó un poco la pintura. Lo anoto. No parece ser grave.

Hago un rollito con uno de los billetes y lo empujo por unas de las rendijitas de este techo falso que habito. Cae, sin ruido. No lo notas. Lo pienso con todas mis fuerzas: ¡Mírame! Mientras, hago otro rollito y lo aviento. ¡Concéntrate!

Vuelvo sobre mis pasos y piso algo. ¿Qué es eso? Estos papelitos no estaban aquí recién. Me agacho. Es un billete de 100. ¿Eh? ¿De dónde salió? Más allá hay otro. Lo recojo. También de 100. Miro hacia el techo de la cocina. Voy a buscar algo en qué subirme. Alguna silla, alguna escalera, algo útil debe haber quedado.

Cuando por fin encuentro una silla, me subo y observo más de cerca. Hay rendijas finas y de allí emana el olor que transpira la casa. Mi casa. ¿Pero por qué? Raspo con la uña la pintura, toco con los nudillos: ‘’Toc, toc, toc’’. Suena hueco. Con asombro descubro el techo falso. ¿Qué es esto?

¡Mi amor! ¡Ni te ocupes! Acércate. Tengo aquí mi botín, que es todo tuyo. Lo atesoré para ti. Ven, mi vida. Acércate, acércate.

Hay muchos billetes, de 100 y de 50. Estoy atónita. Es que es increíble. ¿Quién los guardó? Nunca tuvimos dinero. ¡Dios mío! Esto es una pequeña fortuna.

Por fin, hijita, por fin. Llévatelo todo. Es tuyo, todo tuyo. Siento que me falta el aire, mi amor, que ya no soy yo. Tengo que irme. Mi vida, mi amor. Te amo mucho. Tenlo presente. Adiós, mi querida hija. Adiós.

29 abril 2022

El cuadernito

 



A las 20:00 de todos los días, a menos que haya algún evento como la noche de servicio comunitario a los necesitados, es decir, a los pobres de siempre del barrio, todas deben estar recluidas en sus cuartos.

Convengamos que el término ‘’recluido’’ quedó de la época en que las monjas sí quedaban encerradas en sus claustros hasta el día siguiente. Ahora es diferente, pero la palabreja se mantuvo.

A ella, sin embargo, le gusta decir que ‘’las hermanas nos recogemos’’, como si fueran gallinas en su gallinero. Así que casi siempre, cada noche, en la soledad de su claustro-cuarto, fuma un cigarrillo, lee, pasea por las noticias del día desde su celular, ora; aunque esto último no siempre lo hace y no por desobediencia o falta de fe, sino porque prefiere hacerlo en la capilla y de noche no se puede, ya que permanece cerrada.

Lleva varias noches con dificultades para dormir y eso la inquieta. Le pasa casi siempre que presiente que algo fuera de lo normal va a pasar, como cuando murió su madre sin previo aviso. Ella lo presintió con todo su cuerpo días antes. Desde ese momento, cada vez que alguna catástrofe va a pasar, la presiente.

Da vueltas en la cama. El libro que estaba leyendo no logró entretenerla del todo, tampoco las noticias, ni el streaming. Apaga la luz y clava la vista en el techo hasta que se acostumbra a la oscuridad. Tantea en la mesita de noche hasta dar con los cigarrillos y el encendedor. Es el tercero de la noche ya.

Decide entonces, después de varios minutos, ir a la cocina por agua para después pasar por el baño y cepillarse los dientes y así quitarse el aliento de fumadora, pero adrede se desvía para ir al jardín. ‘’A falta de capilla abierta, bueno está el jardín’’ piensa. La noche está fresca y la luna ilumina un poco el portón de entrada.

Respira hondo y se queda mirando absorta el cielo nocturno, cuando al poco tiempo escucha el ruido de pisadas apresuradas y cuchicheos. Son cerca de las 3:00 a.m. ¿Quién pudiera estar levantada a esa hora? ¿Alguna emergencia? ¿Habrán llamado a un médico? ¿Le habrá pasado algo grave a alguna de las hermanas?

Ve claramente a la directora, la hermana Josefina, y a la subdirectora, la hermana Imelda. Lejos de acercárseles para ofrecerles su ayuda, se esconde sin saber por qué detrás de una de las columnas del patio. Hay algo que no está bien en toda esa escena.

La hermana Josefina baja aún más el tono de voz. Abre con cuidado el portón y se queda viendo de un lado al otro de la calle. Detrás de ella, la hermana Imelda hace lo mismo.

A los pocos minutos aparece un hombre. Los tres susurran. Ella los observa más que impresionada. Parece que estuviese viendo una película cuya trama no entiende. Sin embargo, sigue inmóvil en su improvisado escondite.

El hombre va y viene con lo que parece ser pesados bolsos. Las hermanas los reciben y los van llevando, casi a rastras a la capilla. Ella cuenta siete. Cuando terminan de acarrearlos, los tres se dirigen a la cocina. 

Ella aprovecha para acercarse sigilosa hasta la capilla, cuya puerta está sin llave. Los siete bolsos están ahí, en fila, detrás del altar. Por minutos se siente investigadora privada, como las de las series de televisión que veía de niña. Está nerviosa y a la vez emocionada. Se agacha y sin hacer ruido, descorre el cierre de uno de los bolsos. Se lleva la mano a la boca para reprimir su sorpresa. Lo que hay dentro son fajos de dólares. Muchos. Abre el segundo bolso con el mismo resultado. Por no dejar, abre el cuarto y más se sorprende al ver que tiene el mismo contenido.

¿Cuánto dinero hay en esos bolsos y por qué los tienen las hermanas? Para nada bueno debe ser. ‘’Esto seguro no es para los pobres’’ piensa y se santigua. Los susurros de Josefina, Imelda y su misterioso acompañante, la sacan de un golpe de sus elucubraciones.

Sale sin hacer ruido, cierra la puerta de la capilla y se dirige de nuevo a su escondite en el jardín. Desde ahí puede ver cómo las monjas despiden al hombre, que se inclina a modo de reverencia para darles las gracias. Las hermanas cierran el portón y se dirigen a la capilla en donde permanecen unos minutos, que a ella le parecen eternos.

Cuando salen de la capilla, ve como la hermana Imelda esconde bajo su manga un fajo de dólares. Lo ve y no lo cree. Asume que la hermana Josefina hizo lo propio. Espera un tiempo prudencial para regresar a su cuarto.

Una vez en su dormitorio, anota todo lo que vio esa madrugada en un cuadernito. Se acuesta en su cama, boca arriba. Tiene mil preguntas, pero una sola certeza: Lo que presenció recién es ilegal.

Duerme muy poco y entre insomnio y sueño reza para tener claridad y saber cómo enfrentar esta situación, porque ella nunca será cómplice de nada turbio. No puede recurrir a la madre superiora, pero si tiene que enfrentarla lo hará.

A las 5:00 a.m llaman a la primera oración del día. No logró descansar, pero obtuvo la respuesta que esperaba.

Se dirige a la capilla un tanto nerviosa para la misa diaria. Contraria a su costumbre de sentarse en el banco de la última fila, ocupa el primero y a un costado, desde donde puede ver el altar. No están ya los bolsos. Trata de ocultar su sorpresa lo mejor que puede. ¿Adónde los llevaron? ¿Fuera del convento? ¿O los escondieron en algún otro lado?

No le prestó atención a la misa y después que terminó, se quedó arrodillada rezando. Pasados unos minutos, fue a la oficina de la madre superiora. Respiró hondo, cerró los ojos y esperó a que volviera del desayuno.

La hermana Josefina se sorprende al verla. ‘’¡Marina! ¡No te vi en el desayuno! ¿Te sientes bien?’’ Marina abre los ojos y la observa. En segundos recuerda todo lo que pasó la noche anterior. La hermana Josefina, que hasta unas horas atrás era su ejemplo a seguir, es ahora una persona desconocida totalmente.

‘’Tengo que hablar con usted, madre’’ le dice con voz firme. Josefina la mira un tanto perpleja. ‘’Sí, mi vida, pasa’’. Josefina siempre fue amable y dulce con ella, como si hubiera sido la hija que jamás tuvo y hubiese querido tener.

‘’Madre…Anoche…Anoche presencié algo muy raro’’. Hizo una pausa corta para decidir qué palabras usar, pero no las encontró. Le contó todo lo que la madre superiora ya sabía. Cuando terminó el relato, la directora la miraba impertérrita, como si ella fuera una niña pequeña que había ido expresamente a contarle un mal sueño. 

‘’Marina…Es usted joven y siempre será inexperta’’ le respondió, tratándola de usted, por primera vez en todo el tiempo que llevaba en el convento. ‘’Madre, yo sé lo que vi’’. La mujer volvió a responder con la misma frase inexplicable, sin alterarse: ‘’Marina, es usted joven y siempre será inexperta’’ e hizo un ademán para que se retirara.

La chica se levantó y en completo silencio salió de la oficina y fue a ocuparse de sus quehaceres, no sin antes pasar por su cuarto y anotar todo en el mismo cuadernito donde tenía lo que había pasado la noche de los bolsos.

Dos días después, la madre superiora le informó que la trasladarían a otro convento, donde su ‘’energía, carisma y espíritu de servicio serían de gran provecho’’. Marina lo tomó como lo que era, una llamada de atención, pero sabía bien qué tenía que hacer.

Antes de su traslado, pidió tiempo para despedirse de sus familiares y amigos. A su hermano le entregó en secreto el cuadernito y le contó todo lo que vio, con la advertencia de que si algo llegara a pasarle, él tendría que entregarle todo a los medios, a la policía. Le mandó un audio con toda la historia, además, estructurado como una especie de bitácora.

‘’Me siento como en una peli de espías’’ le dijo, antes de abrazarlo para despedirse. Tenía otra vez la ya tan familiar intranquilidad pegada en el cuerpo. ‘’Algo va a pasar’’ bromeó, antes de regresar al convento para irse al día siguiente.

A las 8:00 a.m del lunes de su partida, un auto la estaba esperando. Las hermanas Josefina e Imelda la despidieron sin emoción alguna. Ella las miró y antes de subirse al auto, les dijo: ‘’Que les aproveche el dinero, hermanas, y que Dios las perdone’’. Ellas la miraron también y solo Imelda bajó la mirada, sonrojada. ‘’Algo de vergüenza tiene al menos esta’’ pensó. Se persignó y se entregó a lo que estuviera próximo en su destino.

Un par de horas antes de llegar, el auto que la llevaba fue embestido por otro y tanto ella, como el chofer murieron en el acto. 

En su funeral, la madre Josefina dijo unas palabras tan patéticas como ella misma: ‘’Marina, en plena flor de la vida, Dios quiso tenerte en su jardín’’. Los que no estaban al tanto del drama que se había desarrollado días antes, lloraron sinceramente su partida. Pero su hermano, siguiendo las instrucciones que Marina le había dado, esperó el final del discurso para gritarle ‘’¡Sé en qué estás metida, vieja puta y de esta no saldrás bien parada!’’, al tiempo que un par de oficiales de la policía y algunos periodistas se le acercaban a las hermanas Josefina e Imelda para llevarlas a la comisaría para interrogarlas.