01 junio 2023

Jamaica Bar


 

Esa noche, la atmósfera del Jamaica Bar parecía envuelta en una neblina sombría. A pesar de las luces neón y la bola de discoteca deslumbrante, un aire inquietante se adueñaba del lugar. A medida que el DJ seleccionaba las canciones, los acordes oscuros se mezclaban con la melodía, creando una cadencia macabra.

Mientras me adentraba en mi dominio habitual, pude sentir los ojos penetrantes del fornido guardia de seguridad, que emanaban una presencia siniestra. Sin mediar palabra, me concedió el paso, como si conociera mis más profundos secretos. Dentro del bar, me sumergí en una danza frenética, moviéndome al ritmo de las melodías en un trance hipnótico.

Pero aquella noche, algo malévolo se interponía entre las sombras. Un grupo de chicas, cuyas miradas eran tan frías como el hielo, se acercó con malas intenciones. Empujes y golpes intercambiados en una danza violenta, mientras el ambiente se llenaba de una energía oscura y amenazadora.

Justo cuando mi sed de pelea alcanzaba su punto álgido, el guardia de seguridad emergió de las tinieblas. Con su presencia imponente, desafió a las intrusas sin pronunciar una sola palabra. Como si tuviera un poder sobrenatural, las hizo retroceder y desvanecerse en la oscuridad de la noche.

Mientras recuperaba la compostura, me di cuenta de la protección que había recibido de aquel ser enigmático. Nuestro vínculo se selló con una mirada, en la que pude ver el conocimiento de un secreto ancestral y una promesa de seguridad en medio de la maldad reinante.

Desde aquel incidente, ninguna amenaza se atrevió a desafiar mi reinado en el Jamaica Bar. En cada una de mis visitas, conté con la protección inquebrantable del misterioso guardián. Y hasta el último día en que mis pasos resonaron en aquel recinto, su sombra se mantuvo a mi lado, velando por mi seguridad en la oscuridad de la noche.

 

14 mayo 2023

Número desconocido


 

Su mente se sumergía en un mar de pensamientos obsesivos cada vez que se acercaba al teléfono, esperando que la llamada que tanto anhelaba finalmente llegara. Su corazón latía con fuerza ante la mera vibración del dispositivo, anticipando el momento en el que, pensaba ella, oiría la voz que había estado esperando con ansias.

Y fue así como una tarde cualquiera, el teléfono sonó y se apresuró a tomarlo para contestar sin siquiera leer el nombre del contacto: ‘’¡Hola!’’ dijo. No fue una pregunta, ni mucho menos una invitación al que el interlocutor se presentara. Fue un ‘’hola’’ que constataba que del otro lado de la línea estaba la persona que quería hablar con ella y solo con ella. Pero su alegría pronto se convirtió en confusión al darse cuenta de que la voz en el otro extremo no correspondía con la que esperaba.

Una ola de desconcierto la invadió, pero se esforzó por mantener la compostura mientras intentaba explicar la situación. La voz desconocida la interrogó. Trató de esquivar las preguntas que le parecieron muy personales, muy íntimas, y respondió mansamente a las menos comprometedoras.

Durante cerca de media hora, la voz le habló sobre cosas, algunas triviales, otras extrañas y muchas enigmáticas. Le contó historias de su vida,  inquietantes, intrigantes. Ella se apoyó contra la pared y se dejó caer, poco a poco hasta sentarse. No podía evitar sentirse atraída por la voz misteriosa y desconocida.

También le hizo preguntas, pero más básicas, menos elaboradas. A todas ellas, la voz respondió con hechos de su propia vida, que bien pudieran ser reales o ficticios.

Cuando la llamada terminó, la chica se sintió profundamente perturbada por la extraña conversación que acababa de tener. Miró su teléfono y se dio cuenta de que el número era privado, por lo que no podía rastrearlo. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero también una extraña emoción que no podía explicar.

Algo había cambiado en ella. La sensación de lo desconocido se había instalado en ella. Empezó a notar cosas que antes pasaban desapercibidas: los sonidos de la ciudad parecían más fuertes, los colores más vibrantes y los olores más intensos. Incluso las personas a su alrededor parecían tener una nueva dimensión, como si de repente pudiera ver más allá de lo superficial.

Desde aquel día, nunca más volvió a recibir una llamada del extraño número. Pero no podía dejar de preguntarse si aquella misteriosa voz volvería a aparecer en su vida, sumergiéndola una vez más en el abismo de lo desconocido.

07 abril 2023

Cosas del viento

 

Caminaba sin rumbo fijo. Se dejaba llevar por el cálido sol tardío, sintiendo la brisa salada acariciar su rostro. Vestía un largo vestido blanco que se movía al compás del viento, como si tuviera vida propia.

Le gustaba creer que era una figura enigmática que aparecía y desaparecía misteriosamente en la playa. Pero solo huía del sol. Y de la muchedumbre, sobre todo el fin de semana.

Esa tarde salió, cautelosa, como tardes anteriores. El viento, que azotaba la costa ese verano, se había vuelto terrible y violento; sin embargo, ninguna alarma levantaron los meteorólogos, por lo que la mujer lo único que hizo fue mantener la misma cautela de siempre.

Decidió caminar a la par del viento, no de espaldas a él, como había hecho todas las tardes. Iba despacio, disfrutando de la textura de la arena bajo sus pies. Cerró los ojos por unos instantes, se dejó llevar por la sensación de aquella brisa poderosa, como si quisiera fundirse con ella. En ese momento, el viento comenzó a soplar con más fuerza, envolviéndola con su abrazo invisible.

Esto hizo que caminara más rápido. Se sintió transportada por la fuerza del viento, elevándose en el aire como una hoja seca. Abrió los ojos, miró hacia abajo y vio que la playa se alejaba rápidamente, mientras el mar y las montañas se acercaban a ella.

Mientras flotaba en el aire, todo a su alrededor parecía estar desvaneciéndose, dejando solo en escena al viento y a ella. Se preguntó qué pasaría si nunca pudiera volver a su vida, a lo que era antes y se quedara así, suspendida.

Imaginó el mundo continuando, sin ella en su lugar, los días pasando sin un rastro, dejándola atrás. Se preguntó cómo sobreviviría, flotando en la eternidad, sin rumbo, a merced del viento.

‘’¡La vida nunca es lo que parece, ni lo que uno cree!’’ le gritó a la nada. De repente, sintió una extraña presencia detrás de sí. Giró su cabeza lentamente y se encontró con un hombre alto y delgado, vestido con un traje oscuro, que la observaba desde la profundidad de unos ojos también oscuros y además intensos.

El viento dejó de soplar con fiereza. Con un tono de voz propio de quien ha fumado desde temprana edad, el hombre le preguntó si estaba bien. La mujer, desconcertada, lo miró con temor. "No sé de qué hablas", dijo ella.

‘’Señora, lleva cerca de media hora gritando’’ le respondió. ‘’Venga conmigo, la acompaño hasta su hotel’’ le dijo. La mujer no sabía qué hacer. El hombre parecía muy seguro de sí mismo, pero después de todo, él era un extraño, y la mujer había aprendido desde temprana edad a no confiar en extraños.

Le plantó cara y le dijo: ‘’Prefiero que me lleve el viento’’. Después de pronunciar esas palabras, la mujer se dio la vuelta, dejando al hombre perplejo en la playa. La vio alejarse unos metros y detenerse de espaldas a él, abrir los brazos y elevarlos al cielo.

El viento arreciaba y la gente iba dejando vacía la playa. El hombre caminó lo más rápido que pudo y se resguardó en la caseta del salvavidas, que lo saludó, como todas las tardes. ‘’La loca te fastidió de nuevo hoy, ¿no?’’, le preguntó, al tiempo que señalaba a la mujer que daba saltitos en la arena, seguidos de vueltas sobre sí misma.

‘’Me da pena, pero tengo que cumplir con mi deber. Con la amenaza de lluvia y vientos huracanados, no está permitido que la gente se quede en la playa. ¿Ustedes ya van de salida, también?’’ le preguntó.

El salvavidas echó un vistazo a la playa. ‘’Tengo que sacar a los surfistas que ves allá y daré por terminada mi jornada. Será solo advertencia. No puedo jugar a ser el guardián de toda esta gente. Para eso estás tú, amigo’’, le dijo, al tiempo que le sonreía y le palmeaba la espalda. El hombre le devolvió la sonrisa: ‘’Es así. Son gajes del oficio. De mi oficio’’, le respondió, mientras veía a la mujer que incesantemente daba vueltas sobre sí misma.


03 marzo 2023

El hostal


 

El hostal no tenía buenas reseñas, pero era barato y ellos, que viajaban como tantas otras parejas jóvenes - con poco dinero y muchas ganas de aventura- reservaron por tres noches y cuatro días. ¿Qué tanto tiempo pasarían en el lugar?

Si bien estaba en la ciudad, el sitio quedaba un tanto retirado y para llegarle, había que pasar por callejuelas un poco sucias, estrechas, que de noche solo tenían una luz mortecina que amparaba a yonkis, a rateritos de poca monta y a malvivientes.

El dueño, un hombre mayor y amable que no compaginaba con el sitio en sí, pasaba en la recepción todo el día. Recibía con el mismo agrado al mochilero de paso que al drogadicto de turno que quisiera echarse en el desvencijado sofá de la entrada.

Así que cuando los chicos llegaron, fue él quien los llevó a su habitación y sonriente se las mostró. El hostal tenía cuatro pisos y la habitación de ellos quedaba en el segundo. ‘’Los dos primeros pisos son solo de habitaciones compartidas, las más baratas. ’’Ahora que es temporada baja, no tendrán compañía’’ explicó el hombre, al tiempo que les guiñaba un ojo.
Había ocho literas para fácilmente albergar a ocho personas. La habitación era más que triste. No había ninguna decoración en las paredes, salvo un cuadro con un paisaje campestre, descolorido ya por el paso del tiempo.

No era un sitio lindo ni acogedor y eso contrastaba mucho más con la afabilidad del dueño. Pero ¿quién necesitaba sentirse en casa, en esta vida trashumante que llevaban desde que empezaron el viaje? Así que hicieron caso omiso del lamentable estado de los colchones, del piso de madera que chirriaba con tan solo lanzar un suspiro, del par de cristales rotos de las ventanas y de la lámpara lastimera que se balanceaba y arrojaba una luz amarillenta deprimente.

La chica resopló. ‘’¿Y si hay pulgas? Seguro hay pulgas’’ dijo recalcando su teoría. El muchacho se rio y la tomó de la mano para atraerla hacia sí. ‘’Las soportaremos. Son solo cuatro días’’ y le dio uno de sus besos entre calmantes y tiernos.

Ya iba a ser hora de cenar, así que dejaron las mochilas con candado en el viejo armario y bajaron. Se adentraron en la noche. Al regresar, cansados de dar vueltas por la ciudad, subieron a su habitación.

Era noche cerrada y desde la calle llegaba el eco de algunas conversaciones, algunos gritos de borrachos. La chica supo que le costaría conciliar el sueño, a pesar de que estaba muy cansada. Dio vueltas en la cama durante un rato, hasta que decidió levantarse para tomar un vaso de agua.

Bajó a la cocina, pero se asomó a la recepción. El hombre estaba ahí, clavado en la silla, roncando de a ratos, con los lentes en la mano que le colgaba casi inerte. La muchacha, ya en la cocina, se sirvió agua en el único vaso limpio que encontró. Se acercó a la ventana iluminada por la luz de la luna, cerró los ojos y bebió despacio. Abrió los ojos porque se sintió observada, pero no había nadie y los ronquidos del viejo de la recepción indicaban que de ahí no había movido ni un ápice. ¿Habría alguien más en el hostal?

Se apresuró a subir y al entrar a la habitación, se aseguró de haber cerrado bien la puerta con el cerrojo oxidado. Aunque solo estaban ellos dos, ¿para qué dejarla abierta? Su novio dormía sin prisas y no se enteraba de nada. Ella se acomodó como pudo en su cama hasta que el sueño terminó ganándole la partida.

Después de un tiempo incalculable, la chica, un poco somnolienta, siente un cosquilleo en el dedo gordo del pie derecho. Creyó que soñaba, pero a medida que el cosquilleo se fue transformando en succión, se despertó del todo.

No podía creer lo que veía y mucho menos lo que sentía: A los pies de su cama había un hombre de unos 40 años, una versión del hombre de la recepción, pero con muchos menos años; que le succionaba con fruición el dedo gordo. Lo había apresado con delicadeza entre el índice y el pulgar.


La chica gritó y trató de liberar el pie de la boca del hombre, quien la miró con lascivia no sin antes darle una muy buena chupada a ese dedo gordo ancho y rozagante. El grito alertó al muchacho que sin pensarlo se abalanzó sobre el intruso, pero sin el tino suficiente como para asestarle un puñetazo, cosa que sí hizo el hombre para dejarlo tendido en el piso desmayado.

El hombre levantó un poco entonces la cabeza y la miró directamente de nuevo a los ojos. Su mirada era intensa y penetrante, y la chica se sintió atraída hacia él de una manera extraña y misteriosa. El pánico dio paso a la rendición.

El hombre le sonrió y le invitó a acercarse. Sin saber por qué, se acercó lentamente a él y dejó que siguiera chupando su dedo. La lengua de aquel hombre se movía con delicadeza y maestría, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. La muchacha se sintió invadida por una sensación de placer nunca antes experimentada y se dejó llevar por las caricias del hombre.

Después de un rato, el hombre se detuvo y le dijo que era hora de dormir. Se levantó del piso, se acomodó el cabello y la ropa, se acercó a la puerta, la destrabó y se fue. Sin pensar ni un segundo en su chico, que aún yacía inconsciente,  la chica volvió a su cama, sintiéndose confusa y aturdida. Intentó fingir que nada había sucedido, pero su mente seguía pensando en el visitante nocturno que le había dado tanto placer.


30 enero 2023

La calesita

 


El viejo y decadente carrusel se alza en el corazón de un circo olvidado y abandonado. Los caballos, antaño vibrantes y coloridos, estaban ahora rotos y anticuados, con la pintura descascarillada y sin ojos; o mejor dicho, sin el brillo que antes tenían sus ojos.

El circo lleva décadas abandonado y el carrusel es la única atracción que queda, como testimonio mudo de su rutilante pasado.

Como todo lo que cae en el abandono, se tejieron historias, no muy alentadoras, sobre el carrusel. Algunos dijeron que estaba encantado,otros esparcieron el rumor de ciertos ruidos extraños y apariciones fantasmales que aparecían por la noche, danzando entre los caballos. Los más audaces dieron fe de que los caballos cobraban vida, que sus patas de madera se movían en una danza espectral, y que la música del carrusel sonaba, a pesar de que el mecanismo hacía tiempo que se había oxidado y roto.

A pesar de los rumores, un grupo de chicos curiosos, como todos los adolescentes, decidió explorar el circo abandonado. Llegaron hasta el sitio y caminaron entre las carpas destartaladas, cuyas telas raídas lanzaban una especie de silbido cuando soplaba el viento;  y la hierba crecida sin orden ni propósito alguno, hasta que dieron con el carrusel. En la oscuridad, los caballos eran aún más siniestros e inquietantes de lo que habían imaginado.

A medida que se acercaban, oyeron la infantil y repetitiva música del carrusel. Los chicos estaban aterrorizados y excitados al mismo tiempo, no sabían qué esperar, pero aún así, decidieron avanzar y continuar con su inusual exploración.

De repente, la música se detuvo y los caballos empezaron a moverse, con sus patas de madera crujiendo y mientras daban vueltas y vueltas. Los adolescentes se quedaron clavados en el sitio, incapaces de moverse, mientras los caballos poco a poco cobraban vida y sus jinetes fantasmales de épocas pasadas, aparecían sobre sus lomos cabalgándolos felices.

El grupo estaba más que horrorizado, pero no podían apartar la mirada y mucho menos escapar. Los jinetes fantasmales eran artistas del circo, aún vestidos con sus viejos trajes, con los rostros retorcidos en una grotesca expresión de espanto y terror.

Cuando pudieron tomar valor, los muchachos huyeron, sin atreverse a volver nunca más al circo abandonado. Sin embargo, el recuerdo del carrusel embrujado permaneció en ellos, así como la certeza de que los espíritus de los artistas siempre estarían atrapados, montados en el carrusel, para siempre.

El circo abandonado y el carrusel embrujado se convirtieron en un lugar de peregrinación popular para los buscadores de emociones y los cazadores de fantasmas, pero nadie se quedaba mucho tiempo. El ambiente inquietante y la sensación de ser observado por ojos invisibles los ahuyentaban, como un oscuro y tenebroso testimonio del pasado y de los espíritus atrapados en su interior.

 

 

 

 

09 diciembre 2022

El hombre contrahecho

 



Alrededor de las 10:00 am, de martes y jueves, entra por el portón del colegio. Lo abre con dificultad pues es muy pesado para su escasa corpulencia; además, siempre va cargado de cosas, papeles que sobresalen del portafolio, sobre todo.

Desde diferentes lugares, ambas lo ven llegar. La directora se yergue en su silla y algunas veces ha tenido la osadía de soltarse el cabello, de manera de que le caiga salvaje sobre los hombros.

La asistente de la directora lo degusta con la mirada y a diferencia de su jefa, se abre los tres primeros botones de la blanca camisa del uniforme y deja entrever el sostén, para que quede al descubierto la delicadeza del encaje, la generosidad de sus pechos.

El hombre arriba, como siempre, arrastrando la parte izquierda de su cuerpo, dando tumbos como si de un muñeco desarticulado se tratase. Su lado derecho le responde sin problemas y es en esa disociación de ambas partes donde queda sometido a la acción espasmódica de su andar.

Es esa figura irregular y mal ensamblada la que desean la directora y su asistente cada martes y cada jueves del año escolar.

Ambas libran una guerra silenciosa y licenciosa para acaparar la atención del contrahecho profesor de matemáticas. Esta vez gana la primera partida la asistente, que se apresura a recibirlo con la excusa de ayudarlo a sostenerle la cantidad infame de papeles que carga consigo.

Acostumbrado como está a esa opereta, rehúsa alcanzarle el portafolio y sube despacio las escaleras, pero cuando faltaba poco para llegar al descansillo, la asistente desliza el pie para hacerlo caer. El hombre trastabilla y muchos de los papeles salen volando. 

‘’¡Ay, profe! ¿Se lastimó?’’ pregunta con voz de preocupación fingida, mientras se agacha a recoger el estropicio y a dejar bien expuesto el escote.

El profe disfruta de ese panorama, pero más de la patética función. Con el rabillo del ojo ve a la directora que sale disparada de su escritorio para intervenir como sea en el episodio.

Ambas lo ayudan a recoger los papeles y lo ven caminar con su eterna dificultad hacia la dirección, rumbo al salón de profesores.

‘’No es nada, no es nada’’ responde el hombre al tiempo que sonríe e intenta recuperar su escaso equilibrio como puede. La asistente intenta tomarlo del brazo y atraerlo hacia sí para ayudarlo a recomponerse, pero él, experto como es en las lides de su mal ensamblada estructura física, se yergue sin aceptar la ayuda y trata de seguir su camino.

Les sonríe a ambas mujeres con una dulzura ensayada durante años y camina lento, muy lento, marcando el desacompasado ritmo de su cuerpo a propósito. ‘’Disfruten, disfruten de esta visión’’ piensa y sigue su camino hacia el salón.

23 agosto 2022

La lectura




Sabe que viene a buscarlo a su habitación por la forma en que camina, o mejor dicho, por la forma en que siente vibrar sus pasos. A todo lo que le dice, él solo mueve su cabeza, en señal de aprobación del plan de siempre; sonríe, deja lo que sea que esté haciendo y lo sigue.

Él ya sabe que es la rutina vespertina entre ambos y no le molesta en lo absoluto; sin embargo, a su madre sí. Cada vez que los descubre, monta en cólera casi siempre, como si con eso pudiera cambiar su realidad como familia.

Nunca entendió el comportamiento de su madre. ¿Qué tan terrible es pasar un par de horas pretendiendo ser otra persona? ¡Tanto a su abuelo como a él les hace bien! Pero se ve que a ella no. No sabe qué dispara su enojo: Si el hecho de pasar tiempo juntos o el hecho de creerse ‘’normales’’. Y a fin de cuentas ¿qué es ser normal?


Una vez le preguntó a su madre y ella lo miró como cuando se ve algo que está irremediablemente perdido. Le apuntó la frente con el índice y le dijo ‘’tú no’’. Él rió. No se sintió aludido en lo más mínimo. Entendió que algo en su propia madre no estaba bien del todo y dio por terminado ese asunto.


Por los momentos, la única cosa que le interesaba era, después de volver del colegio, esperar a que el viejo viniera a buscarlo para leerle. No tenían muchos cuentos en la casa, así que las historias que le leía eran siempre las mismas, que quién sabe de qué iban porque él después no se ocupaba de leerlas por sí mismo. Las portadas de los cuentos no eran muy elocuentes y las pocas ilustraciones que tenían, menos.


Se sentaba a su lado muy quieto observando el movimiento de sus labios, sus expresiones faciales, cómo inclinaba el cuerpo ante lo que él creía que era impactante. Le gustaban esas horas de teatro improvisado.


Sabía que el abuelo estaba enfermo, pero no entendía bien de qué. Su madre le comentó un día señalándose la cabeza. Él quiso saber más, pero ella se limitó a decirle que era degenerativo. No entendió tampoco, pero no preguntó más; en parte porque su madre no era buena para expresarse en su lengua y en parte porque lo importante para él era el tiempo que pasaban juntos.


Su abuelo era terco y estaba decidido a ‘’recuperarlo’’. Así lo había dicho. Pensaba que lo suyo era algo de lo que uno se podía recuperar. Ni él ni su madre entendían a cabalidad de qué se trataba ser como él era. No se avergonzaba ni se sentía menos que el resto. Su mundo era igual de rico que el de cualquier otra persona e incluso más, pensaba.


Se trazó una especie de estrategia para que su madre no los descubriera. Aguzó sus  cuatro sentidos restantes. Descubrió las rutinas de su madre cuando se preparaba para salir de casa y los tiempos que demoraba en volver. Eso le daba margen suficiente para sentarse con su abuelo y fingir que entendía lo que le narraba.


Cuando terminaba cada cuento, el viejo le pasaba la mano con cariño por la cabeza y le hacía la misma pregunta de siempre: ‘’¿Te gustó?’’, a lo que él respondía asintiendo. A veces se le quedaba viendo, esperando que él dijera algo, a veces también lo veía sin reconocerlo y se levantaba molesto y se iba de nuevo a su cuarto.


Le daba mucha lástima cuando lo sentía deambular por la casa como si estuviese perdido, así que o bien lo evitaba para no asustarlo o bien lo seguía hasta que el anciano lograba reconocerlo. 


Unos meses antes de la defunción del abuelo, el niño descubrió a la madre en la sala, con quien supuso sería el médico. ‘’Deterioro cognitivo’’ logró entender, entre otras cosas. Si bien no entendió el concepto como tal, tuvo la corazonada de que no era nada bueno.


En la escuela le preguntó a las maestras, quienes le explicaron como pudieron, para no alarmarlo. 

Lo único que pensó fue en redoblar sus esfuerzos para pasar más tiempo con el viejo, pero su plan se vio truncado por el rápido detrimento de la salud de su abuelo. Los últimos días los pasó sentado a un costado de la cama del viejo, sosteniendo su mano para no olvidar su forma,  cuando ya no estuviera. 


El día del funeral, durante la misa, el sacerdote pregonó sobre los goces de la vida eterna, de la misericordia de Dios, y los designios que trascienden a los hombres. Pero el niño no lo supo entender, no podía oír esas palabras, su sordera se lo impedía. En su lugar imaginó a su abuelo narrándole historias sin palabras, como siempre había hecho.