16 enero 2021
12 octubre 2020
El paseo al río
Sabe que esa noche no podrá
dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca
trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no
sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.
Se escabulle tan silenciosamente como
puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la
puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida,
con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.
Quiere entrar y verla de cerca,
pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento.
O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin
embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María
Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.
Se sienta en el piso y respira
hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de
una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo
de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado,
hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de
la cocina.
Recuerda cuando las monjas la
recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía
un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por
lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.
La noticia de por qué estaba
entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las
historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas.
Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy
lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado,
ya que eran de clases sociales diferentes.
‘’Niñas, tenemos que darle
nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer
amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la
edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un
hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que
es el amor de pareja?
Las demás niñas le hicieron un
espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su
tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento
y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas
prohibiciones sin sentido.
La tarde del paseo planeado por
el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi
desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y
disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta
vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza,
voluble y volátil, como suele ser a veces.
Las monjas organizaron a las
niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas,
empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo,
dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.
Las primeras iban llegando felices
a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río
impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto.
La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.
Presas del pánico, suspendieron
el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo
llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una
de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.
Algunas lloraban. Ella permanecía
con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su
compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin
control, agitada por el río.
Después de interminables horas,
los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron
los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los
lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil
veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día
triste, del paseo al río.
Se levanta del piso. No sabe bien
qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de
nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez
algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de
la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos
sobre el pecho.
Después de unos minutos, vuelve
al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día.
Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al
final.
Cuando despierta, respira hondo.
Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal
vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa,
aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo
de siempre.
Se dirige a la cocina y se
dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico
día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto
le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se
acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su
internado, durmiendo sin soñar.
10 septiembre 2020
Todo el tiempo del mundo
Son tantos años ya juntos que él sabe cuándo se avecina un escándalo, por cualquier cosa, sea él el culpable o no. Así que esta vez, cuando supo que estaba por ocurrir otro episodio, se escurrió un poco en la silla y respiró hondo. Deseó una vez más, no tener que pasar por esto.
La mujer salió del cuarto hecha una fiera, lo que era común en ella, dado su carácter impetuoso e incontrolable. Desde el extremo opuesto de la mesa donde estaba el hombre agitó el periódico que sostenía con fuerza en la mano: ‘’¿Leíste esto? E-S-T-O’’ le espetó, como si él fuera capaz de saber con antelación las noticias del mundo que ya no habitaban.
Respondió con un tímido no, pero de nada hubiera servido responder con un sí. De todas formas, ella haría un lío, fuera algo importante o no, aunque a estas alturas, ¿qué era lo verdaderamente importante, si todo ya había perdido sentido?
’’No fue a esto a lo que nos comprometimos’’ dijo ella, con ese tono de voz exasperante. El hombre tomó el periódico arrugado y leyó lo más rápido que pudo la noticia, a grandes rasgos. Una noticia sensacionalista, amarillista, sin razón de ser, más que llenar de historias estúpidas las páginas de los tabloides.
‘’¿Importa ya acaso?’’’ le respondió, pero se arrepintió en el mismo momento en que terminó de hacer la pregunta. La mujer le clavó la mirada furibunda. Si hubiera podido asesinarlo en ese preciso momento, lo hubiera hecho. ‘’¿Cómo que si importa o no importa ya? ¿Eres imbécil, acaso? ¡Claro que lo eres! ¿Cómo no puede importarte esto, cómo? ¡Dímelo!’’ le gritó.
‘’Y…pasan cosas. No las podemos controlar’’ le dijo, en un tono de voz que buscaba calmarla, pero ella ya no lo escuchaba. Seguía gritando a más no poder. Lo típico. Él se sabía ese guion de memoria, pero siempre le seguía el juego, con la vana esperanza de que en algún momento, todo fuera diferente.
Después de un rato, que a él se le hizo más eterno que de costumbre, ella se calló. Él aprovechó para hablar. Se levantó de la mesa y se acercó, con cuidado y lentitud. ‘’Mi amor…ya nada de esto importa, ni tampoco nos compete. Una vez que dimos nuestro consentimiento, nos desligamos de los resultados’’. Se fue acercando más y más, hasta apoyar una mano en el hombro de la mujer y llevarla hasta su mejilla.
‘’No nos compete’’ repitió ella. ‘’Era mi cuerpo. Era el tuyo. Y tú dices que ‘’no nos compete’’. ¡Cínico!’’ y de un manotazo, le retiró la mano de la mejilla. Él parpadeó, sin saber qué más decir para hacerla entrar en razón. Se sintió parte de un episodio de una serie policial, en la que el funcionario le explicaba que mejor no hablara, porque todo podía ser usado en su contra.
Agachó la cabeza y dio por perdida esta nueva batalla, en la que ella sola peleaba, por cualquier motivo, para sentirse viva, de nuevo. Fue hasta el extremo de la mesa donde estaba el periódico arrugado y leyó de nuevo la nota: ‘’El escándalo de los cuerpos donados a la ciencia dejados a merced de las ratas’’.
‘’Un escándalo más, uno menos. Ni a nuestras familias les importa lo que haya pasado con nuestros cuerpos’’, pensó. Quiso decírselo, pero se contuvo. Se retiró de la habitación, a esperar tan solo a que ella se tranquilizara. A fin de cuentas, tenía todo el tiempo del mundo para esperar a que eso sucediera. Ya no tenía nada que esperar, salvo el descanso eterno.
18 agosto 2020
La avería
De un tiempo a esta parte, va a
la playa con frecuencia para desconectarse de todo y de todos, dejar que el sol
dore su piel tan blanca y así parecer un poco menos marchita y sí más
exuberante. Le gusta flotar por horas en el mar, enterrarse en la arena, como
cuando era niña y le pedía a su hermano que lo hiciera, con el único fin de
caer del otro lado del mundo.
Ese fin de semana no sería la
excepción. Se dispuso a preparar un bolso con lo necesario, pero el grito de su
madre la distrajo unos instantes: ‘’¡Virginia! ¿Tú vas a ir a la playa con el
auto en esas condiciones?’’. ‘’Es cierto, el auto y su falla’’, pensó. Antes de
responder con un ‘’sí, mamá, tranquila, no es grave’’, recordó que la semana
pasada, tuvo inconvenientes a la vuelta y casi se queda varada.
En 45 minutos llegaría, la playa
estaría casi libre y ella tendría un buen lugar para escoger y quedarse tendida
en la arena, hasta que ya su piel chillara de tanto sol.
Una vez en la playa, estacionó el
auto. Seguía con ese ruidito extraño, pero por fortuna, no se había apagado,
como otras veces. La única precaución que pensó en tomar fue la de regresarse
más temprano que lo usual, pero fue solo un pensamiento.
El sol aún no calcinaba del todo
y el mar, siempre calmo, iba y venía suavemente. Se quitó las sandalias y
hundió los pies en la arena. La brisa juguetona la despeinó y casi le roba el
sombrero. Respiró hondo para ‘’llenarse del aire de mar’’ como le decía su
madre cuando eran niños.
Escogió un lugar cercano a la
orilla y ahí se instaló. Saludó al hombre que alquilaba las sillas y las
sombrillas. ‘’Esta vez no, amigo’’ le explicó. Esta vez quería quedarse tumbada
en la arena, de cara al sol, de espaldas al sol, como fuera, pero en la arena.
Así pasó casi todo el día. Nadando
en el mar, tomando sol, leyendo. El tiempo había volado cuando se dio cuenta de
la hora. Eran casi las 6:30 P.M, muy tarde para emprender el regreso. Debió de
haberlo hecho alrededor de las 5:00 P.M. No solo por el auto, sino por el
tráfico y por lo peligrosaque pudiera ser la carretera en la tarde, cuando se
acercaba la noche.
Se apresuró a volver al auto y
así emprender el regreso a casa. La playa estaba quedando vacía, lo que
indicaba que la mayoría de la gente estaría ya encaminada hacia su destino y
eso solo implicaría que el tráfico iba a ser intenso.
Respiró hondo. El camino iba a
ser largo. Con suerte, tardaría unas 2 horas en llegar. Subió al auto, lo
encendió. Lamentó no haber estado más atenta a la hora, si hubiera salido
antes, ya estaría en casa. De repente recordó el atajo que sus amigos le habían
enseñado. Era por la carretera vieja, un tanto más peligrosa que la otra, pero
si no se detenía e iba a toda velocidad, podía acortar camino y no sufrir el
embotellamiento.
Hizo exactamente eso: Salir del
estacionamiento a toda velocidad y enfilar hacia la carretera vieja. Subió las
ventanillas, dada la polvareda que se levantaba a su paso. Prefería asarse en
su propio auto que aspirar el polvo del camino.
La tarde había dado paso
lentamente a la noche. En la carretera vieja no había luces, así que pronto
tendría que usar solo los faros del auto para alumbrar el camino e ir con
cuidado, pero sin bajar la velocidad. A lo sumo en 35 minutos estaría ya en
casa. ‘’En la civilización’’ pensó, para calmar los nervios que empezaban a
aflorar. Sin embargo, el ruido extraño del auto comenzó de nuevo.
Prestó atención, ya que el sonido
se había intensificado. Se le heló la sangre de solo pensar que pudiera
quedarse varada justo en ese momento. Segundos más tarde, pasó justamente eso:
El motor se detuvo. El auto tosió un poco, antes de apagarse por completo.
Oleadas instantáneas de pánico
empezaron a atacarla. La noche iba ganando terreno y pronto ya la cercaría con
su manto oscuro. Más nerviosa se sintió. Aseguró las puertas antes de tratar de
encender de nuevo el auto. ‘’¡Vamos, coño!’’ gritó para sus adentros, al tiempo
que daba golpes en el volante, como si con eso pudiera obra el milagro de
hacerlo reaccionar.
Después de varios minutos, apoyó
la cabeza en el volante. ‘’Dios mío, esto no puede estar pasando’’. Cuando
levantó la cabeza, un hombre la estaba observando. Delgadísimo, con un
cigarrillo en los labios. La chica tragó grueso.
El hombre se fue acercando
paulatinamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo a su disposición.
Apoyó una mano en el capó y fue deslizándola sin pausas hasta el parabrisas,
recorriendo el techo, la puerta, la ventanilla. Parecía que dibujaba el
contorno del auto con los dedos.
Desde adentro, aferrada al
volante, Virginia lo observa, casi sin parpadear. Siente que, si desvía por
segundos la mirada, el hombre se abalanzará sobre el automóvil, romperá el
vidrio y la sacará a rastras. Le falta el aire. Tiene los dientes apretados y
le está empezado a doler la cabeza de la tensión.
El hombre no se detiene en su recorrido
ni un segundo. A medida que va avanzando, da largas pitadas al cigarrillo. La
oscuridad de la noche se hace cada vez más presente. La chica intenta dar
marcha al auto varias veces, sin éxito. Golpea repetidamente el volante, como
si con eso pudiera lograr que el motor reaccionase.
Cuando termina el cigarrillo, el
hombre se aleja y se sienta a pocos metros del auto. Observa cómo la muchacha
está al borde del desespero. ‘’No pasa nada, reinita’’ dice en voz baja,
mientras enciende otro cigarrillo.
La chica lo mira desde el espejo
retrovisor. Él le devuelve la mirada, impasible. Ella siente que en cualquier
momento se desmayará, no solo del calor sofocante que reina en su propio auto,
sino de los nervios.
Ha perdido la cuenta de cuántas
veces intentó hacer andar su auto. Sin dejar de mirar al hombre por el
retrovisor, saca la llave del encendido y despacio, la vuelve a colocar. El
hombre ya terminó el cigarrillo y se levanta, después de tirar la colilla. Se
va acercando de nuevo al auto, pero esta vez sin la prisa de antes, sino con
paso decidido.
Virginia está temblando. Intenta
encender de nuevo el auto que esta vez sí responde. Sin calentar el motor, pisa
el acelerador y sale a toda marcha, dejando tras de sí una polvareda. Por
última vez, se fija en el espejo: El hombre no está. No es posible que en tan
solo segundos se hubiera esfumado. Aminora la marcha, solo para cerciorarse de
que sigue ahí, donde lo dejó, pero no hay nadie. Las luces del auto no delatan
la presencia de nadie, solo de ella. Ella dentro de su auto, en la vieja
carretera.
13 julio 2020
¡Tantas cosas que se escapan!
26 junio 2020
El polvo del Sahara
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Poco a poco, se extiende sobre
las ciudades, sobre todo, las de la costa, que es donde ella está. Ha tenido la
precaución de encerrarse en su propia casa y ha tapado cada rendija de cada
puerta y ventana con pedazos de tela, con ropa, empapados en vinagre, para
evitar que se cuele. Nada extraño entrará a su hogar; no al menos si ella pueda
evitarlo.
Corrió los muebles de la sala
hacia un costado. Le dio vuelta al sofá grande y con él tapió la puerta
principal. Verificó que cada espacio entre las bisagras de esa puerta y de las
ventanas quedaran selladas. Hasta que no pase el peligro, no se moverá de su
casa.
Mantiene la radio y la televisión
encendidas todo el día para no perder ningún detalle. Anota en un papel cómo se
van desarrollando los hechos, como si de un diario se tratase. Eso sí, para no
molestar a los vecinos, mantiene el volumen bajo, para que nadie sospeche que
está nerviosa con todo esto.
Responde los mensajes que le
llegan a su teléfono de manera casi telegráfica: ‘’Sí, estoy bien’’, ‘’todo
ok’’, ‘’tranqui’’ y cosas por el estilo. No quiere distraerse. Tiene la
sensación de que, si se descuida, su casa puede ser invadida y no es la idea.
Desde que la alerta nacional
comenzó, ha visto alterado su sueño y su rutina diaria. Ahora pasa la mayor
parte de su día sentada en el piso de la sala, oyendo las noticias, haciendo
anotaciones, verificando que ninguna corriente de aire, por mínima que sea,
entre en su casa. No tiene ni idea de cuánto durará todo esto, pero podrá
sobrevivir algunos días así. Los necesarios. Ella solo quiere ser una de las
sobrevivientes.
Duerme en el suelo de la sala,
incómoda, pero tiene que hacerlo, tiene que mantenerse alerta. Si durmiera en
su cama, correría el riesgo de no estar atenta. Sabe que el enemigo es sigiloso
y también poderoso, así que no quiere darle tregua.
Por momentos, cuando está muy
cansada, piensa en claudicar; sin embargo, desecha esos pensamientos y redobla
sus propios esfuerzos para no fallar. ‘’Sacudirse el polvo’’ es la expresión
que usa para animarse, cuando las fuerzas le fallan. Hasta ahora ha
sobrevivido, cada vez con más esfuerzo, eso sí.
Sin embargo, esa noche, el
cansancio dio cuenta de tantos días en tensión y venció su resistencia. Se
durmió profundamente, acurrucada en el piso de su sala, por lo que no notó cuando
el enemigo fue avanzando lento y sigiloso desde el desaguadero de la cocina.
Se fue formando poco a poco y se
fue filtrando por los espacios de la rejilla, único lugar que no tuvo a bien de
ser taponado con trapos impregnados en vinagre, porque ¿acaso el polvo habita
también en los desaguaderos, en las cañerías? Improbable, según ella.
Lo cierto es que fue avanzando
con tanto poderío, que hacerle frente ella no hubiera podido. El polvo fue
ocupando todos los espacios, como si de una tormenta silenciosa de arena
hubiera tenido lugar en su propia casa y hubiera decidido quedarse, hasta
cubrirlo todo, hasta devorarlo todo en silencio.
Cuando por fin despertó del
profundo sueño, estaba toda cubierta de una polvareda pesada y densa que casi
no le permitió abrir los ojos ni respirar normalmente. Tuvo a bien gritar, lo
más que pudo, alguien tenía que escucharla, alguien tenía que socorrerla,
alguien tenía que apiadarse y salvarla de este enemigo mortal.
‘’¡Auxilio! ¡Ayúdenme!’’ gritó,
mientras se sacudía y revolcaba en el piso, intentando librarse de su prisión
de arena, pero el polvo era cada vez más denso, más espeso, más pesado y la iba
consumiendo, hasta tragarla infinitas veces y dejarla ahí, tirada, sin aire, en
el piso de su propia casa.
Mientras tanto, los vecinos,
acostumbrados a sus gritos, no se sobresaltaron ni un ápice. Pusieron música a
todo volumen, continuaron con sus vidas como si nada. A fin de cuentas, ella,
la loca del tercero, solo espera que alguna cosa mala le pase en serio y esta
vez le tocó el turno al polvo. Al polvo del Sahara.
25 mayo 2020
La tienda de pelucas
Hace tiempo ya que no recibe
noticias de su amiga, la de la tienda de pelucas. La última vez que supo de
ella, fue hace seis o siete meses. Se encontraron en un café del centro para
despedirse. Estaría lo que quedaba del año en Caracas, atendiendo su negocio de
pelucas, que infelizmente no iba muy bien, dada la crisis.
Se contaron las mismas cosas de
siempre, pero de manera diferente para que sonaran a nuevas. Su amiga tenía la
ilusión de empezar a vender las pelucas online, de hacer su tienda virtual.
Siempre estuvo a la caza de oportunidades, de reinventarse y más en
circunstancias tan rudas como las de vivir en Venezuela, su país adoptivo.
‘’Vente a España, de una vez,
¿para qué tanto lío?’’ le decía. Su amiga hacía caso omiso y le daba mil
explicaciones de por qué quería quedarse, a pesar de todo. ‘’Allá las mujeres
son más coquetas’’, esgrimía, entre tantos argumentos. Ella resoplaba. Le
preocupaba el hecho de que ya ambas se estaban haciendo mayores y, en el caso
de su amiga, no tenía quién velara por ella. Si algo le pasaba, estando allá,
¿quién se ocuparía?
En esos meses sin saber si estaba
bien o si algo le había pasado, había pensado todos los escenarios posibles. No
tenía a quién recurrir, no sabía con quién comunicarse, y aunque lo intentó con
el consulado, y otros medios oficiales, no tuvo éxito.
Ingenuamente, a todos los recién
llegados de aquel país con los que se topaba, les preguntaba por la tienda de
pelucas. ‘’La tienda de pelucas de Chacao, ¿la conocen?’’. Se sentía ridícula y
algo tonta haciendo la misma pregunta siempre, pero tenía la esperanza de que
alguien le diera una respuesta que la dejara tranquila, así fuera una mala
noticia o la que ella más temía.
Sin embargo, nadie conocía la
tienda, ni a su dueña. Ella sabía que era una utopía preguntarlo, pero no
quería dejar de hacerlo. En las ciudades convulsionadas por sobrevivir, nadie
da cuenta de la falta de una única persona.
Del otro lado del mundo, deambula
por las calles. Va y viene, viene y va, sin rumbo, con su saco de pelucas a
cuestas. Un día salió de su casa, la cerró con ganas. Pasó por su tienda y
guardó algunas pelucas, las más lindas. Se recogió el pelo y se colocó una,
platinada, que combinaba con todo lo que siempre había querido ser: extravagante,
diferente, nunca anónima. Cerró bien el local y empezó su huida. Huyó sobre
todo de su propia vida.





