19 noviembre 2024

El compás del silencio


Ella llevaba más de tres décadas bajo el hábito, envuelta en una devoción que había aprendido a modelar con la persistencia que solo tienen esos espíritus alejados de la vulgaridad. Sus días eran rutina y oración, su mundo un claustro cuyas paredes parecían murmurar letanías. Nunca sintió que le faltara algo, ni siquiera cuando el viento nocturno susurraba historias de otros mundos tras los barrotes del convento.  


Una tarde, mientras entregaba limosnas en la plaza del pueblo, lo vio por primera vez. No más de veinte años, de piel cetrina, cabello largo negro, con el rostro y el torso encendidos por el sudor y la intensidad. Pero no era su belleza lo que la perturbó, sino el compás que de él se desprendía. Sus pies golpeaban las tablas con una precisión brutal, casi cruel, y sus manos dibujaban trazos en el aire con una pureza que le recordaba al movimiento de las aves en los frescos de la capilla.  


El sonido del taconeo se deslizó dentro de ella como un cuchillo cortando seda. Sintió algo inesperado: un deseo extraño, no de la carne, sino de existir en ese momento eterno que él creaba con cada giro, con cada palma. Quiso llorar y no supo por qué. 


A partir de entonces, la plaza se convirtió en un imán secreto. Siempre había una excusa: llevar pan a los pobres, recoger flores para el altar, saludar a los ancianos que se reunían para ver a la gente pasar. Pero era él a quien ella buscaba, aunque nunca cruzaran palabra. Lo observaba desde las sombras de un portal, como si el sol y el aire que él habitaba le fueran negados.  


Él bailaba como si estuviera poseído. Era juventud, arrogancia y furia, pero también inocencia. No bailaba para agradar, sino para expresar algo más allá de las palabras. En su compás, ella encontró una pureza que no había visto ni en las estatuas del Cristo ni en los santos. Era un rezo pagano, una herejía que su alma, para su propio desconcierto, no quiso rechazar.  


Una tarde, al terminar su actuación, él la vio. Apenas un instante, pero suficiente para que el fuego en sus ojos chocara con el agua quieta de los de ella. No hubo palabras, sólo una sonrisa de él, breve y luminosa como el destello de un hacha al sol. Ella apartó la mirada y se apretó el rosario contra el pecho, como si el contacto pudiera borrar la sensación de haber quedado desnuda en su presencia.  


Esa noche no durmió. El eco de los tacones resonaba en su mente, cada golpe marcando algo dentro de ella que no podía nombrar. Era deseo, sí, pero no por él, que bien podía haber sido el hijo que nunca tuvo; sino por lo que representaba: la libertad, la pasión, la vida en su forma más cruda y hermosa.  


La siguiente vez que lo vio bailar, lloró. Lágrimas silenciosas que resbalaban por sus vírgenes mejillas, mientras se decía que aquello no podía continuar. Y entonces, mientras la guitarra rugía, las palmas acompañaban aquel movimiento frenético y los tacones caían como martillos, comprendió algo que él había despertado el ritmo en su alma dormida.  


La última vez que fue a la plaza, él no estaba. Había partido, dijeron, para bailar en ciudades más grandes. Ella no volvió a buscarlo. Pero durante las noches de vigilia, mientras el resto del convento dormía, en lugar de rezar, marcaba el compás con la punta del pie, en un susurro tan leve como una confesión al viento.  


10 septiembre 2024

El olvido




Desperté con la boca seca, la garganta áspera, y los párpados tan pesados que dolían al intentar abrirlos. El suelo bajo mi cuerpo era duro, frío, y emanaba un hedor a tierra húmeda mezclada con algo más, algo que no pude identificar de inmediato. Me erguí torpemente, con los huesos crujiendo, y una náusea ligera me invadió mientras el peso de mis ropas andrajosas parecía arrastrarme de vuelta al suelo. Me llevé las manos al rostro y sentí la aspereza de una barba desaliñada y sucia. Mis dedos, ennegrecidos por la mugre, parecían pertenecer a otro.


El aire estaba quieto, espeso, como si el mundo hubiera dejado de moverse mientras yo dormía. No recordaba cómo había llegado hasta ese rincón oscuro, ni por qué estaba allí. Miré alrededor, parpadeando, mientras una sensación inquietante crecía en el fondo de mi mente. No había nadie a la vista. Ningún sonido de coches, voces o siquiera el viento rozando las hojas. Solo silencio.


Mis pensamientos eran fragmentos dispersos, ecos de una vida que parecía haber sucedido en un sueño distante. ¿Había sido yo alguien? ¿Un hombre con un propósito, una familia, un lugar al que pertenecer? Pero al mirar mis ropas rotas, la piel ajada por el tiempo y el abandono, supe que algo terrible había ocurrido. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el mundo se apagó?


Comencé a caminar por calles desiertas, las fachadas de los edificios a ambos lados se desmoronaban como esqueletos antiguos. Ventanas vacías, como ojos muertos, me observaban sin reconocerme. No había huellas en la acera, ninguna señal de vida. El cielo era una cúpula gris y opaca, casi sofocante, y no lograba discernir si era el amanecer o el crepúsculo de un día interminable. 


A medida que avanzaba, las imágenes de lo que una vez debió ser la ciudad pasaban como sombras ante mis ojos. Había ruinas de coches oxidados, papeles esparcidos por el suelo, y tiendas con escaparates rotos. Pero no había cuerpos, ni señales de violencia. Solo vacío. ¿Era este el fin?


Una idea terrible comenzó a germinar en mi mente. ¿Y si yo era el último? El único sobreviviente de un evento catastrófico, el último vestigio de una humanidad que ya no existía. Mi reflejo en un charco de agua sucia me devolvió una mirada que no reconocí. El cabello blanco y sucio, la piel curtida por el tiempo, los ojos hundidos. Era como si hubiera envejecido cien años en una noche, como si el mismo tiempo me hubiera despojado de todo.


Comencé a gritar, primero suave, luego más fuerte. ‘’¿Dónde están todos?’’ dije y mi voz resonó en las calles vacías, pero no obtuvo respuesta. ‘’¡Díganme qué ha pasado!’’ El eco se apagó en la nada, y mi desesperación creció. 


Caminé hasta una plaza vacía donde los árboles se erguían desnudos y retorcidos, como los huesos de gigantes muertos. Me detuve en seco, mirando algo que no había visto antes. En el centro de la plaza, tallado en una piedra negra y pulida, había una inscripción:


“El olvido es el peor de los castigos.”


El aire pareció volverse más pesado, y un escalofrío recorrió mi espalda. El olvido. Eso era. No se trataba de un apocalipsis externo, sino de uno interno. Era yo quien había sido olvidado, quien había caído en un abismo sin memoria ni sentido. Y el mundo, el que conocía, simplemente había seguido adelante sin mí.


Me desplomé en el suelo de la plaza, incapaz de moverme. La revelación me invadió con la fuerza de una tormenta: yo no era el último sobreviviente de un apocalipsis. El apocalipsis era mi existencia. Había vivido tanto tiempo fuera del alcance de todos que me había desvanecido de la realidad. Me convertí en una sombra en un mundo donde los vivos ya no me veían, un algo que había sido y ya no sería jamás.


El cielo comenzó a oscurecerse, y la tenue luz que quedaba parecía apagarse lentamente. Al final, no había destrucción ni salvación, solo el olvido eterno. Y allí, en la penumbra, comprendí que el silencio no era la ausencia de vida, sino la ausencia de mí mismo. ¿Quién había sido?. Eso ya no importaba.


El mundo, para mí, había terminado. 


25 julio 2024

Solo fumo en Caracas

 


Había vivido en varias ciudades, pero solo una tenía el poder de invocar en ella la nostalgia del tabaco. No era una gran fumadora, más bien lo contrario; su consumo de cigarrillos se limitaba a una situación muy específica: estar en Caracas.

Era joven y con un espíritu de aventura. La primera vez que pisó suelo caraqueño, la ciudad la recibió con su bullicio, el calor abrasador y una atmósfera cargada de energía y caos. Fue en un pequeño café del centro donde conoció a este hombre, claramente venido a menos, de unos 50 años que la miró con una mezcla de lástima y fascinación. Tenía un paquete de cigarrillos en la mesa. "¿Quieres uno?", le ofreció, y aunque no fumaba, aceptó, atraída más por la chispa en sus ojos que por el tabaco.

Hablaron de todo y de nada, riendo por anécdotas triviales y compartiendo silencios cómodos que decían más que cualquier palabra, como si fueran viejos conocidos. Ella no tuvo el acierto de preguntarle su nombre y tampoco le dijo el suyo, así que quedaron ambos flotando en una especie de limbo de un encuentro casual.

Aquel cigarrillo, con el fondo del Ávila imponente y la calidez de una tarde que se desvanecía, se convirtió en un ritual secreto. Cada vez que volvía a Caracas, por trabajo o por placer, se permitía fumar. No importaba si la ciudad la recibía con sol brillante o lluvias torrenciales, siempre encontraba un momento para buscar un rincón tranquilo, encender un cigarrillo y recordar a ese hombre.

Los años pasaron, las visitas se hicieron menos frecuentes, pero el hábito persistió. No sabía exactamente por qué, pero sentía que en ese acto simple y casi olvidado encontraba un ancla, un recordatorio de una época menos complicada, cuando todo parecía posible. Esa persona se había marchado hacía tiempo, llevándose con ella la posibilidad de un futuro juntos. Sin embargo, en ese pequeño vicio, encontraba una conexión con el pasado, un puente a los días de juventud.

En su última visita, la ciudad había cambiado. Nuevos edificios, calles más bulliciosas, pero el aroma de las arepas y el sonido de la salsa seguían allí. Se dirigió a su café habitual, ahora renovado y más moderno. Pidió un café negro y sacó un cigarrillo. Mientras lo encendía, miró alrededor, esperando quizás ver un destello del pasado, una sombra de ese hombre que le convidó el primer cigarrillo de su vida.

Una joven se acercó y le pidió fuego. Era la hija del dueño del café, quien recordaba a la mujer de sus visitas anteriores. "Mi padre me habló de ti", dijo sonriendo. "Siempre decías que solo fumabas en Caracas. ¿Por qué?"

Sonrió, exhalando una bocanada de humo. "Es una especie de tradición personal", respondió. "Algo que me conecta con los viejos tiempos."

La joven se quedó un momento, observando el humo que se elevaba en espirales hacia el cielo. "A veces, esas conexiones son importantes. Nos recuerdan quiénes somos y de dónde venimos."

Asintió, agradecida por las palabras. En ese momento, comprendió que no era solo el cigarrillo, ni siquiera la ciudad. Era la suma de todas las experiencias, los momentos y las personas que la habían llevado hasta allí. Caracas no era solo un lugar; era un estado del ser, un recordatorio de la juventud, de las oportunidades perdidas y de las nuevas que siempre estaban por venir.

Mientras se alejaba del café, apagando el cigarrillo, supo que volvería. Quizás no pronto, pero volvería. Y cuando lo hiciera, encendería otro cigarrillo, no por nostalgia, sino por gratitud. Porque, en el fondo, todos tenemos nuestras pequeñas ceremonias, nuestros recuerdos encapsulados en rituales, que nos recuerdan que estamos vivos. Y para ella, ese ritual se llamaba Caracas.


13 junio 2024

Los regalos

 


A pesar de que su madre le tiene expresa y rotundamente prohibido irse con su padre en la lancha de madrugada, él logra esquivar la vigilancia materna, escurrirse sigiloso y aguardar a zarpar. Las veces que su padre lo ha descubierto, ya están en alta mar, muy lejos como para regresar.

Al principio, le daba un par de golpes suaves, a manera de advertencia o de antesala de la golpiza que se supone debía propinarle por desobediente, pero él sabe que su padre, más blandengue que su madre, se hace el desentendido de su crianza la mayoría de las veces.

A él le encanta burlar el ojo materno e irse con su padre de madrugada en la lancha, en aquel mar oscurísimo y profundo en el que navegan.

Esta es la verdadera aventura de sus escasos seis años. La aventura de la que no habla, aunque se muera de ganas por hacerlo, pero intuye que si lo hace, se rompa ese lazo delicado y cómplice que lo une con su padre.

Esas ‘’expediciones’’, como le dijo su papá una de las primeras veces que lo encontró de polizón en la lancha, eran secretas. ‘’Como esas misiones de las películas de espías de la tele’’ comparó.

En determinado punto indicado a lo lejos por una lámpara intermitente de otra lancha a la distancia, su padre apaga el motor y se levanta para mantener el equilibrio y esperar más señales. ‘’Estate atento, Junior’’ le susurra al niño, como si el mar permitiera ese secreteo innecesario entre ambos.

Al cabo de algunos momentos, las luces de una avioneta se divisan a lo lejos. El niño nota el nerviosismo creciente del padre, que logra contagiarlo de a poco. ‘’¡Los regalos están llegando!’’ piensa y la emoción amenaza con desbordarlo.

De la avioneta van cayendo al mar cajas bien embaladas que su padre se apresura a recoger con la maestría propia de quien tiene tiempo mejorando la técnica.

El niño le indica a los gritos donde están las cajas a modo de ayuda, como si con ese escándalo pudiera aligerar el trabajo de su padre. De nada vale decirle que se calle, pues él hace caso omiso, y las va contando: ‘’10, 20 y 10 más y 20 más’’. No se sabe los números del todo aún, pero usa los que sabe para contar las cajas y apilarlas como puede.

Toda la acción se desarrolla en menos de una hora. El hombre es cuidadoso, sabe que dejar una sola caja a la deriva acarrearía represalias.

En aquella inmensidad profunda y oscura, tiene el tino de guiarse por una especie de intuición que solo la da la supervivencia. Cuenta y vuelve a contar las cajas y coinciden con el número indicado días atrás. Respira aliviado, pues la primera parte de la misión está cumplida.

Mientras, el niño sonríe feliz, triunfante, a pesar de que su padre lo haya regañado todo el camino de regreso a casa.

Siempre le hace la misma pregunta inocente e infantil: ‘’¿Cuántas personas son felices con estos regalos?’’ y su padre, nervioso y lacónico le responde siempre lo mismo: ‘’Muchas’’.

Le jura no decirle nada a la madre y al llegar a la orilla, salta de la lancha y corre veloz a la casa, para escabullirse hasta su cuarto y acomodarse en su precario catre. Apoya la cabeza en el desgastado colchón, pero no se duerme las horas que le faltan para levantarse, sino que se queda mirando el descascarado techo, presa de la agitación de esta aventura, pensando en todo lo que hace su padre para ayudar a tanta gente a recibir sus regalos.


25 abril 2024

Regalo de novios

 


A Helí Saúl, quien se pasea entre las nubes.

La primera vez que la vio, estaba en el árbol del patio trasero de su casa. Era pequeña, con un pelaje escarlata que brillaba cuando le daba el sol y unos astutos ojitos negros; así que antes y después de la escuela, iba a su encuentro y se quedaba lo más cerca que ella lo dejara. Alguna que otra vez aceptaba el regalo que él tuviera para darle: semillas, frutos secos, algún pedacito de fruta.

Día tras día, el chico se apostaba en el árbol hasta que ella, nerviosa y veloz, lo avistaba. Al principio eran contactos rápidos y fugaces que después de un tiempo se fueron prolongando. El premio a su constancia fue tenerla por primera vez en la palma de su mano. La olisqueó, dio un saltito y regresó a su terreno conocido -el tronco del árbol- para, después de algunos segundos, volver a la mano que él le ofrecía con paciencia. 

Después de ese primer encuentro táctil, era ella quien lo esperaba inquieta, subiendo y bajando por el árbol, justo antes de que él llegara de la escuela. 

Ambos estaban fascinados el uno con el otro porque así es el arte de domesticar a otro: Una danza sutil, una paciente entrega, donde una mano se extiende entre lo silvestre y lo familiar, buscando el ritmo común de la confianza. Lo suyo era una conversación sin palabras, un intercambio de respeto y entendimiento mutuo.

Cuando se convirtieron en compañeros, ambos habían aprendido a leer los susurros del otro y bajo esa premisa de la intimidad, ella saltaba de la espalda a la cabeza del chico, se escondía en el bolsillo de su camisa y de ahí solo salía cuando él la llamaba con un silbido dulce, rítmico y discreto.

Llegó a construirle una camita con una caja de zapatos para tenerla en su cuarto y la ventana la dejaba un poco abierta, incluso en la época de frío, para que ella pudiera ir y venir a su antojo.

La noche en que coincidieron en la cena con Pascual, este nunca le había prestado atención, hasta que la vio asomarse divertida en el bolsillo de la camisa de su hermano, para volverse a esconder y volverse a asomar, como si de un juego se tratara; además, vio la expresión contemplativa de su hermano hacia aquel bicho. ¿Cuánto tiempo le había llevado domesticarla? No tenía idea, pero lo que antes le había parecido una travesura, ahora le parecía una gran obra de la que pudiera beneficiarse.

Le hizo preguntas que parecían despreocupadas: ‘’¿La llevas a la escuela?’’,‘’¿Qué dicen tus compañeros?’’ El niño respondió mansamente sin sospechar lo que ya su hermano estaba urdiendo. A Pascual no le llevó mucho tiempo saberse la rutina diaria de su hermano y mucho menos tiempo le llevó obrar en consecuencia al plan que se había trazado. Así que un día esperó a que el niño se fuera a la escuela y no quedara nadie más en la casa. Sigiloso y veloz entró en la habitación de su hermano y vio que la ardilla estaba en el pedacito de tronco que el niño le había preparado especialmente. Esperó algunos minutos a que se acostumbrara el olor de sus manos para atraparla y cuando lo hizo, la guardó en una bolsa de tela y abandonó rápidamente la habitación.

Cuando el chico llegó de la escuela fue a buscar a su fiel amiga como siempre y al no encontrarla pensó que estaba en el árbol. Se guardó pedacitos de nueces en el bolsillo del pantalón y se fue al patio a buscarla. La llamó como solía hacerlo, con un silbido dulce, rítmico y discreto, pero el animalito no apareció esa tarde ni las venideras. Le costó mucho aceptar que se había ido y a veces de noche se escondía debajo de las sábanas a llorar su ausencia. 

El tiempo avanzó ignorante como siempre de las mínimas tragedias humanas, hasta que una tarde, el niño se topó por casualidad con la novia de su hermano. Por mera cortesía, el niño le preguntó cómo estaba, a lo que la chica le respondió que muy feliz desde que Pascual le había regalado una ardilla domesticada. Se llevó entonces la mano al bolsillo de la falda y se la enseñó: el pelambre rojizo, los negros ojitos centelleantes y astutos, el mismo nerviosismo de las de su especie. ¡Era su ardilla! El niño no atinó a decir nada. Se quedó varado viendo a la chica alejarse con la ardilla entre las manos, sonriente y feliz, mientras una lágrima grande y espesa se resbalaba por la mejilla de su otrora dueño.


04 enero 2024

Un instante transformador

 



De un momento a otro, todo se transformó en un ambiente asfixiante. Una densa nube de polvo me envolvió por completo mientras me arrastraba entre los escombros y la basura que obstruían mi camino. Hacía pocos segundos sabía dónde estaba, pero ¿ahora? Después de lo que supongo fue una explosión, no tuve más certezas.

Sentía aún mi cuerpo; sin embargo; ya debilitado y luchando por cada bocanada de aire, así fuera de ese caliente y algo putrefacto. No tenía mucha energía, así que, desafiando el cansancio y la falta de aliento, avancé con precaución, esquivando los obstáculos, que no eran más que desechos.

Después de un arduo esfuerzo, divisé un destello de luz a través de una grieta. A pesar de los calambres y dolores que sentía, me concentré para abrirme paso entre tanto estropicio que bloqueaba mi salida. Logré salir un tanto ileso, pero en un instante de descuido, un zapato me aplastó y la vida -mi vida-, tan frágil y efímera, se desvaneció en un instante.

24 septiembre 2023

Alquimia


 


Vivían en una pequeña casa, con dos únicos ambientes, en los que se acomodaban como podían. En la parte de atrás estaba un cobertizo, mal hecho, pero que servía para esconder la letrina y sus malos olores.

No tenían sembradíos y mucho menos una huerta decente, como algunas otras familias de la región, pero sí un pequeño viñedo, del que producían vino para su propio consumo y a veces, cuando tenían un poco de más, lo vendían en la feria cada tanto.

Como tantos otros, sobrevivían. El padre, un hombre de unos cuarenta años, era el típico borracho violento y grosero que obligaba a sus hijos a trabajar y producir su propio vino, del que gota a gota él consumía con la velocidad del vicioso.

La madre, sumisa y temerosa, se encargaba de las tareas del hogar y de cuidar a los niños. Los pequeños, sucios y mal vestidos, no iban a la escuela rural, que solo abría un par de veces a la semana y trabajaban largas horas en huertas ajenas junto a su padre. ‘’¡Aquí todos se ganan su propio pan! solía gritarles.

El hijo mayor tenía apenas 13 años y estaba a cargo de la producción de vino. Los hermanos menores se turnaban para ayudar en las siembras y en lo poco que pudieran hacer en casa. El padre siempre estaba borracho y malhumorado, y no dudaba en golpear a sus hijos si consideraba que no trabajaban lo suficientemente bien.

Alquilaba a los niños a los patrones de otros caseríos para que les trabajaran el campo. Sacaba sus propias cuentas de cuánto podía producirle cada niño y así tener dinero suficiente para gastarlo en la taberna, bebiendo vino, mientras esperaba por la cosecha de su propio viñedo.

Sin embargo, un día, el hombre se dio cuenta de que no le quedaba casi vino y tampoco dinero suficiente como para comprarlo en el pueblo. Furioso, empezó a tirar cosas al piso y romper lo poco que tenían. Los niños se escondían en un rincón, temerosos de las ya sabidas consecuencias.

El hombre tambaleante se dirigió hacia el fondo de la casa, donde estaba la barrica de vino. Allí encontró a uno de sus hijos menores, de solo nueve años, atendiéndola. ¿Dónde estaba el mayor? ¿Por qué no estaba ahí?

El niño estaba subido en una escalera enclenque para alcanzar la barrica. Sin mediar palabra, el hombre empezó a agitar la escalera y a gritarle que qué hacía ahí, si ese no era su lugar. ‘’¿Dónde está tu hermano, dónde?’’ vociferaba mientras subía como podía. Comenzó a golpear al niño y a apremiarlo para que se diera prisa.

El hijo mayor, que dormía escondido del padre entre la paja amontonada en el piso, se despertó por los gritos. Vio cómo el padre forcejeaba con el niño y sin pensarlo dos veces, dio un salto y subió por la escalera.

A pesar de no poder hacer mucho, dadas sus contexturas de niños, atacaron al padre para defenderse, pero el hombre perdió el equilibrio y cayó dentro de la barrica, golpeando su grande y pesada cabeza de borracho contra el filo, quedando inconsciente.

Ante la mirada atónita de los chicos, el padre quedó flotando, boca abajo, inerte. El líquido lo fue cubriendo por completo y se hundió lentamente, como si se hubiera desvanecido en el vino. El chico más pequeño bajó por la escalera dando tumbos y su madre fue a su encuentro, dada la naturaleza de sus gritos y de su llanto, que eran muy diferentes de cuando el padre borracho lo azotaba.

Entre sollozos, le contó a la madre lo que había ocurrido. La madre comenzó a llorar y lo atrajo hacia sí. Los demás chicos se reunieron en torno a ellos. Nadie sabía qué hacer.

Fueron todos juntos hasta el fondo de la precaria casa. El hijo mayor tenía aún la vista clavada en la barrica. La madre lo llamó varias veces para sacarlo del trance en el que estaba.

Le limpió con su sucio delantal la cara sudorosa al tiempo que lo besaba en la frente. Hizo que todos se sentaran en el suelo y les dijo que guardaran el secreto. No había nada más que hacer.

Les ordenó que embotellaran parte del vino para venderlo en el pueblo. Los niños se encargaron toda la noche de hacerlo, cuidando de que el cuerpo del padre no quedara expuesto. Al día siguiente, con más miedo que certezas, la madre fue al pueblo a ofrecer las botellas de vino. El resultado fue sorprendente. El vino era de una calidad excepcional y pronto se corrió la voz de aquella maravilla gastronómica.

La familia empezó a prosperar gracias al vino y a su secreto tan bien guardado. Compraron nuevas herramientas para la huerta y se hicieron con una pequeña tienda en el pueblo. Tenían que disfrutar de esa dicha mientras durara el cuerpo del padre en el fondo de la barrica.

Nunca hablaron de lo que había sucedido aquella noche. Mantuvieron el secreto de su vino y se aseguraron de que nadie conociera el verdadero origen del mismo. Se obligaron a relegar en el olvido la tragedia del padre que les trajo lo único que nunca habían esperado: El éxito.