13 julio 2020
¡Tantas cosas que se escapan!
26 junio 2020
El polvo del Sahara
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Poco a poco, se extiende sobre
las ciudades, sobre todo, las de la costa, que es donde ella está. Ha tenido la
precaución de encerrarse en su propia casa y ha tapado cada rendija de cada
puerta y ventana con pedazos de tela, con ropa, empapados en vinagre, para
evitar que se cuele. Nada extraño entrará a su hogar; no al menos si ella pueda
evitarlo.
Corrió los muebles de la sala
hacia un costado. Le dio vuelta al sofá grande y con él tapió la puerta
principal. Verificó que cada espacio entre las bisagras de esa puerta y de las
ventanas quedaran selladas. Hasta que no pase el peligro, no se moverá de su
casa.
Mantiene la radio y la televisión
encendidas todo el día para no perder ningún detalle. Anota en un papel cómo se
van desarrollando los hechos, como si de un diario se tratase. Eso sí, para no
molestar a los vecinos, mantiene el volumen bajo, para que nadie sospeche que
está nerviosa con todo esto.
Responde los mensajes que le
llegan a su teléfono de manera casi telegráfica: ‘’Sí, estoy bien’’, ‘’todo
ok’’, ‘’tranqui’’ y cosas por el estilo. No quiere distraerse. Tiene la
sensación de que, si se descuida, su casa puede ser invadida y no es la idea.
Desde que la alerta nacional
comenzó, ha visto alterado su sueño y su rutina diaria. Ahora pasa la mayor
parte de su día sentada en el piso de la sala, oyendo las noticias, haciendo
anotaciones, verificando que ninguna corriente de aire, por mínima que sea,
entre en su casa. No tiene ni idea de cuánto durará todo esto, pero podrá
sobrevivir algunos días así. Los necesarios. Ella solo quiere ser una de las
sobrevivientes.
Duerme en el suelo de la sala,
incómoda, pero tiene que hacerlo, tiene que mantenerse alerta. Si durmiera en
su cama, correría el riesgo de no estar atenta. Sabe que el enemigo es sigiloso
y también poderoso, así que no quiere darle tregua.
Por momentos, cuando está muy
cansada, piensa en claudicar; sin embargo, desecha esos pensamientos y redobla
sus propios esfuerzos para no fallar. ‘’Sacudirse el polvo’’ es la expresión
que usa para animarse, cuando las fuerzas le fallan. Hasta ahora ha
sobrevivido, cada vez con más esfuerzo, eso sí.
Sin embargo, esa noche, el
cansancio dio cuenta de tantos días en tensión y venció su resistencia. Se
durmió profundamente, acurrucada en el piso de su sala, por lo que no notó cuando
el enemigo fue avanzando lento y sigiloso desde el desaguadero de la cocina.
Se fue formando poco a poco y se
fue filtrando por los espacios de la rejilla, único lugar que no tuvo a bien de
ser taponado con trapos impregnados en vinagre, porque ¿acaso el polvo habita
también en los desaguaderos, en las cañerías? Improbable, según ella.
Lo cierto es que fue avanzando
con tanto poderío, que hacerle frente ella no hubiera podido. El polvo fue
ocupando todos los espacios, como si de una tormenta silenciosa de arena
hubiera tenido lugar en su propia casa y hubiera decidido quedarse, hasta
cubrirlo todo, hasta devorarlo todo en silencio.
Cuando por fin despertó del
profundo sueño, estaba toda cubierta de una polvareda pesada y densa que casi
no le permitió abrir los ojos ni respirar normalmente. Tuvo a bien gritar, lo
más que pudo, alguien tenía que escucharla, alguien tenía que socorrerla,
alguien tenía que apiadarse y salvarla de este enemigo mortal.
‘’¡Auxilio! ¡Ayúdenme!’’ gritó,
mientras se sacudía y revolcaba en el piso, intentando librarse de su prisión
de arena, pero el polvo era cada vez más denso, más espeso, más pesado y la iba
consumiendo, hasta tragarla infinitas veces y dejarla ahí, tirada, sin aire, en
el piso de su propia casa.
Mientras tanto, los vecinos,
acostumbrados a sus gritos, no se sobresaltaron ni un ápice. Pusieron música a
todo volumen, continuaron con sus vidas como si nada. A fin de cuentas, ella,
la loca del tercero, solo espera que alguna cosa mala le pase en serio y esta
vez le tocó el turno al polvo. Al polvo del Sahara.
25 mayo 2020
La tienda de pelucas
Hace tiempo ya que no recibe
noticias de su amiga, la de la tienda de pelucas. La última vez que supo de
ella, fue hace seis o siete meses. Se encontraron en un café del centro para
despedirse. Estaría lo que quedaba del año en Caracas, atendiendo su negocio de
pelucas, que infelizmente no iba muy bien, dada la crisis.
Se contaron las mismas cosas de
siempre, pero de manera diferente para que sonaran a nuevas. Su amiga tenía la
ilusión de empezar a vender las pelucas online, de hacer su tienda virtual.
Siempre estuvo a la caza de oportunidades, de reinventarse y más en
circunstancias tan rudas como las de vivir en Venezuela, su país adoptivo.
‘’Vente a España, de una vez,
¿para qué tanto lío?’’ le decía. Su amiga hacía caso omiso y le daba mil
explicaciones de por qué quería quedarse, a pesar de todo. ‘’Allá las mujeres
son más coquetas’’, esgrimía, entre tantos argumentos. Ella resoplaba. Le
preocupaba el hecho de que ya ambas se estaban haciendo mayores y, en el caso
de su amiga, no tenía quién velara por ella. Si algo le pasaba, estando allá,
¿quién se ocuparía?
En esos meses sin saber si estaba
bien o si algo le había pasado, había pensado todos los escenarios posibles. No
tenía a quién recurrir, no sabía con quién comunicarse, y aunque lo intentó con
el consulado, y otros medios oficiales, no tuvo éxito.
Ingenuamente, a todos los recién
llegados de aquel país con los que se topaba, les preguntaba por la tienda de
pelucas. ‘’La tienda de pelucas de Chacao, ¿la conocen?’’. Se sentía ridícula y
algo tonta haciendo la misma pregunta siempre, pero tenía la esperanza de que
alguien le diera una respuesta que la dejara tranquila, así fuera una mala
noticia o la que ella más temía.
Sin embargo, nadie conocía la
tienda, ni a su dueña. Ella sabía que era una utopía preguntarlo, pero no
quería dejar de hacerlo. En las ciudades convulsionadas por sobrevivir, nadie
da cuenta de la falta de una única persona.
Del otro lado del mundo, deambula
por las calles. Va y viene, viene y va, sin rumbo, con su saco de pelucas a
cuestas. Un día salió de su casa, la cerró con ganas. Pasó por su tienda y
guardó algunas pelucas, las más lindas. Se recogió el pelo y se colocó una,
platinada, que combinaba con todo lo que siempre había querido ser: extravagante,
diferente, nunca anónima. Cerró bien el local y empezó su huida. Huyó sobre
todo de su propia vida.






