Cuando la chica despertó y besó la espalda tatuada del
muchacho, este se dio la vuelta y le dijo: "Lo siento. Anoche estaba muy
borracho". Y volvió a darle la espalda.
29 febrero 2020
11 enero 2020
Soma somnus
Al primero lo vi arrastrándose
lentamente por la puerta del congelador de mi nevera. No le presté atención.
Tal vez había salido de alguna fruta. Lo maté.
Un par de días después, encontré
otro en el fregadero. Este me la hizo fácil: lo ahogué. Ya iban dos. Aun así,
no me preocupé. Tampoco revisé si había algo en mal estado en la cocina. Lo
dejé pasar, como siempre. Porque las cosas que no son cotidianas hay que
dejarlas pasar, si no, se corre el riesgo de que se conviertan en fascinación o
en un horror y yo no estaba para ninguna de esas dos cosas.
Ese mismo fin de semana no lo pasé
en casa. O no recuerdo si fui solamente a dormir. Es irrelevante esto, en realidad,
pero en cuanto estuve más de tres horas seguidas, noté que había algunos en el
techo. Tres, para ser exactos. Me sorprendí y no para bien.
Le tomé una foto con mi celular y se
la mandé a mis amigos. Los veredictos iban desde ‘’mal de ojo’’, pasando por
‘’envidia’’ hasta ‘’rata muerta’’. El más imaginativo dijo que seguramente se
había muerto por fin la vieja del segundo y que era su cuerpo en descomposición
lo que había producido la aparición de estos bichos.
No desestimé ninguna teoría. Bueno,
en realidad, sí. La del animal muerto y la de la vieja del segundo no iban. El
resto podía tener sentido. Antes de agarrar el haragán y empezar a aplastarlos
con la goma, inspeccioné si no había más. En realidad, había varios.
Si hacía la cuenta de cuántos iban
ya, me acercaba a la docena. Y todo esto en menos de una semana. Ya empezó todo
a parecerme muy raro.
Me puse a leer literatura en
internet al respecto. Sumé más teorías a mi banco de teorías. Me pedí el día en
el trabajo para llegar hasta el meollo de este asunto. Entiéndase por
‘’meollo’’ como ‘’limpieza profunda’’ de mi casa.
Compré un spray de esos que matan
hasta lo que no tienen que matar, guantes, cloro, vinagre, entre otros
artículos. Todo lo que pensé que podía ayudarme a deshacerme de estos cositos
invasivos y desagradables.
Limpié. Llegué hasta los rincones
más recónditos de mi propia casa. Le saqué brillo a todo, eliminé hasta el
polvo invisible. Quedé extenuado. Me di un baño prolongado y me tiré en la
cama. En minutos ya dormía.
Al día siguiente y cuando sonó la
alarma, abrí lentamente los ojos. ¿Qué es lo primero que vi? Otro arrastrándose
lenta, suave y parsimoniosamente por la pared. Lo maté de un zapatazo. ¡Ya esto
era el colmo! ¿Cómo había sobrevivido uno solo a mi limpieza del día anterior?
No lo sé. Aún no lo sé.
Me preparé para irme al trabajo. Al
llegar a la oficina, mis compañeros me notaron pálido y ojeroso. Les dije que
no tenía nada, que estaba cansado nada más. Pero en realidad me dolía todo el
cuerpo, sobre todo la espalda, a la altura de los pulmones. Ese día resolví no
fumar la tanda de cigarrillos del día.
La jornada laboral fue un suplicio
de lo larga que fue. Tuve todas las reuniones posibles ese día, una más inútil
que la otra. Yo no podía prestar atención de lo cansado que estaba. Al llegar a
casa, miré hacia el techo: había ya cuatro.
El cansancio no me impidió subirme
en la escalera, armado de una servilleta y apretarlos uno a uno contra el
propio techo, hasta oír que crujían y se deshacían bajo la presión de mi mano.
Ya esto era una batalla y yo estaba decidido a ganarla.
Al día siguiente iría al vivero a
indagar sobre estos bichos. Tal vez vivían entre mis plantas y yo no me había
dado cuenta. No estaba de más darme una vuelta.
Después de matarlos, me desplomé en
mi cama y me dormí, aún con la ropa puesta. Lo bueno es que al día siguiente
era sábado y podía recuperarme, podía pasar en la cama todo el día. No entendí
en ese momento por qué estaba tan cansado. Se lo atribuí al estrés en el
trabajo, a la limpieza de mi casa, a estos bichos que no me dejaban pensar en
otra cosa que no fuera en ellos mismos.
Lo cierto es que el dolor en la
espalda se fue acentuando durante el fin de semana. Me faltaba la respiración
si hacía algún movimiento medio brusco. No pude dormirme boca arriba, como era
mi costumbre, por el dolor.
Pasé buen rato tirado boca abajo.
Con la mejilla izquierda apoyada sobre el colchón, los ojos cerrados y la
respiración entrecortada, empecé a sentir hormigueos. Lentos. Suaves.
Parsimoniosos. Después se hicieron más intensos, tanto como el dolor que me
laceraba.
Como pude, me senté en el borde de
la cama. Ya nada de esto era normal. Tenía que llamar al médico. Me pasé la
mano por el cabello y para mi sorpresa, atrapé algunos entre mis dedos. ¡Asco!
Eso fue lo que sentí. Asco del más puro, como nunca antes.
De mis oídos, de mi nariz, salían
muchos. Lentos. Suaves. Parsimoniosos. Empecé a gritar como un enajenado, pero
a cada grito, me dolían más y más los pulmones. Creo que me desmayé en algún
punto.
Cuando finalmente abrí los ojos,
quién sabe después de cuánto tiempo, estaba todo recubierto por estos bichos.
¡Todo mi cuerpo estaba cundido! Sin fuerzas casi, llamé a emergencias. Después
de eso, no sé bien qué más pasó. Hay una especie de agujero negro en mis propios
recuerdos.
Sé que hubo quejidos, pero tal vez
eran los míos. Sé que hubo llanto, pero tal vez era el mío. Sé también que
estos bichitos seguían saliendo, no sé si de mi cuerpo o de algo en
descomposición en mi propia casa. No lo sé. Estuve esos días aislado, como
desconectado. Y el dolor, ¡el maldito dolor! que no me dejaba en paz. Ya ni
respirar podía.
En fin, nunca entendí bien ni cómo
empezó todo esto ni cómo terminó. Supongo que tuve algún tipo de infección
porque tuve mucha fiebre, o es lo que creo (ya no estoy muy seguro de lo que
viví esos pocos días) o algo raro relacionado con esos bichos que vaya usted a
saber qué eran.
Solo tengo un único recuerdo muy
nítido y es el de mamá, inclinándose sobre mí y besándome en la frente, como
cuando me leía un cuento por las noches para hacerme dormir. Y sus lágrimas
cayendo sobre mi rostro y yo durmiéndome, descansando finalmente, como si
cayera en un sueño eterno, lento, suave y parsimonioso.
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17 diciembre 2019
Nochebuena
La madre reúne a los niños en la
sala de la húmeda casa. Hace demasiado frío y no hay calefacción suficiente
para todos.
A Amando lo hace estar cerca de
sus hermanas menores Ramona y Ana Luisa, de manera que se den calor como
puedan. Arropa con esmeroal único de sus hijos,Ángel Amable, que se ha ido
apagando lentamente y lo atrae hacia sí. Lo abraza con ternura para poder
recordar la forma de su cuerpo y su olor cuando ya no esté con ellos.
Soteria y Clara, las más
pequeñas, están juntas, cerca de la puerta, compartiendo una frazada. La madre
mira con tristeza a todos sus hijos. No comen nada desde el desayuno y sabe que
no podrán hacerlo pronto. Gastó el poco dinero que le quedaba.
No tiene mucha idea de qué hará
para subsistir. Nunca tuvo más que de ocuparse de cuidar de sus hijos y de su
casa, pero la vida y sus giros inesperados, la pusieron en una posición que
nunca hubiera pensado.
Respira hondo. Trata de
entretener a los niños con historias de su invención hasta que el sueño los
venza. Queda poca leña, así que no tendrán más cobijo al calor de la chimenea
en unas horas. El fuego proyecta sombras lúgubres en toda la sala. No será
fácil salir de esto, cuando ni siquiera sabe cómo hacerlo.
Cierra los ojos por instantes. No
tiene sueño, pero sí la certeza de que si permanece así, quieta y en silencio,
el hambre y la desesperación no la atacarán tan rápidamente. Después de varios
minutos, oye cómo alguien llama suavemente a la puerta. Abre los ojos y se
yergue un poco para cerciorarse de que el ruido proviene de su propia puerta.
Aguarda unos instantes. La misma
persona vuelve a llamar a la puerta, esta vez con más ahínco. La mujer se
incorpora. Algunos de los niños también. ‘’¿Mamá, escuchaste?’’ le pregunta
Soteria. ‘’Sí, hijita’’ responde con suavidad.
La madre se incorpora. Con
cuidado, entreabre la puerta. No reconoce al hombre de traje elegante y
sombrero que le sonríe tímidamente. ‘’Señora Isabel, usted no me conoce…’’ dice
el hombre y hace una larga pausa.
Ella lo hace pasar. El hombre
observa con tristeza la escena. Había estado en esa casa antes, llena de luz,
de abundancia. Pero la vida es así, algunas veces luminosa, otras llena de
sombras. Ya casi no hay mobiliario, así que el hombre espera de pie. ‘’Señora,
yo era cliente de su marido. Lamento mucho su fallecimiento. Seré breve, puesto
que debo seguir camino y tampoco quiero quitarle tiempo, justo hoy, en
Nochebuena.’’
No hace otra cosa que mirarlo con
perplejidad. Siempre lamentó no tener el don de gente que tenía su marido, que
le sacaba conversación hasta las piedras y podía moverse en cualquier círculo
social con soltura. Ella siempre fue reservada, corta con las palabras, tímida.
Así que se queda rígida, expectante, a espera de saber qué le dirá el
visitante.
Lentamente, el hombre abre la puerta
y un par de sirvientes entran cargados con leña y varias bandejas repletas de
comida. Los niños corren felices a inspeccionar lo que acaban de traer. La
mujer se lleva las manos al pecho y ahoga un suspiro. ‘’¿Qué es todo esto?’’
pregunta impresionada.
El hombre se quita el sombrero y
la observa, con ternura. ‘’Solía hacer negocios con su marido. Siempre le
compraba mercancía para llevar a las ciudades cercanas. Tenía arreglos para
hacer los pagos: él me dejaba en consignación lo que yo iba a vender y cada fin
de mes, le pagaba lo adeudado. Cuando me enteré de que había fallecido, de
inmediato regresé a la ciudad. Tenía que pagar mis deudas, era una cuestión
moral, ¿me entiende? Yo solo recibí cosas buenas de parte de su marido, de
verdad que lamento mucho su deceso’’.
La mujer no puede proferir
palabra de la emoción. Las lágrimas fluyen solas. Los niños contemplan
maravillados la cantidad de platillos deliciosos de las bandejas. El hombre
contempla feliz la escena. ‘’Cuando me dijeron que no la estaban pasando bien,
se me ocurrió traerles algo de comer y leña. El frío va a arreciar y no está
bien que los niños lo sufran. Señora Isabel, hágame saber si necesita algo de
mi parte. No siempre estoy en la ciudad, pero le dejo mi dirección, en caso de
que me necesite. No dude ni un momento que estoy a sus órdenes’’.
Ella le extiende la mano y él la
toma entre las suyas y con un ademán de otra época, la besa. ‘’Buenas noches y
muy feliz Navidad’’, dice, al tiempo que se coloca el sombrero y sale, en
compañía de los sirvientes.
La madre esconde el rostro entre
las manos y llora. Los niños la rodean y la abrazan tiernamente. Desde ese
momento sabe que será una sobreviviente, que a pesar de todo, la vida no será
tan cruel con ella ni con sus niños. Se limpia las lágrimas y le pide ayuda a
sus hijas mayores para poner la mesa y poder cenar en familia, en esa Navidad.
17 noviembre 2019
La pensión
Yo quería dormir. Llevaba cerca
de 24 horas despierta. El viaje fue largo y casi nunca puedo dormir en los
aviones. En realidad, no puedo dormir bien en ningún lado desconocido o nuevo
para mí. Por eso, no suelo viajar mucho, ni ausentarme de casa por largos
períodos, porque no puedo dormir después. Me vuelvo insomne, de alguna forma.
Sin embargo, tuve que viajar.
Tenía que estar tres horas antes en el aeropuerto. Desde las 3:00 AM estuve
despierta ese día. Las 10 horas de vuelo, las pasé en vela. No importa si me
toca viajar de día o de noche. El drama es el mismo: no duermo. Cierro los
ojos, solamente, pero el sueño nunca llega.
El doctor me recomendó que tomara
alguna pastilla para dormir, cuando me tocara viajar. Nada fuerte, solo para
relajar. Le dije que no me gusta contaminar mi cuerpo con sustancias químicas.
Mi novio, medio hippie e impráctico como es, me dijo que probara con fumarme un
porro antes. ‘’¡Claro, para que me deporten o ni siquiera me dejen subir al
avión, tarado!’’ le dije.
Entonces, mi martirio comenzó. 10
horas sentada, con paradas ocasionales para el baño. Esporádicas, eso sí. No
hay cosa más aterradoramente sucia y llena de gérmenes silentes que el baño de
un avión. Evito beber líquidos para no tener que usarlo. Tampoco me gusta
pasearme como alma en pena por los pasillos. Aguanto. Como aguanto el insomnio.
Por lo menos esta vez no tenía
que hacer combinación. Mi viaje era hasta destino, sin tener que cambiar de
avión en avión. Esta vez por fin la agencia no hizo el famoso ‘’recorte de
gastos’’ y al menos me mandó en vuelo directo. Algo es algo.
Cuando llegué a destino, la cola
de migraciones me pareció eterna. Cada funcionario debió haberse tardado un año
con cada pasajero. Cuando llegó mi turno, el oficial me preguntó mil cosas
estúpidas. Estaba claro que iba por trabajo y con todos mis papeles en regla,
no sé por qué me demoró tanto. Creo que instintivamente tienen un gen para
odiar a los extranjeros. Debe ser eso.
A esa altura, ya mis ojeras eran
violeta y formaban círculos pesados debajo de mis ojos. Mi estado era
lamentable. Me empezaban a taladrar las sienes. De a poco, primero. Conozco
bien ese dolor. Después se vuelve un pájaro carpintero dentro de mi cabeza.
Cuando el suplicio de migraciones
terminó y por fin pude irme en taxi al hotel, sentía que me había arrollado un
tren; si es que alguien ha sobrevivido a tal asunto, era justamente esa
catástrofe lo que sentía. Necesitaba dormir. Y era urgente hacerlo, aunque supiera
que me iba a costar hacerlo, tenía que apoyar mi cabeza en una almohada y mi
cuerpo en una cama con sábanas limpias.
Cuando el taxi se detuvo en la
entrada, me di cuenta de que me habían reservado un cuarto en una pensión.
‘’¿Está seguro de que es esta la dirección?’’, le pregunté al taxista para
cerciorarme. ‘’En efecto, señorita’’ me dijo. Bajó mi maleta, la dejó en la
entrada, me cobró y se fue. Era la 1:00 de la tarde.
Yo me quedé unos minutos parada
en la puerta observando. Qué lugar cutre, por Dios. Entonces la agencia no
había escatimado en el pasaje, pero sí en el alojamiento. ¡Malditos! Respiré
hondo y abrí la puerta. La chica de lo que se supone era la recepción me miró
de arriba abajo, no sé si con lástima o con asombro. Sin mediar palabra, le
extendí mi pasaporte. Ella lo revisó y volvió a mirarme como hacía minutos.
Sé que no me parecía en nada a la
de la foto, dada mi falta de descanso, pero la chica no preguntó nada. Solo me
dijo que mi habitación estaría lista a las 3:00 de la tarde, aproximadamente.
Faltaba mucho tiempo y las pocas fuerzas que tenía me estaban abandonando.
Dejé la maleta en la recepción y
salí. Esperar no es lo que mejor se me da en la vida. Además, sentía ya la
parte derecha de la cara paralizada del dolor de cabeza. Encontré un bar de
medio pelo en la esquina y ahí me instalé a esperar, café de por medio. Varios
cafés de por medio, debo decir. No quise comer porque cuando me ataca la
migraña, me dan ganas de vomitar.
Ahí estuve todo el rato hasta las
2:55, cuando volví a la pensión. Me dieron una habitación estrechísima,
enfrente del baño comunitario. Lo más terrible que me podía pasar era eso:
tener que compartir el baño. No había casi ventilación, pero al menos sí aire
acondicionado. Era oscura y algo lúgubre.
A estas alturas de esta travesía,
poco me importaba si había luz o no. Necesitaba toda la oscuridad posible para
descansar mi cabeza, hasta que la migraña me abandonara. Quería darme un baño,
pero lo haría después. Me quité la ropa, que olía todavía a esa mezcla de
olores de ‘’avión repleto de extraños’’ y me tiré boca arriba en la cama.
Cada inhalación me hacía doler
más la cabeza. Me quedé lo más quieta posible. Si lograba mantenerme así, podía
no caer en la peor parte del umbral de dolor que me llevaba a vomitar, a que me
zumbaran los oídos, a que empezaran a dar vueltas a mi alrededor esas luces
raras, como de discoteca triste, de barrio pobre.
En algún punto, todo se calmaría.
Yo no podría dormir, sino por minutos, pero al menos todo lo que pasaba dentro
de mi cabeza, empezaría a quedarse quieto, como cuando el mar se ve agitado por
una tormenta.
Me quedé inmóvil. Al cabo de unas
horas, oí el primer ‘’toc toc’’ enérgico. ‘’¡Abra la puerta! ¡Es la policía!’’.
Abrí los ojos y me dolió hasta la médula ese movimiento. ‘’¿Quién?’’ preguntó
la voz del hombre dos cuartos después del que yo ocupaba.
Empezaron a latirme de nuevo las
sienes. ‘’Lo que me faltaba. Líos ajenos’’ pensé. Sentí una especie de
turbulencia en toda mi humanidad cuando el supuesto policía empezó a tocar de
nuevo y a exigir que se le abriera la puerta.
La voz de adentro del cuarto ajeno
sonaba hueca (¿o sería que yo no podía oír del todo bien?). ‘’¿Pero qué quiere,
hombre?’’. ‘’¡Tengo que llevarlo detenido!’’. Así de la nada, un policía salido
de no sé dónde, quería entrar y llevarse al hombre que hablaba desde el fondo,
como si la habitación fuera muy grande y él estuviera en un extremo muy lejano.
‘’No estoy vestido. Estoy
desnudo’’ dijo la voz. Oí al policía resoplar. ‘’¡Vístase!’’. La voz llorosa de
una mujer hizo su aparición. Preguntaba qué pasaba, qué era todo aquello. El
policía redobló los toques en la puerta, cada vez más fuertes.
Cada ‘’toc toc’’ creaba oleadas
inmediatas de arcadas en mi cuerpo. Quería levantarme e ir al baño a vomitar,
pero no iba a hacerlo. ¿Y si empezaban a los tiros al lado y caía yo muerta,
como la tonta que siempre he sido? Traté de calmarme, aunque en estas
circunstancias de dolor, lo único que quería era escapar de mi propia cabeza.
La función de golpes en la puerta
y llanto, preguntas sin respuestas y órdenes, se extendió por varios minutos. Después
vino el silencio. La mujer sollozaba. Yo casi no entendía qué decía, pero la
voz del hombre sonaba clara y decidida: ‘’Voy a la comisaría y vuelvo. No le
abras la puerta a nadie. Todo va a estar bien’’. El policía arremetió con un
‘’¡Salga ya!’’ enérgico y volvió a enfurecerse contra la puerta. ‘’¡Espere,
hombre, que estoy desnudo!’’ respondió, ya con algo de violencia, el acusado.
Pasaron más minutos inhumanos
hasta que oí que se abrió la puerta del cuarto y se hizo más patente el llanto
de la mujer, las incesantes órdenes del policía y los remilgos del hombre,
declarando su inocencia.
Volví a cerrar los ojos y los
martillazos en mi cabeza eran caballos desbocados. A duras penas me senté en la
cama, me acosté en el piso frío. Aún se oía como los hombres bajaban pesados y
ruidosos por las escaleras.
No sé cuánto tiempo pasó y si me
dormí o si caí en una especie de letargo sin sueños. No sé qué pasó conmigo,
pero a la mañana siguiente, aún con la resaca de la migraña, me levanté como
pude y me alisté. Intenté maquillarme, para no parecer tan atormentada y
cadavérica.
Bajé a la recepción. Estaba la
misma chica que me recibió. ‘’Quiero poner una queja’’ le dije, sin siquiera
mostrarme algo educada. Ella parpadeó rápidamente y con un ademán soso me dio a
entender que continuara.
‘’Ayer, no sé a qué hora, los
gritos de la policía, el inquilino de uno de los cuartos y los llantos de una
mujer, no me dejaron descansar. Como comprenderás, tengo que ir a trabajar en
un estado alterado, sin haber dormido, ni mucho menos’’.
La mujer se levantó y con cara de
extrañeza me dijo que en mi piso no había nadie más que yo. Y ese ‘’nadie más
que tú’’ lo dijo recalcando cada palabra, como para que no quedaran dudas. ‘’No
puede ser’’ le dije, con voz firme.
Sentí como me empezaban a temblar
las venas de mi cabeza. Respiré hondo. ‘’Te estoy diciendo que ayer hubo un
escándalo mayúsculo en mi piso. Quiero el libro de quejas. ¡Ya!’’. Yo misma me
sorprendí de mi vehemencia, que no surtió ningún efecto. La chica se encogió de
hombros, se agachó para sacar de debajo del mostrador un cuadernito mustio que
decía ‘’Libro de quejas’’ escrito con una caligrafía infantil.
Me senté en lo que era la cocina
y empecé a escribir una especie de testamento. Sé que no fue mi mejor escrito,
pero tampoco tenía que serlo. Solo quería dejar constancia de lo que había
pasado.
Cuando terminé, se lo devolví a
la recepcionista sin decirle nada más y salí. Fue difícil enfrentar el día
laboral con la cabeza tan pesada como la sentía. Aún resonaban en mis oídos los
golpes en la puerta, la voz gruesa del policía, el llanto lastimero de la
mujer. Concentrarme en lo que tenía que hacer durante el día fue duro. Cuando
llegué de nuevo a la pensión, respiré aliviada.
La misma chica (¿no tenía
descanso, acaso?) me dio la llave sin siquiera verme. Subí a mi piso, pero
antes de entrar en mi habitación, me detuve. Pasé por cada puerta y me apoyé
con delicadeza para espiar. Quería saber si había otros huéspedes.
El silencio que reinaba se podía
sentir. Tal vez era la hora. Todos disfrutaban de la ciudad mientras yo solo
podía quedarme postrada en mi cama, tratando de sentirme normal de nuevo. Me
tiré boca arriba, cerré los ojos y ensayé respirar hondo, para calmar los
martillazos en mis sienes.
Al cabo de unas horas, oí de
nuevo el primer ‘’toc toc’’ enérgico. ‘’¡Abra la puerta! ¡Es la policía!’’. Abrí
los ojos. Esto no podía estar pasando. ‘’¿Quién?’’ preguntó la voz del hombre
dos cuartos después del que yo ocupaba.
Me incorporé y me quedé pegada a
mi puerta. ‘’¿Pero qué quiere hombre?’’ preguntó la voz de adentro del cuarto
ajeno que sonaba hueca. ‘’¡Tengo que llevarlo detenido!’’ respondió el oficial.‘’No
estoy vestido. Estoy desnudo’’ dijo la voz. Oí al policía resoplar:
‘’¡Vístase!’’. De nuevo la voz llorosa de la misma mujer.
Estallé. Abrí la puerta de mi
habitación como si yo misma fuera un huracán. El policía me miró con cara
furibunda. ‘’¡Vuelva a su habitación! ¡Esto no le compete!’’. Tengo que
reconocer que me desarmó con aquellas órdenes y sin responder, me devolví a mi
cuarto y cerré la puerta con llave.
En ese punto, temblaba de la ira
y del dolor. Empecé a tener arcadas, pero el baño estaba enfrente de mi cuarto
y salir no podía. Vomité en el piso. Las arcadas no cesaron hasta mucho
después, cuando pude incorporarme y beber un poco de agua.
Me tiré de nuevo en la cama.
Afuera de mi habitación, se desarrolló la misma función de la noche anterior.
¿Cuántas veces se tendrían que llevar detenido a ese tipo? Al día siguiente
estaba segura de que yo misma les incendiaría la pensión, a pesar de mis
taladrantes dolores.
No logré dormir. Cuando clareó el
día, bajé a duras penas para enfrentarme con la recepcionista. No había nadie.
Grité. No me importaba si tenía que despertarla. Pero la chica no apareció. La
busqué por la pensión. En algún lugar debería tener su cuarto. O al menos
alguien tendría que responder a todo lo que pasó desde que llegué.
Empecé a impacientarme y a gritar
cada vez más alto. No era posible dejar las cosas así. ¡Alguien tenía que
atenderme! Mi cabeza iba de mal en peor. Todo me daba vueltas. Me estaba
costando respirar del dolor tan lacerante. En algún punto, consumida también
por la ira, caí al piso y me desmayé.
Cuando desperté, no sabía qué
hora era, ni cómo había llegado a mi habitación. Una tenue luz se colaba por la
mínima ventana. No podía levantarme y tenía la sensación de que si lo hacía, me
desplomaría. Tenía miedo. Miedo de levantarme, miedo de que se agudizara el
dolor, miedo de ese lugar en el que estaba.
Cerré los ojos y respiré hondo.
Pasados unos minutos, sentí la fría palma de una mano posarse sobre mi frente.
Grité del miedo. ‘’Mi amor, soy yo’’. Era la voz de mi novio. Sentí su mano
deslizarse hasta mi mejilla. Mi respiración era agitada. ‘’Descansa’’ dijo y
besó con delicadeza mis labios resecos. ‘’Qué bueno que ya estás en casa’’ y
cerró la puerta de la habitación tras de sí.
02 septiembre 2019
El tratamiento
Abre con sigilo la puerta de la
habitación que comparten. Lo observa dormir. El sueño agitado del enfermo por
la fiebre, el malestar haciendo estragos.
Se va acercando y se agacha hasta
quedar a la altura del rostro. Le coloca la mano en la frente: está ardiendo.
Lo acaricia con ternura. Dice su nombre en voz baja, para traerlo de vuelta al
mundo que habitaban juntos, antes de que todo esto comenzara.
El hombre reacciona lentamente y
se tumba de espaldas en la cama, con la vista perdida en el techo de la
habitación. Ella lo ayuda a sacarse la camisa. ‘’Trata de respirar profundo’’
le dice. Él lo intenta, pero cada inspiración es como mil agujas que se clavan
con fiereza en sus pulmones.
Las lágrimas corren por sus
mejillas, llenas de impotencia y rabia, a la vez. Trata de incorporase, aún sin
ayuda, pero está tan débil y cansado que no puede y tiene que sostenerse a
duras penas, antes de desplomarse por completo en los brazos de la mujer.
Ella lo oye gemir y lo atrae más
hacia sí, de manera que él sienta como sus brazos rodean no solo su torso, sino
todo su cuerpo. Después de unos minutos, comienza la rutina que ha dominado sus
últimos días.
Él se coloca boca abajo. Puede
respirar un poco mejor de esa forma porque siente que los pulmones se liberan
momentáneamente de su sufrimiento y el poco aire que inhala, entra suave, como
una corriente que lo adormece.
Mientras, ella va preparando el
tratamiento. Se coloca los guantes. Toma con cuidado cada ventosa de cristal y
con un hisopo, les impregna la boca con el preparado y las coloca con cuidado
en la espalda del hombre, una por una, en cada moretón que indica dónde va cada
ventosa.
El hombre se deja llevar. Está
demasiado débil como para oponerse al dolor. Además, no quiere llevarle la
contraria. Ella ha sido un apoyo solícito y constante. Se ha hecho cargo de
todo desde que esto comenzó. No puede reclamarle nada, así que acepta conforme
someterse a ese tratamiento que lo único que ha hecho es debilitarlo más, pero
ella tiene esperanzas en que todo funcionará.
A pesar de estar enfermo, ¿quién
es él para decirle que pare? Es ella quien ha estado en contacto con el médico,
lo llevó al hospital, lo atiende. Nunca pensó que una mujer tan frívola,
distante y despreocupada como ella, estuviera tan atenta a su curación. Ella,
la mujer con la que comparte su vida desde hace unos años.
‘’Útil. Eres útil’’ musita.
‘’Shh, calla, querido. Concéntrate en el tratamiento’’, responde y va cambiando
las ventosas e impregnándolas de más y más preparado cada vez. Al cabo de una
hora, el hombre ha quedado vencido por la acción soporífera del sueño. Ella lo
observa con lástima. ‘’Todo hubiera sido diferente si no me hubiera aburrido’’
piensa.
Retira con cuidado y esmero las
ventosas, el frasco con el preparado, los algodones. En la tarde y en la noche repetirá
el procedimiento. Siempre es mejor el exceso al defecto. Y así todo será más
rápido.
Se dirige sin premuras al
lavadero. Es un magnífico día de sol, con la temperatura justa. Sonríe y una
brisa fresca la acompaña en esa sonrisa. Cierra los ojos por unos instantes.
Pronto será libre, del todo; no porque antes no lo fuera, pero le aburrió estar
siempre viviendo la misma vida.
Abre con cuidado las latas de
veneno, no sin antes haberse colocado el tapabocas. Mezcla sin premura el
contenido con algo de agua, hasta formar una pasta y las deja al aire libre, de
manera que el olor se disipe lo más posible. Limpia cada ventosa para que
puedan adherirse mejor y deja todo listo, hasta la próxima sesión del
tratamiento.
Al principio se deshacía de toda
evidencia, pero ya se ha vuelto un tanto negligente. Muy pocos saben de la rara
enfermedad de su marido y mientras ella no levante la voz de alerta, nadie
vendrá a visitarlos. Vivir en el campo tiene sus ventajas, indiscutiblemente.
De regreso en la habitación, se
sienta con cuidado en la cama y observa al hombre, que está encorvado y
encogido en el extremo opuesto. La piel luce marchita y cada vez más le cuesta
respirar. En verdad lamenta todo esto, pero no tenía otra forma de deshacerse
de él.
Ella nunca pudo pedirle el
divorcio. No estaba bien visto. No es lo mismo ser la ‘’viuda de’’ que la ‘’ex
señora de’’. En el pueblo todos hablarían, la mirarían mal. Además, no tendría
derecho a la pequeña fortuna de su marido y ella no sabe hacer más que pasar el
tiempo en cosas inocuas. ¿Cómo pudiera ganarse la vida? Y sobre todo ahí, donde
no hay mucho que hacer.
Se acerca con cuidado y lo besa
en la mejilla. Por momentos, el rictus de sufrimiento del hombre parece haberse
desvanecido con aquel beso. Lo observa con ternura, al tiempo que dice: ‘’Lo
siento, querido. No encontré otra forma’’. Lo arropa con cuidado y se queda
viéndolo, sin prisas. Se levanta y abre con sigilo la puerta de la habitación
que comparten. Lo observa dormir.
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10 agosto 2019
Porcelana
Todos los días, al salir de la
escuela, se desvía adrede para pasar por la tienda de muñecas. ‘’Traídas de
Francia’’, reza el cartel. Sabe que su padre, austero como pocos, le negará
cualquier juguete por considerarlo ‘’innecesario para su desarrollo
intelectual’’. Tampoco su madre la apoyará en esto. ¿Para qué quiere una muñeca
tan cara y delicada?, le preguntaría. ‘’Tus hermanitas van a destrozarla no más
la vean’’, le diría. Y en eso tendría razón. Ser la tercera de aquella prole
numerosa, le ha quitado protagonismo a su infancia que debió durar más de lo
debido.
Apoya suavemente la frente en el
cristal de la tienda y se queda observando a la muñeca: sus rizos de cabello
natural (ella la quisiera rubia) y sus grandes ojos coronados por miles de
pestañas que pueden abrirse y cerrarse (esto la hace diferente del resto de las
muñecas cuyos ojos eternamente abiertos la asustan) la hacen realmente única.
¿Cómo reunir el dinero? Le parece
terrible que teniéndolo, no lo tenga a su alcance. Frunce el ceño y bufa,
‘’cuando crezcas’’ es lo que le responde su padre siempre. Pero cuando crezca,
ya no querrá jugar con muñecas.
Contrariada, enfila hacia el
almacén. Entra por la puerta trasera y agarra el delantal que aún le queda
bastante grande. Abre la puerta que separa el mostrador del patio interno de su
propia casa. Su hermana mayor le lanza una mirada reprobatoria por su tardanza.
Ella ni se inmuta. Era importante constatar que la muñeca – su muñeca – seguía
estando en la vitrina, esperándola.
Sin mediar palabra con su
hermana, se sienta en la caja registradora, no sin antes colocar la banqueta
sobre algunos libros para quedar más alta. Su hermana la reprime, pero ella no
le presta atención. Pocas veces lo hace, de hecho.
Asume su turno, como todas las
tardes, con estoicismo. Es una lástima que ninguno de sus hermanos varones
hubiera alcanzado la pubertad porque estarían ahora, en su lugar, y ella
estaría jugando con sus hermanas, con sus conejos, con sus perros y con sus
gatos. Pero no. Quiso el destino que sobrevivieran todas ellas y que a su padre
se le ocurriera emplearlas en el almacén, en vez de contratar personal.
Cuando su padre descubrió cómo
ella se entendía tan bien con los números, la asignó a la caja y después le
enseñó a llevar el inventario, todo para ahorrarse sueldos. ‘’Prefiero que el
negocio esté en manos familiares’’ le había explicado, o mentido, mejor.
Perder todas sus tardes
infantiles por estar en el mostrador, cobrándole a los clientes, la fastidiaba
en gran medida. Su padre dando vueltas por toda la tienda, enseñando la fina
mercancía. La gente entrando y saliendo con sus compras. Aquel desfile
frenético de desconocidos. Su pequeña vida diluyéndose en algo que no le
competía.
Hasta esa tarde de lluvia. Estaba
sola en el almacén, sin nadie que la atormentara, ni siquiera su padre que
sabía que los días así, nadie portaba por ahí. La gran araña de cristal de roca
pendía elegante y arrojaba de cuando en cuando lucecitas de colores sobre el
piso y los espejos del salón.
Estaba tan extasiada contemplando
el fenómeno que no notó a la viuda, cuando entró empapada, con su gran sombrero
de fieltro negro deformado por el peso del agua. Al verla, se asustó y contuvo
el aliento. La viuda se acercó al mostrador y se quitó el sombrero, que dejó a
la vista su cráneo calvo y reseco. ‘’No te asustes’’ le dijo con voz hueca.
Su padre le había prohibido la
entrada muchos años antes y les había ordenado a sus hijas que jamás la dejaran
pasar y si eso ocurría, debían avisarle de inmediato. Ella recordó la orden
paterna, pero no pudo moverse del mostrador, hipnotizaba como estaba al ver por
primera vez a aquella mujer, que creía más una leyenda urbana que otra cosa.
‘’Tienes los mismos ojos fieros
de tu padre’’ le dijo en voz baja. ‘’Debes tener entonces su mismo carácter’’ y
sonrió a medias. Ella pudo observar que le faltaban algunos dientes anteriores
y los que tenía, estaban renegridos. El asco se le notó de inmediato porque la
viuda la miró con ira y abrió más la boca.
‘’Sí, eres igual de desdeñosa que
tu padre’’. Le dio la espalda y empezó a caminar despacio por todo el salón,
arrastrando la sucia bolsa que llevaba en la mano y que parecía pesada. Ella
creyó en algún momento que iba a romper algunas de las porcelanas o a derribar
las estanterías llenas de cristalería.
Se bajó de la banqueta y
despacio, sin dejar de mirar a la mujer, fue caminando sigilosa hasta la puerta
trasera, para dar aviso a su padre. Pero cuando estaba por abrirla, la viuda se
percató de la maniobra y con una agilidad impropia de una mujer de edad
avanzada como ella lo era, la tomó de la muñeca y la arrastró hasta el centro
de la tienda.
La niña se retorcía del dolor y
gritaba, pero el escándalo de la lluvia ahogaba sus gritos. ‘’Ahora va a saber
tu papá lo que es el dolor’’. La tomó de la otra muñeca y le hundió las sucias
uñas en ellas, hasta hacerla sangrar. ‘’Te acordarás de mí por el resto de tus
días’’.
La bofetada que le propinó la
hizo perder la noción de sí por momentos cuando su cabeza golpeó el piso y a
partir de ese momento, todo fue una bruma confusa. La viuda la levantó como si
de una almohada se tratase y se la llevó, tan rápido como pudo.
Cuando volvió en sí, abrió
lentamente los ojos. Le dolía la cabeza y todala habitación le daba vueltas.
Empezó a toser y a convulsionar. La última cosa que vio, antes de perder de
nuevo el conocimiento fue los tímidos rayos del sol que se filtraban suavemente
por la ventana de su propio cuarto.
Sigilosamente, su padre entró en
la habitación. Se arrodilló junto a su cama y comenzó a rezar, al tiempo que
sostenía la mano de su hija. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Se prometió
a sí mismo no ser tan permisivo con las niñas, no dejarlas salir a jugar los
días de lluvia, a cuidarlas más. Si él se hubiese mostrado firme, nada de esto habría
pasado.
El tiempo transcurrió lento, como
era su costumbre, cada vez que alguien en aquella casa caía enfermo. ¿Sería la
vida tan cruel que les arrebataría a una de sus hijas, como ya había pasado con
sus hijos? Era un pensamiento recurrente en la mente de los padres, pero tenían
el tino de no confesárselo el uno al otro para no angustiarse ni atraer los
malos augurios.
Sin embargo, a veces la vida da
giros inesperados y aquella mañana, temprano, la niña despertó del todo. Aún
desorientada, comenzó a observar su alrededor. La puerta
estaba entreabierta. Temblando, se incorporó. ¿Y si la viuda abría la puerta y
la golpeaba? Se fue acercando y la abrió, intentando hacer el menor ruido
posible.
El chirrido de los goznes alertó
a la madre, que fue corriendo hasta el cuarto. Lanzó un grito cuando la vio
apoyaba en el marco, pálida, pero en pie y antes de que se desmayara, la
levantó y resguardó entre sus brazos.
Los días siguientes fueron diáfanos
y tranquilos. Su recuperación era lenta, pero cada vez ganaba más peso y vigor.
Las ojeras habían desaparecido y su piel de niña volvía a tener la lozanía de
porcelana perfecta, tan perfecta como la muñeca de la tienda, que ahora estaba
sobre su cómoda, mirándola atentamente. No era rubia, como ella hubiera querido,
sino que tenía el pelo negro, largo y brillante y los ojos oscuros, tan oscuros
como los de la viuda.
26 junio 2019
Marigold
‘’Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido
trabajar y envejecer’’. Piensa esto mientras se observa en el espejo y se
recoge el cabello en un chignon. Intenta
contar las nuevas arrugas que va descubriendo en su rostro, en su cuello. No le
perturban, pero tampoco le gustan. Son un fiel recordatorio de que se está
venciendo, como un producto cualquiera del supermercado, y que pronto tendrá
que dejar de trabajar (oh, la indeseada jubilación) y dedicarse por completo a
envejecer (oh, maldita vejez).
Se maquilla sin excesos, como siempre, y se viste
acorde. No olvida colocarse la alianza en el anular, para evitar coqueteos
innecesarios de caballeros insípidos. A su edad, no necesita lastres. Ya tuvo
suficiente con Ramiro, durante todo el tiempo que duró su matrimonio.
‘’Ramiro fue mi única mala decisión’’. Piensa esto al
salir de su casa y esperar en el pasillo a que el lento ascensor llegue para
llevarla a la planta baja del edificio. Varios pensamientos van detonando en su
cabeza, mientras desciende, piso por piso. ‘’Muchas veces las personas
confunden el amor con el deseo’’, ‘’dejarse obnubilar por la belleza física
causa estragos’’, ‘’¿de qué sirve un buen cuerpo si no viene acompañado de un
buen cerebro?’’.
Cuando el ascensor abre sus puertas, resopla. ‘’Allá
vamos otra vez’’ se dice a sí misma. Ya no camina con el porte ni la decisión
de antes. Ahora es más lento todo. No es que se queje, pero le hubiera gustado
conservar eso de sus años anteriores, la rapidez de reacción de su cuerpo.
Al llegar a la oficina, saluda como lo hace de lunes a
viernes, a la chica de la recepción: Con un ademán de cabeza, sin pronunciar
palabra. ‘’A estas nuevas generaciones les importa tres carajos quién saluda y
quién no’’, se lo decía a Ramiro, las raras veces que hablaban, porque ¿para
qué emplear tiempo tratando de conversar con aquel ser tan banal?.
Está tratando de evitar la charla sobre su pronta
desvinculación por edad. Seguro querrán hacerle una fiesta y la sola idea la
aterra. ‘’¡Qué cosa tétrica y de mal gusto!’’ piensa y cierra los ojos con
fuerza para espantar el pensamiento. Una vez en su escritorio, se concentra,
como desde hace 20 años, en trabajar. Todo su ser se entrega a las labores
cotidianas. A veces hasta se olvida de comer. Hace horas extra sin cobrar. Workaholic le dicen, pero no es eso. Lo
hace para entretenerse.
Se demora adrede en ciertas labores, no para hacerlas
mejor, sino para estirar lo más que puede las horas. Lo empezó a hacer una vez
que dejaron Estados Unidos y se instalaron en el inclemente calor tropical de
su nuevo país de residencia. Su flamante marido confirmó ser lo que ella
sospechaba: Un inútil aburrido, nada más. Digno de mirar, eso sí. Pero solo
eso.
Encontrar trabajo no fue difícil. Una multinacional la
acogería rápidamente, con o sin experiencia. ‘’God bless America’’ dijo, cuando
firmó el contrato. No era fácil encontrar angloparlantes nativos que no
sucumbieran a los excesos del placer y la voluptuosidad de aquel país caribeño.
Fue una empleada modelo, desde siempre. No porque
fuera inteligente, sino porque era dedicada por necesidad. Ese trabajo
rutinario e intrascendente, la salvó de pasar sus mejores horas en aquel
matrimonio insulso. Por fortuna, Ramiro murió joven, y ella no tuvo que pasar
por el tedioso papeleo de un divorcio, cosa que había estado analizando desde
sus primeros meses de convivencia.
Se fue quedando hasta altas horas en la oficina, más
por costumbre que por productividad. Llegaba puntual y se iba a casa, cuando ya
la ciudad empezaba a languidecer para entregarse al descanso. Estaba de lunes a
viernes en el mismo lugar, como si fuera un mueble, un cuadro o una planta. Un
algo decorativo, tal vez, que nadie echaría de menos si faltase.
‘’Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido
trabajar y envejecer’’. Piensa esto mientras alza la vista y se pierde por
momentos observando a través de la ventana a la gente que huye de la fina
lluvia que cae inocente sobre la ciudad. Se levanta y se acerca más al vidrio.
Son cerca de las 4:00 de la tarde. Ya pasó la hora del almuerzo pero ni lo
notó.
Se quita los anteojos y los limpia con delicadeza con
un pañuelito. Al calzárselos de nuevo, observa detenidamente al hombre que está
parado en la esquina y que la mira, con la misma mirada estúpida e insulsa con
que la miró durante los años que compartieron juntos. Deja escapar un suspiro y
se acerca más al cristal, hasta apoyar la frente, para cerciorarse de que está
viendo bien.
Ramiro, su marido, le sonríe. Tiene la misma edad con
la que falleció, hace tantos años. ‘’This can’t be!’’ dice para sí. A sus
espaldas, escucha la voz de su jefe: ‘’Marigold…¿se siente bien?’’. Da un
respingo, se da vuelta y responde cortés, que nada pasa, que está todo bien,
como siempre. Espera unos segundos a que el hombre se aleje y vuelve a fijar la
vista en la esquina, sorprendida. Ni rastros de Ramiro.
Vuelve a su escritorio e intenta concentrarse. La
visión de su marido muerto la tiene estampada en las retinas, como si de un
tatuaje se tratase. Ese día se va en horario a su casa, por primera vez. No
deja de pensar el resto de la tarde en lo que vio. Era sin duda Ramiro, con la
edad, apariencia y maneras exactas que tenía cuando (afortunadamente) falleció.
Después de ese episodio, los días volvieron a
trascurrir sin inconvenientes, como siempre, y sin sobresaltos de visiones del
más allá. ‘’Trabajar y trabajar. Esto siempre me ha salvado’’. Piensa esto
mientras termina uno de los tantos informes inútiles que redacta para el
departamento en el que está asignada. No volvió a pensar en Ramiro, ni como
pensamiento buscado, ni como no buscado.
El tiempo avanzó inexorablemente, como siempre. ‘’Lo
único que he hecho en todo este tiempo ha sido trabajar y envejecer’’, dice,
sin emoción. ‘’50 años en este país. Y yo que pensé que me devolvería no más
pudiera. Así es la vida, la costumbre’’.
Al llegar a la oficina, se dirige al baño, antes de
instalarse en su escritorio. Se lava las manos, se arregla el cabello y el
atuendo. Siente de repente un dolor lacerante en el pecho que no le da tiempo
ni de gritar para pedir ayuda. Cae al piso, como una marioneta a la que le han
cortado las cuerdas, sin ruidos innecesarios. ‘’Oh, Lord!’’ es su último y
discreto pensamiento.
Pocos fueron a su funeral. No había registros de
familia a la que avisar de su deceso. Pocos notaron su ausencia definitiva y
eterna; sin embargo, ella siguió yendo a trabajar, como si nada hubiera pasado.
En su escritorio y espacio de trabajo empezó a formarse una capa de polvo. La
señora de la limpieza no quería perturbarla, al verla siempre tan concentrada.
Hasta que el caos se hizo muy evidente y le llamaron
la atención los de mantenimiento: ‘’Tiene que limpiar TODOS los escritorios y
el de la esquina tiene tiempo sin haber sido limpiado’’ le espetaron. La mujer
abrió desmesuradamente los ojos y respondió: ‘’¿Pero cómo quiere que lo ordene
y limpie, si la señora mayor nunca se quita de ahí, siempre está trabajando’’.
‘’Lo único que he hecho en todo este tiempo ha sido
trabajar y envejecer. Y ahora también me dedico a alimentar la creencia de que
existo en este plano terrenal, cuando ya pasé al otro, más sobrenatural, por
llamarlo de alguna forma. Con tal de que Ramiro nunca descubra que he muerto,
me viene bien cualquier cosa. Con él no quiero estar dando vueltas en los
mismos universos. De estas cuatro paredes y de este escritorio no saldré nunca
más. Por lo que dure la eternidad’’.
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