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17 mayo 2020
21 abril 2020
El zoológico
Estaba en esa edad incierta en la
que se sale de la niñez, pero todavía no se es un adolescente. Ya no le interesaban
las cosas que hasta hace poco le habían interesado, pero tampoco llamaban su
atención las cosas de adultos. Vivía fluctuando entre lo que iba a ser su
adolescencia, cuando entrara de lleno, y el recuerdo reciente de su infancia
tranquila y sin sobresaltos.
Así que, a sus 13 años, pasar
vacaciones con sus primos y resto de la familia que no veía a menudo, no era un
plan divertido, como hasta hace poco lo había sido. Sus primos seguían siendo
niños, mientras que ella había ido cambiando, creciendo.
La idea de pasar todas las
vacaciones en el mismo lugar de siempre, le pareció aburridísima. En vano
intentó convencer a sus padres de que la dejaran hacer otra cosa. Se mostraron
reacios. Iban todos o no iba ninguno y de su decisión dependería entonces que
sus hermanos se la pasaran encerrados en casa. No tuvo otra que aceptar, a
regañadientes, eso sí.
Tres meses estarían sin volver a
casa. Prefería aburrirse en su propia casa que en la de sus primos. Todos los
planes que armaban para entretenerlos, no la divertían. Quería ir al cine, a
ver pelis B-12, ir a pasear sola a la plaza, merendar con chicos de su edad, no
con la ristra de niñatos que aún habitaban la tranquilidad de la infancia.
Sus padres estaban ocupados con
sus amigos, haciendo cosas de adultos. No podían – y tal vez no querían –
ocuparse exclusivamente de ella o al menos idearse planes más acordes para la
edad de su hija mayor.
Sin embargo, un buen día, a una
de sus primas mayores, de esas felices que no se habían casado nunca y
disponían de todo el tiempo del mundo, se le ocurrió un paseo al zoológico. Al
principio no le pareció tan buena idea y además, seguro los niños querrían ir,
pero cuando supo que estarían las dos solas, el interés despertó en ella.
Así que una mañana soleada, su
prima la pasó a buscar y la llevó a recorrer el famoso parque zoológico. Pasearon
para arriba y para abajo. Reconoció a todos los animales que pudo, dado su
escaso, por no decir pobre, entendimiento del mundo animal.
Al llegar a la jaula del único oso
del lugar, estaba sentado sobre las patas traseras nada más. La jaula era
pequeña, así que el oso, negro y robusto, la ocupaba toda. Le quedaba chica,
tendría que decir mejor. Se paró enfrente. Detalló sus patas, tan gigantes.
Detalló el pelaje hirsuto y brillante. Y los ojos. Los ojos negros inyectados
de sangre.
El oso se acercó lo más que pudo
a la reja y la observó. Bufó y su bufido la asustó. Dio un salto y se echó para
atrás y casi pierde el equilibrio. ‘’No pasa nada, está enjaulado’’ le dijo su
prima, a modo de burla.
Se quedó unos instantes
observando al oso enorme, peludo, feroz, quien a su vez también la observaba,
con más rabia que calma. La rabia de un animal enjaulado. La chica se llevó las
manos al pecho para tratar de tranquilizarse. ‘’Vendrá por mí’’ pensó. ‘’Esta
noche vendrá por mí’’.
Se fue alejando de la jaula del
oso, apoyada en la baranda de metal, sin darle la espalda. El animal no dejaba
de verla. Acomodó su cuerpo en aquel reducido espacio para seguirla con la
mirada. Mientras más la veía, más sangre le llenaba los ojos.
El paseo la dejó intranquila. De
regreso en casa, lo único que hacía era pensar en el oso. Durante la cena, se
lo contó a sus padres, quienes la miraron extrañados. ‘’Es imposible que un oso
escape del zoológico y venga a buscarte. ¡Tendría que atravesar toda la
ciudad!’’. Ella insistió. ‘’Vendrá por mí esta noche’’ les dijo categórica. Sus
padres desestimaron sus palabras. ‘’Cosas de adolescentes sin nada en la cabeza
aún’’ dijeron.
En la tranquilidad de su cuarto,
se aseguró de cerrar bien la ventana y ponerle traba a la puerta. El animal
vendría a buscarla, pero algo de resistencia iba a encontrarse. Se tiró en la
cama y se arropó tanto como pudo, hasta quedar hecha un bollito. Le costó
conciliar el sueño. Cerraba los ojos y lo único que veía era la mirada letal
del oso.
Mientras tanto, en su
confinamiento y al amparo de la noche, el oso empezó a golpear los barrotes de
su celda, hasta lograr sacar los necesarios para salir. Se paró erguido, por
primera vez en tantos años de cautiverio. Respiró hondo y en segundos emprendió
el camino hasta la casa de la chica.
Olfateó su rastro. Tuvo el buen
tino de escabullirse silencioso amparado por la oscuridad de la ciudad. A la
hora que todos dormían, el oso se deslizaba por las calles, con una agilidad
impensada ni puesta en práctica jamás.
El olor de la chica se hacía cada
vez más poderoso. ¡Estaba ya cerca de su presa! Se detuvo unos instantes, se
relamió de puro gusto. Avanzó cauteloso, con la nariz pegada al piso, como si
fuera un sabueso.
Llegó al jardín de la casa. Tuvo
que contenerse para no abalanzarse sobre la ventana del cuarto de la muchacha.
Apoyó ambas patas delanteras y de un cabezazo rompió los cristales. El impacto
hizo que la chica se despertara y empezara a gritar.
Sus gritos, que se fueron
transformando en aullidos, alertaron a toda la casa. Sus padres intentaron
entrar al cuarto, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Mientras tanto,
ella estaba en una esquina, gritando enloquecida, presa del pánico. El oso la
miró con ferocidad y lascivia. Levantó una de las patas y sacó a relucir las
garras. Le asestó un golpe seco, pero delicado en la pantorrilla. Como una
caricia que era un rasguño.
La sangre empezó a brotar
descontrolada de la herida. La chica lloraba y gritaba con toda la fuerza de su
voz. Sus padres habían podido derribar a machetazos la puerta y observaban la
escena entre aterrorizados e impactados.
El oso les dirigió la misma
mirada de rabia con que había visto a la muchacha esa misma mañana, en el
zoológico. Hizo un movimiento rápido y enganchó la pierna herida entre sus
fauces, sin morderla, para arrastrarla hacia sí. Y con la misma rapidez, salió
de la habitación, con ella al hombro, tan frágil, tan delicada, tan posible.
Tan suya.
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18 marzo 2020
36 horas
Mi hermano siempre fue un poco
tonto. No en el sentido intelectual, sino en el de la vida práctica. Por eso,
cuando empecé a sentirme mal, no le dije nada. No porque fuera un tipo nervioso
que se ofuscara fácilmente, sino porque es tonto, como ya dije. Tonto para la
vida.
Yo caí en ese grupo de
‘’población de riesgo’’, por la epilepsia. Empecé a presentar los síntomas,
pero no me alarmé; total, a mí a cada tanto, cualquier gripe se me instalaba en
el cuerpo por días. La verdad es que no le di importancia.
Era de esperarse que mi hermano
no notara si yo pasaba más tiempo en cama que dando vueltas por la casa. Era de
esperarse que tampoco se diera cuenta de que tenía una tos seca persistente.
Eran de esperarse muchas cosas, en lo que a él y a su falta de visión se
refiere.
Deliberadamente, mi hermano no
quería hacerse cargo de nada que tuviera que ver conmigo, ni mis ataques, ni
nuestra ‘’hermandad’’, ni nada. Muchas cosas rutinarias, de la vida cotidiana
le cuestan, no les pone empeño. Así que cuando todo esto comenzó tan de pronto,
él no supo qué hacer. A veces creo que ignoró olímpicamente todas las señales
de mi enfermedad para tener que evitar involucrarse.
Ahora lo observo sin lástima. Al
principio confieso que sí me dio algo de lástima. Intentó reanimarme con un
boca a boca, pero eso fue porque lo vio en algún programa de la tele o tutorial
de YouTube, no porque supiera cómo hacerlo.
En un momento de nuestras vidas,
antes de que nuestros padres fallecieran, nuestra madre intentó que todos
hiciéramos un curso de primeros auxilios. Lo hizo pensando en mí. No lo
hicimos. Le fuimos dando largas, mi hermano, sobre todo.
Así que cuando empecé a quedarme
sin aire, intenté guardar la calma; pero solo lo intenté. Si me sobrevenía uno
de los ataques, ¿qué iba a hacer? Y era eso lo único en lo que pensaba, en que
no me pasara, o no al menos ahora, que me estaba costando respirar.
Traté de acomodarme lo mejor que
pude. Coloqué las almohadas sobre el respaldo de mi cama y me senté. Mi hermano
escuchaba música a todo volumen en la sala, así que tuve que mandarle un WhatsApp.
Hasta eso habíamos llegado.
En ese tiempo entre el mensaje
que envié y cuando mi hermano lo leyó, me sobrevino uno de los ataques. El
último. Las convulsiones y la falta de aire, más la debilidad de mi cuerpo por
el virus de moda, me hicieron exhalar mi último y sofocado suspiro.
A las mil y tantas cuando mi
hermano se percató de todo y entró en mi cuarto, hacía rato que yo estaba
inerte en la cama, con la boca abierta, con un hilo de saliva, y la vista fija
clavada en el techo. Hubiera preferido morir de otra forma, pero mi deceso fue
una unión de coincidencias típicas del destino.
Ahí fue cuando empezó con el
show, el pobre inútil. Empezó a gritar, me agitó por los hombros, intentó
reanimarme con un boca a boca y al final, como era de suponer, se echó a
llorar. Me pidió perdón, me abrazó. Cerró mis ojos, me limpió la boca. Acomodó
mi cuerpo con delicadeza y me cubrió. Eso me sorprendió y enterneció a la vez.
No es mal tipo mi hermano, solo tonto. Tal vez, si hubiera nacido en otra
familia, hubiera encajado bien, pero en la nuestra, estaba destinado al fracaso.
Llamó a los paramédicos, quienes
amablemente le informaron que en breve pasarían por casa. Yo lo dudé mucho.
Vivíamos en un pueblito, si bien estábamos cerca de la capital, llegar demoraba
cerca de una hora, hora y media. Todavía había nieve en la carretera, así que
eso hacía más lento todo.
Mi hermano esperó un par de horas
y volvió a llamar. Al tercer intento, ya estaba bastante alterado. El servicio
de paramédicos le dijo que no podían pasar a buscar mi cuerpo, ni mucho menos
constatar si era verdad que había muerto, porque se había declarado la
cuarentena oficialmente y nada se podía hacer.
¿Y qué iba a hacer el inútil de
mi hermano conmigo durante 15 días? ¿Meterme en el congelador? Lo pensé. Pensé
mil alternativas, pero ¿cómo se las comunicaba? Yo estaba acostumbrada a ese
accionar burocrático y estúpido de los organismos públicos de nuestro país,
pero él no, porque siempre se había hecho a un lado y había dejado que otros
resolvieran su vida práctica. Así que ahora, que tenía que lidiar con esta
tragedia, no se le ocurría qué hacer. ¡Pobre!
Yo en su lugar, hubiera envuelto
el cuerpo cuidadosamente, lo hubiera puesto en la maleta del auto y habría
enfilado al hospital, el que nos quedaba a una hora. Pero a él, lo único que se
le ocurrió fue subir stories a su Instagram y un video a YouTube.
Cada tanto, entre lágrimas y
sollozos, enfocaba mi cuerpo y pedía ayuda. ´´¿Qué hago con mi hermana muerta?
¡Nos han abandonado!’’. Me entretuve un tiempo leyendo los comentarios bizarros
de la gente, que iban desde darle las condolencias, hasta decirle que me picara
en trocitos y me guardara en el frízer hasta que viniera la ambulancia o la
funeraria. Otros comentarios eran más sarcásticos, pero esos me los reservo; y
también los comentarios de otros inútiles como mi hermano, me los reservo.
Al cabo de unas horas, se encerró
en su cuarto. Cada tanto salía para ver si había ocurrido el milagro de mi
resurrección y para revisar los nuevos comentarios y subir alguna que otra
story nueva sobre nuestro caso. Si hubiera podido dejarle un comentario, le
hubiera escrito: ‘’De esta no se vuelve’’, pero…
El primer día transcurrió así: Mi
hermano entrando en mi habitación, mi hermano llamando a los paramédicos, mi
hermano subiendo actualizaciones de estado. 24 horas así. No sé cuándo comienza
el cuerpo a descomponerse, pero mi hermano ya estaba frenético buscando
información al respecto.
Yo pensaba ‘’¿y si se va la luz?
¡Se muere mi hermano también!’’. En este punto, juro que ya era de risa nuestro
caso. O por lo menos lo era para mí. Cada llamada a los paramédicos daba el
mismo resultado: ‘’No podemos atender ningún caso fuera del hospital porque
estamos en cuarentena’’.
Al término del segundo día, mi
hermano tenía unas ojeras muy marcadas. Estaba durmiendo mal y ahora se le
había instalado el miedo en el cuerpo. Si yo no hubiera sido compasiva, como lo
fui en vida siempre, lo hubiera asustado, pero era tonto mi hermano solamente.
No era mal tipo, nunca lo fue, así que era inmerecido. ¡Pero hubiera sido muy
divertido!
En fin, pasadas 36 exactas horas,
por fin llegaron los paramédicos. No fue por la insistencia caótica y
desesperada de mi hermano, sino porque una influencer se apiadó de sus
lastimeros videos y ejerció presión entre sus seguidores para hacer todo un lío
y que al final vinieran por mí.
Muy moderno todo, la verdad. Pero
no por ello deja de ser patético y triste. Supongo que la vida, como está
concebida ahora, no da lugar a la practicidad y a la naturalidad (mi muerte
tenía que pasar en cualquier momento, no es a eso a lo que me refiero) y sí a
hacer de ella una especie de obra de teatro a la que asisten inútiles o tontos,
como mi hermano. En todo caso, a final de cuentas, podemos ambos descansar en
paz.
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29 febrero 2020
La espalda
Cuando la chica despertó y besó la espalda tatuada del
muchacho, este se dio la vuelta y le dijo: "Lo siento. Anoche estaba muy
borracho". Y volvió a darle la espalda.
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11 enero 2020
Soma somnus
Al primero lo vi arrastrándose
lentamente por la puerta del congelador de mi nevera. No le presté atención.
Tal vez había salido de alguna fruta. Lo maté.
Un par de días después, encontré
otro en el fregadero. Este me la hizo fácil: lo ahogué. Ya iban dos. Aun así,
no me preocupé. Tampoco revisé si había algo en mal estado en la cocina. Lo
dejé pasar, como siempre. Porque las cosas que no son cotidianas hay que
dejarlas pasar, si no, se corre el riesgo de que se conviertan en fascinación o
en un horror y yo no estaba para ninguna de esas dos cosas.
Ese mismo fin de semana no lo pasé
en casa. O no recuerdo si fui solamente a dormir. Es irrelevante esto, en realidad,
pero en cuanto estuve más de tres horas seguidas, noté que había algunos en el
techo. Tres, para ser exactos. Me sorprendí y no para bien.
Le tomé una foto con mi celular y se
la mandé a mis amigos. Los veredictos iban desde ‘’mal de ojo’’, pasando por
‘’envidia’’ hasta ‘’rata muerta’’. El más imaginativo dijo que seguramente se
había muerto por fin la vieja del segundo y que era su cuerpo en descomposición
lo que había producido la aparición de estos bichos.
No desestimé ninguna teoría. Bueno,
en realidad, sí. La del animal muerto y la de la vieja del segundo no iban. El
resto podía tener sentido. Antes de agarrar el haragán y empezar a aplastarlos
con la goma, inspeccioné si no había más. En realidad, había varios.
Si hacía la cuenta de cuántos iban
ya, me acercaba a la docena. Y todo esto en menos de una semana. Ya empezó todo
a parecerme muy raro.
Me puse a leer literatura en
internet al respecto. Sumé más teorías a mi banco de teorías. Me pedí el día en
el trabajo para llegar hasta el meollo de este asunto. Entiéndase por
‘’meollo’’ como ‘’limpieza profunda’’ de mi casa.
Compré un spray de esos que matan
hasta lo que no tienen que matar, guantes, cloro, vinagre, entre otros
artículos. Todo lo que pensé que podía ayudarme a deshacerme de estos cositos
invasivos y desagradables.
Limpié. Llegué hasta los rincones
más recónditos de mi propia casa. Le saqué brillo a todo, eliminé hasta el
polvo invisible. Quedé extenuado. Me di un baño prolongado y me tiré en la
cama. En minutos ya dormía.
Al día siguiente y cuando sonó la
alarma, abrí lentamente los ojos. ¿Qué es lo primero que vi? Otro arrastrándose
lenta, suave y parsimoniosamente por la pared. Lo maté de un zapatazo. ¡Ya esto
era el colmo! ¿Cómo había sobrevivido uno solo a mi limpieza del día anterior?
No lo sé. Aún no lo sé.
Me preparé para irme al trabajo. Al
llegar a la oficina, mis compañeros me notaron pálido y ojeroso. Les dije que
no tenía nada, que estaba cansado nada más. Pero en realidad me dolía todo el
cuerpo, sobre todo la espalda, a la altura de los pulmones. Ese día resolví no
fumar la tanda de cigarrillos del día.
La jornada laboral fue un suplicio
de lo larga que fue. Tuve todas las reuniones posibles ese día, una más inútil
que la otra. Yo no podía prestar atención de lo cansado que estaba. Al llegar a
casa, miré hacia el techo: había ya cuatro.
El cansancio no me impidió subirme
en la escalera, armado de una servilleta y apretarlos uno a uno contra el
propio techo, hasta oír que crujían y se deshacían bajo la presión de mi mano.
Ya esto era una batalla y yo estaba decidido a ganarla.
Al día siguiente iría al vivero a
indagar sobre estos bichos. Tal vez vivían entre mis plantas y yo no me había
dado cuenta. No estaba de más darme una vuelta.
Después de matarlos, me desplomé en
mi cama y me dormí, aún con la ropa puesta. Lo bueno es que al día siguiente
era sábado y podía recuperarme, podía pasar en la cama todo el día. No entendí
en ese momento por qué estaba tan cansado. Se lo atribuí al estrés en el
trabajo, a la limpieza de mi casa, a estos bichos que no me dejaban pensar en
otra cosa que no fuera en ellos mismos.
Lo cierto es que el dolor en la
espalda se fue acentuando durante el fin de semana. Me faltaba la respiración
si hacía algún movimiento medio brusco. No pude dormirme boca arriba, como era
mi costumbre, por el dolor.
Pasé buen rato tirado boca abajo.
Con la mejilla izquierda apoyada sobre el colchón, los ojos cerrados y la
respiración entrecortada, empecé a sentir hormigueos. Lentos. Suaves.
Parsimoniosos. Después se hicieron más intensos, tanto como el dolor que me
laceraba.
Como pude, me senté en el borde de
la cama. Ya nada de esto era normal. Tenía que llamar al médico. Me pasé la
mano por el cabello y para mi sorpresa, atrapé algunos entre mis dedos. ¡Asco!
Eso fue lo que sentí. Asco del más puro, como nunca antes.
De mis oídos, de mi nariz, salían
muchos. Lentos. Suaves. Parsimoniosos. Empecé a gritar como un enajenado, pero
a cada grito, me dolían más y más los pulmones. Creo que me desmayé en algún
punto.
Cuando finalmente abrí los ojos,
quién sabe después de cuánto tiempo, estaba todo recubierto por estos bichos.
¡Todo mi cuerpo estaba cundido! Sin fuerzas casi, llamé a emergencias. Después
de eso, no sé bien qué más pasó. Hay una especie de agujero negro en mis propios
recuerdos.
Sé que hubo quejidos, pero tal vez
eran los míos. Sé que hubo llanto, pero tal vez era el mío. Sé también que
estos bichitos seguían saliendo, no sé si de mi cuerpo o de algo en
descomposición en mi propia casa. No lo sé. Estuve esos días aislado, como
desconectado. Y el dolor, ¡el maldito dolor! que no me dejaba en paz. Ya ni
respirar podía.
En fin, nunca entendí bien ni cómo
empezó todo esto ni cómo terminó. Supongo que tuve algún tipo de infección
porque tuve mucha fiebre, o es lo que creo (ya no estoy muy seguro de lo que
viví esos pocos días) o algo raro relacionado con esos bichos que vaya usted a
saber qué eran.
Solo tengo un único recuerdo muy
nítido y es el de mamá, inclinándose sobre mí y besándome en la frente, como
cuando me leía un cuento por las noches para hacerme dormir. Y sus lágrimas
cayendo sobre mi rostro y yo durmiéndome, descansando finalmente, como si
cayera en un sueño eterno, lento, suave y parsimonioso.
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17 diciembre 2019
Nochebuena
La madre reúne a los niños en la
sala de la húmeda casa. Hace demasiado frío y no hay calefacción suficiente
para todos.
A Amando lo hace estar cerca de
sus hermanas menores Ramona y Ana Luisa, de manera que se den calor como
puedan. Arropa con esmeroal único de sus hijos,Ángel Amable, que se ha ido
apagando lentamente y lo atrae hacia sí. Lo abraza con ternura para poder
recordar la forma de su cuerpo y su olor cuando ya no esté con ellos.
Soteria y Clara, las más
pequeñas, están juntas, cerca de la puerta, compartiendo una frazada. La madre
mira con tristeza a todos sus hijos. No comen nada desde el desayuno y sabe que
no podrán hacerlo pronto. Gastó el poco dinero que le quedaba.
No tiene mucha idea de qué hará
para subsistir. Nunca tuvo más que de ocuparse de cuidar de sus hijos y de su
casa, pero la vida y sus giros inesperados, la pusieron en una posición que
nunca hubiera pensado.
Respira hondo. Trata de
entretener a los niños con historias de su invención hasta que el sueño los
venza. Queda poca leña, así que no tendrán más cobijo al calor de la chimenea
en unas horas. El fuego proyecta sombras lúgubres en toda la sala. No será
fácil salir de esto, cuando ni siquiera sabe cómo hacerlo.
Cierra los ojos por instantes. No
tiene sueño, pero sí la certeza de que si permanece así, quieta y en silencio,
el hambre y la desesperación no la atacarán tan rápidamente. Después de varios
minutos, oye cómo alguien llama suavemente a la puerta. Abre los ojos y se
yergue un poco para cerciorarse de que el ruido proviene de su propia puerta.
Aguarda unos instantes. La misma
persona vuelve a llamar a la puerta, esta vez con más ahínco. La mujer se
incorpora. Algunos de los niños también. ‘’¿Mamá, escuchaste?’’ le pregunta
Soteria. ‘’Sí, hijita’’ responde con suavidad.
La madre se incorpora. Con
cuidado, entreabre la puerta. No reconoce al hombre de traje elegante y
sombrero que le sonríe tímidamente. ‘’Señora Isabel, usted no me conoce…’’ dice
el hombre y hace una larga pausa.
Ella lo hace pasar. El hombre
observa con tristeza la escena. Había estado en esa casa antes, llena de luz,
de abundancia. Pero la vida es así, algunas veces luminosa, otras llena de
sombras. Ya casi no hay mobiliario, así que el hombre espera de pie. ‘’Señora,
yo era cliente de su marido. Lamento mucho su fallecimiento. Seré breve, puesto
que debo seguir camino y tampoco quiero quitarle tiempo, justo hoy, en
Nochebuena.’’
No hace otra cosa que mirarlo con
perplejidad. Siempre lamentó no tener el don de gente que tenía su marido, que
le sacaba conversación hasta las piedras y podía moverse en cualquier círculo
social con soltura. Ella siempre fue reservada, corta con las palabras, tímida.
Así que se queda rígida, expectante, a espera de saber qué le dirá el
visitante.
Lentamente, el hombre abre la puerta
y un par de sirvientes entran cargados con leña y varias bandejas repletas de
comida. Los niños corren felices a inspeccionar lo que acaban de traer. La
mujer se lleva las manos al pecho y ahoga un suspiro. ‘’¿Qué es todo esto?’’
pregunta impresionada.
El hombre se quita el sombrero y
la observa, con ternura. ‘’Solía hacer negocios con su marido. Siempre le
compraba mercancía para llevar a las ciudades cercanas. Tenía arreglos para
hacer los pagos: él me dejaba en consignación lo que yo iba a vender y cada fin
de mes, le pagaba lo adeudado. Cuando me enteré de que había fallecido, de
inmediato regresé a la ciudad. Tenía que pagar mis deudas, era una cuestión
moral, ¿me entiende? Yo solo recibí cosas buenas de parte de su marido, de
verdad que lamento mucho su deceso’’.
La mujer no puede proferir
palabra de la emoción. Las lágrimas fluyen solas. Los niños contemplan
maravillados la cantidad de platillos deliciosos de las bandejas. El hombre
contempla feliz la escena. ‘’Cuando me dijeron que no la estaban pasando bien,
se me ocurrió traerles algo de comer y leña. El frío va a arreciar y no está
bien que los niños lo sufran. Señora Isabel, hágame saber si necesita algo de
mi parte. No siempre estoy en la ciudad, pero le dejo mi dirección, en caso de
que me necesite. No dude ni un momento que estoy a sus órdenes’’.
Ella le extiende la mano y él la
toma entre las suyas y con un ademán de otra época, la besa. ‘’Buenas noches y
muy feliz Navidad’’, dice, al tiempo que se coloca el sombrero y sale, en
compañía de los sirvientes.
La madre esconde el rostro entre
las manos y llora. Los niños la rodean y la abrazan tiernamente. Desde ese
momento sabe que será una sobreviviente, que a pesar de todo, la vida no será
tan cruel con ella ni con sus niños. Se limpia las lágrimas y le pide ayuda a
sus hijas mayores para poner la mesa y poder cenar en familia, en esa Navidad.
17 noviembre 2019
La pensión
Yo quería dormir. Llevaba cerca
de 24 horas despierta. El viaje fue largo y casi nunca puedo dormir en los
aviones. En realidad, no puedo dormir bien en ningún lado desconocido o nuevo
para mí. Por eso, no suelo viajar mucho, ni ausentarme de casa por largos
períodos, porque no puedo dormir después. Me vuelvo insomne, de alguna forma.
Sin embargo, tuve que viajar.
Tenía que estar tres horas antes en el aeropuerto. Desde las 3:00 AM estuve
despierta ese día. Las 10 horas de vuelo, las pasé en vela. No importa si me
toca viajar de día o de noche. El drama es el mismo: no duermo. Cierro los
ojos, solamente, pero el sueño nunca llega.
El doctor me recomendó que tomara
alguna pastilla para dormir, cuando me tocara viajar. Nada fuerte, solo para
relajar. Le dije que no me gusta contaminar mi cuerpo con sustancias químicas.
Mi novio, medio hippie e impráctico como es, me dijo que probara con fumarme un
porro antes. ‘’¡Claro, para que me deporten o ni siquiera me dejen subir al
avión, tarado!’’ le dije.
Entonces, mi martirio comenzó. 10
horas sentada, con paradas ocasionales para el baño. Esporádicas, eso sí. No
hay cosa más aterradoramente sucia y llena de gérmenes silentes que el baño de
un avión. Evito beber líquidos para no tener que usarlo. Tampoco me gusta
pasearme como alma en pena por los pasillos. Aguanto. Como aguanto el insomnio.
Por lo menos esta vez no tenía
que hacer combinación. Mi viaje era hasta destino, sin tener que cambiar de
avión en avión. Esta vez por fin la agencia no hizo el famoso ‘’recorte de
gastos’’ y al menos me mandó en vuelo directo. Algo es algo.
Cuando llegué a destino, la cola
de migraciones me pareció eterna. Cada funcionario debió haberse tardado un año
con cada pasajero. Cuando llegó mi turno, el oficial me preguntó mil cosas
estúpidas. Estaba claro que iba por trabajo y con todos mis papeles en regla,
no sé por qué me demoró tanto. Creo que instintivamente tienen un gen para
odiar a los extranjeros. Debe ser eso.
A esa altura, ya mis ojeras eran
violeta y formaban círculos pesados debajo de mis ojos. Mi estado era
lamentable. Me empezaban a taladrar las sienes. De a poco, primero. Conozco
bien ese dolor. Después se vuelve un pájaro carpintero dentro de mi cabeza.
Cuando el suplicio de migraciones
terminó y por fin pude irme en taxi al hotel, sentía que me había arrollado un
tren; si es que alguien ha sobrevivido a tal asunto, era justamente esa
catástrofe lo que sentía. Necesitaba dormir. Y era urgente hacerlo, aunque supiera
que me iba a costar hacerlo, tenía que apoyar mi cabeza en una almohada y mi
cuerpo en una cama con sábanas limpias.
Cuando el taxi se detuvo en la
entrada, me di cuenta de que me habían reservado un cuarto en una pensión.
‘’¿Está seguro de que es esta la dirección?’’, le pregunté al taxista para
cerciorarme. ‘’En efecto, señorita’’ me dijo. Bajó mi maleta, la dejó en la
entrada, me cobró y se fue. Era la 1:00 de la tarde.
Yo me quedé unos minutos parada
en la puerta observando. Qué lugar cutre, por Dios. Entonces la agencia no
había escatimado en el pasaje, pero sí en el alojamiento. ¡Malditos! Respiré
hondo y abrí la puerta. La chica de lo que se supone era la recepción me miró
de arriba abajo, no sé si con lástima o con asombro. Sin mediar palabra, le
extendí mi pasaporte. Ella lo revisó y volvió a mirarme como hacía minutos.
Sé que no me parecía en nada a la
de la foto, dada mi falta de descanso, pero la chica no preguntó nada. Solo me
dijo que mi habitación estaría lista a las 3:00 de la tarde, aproximadamente.
Faltaba mucho tiempo y las pocas fuerzas que tenía me estaban abandonando.
Dejé la maleta en la recepción y
salí. Esperar no es lo que mejor se me da en la vida. Además, sentía ya la
parte derecha de la cara paralizada del dolor de cabeza. Encontré un bar de
medio pelo en la esquina y ahí me instalé a esperar, café de por medio. Varios
cafés de por medio, debo decir. No quise comer porque cuando me ataca la
migraña, me dan ganas de vomitar.
Ahí estuve todo el rato hasta las
2:55, cuando volví a la pensión. Me dieron una habitación estrechísima,
enfrente del baño comunitario. Lo más terrible que me podía pasar era eso:
tener que compartir el baño. No había casi ventilación, pero al menos sí aire
acondicionado. Era oscura y algo lúgubre.
A estas alturas de esta travesía,
poco me importaba si había luz o no. Necesitaba toda la oscuridad posible para
descansar mi cabeza, hasta que la migraña me abandonara. Quería darme un baño,
pero lo haría después. Me quité la ropa, que olía todavía a esa mezcla de
olores de ‘’avión repleto de extraños’’ y me tiré boca arriba en la cama.
Cada inhalación me hacía doler
más la cabeza. Me quedé lo más quieta posible. Si lograba mantenerme así, podía
no caer en la peor parte del umbral de dolor que me llevaba a vomitar, a que me
zumbaran los oídos, a que empezaran a dar vueltas a mi alrededor esas luces
raras, como de discoteca triste, de barrio pobre.
En algún punto, todo se calmaría.
Yo no podría dormir, sino por minutos, pero al menos todo lo que pasaba dentro
de mi cabeza, empezaría a quedarse quieto, como cuando el mar se ve agitado por
una tormenta.
Me quedé inmóvil. Al cabo de unas
horas, oí el primer ‘’toc toc’’ enérgico. ‘’¡Abra la puerta! ¡Es la policía!’’.
Abrí los ojos y me dolió hasta la médula ese movimiento. ‘’¿Quién?’’ preguntó
la voz del hombre dos cuartos después del que yo ocupaba.
Empezaron a latirme de nuevo las
sienes. ‘’Lo que me faltaba. Líos ajenos’’ pensé. Sentí una especie de
turbulencia en toda mi humanidad cuando el supuesto policía empezó a tocar de
nuevo y a exigir que se le abriera la puerta.
La voz de adentro del cuarto ajeno
sonaba hueca (¿o sería que yo no podía oír del todo bien?). ‘’¿Pero qué quiere,
hombre?’’. ‘’¡Tengo que llevarlo detenido!’’. Así de la nada, un policía salido
de no sé dónde, quería entrar y llevarse al hombre que hablaba desde el fondo,
como si la habitación fuera muy grande y él estuviera en un extremo muy lejano.
‘’No estoy vestido. Estoy
desnudo’’ dijo la voz. Oí al policía resoplar. ‘’¡Vístase!’’. La voz llorosa de
una mujer hizo su aparición. Preguntaba qué pasaba, qué era todo aquello. El
policía redobló los toques en la puerta, cada vez más fuertes.
Cada ‘’toc toc’’ creaba oleadas
inmediatas de arcadas en mi cuerpo. Quería levantarme e ir al baño a vomitar,
pero no iba a hacerlo. ¿Y si empezaban a los tiros al lado y caía yo muerta,
como la tonta que siempre he sido? Traté de calmarme, aunque en estas
circunstancias de dolor, lo único que quería era escapar de mi propia cabeza.
La función de golpes en la puerta
y llanto, preguntas sin respuestas y órdenes, se extendió por varios minutos. Después
vino el silencio. La mujer sollozaba. Yo casi no entendía qué decía, pero la
voz del hombre sonaba clara y decidida: ‘’Voy a la comisaría y vuelvo. No le
abras la puerta a nadie. Todo va a estar bien’’. El policía arremetió con un
‘’¡Salga ya!’’ enérgico y volvió a enfurecerse contra la puerta. ‘’¡Espere,
hombre, que estoy desnudo!’’ respondió, ya con algo de violencia, el acusado.
Pasaron más minutos inhumanos
hasta que oí que se abrió la puerta del cuarto y se hizo más patente el llanto
de la mujer, las incesantes órdenes del policía y los remilgos del hombre,
declarando su inocencia.
Volví a cerrar los ojos y los
martillazos en mi cabeza eran caballos desbocados. A duras penas me senté en la
cama, me acosté en el piso frío. Aún se oía como los hombres bajaban pesados y
ruidosos por las escaleras.
No sé cuánto tiempo pasó y si me
dormí o si caí en una especie de letargo sin sueños. No sé qué pasó conmigo,
pero a la mañana siguiente, aún con la resaca de la migraña, me levanté como
pude y me alisté. Intenté maquillarme, para no parecer tan atormentada y
cadavérica.
Bajé a la recepción. Estaba la
misma chica que me recibió. ‘’Quiero poner una queja’’ le dije, sin siquiera
mostrarme algo educada. Ella parpadeó rápidamente y con un ademán soso me dio a
entender que continuara.
‘’Ayer, no sé a qué hora, los
gritos de la policía, el inquilino de uno de los cuartos y los llantos de una
mujer, no me dejaron descansar. Como comprenderás, tengo que ir a trabajar en
un estado alterado, sin haber dormido, ni mucho menos’’.
La mujer se levantó y con cara de
extrañeza me dijo que en mi piso no había nadie más que yo. Y ese ‘’nadie más
que tú’’ lo dijo recalcando cada palabra, como para que no quedaran dudas. ‘’No
puede ser’’ le dije, con voz firme.
Sentí como me empezaban a temblar
las venas de mi cabeza. Respiré hondo. ‘’Te estoy diciendo que ayer hubo un
escándalo mayúsculo en mi piso. Quiero el libro de quejas. ¡Ya!’’. Yo misma me
sorprendí de mi vehemencia, que no surtió ningún efecto. La chica se encogió de
hombros, se agachó para sacar de debajo del mostrador un cuadernito mustio que
decía ‘’Libro de quejas’’ escrito con una caligrafía infantil.
Me senté en lo que era la cocina
y empecé a escribir una especie de testamento. Sé que no fue mi mejor escrito,
pero tampoco tenía que serlo. Solo quería dejar constancia de lo que había
pasado.
Cuando terminé, se lo devolví a
la recepcionista sin decirle nada más y salí. Fue difícil enfrentar el día
laboral con la cabeza tan pesada como la sentía. Aún resonaban en mis oídos los
golpes en la puerta, la voz gruesa del policía, el llanto lastimero de la
mujer. Concentrarme en lo que tenía que hacer durante el día fue duro. Cuando
llegué de nuevo a la pensión, respiré aliviada.
La misma chica (¿no tenía
descanso, acaso?) me dio la llave sin siquiera verme. Subí a mi piso, pero
antes de entrar en mi habitación, me detuve. Pasé por cada puerta y me apoyé
con delicadeza para espiar. Quería saber si había otros huéspedes.
El silencio que reinaba se podía
sentir. Tal vez era la hora. Todos disfrutaban de la ciudad mientras yo solo
podía quedarme postrada en mi cama, tratando de sentirme normal de nuevo. Me
tiré boca arriba, cerré los ojos y ensayé respirar hondo, para calmar los
martillazos en mis sienes.
Al cabo de unas horas, oí de
nuevo el primer ‘’toc toc’’ enérgico. ‘’¡Abra la puerta! ¡Es la policía!’’. Abrí
los ojos. Esto no podía estar pasando. ‘’¿Quién?’’ preguntó la voz del hombre
dos cuartos después del que yo ocupaba.
Me incorporé y me quedé pegada a
mi puerta. ‘’¿Pero qué quiere hombre?’’ preguntó la voz de adentro del cuarto
ajeno que sonaba hueca. ‘’¡Tengo que llevarlo detenido!’’ respondió el oficial.‘’No
estoy vestido. Estoy desnudo’’ dijo la voz. Oí al policía resoplar:
‘’¡Vístase!’’. De nuevo la voz llorosa de la misma mujer.
Estallé. Abrí la puerta de mi
habitación como si yo misma fuera un huracán. El policía me miró con cara
furibunda. ‘’¡Vuelva a su habitación! ¡Esto no le compete!’’. Tengo que
reconocer que me desarmó con aquellas órdenes y sin responder, me devolví a mi
cuarto y cerré la puerta con llave.
En ese punto, temblaba de la ira
y del dolor. Empecé a tener arcadas, pero el baño estaba enfrente de mi cuarto
y salir no podía. Vomité en el piso. Las arcadas no cesaron hasta mucho
después, cuando pude incorporarme y beber un poco de agua.
Me tiré de nuevo en la cama.
Afuera de mi habitación, se desarrolló la misma función de la noche anterior.
¿Cuántas veces se tendrían que llevar detenido a ese tipo? Al día siguiente
estaba segura de que yo misma les incendiaría la pensión, a pesar de mis
taladrantes dolores.
No logré dormir. Cuando clareó el
día, bajé a duras penas para enfrentarme con la recepcionista. No había nadie.
Grité. No me importaba si tenía que despertarla. Pero la chica no apareció. La
busqué por la pensión. En algún lugar debería tener su cuarto. O al menos
alguien tendría que responder a todo lo que pasó desde que llegué.
Empecé a impacientarme y a gritar
cada vez más alto. No era posible dejar las cosas así. ¡Alguien tenía que
atenderme! Mi cabeza iba de mal en peor. Todo me daba vueltas. Me estaba
costando respirar del dolor tan lacerante. En algún punto, consumida también
por la ira, caí al piso y me desmayé.
Cuando desperté, no sabía qué
hora era, ni cómo había llegado a mi habitación. Una tenue luz se colaba por la
mínima ventana. No podía levantarme y tenía la sensación de que si lo hacía, me
desplomaría. Tenía miedo. Miedo de levantarme, miedo de que se agudizara el
dolor, miedo de ese lugar en el que estaba.
Cerré los ojos y respiré hondo.
Pasados unos minutos, sentí la fría palma de una mano posarse sobre mi frente.
Grité del miedo. ‘’Mi amor, soy yo’’. Era la voz de mi novio. Sentí su mano
deslizarse hasta mi mejilla. Mi respiración era agitada. ‘’Descansa’’ dijo y
besó con delicadeza mis labios resecos. ‘’Qué bueno que ya estás en casa’’ y
cerró la puerta de la habitación tras de sí.
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