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10 mayo 2009

Tal vez




Todas las mañanas y antes de subirse en el autobús que la lleva a su trabajo, Adri se detiene en la misma esquina, de frente a la misma ventana del tercer piso. Detrás de esa ventana, Fer la observa entre somnoliento y alerta. Enciende un cigarrillo al tiempo que dibuja con el índice la silueta de Adri en el vidrio de la ventana. Ella se muestra impasible, pero por dentro todo se agita: el corazón late de prisa, la sangre hierve y le quema las venas, se altera el metabolismo momentáneamente.
El viento frío de la mañana revuelve los rizos de Adri y Fer recuerda cada una de las veces que hundió sus dedos en ellos. Respira hondo y da una larga pitada al cigarrillo. Deben restar cinco minutos a lo sumo.
Adri no quita la vista de la ventana. Observa aquel dedo que recorre su cuerpo, siente aquellas manos enredadas en sus rizos, huele el pesado olor de aquel cigarrillo.
Última pitada. Fer coloca su mano sobre el vidrio. Llegó la hora de despedir a Adri. Desde la acera, ella levanta el brazo y abre la mano para despedirse de Fer. Sus manos se entrelazan sin tocarse y sin embargo, ambos sienten el contacto de cada una de las yemas de sus dedos, las uñas, las suaves palmas.
Tal vez se vean esa noche, tal vez no. No es ella quien decide el ritmo de los encuentros, la frecuencia del amor. Sólo se entrega. Las reglas estuvieron claras desde el principio en ese juego clandestino de citas furtivas. Tal vez algún día su suerte cambie, tal vez…