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11 diciembre 2014

Más que al resto



Lo espera sentada en las escaleras de la entrada de su casa. Cuenta los minutos para verlo. Él, por su parte, va lo más rápido que puede a su encuentro. Cuando la ve, abre instintivamente los brazos y esboza su mejor sonrisa de loco alucinado. ``¡Diosa pagana de inalcanzable fulgor!`` le dice y la esconde entre sus brazos.
Ella ríe una risa tierna y divertida. ``Te extrañaba mucho. Necesitaba tu abrazo´´, lo besa en la mejilla y apoya la cabeza en su hombro. Él le acaricia el cabello y la atrae contra sí. ``Qué lindo verte``, le susurra.
Se van caminando al restaurante convenido. Él le cuenta todo lo que ha pasado desde que no se han visto. Durante todo el camino, su mano traza un trayecto de reconocimiento que comienza en el hombro de la chica y va bajando por la espalda, hasta terminar en su cadera. Esa mano asciende y desciende firme y lenta, varias veces, por esa espalda.
``Odio que estemos tan lejos``, le confiesa ella. Él asiente, la acerca contra su cuerpo y la besa en la mejilla. ``A los amigos habría que llevárselos en una bolsita y trasplantarlos, como si fueran plantas, o sembrarlos, como si fueran semillas, y verlos crecer a nuestro lado``, dice. Ella sonríe. ´´Tú y tus ideas excéntricas``, dice en voz baja.
Cuando llegan al lugar, escogen una de las mesas de la ventana, un buen vino y pasta. Hablan y hablan, de ellos, de sus vidas, de lo que eran cuando estaban juntos, de lo que son ahora, de todo lo posible y lo imposible. A veces él se inclina sobre la mesa y le toma la mano o a veces ella entrelaza sus piernas con las de él, por debajo de la mesa.
Al terminar la velada, ella le ofrece su brazo y durante el trayecto de regreso a su casa van así: de brazos dados. Adrede, la chica camina más lento que de costumbre, para prolongar el estar juntos, como antes. En la esquina, se detiene en seco y le pregunta: ´´¿Y si nos tomamos una cerveza?``. ``Me parece bien, pero en tu casa``, ordena él, suavemente. ``Mi casa es un desastre``, le advierte; a lo que él responde solemne: ´´No hay nada en esta vida que ya me impresione´´ y le sonríe.
Compran cerveza y van a su casa. Antes de entrar, ella le tapa los ojos y lo lleva sin prisas hasta la sala. Enciende una luz tenue. ``¿Me quieres seducir?’’, pregunta pícaramente. ``No, no. Solo quiero evitarte un susto al ver mi desorden`` explica.
Se sientan en el piso a beber. A veces hay silencios cómodos entre ambos, en los que él apoya su frente contra la de ella, juega con sus rizos, recorre su rostro con delicadeza. A veces hay palabras y declaraciones: ``Es increíble lo mucho que te extraño``, ``te recuerdo a diario``, ``quisiera estar cerca de ti de nuevo``. Hay besos castos, en las mejillas, propios de los amigos que se desean. Hay caricias que de durar más de la cuenta, se transformarían en deseo. Pero se contienen, como solo ellos aprendieron a hacerlo.

´´Te quiero más que al resto´´, le reitera. Ella acaricia uno a uno sus dedos. Primero la mano derecha, luego la izquierda. Al llegar al anular, le da vueltas a su anillo de casado y le dice: ``Mándale saludos a Dani y dile que también la extraño. Amigos como ustedes son difíciles de encontrar``. Se miran largamente a los ojos. Él sostiene el rostro de la muchacha entre sus manos y ella apoya sus manos sobre los muslos. Están tan cerca  que se confunden sus respiraciones. ´´Debo irme´´, le dice y la besa en la frente. ´´Debes volver a irte´´, lo corrige ella. Se levantan y dirigen a la puerta. Una vez en la entrada del edificio, se abrazan tres veces: la primera para no extrañarse, la segunda para recordarse y la tercera para despedirse. ``Fue muy lindo verte`` dicen al unísono, sin premeditación. Ambos ríen. Él se marcha lentamente, de espaldas para evitar perderse de verla los últimos minutos de esa noche juntos. Ella sonríe hasta que lo pierde de vista y se sienta en las escaleras de la entrada de su casa. ´´Adiós, querido, adiós``, musita.

27 octubre 2014

El ascenso


Aunque es otoño, hace algo de calor. Es algo que no había previsto. Así que el abrigo (el grande y pesado que su hermano le prestó), le estorba.  Arrastra la maleta y trata de que las ruedas no hagan tanto ruido al golpear los adoquines, pero no lo logra. Entonces el abrigo, la maleta y su ruido incesante, el inesperado calor y sus ganas de deshacerse de la ansiedad, acaban por hacer de él un cóctel algo explosivo.
Tiene que recorrer seis largas cuadras hasta la casa de ella. Después subir los ocho pisos hasta su apartamento (el mismo que compartieron el verano pasado) y tocar la puerta ¿o abrirla? ¿Convendría abrirla y darle la sorpresa? Todavía tiene la llave, porque ambos, al momento de él irse, estaban seguros de que todo aquello seguiría.
A cada cuadra recorrida, piensa en cómo la saludará: ‘’He vuelto’’. Ella se le quedará mirando y él la abrazará, para atenuar el impacto y la emoción de verse. ‘’Volví’’, pero empezar así es algo obvio, manido, aburrido. ¿Qué tal quedaría decir ‘’¿Me extrañaste?’’. No, no.  Muy pueril.
La última cuadra la transita con el inusitado calor recorriéndole las sienes, el cuello, la espalda. Va lentamente, arrastrando la maleta, el abrigo y respirando pesadamente, tanto como el clima que lo envuelve.
Al llegar a la puerta del edificio, se cerciora de que esté en el sitio correcto: Marina del Rey, 201. Saca la llave que guardó durante un año y abre la puerta de entrada. Deja la maleta y el abrigo en la entrada, para no tener que subirlos por los ocho pisos que lo esperan (ya tendrá tiempo de sobra para buscarlos) y empieza el ascenso.
Los primeros cuatro pisos los sube con una tranquilidad poco común en él, pero a partir del quinto piso, no pudo controlarse más y los subió corriendo, como si de esa carrera dependiera de repente su pasado, su presente y su futuro.
Así que al llegar al octavo estaba exhausto. Se limpió un poco el sudor al tiempo que respiraba hondo para recuperarse. Colocó la llave en la cerradura, pero antes, apoyó el oído en la puerta, para descubrir algún sonido. Solo el vacío.

Abrió sigilosamente. Asomó la cabeza primero, después el resto del cuerpo. A su alrededor, la nada misma. Recorrió cada rincón. No había nada, nadie. Ni  ella. Solo una cosa quedó, en una esquina de la habitación que habían compartido aquel verano estaba un marcalibros arrugado, el mismo que él infantilmente le dedicó cuando compraron libros aquella tarde que él tan bien recordaba: ‘’Nunca sin mí, nunca sin ti. Te amo. R’’ .

01 octubre 2014

34 años



Lleva 34 años durmiendo sin sueños, desde el día del accidente, exactamente. Se va a la cama y no sueña, la mente queda en blanco, como una película que nunca se proyecta. A excepción de esa noche, anterior a la llamada, que soñó un único sueño, en el que él volvía.
En el sueño, se observaba en el espejo del baño meticulosamente. Se recogía el cabello, abría la llave del agua y se inclinaba para lavarse el rostro. Al levantarse, él estaba del otro lado del espejo y la miraba, diáfano, como siempre fue, y le sonreía, con tristeza, como cuando tenía algo terrible que confesarle. ‘’Aparecí’’, le decía, varias veces. ‘’Y vas a poder perdonarme’’.
Despertó. Se quedó acostada un buen rato, pensando, sintiendo lo que era soñar de nuevo un único sueño después de 34 años. Anotó la frase y la leyó en silencio. Se levantó. Ese día no desayunó. Decidida, supo que tenía que pasar por la oficina de casos archivados.
Al llegar al viejo edificio, subió al tercer piso lentamente. Llevaba cerca de tres años sin ir y le pareció que nada había cambiado, incluso la señora del archivo se había detenido en el tiempo.
‘’Hola’’, dijo. La mujer se le quedó viendo. ‘’Tenía años sin verla, señora’’. ‘’Lo sé. He estado ocupada, buscando en otros lugares, pero hoy es el día’’, explicó. ‘’¿El día de qué?’’, preguntó la mujer intrigada. ‘’De encontrarlo, finalmente’’. La mujer le sonrió entre triste e irónica. ‘’Si usted lo dice…’’ y dejó la frase en el aire. ‘’¿Me podría facilitar el archivo?’’, preguntó. ‘’La verdad…y no lo tome a mal, pero ya no se puede. La causa prescribió hace tiempo atrás, lo sabe, y esos archivos tan viejos, siguen en el depósito. Si antes se lo permitimos fue por caridad’’ y bajó la mirada, al tiempo que la voz. Concluyó con un ‘’lo siento’’ tímido y apagado. ‘’Gracias’’, fue todo lo que ella atinó a responder.
Bajó las escaleras y se encaminó a la jefatura de policía, la misma que durante años llevó su caso y la vio llegar día tras día en busca de nuevas informaciones. Cuando los agentes de siempre la vieron aparecer, salieron a su encuentro, más por lástima que por educación. ‘’Hoy es el día’’, les dijo y se sentó. Los agentes la miraron impactados: ‘’No puede permanecer aquí a menos que…’’, le dijo uno. Ella completó la frase: ‘’A menos que mi marido aparezca y ustedes puedan cerrar el caso’’. Todos se miraron entre sí. No supieron qué responderle, así que optaron por dejarla ahí, en la recepción, sentada sin inmutarse.
Pasadas tres largas horas, un extra en las noticias dejó a toda la jefatura en silencio: ‘’Hace menos de una hora se encontraron los restos de una avioneta. Se presume que son de la aeronave perdida hace 34 años de la empresa…’’.
Los agentes de siempre comentan la noticia. De repente, recuerdan a la mujer, que ahora está de pie, en la recepción, esperando, como ha esperado durante 34 años por cualquier noticia que la devuelva a la vida y la aleje del todo de la muerte.
‘’Se los dije. Hoy era el día. Me llamarán a casa, me harán comparecer de nuevo, me darán las condolencias y me explicarán cómo pasó esto. Yo querré saber los detalles. Siempre he querido saberlos, pero encontraron a mi marido. De alguna forma, eso me basta un poco. Ahora puedo perdonarlo’’. Respiró hondo y se alejó, camino a su casa.  

25 agosto 2014

Isabel



Todas las tardes, después de la siesta, lee un poco. Tiene el tino de dejar cerrada la ventana de la sala, porque sabe que al abrirla, las vecinas irán pasando, con cualquier excusa y estarán parte de la tarde, hablando con ella, de las vidas ajenas y de los problemas propios.
Esto, lejos de molestarla, le agrada; la hace sentir el centro de un mini universo que se abre, cada vez que ella abre la ventana de su sala.
Esa tarde, sin embargo, se siente inquieta. Intenta concentrarse en la lectura, sin éxito. Se entretiene un rato con la TV, otro con el libro. A las 4:00, hora acostumbrada de abrir la ventana, no lo hace. Con la vista fija en el libro, sus pensamientos vagan. Deja el libro sobre la mesa. Se levanta para preparar café.

Isabel, por el contrario, abre la ventana de su cuarto de quinceañera. Sin zapatos, se pone de cuclillas en el borde y se sostiene a duras penas con una mano. Siente el viento que agita sus cabellos irreverentes. Respira hondo. Está llorando. Cierra los ojos y le dice al viento: ‘’Llévame. No quiero que mamá se avergüence de mí’’.

En la cocina de su casa, su propia inquietud avanza. Arregla los platos, los cambia de lugar, guarda los vasos las tazas, limpia un poco. Quiere consumir el tiempo, que desaparezca la desazón que esa tarde se instaló en su cuerpo.
El ruido del agua hirviendo la trae de regreso a su mundo. Con la delicadeza de siempre, se sirve una taza de café, sin azúcar. De regreso a su sala, retoma la lectura.

Las lágrimas siguen rodando lentas y pesadas por su rostro de rasgos indefinidos, infantiles a veces, de adulta, otras. Cierra los ojos y al abrirlos, echa un último vistazo a su cuarto, a sus peluches, a sus útiles escolares, a su cama, su ropa. Vuelve a cerrar los ojos en el preciso instante en que su madre abre la puerta y la ve en aquella posición: de cuclillas en el borde, sostenida a duras penas de la ventana con una mano. ‘’¿Qué estás haciendo ahí?’’, le grita histérica, al tiempo que se lleva las manos a la cabeza. Corre a sujetarla, pero Isabel trastabilla. El viento arrecia de repente…

Una vez que termina el café, se dirige a la cocina y se sirve otra taza, que se derrama al mismo tiempo que Isabel va cayendo lentamente y se estrella, sin estruendos innecesarios, contra la acera.

Vuelve al libro. 

14 julio 2014

Nuestro primer tango



A las 3:10 a.m suena su celular. Maia se incorpora de la cama, asustada y aturdida, antes de que el teléfono suene de nuevo. ‘’¿Quién es?’’, susurra. A su lado, el chico gruñe un poco y se cubre la espalda desnuda con la sábana. Maia susurra de nuevo. ‘’¿Quién es?’’, al tiempo que sale de la habitación.
‘’Acabo de llegar del club. Me acordé de la primera vez que bailamos tango’’, responde entre risas la voz al otro lado del teléfono. ‘’¿Qué?’’, pregunta Maia, aún somnolienta. ‘’La primera vez que bailamos t-a-n-g-o en el c-l-u-b. ¿Te lo tengo que repetir de nuevo? Esa fue la primera vez que nos besamos’’, explica, pausadamente. ‘’¿Pero acaso eres idiota del todo o estás jugando a serlo? ¡Es de madrugada! ¿Para esto me llamas?’’ dice la chica entre dientes, a punto de molestarse más de lo que ya está.
Al otro lado de la línea, la voz ríe: ‘’¡Pero qué mal carácter! Antes podía llamarte a cualquier hora que ni rezongabas. ¡Cómo cambian las cosas!’’ dice, y vuelve a reír. ‘’¡Ya te he dicho mil veces que no quiero que me llames!’’, ordena Maia con voz enfática. ‘’La primera vez que bailamos tango, nos besamos’’, continua como si no sintiera la furia en la voz y en la respiración de la chica. ‘’Esa noche, nos dimos el mejor abrazo, ese que aún llevo pegado al cuerpo. Esa noche nos besamos por primera vez, te lo reitero, y fue tan escandaloso ese beso, que varios salieron de la pista de baile, irritados. Pero nunca en mi vida me había sentido tan libre y eso te lo debo aún a ti’’. Maia escucha con atención. Respira hondo y se deja caer sobre el sillón de la sala. ‘’Eso fue en otra época, en otro tiempo ya. Yo era otra persona. Ahora soy esta que no quiere recordar ni los besos, ni las caricias, ni las noches a tu lado. ¡Nada! ¡No me llames más, por favor!’’ y corta la llamada. De nuevo, respira hondo.
Minutos más tarde se levanta y vuelve a la habitación. Con delicadeza, ocupa de nuevo su lugar en la cama. Abraza al chico y empieza a besarlo en la espalda. El muchacho va reaccionando poco a poco. La besa. La acaricia. Maia se desviste al mismo tiempo que el chico. Se aman sin premuras lo que resta de la madrugada.

Mientras, en esa otra parte de la ciudad que alguna vez compartió con Maia, sentada en la sala de su casa, dice en voz baja ‘’nuestro primer tango’’ y densas lágrimas resbalan sin prisa por su rostro.

11 abril 2014

Cumpleaños feliz




Yo hice mi triunfal aparición, en mi propia fiesta de cumpleaños, cuando supe que todos estaban en la casa de la anfitriona de tan magna noche. Digo ‘’triunfal’’ pero debería decir ‘’aparatosa’’, en realidad. Subí las diminutas escaleras, cuya luz mortecina siempre me deprimió un poco, me tropecé con la alfombra de ‘’Welcome’’ y fui a parar al piso. Todo esto en cuestión de segundos. Para rematar, y en vista de que nadie reaccionaba y venía a levantarme, me agarré de la pata de la mesa donde estaba el ponche y el sagrado resto de las bebidas. Aquella mesa enclenque se tambaleó y oí el tintineo de las botellas y mis amigos que gritaban: ‘’¡El ponche! ¡El vino! ¡Las birras!’’ mientras yo seguía en el piso, impresionada y adolorida.
Cuando por fin me levanté, sola y obviamente avergonzada, los fulminé a todos con la mirada, al tiempo que los increpaba: ‘’¿Qué les importa más: la bebida o yo, soquetes?’’. Todos empezaron a reír y respondieron al unísono, como si lo hubieran ensayado: ‘’¡La biiiiirrraaaaa!’’. No tuve más remedio que reír porque creo que si yo hubiera estado del lado de ellos, como espectadora de tan ‘’triunfal’’ llegada, también hubiera escogido salvar la birra, el ponche, el vino, por sobre el caído. Y es que así somos los borrachos.
‘’¡Feliz cumple!’’, ‘’¡Qué cumplas muchos más, sin caerte!’’, ‘’¡Mantente en pie y feliz cumple!’’. Las felicitaciones giraron en torno a la caída y a cómo puse en riesgo la mesa de bebidas, también.
Esa noche recibí muchos regalos. Cosa que siempre he adorado de los cumpleaños e incluso tuve dos tortas: una de fresas con crema y otra, que era una auténtica bomba de dulce de leche y chocolate. Ambas fueron la gloria de la noche.
Bailamos, mal como siempre, ya que todos mis amigos tenían lo que yo denominaba ‘’caderas de cemento’’. Hicimos el trencito y el ridículo, que es lo mejor que nos salió siempre. Tuvimos un cotillón improvisado con lo que encontramos en la casa y papelillo hecho con papel sanitario que algunos pintaron con marcadores de colores.
Repetimos la rutina mil veces: reímos, bailamos, cantamos, comimos, bebimos, bebimos, bebimos y volvimos a beber, comimos, cantamos, bebimos y reímos.
A medida que avanzaba ya la madrugada del día posterior a mi cumple, mis amigos se fueron despidiendo. Los escolté uno a uno a la entrada, no sin antes verificar bien donde ponía el pie, para no hacer más papelones.
Cerca de las 6:00am, solo quedaban algunos sobrevivientes, un tanto adormilados por los excesos del alcohol. Yo, que siempre he tenido mucho aguante, mucho más que todos mis amigos juntos, no tenía ni sueño, ni cansancio y mucho menos tenía trazas de la cantidad insolente de ponche y cerveza que había consumido (obvié el vino, para no hacer trabajar extra a mi hígado con tanta mezcla pecaminosa). Me dispuse entonces a recoger el desastre de la fiesta. La anfitriona y dueña de casa, ya se había ido a dormir, sin remordimiento alguno. Así que quedé a cargo de ordenar y limpiar, tareas que nunca se me dieron bien.
De la nada, salió Javi, quizás el último sobreviviente sobrio también de la noche. Me ayudó a recoger el estropicio, pasar la escoba, lavar los platos, los vasos. Cuando vimos que todo estaba más o menos presentable, pusimos algo de música. Después de que sonara un par de melodías, Javi escogió una canción eterna de Ben Webster y me dio un abrazo tierno y a la vez sobrehumano. Empezamos a bailar, sin saber cómo, puesto que ninguno de los dos había bailado jazz en su vida, así que dimos una suerte de vueltas lentas en el medio de la sala. El saxo de Webster se mezclaba con los ronquidos de los poquísimos sobrevivientes en la sala, lo que hacía que nos riéramos como niños que se burlan de alguna travesura.
Javi mantuvo apoyado su mentón en mi hombro, como si estuviera descansando de una larga batalla. Yo iba contando sin premura sus rizos castaños entre mis dedos. Cuando incorporó la cabeza, sentí su aliento de menta en mi cuello y fui contando los besos que antecedieron al encuentro de nuestros labios, nuestras lenguas, nuestros dientes.
Yo cerré los ojos. Sé que también él tenía los suyos cerrados. Respirábamos acompasados, sin tener conciencia de que lo hacíamos. Cuando nos separamos, dijo: ‘’Feliz cumple, aunque haya sido ayer’’. Yo sonreí, lo abracé de nuevo y lo acompañé a la puerta. En cada escalón de la entrada, nos besamos de forma distinta. Por tanto, recibí nueve exactos besos diferentes, como regalos extra de cumple. Ya en la puerta, nos despedimos como los viejos amigos que éramos desde niños. Yo lo vi perderse en la mañana, un poco encogido por el frío y con sus rizos castaños al viento.

Ese sigue siendo, sin lugar a dudas, el mejor cumpleaños de mi vida.

30 marzo 2014

Algo de cobarde, algo de suicida




’Es mejor romperse el corazón que no hacer nada con él’’. Una vez discutí esta frase con un amigo. Él, más reservado, inglés, me dijo que prefería una frase de Nietzsche que había puesto yo en un correo: ``Es mejor dejar pasar las cosas y dejar que el tiempo resuelva las dudas’’. Me reí, le dije que era un cobarde, él me dijo suicida. Ahora lo entiendo, sin embargo. Debí haber pensado más en lo que me dijo, en la frase también, suelo no reflexionar mucho sobre algunas cosas...capaz y si lo hago no darían resultado, no me traerían nada bueno, pero tal vez me ahorrarían el llanto... 

06 marzo 2014

Nunca fue


Para Ale.

"Ves cosas y dices, ¿por qué? pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, ¿por qué no?."
George Bernard Shaw.

Está por terminar de cantar la antepenúltima canción cuando, entre la bruma del humo de mentira del escenario y la de los cigarrillos de los asistentes, cree ver a Paula parada, al fondo del bar. Siente un nudo en el estómago: ``¡Así que después de un año reaparece esta hija de puta!``, piensa y de su rabia pierde por momentos la concentración y el ritmo.  Su primo el bajista lo mira con disimulo. Iván se seca el sudor de la frente y trata con esfuerzo de recomponerse y  continuar, como si Paula no estuviera ahí, mirándolo, desde el fondo del bar.
Termina la canción con dificultad y le anuncia al público que solo resta una más antes de terminar el show. Sus amigos, de pie, cerca del escenario, empiezan a pedirle el tema favorito, el que les gusta a ellos, el que tal vez les gusta a todos. Saltan, gritan abrazados, como si estuvieran en un concierto multitudinario y no en el mismo bar de siempre, adonde asisten todos los veranos a verlo. Corean frenéticos, y buscan apoyo entre la audiencia que desconoce el repertorio. ``¡The Wolf! ¡The Wolf!`` gritan con más ahínco al tiempo que agitan brazos y piernas. ``¡Cántate The Wolf, Iván!``. El chico ríe con unas ganas forzadas, sin perder de vista a Paula, que se ha ido acercando al escenario despacio, abriéndose paso entre la aglomeración de gente.
``Bueno, ¡calma! Cantaremos, para cerrar, el tema pedido. ¡Para ustedes va The Wolf!``, dice y empiezan a tocar. El público corea alguna que otra estrofa y delira. El porro, la cerveza y el humor alegre de la noche, crean un ambiente idóneo para seguir la fiesta y continuarla hasta que los jóvenes cuerpos aguanten.
El muchacho, sin embargo, canta sin estar del todo allí, en el escenario. Se siente inquieto, además de sentir que la rabia lo va absorbiendo a cada paso que Paula da, de cara al escenario. Ella sigue, por su parte, avanzando y observando, uno a uno, a los cuatro integrantes de la banda, hasta detenerse en Iván.
Termina la canción y el precario telón de fondo de terciopelo rojo se corre, para dar tiempo a que puedan retirar los instrumentos y suba a escena la próxima banda. Afuera, el público pide otro par de canciones, cualesquiera. Se escuchan aplausos, gritos, y cada tanto un ``¡ooootra, oooootraaaa!`` potente.
Iván salta del escenario por la parte de atrás, sin prestar atención a su primo que no entiende lo que está pasando y le hace preguntas sobre su comportamiento, sin recoger los instrumentos ni su micrófono favorito y sin responderle al baterista que pregunta: ¿Nos tocamos un par más, pero del nuevo disco?``.
Presa de su propia furia, el chico aparta a sus amigos, que van a abrazarlo y a festejar con él el éxito del concierto, esquiva al público y va tras Paula. ``¡Maldita perra! ¡Me vas a oír!’’, piensa. Ella lo ve acercarse y empieza a retroceder. Por primera vez en toda la noche, él observa que está vestida con la misma ropa que usó el día de su último encuentro y que tiene el pelo recogido, tal como aquel día. ``¡Enferma!’’ dice en voz alta, sin percatarse.
Paula sigue retrocediendo, e intenta confundirse entre la gente. Iván siente que pelea contra una marea de desconocidos, que le impide llegar hasta la chica, y contra sus propios sentimientos de rabia y de emoción por verla.
Cuando Paula llega a la puerta de entrada, se da la vuelta y lo enfrenta. Está a escasos pasos de ella. Intenta entonces asirla de un brazo, pero ella es más rápida y huye, diáfana, ágil y exacta, para perderse en la noche. Iván logra salir y corre hasta la esquina. Ni rastros de Paula. Se cruza a la acera de enfrente y la busca, también sin éxito. ``¡Imbécil, hija de mil putas!`` grita. Regresa furioso al bar, donde lo esperan los músicos y sus amigos. Lo ven llegar transfigurado de la rabia. Con miedo, su primo le pregunta qué pasó, a quién perseguía, qué significaba todo aquel comportamiento. ``¡La idiota de Paula vino a verme! Estaba en el fondo, con su faldita de flores y su camisita blanca. ¡La muy imbécil se vistió igual que aquel día!``. Su primo y los demás miembros de la banda intercambiaron miradas. Sus amigos hicieron silencio. ``¿Paula?``, preguntaron. ``Sí, sí. P-A-U-L-A. ¿Acaso no me entendieron lo que dije?’’, estalla. Después de unos minutos de incómodo silencio, el único que se le acerca es su primo. Le coloca la mano sobre el hombro, respira hondo y le dice, entre pausas largas y pensadas: ``Sabes bien que Paula murió hace un año. Es imposible que haya estado aquí. Paula no está más entre nosotros``. Iván lo mira, con más rabia aún: ``¡La muy tarada vino a verme!`` reitera, como si no hubiese oído.
Todos se miran, estupefactos. Iván sigue mascullando improperios, maldiciendo. Tratan de calmarlo unos minutos, hasta que se van yendo, en tandas, a pedido de su primo. ``Lo siento``, le dice en voz baja, porque no tenía más nada coherente que decirle. ``Te llevo a tu casa. Vamos`` y lo conduce suavemente hasta la puerta de atrás del bar, para evitar a la gente que todavía llena el lugar. Reticente aún, se deja llevar. La rabia lo carcome de tal forma que tiene dificultad para respirar. Una vez en la esquina del bar, su primo le pide que espere, de pie, junto con los instrumentos, mientras busca el auto estacionado a un par de cuadras más allá. Hace acopio de fuerzas y asiente. Tiene los labios fruncidos de la ira y el corazón que le estalla del impacto del desencuentro.

Desde la esquina contraria, amparada por la oscuridad de la madrugada, Paula lo observa. Las lágrimas resbalan lentas y pesadas por sus mejillas. ``Voy a buscarte siempre, mi amor``, susurra, ``hasta que podamos estar de nuevo juntos``. Y se pierde, diáfana, ágil y exacta, en la eterna oscuridad de las sombras.

16 enero 2014

Episodios





Ella iba y él venía. O ella venía y él iba. Aprovechaban cualquier momento para verse, a pesar de la hora de viaje que los separaba.
 En una reunión con amigos se besaron en una escalera a oscuras. También se abrazaron en alguno que otro sitio público, de forma furtiva, siempre que pudieron. En una cena, entrelazaron los pies por debajo de la mesa, con mucho sigilo, para no despertar sospechas en sus respectivas parejas, ya que ambos pertenecían a relaciones totalmente irrespetables, por fortuna.
Una vez, en el tren atestado de gente y en el medio de sus propios amigos, quedaron tan, pero tan juntos, que su mano descansó todo el trayecto en el bolsillo del abrigo de él, sus largos dedos enredados con los suyos. Disimulaban tan bien su química que ni los videntes sospecharían del infierno que los consumía.
En una fiesta en la casa de él, en la que se perdían adrede por los pasillos y en los cuartos a oscuras para besarse, llenaron sus manos de papelitos con poemas urgentes, infantiles y a la vez telúricos.
La noche del tango en el club, con todos ellos, sus amigos, bailaron el peor tango de la historia. Con los ojos cerrados, se llevaron por delante a todos, estaban sus cuerpos muy juntos, las respiraciones perdidas en sus cuellos, los latidos acelerados y los besos clandestinos. Ese tango culminó con todos sus amigos (y ellos, aunque un tanto ajenos a todo) sentados a la mesa viendo un espectáculo de bailarines, pero tomados de la mano, amparados por la poca luz del lugar.

Cuando se les escapó esa vida juntos y tuvieron que despedirse, hablaron una hora por teléfono. ‘’Gracias por el viento’’, le dijo él, una y otra vez. ‘’Eres el tiempo’’, respondió ella, una y otra vez. Se dijeron adiós con firmeza, sin prometer verse, ni encontrarse, a pesar de sí mismos. Nunca más un beso. Nunca más un invierno juntos. Tampoco noches escondidos entre las sábanas. Nunca más la vida entre sus brazos.