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06 marzo 2014

Nunca fue


Para Ale.

"Ves cosas y dices, ¿por qué? pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, ¿por qué no?."
George Bernard Shaw.

Está por terminar de cantar la antepenúltima canción cuando, entre la bruma del humo de mentira del escenario y la de los cigarrillos de los asistentes, cree ver a Paula parada, al fondo del bar. Siente un nudo en el estómago: ``¡Así que después de un año reaparece esta hija de puta!``, piensa y de su rabia pierde por momentos la concentración y el ritmo.  Su primo el bajista lo mira con disimulo. Iván se seca el sudor de la frente y trata con esfuerzo de recomponerse y  continuar, como si Paula no estuviera ahí, mirándolo, desde el fondo del bar.
Termina la canción con dificultad y le anuncia al público que solo resta una más antes de terminar el show. Sus amigos, de pie, cerca del escenario, empiezan a pedirle el tema favorito, el que les gusta a ellos, el que tal vez les gusta a todos. Saltan, gritan abrazados, como si estuvieran en un concierto multitudinario y no en el mismo bar de siempre, adonde asisten todos los veranos a verlo. Corean frenéticos, y buscan apoyo entre la audiencia que desconoce el repertorio. ``¡The Wolf! ¡The Wolf!`` gritan con más ahínco al tiempo que agitan brazos y piernas. ``¡Cántate The Wolf, Iván!``. El chico ríe con unas ganas forzadas, sin perder de vista a Paula, que se ha ido acercando al escenario despacio, abriéndose paso entre la aglomeración de gente.
``Bueno, ¡calma! Cantaremos, para cerrar, el tema pedido. ¡Para ustedes va The Wolf!``, dice y empiezan a tocar. El público corea alguna que otra estrofa y delira. El porro, la cerveza y el humor alegre de la noche, crean un ambiente idóneo para seguir la fiesta y continuarla hasta que los jóvenes cuerpos aguanten.
El muchacho, sin embargo, canta sin estar del todo allí, en el escenario. Se siente inquieto, además de sentir que la rabia lo va absorbiendo a cada paso que Paula da, de cara al escenario. Ella sigue, por su parte, avanzando y observando, uno a uno, a los cuatro integrantes de la banda, hasta detenerse en Iván.
Termina la canción y el precario telón de fondo de terciopelo rojo se corre, para dar tiempo a que puedan retirar los instrumentos y suba a escena la próxima banda. Afuera, el público pide otro par de canciones, cualesquiera. Se escuchan aplausos, gritos, y cada tanto un ``¡ooootra, oooootraaaa!`` potente.
Iván salta del escenario por la parte de atrás, sin prestar atención a su primo que no entiende lo que está pasando y le hace preguntas sobre su comportamiento, sin recoger los instrumentos ni su micrófono favorito y sin responderle al baterista que pregunta: ¿Nos tocamos un par más, pero del nuevo disco?``.
Presa de su propia furia, el chico aparta a sus amigos, que van a abrazarlo y a festejar con él el éxito del concierto, esquiva al público y va tras Paula. ``¡Maldita perra! ¡Me vas a oír!’’, piensa. Ella lo ve acercarse y empieza a retroceder. Por primera vez en toda la noche, él observa que está vestida con la misma ropa que usó el día de su último encuentro y que tiene el pelo recogido, tal como aquel día. ``¡Enferma!’’ dice en voz alta, sin percatarse.
Paula sigue retrocediendo, e intenta confundirse entre la gente. Iván siente que pelea contra una marea de desconocidos, que le impide llegar hasta la chica, y contra sus propios sentimientos de rabia y de emoción por verla.
Cuando Paula llega a la puerta de entrada, se da la vuelta y lo enfrenta. Está a escasos pasos de ella. Intenta entonces asirla de un brazo, pero ella es más rápida y huye, diáfana, ágil y exacta, para perderse en la noche. Iván logra salir y corre hasta la esquina. Ni rastros de Paula. Se cruza a la acera de enfrente y la busca, también sin éxito. ``¡Imbécil, hija de mil putas!`` grita. Regresa furioso al bar, donde lo esperan los músicos y sus amigos. Lo ven llegar transfigurado de la rabia. Con miedo, su primo le pregunta qué pasó, a quién perseguía, qué significaba todo aquel comportamiento. ``¡La idiota de Paula vino a verme! Estaba en el fondo, con su faldita de flores y su camisita blanca. ¡La muy imbécil se vistió igual que aquel día!``. Su primo y los demás miembros de la banda intercambiaron miradas. Sus amigos hicieron silencio. ``¿Paula?``, preguntaron. ``Sí, sí. P-A-U-L-A. ¿Acaso no me entendieron lo que dije?’’, estalla. Después de unos minutos de incómodo silencio, el único que se le acerca es su primo. Le coloca la mano sobre el hombro, respira hondo y le dice, entre pausas largas y pensadas: ``Sabes bien que Paula murió hace un año. Es imposible que haya estado aquí. Paula no está más entre nosotros``. Iván lo mira, con más rabia aún: ``¡La muy tarada vino a verme!`` reitera, como si no hubiese oído.
Todos se miran, estupefactos. Iván sigue mascullando improperios, maldiciendo. Tratan de calmarlo unos minutos, hasta que se van yendo, en tandas, a pedido de su primo. ``Lo siento``, le dice en voz baja, porque no tenía más nada coherente que decirle. ``Te llevo a tu casa. Vamos`` y lo conduce suavemente hasta la puerta de atrás del bar, para evitar a la gente que todavía llena el lugar. Reticente aún, se deja llevar. La rabia lo carcome de tal forma que tiene dificultad para respirar. Una vez en la esquina del bar, su primo le pide que espere, de pie, junto con los instrumentos, mientras busca el auto estacionado a un par de cuadras más allá. Hace acopio de fuerzas y asiente. Tiene los labios fruncidos de la ira y el corazón que le estalla del impacto del desencuentro.

Desde la esquina contraria, amparada por la oscuridad de la madrugada, Paula lo observa. Las lágrimas resbalan lentas y pesadas por sus mejillas. ``Voy a buscarte siempre, mi amor``, susurra, ``hasta que podamos estar de nuevo juntos``. Y se pierde, diáfana, ágil y exacta, en la eterna oscuridad de las sombras.

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