18 marzo 2020

36 horas



Mi hermano siempre fue un poco tonto. No en el sentido intelectual, sino en el de la vida práctica. Por eso, cuando empecé a sentirme mal, no le dije nada. No porque fuera un tipo nervioso que se ofuscara fácilmente, sino porque es tonto, como ya dije. Tonto para la vida.
Yo caí en ese grupo de ‘’población de riesgo’’, por la epilepsia. Empecé a presentar los síntomas, pero no me alarmé; total, a mí a cada tanto, cualquier gripe se me instalaba en el cuerpo por días. La verdad es que no le di importancia.
Era de esperarse que mi hermano no notara si yo pasaba más tiempo en cama que dando vueltas por la casa. Era de esperarse que tampoco se diera cuenta de que tenía una tos seca persistente. Eran de esperarse muchas cosas, en lo que a él y a su falta de visión se refiere.
Deliberadamente, mi hermano no quería hacerse cargo de nada que tuviera que ver conmigo, ni mis ataques, ni nuestra ‘’hermandad’’, ni nada. Muchas cosas rutinarias, de la vida cotidiana le cuestan, no les pone empeño. Así que cuando todo esto comenzó tan de pronto, él no supo qué hacer. A veces creo que ignoró olímpicamente todas las señales de mi enfermedad para tener que evitar involucrarse.
Ahora lo observo sin lástima. Al principio confieso que sí me dio algo de lástima. Intentó reanimarme con un boca a boca, pero eso fue porque lo vio en algún programa de la tele o tutorial de YouTube, no porque supiera cómo hacerlo.
En un momento de nuestras vidas, antes de que nuestros padres fallecieran, nuestra madre intentó que todos hiciéramos un curso de primeros auxilios. Lo hizo pensando en mí. No lo hicimos. Le fuimos dando largas, mi hermano, sobre todo.
Así que cuando empecé a quedarme sin aire, intenté guardar la calma; pero solo lo intenté. Si me sobrevenía uno de los ataques, ¿qué iba a hacer? Y era eso lo único en lo que pensaba, en que no me pasara, o no al menos ahora, que me estaba costando respirar.
Traté de acomodarme lo mejor que pude. Coloqué las almohadas sobre el respaldo de mi cama y me senté. Mi hermano escuchaba música a todo volumen en la sala, así que tuve que mandarle un WhatsApp. Hasta eso habíamos llegado.
En ese tiempo entre el mensaje que envié y cuando mi hermano lo leyó, me sobrevino uno de los ataques. El último. Las convulsiones y la falta de aire, más la debilidad de mi cuerpo por el virus de moda, me hicieron exhalar mi último y sofocado suspiro.
A las mil y tantas cuando mi hermano se percató de todo y entró en mi cuarto, hacía rato que yo estaba inerte en la cama, con la boca abierta, con un hilo de saliva, y la vista fija clavada en el techo. Hubiera preferido morir de otra forma, pero mi deceso fue una unión de coincidencias típicas del destino.
Ahí fue cuando empezó con el show, el pobre inútil. Empezó a gritar, me agitó por los hombros, intentó reanimarme con un boca a boca y al final, como era de suponer, se echó a llorar. Me pidió perdón, me abrazó. Cerró mis ojos, me limpió la boca. Acomodó mi cuerpo con delicadeza y me cubrió. Eso me sorprendió y enterneció a la vez. No es mal tipo mi hermano, solo tonto. Tal vez, si hubiera nacido en otra familia, hubiera encajado bien, pero en la nuestra, estaba destinado al fracaso.
Llamó a los paramédicos, quienes amablemente le informaron que en breve pasarían por casa. Yo lo dudé mucho. Vivíamos en un pueblito, si bien estábamos cerca de la capital, llegar demoraba cerca de una hora, hora y media. Todavía había nieve en la carretera, así que eso hacía más lento todo.
Mi hermano esperó un par de horas y volvió a llamar. Al tercer intento, ya estaba bastante alterado. El servicio de paramédicos le dijo que no podían pasar a buscar mi cuerpo, ni mucho menos constatar si era verdad que había muerto, porque se había declarado la cuarentena oficialmente y nada se podía hacer.
¿Y qué iba a hacer el inútil de mi hermano conmigo durante 15 días? ¿Meterme en el congelador? Lo pensé. Pensé mil alternativas, pero ¿cómo se las comunicaba? Yo estaba acostumbrada a ese accionar burocrático y estúpido de los organismos públicos de nuestro país, pero él no, porque siempre se había hecho a un lado y había dejado que otros resolvieran su vida práctica. Así que ahora, que tenía que lidiar con esta tragedia, no se le ocurría qué hacer. ¡Pobre!
Yo en su lugar, hubiera envuelto el cuerpo cuidadosamente, lo hubiera puesto en la maleta del auto y habría enfilado al hospital, el que nos quedaba a una hora. Pero a él, lo único que se le ocurrió fue subir stories a su Instagram y un video a YouTube.
Cada tanto, entre lágrimas y sollozos, enfocaba mi cuerpo y pedía ayuda. ´´¿Qué hago con mi hermana muerta? ¡Nos han abandonado!’’. Me entretuve un tiempo leyendo los comentarios bizarros de la gente, que iban desde darle las condolencias, hasta decirle que me picara en trocitos y me guardara en el frízer hasta que viniera la ambulancia o la funeraria. Otros comentarios eran más sarcásticos, pero esos me los reservo; y también los comentarios de otros inútiles como mi hermano, me los reservo.
Al cabo de unas horas, se encerró en su cuarto. Cada tanto salía para ver si había ocurrido el milagro de mi resurrección y para revisar los nuevos comentarios y subir alguna que otra story nueva sobre nuestro caso. Si hubiera podido dejarle un comentario, le hubiera escrito: ‘’De esta no se vuelve’’, pero…
El primer día transcurrió así: Mi hermano entrando en mi habitación, mi hermano llamando a los paramédicos, mi hermano subiendo actualizaciones de estado. 24 horas así. No sé cuándo comienza el cuerpo a descomponerse, pero mi hermano ya estaba frenético buscando información al respecto.
Yo pensaba ‘’¿y si se va la luz? ¡Se muere mi hermano también!’’. En este punto, juro que ya era de risa nuestro caso. O por lo menos lo era para mí. Cada llamada a los paramédicos daba el mismo resultado: ‘’No podemos atender ningún caso fuera del hospital porque estamos en cuarentena’’.
Al término del segundo día, mi hermano tenía unas ojeras muy marcadas. Estaba durmiendo mal y ahora se le había instalado el miedo en el cuerpo. Si yo no hubiera sido compasiva, como lo fui en vida siempre, lo hubiera asustado, pero era tonto mi hermano solamente. No era mal tipo, nunca lo fue, así que era inmerecido. ¡Pero hubiera sido muy divertido!
En fin, pasadas 36 exactas horas, por fin llegaron los paramédicos. No fue por la insistencia caótica y desesperada de mi hermano, sino porque una influencer se apiadó de sus lastimeros videos y ejerció presión entre sus seguidores para hacer todo un lío y que al final vinieran por mí.
Muy moderno todo, la verdad. Pero no por ello deja de ser patético y triste. Supongo que la vida, como está concebida ahora, no da lugar a la practicidad y a la naturalidad (mi muerte tenía que pasar en cualquier momento, no es a eso a lo que me refiero) y sí a hacer de ella una especie de obra de teatro a la que asisten inútiles o tontos, como mi hermano. En todo caso, a final de cuentas, podemos ambos descansar en paz.

29 febrero 2020

La espalda




Cuando la chica despertó y besó la espalda tatuada del muchacho, este se dio la vuelta y le dijo: "Lo siento. Anoche estaba muy borracho". Y volvió a darle la espalda.

11 enero 2020

Soma somnus




Al primero lo vi arrastrándose lentamente por la puerta del congelador de mi nevera. No le presté atención. Tal vez había salido de alguna fruta. Lo maté.
Un par de días después, encontré otro en el fregadero. Este me la hizo fácil: lo ahogué. Ya iban dos. Aun así, no me preocupé. Tampoco revisé si había algo en mal estado en la cocina. Lo dejé pasar, como siempre. Porque las cosas que no son cotidianas hay que dejarlas pasar, si no, se corre el riesgo de que se conviertan en fascinación o en un horror y yo no estaba para ninguna de esas dos cosas.
Ese mismo fin de semana no lo pasé en casa. O no recuerdo si fui solamente a dormir. Es irrelevante esto, en realidad, pero en cuanto estuve más de tres horas seguidas, noté que había algunos en el techo. Tres, para ser exactos. Me sorprendí y no para bien.
Le tomé una foto con mi celular y se la mandé a mis amigos. Los veredictos iban desde ‘’mal de ojo’’, pasando por ‘’envidia’’ hasta ‘’rata muerta’’. El más imaginativo dijo que seguramente se había muerto por fin la vieja del segundo y que era su cuerpo en descomposición lo que había producido la aparición de estos bichos.
No desestimé ninguna teoría. Bueno, en realidad, sí. La del animal muerto y la de la vieja del segundo no iban. El resto podía tener sentido. Antes de agarrar el haragán y empezar a aplastarlos con la goma, inspeccioné si no había más. En realidad, había varios.
Si hacía la cuenta de cuántos iban ya, me acercaba a la docena. Y todo esto en menos de una semana. Ya empezó todo a parecerme muy raro.
Me puse a leer literatura en internet al respecto. Sumé más teorías a mi banco de teorías. Me pedí el día en el trabajo para llegar hasta el meollo de este asunto. Entiéndase por ‘’meollo’’ como ‘’limpieza profunda’’ de mi casa.
Compré un spray de esos que matan hasta lo que no tienen que matar, guantes, cloro, vinagre, entre otros artículos. Todo lo que pensé que podía ayudarme a deshacerme de estos cositos invasivos y desagradables.
Limpié. Llegué hasta los rincones más recónditos de mi propia casa. Le saqué brillo a todo, eliminé hasta el polvo invisible. Quedé extenuado. Me di un baño prolongado y me tiré en la cama. En minutos ya dormía.
Al día siguiente y cuando sonó la alarma, abrí lentamente los ojos. ¿Qué es lo primero que vi? Otro arrastrándose lenta, suave y parsimoniosamente por la pared. Lo maté de un zapatazo. ¡Ya esto era el colmo! ¿Cómo había sobrevivido uno solo a mi limpieza del día anterior? No lo sé. Aún no lo sé.
Me preparé para irme al trabajo. Al llegar a la oficina, mis compañeros me notaron pálido y ojeroso. Les dije que no tenía nada, que estaba cansado nada más. Pero en realidad me dolía todo el cuerpo, sobre todo la espalda, a la altura de los pulmones. Ese día resolví no fumar la tanda de cigarrillos del día.
La jornada laboral fue un suplicio de lo larga que fue. Tuve todas las reuniones posibles ese día, una más inútil que la otra. Yo no podía prestar atención de lo cansado que estaba. Al llegar a casa, miré hacia el techo: había ya cuatro.
El cansancio no me impidió subirme en la escalera, armado de una servilleta y apretarlos uno a uno contra el propio techo, hasta oír que crujían y se deshacían bajo la presión de mi mano. Ya esto era una batalla y yo estaba decidido a ganarla.
Al día siguiente iría al vivero a indagar sobre estos bichos. Tal vez vivían entre mis plantas y yo no me había dado cuenta. No estaba de más darme una vuelta.
Después de matarlos, me desplomé en mi cama y me dormí, aún con la ropa puesta. Lo bueno es que al día siguiente era sábado y podía recuperarme, podía pasar en la cama todo el día. No entendí en ese momento por qué estaba tan cansado. Se lo atribuí al estrés en el trabajo, a la limpieza de mi casa, a estos bichos que no me dejaban pensar en otra cosa que no fuera en ellos mismos.
Lo cierto es que el dolor en la espalda se fue acentuando durante el fin de semana. Me faltaba la respiración si hacía algún movimiento medio brusco. No pude dormirme boca arriba, como era mi costumbre, por el dolor.
Pasé buen rato tirado boca abajo. Con la mejilla izquierda apoyada sobre el colchón, los ojos cerrados y la respiración entrecortada, empecé a sentir hormigueos. Lentos. Suaves. Parsimoniosos. Después se hicieron más intensos, tanto como el dolor que me laceraba.
Como pude, me senté en el borde de la cama. Ya nada de esto era normal. Tenía que llamar al médico. Me pasé la mano por el cabello y para mi sorpresa, atrapé algunos entre mis dedos. ¡Asco! Eso fue lo que sentí. Asco del más puro, como nunca antes.
De mis oídos, de mi nariz, salían muchos. Lentos. Suaves. Parsimoniosos. Empecé a gritar como un enajenado, pero a cada grito, me dolían más y más los pulmones. Creo que me desmayé en algún punto.
Cuando finalmente abrí los ojos, quién sabe después de cuánto tiempo, estaba todo recubierto por estos bichos. ¡Todo mi cuerpo estaba cundido! Sin fuerzas casi, llamé a emergencias. Después de eso, no sé bien qué más pasó. Hay una especie de agujero negro en mis propios recuerdos.
Sé que hubo quejidos, pero tal vez eran los míos. Sé que hubo llanto, pero tal vez era el mío. Sé también que estos bichitos seguían saliendo, no sé si de mi cuerpo o de algo en descomposición en mi propia casa. No lo sé. Estuve esos días aislado, como desconectado. Y el dolor, ¡el maldito dolor! que no me dejaba en paz. Ya ni respirar podía.
En fin, nunca entendí bien ni cómo empezó todo esto ni cómo terminó. Supongo que tuve algún tipo de infección porque tuve mucha fiebre, o es lo que creo (ya no estoy muy seguro de lo que viví esos pocos días) o algo raro relacionado con esos bichos que vaya usted a saber qué eran.
Solo tengo un único recuerdo muy nítido y es el de mamá, inclinándose sobre mí y besándome en la frente, como cuando me leía un cuento por las noches para hacerme dormir. Y sus lágrimas cayendo sobre mi rostro y yo durmiéndome, descansando finalmente, como si cayera en un sueño eterno, lento, suave y parsimonioso.

17 diciembre 2019

Nochebuena




La madre reúne a los niños en la sala de la húmeda casa. Hace demasiado frío y no hay calefacción suficiente para todos.
A Amando lo hace estar cerca de sus hermanas menores Ramona y Ana Luisa, de manera que se den calor como puedan. Arropa con esmeroal único de sus hijos,Ángel Amable, que se ha ido apagando lentamente y lo atrae hacia sí. Lo abraza con ternura para poder recordar la forma de su cuerpo y su olor cuando ya no esté con ellos.
Soteria y Clara, las más pequeñas, están juntas, cerca de la puerta, compartiendo una frazada. La madre mira con tristeza a todos sus hijos. No comen nada desde el desayuno y sabe que no podrán hacerlo pronto. Gastó el poco dinero que le quedaba.
No tiene mucha idea de qué hará para subsistir. Nunca tuvo más que de ocuparse de cuidar de sus hijos y de su casa, pero la vida y sus giros inesperados, la pusieron en una posición que nunca hubiera pensado.
Respira hondo. Trata de entretener a los niños con historias de su invención hasta que el sueño los venza. Queda poca leña, así que no tendrán más cobijo al calor de la chimenea en unas horas. El fuego proyecta sombras lúgubres en toda la sala. No será fácil salir de esto, cuando ni siquiera sabe cómo hacerlo.
Cierra los ojos por instantes. No tiene sueño, pero sí la certeza de que si permanece así, quieta y en silencio, el hambre y la desesperación no la atacarán tan rápidamente. Después de varios minutos, oye cómo alguien llama suavemente a la puerta. Abre los ojos y se yergue un poco para cerciorarse de que el ruido proviene de su propia puerta.
Aguarda unos instantes. La misma persona vuelve a llamar a la puerta, esta vez con más ahínco. La mujer se incorpora. Algunos de los niños también. ‘’¿Mamá, escuchaste?’’ le pregunta Soteria. ‘’Sí, hijita’’ responde con suavidad.
La madre se incorpora. Con cuidado, entreabre la puerta. No reconoce al hombre de traje elegante y sombrero que le sonríe tímidamente. ‘’Señora Isabel, usted no me conoce…’’ dice el hombre y hace una larga pausa.
Ella lo hace pasar. El hombre observa con tristeza la escena. Había estado en esa casa antes, llena de luz, de abundancia. Pero la vida es así, algunas veces luminosa, otras llena de sombras. Ya casi no hay mobiliario, así que el hombre espera de pie. ‘’Señora, yo era cliente de su marido. Lamento mucho su fallecimiento. Seré breve, puesto que debo seguir camino y tampoco quiero quitarle tiempo, justo hoy, en Nochebuena.’’
No hace otra cosa que mirarlo con perplejidad. Siempre lamentó no tener el don de gente que tenía su marido, que le sacaba conversación hasta las piedras y podía moverse en cualquier círculo social con soltura. Ella siempre fue reservada, corta con las palabras, tímida. Así que se queda rígida, expectante, a espera de saber qué le dirá el visitante.
Lentamente, el hombre abre la puerta y un par de sirvientes entran cargados con leña y varias bandejas repletas de comida. Los niños corren felices a inspeccionar lo que acaban de traer. La mujer se lleva las manos al pecho y ahoga un suspiro. ‘’¿Qué es todo esto?’’ pregunta impresionada.
El hombre se quita el sombrero y la observa, con ternura. ‘’Solía hacer negocios con su marido. Siempre le compraba mercancía para llevar a las ciudades cercanas. Tenía arreglos para hacer los pagos: él me dejaba en consignación lo que yo iba a vender y cada fin de mes, le pagaba lo adeudado. Cuando me enteré de que había fallecido, de inmediato regresé a la ciudad. Tenía que pagar mis deudas, era una cuestión moral, ¿me entiende? Yo solo recibí cosas buenas de parte de su marido, de verdad que lamento mucho su deceso’’.
La mujer no puede proferir palabra de la emoción. Las lágrimas fluyen solas. Los niños contemplan maravillados la cantidad de platillos deliciosos de las bandejas. El hombre contempla feliz la escena. ‘’Cuando me dijeron que no la estaban pasando bien, se me ocurrió traerles algo de comer y leña. El frío va a arreciar y no está bien que los niños lo sufran. Señora Isabel, hágame saber si necesita algo de mi parte. No siempre estoy en la ciudad, pero le dejo mi dirección, en caso de que me necesite. No dude ni un momento que estoy a sus órdenes’’.
Ella le extiende la mano y él la toma entre las suyas y con un ademán de otra época, la besa. ‘’Buenas noches y muy feliz Navidad’’, dice, al tiempo que se coloca el sombrero y sale, en compañía de los sirvientes.
La madre esconde el rostro entre las manos y llora. Los niños la rodean y la abrazan tiernamente. Desde ese momento sabe que será una sobreviviente, que a pesar de todo, la vida no será tan cruel con ella ni con sus niños. Se limpia las lágrimas y le pide ayuda a sus hijas mayores para poner la mesa y poder cenar en familia, en esa Navidad.

17 noviembre 2019

La pensión




Yo quería dormir. Llevaba cerca de 24 horas despierta. El viaje fue largo y casi nunca puedo dormir en los aviones. En realidad, no puedo dormir bien en ningún lado desconocido o nuevo para mí. Por eso, no suelo viajar mucho, ni ausentarme de casa por largos períodos, porque no puedo dormir después. Me vuelvo insomne, de alguna forma.
Sin embargo, tuve que viajar. Tenía que estar tres horas antes en el aeropuerto. Desde las 3:00 AM estuve despierta ese día. Las 10 horas de vuelo, las pasé en vela. No importa si me toca viajar de día o de noche. El drama es el mismo: no duermo. Cierro los ojos, solamente, pero el sueño nunca llega.
El doctor me recomendó que tomara alguna pastilla para dormir, cuando me tocara viajar. Nada fuerte, solo para relajar. Le dije que no me gusta contaminar mi cuerpo con sustancias químicas. Mi novio, medio hippie e impráctico como es, me dijo que probara con fumarme un porro antes. ‘’¡Claro, para que me deporten o ni siquiera me dejen subir al avión, tarado!’’ le dije.
Entonces, mi martirio comenzó. 10 horas sentada, con paradas ocasionales para el baño. Esporádicas, eso sí. No hay cosa más aterradoramente sucia y llena de gérmenes silentes que el baño de un avión. Evito beber líquidos para no tener que usarlo. Tampoco me gusta pasearme como alma en pena por los pasillos. Aguanto. Como aguanto el insomnio.
Por lo menos esta vez no tenía que hacer combinación. Mi viaje era hasta destino, sin tener que cambiar de avión en avión. Esta vez por fin la agencia no hizo el famoso ‘’recorte de gastos’’ y al menos me mandó en vuelo directo. Algo es algo.
Cuando llegué a destino, la cola de migraciones me pareció eterna. Cada funcionario debió haberse tardado un año con cada pasajero. Cuando llegó mi turno, el oficial me preguntó mil cosas estúpidas. Estaba claro que iba por trabajo y con todos mis papeles en regla, no sé por qué me demoró tanto. Creo que instintivamente tienen un gen para odiar a los extranjeros. Debe ser eso.
A esa altura, ya mis ojeras eran violeta y formaban círculos pesados debajo de mis ojos. Mi estado era lamentable. Me empezaban a taladrar las sienes. De a poco, primero. Conozco bien ese dolor. Después se vuelve un pájaro carpintero dentro de mi cabeza.
Cuando el suplicio de migraciones terminó y por fin pude irme en taxi al hotel, sentía que me había arrollado un tren; si es que alguien ha sobrevivido a tal asunto, era justamente esa catástrofe lo que sentía. Necesitaba dormir. Y era urgente hacerlo, aunque supiera que me iba a costar hacerlo, tenía que apoyar mi cabeza en una almohada y mi cuerpo en una cama con sábanas limpias.
Cuando el taxi se detuvo en la entrada, me di cuenta de que me habían reservado un cuarto en una pensión. ‘’¿Está seguro de que es esta la dirección?’’, le pregunté al taxista para cerciorarme. ‘’En efecto, señorita’’ me dijo. Bajó mi maleta, la dejó en la entrada, me cobró y se fue. Era la 1:00 de la tarde.
Yo me quedé unos minutos parada en la puerta observando. Qué lugar cutre, por Dios. Entonces la agencia no había escatimado en el pasaje, pero sí en el alojamiento. ¡Malditos! Respiré hondo y abrí la puerta. La chica de lo que se supone era la recepción me miró de arriba abajo, no sé si con lástima o con asombro. Sin mediar palabra, le extendí mi pasaporte. Ella lo revisó y volvió a mirarme como hacía minutos.
Sé que no me parecía en nada a la de la foto, dada mi falta de descanso, pero la chica no preguntó nada. Solo me dijo que mi habitación estaría lista a las 3:00 de la tarde, aproximadamente. Faltaba mucho tiempo y las pocas fuerzas que tenía me estaban abandonando.
Dejé la maleta en la recepción y salí. Esperar no es lo que mejor se me da en la vida. Además, sentía ya la parte derecha de la cara paralizada del dolor de cabeza. Encontré un bar de medio pelo en la esquina y ahí me instalé a esperar, café de por medio. Varios cafés de por medio, debo decir. No quise comer porque cuando me ataca la migraña, me dan ganas de vomitar.
Ahí estuve todo el rato hasta las 2:55, cuando volví a la pensión. Me dieron una habitación estrechísima, enfrente del baño comunitario. Lo más terrible que me podía pasar era eso: tener que compartir el baño. No había casi ventilación, pero al menos sí aire acondicionado. Era oscura y algo lúgubre.
A estas alturas de esta travesía, poco me importaba si había luz o no. Necesitaba toda la oscuridad posible para descansar mi cabeza, hasta que la migraña me abandonara. Quería darme un baño, pero lo haría después. Me quité la ropa, que olía todavía a esa mezcla de olores de ‘’avión repleto de extraños’’ y me tiré boca arriba en la cama.
Cada inhalación me hacía doler más la cabeza. Me quedé lo más quieta posible. Si lograba mantenerme así, podía no caer en la peor parte del umbral de dolor que me llevaba a vomitar, a que me zumbaran los oídos, a que empezaran a dar vueltas a mi alrededor esas luces raras, como de discoteca triste, de barrio pobre.
En algún punto, todo se calmaría. Yo no podría dormir, sino por minutos, pero al menos todo lo que pasaba dentro de mi cabeza, empezaría a quedarse quieto, como cuando el mar se ve agitado por una tormenta.
Me quedé inmóvil. Al cabo de unas horas, oí el primer ‘’toc toc’’ enérgico. ‘’¡Abra la puerta! ¡Es la policía!’’. Abrí los ojos y me dolió hasta la médula ese movimiento. ‘’¿Quién?’’ preguntó la voz del hombre dos cuartos después del que yo ocupaba.
Empezaron a latirme de nuevo las sienes. ‘’Lo que me faltaba. Líos ajenos’’ pensé. Sentí una especie de turbulencia en toda mi humanidad cuando el supuesto policía empezó a tocar de nuevo y a exigir que se le abriera la puerta.
La voz de adentro del cuarto ajeno sonaba hueca (¿o sería que yo no podía oír del todo bien?). ‘’¿Pero qué quiere, hombre?’’. ‘’¡Tengo que llevarlo detenido!’’. Así de la nada, un policía salido de no sé dónde, quería entrar y llevarse al hombre que hablaba desde el fondo, como si la habitación fuera muy grande y él estuviera en un extremo muy lejano.
‘’No estoy vestido. Estoy desnudo’’ dijo la voz. Oí al policía resoplar. ‘’¡Vístase!’’. La voz llorosa de una mujer hizo su aparición. Preguntaba qué pasaba, qué era todo aquello. El policía redobló los toques en la puerta, cada vez más fuertes.
Cada ‘’toc toc’’ creaba oleadas inmediatas de arcadas en mi cuerpo. Quería levantarme e ir al baño a vomitar, pero no iba a hacerlo. ¿Y si empezaban a los tiros al lado y caía yo muerta, como la tonta que siempre he sido? Traté de calmarme, aunque en estas circunstancias de dolor, lo único que quería era escapar de mi propia cabeza.
La función de golpes en la puerta y llanto, preguntas sin respuestas y órdenes, se extendió por varios minutos. Después vino el silencio. La mujer sollozaba. Yo casi no entendía qué decía, pero la voz del hombre sonaba clara y decidida: ‘’Voy a la comisaría y vuelvo. No le abras la puerta a nadie. Todo va a estar bien’’. El policía arremetió con un ‘’¡Salga ya!’’ enérgico y volvió a enfurecerse contra la puerta. ‘’¡Espere, hombre, que estoy desnudo!’’ respondió, ya con algo de violencia, el acusado.
Pasaron más minutos inhumanos hasta que oí que se abrió la puerta del cuarto y se hizo más patente el llanto de la mujer, las incesantes órdenes del policía y los remilgos del hombre, declarando su inocencia.
Volví a cerrar los ojos y los martillazos en mi cabeza eran caballos desbocados. A duras penas me senté en la cama, me acosté en el piso frío. Aún se oía como los hombres bajaban pesados y ruidosos por las escaleras.
No sé cuánto tiempo pasó y si me dormí o si caí en una especie de letargo sin sueños. No sé qué pasó conmigo, pero a la mañana siguiente, aún con la resaca de la migraña, me levanté como pude y me alisté. Intenté maquillarme, para no parecer tan atormentada y cadavérica.
Bajé a la recepción. Estaba la misma chica que me recibió. ‘’Quiero poner una queja’’ le dije, sin siquiera mostrarme algo educada. Ella parpadeó rápidamente y con un ademán soso me dio a entender que continuara.
‘’Ayer, no sé a qué hora, los gritos de la policía, el inquilino de uno de los cuartos y los llantos de una mujer, no me dejaron descansar. Como comprenderás, tengo que ir a trabajar en un estado alterado, sin haber dormido, ni mucho menos’’.
La mujer se levantó y con cara de extrañeza me dijo que en mi piso no había nadie más que yo. Y ese ‘’nadie más que tú’’ lo dijo recalcando cada palabra, como para que no quedaran dudas. ‘’No puede ser’’ le dije, con voz firme.
Sentí como me empezaban a temblar las venas de mi cabeza. Respiré hondo. ‘’Te estoy diciendo que ayer hubo un escándalo mayúsculo en mi piso. Quiero el libro de quejas. ¡Ya!’’. Yo misma me sorprendí de mi vehemencia, que no surtió ningún efecto. La chica se encogió de hombros, se agachó para sacar de debajo del mostrador un cuadernito mustio que decía ‘’Libro de quejas’’ escrito con una caligrafía infantil.
Me senté en lo que era la cocina y empecé a escribir una especie de testamento. Sé que no fue mi mejor escrito, pero tampoco tenía que serlo. Solo quería dejar constancia de lo que había pasado.
Cuando terminé, se lo devolví a la recepcionista sin decirle nada más y salí. Fue difícil enfrentar el día laboral con la cabeza tan pesada como la sentía. Aún resonaban en mis oídos los golpes en la puerta, la voz gruesa del policía, el llanto lastimero de la mujer. Concentrarme en lo que tenía que hacer durante el día fue duro. Cuando llegué de nuevo a la pensión, respiré aliviada.
La misma chica (¿no tenía descanso, acaso?) me dio la llave sin siquiera verme. Subí a mi piso, pero antes de entrar en mi habitación, me detuve. Pasé por cada puerta y me apoyé con delicadeza para espiar. Quería saber si había otros huéspedes.
El silencio que reinaba se podía sentir. Tal vez era la hora. Todos disfrutaban de la ciudad mientras yo solo podía quedarme postrada en mi cama, tratando de sentirme normal de nuevo. Me tiré boca arriba, cerré los ojos y ensayé respirar hondo, para calmar los martillazos en mis sienes.
Al cabo de unas horas, oí de nuevo el primer ‘’toc toc’’ enérgico. ‘’¡Abra la puerta! ¡Es la policía!’’. Abrí los ojos. Esto no podía estar pasando. ‘’¿Quién?’’ preguntó la voz del hombre dos cuartos después del que yo ocupaba.
Me incorporé y me quedé pegada a mi puerta. ‘’¿Pero qué quiere hombre?’’ preguntó la voz de adentro del cuarto ajeno que sonaba hueca. ‘’¡Tengo que llevarlo detenido!’’ respondió el oficial.‘’No estoy vestido. Estoy desnudo’’ dijo la voz. Oí al policía resoplar: ‘’¡Vístase!’’. De nuevo la voz llorosa de la misma mujer.
Estallé. Abrí la puerta de mi habitación como si yo misma fuera un huracán. El policía me miró con cara furibunda. ‘’¡Vuelva a su habitación! ¡Esto no le compete!’’. Tengo que reconocer que me desarmó con aquellas órdenes y sin responder, me devolví a mi cuarto y cerré la puerta con llave.
En ese punto, temblaba de la ira y del dolor. Empecé a tener arcadas, pero el baño estaba enfrente de mi cuarto y salir no podía. Vomité en el piso. Las arcadas no cesaron hasta mucho después, cuando pude incorporarme y beber un poco de agua.
Me tiré de nuevo en la cama. Afuera de mi habitación, se desarrolló la misma función de la noche anterior. ¿Cuántas veces se tendrían que llevar detenido a ese tipo? Al día siguiente estaba segura de que yo misma les incendiaría la pensión, a pesar de mis taladrantes dolores.
No logré dormir. Cuando clareó el día, bajé a duras penas para enfrentarme con la recepcionista. No había nadie. Grité. No me importaba si tenía que despertarla. Pero la chica no apareció. La busqué por la pensión. En algún lugar debería tener su cuarto. O al menos alguien tendría que responder a todo lo que pasó desde que llegué.
Empecé a impacientarme y a gritar cada vez más alto. No era posible dejar las cosas así. ¡Alguien tenía que atenderme! Mi cabeza iba de mal en peor. Todo me daba vueltas. Me estaba costando respirar del dolor tan lacerante. En algún punto, consumida también por la ira, caí al piso y me desmayé.
Cuando desperté, no sabía qué hora era, ni cómo había llegado a mi habitación. Una tenue luz se colaba por la mínima ventana. No podía levantarme y tenía la sensación de que si lo hacía, me desplomaría. Tenía miedo. Miedo de levantarme, miedo de que se agudizara el dolor, miedo de ese lugar en el que estaba.
Cerré los ojos y respiré hondo. Pasados unos minutos, sentí la fría palma de una mano posarse sobre mi frente. Grité del miedo. ‘’Mi amor, soy yo’’. Era la voz de mi novio. Sentí su mano deslizarse hasta mi mejilla. Mi respiración era agitada. ‘’Descansa’’ dijo y besó con delicadeza mis labios resecos. ‘’Qué bueno que ya estás en casa’’ y cerró la puerta de la habitación tras de sí.

02 septiembre 2019

El tratamiento




Abre con sigilo la puerta de la habitación que comparten. Lo observa dormir. El sueño agitado del enfermo por la fiebre, el malestar haciendo estragos.
Se va acercando y se agacha hasta quedar a la altura del rostro. Le coloca la mano en la frente: está ardiendo. Lo acaricia con ternura. Dice su nombre en voz baja, para traerlo de vuelta al mundo que habitaban juntos, antes de que todo esto comenzara.
El hombre reacciona lentamente y se tumba de espaldas en la cama, con la vista perdida en el techo de la habitación. Ella lo ayuda a sacarse la camisa. ‘’Trata de respirar profundo’’ le dice. Él lo intenta, pero cada inspiración es como mil agujas que se clavan con fiereza en sus pulmones.
Las lágrimas corren por sus mejillas, llenas de impotencia y rabia, a la vez. Trata de incorporase, aún sin ayuda, pero está tan débil y cansado que no puede y tiene que sostenerse a duras penas, antes de desplomarse por completo en los brazos de la mujer.
Ella lo oye gemir y lo atrae más hacia sí, de manera que él sienta como sus brazos rodean no solo su torso, sino todo su cuerpo. Después de unos minutos, comienza la rutina que ha dominado sus últimos días.
Él se coloca boca abajo. Puede respirar un poco mejor de esa forma porque siente que los pulmones se liberan momentáneamente de su sufrimiento y el poco aire que inhala, entra suave, como una corriente que lo adormece.
Mientras, ella va preparando el tratamiento. Se coloca los guantes. Toma con cuidado cada ventosa de cristal y con un hisopo, les impregna la boca con el preparado y las coloca con cuidado en la espalda del hombre, una por una, en cada moretón que indica dónde va cada ventosa.
El hombre se deja llevar. Está demasiado débil como para oponerse al dolor. Además, no quiere llevarle la contraria. Ella ha sido un apoyo solícito y constante. Se ha hecho cargo de todo desde que esto comenzó. No puede reclamarle nada, así que acepta conforme someterse a ese tratamiento que lo único que ha hecho es debilitarlo más, pero ella tiene esperanzas en que todo funcionará.
A pesar de estar enfermo, ¿quién es él para decirle que pare? Es ella quien ha estado en contacto con el médico, lo llevó al hospital, lo atiende. Nunca pensó que una mujer tan frívola, distante y despreocupada como ella, estuviera tan atenta a su curación. Ella, la mujer con la que comparte su vida desde hace unos años.
‘’Útil. Eres útil’’ musita. ‘’Shh, calla, querido. Concéntrate en el tratamiento’’, responde y va cambiando las ventosas e impregnándolas de más y más preparado cada vez. Al cabo de una hora, el hombre ha quedado vencido por la acción soporífera del sueño. Ella lo observa con lástima. ‘’Todo hubiera sido diferente si no me hubiera aburrido’’ piensa.
Retira con cuidado y esmero las ventosas, el frasco con el preparado, los algodones. En la tarde y en la noche repetirá el procedimiento. Siempre es mejor el exceso al defecto. Y así todo será más rápido.
Se dirige sin premuras al lavadero. Es un magnífico día de sol, con la temperatura justa. Sonríe y una brisa fresca la acompaña en esa sonrisa. Cierra los ojos por unos instantes. Pronto será libre, del todo; no porque antes no lo fuera, pero le aburrió estar siempre viviendo la misma vida.
Abre con cuidado las latas de veneno, no sin antes haberse colocado el tapabocas. Mezcla sin premura el contenido con algo de agua, hasta formar una pasta y las deja al aire libre, de manera que el olor se disipe lo más posible. Limpia cada ventosa para que puedan adherirse mejor y deja todo listo, hasta la próxima sesión del tratamiento.
Al principio se deshacía de toda evidencia, pero ya se ha vuelto un tanto negligente. Muy pocos saben de la rara enfermedad de su marido y mientras ella no levante la voz de alerta, nadie vendrá a visitarlos. Vivir en el campo tiene sus ventajas, indiscutiblemente.
De regreso en la habitación, se sienta con cuidado en la cama y observa al hombre, que está encorvado y encogido en el extremo opuesto. La piel luce marchita y cada vez más le cuesta respirar. En verdad lamenta todo esto, pero no tenía otra forma de deshacerse de él.
Ella nunca pudo pedirle el divorcio. No estaba bien visto. No es lo mismo ser la ‘’viuda de’’ que la ‘’ex señora de’’. En el pueblo todos hablarían, la mirarían mal. Además, no tendría derecho a la pequeña fortuna de su marido y ella no sabe hacer más que pasar el tiempo en cosas inocuas. ¿Cómo pudiera ganarse la vida? Y sobre todo ahí, donde no hay mucho que hacer.
Se acerca con cuidado y lo besa en la mejilla. Por momentos, el rictus de sufrimiento del hombre parece haberse desvanecido con aquel beso. Lo observa con ternura, al tiempo que dice: ‘’Lo siento, querido. No encontré otra forma’’. Lo arropa con cuidado y se queda viéndolo, sin prisas. Se levanta y abre con sigilo la puerta de la habitación que comparten. Lo observa dormir.

10 agosto 2019

Porcelana



Todos los días, al salir de la escuela, se desvía adrede para pasar por la tienda de muñecas. ‘’Traídas de Francia’’, reza el cartel. Sabe que su padre, austero como pocos, le negará cualquier juguete por considerarlo ‘’innecesario para su desarrollo intelectual’’. Tampoco su madre la apoyará en esto. ¿Para qué quiere una muñeca tan cara y delicada?, le preguntaría. ‘’Tus hermanitas van a destrozarla no más la vean’’, le diría. Y en eso tendría razón. Ser la tercera de aquella prole numerosa, le ha quitado protagonismo a su infancia que debió durar más de lo debido.
Apoya suavemente la frente en el cristal de la tienda y se queda observando a la muñeca: sus rizos de cabello natural (ella la quisiera rubia) y sus grandes ojos coronados por miles de pestañas que pueden abrirse y cerrarse (esto la hace diferente del resto de las muñecas cuyos ojos eternamente abiertos la asustan) la hacen realmente única.
¿Cómo reunir el dinero? Le parece terrible que teniéndolo, no lo tenga a su alcance. Frunce el ceño y bufa, ‘’cuando crezcas’’ es lo que le responde su padre siempre. Pero cuando crezca, ya no querrá jugar con muñecas.
Contrariada, enfila hacia el almacén. Entra por la puerta trasera y agarra el delantal que aún le queda bastante grande. Abre la puerta que separa el mostrador del patio interno de su propia casa. Su hermana mayor le lanza una mirada reprobatoria por su tardanza. Ella ni se inmuta. Era importante constatar que la muñeca – su muñeca – seguía estando en la vitrina, esperándola.
Sin mediar palabra con su hermana, se sienta en la caja registradora, no sin antes colocar la banqueta sobre algunos libros para quedar más alta. Su hermana la reprime, pero ella no le presta atención. Pocas veces lo hace, de hecho.
Asume su turno, como todas las tardes, con estoicismo. Es una lástima que ninguno de sus hermanos varones hubiera alcanzado la pubertad porque estarían ahora, en su lugar, y ella estaría jugando con sus hermanas, con sus conejos, con sus perros y con sus gatos. Pero no. Quiso el destino que sobrevivieran todas ellas y que a su padre se le ocurriera emplearlas en el almacén, en vez de contratar personal.
Cuando su padre descubrió cómo ella se entendía tan bien con los números, la asignó a la caja y después le enseñó a llevar el inventario, todo para ahorrarse sueldos. ‘’Prefiero que el negocio esté en manos familiares’’ le había explicado, o mentido, mejor.
Perder todas sus tardes infantiles por estar en el mostrador, cobrándole a los clientes, la fastidiaba en gran medida. Su padre dando vueltas por toda la tienda, enseñando la fina mercancía. La gente entrando y saliendo con sus compras. Aquel desfile frenético de desconocidos. Su pequeña vida diluyéndose en algo que no le competía.
Hasta esa tarde de lluvia. Estaba sola en el almacén, sin nadie que la atormentara, ni siquiera su padre que sabía que los días así, nadie portaba por ahí. La gran araña de cristal de roca pendía elegante y arrojaba de cuando en cuando lucecitas de colores sobre el piso y los espejos del salón.
Estaba tan extasiada contemplando el fenómeno que no notó a la viuda, cuando entró empapada, con su gran sombrero de fieltro negro deformado por el peso del agua. Al verla, se asustó y contuvo el aliento. La viuda se acercó al mostrador y se quitó el sombrero, que dejó a la vista su cráneo calvo y reseco. ‘’No te asustes’’ le dijo con voz hueca.
Su padre le había prohibido la entrada muchos años antes y les había ordenado a sus hijas que jamás la dejaran pasar y si eso ocurría, debían avisarle de inmediato. Ella recordó la orden paterna, pero no pudo moverse del mostrador, hipnotizaba como estaba al ver por primera vez a aquella mujer, que creía más una leyenda urbana que otra cosa.
‘’Tienes los mismos ojos fieros de tu padre’’ le dijo en voz baja. ‘’Debes tener entonces su mismo carácter’’ y sonrió a medias. Ella pudo observar que le faltaban algunos dientes anteriores y los que tenía, estaban renegridos. El asco se le notó de inmediato porque la viuda la miró con ira y abrió más la boca.
‘’Sí, eres igual de desdeñosa que tu padre’’. Le dio la espalda y empezó a caminar despacio por todo el salón, arrastrando la sucia bolsa que llevaba en la mano y que parecía pesada. Ella creyó en algún momento que iba a romper algunas de las porcelanas o a derribar las estanterías llenas de cristalería.
Se bajó de la banqueta y despacio, sin dejar de mirar a la mujer, fue caminando sigilosa hasta la puerta trasera, para dar aviso a su padre. Pero cuando estaba por abrirla, la viuda se percató de la maniobra y con una agilidad impropia de una mujer de edad avanzada como ella lo era, la tomó de la muñeca y la arrastró hasta el centro de la tienda.
La niña se retorcía del dolor y gritaba, pero el escándalo de la lluvia ahogaba sus gritos. ‘’Ahora va a saber tu papá lo que es el dolor’’. La tomó de la otra muñeca y le hundió las sucias uñas en ellas, hasta hacerla sangrar. ‘’Te acordarás de mí por el resto de tus días’’.
La bofetada que le propinó la hizo perder la noción de sí por momentos cuando su cabeza golpeó el piso y a partir de ese momento, todo fue una bruma confusa. La viuda la levantó como si de una almohada se tratase y se la llevó, tan rápido como pudo.
Cuando volvió en sí, abrió lentamente los ojos. Le dolía la cabeza y todala habitación le daba vueltas. Empezó a toser y a convulsionar. La última cosa que vio, antes de perder de nuevo el conocimiento fue los tímidos rayos del sol que se filtraban suavemente por la ventana de su propio cuarto.
Sigilosamente, su padre entró en la habitación. Se arrodilló junto a su cama y comenzó a rezar, al tiempo que sostenía la mano de su hija. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Se prometió a sí mismo no ser tan permisivo con las niñas, no dejarlas salir a jugar los días de lluvia, a cuidarlas más. Si él se hubiese mostrado firme, nada de esto habría pasado.
El tiempo transcurrió lento, como era su costumbre, cada vez que alguien en aquella casa caía enfermo. ¿Sería la vida tan cruel que les arrebataría a una de sus hijas, como ya había pasado con sus hijos? Era un pensamiento recurrente en la mente de los padres, pero tenían el tino de no confesárselo el uno al otro para no angustiarse ni atraer los malos augurios.
Sin embargo, a veces la vida da giros inesperados y aquella mañana, temprano, la niña despertó del todo. Aún desorientada, comenzó a observar su alrededor. La puerta estaba entreabierta. Temblando, se incorporó. ¿Y si la viuda abría la puerta y la golpeaba? Se fue acercando y la abrió, intentando hacer el menor ruido posible.
El chirrido de los goznes alertó a la madre, que fue corriendo hasta el cuarto. Lanzó un grito cuando la vio apoyaba en el marco, pálida, pero en pie y antes de que se desmayara, la levantó y resguardó entre sus brazos.
Los días siguientes fueron diáfanos y tranquilos. Su recuperación era lenta, pero cada vez ganaba más peso y vigor. Las ojeras habían desaparecido y su piel de niña volvía a tener la lozanía de porcelana perfecta, tan perfecta como la muñeca de la tienda, que ahora estaba sobre su cómoda, mirándola atentamente. No era rubia, como ella hubiera querido, sino que tenía el pelo negro, largo y brillante y los ojos oscuros, tan oscuros como los de la viuda.