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12 enero 2015

Eterno


(No sé por cuánto tiempo he estado aquí, solo sé que me ha parecido eterno).
Mi primer viaje lo recuerdo todavía con emoción: en la proa del barco, mirando siempre hacia adelante, hacia un futuro lleno de promesas, pero incierto. Siempre sentí que marcaba el destino, aunque en realidad, fuera el destino quien marcaba nuestro paso.
Antes, mucho antes, cuando hacíamos viajes regulares, yo tenía mejor forma. Mi piel, siempre bronce, relucía al sol; mi cabello, ondulado, tenía siempre el mismo humor que las olas y mi figura era recia y a la vez delicada. Mi torso desnudo, bien trabajado, definido. Me gustaba esa vida, no esta que no tengo ahora.
Cada vez que nos hacíamos a la mar, tenía una libertad que ahora no tengo. Y demás está decir que extraño la sal en mi cuerpo, la tensión del viaje, lo posible de lo imprevisto. La aventura. Justamente eso.
Ahora, sin embargo, he perdido brillo y desde hace mucho tiempo no veo la luz del sol. Mis rasgos, tan bien esculpidos, perdieron definición. Solía empuñar una especie de tridente y ya tampoco lo llevo. Lo perdí, como perdí tantas otras cosas en una batalla que no fue mía, una batalla que fue un error.
Hubo un estallido pequeño, primero. Sé que no le dimos atención. Nuestro barco nunca fue de guerra, solo de exploración. Pero después del segundo y tercer estallidos, cada vez más cerca de nosotros, nos dimos cuenta de que nos estaban atacando. A mi alrededor solo había humo, al principio, después empezaron a volar astillas grandes, pequeñas, pedazos de madera, de metal. Yo seguía ahí, sin poder hacer nada, solo mirando al frente, en la proa del barco. Creo que fue en esa confusión que perdí parte de mi tridente.
El último estallido partió el barco en tres partes. Lo recuerdo claramente. El intenso olor a pólvora, los gritos de los marineros, las velas incendiadas y yo yéndome a pique, bajo la cerrada oscuridad de la noche, yo era una de esas tres partes del barco que se iba al fondo del mar. Irreparablemente.

Y desde ese día, no sé cuándo exactamente (no sé por cuánto tiempo he estado aquí, solo sé que me ha parecido eterno), permanezco en el fondo del mar. Presa de mi propio naufragio.


Foto por: Damián Fossi - https://www.flickr.com/photos/damianfossi/

11 diciembre 2014

Más que al resto



Lo espera sentada en las escaleras de la entrada de su casa. Cuenta los minutos para verlo. Él, por su parte, va lo más rápido que puede a su encuentro. Cuando la ve, abre instintivamente los brazos y esboza su mejor sonrisa de loco alucinado. ``¡Diosa pagana de inalcanzable fulgor!`` le dice y la esconde entre sus brazos.
Ella ríe una risa tierna y divertida. ``Te extrañaba mucho. Necesitaba tu abrazo´´, lo besa en la mejilla y apoya la cabeza en su hombro. Él le acaricia el cabello y la atrae contra sí. ``Qué lindo verte``, le susurra.
Se van caminando al restaurante convenido. Él le cuenta todo lo que ha pasado desde que no se han visto. Durante todo el camino, su mano traza un trayecto de reconocimiento que comienza en el hombro de la chica y va bajando por la espalda, hasta terminar en su cadera. Esa mano asciende y desciende firme y lenta, varias veces, por esa espalda.
``Odio que estemos tan lejos``, le confiesa ella. Él asiente, la acerca contra su cuerpo y la besa en la mejilla. ``A los amigos habría que llevárselos en una bolsita y trasplantarlos, como si fueran plantas, o sembrarlos, como si fueran semillas, y verlos crecer a nuestro lado``, dice. Ella sonríe. ´´Tú y tus ideas excéntricas``, dice en voz baja.
Cuando llegan al lugar, escogen una de las mesas de la ventana, un buen vino y pasta. Hablan y hablan, de ellos, de sus vidas, de lo que eran cuando estaban juntos, de lo que son ahora, de todo lo posible y lo imposible. A veces él se inclina sobre la mesa y le toma la mano o a veces ella entrelaza sus piernas con las de él, por debajo de la mesa.
Al terminar la velada, ella le ofrece su brazo y durante el trayecto de regreso a su casa van así: de brazos dados. Adrede, la chica camina más lento que de costumbre, para prolongar el estar juntos, como antes. En la esquina, se detiene en seco y le pregunta: ´´¿Y si nos tomamos una cerveza?``. ``Me parece bien, pero en tu casa``, ordena él, suavemente. ``Mi casa es un desastre``, le advierte; a lo que él responde solemne: ´´No hay nada en esta vida que ya me impresione´´ y le sonríe.
Compran cerveza y van a su casa. Antes de entrar, ella le tapa los ojos y lo lleva sin prisas hasta la sala. Enciende una luz tenue. ``¿Me quieres seducir?’’, pregunta pícaramente. ``No, no. Solo quiero evitarte un susto al ver mi desorden`` explica.
Se sientan en el piso a beber. A veces hay silencios cómodos entre ambos, en los que él apoya su frente contra la de ella, juega con sus rizos, recorre su rostro con delicadeza. A veces hay palabras y declaraciones: ``Es increíble lo mucho que te extraño``, ``te recuerdo a diario``, ``quisiera estar cerca de ti de nuevo``. Hay besos castos, en las mejillas, propios de los amigos que se desean. Hay caricias que de durar más de la cuenta, se transformarían en deseo. Pero se contienen, como solo ellos aprendieron a hacerlo.

´´Te quiero más que al resto´´, le reitera. Ella acaricia uno a uno sus dedos. Primero la mano derecha, luego la izquierda. Al llegar al anular, le da vueltas a su anillo de casado y le dice: ``Mándale saludos a Dani y dile que también la extraño. Amigos como ustedes son difíciles de encontrar``. Se miran largamente a los ojos. Él sostiene el rostro de la muchacha entre sus manos y ella apoya sus manos sobre los muslos. Están tan cerca  que se confunden sus respiraciones. ´´Debo irme´´, le dice y la besa en la frente. ´´Debes volver a irte´´, lo corrige ella. Se levantan y dirigen a la puerta. Una vez en la entrada del edificio, se abrazan tres veces: la primera para no extrañarse, la segunda para recordarse y la tercera para despedirse. ``Fue muy lindo verte`` dicen al unísono, sin premeditación. Ambos ríen. Él se marcha lentamente, de espaldas para evitar perderse de verla los últimos minutos de esa noche juntos. Ella sonríe hasta que lo pierde de vista y se sienta en las escaleras de la entrada de su casa. ´´Adiós, querido, adiós``, musita.

27 octubre 2014

El ascenso


Aunque es otoño, hace algo de calor. Es algo que no había previsto. Así que el abrigo (el grande y pesado que su hermano le prestó), le estorba.  Arrastra la maleta y trata de que las ruedas no hagan tanto ruido al golpear los adoquines, pero no lo logra. Entonces el abrigo, la maleta y su ruido incesante, el inesperado calor y sus ganas de deshacerse de la ansiedad, acaban por hacer de él un cóctel algo explosivo.
Tiene que recorrer seis largas cuadras hasta la casa de ella. Después subir los ocho pisos hasta su apartamento (el mismo que compartieron el verano pasado) y tocar la puerta ¿o abrirla? ¿Convendría abrirla y darle la sorpresa? Todavía tiene la llave, porque ambos, al momento de él irse, estaban seguros de que todo aquello seguiría.
A cada cuadra recorrida, piensa en cómo la saludará: ‘’He vuelto’’. Ella se le quedará mirando y él la abrazará, para atenuar el impacto y la emoción de verse. ‘’Volví’’, pero empezar así es algo obvio, manido, aburrido. ¿Qué tal quedaría decir ‘’¿Me extrañaste?’’. No, no.  Muy pueril.
La última cuadra la transita con el inusitado calor recorriéndole las sienes, el cuello, la espalda. Va lentamente, arrastrando la maleta, el abrigo y respirando pesadamente, tanto como el clima que lo envuelve.
Al llegar a la puerta del edificio, se cerciora de que esté en el sitio correcto: Marina del Rey, 201. Saca la llave que guardó durante un año y abre la puerta de entrada. Deja la maleta y el abrigo en la entrada, para no tener que subirlos por los ocho pisos que lo esperan (ya tendrá tiempo de sobra para buscarlos) y empieza el ascenso.
Los primeros cuatro pisos los sube con una tranquilidad poco común en él, pero a partir del quinto piso, no pudo controlarse más y los subió corriendo, como si de esa carrera dependiera de repente su pasado, su presente y su futuro.
Así que al llegar al octavo estaba exhausto. Se limpió un poco el sudor al tiempo que respiraba hondo para recuperarse. Colocó la llave en la cerradura, pero antes, apoyó el oído en la puerta, para descubrir algún sonido. Solo el vacío.

Abrió sigilosamente. Asomó la cabeza primero, después el resto del cuerpo. A su alrededor, la nada misma. Recorrió cada rincón. No había nada, nadie. Ni  ella. Solo una cosa quedó, en una esquina de la habitación que habían compartido aquel verano estaba un marcalibros arrugado, el mismo que él infantilmente le dedicó cuando compraron libros aquella tarde que él tan bien recordaba: ‘’Nunca sin mí, nunca sin ti. Te amo. R’’ .

01 octubre 2014

34 años



Lleva 34 años durmiendo sin sueños, desde el día del accidente, exactamente. Se va a la cama y no sueña, la mente queda en blanco, como una película que nunca se proyecta. A excepción de esa noche, anterior a la llamada, que soñó un único sueño, en el que él volvía.
En el sueño, se observaba en el espejo del baño meticulosamente. Se recogía el cabello, abría la llave del agua y se inclinaba para lavarse el rostro. Al levantarse, él estaba del otro lado del espejo y la miraba, diáfano, como siempre fue, y le sonreía, con tristeza, como cuando tenía algo terrible que confesarle. ‘’Aparecí’’, le decía, varias veces. ‘’Y vas a poder perdonarme’’.
Despertó. Se quedó acostada un buen rato, pensando, sintiendo lo que era soñar de nuevo un único sueño después de 34 años. Anotó la frase y la leyó en silencio. Se levantó. Ese día no desayunó. Decidida, supo que tenía que pasar por la oficina de casos archivados.
Al llegar al viejo edificio, subió al tercer piso lentamente. Llevaba cerca de tres años sin ir y le pareció que nada había cambiado, incluso la señora del archivo se había detenido en el tiempo.
‘’Hola’’, dijo. La mujer se le quedó viendo. ‘’Tenía años sin verla, señora’’. ‘’Lo sé. He estado ocupada, buscando en otros lugares, pero hoy es el día’’, explicó. ‘’¿El día de qué?’’, preguntó la mujer intrigada. ‘’De encontrarlo, finalmente’’. La mujer le sonrió entre triste e irónica. ‘’Si usted lo dice…’’ y dejó la frase en el aire. ‘’¿Me podría facilitar el archivo?’’, preguntó. ‘’La verdad…y no lo tome a mal, pero ya no se puede. La causa prescribió hace tiempo atrás, lo sabe, y esos archivos tan viejos, siguen en el depósito. Si antes se lo permitimos fue por caridad’’ y bajó la mirada, al tiempo que la voz. Concluyó con un ‘’lo siento’’ tímido y apagado. ‘’Gracias’’, fue todo lo que ella atinó a responder.
Bajó las escaleras y se encaminó a la jefatura de policía, la misma que durante años llevó su caso y la vio llegar día tras día en busca de nuevas informaciones. Cuando los agentes de siempre la vieron aparecer, salieron a su encuentro, más por lástima que por educación. ‘’Hoy es el día’’, les dijo y se sentó. Los agentes la miraron impactados: ‘’No puede permanecer aquí a menos que…’’, le dijo uno. Ella completó la frase: ‘’A menos que mi marido aparezca y ustedes puedan cerrar el caso’’. Todos se miraron entre sí. No supieron qué responderle, así que optaron por dejarla ahí, en la recepción, sentada sin inmutarse.
Pasadas tres largas horas, un extra en las noticias dejó a toda la jefatura en silencio: ‘’Hace menos de una hora se encontraron los restos de una avioneta. Se presume que son de la aeronave perdida hace 34 años de la empresa…’’.
Los agentes de siempre comentan la noticia. De repente, recuerdan a la mujer, que ahora está de pie, en la recepción, esperando, como ha esperado durante 34 años por cualquier noticia que la devuelva a la vida y la aleje del todo de la muerte.
‘’Se los dije. Hoy era el día. Me llamarán a casa, me harán comparecer de nuevo, me darán las condolencias y me explicarán cómo pasó esto. Yo querré saber los detalles. Siempre he querido saberlos, pero encontraron a mi marido. De alguna forma, eso me basta un poco. Ahora puedo perdonarlo’’. Respiró hondo y se alejó, camino a su casa.  

25 agosto 2014

Isabel



Todas las tardes, después de la siesta, lee un poco. Tiene el tino de dejar cerrada la ventana de la sala, porque sabe que al abrirla, las vecinas irán pasando, con cualquier excusa y estarán parte de la tarde, hablando con ella, de las vidas ajenas y de los problemas propios.
Esto, lejos de molestarla, le agrada; la hace sentir el centro de un mini universo que se abre, cada vez que ella abre la ventana de su sala.
Esa tarde, sin embargo, se siente inquieta. Intenta concentrarse en la lectura, sin éxito. Se entretiene un rato con la TV, otro con el libro. A las 4:00, hora acostumbrada de abrir la ventana, no lo hace. Con la vista fija en el libro, sus pensamientos vagan. Deja el libro sobre la mesa. Se levanta para preparar café.

Isabel, por el contrario, abre la ventana de su cuarto de quinceañera. Sin zapatos, se pone de cuclillas en el borde y se sostiene a duras penas con una mano. Siente el viento que agita sus cabellos irreverentes. Respira hondo. Está llorando. Cierra los ojos y le dice al viento: ‘’Llévame. No quiero que mamá se avergüence de mí’’.

En la cocina de su casa, su propia inquietud avanza. Arregla los platos, los cambia de lugar, guarda los vasos las tazas, limpia un poco. Quiere consumir el tiempo, que desaparezca la desazón que esa tarde se instaló en su cuerpo.
El ruido del agua hirviendo la trae de regreso a su mundo. Con la delicadeza de siempre, se sirve una taza de café, sin azúcar. De regreso a su sala, retoma la lectura.

Las lágrimas siguen rodando lentas y pesadas por su rostro de rasgos indefinidos, infantiles a veces, de adulta, otras. Cierra los ojos y al abrirlos, echa un último vistazo a su cuarto, a sus peluches, a sus útiles escolares, a su cama, su ropa. Vuelve a cerrar los ojos en el preciso instante en que su madre abre la puerta y la ve en aquella posición: de cuclillas en el borde, sostenida a duras penas de la ventana con una mano. ‘’¿Qué estás haciendo ahí?’’, le grita histérica, al tiempo que se lleva las manos a la cabeza. Corre a sujetarla, pero Isabel trastabilla. El viento arrecia de repente…

Una vez que termina el café, se dirige a la cocina y se sirve otra taza, que se derrama al mismo tiempo que Isabel va cayendo lentamente y se estrella, sin estruendos innecesarios, contra la acera.

Vuelve al libro. 

01 agosto 2014

El encuentro




Se sienta a la mesa para desayunar. Desde hace 16 años, ella prepara el mismo menú para ambos: huevos revueltos, dos o tres tiras de tocineta, mermelada de estación, pan y café. Siempre le sirve a él primero y después que degusta los huevos y prueba la temperatura del café, ella se sienta, perfecta y exacta en su lado de la mesa. Hablan poco durante el desayuno. Tal vez comentan alguna noticia o tal vez el silencio los acompaña durante los 45 minutos que dura el ritual diario de sus 16 años de matrimonio. Nada, absolutamente nada, los ha alterado durante todo ese tiempo.
El timbre suena una vez. Él levanta la vista de la rebanada de pan que estaba por morder. Ella lo mira y pregunta: ‘’¿Quién será? Es muy temprano para que sea algún vecino’’. Él no responde. Después de unos minutos, vuelve a sonar el timbre. El hombre sorbe un trago de café, respira hondo y antes de que ella se levante, lo hace él: ‘’Deja. Voy yo. Debe ser el cartero’’.
Antes de llegar a la puerta, el timbre suena por tercera vez. ‘’¡Cuánta insistencia!’’ piensa. Gira la llave una vez, abre la puerta. María está parada en esa puerta, con el mismo rostro sin expresión que siempre tuvo cuando se conocieron, con el cabello desordenado, ahora con algunas canas, y con la misma mirada pétrea de siempre. ‘’Hola’’, le dice. Él retrocede. Nota que al lado de María está una chica, de unos 16 años, rubia, delgada, algo parecida a ella y lamentablemente también parecida a su madre, a su hermana, a él. Se le queda mirando fijamente y retrocede otro paso más.
María observa su reacción. ‘’Se llama Andrea’’, continúa. ‘’Perdona por aparecer así, de la nada, pero necesito hablar contigo’’. Desde el fondo de la casa, se escucha la voz de la mujer: ‘’¿Quién es, amor?’’. ‘’¡Nadie!’’, se apresura él a responder. Al entornar un poco la puerta, pregunta con un hilo de voz: ‘’¿Qué haces aquí y quién es ella?’’. María respira hondo. Se acomoda el cabello y responde, sin alterarse: ‘’Tu hija y eso es obvio’’. Aún atónito, el hombre responde: ‘’Esto es imposible. Realmente imposible’’. Al tiempo que dice esas palabras, observa a la muchacha: tiene los mismos rasgos suaves de su hermana a su edad, el mismo color de cabello, el azul acero de los ojos de su madre, su languidez. Es una mezcla de todo él con María, si fuera posible.
Retrocede un par de pasos más y cierra la puerta. Regresa a la cocina. La mujer lo observa: ‘’¿Estás bien? Estás pálido. ¿Qué pasó? ¿Quién era?’’. El hombre se sienta y antes de responder, suena de nuevo el timbre. ‘’Esta vez voy yo’’, dice ella. Pero él se levanta y la ataja. ‘’¡No! Voy yo de nuevo’’, dice, y corre hacia la puerta.
Inamovible, María permanece esperando a ser atendida. Cuando él abre de nuevo la puerta, le dice: ‘’No has cambiado nada. Siempre huyes de todo, como si fuera tan difícil la vida para enfrentarla’’. ‘’¿Cómo me encontraste?’’ y antes de que ella pueda responder, la mujer abre la puerta de par en par. ‘’Hola. ¿Qué se le ofrece?’’. ‘’Nada. No se le ofrece nada’’, responde él nervioso. María dice, con el mismo tono monocorde de toda su vida: ‘’Presentarle a Andrea su padre’’. Ella la mira fijamente y sin alterarse, le dice: ‘’Haga el favor de pasar’’. Él se queda petrificado, sin saber cómo reaccionar, ni qué decir.
María, Andrea, ella y él se sientan en la sala. Se miran unos a otros durante incómodos instantes. Él suda frío y tiembla. La niña le parece tan igual y a la vez tan distinta a él. ‘’Andrea nació hace 16 años’’, comienza a decir María. ‘’Éramos estudiantes en la universidad. Salíamos. No era nada serio. Ese verano…’’. ‘’No quiero detalles. Solo quiero saber cómo llegó hasta mi marido y qué exige de él, después de tantos años’’, interrumpe la mujer. ‘’No exijo nada. No quiero que le dé su apellido, ni dinero. Solo quería que mi hija supiera que tiene un padre y que ese padre es él…su marido’’. Un silencio cortante se instala en el medio de la sala.
La mujer se levanta del asiento. Se acerca a la ventana y descorre las cortinas. La aún tenue luz de la mañana inunda el lugar y le otorga una calidez necesaria. ‘’Señora…’’, comienza. ‘’María’’, completa la mujer. ‘’María…no le negaré que estoy sorprendida por esta revelación, por el parecido tan increíble que guarda su hija con mi marido, mi cuñada y mi suegra. Esto, le reitero, no se lo puedo negar. Lo que sí puedo, y tengo todo el derecho a negarle, es el parentesco de esa niña con mi marido’’, continúa. María respira hondo y dice: ‘’Yo a su vez le reitero que no vine a buscar dinero, ni nada parecido. Ni Andrea ni yo seremos un obstáculo en sus vidas, pero me pareció que era tiempo que conociera a su padre’’. ‘’¡Es imposible que yo sea el padre de esta niña!’’, grita de repente el hombre. ‘’¡Pero lo eres! Esa relación dio su fruto y es ella, ¡es Andrea!’’, dice María, y alza por primera vez la voz en toda su vida.
La mujer regresa a su asiento, respira hondo y habla, con voz calmada: ‘’Es imposible que mi marido haya podido tener descendencia o que la tenga, en un futuro cercano o lejano’’. ‘’¿Usted está insinuando que estoy mintiendo?’’, pregunta María. ‘’Lo que intento explicarle es que…’’, la mujer no logra terminar la frase, puesto que el hombre estalla de la ira, se levanta de su silla y grita: ‘’¡Soy estéril! ¡Maldita sea! Desde hace años lo soy, desde la maldita enfermedad, antes de que nos conociéramos María, yo ya sabía que nunca iba a poder tener hijos, ¡por eso es imposible que esta niña sea mi hija!’’. María y Andrea lo observan, impresionadas. Él se desploma en el asiento y esconde su cara entre las manos.
Después de unos instantes, la mujer habla: ‘’Espero le haya…les haya, mejor dicho, quedado claro. Imagino que querrán que mi marido se haga análisis para corroborar esto, eso ya lo dejo de su parte y de parte de mi esposo. Les pido que por favor, abandonen mi casa’’. Se levanta y abre la puerta. María y Andrea la siguen, en silencio.

La mujer las observa subirse al auto, encenderlo y alejarse por la calle, lentamente. Cierra la puerta, al tiempo que dice: ‘’Es innegable el parecido a ti, a tu hermana y a tu madre. Que sea esta la última vez que te salvo’’. 

14 julio 2014

Nuestro primer tango



A las 3:10 a.m suena su celular. Maia se incorpora de la cama, asustada y aturdida, antes de que el teléfono suene de nuevo. ‘’¿Quién es?’’, susurra. A su lado, el chico gruñe un poco y se cubre la espalda desnuda con la sábana. Maia susurra de nuevo. ‘’¿Quién es?’’, al tiempo que sale de la habitación.
‘’Acabo de llegar del club. Me acordé de la primera vez que bailamos tango’’, responde entre risas la voz al otro lado del teléfono. ‘’¿Qué?’’, pregunta Maia, aún somnolienta. ‘’La primera vez que bailamos t-a-n-g-o en el c-l-u-b. ¿Te lo tengo que repetir de nuevo? Esa fue la primera vez que nos besamos’’, explica, pausadamente. ‘’¿Pero acaso eres idiota del todo o estás jugando a serlo? ¡Es de madrugada! ¿Para esto me llamas?’’ dice la chica entre dientes, a punto de molestarse más de lo que ya está.
Al otro lado de la línea, la voz ríe: ‘’¡Pero qué mal carácter! Antes podía llamarte a cualquier hora que ni rezongabas. ¡Cómo cambian las cosas!’’ dice, y vuelve a reír. ‘’¡Ya te he dicho mil veces que no quiero que me llames!’’, ordena Maia con voz enfática. ‘’La primera vez que bailamos tango, nos besamos’’, continua como si no sintiera la furia en la voz y en la respiración de la chica. ‘’Esa noche, nos dimos el mejor abrazo, ese que aún llevo pegado al cuerpo. Esa noche nos besamos por primera vez, te lo reitero, y fue tan escandaloso ese beso, que varios salieron de la pista de baile, irritados. Pero nunca en mi vida me había sentido tan libre y eso te lo debo aún a ti’’. Maia escucha con atención. Respira hondo y se deja caer sobre el sillón de la sala. ‘’Eso fue en otra época, en otro tiempo ya. Yo era otra persona. Ahora soy esta que no quiere recordar ni los besos, ni las caricias, ni las noches a tu lado. ¡Nada! ¡No me llames más, por favor!’’ y corta la llamada. De nuevo, respira hondo.
Minutos más tarde se levanta y vuelve a la habitación. Con delicadeza, ocupa de nuevo su lugar en la cama. Abraza al chico y empieza a besarlo en la espalda. El muchacho va reaccionando poco a poco. La besa. La acaricia. Maia se desviste al mismo tiempo que el chico. Se aman sin premuras lo que resta de la madrugada.

Mientras, en esa otra parte de la ciudad que alguna vez compartió con Maia, sentada en la sala de su casa, dice en voz baja ‘’nuestro primer tango’’ y densas lágrimas resbalan sin prisa por su rostro.