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27 abril 2016

La chica de la foto



Se quedaron detenidos por minutos en la entrada, observando. Era uno de esos apartamentos grandes, armónicos y espaciosos de la avenida Santa Fe, con dimensiones tan grandes que pueden albergar tristezas y alegrías sin que estas se mezclen, ni se perturben entre sí.
Era todo muy moderno, muy anticuado, muy de esta época, muy de ninguna. Pero una única cosa predominaba, eso sí: el color. Había cuadros llenos de color en todas las paredes de la sala. Los muebles, que entre sí no guardaban ninguna relación, eran también coloridos. En aquella amalgama nada estaba fuera de lugar; sin embargo, y sólo una única cosa llamaba la atención de los curiosos: una foto en blanco y negro de una chica, en la entrada, de 20x30. La chica estaba sentada de lado y miraba hacia la nada. Sonreía a medias, como si quisiera complacer a quien le pidió que posara. La muchacha no era linda, pero dentro de todo, hacía juego con lo abigarrado del sitio, no desentonaba y eso, al final de cuentas, la hacía linda. Era como si de alguna forma estuviera de acuerdo, dentro de su monocromía, con la explosión de vida del lugar.
Compartieron con sus amigos y con los que no lo eran, hablaron con propios y desconocidos de temas banales, frívolos, desechables. Se hicieron los sociales a más no poder y conversaron con todos. Deambularon por las habitaciones repletas de gente, como si de repente fueran los invitados estrella y el resto una suerte de público. Cada tanto volvían al hall de entrada y veían la foto en blanco y negro. ¿Por qué no había otras fotos en toda la casa?
Deciden separarse e indagar, amparados por el alcohol de más que habían consumido. ‘’Que no nos vean’’, susurraron riendo. Recorrieron con sigilo las habitaciones. Todas guardan el mismo patrón: son amplias, llenas de muebles que no hacen juego, de diferentes estilos, de muchos colores. No había ni un solo cuarto, baño o sala que no tuviera el mismo concepto; hasta que llegaron a una habitación del fondo. Al abrir la puerta, vieron que era más pequeña que el resto de las otras, pero quizás era la más acogedora. Tenía un balcón pequeño que daba a la calle, dos bibliotecas una enfrente de la otra, repletas de libros, carpetas, papeles amarillentos, cartas, en desorden. Había una cama individual con un edredón rosa, muy viejo, gastado no por el uso, sino por el paso del tiempo, una almohada. Un escritorio pequeño, lleno de papeles, cuadernos, libros, justo al lado de la cama. Hay una lámpara de mesa, caída, con el bombillo roto y los pedacitos en desorden alrededor. Todo el mobiliario está apretujado. Era claramente la habitación de alguien joven, que está más interesado en vivir la vida que en pensar en mantener un cierto orden de las cosas. No había cuadros en las paredes y era la única habitación con papel tapiz. Tenía un fuerte olor a humedad.
La pareja nota que hay libros tirados en el piso, por doquier, abiertos unos, cerrados otros; como si alguien, en un ataque de ira, los hubiera tirado al piso sin importarle nada, como si los odiara. Caminan con cuidado y descubren sobre una repisa fotos en blanco y negro de una niña, quizás la misma joven de la entrada. Se quedan un rato viéndolas. No se dan cuenta de la anciana, parada en la puerta del cuarto, que los observa con curiosidad. ‘’Se llama Daniela’’, dice. Los chicos dan un respingo y más asustados que asombrados la miran. Él dice: ‘’Perdone, nosotros no…’’ y ella: ‘’¿Quién? ¿La de aquí?’’ y le enseña a la anciana la foto de la niña. ‘’Tengan cuidado con dejar las cosas tal y como las encontraron. Daniela puede volver en cualquier momento’’. Los muchachos se miran entre sí. La muchacha ríe al tiempo que pregunta: ‘’¿Cómo alguien puede vivir en semejante chiquero?’’. La anciana sonríe, no sin antes responder con dulzura: ‘’Los filósofos son así. Andan tan perdidos en su mundo de ideas que se olvidan de lo práctico, de lo exacto, del orden. Son como los poetas y como toda esa gente que vive en otro mundo, desafiando lo ya establecido’’. El muchacho observa a la anciana. Debe tener unos 80 años. Tiene el cabello muy blanco, casi platinado, la piel como un pergamino, pero sus ojos rebozan vida, como los colores del propio lugar.
La chica, aún más osada que el chico, pregunta: ‘’¿Daniela estudia filosofía?’’. ‘’No se ha graduado aún. Pero en cuanto vuelva lo hará’’, responde la mujer. Los chicos se miran entre sí, ahora más intrigados. ‘’¿Está de viaje, acaso?’’ quiere saber la muchacha. La anciana la observa. Con cuidado y sin tropezar ninguno de los libros del piso, avanza desde la puerta hasta el balcón. ‘’No. A Dani se la llevaron los militares hace algún tiempo atrás. Su padre, sus hermanos y yo esperamos a que regrese, a que ellos nos la devuelvan. Por eso esta habitación debe permanecer así, para que ella la reconozca como suya. Ya sus hermanos no viven aquí. Vienen de vez en vez, pero cuando lo hacen, le quitamos el polvo con cuidado a todo. No quiero que Daniela entre y no encuentre sus cosas tal y como las dejó. Así que por favor tengan cuidado de dejar las cosas como las encontraron’’. Les sonríe de nuevo, y camina lento hasta la entrada.
Como si un velo triste y pesado hubiera caído de repente sobre la habitación, los chicos dejan las fotos en la repisa y con cuidado caminan entre los objetos del piso, apagan la luz y salen, cerrando tras de sí la puerta.
‘’Esta es una historia sin final feliz’’, dice el muchacho. La chica asiente. Sin despedirse de nadie,  se dirigen a la puerta principal del apartamento. Por última vez, observan la foto en blanco y negro de la entrada y salen. Desde la foto, Daniela los sigue con la mirada. Sonríe a medias, como si quisiera complacer a quien le pidió que posara.


18 marzo 2016

Lo que pasó, pasó


Llega cinco minutos antes a la cita. Se sienta en una mesa al fondo del bar. Está nervioso. Tiene las manos entrelazadas con fuerza, los dedos tensos, la mandíbula apretada. Todos los músculos de su cuerpo están en tensión. La vista clavada en la puerta, a espera de que aparezca.
40 minutos han pasado cuando ella abre la puerta del bar y lo divisa sin saberlo entre tanta gente. Él la ve también y la tensión en su cuerpo aumenta. Es igual a como la había imaginado y soñado tantas veces.
La mujer se acerca con paso firme a la mesa y le extiende la mano, enérgica, al tiempo que sonríe. Él se levanta con torpeza, más tenso que nunca. Ello lo nota. ‘’Tranquilo’’, le dice. Aún así, él no puede relajarse.
Una vez sentados, uno enfrente del otro, se observan y no saben qué decir, por dónde empezar la conversación.
‘’Tenía muchas ganas de conocerte’’, empieza al fin el chico. ‘’Me gusta mucho que hayas venido’’,
‘’Imagino que tendrás muchas preguntas y puedes hacerme las que quieras’’, dice ella.
‘’Sí, pero no quiero que esto se convierta en una especie de interrogatorio’’. Intenta en vano de sonreír, para dar paso a una conversación más fluida, para aligerar su tensión, sus nervios.
Ella siente esa urgencia de él de saberlo todo, preguntarlo todo y reclamarle todo o nada. Así que para aliviarlo, pide dos cafés. Lo observa con benevolencia y aguarda a que él empiece a indagar. A fin de cuentas, es su historia, no la de ella.
Él mantiene la vista en la mesa, aunque a veces se fija en la puerta, otras en la ventana, otras en ella. Juega con la servilleta unos instantes, hasta que decide hablar, como el adulto que se supone que es.
‘’Eres de una belleza inimaginable. Tal y como te había soñado. Sé que parecerá raro, pero a veces, soñaba contigo y no te había visto nunca. Tu voz suena como ‘’tu voz’’, tu cabello es del color de ‘’tu cabello’’, tus ojos son como ‘’tus ojos’’. Sé que es tonto. No quiero que me tomes tampoco por loco’’.
‘’No lo haré’’, respondió la mujer y esbozó una sonrisa tranquilizadora, franca, luminosa.
Él continuó, un poco más seguro de sí mismo. ‘’Siempre supe que te encontraría y que serías así tal cual te tengo enfrente… ¿Tú tenías alguna idea de cómo sería yo?’’. Al hacer esta pregunta, se arrepintió de inmediato. No quería parecer ansioso ni tonto y justamente estaba siendo ansioso y tonto. Quiso levantarse, salir corriendo, no oír la respuesta. Tragó grueso.
‘’No tenía ninguna idea de ti. No lo tomes a mal, no es nada personal. Simplemente que no me detuve a imaginarte, a fantasear contigo’’, respondió ella.
El muchacho respiró hondo. Ella se inclinó un poco sobre la mesa y tomó sus heladas manos entre las suyas y repitió con un tono de voz tan seguro como dulce: ‘’No lo tomes a mal’’. Por un largo rato, se miraron a los ojos.
Después de esa pausa eterna, ella prosiguió: ‘’Yo tenía otros planes. Accedí porque Marcos insistió. No por un deseo propio, ni mucho menos. Todo fue por él. Y su plan no salió como él mismo esperaba porque pasó lo del accidente. Adiós a todos sus planes. Si él no hubiera fallecido, tú y yo hubiéramos transitado otra senda del destino’’.
‘’Entiendo’’, atinó a decir el chico.
‘’Siempre supe que esto no era lo mío, no tenía ganas, me sentía incapaz de sacar adelante tamaña empresa. Si Marco hubiera vivido, tal vez yo me hubiera hecho a la idea. O tal vez no. ¿Quién sabe?. Sobre lo que no fue o será se puede especular mil veces y nunca tendremos la certeza de nada…Me llama la atención que me digas que soñabas conmigo’’, dijo la mujer y soltó delicadamente, sin premura, las manos del muchacho.
‘’Sí, lo hacía. Desde hace mucho, de hecho. Así que supe cómo eras exactamente, sin tener que haber visto una foto tuya’’, respondió.
‘’Qué increíble. Me lo cuentas y me es imposible de creer’’, dijo ella, interesada.
‘’Pero es así. ¿Para qué te mentiría?’’ se atajó el chico.
‘’No digo que lo hagas. Solo que me parece muy raro. En fin, son cosas mías’’, concluyó ella.

Los dos hicieron silencio por largos e incómodos minutos. Fue el chico quien logró sobreponerse y reanudar la conversación: ‘’¿Cómo…¿cómo podemos continuar a partir de ahora? ¿Podemos volver a vernos?’’. La mujer lo miró, con algo de lástima y suspiró. ‘’No sé en qué nos mejoraría a ambos el vernos’’. ‘’En mucho’’, contestó él suplicante. ‘’Me haces falta. Eres una parte de mí que necesito tener’’. Ella lo miró, con más lástima aún. ‘’No quiero forzar nada’’, continuó, ‘’pero me parece muy bueno que estés aquí. Eso significa que también sientes lo mismo que yo, en parte’’. ‘’No exageres’’, replicó la mujer. ‘’Vine porque insististe, pero para mí todo esto no tiene sentido, así que no creo que un próximo encuentro sea útil para nosotros. Lo que pasó, pasó…Debo irme’’. Se levantó de la silla, se aproximó al chico y lo abrazó con ternura, como solo las madres, que han estado ausentes desde siempre, saben hacerlo.

25 febrero 2016

La pareja



La pareja aprovecha la penumbra del callejón para besarse y tocarse. El hombre no resiste: ‘’Quiero hacerlo ahora’’, le susurra a la mujer con voz ronca. ‘’En plena calle no, que nos pueden ver’’, explica ella, sin convicción. ‘’Déjame entrarte un poquito, no más’’, le insiste. ‘’Ya dije que no’’, y lo empuja. El hombre bufa: ‘’No me aguanto. Vamos a algún lado’’. La mujer lo mira fijamente, al tiempo que respira entrecortado: ‘’A mi casa, estamos cerca’’. Con la prisa propia de los amantes de paso, casi corren hasta detenerse frente a un viejo edificio. ‘’Aquí vivo. Justo en el tercero, el que tiene la ventana entreabierta’’, dice ella. Él se acerca un poco a la reja para observar. ‘’¡Pero está abandonado!’’. Se da la vuelta para encarar a la mujer y con estupor va viendo cómo esta se va desvaneciendo ante sus ojos, lentamente, con una gélida sonrisa.

05 febrero 2016

La herencia





-  Se refugió entre nosotros durante mucho, mucho tiempo. Te esperó por varios años, pero nunca llegaste. O al menos no en el tiempo que él pensó que te tomaría llegar.

- Supe de su existencia hace poco, en realidad. Mi propio padre me ocultó la verdad de quién era su padre durante muchos años, hasta que me lo contó. Yo no lo podía creer.

- Pues ya ves, llegaste tarde. De tu abuelo sólo quedó esto, su cráneo, que te entrego.

- No sé si lo quiera. Es demasiado peso ya saber quién fue y qué hizo.

- No te corresponde a ti juzgarlo. Llévalo. Es toda tu herencia.


El monje le entregó al muchacho la calavera de su abuelo y lo dejó a solas, en la capilla, a merced de la soledad de sus propios pensamientos.

25 enero 2016

Ebook de ''Cuentos para pasar el rato''



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07 enero 2016

La gran noche



Cuando lee el mensaje en la pantalla de su celular, no puede reprimir la emoción. Se ruboriza y esboza una sonrisa tan amplia que todo lo ilumina. Tan sólo cuatro palabras le regalan a su día una esperanza que creía muerta dentro de sí. ‘’Quiero verte esta noche’’. Lee el mensaje muchas veces antes de responder con un ‘’sí, claro’’ corto, pero contundente.

Su rutina laboral transcurre sin sobresaltos, pero sin la atención que normalmente le dedica. Pareciera estar en un estado de ensoñación. Ya quiere poder abrazarlo, olerlo, sentirlo. Esta noche, durante ese encuentro, pasará finalmente lo que ha estado esperando por años desde que se conocieron: habrá besos, caricias, declaraciones y la decisión impostergable de darle rienda suelta al deseo, el único que ha alimentado su corazón y su cuerpo por tanto tiempo.

Así que cuando llega a su casa, toma un largo baño, para tranquilizarse, parecer lo más natural posible cuando llegue el momento. Se lava el cabello, se enjabona con esmero, de manera de borrar el cansancio del día. El agua recorre despacio su cuerpo, como si fueran los dedos de él, que la irán descubriendo esta noche.

Al terminar, se observa desnuda en el espejo. Sabe que él disfrutará de su cuerpo tanto como ella disfrutará del suyo. Será un entrega sincera, que debió haber pasado hace mucho tiempo atrás, lo sabe, pero a veces las cosas no pasan cuando se quiere, sino cuando se puede. Y ese ‘’se puede’’ es hoy mismo.

Escoge cuidadosamente su ropa interior. Se perfuma delicadamente. Duda sobre qué vestido ponerse, hasta que encuentra el indicado: el mismo que usó para el cumpleaños de él el año pasado. ‘’¡Te ves tan bonita hoy!’’ le dijo cuando la vio llegar esa noche.

Se maquilla sin excesos, se arregla el cabello y se mira por última vez en el espejo antes de salir. Sonríe con la misma sonrisa que de nuevo todo lo ilumina.

Camina despacio las 10 cuadras que separan su casa de la de él. Toca el timbre. El conocido ‘’hola’’ le abre la puerta del hall. El ascensor la lleva lentamente hasta el piso 11. Antes de que se abran las puertas, respira hondo. Está lista. Esta es la gran noche. Su gran noche.

Cuando él abre la puerta de su casa, le sonríe con la misma sonrisa tierna con la que le ha sonreído todos esos años. Ella lo abraza con fuerza, lo besa largamente en la mejilla. Después de unos segundos, apoya su cabeza en su hombro. Con delicadeza, él la separa de sí al tiempo que le dice: ‘’Quiero que conozcas a alguien’’. La chica lo mira sin entender. ‘’Lena ven’’, dice el chico. De la habitación sale una muchacha desconocida para ella que la abraza y que le dice un ‘’estoy encantada de conocerte’’ tan sincero que la deja aún más confundida. ‘’Perdona el exceso de emoción es que he oído hablar tanto de ti que te siento ya tan cercana como él mismo te siente’’, explica, mientras toma la mano del muchacho y lo besa en los labios. El muchacho asiente y agrega: ‘’Quería verte esta noche para que conocieras a la mujer que me había estado quitando el sueño, pero que ahora es ya oficialmente, por decirlo de alguna forma, mi novia’’. Lena ríe. La chica por su parte intenta decir algo coherente, pero le tiemblan las piernas y tiene seca la garganta. Después de incómodos minutos, logra hablar y comportarse como si esa jugarreta del destino no fuera la tragedia personal que es.

Un caos de emociones ha tomado por completo su cabeza. Quiere llorar, gritar, escapar corriendo, abrir el balcón y lanzarse, desaparecer, que nada de eso sea real. Sin embargo, reúne unas pocas fuerzas para permanecer poco tiempo y despedirse con la manida excusa de un dolor de cabeza implacable.

Tanto Lena como el chico lamentan que tenga que irse, pero le prometen verse de nuevo pronto. ¡Hay tanto que quieren contarle! ¡Hay tanto que ella tiene que saber! La chica desciende los 11 pisos tan lentamente como los subió, con los ojos cerrados en un vano intento de frenar las lágrimas.

Camina primero sin rumbo, da vueltas por las calles desoladas, ni siquiera tiene un vicio en el que refugiarse. Dos horas más tarde llega a su casa, de hombros caídos, con el maquillaje corrido y el cabello desordenado. Se sienta en su propia sala y dice: ‘’Esta fue la gran noche. Mi gran noche’’ mientras sus lágrimas oscuras y pesadas todo lo inundan.

02 diciembre 2015

15 años



Cuando la hija avanza por el pasillo lleno de flores que la conducirá hasta donde está él, su padre, para bailar el vals de sus 15 años, se siente nervioso, feliz y a la vez triste. No ha cambiado de opinión sobre lo que pasará esa noche; sin embargo, no deja de sentir esa mezcla de emociones tan desequilibrantes.
La joven luce radiante con su vestido rosa. Por momentos, parece una mujer joven, desenvuelta, astuta, pícara; por otros, parece lo que simplemente es: una adolescente torpe, frívola, egocéntrica. Ninguna de las dos versiones de esa misma persona incomoda o asusta al padre, que la observa emocionado y triste. ‘’Lo siento mucho, mi niña’’, piensa, mientras ella avanza, despacio, sonriente.
Cuando llega el centro del salón, los invitados aplauden. La chica se detiene por minutos, más radiante que nunca, y saluda como una reina. Ve a su madre, que no cabe en sí de la alegría. Ve a su padre, que la espera para el primer baile, con una agonía que nunca antes había visto en él, pero no le presta demasiada atención. Hoy es su gran debut social, así que todo le importa nada.
Su padre se aproxima y hace una reverencia. Después la abraza. La gente aplaude. Comienza la música y ellos dos, en medio del salón bailan acompasados y perfectos. Antes de entregarla a su próxima pareja de baile, la abraza de nuevo al tiempo que le susurra: ‘’Perdóname, hijita, perdóname, aunque hoy sea tu día’’.
El festejo transcurre como toda fiesta de 15 años: perfecto. Hay música, bebidas, comida en abundancia y adolescentes que gritan, ríen, bailan junto con la debutante.
Alrededor de las 4: 00am, empieza a decaer la fiesta. Los invitados se van marchando poco a poco, hasta que al final solo quedan la chica, la madre y el padre. Aunque está cansada, le pide a su padre bailar de nuevo el vals, aunque ya no haya música. Él la complace, a sabiendas de que será el último inocente capricho que le concederá. Cuando terminan la canción improvisada, la madre aplaude y los tres se abrazan: ellas dos con alegría y él también con tristeza.
Se dirigen al auto, los tres cargados de regalos que colocan en la maleta. Una vez dentro y ya con el auto en marcha, el padre dice: ‘’Tengo algo que contarte hija mía’’.
La chica, que está casi dormida en el asiento trasero, murmura un ‘’qué’’ lánguido, producto del cansancio y de la somnolencia.
A medida que avanzan por las desoladas calles de la ciudad, rumbo a su casa, el discurso del hombre va despertando a la joven.
‘’Tu madre, querida hija, casi siempre fue una mujer íntegra. Te ha educado bien, tanto como yo mismo. Me gustó de ella siempre su lado práctico y cómo enmascaraba las cosas, incluso las triviales, para que todo pareciera perfecto. En realidad, para que pareciera perfecto para ti’’.
La madre que mantenía los ojos cerrados y estaba un tanto hundida en su asiento del cansancio, se yergue y abre los ojos: ‘’¿A qué viene todo esto, Hernán? ¿Cómo que siempre fui casi íntegra?’’, pregunta perpleja.
En el asiento trasero, la chica presta atención en silencio. El hombre continúa su monólogo, sin inmutarse. ‘’Si yo hubiera estado en una situación similar, realmente no sé cómo hubiera reaccionado’’. ‘’Qué situación papá?’’ dice, ya totalmente despierta. La madre de nuevo vuelve a preguntar: ‘’¿A qué viene todo esto, Hernán?’’.
‘’Cuando yo tenía 21 años, me enfermé. Estuve algunos días, creo que una semana, en cama, débil. No resultó nada grave al final. Fue por la misma época en que conocí a tu mamá y empezamos a salir. Te juro, hija, que no podía separarme de ella, de tanto que me gustaba estar con ella…’’.
‘’Papá…¿es este un cuento romántico? Me fastidian las historias rosa, papi…’’, dijo la chica con la aspereza propia de sus recién estrenados 15 años.
El relato continuó, a pesar de la interrupción. ‘’A los dos años exactos de conocernos, le propuse matrimonio y a los dos años de estar casados, naciste tú. Toda mi vida debió haber girado en torno a ti, lo sé, pero nunca fue posible, hijita, nunca, porque…’’.
‘’Hernán, ¿qué te pasa? ¿Qué clase de historia sin sentido es esta?’’, preguntó la madre, visiblemente intrigada.
‘’¿Porque qué, papá? ¿A qué estás jugando?’’, preguntó a su vez la hija.
‘’Porque no eres mía. Nunca pudiste serlo. Aquella enfermedad que mantuvo en cama, cuando era joven, me dejó estéril. Era una consecuencia lógica. Y a mis 21 años, poco me importaba, es más, me daba inmunidad para acostarme con cualquier mujer sin consecuencias, ni riesgos. Así que cuando tu mamá me dijo que estaba embarazada, la acompañé en su teatro, fingí alegría. Quería ver hasta dónde llegaría con esto. Pero no la acompañé en su triunfo, porque el triunfo de decirle en su cara hoy, día de tus 15 años, que nunca fui el tonto que ella siempre creyó que yo era, lo guardé para hoy. Por eso te reitero, hija, que nunca fue posible amarte del todo y la verdad es que no tengo ningún remordimiento por ello’’.
La madre llora, con la cabeza hundida entre las manos: ‘’¡Siempre lo supiste!’’, le grita con odio al padre. La hija, por su lado, no entiende completamente la historia. Tal vez es un mal chiste, un mal sueño, un ‘’algo’’ que no está pasando y mucho menos tiene que ver con ella.

Al llegar a la casa, el padre abre la puerta despacio, entre el llanto de la madre y el silencio de la hija. ‘’Les pido que recojan sus cosas, se vayan de aquí y me dejen solo. Este teatro llegó a su fin’’.