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11 junio 2016

El hombre en la azotea

                                                             Para Antonio José Loprestty.
                                                                                     In memoriam


El helicóptero sobrevuela la zona del desastre. El río, en su crecida arrasó con todo a su paso: casas, escuelas, la iglesia, la plaza y los hoteles del malecón. Todo sucumbió a la fiereza del río.
El piloto y el copiloto prestan mucha atención durante su recorrido, puesto que todavía hay personas en las azoteas de los edificios, de las casas, que esperan ser rescatadas. No deberían sobrevolar la zona de Playa Grande, porque fue prácticamente arrasada y no hay sobrevivientes, pero ambos confían en su instinto, así que se dejan llevar.
Los dos chicos de Defensa Civil que viajan también en el helicóptero, no dejan de estar atónitos ante el tamaño de la tragedia que causó la madre naturaleza. No han dormido bien en días, pero están en estado de alerta perenne, como perros de caza, porque están seguros de que hay más personas perdidas, desplazadas, desorientadas y sobre todo, desesperadas.
‘’Damos una última vuelta. Atentos todos’’ dice el piloto, a modo de orden. Playa Grande es zona de casas de dos pisos, pero no altas. La mayoría quedó destrozada o sepultada bajo el lodo y los escombros que formó y arrastró el río. Es la zona donde más decesos se registraron y siguen registrando.
Divisan, sin dar crédito a sus ojos, lo que parece ser una persona en la azotea de una casa azul claro. Se van acercando lo más que pueden y constatan que es un hombre, en piyamas. Y al estar más cerca, se dan cuenta de que es un anciano, de unos 75 u 80 años.
El anciano contrasta en medio de aquel panorama de desolación. Es blanco, muy blanco, lleva un piyama largo color crema y sólo una sandalia en el pie izquierdo. En el helicóptero todos se miran entre sí. ¿Habían pasado por ahí antes? ¿Dónde había estado este anciano que recién ahora aparece? La duda de si habían sobrevolado antes ese grupo de casas destrozadas, se instala como el quinto pasajero del helicóptero.
Pero ¿acaso eso importa? Su labor es rescatarlo. Después aclararán sus dudas, si el tiempo lo permite. Así que poco a poco se van acercando. Uno de los chicos se ata una soga, para poder bajar, mientras es sujetado por su compañero, y subir al anciano a la cabina. No pueden aterrizar, pero sí pueden acercarse lo suficiente como para maniobrar y rescatar al hombre.
A medida que se van acercando, el chico con la soga empieza a gritar: ‘’¡Don! ¡Acérquese que lo subimos y lo sacamos de ahí!’’. El anciano le responde, gritando más fuerte que el propio rescatista: ‘’¿Qué dijiste?’’, pero como se tapa a medias la boca con la mano, el chico no logra entenderle y empieza a hacerle señas para que se aproxime.
El anciano los saluda, sin quitarse la mano de la boca. Les hace también señas pero de que se alejen. El chico le grita de nuevo: ‘’¡Venga, don, venga!’’, pero el hombre repite los ademanes y en vez de acercarse se aleja.
El piloto ni el copiloto pueden creer lo que ven. Pero a pesar de la aparente negativa del hombre en la azotea, se acercan aún más, por última vez. ‘’Debe estar insolado, el pobre’’ dice el copiloto. ‘’El desastre no lo deja pensar’’, añade.
El chico colgado de la soga intenta gritarle una vez más, pero se ve interrumpido por el hombre que le dice: ‘’¡Vayan a buscar a otra gente. Yo no me voy de aquí. No así!’’. El muchacho lo mira sin entender bien qué trata de hacer. ‘’¡Suba ya, don! ¡Deje la pendejada!’’. Pero el anciano insiste con sus ademanes para que se vayan.
‘’¡Suéltame, Andrés!’’, le ordena a su compañero. Contrario a lo que debería hacer, Andrés obedece y lo suelta con cuidado, hasta que llegue a la azotea. ‘’¡No podemos quedarnos mucho más tiempo!’’, advierte el piloto.
El joven se acerca al anciano y le habla, con tono fuerte: ‘’Se viene ya, don, ¿me entendió?’’ y se va aproximando. El hombre va retrocediendo, poco a poco. ‘’No voy, no puedo ir con ustedes así’’ le responde, sin quitarse jamás la mano de la boca. ‘’¿Así cómo, abuelo?’’, pregunta perplejo el chico. ‘’¡Váyanse! ¡Hay otros que los necesitan. Yo estoy bien aquí. Así no voy!’’, responde el anciano. ‘’¿Pero no entiende que no lo podemos dejar así, aquí?’’ insiste el muchacho. ‘’¡Váyanse de una vez!’’. En un último intento, el chico se acerca rápidamente y lo agarra fuerte de un brazo, al tiempo que le dice: ‘’¡Abuelo, usted se viene conmigo, carajo!’’ y justo es en ese forcejeo que el viejo deja descubierta su boca desdentada. ‘’¿Vio lo que me hizo hacer? No puedo ir con ustedes así, sin dientes. ¡Abajo tengo mis dientes! ¡Al menos déjeme ir por ellos!’’. El chico no tuvo otra que soltar al hombre y a la vez soltar también una gran carcajada. ‘’Venga conmigo, don, así sin dientes. Le conseguiremos unos en el hospital’’ dice, riendo. ‘’Bueno, pero que conste que se lo dije. Me monto en ese aparato, pero no diga nada, hágame el favor’’. El joven lo toma con dulzura de la mano. ‘’¡Véngase, no más. Yo le guardo su secreto, abuelo’’. Y finalmente el hombre de la azotea subió al helicóptero, sin proferir ninguna palabra, porque siempre llevó la boca tapada con la mano.


23 mayo 2016

La investigación


La mujer abre delicadamente la puerta de la vieja oficina. Lleva un pañuelo azul claro en la cabeza y unos lentes de sol grandes que ocultan su rostro, imposibles en el día nublado que escogió para presentarse.
Duluc la observa. La detalla. Tiene el mismo porte que todas las demás mujeres que entran sigilosas en su oficina. No hay nada de extraordinario en ella. Nada que lo haga conmover.
La oficina está casi en penumbras. Los viejos muebles le dan un aspecto entre tétrico y triste, como si el tiempo se hubiera detenido incierto, sin saber qué hacer, sin avanzar, ni retroceder. Hay una bruma espesa, producto de las innumerables cajetillas de cigarrillos que Duluc consume al día.
‘’Señor Duluc’’ susurra la mujer. El anciano le indica con la cabeza que tome asiento en la salita, al tiempo que vuelve a hundirse entre las carpetas y los papeles que pueblan su escritorio. Pero la mujer permanece de pie. Y del susurro pasa a una voz fuerte, dura. ‘’No pienso sentarme en ninguno de estos sillones de asco’’. La declaración toma a Duluc por sorpresa. ‘’Entonces no se siente, pero va a tener que esperar igual’’, le responde ásperamente. Ella se encoge de hombros. Así que permanece de pie, erguida, con la cartera entre las manos y cada tanto, levanta un pie, sin despegar el talón del piso, y golpea el suelo. El hombre la mira por encima de sus propios lentes e intenta ignorarla, pero cuando escucha el ruido por cuarta vez, deja lo que estaba haciendo, se levanta y la encara: ‘’¡Deje el ruido!’’. ‘’¿Va a atenderme? Fui puntual. Espero lo mismo de usted, señor Duluc’’.
Secretamente impresionado por la determinación de la mujer, Duluc se acomoda los lentes para disimular su repentina admiración. Hacía años que una clienta no lo trataba con tanta fiereza. Siempre le gustaron las mujeres de carácter, aquellas que pasaban por encima de su malhumor, de sus malos modales, de su desdén y lo trataban como si él fuera un alguien totalmente dominable y hasta prescindible.
‘’Pase, entonces, así deja de comportarse como una niña malcriada’’. ‘’Pago sus honorarios, así que tengo derecho a comportarme como me dé la gana, señor Duluc’’ le espeta, con voz aún más dura.
Duluc toma las solapas de su saco y respira hondo. La detalla de arriba abajo. ‘’Pase. Puede sentarse ahí, si no le da a-s-c-o o puede quedarse de pie, como prefiera. Tenga en cuenta que tengo mucho que decirle sobre su caso’’. La mujer entra al despacho. De su cartera saca un pañuelo, lo desdobla y lo coloca sobre el asiento. ‘’Todo en esta oficina es un soberano a-s-c-o’’ dice, remedando al viejo.
El hombre ignora el comentario. De la gaveta saca una carpeta abultada que contiene fotos, informes con fechas, escritos varios detallando actividades de las dos personas que le interesan a la mujer en cuestión. Duluc comienza con su discurso de la única forma que sus modales de hombre rico venido a menos le permiten: ‘’Su marido, señora, no le es infiel; sino infielísimo’’ dice y suelta una risita irónica. Ella permanece imperturbable. El anciano continúa: ‘’Durante las tres semanas que nos pidió que lo siguiéramos, para corroborar su teoría de que su hombre tenía un affair, constatamos que se encuentra con regularidad, digamos unas dos o veces por semana, a la hora del almuerzo a veces y otras en la tarde, alrededor de las 4:00p.m con una dama, y cuando digo ‘’dama’’ señora, me refiero a una mujer tal vez contemporánea con usted, pero con una clase indiscutible’’. Duluc escogió sus palabras con esmero para causar un efecto parecido a la hecatombe en su clienta, pero no lo logró. Ella permaneció inalterable.
El hombre carraspeó, antes de continuar. Quería que cualquier cosa que hiciera o dijera, alterara a la mujer, pero no lo lograba. Ni siquiera cuando le detalló los encuentros de su marido con su amante, ni cuando le contó las veces que los siguieron hasta la entrada del hotel de paso en el que se veían, ni los cafés que frecuentaban, ni los besos en plena calle, amparados por la multitud; nunca logró hacer que la mujer cambiara el ritmo de su respiración, reaccionara, se incomodara. Nada.
Cuando el detective terminó su discurso, la mujer se quitó los lentes por primera vez en toda la tarde y clavó su oscura mirada en el hombre. ‘’Todo eso lo sabía ya, señor Duluc’’ dijo. ‘’No necesitaba la confirmación de que mi marido tiene una amante, como usted acaba de decir. Eso no fue lo que le pedí que investigara ni para eso le pagué. Yo quiero saber quién es ella, dónde trabaja, qué hace cuando está sola, qué restaurantes frecuenta, sin mi marido, claro´´ y esbozó una sonrisa irónica. ‘’Para eso le pagué. Quiero su nombre, número de documento, dirección, todo. Pero no se asuste. Ya debe haberse dado cuenta de que no soy el tipo de mujer que sale corriendo a vengarse de la otra con una cuchillo en la mano, no no no. Eso es para las débiles’’.
Duluc, sorprendido, se levantó del asiento. ‘’¿Pero señora y entonces qué pretende? ¿No quería usted constatar, como todas las mujeres que sospechan que su marido le es infiel, que sí lo es? ¿A qué está jugando? Le agradezco que…’’. La mujer lo interrumpió: ‘’Sé muy bien lo que hace mi marido y desde hace cuánto tiene aventuras amorosas. No necesité de sus servicios para esto, caballero. Yo quiero que recabe los datos que le exigí desde un primer momento y a la brevedad’’.
El hombre la miró fijamente, sin entender. ‘’Pero dígame: ¿qué pretende?’’, le preguntó impaciente. ‘’Entretenerme. ¿Le sorprende? Esta ‘’dama de clase indiscutible’’ como señaló hace un rato usted mismo, no es como las otras. Es muy diferente. Tiene algo que ha hecho que mi marido sea un mejor marido. Digamos que lo ha convertido en un hombre dócil, dulce y hasta interesante. Rasgos que nunca tuvo’’, respondió, sin el tono áspero de voz que había empleado durante toda la reunión. ‘’Yo quiero saber qué tiene esa mujer para haber hecho de mi marido un tipo diferente, digno incluso de mi curiosidad. Él no va a terminar conmigo por ella, lo sé. Y si lo hiciera, le aseguro que me estaría haciendo un gran favor, para acabar con el tedio que es lo único que siempre nos unió. Investigue Duluc. Quiero detalles’’.
El anciano respiró hondo y volvió a sentarse. Mientras mascullaba, iba rompiendo los informes, las fotos, delante de la mujer. ‘’Le digo que nunca…’’, comenzó a decir, pero ella lo atajó: ‘’Nunca diga nunca. Investigue. Quiero llegar al corazón de todo este asunto. Precisamente eso, Duluc: al corazón’’. Se colocó los lentes de sol. Se levantó del asiento y tomó el pañuelo, no sin antes arrugarlo y arrojarlo en la papelera. Dio medio vuelta y salió del despacho, despacio. Abrió la puerta de la oficina y salió.

El anciano bufó. ‘’Hay cada loca en este mundo’’, dijo en voz alta, pero secretamente estaba complacido de trabajar para esta mujer, que buscaba otra cosa, respuestas a verdaderas interrogantes, que van mucho más allá de los hechos. Ese era el tipo de trabajo que le apasionaba: investigar las verdaderas razones que oculta la mente detrás del corazón.

27 abril 2016

La chica de la foto



Se quedaron detenidos por minutos en la entrada, observando. Era uno de esos apartamentos grandes, armónicos y espaciosos de la avenida Santa Fe, con dimensiones tan grandes que pueden albergar tristezas y alegrías sin que estas se mezclen, ni se perturben entre sí.
Era todo muy moderno, muy anticuado, muy de esta época, muy de ninguna. Pero una única cosa predominaba, eso sí: el color. Había cuadros llenos de color en todas las paredes de la sala. Los muebles, que entre sí no guardaban ninguna relación, eran también coloridos. En aquella amalgama nada estaba fuera de lugar; sin embargo, y sólo una única cosa llamaba la atención de los curiosos: una foto en blanco y negro de una chica, en la entrada, de 20x30. La chica estaba sentada de lado y miraba hacia la nada. Sonreía a medias, como si quisiera complacer a quien le pidió que posara. La muchacha no era linda, pero dentro de todo, hacía juego con lo abigarrado del sitio, no desentonaba y eso, al final de cuentas, la hacía linda. Era como si de alguna forma estuviera de acuerdo, dentro de su monocromía, con la explosión de vida del lugar.
Compartieron con sus amigos y con los que no lo eran, hablaron con propios y desconocidos de temas banales, frívolos, desechables. Se hicieron los sociales a más no poder y conversaron con todos. Deambularon por las habitaciones repletas de gente, como si de repente fueran los invitados estrella y el resto una suerte de público. Cada tanto volvían al hall de entrada y veían la foto en blanco y negro. ¿Por qué no había otras fotos en toda la casa?
Deciden separarse e indagar, amparados por el alcohol de más que habían consumido. ‘’Que no nos vean’’, susurraron riendo. Recorrieron con sigilo las habitaciones. Todas guardan el mismo patrón: son amplias, llenas de muebles que no hacen juego, de diferentes estilos, de muchos colores. No había ni un solo cuarto, baño o sala que no tuviera el mismo concepto; hasta que llegaron a una habitación del fondo. Al abrir la puerta, vieron que era más pequeña que el resto de las otras, pero quizás era la más acogedora. Tenía un balcón pequeño que daba a la calle, dos bibliotecas una enfrente de la otra, repletas de libros, carpetas, papeles amarillentos, cartas, en desorden. Había una cama individual con un edredón rosa, muy viejo, gastado no por el uso, sino por el paso del tiempo, una almohada. Un escritorio pequeño, lleno de papeles, cuadernos, libros, justo al lado de la cama. Hay una lámpara de mesa, caída, con el bombillo roto y los pedacitos en desorden alrededor. Todo el mobiliario está apretujado. Era claramente la habitación de alguien joven, que está más interesado en vivir la vida que en pensar en mantener un cierto orden de las cosas. No había cuadros en las paredes y era la única habitación con papel tapiz. Tenía un fuerte olor a humedad.
La pareja nota que hay libros tirados en el piso, por doquier, abiertos unos, cerrados otros; como si alguien, en un ataque de ira, los hubiera tirado al piso sin importarle nada, como si los odiara. Caminan con cuidado y descubren sobre una repisa fotos en blanco y negro de una niña, quizás la misma joven de la entrada. Se quedan un rato viéndolas. No se dan cuenta de la anciana, parada en la puerta del cuarto, que los observa con curiosidad. ‘’Se llama Daniela’’, dice. Los chicos dan un respingo y más asustados que asombrados la miran. Él dice: ‘’Perdone, nosotros no…’’ y ella: ‘’¿Quién? ¿La de aquí?’’ y le enseña a la anciana la foto de la niña. ‘’Tengan cuidado con dejar las cosas tal y como las encontraron. Daniela puede volver en cualquier momento’’. Los muchachos se miran entre sí. La muchacha ríe al tiempo que pregunta: ‘’¿Cómo alguien puede vivir en semejante chiquero?’’. La anciana sonríe, no sin antes responder con dulzura: ‘’Los filósofos son así. Andan tan perdidos en su mundo de ideas que se olvidan de lo práctico, de lo exacto, del orden. Son como los poetas y como toda esa gente que vive en otro mundo, desafiando lo ya establecido’’. El muchacho observa a la anciana. Debe tener unos 80 años. Tiene el cabello muy blanco, casi platinado, la piel como un pergamino, pero sus ojos rebozan vida, como los colores del propio lugar.
La chica, aún más osada que el chico, pregunta: ‘’¿Daniela estudia filosofía?’’. ‘’No se ha graduado aún. Pero en cuanto vuelva lo hará’’, responde la mujer. Los chicos se miran entre sí, ahora más intrigados. ‘’¿Está de viaje, acaso?’’ quiere saber la muchacha. La anciana la observa. Con cuidado y sin tropezar ninguno de los libros del piso, avanza desde la puerta hasta el balcón. ‘’No. A Dani se la llevaron los militares hace algún tiempo atrás. Su padre, sus hermanos y yo esperamos a que regrese, a que ellos nos la devuelvan. Por eso esta habitación debe permanecer así, para que ella la reconozca como suya. Ya sus hermanos no viven aquí. Vienen de vez en vez, pero cuando lo hacen, le quitamos el polvo con cuidado a todo. No quiero que Daniela entre y no encuentre sus cosas tal y como las dejó. Así que por favor tengan cuidado de dejar las cosas como las encontraron’’. Les sonríe de nuevo, y camina lento hasta la entrada.
Como si un velo triste y pesado hubiera caído de repente sobre la habitación, los chicos dejan las fotos en la repisa y con cuidado caminan entre los objetos del piso, apagan la luz y salen, cerrando tras de sí la puerta.
‘’Esta es una historia sin final feliz’’, dice el muchacho. La chica asiente. Sin despedirse de nadie,  se dirigen a la puerta principal del apartamento. Por última vez, observan la foto en blanco y negro de la entrada y salen. Desde la foto, Daniela los sigue con la mirada. Sonríe a medias, como si quisiera complacer a quien le pidió que posara.


18 marzo 2016

Lo que pasó, pasó


Llega cinco minutos antes a la cita. Se sienta en una mesa al fondo del bar. Está nervioso. Tiene las manos entrelazadas con fuerza, los dedos tensos, la mandíbula apretada. Todos los músculos de su cuerpo están en tensión. La vista clavada en la puerta, a espera de que aparezca.
40 minutos han pasado cuando ella abre la puerta del bar y lo divisa sin saberlo entre tanta gente. Él la ve también y la tensión en su cuerpo aumenta. Es igual a como la había imaginado y soñado tantas veces.
La mujer se acerca con paso firme a la mesa y le extiende la mano, enérgica, al tiempo que sonríe. Él se levanta con torpeza, más tenso que nunca. Ello lo nota. ‘’Tranquilo’’, le dice. Aún así, él no puede relajarse.
Una vez sentados, uno enfrente del otro, se observan y no saben qué decir, por dónde empezar la conversación.
‘’Tenía muchas ganas de conocerte’’, empieza al fin el chico. ‘’Me gusta mucho que hayas venido’’,
‘’Imagino que tendrás muchas preguntas y puedes hacerme las que quieras’’, dice ella.
‘’Sí, pero no quiero que esto se convierta en una especie de interrogatorio’’. Intenta en vano de sonreír, para dar paso a una conversación más fluida, para aligerar su tensión, sus nervios.
Ella siente esa urgencia de él de saberlo todo, preguntarlo todo y reclamarle todo o nada. Así que para aliviarlo, pide dos cafés. Lo observa con benevolencia y aguarda a que él empiece a indagar. A fin de cuentas, es su historia, no la de ella.
Él mantiene la vista en la mesa, aunque a veces se fija en la puerta, otras en la ventana, otras en ella. Juega con la servilleta unos instantes, hasta que decide hablar, como el adulto que se supone que es.
‘’Eres de una belleza inimaginable. Tal y como te había soñado. Sé que parecerá raro, pero a veces, soñaba contigo y no te había visto nunca. Tu voz suena como ‘’tu voz’’, tu cabello es del color de ‘’tu cabello’’, tus ojos son como ‘’tus ojos’’. Sé que es tonto. No quiero que me tomes tampoco por loco’’.
‘’No lo haré’’, respondió la mujer y esbozó una sonrisa tranquilizadora, franca, luminosa.
Él continuó, un poco más seguro de sí mismo. ‘’Siempre supe que te encontraría y que serías así tal cual te tengo enfrente… ¿Tú tenías alguna idea de cómo sería yo?’’. Al hacer esta pregunta, se arrepintió de inmediato. No quería parecer ansioso ni tonto y justamente estaba siendo ansioso y tonto. Quiso levantarse, salir corriendo, no oír la respuesta. Tragó grueso.
‘’No tenía ninguna idea de ti. No lo tomes a mal, no es nada personal. Simplemente que no me detuve a imaginarte, a fantasear contigo’’, respondió ella.
El muchacho respiró hondo. Ella se inclinó un poco sobre la mesa y tomó sus heladas manos entre las suyas y repitió con un tono de voz tan seguro como dulce: ‘’No lo tomes a mal’’. Por un largo rato, se miraron a los ojos.
Después de esa pausa eterna, ella prosiguió: ‘’Yo tenía otros planes. Accedí porque Marcos insistió. No por un deseo propio, ni mucho menos. Todo fue por él. Y su plan no salió como él mismo esperaba porque pasó lo del accidente. Adiós a todos sus planes. Si él no hubiera fallecido, tú y yo hubiéramos transitado otra senda del destino’’.
‘’Entiendo’’, atinó a decir el chico.
‘’Siempre supe que esto no era lo mío, no tenía ganas, me sentía incapaz de sacar adelante tamaña empresa. Si Marco hubiera vivido, tal vez yo me hubiera hecho a la idea. O tal vez no. ¿Quién sabe?. Sobre lo que no fue o será se puede especular mil veces y nunca tendremos la certeza de nada…Me llama la atención que me digas que soñabas conmigo’’, dijo la mujer y soltó delicadamente, sin premura, las manos del muchacho.
‘’Sí, lo hacía. Desde hace mucho, de hecho. Así que supe cómo eras exactamente, sin tener que haber visto una foto tuya’’, respondió.
‘’Qué increíble. Me lo cuentas y me es imposible de creer’’, dijo ella, interesada.
‘’Pero es así. ¿Para qué te mentiría?’’ se atajó el chico.
‘’No digo que lo hagas. Solo que me parece muy raro. En fin, son cosas mías’’, concluyó ella.

Los dos hicieron silencio por largos e incómodos minutos. Fue el chico quien logró sobreponerse y reanudar la conversación: ‘’¿Cómo…¿cómo podemos continuar a partir de ahora? ¿Podemos volver a vernos?’’. La mujer lo miró, con algo de lástima y suspiró. ‘’No sé en qué nos mejoraría a ambos el vernos’’. ‘’En mucho’’, contestó él suplicante. ‘’Me haces falta. Eres una parte de mí que necesito tener’’. Ella lo miró, con más lástima aún. ‘’No quiero forzar nada’’, continuó, ‘’pero me parece muy bueno que estés aquí. Eso significa que también sientes lo mismo que yo, en parte’’. ‘’No exageres’’, replicó la mujer. ‘’Vine porque insististe, pero para mí todo esto no tiene sentido, así que no creo que un próximo encuentro sea útil para nosotros. Lo que pasó, pasó…Debo irme’’. Se levantó de la silla, se aproximó al chico y lo abrazó con ternura, como solo las madres, que han estado ausentes desde siempre, saben hacerlo.

25 febrero 2016

La pareja



La pareja aprovecha la penumbra del callejón para besarse y tocarse. El hombre no resiste: ‘’Quiero hacerlo ahora’’, le susurra a la mujer con voz ronca. ‘’En plena calle no, que nos pueden ver’’, explica ella, sin convicción. ‘’Déjame entrarte un poquito, no más’’, le insiste. ‘’Ya dije que no’’, y lo empuja. El hombre bufa: ‘’No me aguanto. Vamos a algún lado’’. La mujer lo mira fijamente, al tiempo que respira entrecortado: ‘’A mi casa, estamos cerca’’. Con la prisa propia de los amantes de paso, casi corren hasta detenerse frente a un viejo edificio. ‘’Aquí vivo. Justo en el tercero, el que tiene la ventana entreabierta’’, dice ella. Él se acerca un poco a la reja para observar. ‘’¡Pero está abandonado!’’. Se da la vuelta para encarar a la mujer y con estupor va viendo cómo esta se va desvaneciendo ante sus ojos, lentamente, con una gélida sonrisa.

05 febrero 2016

La herencia





-  Se refugió entre nosotros durante mucho, mucho tiempo. Te esperó por varios años, pero nunca llegaste. O al menos no en el tiempo que él pensó que te tomaría llegar.

- Supe de su existencia hace poco, en realidad. Mi propio padre me ocultó la verdad de quién era su padre durante muchos años, hasta que me lo contó. Yo no lo podía creer.

- Pues ya ves, llegaste tarde. De tu abuelo sólo quedó esto, su cráneo, que te entrego.

- No sé si lo quiera. Es demasiado peso ya saber quién fue y qué hizo.

- No te corresponde a ti juzgarlo. Llévalo. Es toda tu herencia.


El monje le entregó al muchacho la calavera de su abuelo y lo dejó a solas, en la capilla, a merced de la soledad de sus propios pensamientos.

25 enero 2016

Ebook de ''Cuentos para pasar el rato''



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