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11 abril 2014

Cumpleaños feliz




Yo hice mi triunfal aparición, en mi propia fiesta de cumpleaños, cuando supe que todos estaban en la casa de la anfitriona de tan magna noche. Digo ‘’triunfal’’ pero debería decir ‘’aparatosa’’, en realidad. Subí las diminutas escaleras, cuya luz mortecina siempre me deprimió un poco, me tropecé con la alfombra de ‘’Welcome’’ y fui a parar al piso. Todo esto en cuestión de segundos. Para rematar, y en vista de que nadie reaccionaba y venía a levantarme, me agarré de la pata de la mesa donde estaba el ponche y el sagrado resto de las bebidas. Aquella mesa enclenque se tambaleó y oí el tintineo de las botellas y mis amigos que gritaban: ‘’¡El ponche! ¡El vino! ¡Las birras!’’ mientras yo seguía en el piso, impresionada y adolorida.
Cuando por fin me levanté, sola y obviamente avergonzada, los fulminé a todos con la mirada, al tiempo que los increpaba: ‘’¿Qué les importa más: la bebida o yo, soquetes?’’. Todos empezaron a reír y respondieron al unísono, como si lo hubieran ensayado: ‘’¡La biiiiirrraaaaa!’’. No tuve más remedio que reír porque creo que si yo hubiera estado del lado de ellos, como espectadora de tan ‘’triunfal’’ llegada, también hubiera escogido salvar la birra, el ponche, el vino, por sobre el caído. Y es que así somos los borrachos.
‘’¡Feliz cumple!’’, ‘’¡Qué cumplas muchos más, sin caerte!’’, ‘’¡Mantente en pie y feliz cumple!’’. Las felicitaciones giraron en torno a la caída y a cómo puse en riesgo la mesa de bebidas, también.
Esa noche recibí muchos regalos. Cosa que siempre he adorado de los cumpleaños e incluso tuve dos tortas: una de fresas con crema y otra, que era una auténtica bomba de dulce de leche y chocolate. Ambas fueron la gloria de la noche.
Bailamos, mal como siempre, ya que todos mis amigos tenían lo que yo denominaba ‘’caderas de cemento’’. Hicimos el trencito y el ridículo, que es lo mejor que nos salió siempre. Tuvimos un cotillón improvisado con lo que encontramos en la casa y papelillo hecho con papel sanitario que algunos pintaron con marcadores de colores.
Repetimos la rutina mil veces: reímos, bailamos, cantamos, comimos, bebimos, bebimos, bebimos y volvimos a beber, comimos, cantamos, bebimos y reímos.
A medida que avanzaba ya la madrugada del día posterior a mi cumple, mis amigos se fueron despidiendo. Los escolté uno a uno a la entrada, no sin antes verificar bien donde ponía el pie, para no hacer más papelones.
Cerca de las 6:00am, solo quedaban algunos sobrevivientes, un tanto adormilados por los excesos del alcohol. Yo, que siempre he tenido mucho aguante, mucho más que todos mis amigos juntos, no tenía ni sueño, ni cansancio y mucho menos tenía trazas de la cantidad insolente de ponche y cerveza que había consumido (obvié el vino, para no hacer trabajar extra a mi hígado con tanta mezcla pecaminosa). Me dispuse entonces a recoger el desastre de la fiesta. La anfitriona y dueña de casa, ya se había ido a dormir, sin remordimiento alguno. Así que quedé a cargo de ordenar y limpiar, tareas que nunca se me dieron bien.
De la nada, salió Javi, quizás el último sobreviviente sobrio también de la noche. Me ayudó a recoger el estropicio, pasar la escoba, lavar los platos, los vasos. Cuando vimos que todo estaba más o menos presentable, pusimos algo de música. Después de que sonara un par de melodías, Javi escogió una canción eterna de Ben Webster y me dio un abrazo tierno y a la vez sobrehumano. Empezamos a bailar, sin saber cómo, puesto que ninguno de los dos había bailado jazz en su vida, así que dimos una suerte de vueltas lentas en el medio de la sala. El saxo de Webster se mezclaba con los ronquidos de los poquísimos sobrevivientes en la sala, lo que hacía que nos riéramos como niños que se burlan de alguna travesura.
Javi mantuvo apoyado su mentón en mi hombro, como si estuviera descansando de una larga batalla. Yo iba contando sin premura sus rizos castaños entre mis dedos. Cuando incorporó la cabeza, sentí su aliento de menta en mi cuello y fui contando los besos que antecedieron al encuentro de nuestros labios, nuestras lenguas, nuestros dientes.
Yo cerré los ojos. Sé que también él tenía los suyos cerrados. Respirábamos acompasados, sin tener conciencia de que lo hacíamos. Cuando nos separamos, dijo: ‘’Feliz cumple, aunque haya sido ayer’’. Yo sonreí, lo abracé de nuevo y lo acompañé a la puerta. En cada escalón de la entrada, nos besamos de forma distinta. Por tanto, recibí nueve exactos besos diferentes, como regalos extra de cumple. Ya en la puerta, nos despedimos como los viejos amigos que éramos desde niños. Yo lo vi perderse en la mañana, un poco encogido por el frío y con sus rizos castaños al viento.

Ese sigue siendo, sin lugar a dudas, el mejor cumpleaños de mi vida.

30 marzo 2014

Algo de cobarde, algo de suicida




’Es mejor romperse el corazón que no hacer nada con él’’. Una vez discutí esta frase con un amigo. Él, más reservado, inglés, me dijo que prefería una frase de Nietzsche que había puesto yo en un correo: ``Es mejor dejar pasar las cosas y dejar que el tiempo resuelva las dudas’’. Me reí, le dije que era un cobarde, él me dijo suicida. Ahora lo entiendo, sin embargo. Debí haber pensado más en lo que me dijo, en la frase también, suelo no reflexionar mucho sobre algunas cosas...capaz y si lo hago no darían resultado, no me traerían nada bueno, pero tal vez me ahorrarían el llanto... 

06 marzo 2014

Nunca fue


Para Ale.

"Ves cosas y dices, ¿por qué? pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, ¿por qué no?."
George Bernard Shaw.

Está por terminar de cantar la antepenúltima canción cuando, entre la bruma del humo de mentira del escenario y la de los cigarrillos de los asistentes, cree ver a Paula parada, al fondo del bar. Siente un nudo en el estómago: ``¡Así que después de un año reaparece esta hija de puta!``, piensa y de su rabia pierde por momentos la concentración y el ritmo.  Su primo el bajista lo mira con disimulo. Iván se seca el sudor de la frente y trata con esfuerzo de recomponerse y  continuar, como si Paula no estuviera ahí, mirándolo, desde el fondo del bar.
Termina la canción con dificultad y le anuncia al público que solo resta una más antes de terminar el show. Sus amigos, de pie, cerca del escenario, empiezan a pedirle el tema favorito, el que les gusta a ellos, el que tal vez les gusta a todos. Saltan, gritan abrazados, como si estuvieran en un concierto multitudinario y no en el mismo bar de siempre, adonde asisten todos los veranos a verlo. Corean frenéticos, y buscan apoyo entre la audiencia que desconoce el repertorio. ``¡The Wolf! ¡The Wolf!`` gritan con más ahínco al tiempo que agitan brazos y piernas. ``¡Cántate The Wolf, Iván!``. El chico ríe con unas ganas forzadas, sin perder de vista a Paula, que se ha ido acercando al escenario despacio, abriéndose paso entre la aglomeración de gente.
``Bueno, ¡calma! Cantaremos, para cerrar, el tema pedido. ¡Para ustedes va The Wolf!``, dice y empiezan a tocar. El público corea alguna que otra estrofa y delira. El porro, la cerveza y el humor alegre de la noche, crean un ambiente idóneo para seguir la fiesta y continuarla hasta que los jóvenes cuerpos aguanten.
El muchacho, sin embargo, canta sin estar del todo allí, en el escenario. Se siente inquieto, además de sentir que la rabia lo va absorbiendo a cada paso que Paula da, de cara al escenario. Ella sigue, por su parte, avanzando y observando, uno a uno, a los cuatro integrantes de la banda, hasta detenerse en Iván.
Termina la canción y el precario telón de fondo de terciopelo rojo se corre, para dar tiempo a que puedan retirar los instrumentos y suba a escena la próxima banda. Afuera, el público pide otro par de canciones, cualesquiera. Se escuchan aplausos, gritos, y cada tanto un ``¡ooootra, oooootraaaa!`` potente.
Iván salta del escenario por la parte de atrás, sin prestar atención a su primo que no entiende lo que está pasando y le hace preguntas sobre su comportamiento, sin recoger los instrumentos ni su micrófono favorito y sin responderle al baterista que pregunta: ¿Nos tocamos un par más, pero del nuevo disco?``.
Presa de su propia furia, el chico aparta a sus amigos, que van a abrazarlo y a festejar con él el éxito del concierto, esquiva al público y va tras Paula. ``¡Maldita perra! ¡Me vas a oír!’’, piensa. Ella lo ve acercarse y empieza a retroceder. Por primera vez en toda la noche, él observa que está vestida con la misma ropa que usó el día de su último encuentro y que tiene el pelo recogido, tal como aquel día. ``¡Enferma!’’ dice en voz alta, sin percatarse.
Paula sigue retrocediendo, e intenta confundirse entre la gente. Iván siente que pelea contra una marea de desconocidos, que le impide llegar hasta la chica, y contra sus propios sentimientos de rabia y de emoción por verla.
Cuando Paula llega a la puerta de entrada, se da la vuelta y lo enfrenta. Está a escasos pasos de ella. Intenta entonces asirla de un brazo, pero ella es más rápida y huye, diáfana, ágil y exacta, para perderse en la noche. Iván logra salir y corre hasta la esquina. Ni rastros de Paula. Se cruza a la acera de enfrente y la busca, también sin éxito. ``¡Imbécil, hija de mil putas!`` grita. Regresa furioso al bar, donde lo esperan los músicos y sus amigos. Lo ven llegar transfigurado de la rabia. Con miedo, su primo le pregunta qué pasó, a quién perseguía, qué significaba todo aquel comportamiento. ``¡La idiota de Paula vino a verme! Estaba en el fondo, con su faldita de flores y su camisita blanca. ¡La muy imbécil se vistió igual que aquel día!``. Su primo y los demás miembros de la banda intercambiaron miradas. Sus amigos hicieron silencio. ``¿Paula?``, preguntaron. ``Sí, sí. P-A-U-L-A. ¿Acaso no me entendieron lo que dije?’’, estalla. Después de unos minutos de incómodo silencio, el único que se le acerca es su primo. Le coloca la mano sobre el hombro, respira hondo y le dice, entre pausas largas y pensadas: ``Sabes bien que Paula murió hace un año. Es imposible que haya estado aquí. Paula no está más entre nosotros``. Iván lo mira, con más rabia aún: ``¡La muy tarada vino a verme!`` reitera, como si no hubiese oído.
Todos se miran, estupefactos. Iván sigue mascullando improperios, maldiciendo. Tratan de calmarlo unos minutos, hasta que se van yendo, en tandas, a pedido de su primo. ``Lo siento``, le dice en voz baja, porque no tenía más nada coherente que decirle. ``Te llevo a tu casa. Vamos`` y lo conduce suavemente hasta la puerta de atrás del bar, para evitar a la gente que todavía llena el lugar. Reticente aún, se deja llevar. La rabia lo carcome de tal forma que tiene dificultad para respirar. Una vez en la esquina del bar, su primo le pide que espere, de pie, junto con los instrumentos, mientras busca el auto estacionado a un par de cuadras más allá. Hace acopio de fuerzas y asiente. Tiene los labios fruncidos de la ira y el corazón que le estalla del impacto del desencuentro.

Desde la esquina contraria, amparada por la oscuridad de la madrugada, Paula lo observa. Las lágrimas resbalan lentas y pesadas por sus mejillas. ``Voy a buscarte siempre, mi amor``, susurra, ``hasta que podamos estar de nuevo juntos``. Y se pierde, diáfana, ágil y exacta, en la eterna oscuridad de las sombras.

16 enero 2014

Episodios





Ella iba y él venía. O ella venía y él iba. Aprovechaban cualquier momento para verse, a pesar de la hora de viaje que los separaba.
 En una reunión con amigos se besaron en una escalera a oscuras. También se abrazaron en alguno que otro sitio público, de forma furtiva, siempre que pudieron. En una cena, entrelazaron los pies por debajo de la mesa, con mucho sigilo, para no despertar sospechas en sus respectivas parejas, ya que ambos pertenecían a relaciones totalmente irrespetables, por fortuna.
Una vez, en el tren atestado de gente y en el medio de sus propios amigos, quedaron tan, pero tan juntos, que su mano descansó todo el trayecto en el bolsillo del abrigo de él, sus largos dedos enredados con los suyos. Disimulaban tan bien su química que ni los videntes sospecharían del infierno que los consumía.
En una fiesta en la casa de él, en la que se perdían adrede por los pasillos y en los cuartos a oscuras para besarse, llenaron sus manos de papelitos con poemas urgentes, infantiles y a la vez telúricos.
La noche del tango en el club, con todos ellos, sus amigos, bailaron el peor tango de la historia. Con los ojos cerrados, se llevaron por delante a todos, estaban sus cuerpos muy juntos, las respiraciones perdidas en sus cuellos, los latidos acelerados y los besos clandestinos. Ese tango culminó con todos sus amigos (y ellos, aunque un tanto ajenos a todo) sentados a la mesa viendo un espectáculo de bailarines, pero tomados de la mano, amparados por la poca luz del lugar.

Cuando se les escapó esa vida juntos y tuvieron que despedirse, hablaron una hora por teléfono. ‘’Gracias por el viento’’, le dijo él, una y otra vez. ‘’Eres el tiempo’’, respondió ella, una y otra vez. Se dijeron adiós con firmeza, sin prometer verse, ni encontrarse, a pesar de sí mismos. Nunca más un beso. Nunca más un invierno juntos. Tampoco noches escondidos entre las sábanas. Nunca más la vida entre sus brazos.

18 diciembre 2013

De lunes a viernes




Cada uno tiene el mismo tiempo disponible: dos horas todos los días de su rutina laboral. Han calculado lo que les lleva salir de sus respectivos trabajos, llegar al metro, subirse, bajar en la estación de destino y encontrarse en el apartamento de él: 20-25 minutos.
Cuando se encuentran, no sólo se abrazan y se besan, sino que se desvisten con ansiosa prisa y se arrastran el uno al otro hacia la habitación principal, no sin que antes ella se quite la alianza de matrimonio y él coloque boca abajo, en la mesita de noche, la foto que tiene con su novia. Una vez que este ritual se cumple, se acuestan en la cama, muy, pero muy juntos, respiran hondo y simplemente se entregan al sueño.
Ella siente su calor y cuando él la abraza por la cintura desnuda, entrelaza sus piernas con las de ella como aferrándola hasta donde lo permiten los cuerpos para hundirse un poco en su espalda. Le gusta sentir el suave aleteo de sus pestañas y el ritmo acompasado de su respiración sobre su hombro, que se humedece delicadamente, como besado por un cálido rocío. A veces coloca su barbilla en el hueco entre su hombro y su cuello y le hace cosquillas con la barba en la piel tierna.
Algunos días cambian de posición durante el tiempo que les resta y es entonces cuando ella lo abraza. Descansa su cuerpo a un costado del de él. Olvidan el mundo mientras sueñan, se toman de las manos, se rozan, vibran, suspiran.

Cuando despiertan, respiran hondo de nuevo y se miran a los ojos. Él la atrae hacia sí y la esconde entre sus brazos. A veces ella lo abraza y con la punta del dedo tembloroso le dibuja círculos en la espalda. Y después de un rato despiertan ambos del todo. Y entonces todo vuelve a ser la odiosa rutina de siempre. Cada uno regresa a su vida, después de la siesta, de lunes a viernes.

05 noviembre 2013

El cuarto



‘’Se alquila cuarto en la zona de Gracia a estudiante de sexo femenino’’. Mar leyó el anuncio y lo subrayó. Sería el quinto en la lista de habitaciones para visitar ese día. Siguió leyendo el diario. Anotó tres direcciones más, antes de salir de casa y empezar el recorrido.
Cuando llegó a la Gracia, observó el edificio desde afuera. Tenía dos apartamentos por piso solamente, amplios balcones y estaba flanqueado por dos árboles milenarios, que seguramente lo hacían fresco durante el verano.
Tocó el timbre y esperó a ser atendida. ‘’¿Sí?’’, preguntó una voz masculina. ‘’Hola, vengo por el anuncio del cuarto’’, dijo. ‘’Bajo ya’’. Cinco minutos más tarde, Mar subía las escaleras del edificio, rumbo al tercer piso, escoltada por Stefano, el chico italiano que había publicado el anuncio.
Cuando Stefano abrió la puerta, Mar quedó impresionada con la magnífica luz que inundaba suavemente la sala del apartamento. El balcón, que no daba a la calle, sino al río, tenía unas amplias puertas con vidrios de colores, que le daban un aire juvenil a todo el conjunto.
‘’Aquí vivimos tres personas y estamos buscando a una cuarta’’, dijo Stefano, con su característico acento italiano. ‘’Dividimos los gastos de electricidad, gas, agua, entre todos. Lo normal, ya sabes. Se puede traer visitas, se permite fumar, de hecho, yo fumo’’, dijo, y sonrió seductor, aunque no lo fuera. Mar escuchó atenta y asintió. ‘’Te muestro el cuarto, que para eso viniste’’, continuó el muchacho, un poco impaciente y haciendo una mueca, que denotó todo su sarcasmo.
‘’Está al fondo. Es el cuarto más grande de la casa y tiene un pequeño baño privado. ¡Todo un lujo!’’. Cuando abrió la puerta de dos hojas, la luz de la amplia ventana, íntima y melancólica, invitaba inmediatamente al descanso. Había una cama de dos plazas, una mesita de noche a un lado y un closet mediano. Mar observó todo maravillada. ‘’Te parece lindo, ¿verdad?’’, le preguntó Stefano. Y antes de que ella pudiera responder, él mismo se contestó: ‘’Es que es una auténtica belleza. Y tiene una vista impresionante, además’’, enfatizó. Mar se acercó a la ventana y constató lo que decía el muchacho. La vista era insuperable. Toda la ciudad cabía en esa ventana, con sus techos rojos y su vida antigua. La catedral se veía perfecta y el río, al fondo, completaba el mágico escenario.
Mar abrió la ventana de par en par. Se sintió bañada por la luz del mediodía. ‘’Excelente sitio para empezar a ser feliz de una vez por todas’’, pensó. Stefano aguardaba, con los brazos cruzados en la espalda y jugando con las llaves entre sus dedos. Se le acercó y un tanto ansioso, le preguntó: ‘’¿Y bien? ¿Te gusta? ¿Te lo quedas?’’. Antes de que Mar pudiera responder, Telma entró a la habitación. ‘’¡Hola! ¿Viniste a ver el cuarto? ¿Qué te parece? No menos que hermoso, ¿verdad?’’, dijo y sonrió. ‘’Ella es Telma, una de las chicas que vive aquí’’, explicó Stefano, que siguió enumerando las ventajas de vivir en aquel sitio y justamente en aquel cuarto. Telma intercambió una mirada cómplice con Stefano. A cada frase que él decía, ella agregaba algo más, para darle más peso a la descripción.
Mar sintió la presión, la urgencia de la decisión. Todavía tenía cuartos que visitar, no quería apresurarse, pero este era verdaderamente una belleza a un precio que un estudiante extranjero con poco dinero como ella podía pagar.
‘’Una pregunta, chicos’’, dijo Mar. Telma y Stefano cesaron su parloteo y la miraron. ‘’¿Por qué ninguno de los dos se mudó a este cuarto, si es tan maravilloso?’’. Telma soltó una risita nerviosa: ‘’Porque…bueno…la verdad…’’. Stefano la atajó: ‘’Ya todos, Telma, Inés, que es la otra chica que no conoces aún, y yo, ya hemos recorrido los cuatro cuartos de esta casa y la verdad es que nos gusta cambiar’’, y sonrió, forzosamente. ‘’Sí, sí, nos gusta cambiar. Yo ahora ocupo el cuartito pequeño, al lado de la cocina y me viene bien’’, explicó Telma de prisa. ‘’Voy a pensármelo’’, dijo Mar. ‘’No lo pienses mucho, mira que…’’ y antes de que Stefano pudiera terminar la frase, sonó el timbre. Telma salió de la habitación para responder. Al regresar, dijo: ‘’Dos chicas están por subir a ver el cuarto. Seguro una de ellas se lo va a querer quedar, a menos que tú te decidas, ya’’, dijo, enfatizando ese ‘’ya’’ que llegó a sonar casi como una orden.
Mar parpadeó. ‘’Está bien, chicos. Lo alquilo’’. Telma y Stefano se miraron cómplices y sonrieron. Stefano extendió la mano y dijo: ‘’Trato hecho, entonces’’. ‘’Voy a despachar a las otras chicas. Ya vuelvo’’, dijo Telma y salió triunfante del cuarto. ‘’¿Cuándo tienes estimado traer tus cosas, Mar’’, preguntó Stefano, ansioso. ‘’El viernes, que tengo libre, seguro’’. ‘’Bueno, como gustes. Te dejo a solas un rato. Ya vuelvo’’. Mar recorrió despacio de nuevo el espacio. Quedó satisfecha con su elección. Se asomó de nuevo por la ventana, respiró hondo y sonrió ante el paisaje.

Cuando se fue, Telma y Stefano entraron al cuarto. Se miraron sin mediar palabra y movieron la cama de lugar, dejando al descubierto la silueta –ya ahora negra y ya algo desdibujada- del piso. ‘’Con tal de que no se entere de lo que pasó aquí, todo bien’’, dijo Telma. ‘’Si se entera, ya tendremos el depósito y alguna de las mensualidades. No te preocupes. Además, siempre hay estudiantes extranjeras en esta ciudad en busca de un cuarto’’, añadió Stefano y sonrió, con la malévola sonrisa de siempre.

10 octubre 2013

Cada uno con su infierno





Muchas veces la vi, desde el quinto piso. Cabellera gris, aunque era una mujer aún joven, estatura promedio, ojos castaños y esa voz...esa voz gastada por todos esos años de gritos e imprecaciones. Mi escaso tiempo ahí estuvo signado por esa señora y es quizás la única a la que recuerdo. Ella incluso opacó con sus repetidas apariciones, el recuerdo de mi propia muerte. A veces, yo mismo no aguantaba y quería irme a gritar con ella. La oía: ‘’ ¡Malditos! ¡Hijos de puta!’’ Y esa ‘p’ salía despedida con toda la fuerza de su insana humanidad y yo quería gritar también, pero siempre me contuve. Siempre.
Yo estaba en el quinto piso, ya lo dije. Me asomaba a la ventana cuando ella iba in crescendo. Me desconcentraba. ‘’No entren ahí. ¡Está el demonio!’’, decía y con su dedo huesudo apuntaba con fiereza al Banco Hipotecario. Empezaba su discurso con frases coherentes, como si se tratara de una suerte de profeta o evangelizadora que intenta convencer a una audiencia variopinta. Pero a medida que iba subiendo el tono de voz, iba perdiendo coherencia. Era en esos momentos en que sus gritos se abrían paso desde toda Reconquista hasta mi quinto piso. Me taladraban el cerebro. ‘’ ¡De ahí te sacan porque estás loca!’’ ‘’¡Pero es mentira! Yo no estoy loca. Ellos me hicieron loca. ¿Saben qué dijeron de mí? Que no podía, que no sabía. ¡Pero es mentira!’’. No sé a quiénes se dirigía. Nunca supe, tampoco, su verdadera historia. En eso nos llegamos a parecer. Nadie sabe a ciencia cierta qué produjo su locura. Nadie supo qué produjo la mía.
Un día, uno de mis últimos, bajé a fumar, aunque yo no era fumador. Si llegué a fumar una cajetilla entera en mis 33 años fue mucho; sin embargo, aquel día ella estaba ahí: enfrente del Hipotecario. Se paseaba como león enjaluado. ‘’Tienen que tener cuidado. Esa gente es mala. Les encanta hacer daño. ¿Pero saben qué? Yo no me dejé vencer y aquí estoy. Voy a comprarme un yogur’’. Iba, venía, venía, iba. Toda Reconquista llena de sus gritos. Esa vez que la vi,  corría como burlándose de varias personas de su mente y haciendo como una gallina: ‘’ ¡No te dejan en paz! ¡No saben lo que hacen porque yo tengo la razón!’’. Me entretuve mis 15 minutos de permiso con su danza inquieta, con la gente inmisericorde que se burlaba y con la gente que también le huía. Ese día me pregunté si yo tendría el coraje de permitir que mis propios demonios me dominaran de esa forma y salir corriendo a perseguir lo imperseguible, a la nada, a mí mismo, pero siempre me contuve. Siempre.
Dos días antes de mi muerte, me quedé parado en la puerta del trabajo a verla. Llevaba la misma vestimenta de siempre: pantalones vinotinto de corte recto, un sueter negro atado sobre los hombros, una camisa de mangas largas blancas, a pesar del calor del verano. El pelo atado. La mirada fija en un mundo que tal vez solo existía para ella y que estaba poblado de gente realmente mala, que la había desestabilizado, como a mí. Me fui acercando lentamente. Ella me vio y me clavó mil cuchillos con la mirada. Me fui acercando cada vez más y más. El corazón me latía de prisa. Corría el riesgo de que me atacara, como había hecho con otros transeúntes. La fui rodeando, con sigilo. Saqué un cigarrillo e hice el ademán de encenderlo. ‘’Fumar es tan dañino como tener plata. Mucha’’, me espetó. La miré y le dije: ‘’Solo fumo cuando estoy nervioso’’ le dije. ‘’Yo como yogur. De vainilla’’, continuó. ‘’El día está lindo’’, seguí yo. ‘’Nunca estoy aquí de noche porque esta gente duerme y yo a veces también. Escúchame: duermen y quién sabe si duermen bien. Con todo el daño que hacen, no creo que duerman felices. No tengo calor’’. Nuestro corto e incoherente diálogo, se extendió por espacio de 10 minutos más. Parecía una escena de un sueño, aunque yo estuviera despierto, alerta. ¿Lo estaría ella dentro de su locura?.

Encendí el cigarrillo y le di una única pitada. Aspiré con fuerza. Exhalé con más fuerza aún. ‘’¿Sabe que haré mañana?’’. Fijó la vista en mí, como si supiera de antemano la respuesta que no iba a darme. Sacudió la cabeza. ‘’ ¿Ve esa ventana de ahí, del quinto piso?...Bueno, mañana pienso lanzarme desde ella, abrir los brazos, caer, volar como un pájaro’’. Ella respiró hondo. ‘’Es preferible volar desde un sexto, pero no desde un quinto. Yo, sin embargo, no lo intentaría’’,  arrastró estas últimas palabras y bajó la voz, como si estuviera contándome un secreto. ‘’ ¿Por qué no desde un quinto?’’ pregunté con el mismo tono de secreto. ‘’Porque la felicidad está en Jumbo’’. Se dio la vuelta y empezó a marchar, como un soldadito que repetía con cada paso: ‘’La felicidad está en Jumbo’’.

Al día siguiente de esta conversación, llegué a trabajar como siempre, puntual, como el buen alemán correcto y contenido que fui en vida. A las 10:00 am, cuando oí su primer grito, me levanté de mi silla y me fui a la ventana. La abrí despacio. La vi. Alaridos. Aspavientos. Los mismos de siempre. Me quité los zapatos. Mis compañeros no notaron lo que estaba haciendo. La pierna derecha la apoyé sobre el alféizar. Después la izquierda. Flexioné un poco las rodillas, me incliné como si fuera a lanzarme en una piscina. Cerré los ojos, respiré hondo y me impulsé. La oí gritar. Fue la única que gritó y su grito acompañó el recorrido de mi cuerpo desde el quinto piso hasta el pavimento de Reconquista. Sin ruidos innecesarios porque siempre me contuve. Siempre.