16 febrero 2012

40 grados. Sensación térmica de 44 grados


Escucha de nuevo la historia. La puede ver, sin necesidad de verla: todo su cuerpo en la mitad de la cama de media plaza, como si estuviera hundido en el colchón, casi pegado a las sábanas. El sudor en gotas se desliza lentamente por la frente, no sin antes ensopar el cuero cabelludo. Sigue su largo, inclemente y acuoso camino: hombros, brazos, torso, piernas. Nada escapa a la acción soporífera y debilitante. La ropa está también adherida a ese cuerpo, como un tatuaje.

La humedad y la brisa caliente y espesa de la mañana entran sin permiso en la habitación. Latigazos de calor revuelven el ánimo. Maldito infierno ajeno. Ya es suficiente con el propio. Los párpados se despegan lentamente de su prisión de sudor. La vista se fija en el techo blanco, primero en la lámpara, después en un punto cualquiera. El cuerpo gira hacia la derecha y el brazo izquierdo cae, con una delicadeza impropia para el momento, sobre ese lado de la cama, ahora vacío. El verano pasado los sudores de ambos se entremezclaban sin importar los 40 grados del exterior y aunque el infierno era un algo palpable, era irrelevante.

La respiración se acompasa con el calor. Es lenta y pesada. Como un zarpazo, las imágenes de la noche anterior se van sucediendo nuevamente. El ceño se frunce y presagia una tormenta del espíritu. El sueño era el episodio de una novelita barata: él se casaba, la noticia salía en los periódicos, en el noticiero de las 8:00pm, todos la comentaban y se esparcía por toda la ciudad ardiendo. Cierra los ojos. Las lágrimas empiezan a asomarse de forma tímida. Se van uniendo con el sudor hasta no saber dónde empiezan y dónde terminan.

Esto no estaba en sus planes. Ese abandono. Quería más veranos a su lado, sin importar la humedad, el calor, los mosquitos y sin embargo, no fue. Nada fue posible entre ambos después de aquel verano indolente. Esta historia que las une flota en el aire entre ambas. Se resiste a evaporarse como las gotas de sudor. Permanece. Cae sobre la ciudad como cenizas lastimeras de un incendio. Ella la escucha, con aparente calma. Tendrá que decirle, en algún momento incierto, que él sí duerme a su lado en este verano, que sí se van a casar, que la noticia sí saldrá en los periódicos, que sí tendrá muchos veranos a su lado. Respira hondo. Suda.

10 enero 2012

Kinestesia




Desde lejos se percibe su desorden, su genio y el alma de nostalgia que lleva escondida en la risa.
Entre el ruido y la gente la ve. Desde lejos, incluso, se percibe su orden, su seriedad y el alma edulcorada que lleva escondida en la mirada.
Ella parpadea lentamente. El chico se acerca con su desorden, genio y nostalgia. Cuando están frente a frente, él le retira con delicadeza el cabello de los hombros. Esconde sin permiso su cabeza y la fiesta de sus rizos en el hombro de la muchacha. Los brazos, apresan la cintura, la espalda. Al principio es un abrazo tierno. Después amolda mejor su cuerpo y se pega completamente al de ella. Ese abrazo, ya no tierno, ya no tímido, es más bien necesitado, urgente. Se entierra literalmente en el cuerpo ajeno y ella sólo atina a acariciarle la espalda con cierta firmeza. Que la sienta y que tal vez sienta también su ternura.
La chica respira hondo y él se separa, lento, silente. Es entonces cuando ella lo imita y entierra a su vez la cabeza en su hombro y se queda detenida en el hueco cálido que se forma entre el cuello y ese hombro.
Antonio, salido de la nada, aplaude. La chica se separa del muchacho y se da la vuelta, sonrojada. ‘’Linda pareja’’, dice Antonio, irónico, lo que delata su envidia. ‘’Hay mucha paz entre ustedes’’, continúa con un tono más letal aún. El muchacho sonríe una media sonrisa. Antonio finaliza con una imagen bucólica: ‘’Me los imagino en el campo’’ y el chico replica un ‘’sí, sí, entre ovejas y vacas’’ y hace una reverencia, a modo de burla, propia de su genio. Antonio lo ve alejarse y cuando ya lo pierde de vista, se acerca a la chica. ‘’¿Vamos?’’. Ella levanta la mirada y toma sin ganas la mano de Antonio. Se abren paso entre la gente, el ruido, la noche.
Ambos se quedan minutos detenidos por la muchedumbre que atesta el lugar. En medio de aquella congestión, ella siente como lleva aquel abrazo urgente y necesitado aún pegado al cuerpo. Se da la vuelta suavemente y ve al chico mirándola desde lejos. Percibe su desorden, su genio, su alma de nostalgia que lleva escondida en la risa. Él sonríe complacido, ella atina a devolverle la sonrisa, antes de irse del todo, de la mano de Antonio que la obliga a seguirlo. Baja la vista y lo sigue, como siempre, desde que se conocieron.

13 noviembre 2011

La parte del trato




La primera bala impacta en el vidrio trasero del auto y hace estallar el parietal izquierdo del chico. El auto se detiene en seco y viene el primer grito de terror de la chica, junto con las lágrimas y el desespero.

La segunda bala impacta, en cuestión de segundos, unos pocos centímetros más abajo que la primera y el chico finalmente se desploma sobre el blanco vestido de novia y la sangre tiñe el bouquet de blancas y perfumadas rosas.

La chica ya no grita: aúlla. Trata de contener la hemorragia que produjeron las balas. Todo el asiento trasero queda cubierto por la sangre, el olor a pólvora y los restos de lo que fue la cabeza de su amado. La chica observa con estupor sus manos ensangrentadas y a través de la ventana del auto, observa también a los atacantes. Son tres los hombres, todos con lentes oscuros: el chofer, el copiloto y en el asiento de atrás el que tiene el revólver, quien le sonríe socarronamente. Los aullidos de la chica se mezclan más aún con su propio llanto al tiempo que escucha al hombre del revólver decir: ‘’Mi sentido pésame, damita’’.

El auto con los tres hombres huye veloz por la autopista, mientras que en el otro auto continúa la tragedia. El chofer hace acopio de fuerzas para reponerse del impacto e intentar sacar del auto, sin éxito, a la chica, quien se aferra al cuerpo sin vida del muchacho: ´´Rodrigo, reacciona, por favor´´ le dice la chica al oído.

Mientras, en el gran salón de recepciones del hotel, la noticia del asesinato llega de golpe. Los murmullos, gritos y llantos de los 125 invitados se entrelazan unos con otros. Solo uno permanece incólume: la mano izquierda sostiene la copa de champagne mientras que con la derecha sostiene el celular para leer por segunda vez el mensaje de texto en su celular: ´´Misión cumplida. Fueron dos las balas. No hubo necesidad de más´´.

Entre al caos que reina en el salón, nadie nota cuando él se levanta de la silla, alza la copa y brinda: ´´A tu salud, damita. Cumplí con mi parte del trato. Si no eres mía, nunca lo serás de nadie´´ y bebe a sorbos el champagne, para después perderse, con el disimulo y la discreción que siempre lo han caracterizado, entre los invitados en el salón.

27 septiembre 2011

De parte de Amparo





El primer timbrazo lo despierta de golpe. Abre los ojos y escucha cómo retumban sus latidos asustados por toda la habitación.
El segundo timbrazo, más impaciente y enérgico que el primero, lo expulsa de su cama en dirección a la sala. Al abrir la puerta, el más benevolente de los cuatro puñetazos que recibirá, se estrella justo en el medio de su hermoso y joven rostro. El siguiente, y más rápido, lo recibe en la boca del estómago. Escupe sangre junto con algunos de sus perfectos dientes y todo el aire de su hermoso y joven cuerpo lo abandona. Mareos. Náuseas. Pérdida del equilibrio. Curvado ya del dolor, termina por derribarlo en el piso de su casa el tercer y más fiero impacto. Intenta ganar aire justo antes de que la única y certera patada que recibe le destroce un par de costillas. Aúlla. El dolor y el pánico lo dominan por entero. En cuclillas, el atacante se acerca y le susurra: ‘’Esto fue de parte de Amparo’’ y antes de erguirse, le asesta el cuarto y último puñetazo en el oído izquierdo de su hermosa y joven cabeza.

31 julio 2011

¿La ha visto?


Se calza los zapatos más cómodos que tiene. Coloca en la mochila una camiseta extra, el mapa de la ciudad, una libreta para anotar y dos fotos de ella, escogidas cuidadosamente. En una, el cabello le cae pesado sobre los hombros y sonríe a medias, con una sonrisa un tanto forzada; en la otra, el cabello lo lleva un dedo por debajo de las orejas y muestra su sonrisa perfecta, radiante, risueña. Se detiene un poco en esta foto y una avalancha de recuerdos lo sepulta. Recorre con ternura esa figura. ‘’Vine a reencontrarte’’ dice en voz alta, con la esperanza de que en algún punto de la ciudad, ella logre oírlo. Termina de preparar la mochila y sale de la habitación.
En el mapa marcó diferentes zonas: Palermo, Villa Crespo, Recoleta, para empezar. Sabe que su empresa, aparte de irrisoria, es suicida. 10 millones de personas habitan la ciudad; sin embargo, está seguro de encontrarla.
Camina sin prisas por calles desconocidas. Detiene a la gente que pasa. Le pregunta por ella : ´´Busco a esta chica. Se llama Mariel. Tiene cerca de seis meses aquí. ¿La ha visto?’’. Hay quien se detiene por lástima a observar las fotos. Hay quien se burla de inmediato y lo llame de ‘iluso’, ‘loco’. Hay quien lo oye, le pregunta por ella, el por qué de su búsqueda. Hay quien lo ignora sin ambages. Él no pierde el ánimo. Recorre bares, placitas, se detiene en las entradas del metro: ‘’¿La ha visto’’?.
Su guión de vida es igual semana tras semana: caminar con rumbo fijo por calles marcadas en el mapa, con las fotos en la mano. Va preguntando a quien tiene la paciencia o la educación de escucharlo. El resultado es el mismo. Mariel no existe para nadie, solo para él.
De madrugada, cuando llega al hotel, después de días extenuantes e infructuosos, se aferra a las fotos. ‘’No puedes estar tan lejos. No puedes no existir’’. Así se duerme, pensándola, llamándola, sintiéndola en el lado que le correspondería en la cama.
Cada semana va pasando, sin embargo, lenta, pesada, inocua. Se aferra a la certeza de que la encontrará, pero el tiempo nunca fue aliado en esta empresa. En contados días deberá regresar a su casa, pero ¿regresar sin Mariel? No estuvo nunca en sus planes su ausencia.
El último día es el día más largo de todos. No hay más tiempo. Regresa solo con una gran colección de negativas y sin ella. A Mariel se la tragó la ciudad y es definitivo. Ahora sí lo embarga el desánimo. En su habitación del hotel, ordena sus pocas pertenencias. En una hora deberá estar ya en el aeropuerto. Respira hondo. Ya en la recepción, se dispone a pagar la cuenta. ‘’Señor Lara, ayer una chica le dejó esta notita’’, le dice la recepcionista. Él tiembla. Desdobla el papel con cuidado y lee: ‘’No me busques más que no quiero encontrarte nunca. M’’. Cierra los ojos y siente un dolor agudo, justo ahí donde antes estaba Mariel y su risa, Mariel y su voz, Mariel y su ánimo. Paga la cuenta y camina, en completo silencio, hacia la salida.

16 junio 2011

La ventana




Él yace boca abajo, totalmente entregado al sueño. Respira profunda, plácidamente. Ella se sienta con delicadeza al borde de la cama, lo observa con un dejo de tristeza. Roza con ternura la planta de los pies del chico, quien rezonga y entre dormido logra musitar un ‘’déjame’’ infantil y fastidiado. Ella sonríe, más triste aún. Se levanta y lo observa nuevamente. Siempre le ha gustado cómo duerme, cómo se entrega al placer del sueño. Se acerca y un solo beso tibio y dulce se le escapa a modo de despedida y cae sobre la espalda del muchacho. Respira hondo y camina hacia la ventana. La abre con delicadeza de par en par. La brisa fresca le revuelve con suavidad los cabellos y juguetea con la seda de su camisón. Con cuidado y tratando de hacer el menor ruido posible, se sube a la silla. Mira hacia abajo. Es temprano y la ciudad aún no despierta del todo. Coloca el pie izquierdo sobre el alféizar y ambas manos en el marco de la ventana. Sube el otro pie y queda entonces totalmente erguida. Suelta las manos y se impulsa de brazos abiertos, piernas juntas. Vuela. El descenso de su leve cuerpo es vertiginoso. Mantiene la vista fija en el vacío y los pensamientos presos a él: su risa, sus cosquillas, su silueta en la ventana, el lunar en su mejilla, sus desplantes, su desamor.
Sin soltar ni un solo grito ni una sola lágrima, finalmente se estrella con un único ruido seco y definitivo contra el pavimento.
El chico despierta de golpe, asustado. El corazón a punto de estallar. ‘’¿Nana?’’ dice al tiempo que se levanta de un salto de la cama. ‘’¿Nana?’’ repite. Ve la ventana abierta, llegó el espanto. ‘’¡Nana!’’ grita sin asomarse.
‘’Aquí estoy, amor’’ le responde ella dulcemente. Él se hunde temblando en el pecho de la chica y la abraza hasta que siente que ha pasado el peligro. Las mismas lágrimas de miedo de veces anteriores corren por su rostro. Nana lo besa con ternura. ‘’De nuevo el sueño…’’murmura el chico. Ella le acaricia el cabello, ahora empapado de sudor. ‘’Tranquilo. Ya pasó’’ y con un dejo de tristeza, lo observa una vez más.

28 abril 2011

Lo merecido





La observa con más lástima que espanto. Le alcanza el vaso con agua que reposa desde hace 20 minutos sobre la mesa. Bebe un sorbo. Se anima a seguir hablando. ´´Esa tarde nos vimos. Constataría lo que ya venía presintiendo desde hacía meses atrás: que lo nuestro ya no era más ´´lo nuestro´´. Baja la vista y respira hondo. Las lágrimas resbalan por sus mejillas y aunque ya no solloza, la voz es casi un susurro quebrado. Se lleva las manos a la cabeza y hunde los dedos en el cabello. El hombre la observa compungido. ´´Calma, calma´´ le dice en voz baja. ´´Toma otro poco de agua´´. Obedece. Una nueva oleada de lágrimas la inunda. ´´Continúa´´ le dice el hombre.
´´Pasó toda la tarde llamándome vieja. Dijo cosas muy duras y siempre volvía a nuestra diferencia de edad.´´10 años es demasiado´´, dijo’’. Él la detalla: parece una mujer salida de otra época. Tiene finos rasgos, el cabello lacio y negro enmarca perfectamente el rostro salpicado con delicadas pecas. Los ojos negros centellean de vez en vez. ´´Una lástima todo esto´´, piensa.
´´Yo solo lloraba más y más. No recuerdo qué más pasó´´. El hombre la mira fijamente y le ordena con voz dulce: ´´Intenta recordar. Es importante. Tenemos toda la tarde. Intenta recordar´´. ´´No puedo. Él me insulta, yo lloro. Hasta ahí llegan mis recuerdos´´. ´´Voy a salir un momento. Te traeré más agua´´. ´´¿Cuándo me podré ir? ´´Pronto, muy pronto´´. El hombre sale de la habitación y pasa a otra. Desde un espejo falso observa a la muchacha. ´´No confiesa, Duarte´´ apunta. Duarte se queda también observándola. Luce tan frágil, tan delicada. ´´Esta señora lleva ya tres días contando la misma historia, sin alteraciones. Anoche escuché las grabaciones de nuevo. Son todas iguales, como un guión. No cambian en nada. Usted sabe, Inspector, que los asesinos siempre se descubren en algo, se quiebran en algún punto. En este caso, todo sigue igual. Todo´´. Los dos hombres se quedan mirándola. Tiene la vista fija en la nada y las lágrimas siguen resbalando lentas por su rostro. ´´Tendré que dejarla ir. No hay otra salida´´.
El Inspector regresa a la habitación y le acerca el vaso con agua. Ella lo sigue con la mirada y pregunta ´´¿Me puedo ir?. Él piensa antes de responder. ´´Sí. Yo mismo te llevaré a tu casa´´.
Durante todo el trayecto, ella no habla. Solloza. Al llegar, el Inspector la escolta hasta la puerta, que ella abre con cuidado. ´´¿Quiere pasar?´´le pregunta con voz pausada. ´´No. Está bien. Volverás a saber de nosotros. Te traeré novedades cuando las haya´´. Baja la mirada y asiente. El Inspector regresa al auto y entra. Ella se queda parada en la puerta viéndolo con aire triste y confundido. Él le devuelve la mirada con lástima y dice casi en silencio: ´´Volveremos por ti´´.
Cierra la puerta de la casa y apoya la frente y las manos con las palmas abiertas, hasta que oye el motor del auto. Sonríe. ‘’Lo merecías. Todo lo que te hice lo merecías’’ y esta vez ríe con sorna, con carcajadas que se pierden en las penumbras de la casa.