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15 julio 2015

El sobre




Como todos los días, llega a su casa después del trabajo y coloca música. Algunas veces bebe unas cervezas y otras se prepara unos whiskys dobles, elección que depende de cuán difícil haya sido su día laboral. Es un ritual, lo sabe, pero también sabe que esas gotas de alcohol esconden algo más: el desasosiego de saber que siempre que llega a su casa, lo está esperando la soledad, que todo lo llena y abruma.
Ese día se preparó un whisky doble, bien fuerte, como a él le gusta, con pocos hielos. La música sonaba a un volumen agradable. Se quitó los zapatos, se sentó en el sillón que da al pequeño balcón y bajó un poco la persiana, lo suficiente para que circulara el viento y el sol de la tarde no lo molestara.
Entre sorbo y sorbo, observa a la gente que pasa por la calle, los autos, las tiendas que empiezan a cerrar tras otra jornada de trabajo. Observa todo sin pensar demasiado. Solo está ahí, sentado, bebiendo, a merced de su propia nada.
Son cerca de las 9:00pm y aún no tiene hambre. Ya ha vaciado media botella de whisky, sin sentir ninguno de sus efectos. De repente, oye pasos en el pasillo. El apartamento enfrente al suyo está vacío desde hace un año. Tal vez sea alguien que se confundió de piso o finalmente lo alquilaron. Los pasos avanzan y se detienen sin vacilar ante su propia puerta. Perplejo, se levanta del sillón. Por debajo de la misma, alguien introduce un sobre. Después de unos minutos, los pasos se alejan, en dirección a las escaleras. Se agacha y recoge el sobre,  sin detallarlo mucho. Huele a humedad, sin embargo. Pareciera que ha estado guardado por mucho tiempo. Enciende la luz del pasillo y se asoma por el ojo mágico. No ve a nadie. ¿Quién se tomaría la molestia de subir los nueves pisos de su edificio para deslizar un sobre por debajo de su puerta a esas horas de la noche? Se encoge de hombros, sin haber visto bien todavía lo que le dejaron. Bebe el último sorbo de whisky y abre la puerta. Camina hasta la baranda y se asoma. No se ve a nadie descendiendo y mucho menos se oyen ruidos de pisadas. Regresa hacia su casa y es cuando presta atención al sobre. ‘’Por avión’’, dice en la parte superior izquierda con una letra de niño, infantil y desordenada. Respira hondo y continúa leyendo. ‘’Sra Delfina Arango’’. Empiezan a temblarle las manos. El vaso cae de su mano izquierda y se vuelve añicos. Él cae de rodillas, sin sentir que los diminutos cristales del vaso roto se clavan como astillas filosas en la piel. ‘’Calle 45. Casa no. 60’’. No puede seguir leyendo. Conoce de memoria el contenido de esa carta, al destinatario y al remitente. Pesadas lágrimas empiezan a resbalar por su rostro. Aprieta la misiva contra sí. Hace 40 años que espera la respuesta de esa carta que él mismo escribió, a los ocho años, a escondidas de su padre:
‘’Querida mamá:
Vuelve. Te lo pido. No quiero estar más sin ti. Te ama tu hijo Raúl’’.
Después de unos instantes, se levanta. Entra a su casa y cierra la puerta. Se apoya de espaldas a ella, aún con la carta amarillenta entre sus manos y dice: ‘’Nunca quise estar tanto tiempo sin ti, mamá. Nunca’’.

18 mayo 2015

La clase

Toca el timbre y él responde después de unos minutos. Llega siempre antes, como si ser impuntual fuera una manía al revés o un rasgo de carácter que escapa de ella misma.
El hombre desciende los tres pisos y antes de abrirle la puerta, la observa por la ventanita enrejada de la misma: está de espaldas, con jeans ajustados que redondean su silueta, una camiseta blanca, simple, una cartera pequeña colgada en el hombro como por arte del azar y el cabello semi atado en una cola.
‘’Llegas antes. Hola’’, dice el hombre al tiempo que se ajusta los lentes sobre la nariz. La chica ni siquiera se defiende, solo atina a encogerse de hombros y entrar. Él deja que suba primero, así admira las curvas de la muchacha, cómo sube despacio cada escalón, cómo balancea sensualmente las caderas y cómo se arregla el cabello cada tanto, sin prisas.
Al llegar al apartamento, la chica pasa directo a la sala, se sienta en los almohadones del piso y se quita los zapatos. El hombre perplejo le dice: ‘’Tendremos la clase en el estudio, como siempre’’. Ella, sin inmutarse, replica: ‘’Hace mucho calor, mejor aquí, que tenemos el ventanal. Corre al menos el viento’’ y se arrellana cómodamente. El hombre carraspea y no tiene más remedio que aceptar las delicadas órdenes, pero órdenes al fin.
Empieza la clase. Verbos, sujetos, predicados vuelan por la sala, se filtran por las rendijas acompañados de adjetivos en esa lengua extranjera. La chica repite, imita la pronunciación del profesor, hace su mejor esfuerzo, pero se pierde tanto en su mundo que se queda ratos viendo por la ventana, en vez de llenar la hoja de ejercicios que le entregó el profesor al inicio de la clase.
Él espera un tanto impaciente a que pase ese inesperado arrebato de distracción de la joven. ‘’Hagamos un break. Estás muy perdida hoy’’. ‘’Perdón, lo sé, estoy sin estar’’, confirma ella al tiempo que libera su cabello y mira fijamente al profesor. El hombre carraspea y respira hondo. ‘’Voy a subir a la terraza a fumarme un cigarrillo. Te puedes quedar aquí o puedes subir, si quieres’’, le dice, esperando que quiera hacer más lo segundo. ‘’¿Terraza? No sabía que tenías una’’. ‘’Sí, tengo y la decoré hace poco con plantas. Me gusta la jardinería’’. ‘’Qué bien’’. Y ambos suben.
La terraza, llena de sol y de plantas amables, deja ver el lado más cuidado de esa parte de la ciudad. ‘’Tienes buena vista’’, dice la muchacha y el viento agita su cabello sin prisa para acompañar la frase. Se apoya en la baranda. El hombre la imita al tiempo que enciende el cigarrillo. ‘’¿Fumas?’’ le pregunta, sin verla, para evitar encontrarla más linda, más deseable y más ajena. ‘’No, no. Tengo otros vicios, pero no ese precisamente’’ y sonríe pícaramente, como si acabara de revelar un terrible secreto.
El profesor sonríe a su vez, al tiempo que le da una pitada larga al cigarrillo. Ella lo observa. Está lo suficientemente cerca de él como para rozarlo con su brazo, cosa que hace delicadamente, como si fuera un plan no urdido de antemano. Él no se aparta. Ella se acerca aún más y entrelaza los dedos de su mano con los de él, que no se resisten a tan inesperada muestra de confianza de la joven. Después de un tiempo, esos mismos dedos, al ser liberados, ascienden perfectos y suaves por el brazo, antebrazo y hombro del profesor.

La última pitada del cigarrillo le da fuerzas para abrazarla y besarla. A pesar del calor, la chica amolda su cuerpo al de él lo mejor que puede y se entrega en ese beso, primero exploratorio, después apasionado. Cuando se separan y sin mediar palabra, abandonan la terraza y se encaminan hacia la sala. El festín de besos continúa con y sin prisas. Se recorren y se reconocen. Después de un largo abrazo, el profesor toma a la chica de la mano y la conduce hasta su habitación y cierra delicadamente la puerta.

06 abril 2015

Puntos suspensivos



Comenzaba siempre cualquier misiva con puntos suspensivos, como si con ellos quisiera darle a la cotidianidad un suspenso que no poseía. Se apoyaba en esos puntos para revestir su perfecta vida rutinaria en algo misterioso, que guardaba algún secreto o dejaba entrever un algo oculto, interesante tal vez. Y ella siempre esperaba ese suspenso, a sabiendas de que no revelaba nada y a la vez escondía todo. A excepción de aquel único día.
‘’…Tengo cáncer.’’ Cuando leyó esa frase, se sentó de golpe en la silla. De repente, se quedó sin aliento y no pudo proseguir con la lectura sino hasta pasados varios minutos. Releyó varias veces esas dos palabras con la idea ahora fija de que se desvanecerían o darían lugar a un chiste de mal gusto. Sin embargo, esas dos palabras eran el prólogo de una desgracia que los empezaba a acechar a ambos, a pesar de la infinita distancia que los separaba.
Arrugó el papel y lo llevó contra su pecho. Cerró los ojos con fuerza. Al abrirlos, continuó leyendo. ‘’…Tengo cáncer. Me lo diagnosticaron hace apenas dos años. No le he dicho nada a nadie: ni a Sofía, ni a los muchachos de la fábrica, ni a mis hijos. Eres la primera en saberlo. Como siempre has sido la primera en todo en mi vida. No quiero con esto alarmarte. Imagino que ahora la mayoría de los casos son tratables. Curables. Si te soy franco, no he recurrido a las estadísticas – como siempre hago – para demostrar mi punto. Cuando lo supe, pensé en ti. Si algo me llegara a pasar (y ese ‘’algo’’ es la muerte irremediablemente), yo siempre seré de ti lo que siempre he sido hasta ahora: tuyo. Con todas mis células sanas y todas mis células enfermas. Tuyo. En lo tangible e intangible que hemos sido durante todos estos años…Tuyo. Nada más que eso…’’.
Al terminar de leer, escondió el rostro entre las manos y sus lágrimas comenzaron a borrar la tinta, a dejar palabras a medias, mutiladas, a escondidas, inconexas. Cuando logró calmarse lo necesario, extendió el papel sobre las piernas, de manera que recuperara su forma. De la carta original quedó entonces una versión imposible:
‘’… Eres la primera en saberlo
siempre has sido la primera en todo en mi vida
seré
tuyo.
En lo tangible
…Tuyo.

eso…’’.

08 marzo 2015

Mischa



Se aburre. La clase apenas empezó y ya cuenta los minutos para que termine. No logra entretenerse con nada. Escribe sandeces en su cuaderno. Intenta dibujar. A veces mira a la profesora y asiente, para dar la impresión de que está prestando atención, pero está a kilómetros de distancia.
Al cabo de unos minutos siente que vibra su celular. Disimuladamente, lee el mensaje: ‘’Mischa tuvo un pre-infarto. Estamos en el San José’’. Abre desmesuradamente los ojos y lee de nuevo el texto. No entiende cómo alguien puede tener un pre-infarto a sus 27 años. Recoge sus cosas y se levanta. ‘’¿Pasa algo?’’ pregunta la profesora. ‘’Una emergencia…inesperada’’ responde, sin lograr dar con el adjetivo correcto y huye del salón. ‘’Buen timing, Mischa’’, piensa.
Llegar al hospital San José, al otro lado de la ciudad, es un viaje; o más que un viaje, una odisea, así que se arma de paciencia. Serán cerca de dos horas y media de camino, pero no tan aburrido como estar en clases, de esto está segura. Durante el trayecto piensa en Mischa, ese ser a ratos adorable, a ratos detestable, que comparte con ellas su apartamento de estudiantes. Muchas veces pensaba en lo mal que habían hecho en alquilarle el cuarto. Pero él había llegado con su perfecta sonrisa y su estampa también perfecta de estudiante de medicina del último año y las había cautivado. Una lástima. Ella aún se arrepiente y sabe que Susi también, aunque no lo confiese.
Cuando llega al hospital, se queda unos minutos observando la imponente estructura de los años 20 que se conserva tan impecable, a pesar del escaso mantenimiento. Camina por el amplio pasillo de paredes de cal blanquísima hasta llegar a emergencias, donde está Susi, viendo por al amplio ventanal, como hipnotizada. ‘’Su’’, dice. La chica da un respingo. ‘’¡Me asustaste! No te sentí llegar’’ responde, al tiempo que la abraza. ‘’No entiendo aún lo del pre-infarto…¿qué estaba haciendo? ¿Cómo pasó?’’. Susi la observa y se encoge de hombros. En vista de la ausencia de respuesta por parte de la muchacha, continúa preguntando: ‘’¿Podremos verlo, al menos? ¿Está muy mal? ¿Qué dijo el doctor?’’. ‘’No sé. Está en terapia intensiva. Te estaba esperando para que habláramos con el médico. No tengo mucha idea de qué hacer en estos casos. Nunca me había tocado algo parecido’’. Ambas se encaminan entonces hacia la recepción del hospital donde una enfermera gorda y con cara de eterna fatiga las recibe sin ganas y las hace pasar al consultorio del doctor de guardia.
Un hombre de unos 50 años, semi calvo, de cara redonda, llena de pecas, las recibe. ‘’¿Son ustedes familiares de Michael Gunther?’’ pregunta. Susi responde: ‘’No. Es nuestro compañero de apartamento. Le alquilamos una habitación’’. ‘’Entiendo’’, continúa el médico,  ‘’por tanto, ¿de su historia clínica conocen algo?’’. ‘’No’’, responden ambas a coro. ‘’El señor Gunther…¿usa drogas?’’ indaga el hombre. Las chicas se miran. ‘’No que sepamos’’, responde Susi de nuevo. ‘’Doctor…queremos saber si va a estar bien, si tiene opciones de recuperarse o si tenemos que hablar con la embajada alemana para que contacte a su familia. Esas cosas. ¿Entiende?’’. ‘’No creo que pase nada más grave de lo que ya pasó, dados los exámenes preliminares y la juventud del paciente. Estará en observación un par de días, a lo sumo, y dependiendo de su evolución, lo pasaremos a una habitación normal. Las mantendremos al tanto’’. Las chicas salen del consultorio y se dirigen a la salida.
‘’¿Drogas? ¿Qué hizo anoche este tipo para terminar hoy en este estado?, pregunta. Susi la mira: ‘’No es la primera vez. Lo intuyo. Mischa camina al filo. Quiere y no quiere salvarse. Quiere y no quiere morirse. Quiere y no quiere la vida’’. En silencio, regresan a casa.
Se turnan para ir al hospital: de mañana una, de tarde otra; hasta que Mischa mejore y lo pasen a una habitación normal, milagro que ocurre por fortuna al término del segundo día de estar en terapia intensiva.
Un mensaje temprano de mañana despierta a Susi: ‘’Su, si alguna viene hoy, ¿me traería mis revistas porno? Están debajo del colchón. Besos. M’’. Lee dos veces el mensaje sin creerlo del todo. Sale de su cuarto y va al de Amanda, quien se está alistando para ir a la universidad. ‘’Lee esto’’, le ordena. Amanda resopla. ‘’Típico de él. Ni siquiera un ‘buenos días, qué tal están, gracias’. NADA. Lo peor no es eso. Lo peor es que una de las dos irá a llevarle ¡las putas revistas!’’. Ambas ríen.
El resto de la semana, siguen con sus turnos de enfermeras improvisadas. Mischa recupera los ánimos, el color, come de mejor gana la horrorosa comida del hospital y se muestra amable con ellas, como si de verdad las apreciara y agradeciera sus cuidados. Al octavo día, la tan esperada noticia del alta médica le saca a Mischa la única sonrisa verdadera de sus 27 accidentados años. A las 12:00pm del día 12 de abril, Michael Gunther podrá abandonar el hospital, rumbo a casa. ‘’Estaré listo a las 11:00. Esperándolas’’, les dice, al tiempo que las abraza, como si fueran sinceros esos abrazos y estuviera feliz por haberse salvado del destino, una vez más.
El día pautado, Amanda y Susi llegan al hospital, con algo de retraso, inusual en ellas. Entran corriendo y preguntan en recepción por Mischa. La enfermera de turno les indica que el señor Gunther abandonó el hospital por sus propios medios, después de recibir los papeles del alta, a las 10:10am. Las chicas se miran entre sí. ‘’¡Imposible! ¡Le daban de alta a las 12:00!’’ exclama Amanda. La enfermera le clava la mirada: ‘’Mire joven, si el paciente recibió el alta médica, no hay motivos para retenerlo. ¿Necesitan algo más?’’.

Durante las dos horas y media que les lleva volver a casa, llaman incesantemente a Mischa y solo reciben el mensaje de la contestadora de su celular. Una vez en el apartamento, Amanda dice: ‘’Mischa, ¿llegaste? Fuimos al hospital a buscarte’’. Pero no recibe respuesta. Más perplejas que antes, entran al cuarto del chico: vacío. La estantería de libros vacía. La cama vacía. El closet vacío. La cómoda vacía. Solamente sobre la mesita de noche está una foto del último cumpleaños de Amanda, la única donde están los tres: Amanda, Susi y Mischa, abrazados, sonrientes, con gorros de un carnaval de fantasía. Felices. 

12 enero 2015

Eterno


(No sé por cuánto tiempo he estado aquí, solo sé que me ha parecido eterno).
Mi primer viaje lo recuerdo todavía con emoción: en la proa del barco, mirando siempre hacia adelante, hacia un futuro lleno de promesas, pero incierto. Siempre sentí que marcaba el destino, aunque en realidad, fuera el destino quien marcaba nuestro paso.
Antes, mucho antes, cuando hacíamos viajes regulares, yo tenía mejor forma. Mi piel, siempre bronce, relucía al sol; mi cabello, ondulado, tenía siempre el mismo humor que las olas y mi figura era recia y a la vez delicada. Mi torso desnudo, bien trabajado, definido. Me gustaba esa vida, no esta que no tengo ahora.
Cada vez que nos hacíamos a la mar, tenía una libertad que ahora no tengo. Y demás está decir que extraño la sal en mi cuerpo, la tensión del viaje, lo posible de lo imprevisto. La aventura. Justamente eso.
Ahora, sin embargo, he perdido brillo y desde hace mucho tiempo no veo la luz del sol. Mis rasgos, tan bien esculpidos, perdieron definición. Solía empuñar una especie de tridente y ya tampoco lo llevo. Lo perdí, como perdí tantas otras cosas en una batalla que no fue mía, una batalla que fue un error.
Hubo un estallido pequeño, primero. Sé que no le dimos atención. Nuestro barco nunca fue de guerra, solo de exploración. Pero después del segundo y tercer estallidos, cada vez más cerca de nosotros, nos dimos cuenta de que nos estaban atacando. A mi alrededor solo había humo, al principio, después empezaron a volar astillas grandes, pequeñas, pedazos de madera, de metal. Yo seguía ahí, sin poder hacer nada, solo mirando al frente, en la proa del barco. Creo que fue en esa confusión que perdí parte de mi tridente.
El último estallido partió el barco en tres partes. Lo recuerdo claramente. El intenso olor a pólvora, los gritos de los marineros, las velas incendiadas y yo yéndome a pique, bajo la cerrada oscuridad de la noche, yo era una de esas tres partes del barco que se iba al fondo del mar. Irreparablemente.

Y desde ese día, no sé cuándo exactamente (no sé por cuánto tiempo he estado aquí, solo sé que me ha parecido eterno), permanezco en el fondo del mar. Presa de mi propio naufragio.


Foto por: Damián Fossi - https://www.flickr.com/photos/damianfossi/

11 diciembre 2014

Más que al resto



Lo espera sentada en las escaleras de la entrada de su casa. Cuenta los minutos para verlo. Él, por su parte, va lo más rápido que puede a su encuentro. Cuando la ve, abre instintivamente los brazos y esboza su mejor sonrisa de loco alucinado. ``¡Diosa pagana de inalcanzable fulgor!`` le dice y la esconde entre sus brazos.
Ella ríe una risa tierna y divertida. ``Te extrañaba mucho. Necesitaba tu abrazo´´, lo besa en la mejilla y apoya la cabeza en su hombro. Él le acaricia el cabello y la atrae contra sí. ``Qué lindo verte``, le susurra.
Se van caminando al restaurante convenido. Él le cuenta todo lo que ha pasado desde que no se han visto. Durante todo el camino, su mano traza un trayecto de reconocimiento que comienza en el hombro de la chica y va bajando por la espalda, hasta terminar en su cadera. Esa mano asciende y desciende firme y lenta, varias veces, por esa espalda.
``Odio que estemos tan lejos``, le confiesa ella. Él asiente, la acerca contra su cuerpo y la besa en la mejilla. ``A los amigos habría que llevárselos en una bolsita y trasplantarlos, como si fueran plantas, o sembrarlos, como si fueran semillas, y verlos crecer a nuestro lado``, dice. Ella sonríe. ´´Tú y tus ideas excéntricas``, dice en voz baja.
Cuando llegan al lugar, escogen una de las mesas de la ventana, un buen vino y pasta. Hablan y hablan, de ellos, de sus vidas, de lo que eran cuando estaban juntos, de lo que son ahora, de todo lo posible y lo imposible. A veces él se inclina sobre la mesa y le toma la mano o a veces ella entrelaza sus piernas con las de él, por debajo de la mesa.
Al terminar la velada, ella le ofrece su brazo y durante el trayecto de regreso a su casa van así: de brazos dados. Adrede, la chica camina más lento que de costumbre, para prolongar el estar juntos, como antes. En la esquina, se detiene en seco y le pregunta: ´´¿Y si nos tomamos una cerveza?``. ``Me parece bien, pero en tu casa``, ordena él, suavemente. ``Mi casa es un desastre``, le advierte; a lo que él responde solemne: ´´No hay nada en esta vida que ya me impresione´´ y le sonríe.
Compran cerveza y van a su casa. Antes de entrar, ella le tapa los ojos y lo lleva sin prisas hasta la sala. Enciende una luz tenue. ``¿Me quieres seducir?’’, pregunta pícaramente. ``No, no. Solo quiero evitarte un susto al ver mi desorden`` explica.
Se sientan en el piso a beber. A veces hay silencios cómodos entre ambos, en los que él apoya su frente contra la de ella, juega con sus rizos, recorre su rostro con delicadeza. A veces hay palabras y declaraciones: ``Es increíble lo mucho que te extraño``, ``te recuerdo a diario``, ``quisiera estar cerca de ti de nuevo``. Hay besos castos, en las mejillas, propios de los amigos que se desean. Hay caricias que de durar más de la cuenta, se transformarían en deseo. Pero se contienen, como solo ellos aprendieron a hacerlo.

´´Te quiero más que al resto´´, le reitera. Ella acaricia uno a uno sus dedos. Primero la mano derecha, luego la izquierda. Al llegar al anular, le da vueltas a su anillo de casado y le dice: ``Mándale saludos a Dani y dile que también la extraño. Amigos como ustedes son difíciles de encontrar``. Se miran largamente a los ojos. Él sostiene el rostro de la muchacha entre sus manos y ella apoya sus manos sobre los muslos. Están tan cerca  que se confunden sus respiraciones. ´´Debo irme´´, le dice y la besa en la frente. ´´Debes volver a irte´´, lo corrige ella. Se levantan y dirigen a la puerta. Una vez en la entrada del edificio, se abrazan tres veces: la primera para no extrañarse, la segunda para recordarse y la tercera para despedirse. ``Fue muy lindo verte`` dicen al unísono, sin premeditación. Ambos ríen. Él se marcha lentamente, de espaldas para evitar perderse de verla los últimos minutos de esa noche juntos. Ella sonríe hasta que lo pierde de vista y se sienta en las escaleras de la entrada de su casa. ´´Adiós, querido, adiós``, musita.

27 octubre 2014

El ascenso


Aunque es otoño, hace algo de calor. Es algo que no había previsto. Así que el abrigo (el grande y pesado que su hermano le prestó), le estorba.  Arrastra la maleta y trata de que las ruedas no hagan tanto ruido al golpear los adoquines, pero no lo logra. Entonces el abrigo, la maleta y su ruido incesante, el inesperado calor y sus ganas de deshacerse de la ansiedad, acaban por hacer de él un cóctel algo explosivo.
Tiene que recorrer seis largas cuadras hasta la casa de ella. Después subir los ocho pisos hasta su apartamento (el mismo que compartieron el verano pasado) y tocar la puerta ¿o abrirla? ¿Convendría abrirla y darle la sorpresa? Todavía tiene la llave, porque ambos, al momento de él irse, estaban seguros de que todo aquello seguiría.
A cada cuadra recorrida, piensa en cómo la saludará: ‘’He vuelto’’. Ella se le quedará mirando y él la abrazará, para atenuar el impacto y la emoción de verse. ‘’Volví’’, pero empezar así es algo obvio, manido, aburrido. ¿Qué tal quedaría decir ‘’¿Me extrañaste?’’. No, no.  Muy pueril.
La última cuadra la transita con el inusitado calor recorriéndole las sienes, el cuello, la espalda. Va lentamente, arrastrando la maleta, el abrigo y respirando pesadamente, tanto como el clima que lo envuelve.
Al llegar a la puerta del edificio, se cerciora de que esté en el sitio correcto: Marina del Rey, 201. Saca la llave que guardó durante un año y abre la puerta de entrada. Deja la maleta y el abrigo en la entrada, para no tener que subirlos por los ocho pisos que lo esperan (ya tendrá tiempo de sobra para buscarlos) y empieza el ascenso.
Los primeros cuatro pisos los sube con una tranquilidad poco común en él, pero a partir del quinto piso, no pudo controlarse más y los subió corriendo, como si de esa carrera dependiera de repente su pasado, su presente y su futuro.
Así que al llegar al octavo estaba exhausto. Se limpió un poco el sudor al tiempo que respiraba hondo para recuperarse. Colocó la llave en la cerradura, pero antes, apoyó el oído en la puerta, para descubrir algún sonido. Solo el vacío.

Abrió sigilosamente. Asomó la cabeza primero, después el resto del cuerpo. A su alrededor, la nada misma. Recorrió cada rincón. No había nada, nadie. Ni  ella. Solo una cosa quedó, en una esquina de la habitación que habían compartido aquel verano estaba un marcalibros arrugado, el mismo que él infantilmente le dedicó cuando compraron libros aquella tarde que él tan bien recordaba: ‘’Nunca sin mí, nunca sin ti. Te amo. R’’ .