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01 octubre 2014

34 años



Lleva 34 años durmiendo sin sueños, desde el día del accidente, exactamente. Se va a la cama y no sueña, la mente queda en blanco, como una película que nunca se proyecta. A excepción de esa noche, anterior a la llamada, que soñó un único sueño, en el que él volvía.
En el sueño, se observaba en el espejo del baño meticulosamente. Se recogía el cabello, abría la llave del agua y se inclinaba para lavarse el rostro. Al levantarse, él estaba del otro lado del espejo y la miraba, diáfano, como siempre fue, y le sonreía, con tristeza, como cuando tenía algo terrible que confesarle. ‘’Aparecí’’, le decía, varias veces. ‘’Y vas a poder perdonarme’’.
Despertó. Se quedó acostada un buen rato, pensando, sintiendo lo que era soñar de nuevo un único sueño después de 34 años. Anotó la frase y la leyó en silencio. Se levantó. Ese día no desayunó. Decidida, supo que tenía que pasar por la oficina de casos archivados.
Al llegar al viejo edificio, subió al tercer piso lentamente. Llevaba cerca de tres años sin ir y le pareció que nada había cambiado, incluso la señora del archivo se había detenido en el tiempo.
‘’Hola’’, dijo. La mujer se le quedó viendo. ‘’Tenía años sin verla, señora’’. ‘’Lo sé. He estado ocupada, buscando en otros lugares, pero hoy es el día’’, explicó. ‘’¿El día de qué?’’, preguntó la mujer intrigada. ‘’De encontrarlo, finalmente’’. La mujer le sonrió entre triste e irónica. ‘’Si usted lo dice…’’ y dejó la frase en el aire. ‘’¿Me podría facilitar el archivo?’’, preguntó. ‘’La verdad…y no lo tome a mal, pero ya no se puede. La causa prescribió hace tiempo atrás, lo sabe, y esos archivos tan viejos, siguen en el depósito. Si antes se lo permitimos fue por caridad’’ y bajó la mirada, al tiempo que la voz. Concluyó con un ‘’lo siento’’ tímido y apagado. ‘’Gracias’’, fue todo lo que ella atinó a responder.
Bajó las escaleras y se encaminó a la jefatura de policía, la misma que durante años llevó su caso y la vio llegar día tras día en busca de nuevas informaciones. Cuando los agentes de siempre la vieron aparecer, salieron a su encuentro, más por lástima que por educación. ‘’Hoy es el día’’, les dijo y se sentó. Los agentes la miraron impactados: ‘’No puede permanecer aquí a menos que…’’, le dijo uno. Ella completó la frase: ‘’A menos que mi marido aparezca y ustedes puedan cerrar el caso’’. Todos se miraron entre sí. No supieron qué responderle, así que optaron por dejarla ahí, en la recepción, sentada sin inmutarse.
Pasadas tres largas horas, un extra en las noticias dejó a toda la jefatura en silencio: ‘’Hace menos de una hora se encontraron los restos de una avioneta. Se presume que son de la aeronave perdida hace 34 años de la empresa…’’.
Los agentes de siempre comentan la noticia. De repente, recuerdan a la mujer, que ahora está de pie, en la recepción, esperando, como ha esperado durante 34 años por cualquier noticia que la devuelva a la vida y la aleje del todo de la muerte.
‘’Se los dije. Hoy era el día. Me llamarán a casa, me harán comparecer de nuevo, me darán las condolencias y me explicarán cómo pasó esto. Yo querré saber los detalles. Siempre he querido saberlos, pero encontraron a mi marido. De alguna forma, eso me basta un poco. Ahora puedo perdonarlo’’. Respiró hondo y se alejó, camino a su casa.  

25 agosto 2014

Isabel



Todas las tardes, después de la siesta, lee un poco. Tiene el tino de dejar cerrada la ventana de la sala, porque sabe que al abrirla, las vecinas irán pasando, con cualquier excusa y estarán parte de la tarde, hablando con ella, de las vidas ajenas y de los problemas propios.
Esto, lejos de molestarla, le agrada; la hace sentir el centro de un mini universo que se abre, cada vez que ella abre la ventana de su sala.
Esa tarde, sin embargo, se siente inquieta. Intenta concentrarse en la lectura, sin éxito. Se entretiene un rato con la TV, otro con el libro. A las 4:00, hora acostumbrada de abrir la ventana, no lo hace. Con la vista fija en el libro, sus pensamientos vagan. Deja el libro sobre la mesa. Se levanta para preparar café.

Isabel, por el contrario, abre la ventana de su cuarto de quinceañera. Sin zapatos, se pone de cuclillas en el borde y se sostiene a duras penas con una mano. Siente el viento que agita sus cabellos irreverentes. Respira hondo. Está llorando. Cierra los ojos y le dice al viento: ‘’Llévame. No quiero que mamá se avergüence de mí’’.

En la cocina de su casa, su propia inquietud avanza. Arregla los platos, los cambia de lugar, guarda los vasos las tazas, limpia un poco. Quiere consumir el tiempo, que desaparezca la desazón que esa tarde se instaló en su cuerpo.
El ruido del agua hirviendo la trae de regreso a su mundo. Con la delicadeza de siempre, se sirve una taza de café, sin azúcar. De regreso a su sala, retoma la lectura.

Las lágrimas siguen rodando lentas y pesadas por su rostro de rasgos indefinidos, infantiles a veces, de adulta, otras. Cierra los ojos y al abrirlos, echa un último vistazo a su cuarto, a sus peluches, a sus útiles escolares, a su cama, su ropa. Vuelve a cerrar los ojos en el preciso instante en que su madre abre la puerta y la ve en aquella posición: de cuclillas en el borde, sostenida a duras penas de la ventana con una mano. ‘’¿Qué estás haciendo ahí?’’, le grita histérica, al tiempo que se lleva las manos a la cabeza. Corre a sujetarla, pero Isabel trastabilla. El viento arrecia de repente…

Una vez que termina el café, se dirige a la cocina y se sirve otra taza, que se derrama al mismo tiempo que Isabel va cayendo lentamente y se estrella, sin estruendos innecesarios, contra la acera.

Vuelve al libro. 

01 agosto 2014

El encuentro




Se sienta a la mesa para desayunar. Desde hace 16 años, ella prepara el mismo menú para ambos: huevos revueltos, dos o tres tiras de tocineta, mermelada de estación, pan y café. Siempre le sirve a él primero y después que degusta los huevos y prueba la temperatura del café, ella se sienta, perfecta y exacta en su lado de la mesa. Hablan poco durante el desayuno. Tal vez comentan alguna noticia o tal vez el silencio los acompaña durante los 45 minutos que dura el ritual diario de sus 16 años de matrimonio. Nada, absolutamente nada, los ha alterado durante todo ese tiempo.
El timbre suena una vez. Él levanta la vista de la rebanada de pan que estaba por morder. Ella lo mira y pregunta: ‘’¿Quién será? Es muy temprano para que sea algún vecino’’. Él no responde. Después de unos minutos, vuelve a sonar el timbre. El hombre sorbe un trago de café, respira hondo y antes de que ella se levante, lo hace él: ‘’Deja. Voy yo. Debe ser el cartero’’.
Antes de llegar a la puerta, el timbre suena por tercera vez. ‘’¡Cuánta insistencia!’’ piensa. Gira la llave una vez, abre la puerta. María está parada en esa puerta, con el mismo rostro sin expresión que siempre tuvo cuando se conocieron, con el cabello desordenado, ahora con algunas canas, y con la misma mirada pétrea de siempre. ‘’Hola’’, le dice. Él retrocede. Nota que al lado de María está una chica, de unos 16 años, rubia, delgada, algo parecida a ella y lamentablemente también parecida a su madre, a su hermana, a él. Se le queda mirando fijamente y retrocede otro paso más.
María observa su reacción. ‘’Se llama Andrea’’, continúa. ‘’Perdona por aparecer así, de la nada, pero necesito hablar contigo’’. Desde el fondo de la casa, se escucha la voz de la mujer: ‘’¿Quién es, amor?’’. ‘’¡Nadie!’’, se apresura él a responder. Al entornar un poco la puerta, pregunta con un hilo de voz: ‘’¿Qué haces aquí y quién es ella?’’. María respira hondo. Se acomoda el cabello y responde, sin alterarse: ‘’Tu hija y eso es obvio’’. Aún atónito, el hombre responde: ‘’Esto es imposible. Realmente imposible’’. Al tiempo que dice esas palabras, observa a la muchacha: tiene los mismos rasgos suaves de su hermana a su edad, el mismo color de cabello, el azul acero de los ojos de su madre, su languidez. Es una mezcla de todo él con María, si fuera posible.
Retrocede un par de pasos más y cierra la puerta. Regresa a la cocina. La mujer lo observa: ‘’¿Estás bien? Estás pálido. ¿Qué pasó? ¿Quién era?’’. El hombre se sienta y antes de responder, suena de nuevo el timbre. ‘’Esta vez voy yo’’, dice ella. Pero él se levanta y la ataja. ‘’¡No! Voy yo de nuevo’’, dice, y corre hacia la puerta.
Inamovible, María permanece esperando a ser atendida. Cuando él abre de nuevo la puerta, le dice: ‘’No has cambiado nada. Siempre huyes de todo, como si fuera tan difícil la vida para enfrentarla’’. ‘’¿Cómo me encontraste?’’ y antes de que ella pueda responder, la mujer abre la puerta de par en par. ‘’Hola. ¿Qué se le ofrece?’’. ‘’Nada. No se le ofrece nada’’, responde él nervioso. María dice, con el mismo tono monocorde de toda su vida: ‘’Presentarle a Andrea su padre’’. Ella la mira fijamente y sin alterarse, le dice: ‘’Haga el favor de pasar’’. Él se queda petrificado, sin saber cómo reaccionar, ni qué decir.
María, Andrea, ella y él se sientan en la sala. Se miran unos a otros durante incómodos instantes. Él suda frío y tiembla. La niña le parece tan igual y a la vez tan distinta a él. ‘’Andrea nació hace 16 años’’, comienza a decir María. ‘’Éramos estudiantes en la universidad. Salíamos. No era nada serio. Ese verano…’’. ‘’No quiero detalles. Solo quiero saber cómo llegó hasta mi marido y qué exige de él, después de tantos años’’, interrumpe la mujer. ‘’No exijo nada. No quiero que le dé su apellido, ni dinero. Solo quería que mi hija supiera que tiene un padre y que ese padre es él…su marido’’. Un silencio cortante se instala en el medio de la sala.
La mujer se levanta del asiento. Se acerca a la ventana y descorre las cortinas. La aún tenue luz de la mañana inunda el lugar y le otorga una calidez necesaria. ‘’Señora…’’, comienza. ‘’María’’, completa la mujer. ‘’María…no le negaré que estoy sorprendida por esta revelación, por el parecido tan increíble que guarda su hija con mi marido, mi cuñada y mi suegra. Esto, le reitero, no se lo puedo negar. Lo que sí puedo, y tengo todo el derecho a negarle, es el parentesco de esa niña con mi marido’’, continúa. María respira hondo y dice: ‘’Yo a su vez le reitero que no vine a buscar dinero, ni nada parecido. Ni Andrea ni yo seremos un obstáculo en sus vidas, pero me pareció que era tiempo que conociera a su padre’’. ‘’¡Es imposible que yo sea el padre de esta niña!’’, grita de repente el hombre. ‘’¡Pero lo eres! Esa relación dio su fruto y es ella, ¡es Andrea!’’, dice María, y alza por primera vez la voz en toda su vida.
La mujer regresa a su asiento, respira hondo y habla, con voz calmada: ‘’Es imposible que mi marido haya podido tener descendencia o que la tenga, en un futuro cercano o lejano’’. ‘’¿Usted está insinuando que estoy mintiendo?’’, pregunta María. ‘’Lo que intento explicarle es que…’’, la mujer no logra terminar la frase, puesto que el hombre estalla de la ira, se levanta de su silla y grita: ‘’¡Soy estéril! ¡Maldita sea! Desde hace años lo soy, desde la maldita enfermedad, antes de que nos conociéramos María, yo ya sabía que nunca iba a poder tener hijos, ¡por eso es imposible que esta niña sea mi hija!’’. María y Andrea lo observan, impresionadas. Él se desploma en el asiento y esconde su cara entre las manos.
Después de unos instantes, la mujer habla: ‘’Espero le haya…les haya, mejor dicho, quedado claro. Imagino que querrán que mi marido se haga análisis para corroborar esto, eso ya lo dejo de su parte y de parte de mi esposo. Les pido que por favor, abandonen mi casa’’. Se levanta y abre la puerta. María y Andrea la siguen, en silencio.

La mujer las observa subirse al auto, encenderlo y alejarse por la calle, lentamente. Cierra la puerta, al tiempo que dice: ‘’Es innegable el parecido a ti, a tu hermana y a tu madre. Que sea esta la última vez que te salvo’’. 

14 julio 2014

Nuestro primer tango



A las 3:10 a.m suena su celular. Maia se incorpora de la cama, asustada y aturdida, antes de que el teléfono suene de nuevo. ‘’¿Quién es?’’, susurra. A su lado, el chico gruñe un poco y se cubre la espalda desnuda con la sábana. Maia susurra de nuevo. ‘’¿Quién es?’’, al tiempo que sale de la habitación.
‘’Acabo de llegar del club. Me acordé de la primera vez que bailamos tango’’, responde entre risas la voz al otro lado del teléfono. ‘’¿Qué?’’, pregunta Maia, aún somnolienta. ‘’La primera vez que bailamos t-a-n-g-o en el c-l-u-b. ¿Te lo tengo que repetir de nuevo? Esa fue la primera vez que nos besamos’’, explica, pausadamente. ‘’¿Pero acaso eres idiota del todo o estás jugando a serlo? ¡Es de madrugada! ¿Para esto me llamas?’’ dice la chica entre dientes, a punto de molestarse más de lo que ya está.
Al otro lado de la línea, la voz ríe: ‘’¡Pero qué mal carácter! Antes podía llamarte a cualquier hora que ni rezongabas. ¡Cómo cambian las cosas!’’ dice, y vuelve a reír. ‘’¡Ya te he dicho mil veces que no quiero que me llames!’’, ordena Maia con voz enfática. ‘’La primera vez que bailamos tango, nos besamos’’, continua como si no sintiera la furia en la voz y en la respiración de la chica. ‘’Esa noche, nos dimos el mejor abrazo, ese que aún llevo pegado al cuerpo. Esa noche nos besamos por primera vez, te lo reitero, y fue tan escandaloso ese beso, que varios salieron de la pista de baile, irritados. Pero nunca en mi vida me había sentido tan libre y eso te lo debo aún a ti’’. Maia escucha con atención. Respira hondo y se deja caer sobre el sillón de la sala. ‘’Eso fue en otra época, en otro tiempo ya. Yo era otra persona. Ahora soy esta que no quiere recordar ni los besos, ni las caricias, ni las noches a tu lado. ¡Nada! ¡No me llames más, por favor!’’ y corta la llamada. De nuevo, respira hondo.
Minutos más tarde se levanta y vuelve a la habitación. Con delicadeza, ocupa de nuevo su lugar en la cama. Abraza al chico y empieza a besarlo en la espalda. El muchacho va reaccionando poco a poco. La besa. La acaricia. Maia se desviste al mismo tiempo que el chico. Se aman sin premuras lo que resta de la madrugada.

Mientras, en esa otra parte de la ciudad que alguna vez compartió con Maia, sentada en la sala de su casa, dice en voz baja ‘’nuestro primer tango’’ y densas lágrimas resbalan sin prisa por su rostro.

18 mayo 2014

El pirata



Camina por el pasillo iluminado de a ratos por bombillitos que desprenden una luz mortecina. Le parece interminable, tanto como su angustia. Transpira cada vez más, al tiempo que dice en voz baja: ‘’al final del pasillo’’, tal y como le indicó la mujer de la entrada.
Sus pasos resuenan, aunque trate de no hacer ruido, producen una especie de eco que retumba en las paredes descascaradas y sombrías, y vuelven sobre sí, pesados, quejumbrosos. Intenta caminar en puntillas, para no molestar, pero ¿molestar a quién, si no hay nadie que escuche?
Al final del pasillo, está la puerta grande, con manijas de metal y unas ventanas rectangulares, pequeñas, que desentonan con las dimensiones de la puerta. Avanza con rapidez, pero se detiene cuando faltan tan solo cinco escasos pasos para abrirla y entrar. Cierra los ojos para tratar de recuperar el aliento, se persigna y reza. Respira hondo: ‘’Que no seas tú. Amén’’, dice en voz casi tan inaudible que le cuesta incluso oírse.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro pasos.
Respira hondo de nuevo. Abre los ojos.
Cinco.
Empuja la pesada puerta que chirría inclemente. Una luz blanca cegadora, que contrasta con la escasa del pasillo, lo inunda todo. Se cubre los ojos con las manos por minutos, hasta que se acostumbra a tal inesperada luminosidad. En medio del salón, y cubierto hasta la cintura con dos sábanas blancas, casi nuevas, está un muchacho. Se acerca con sigilo y lo observa, primero a prudencial distancia, después de cerca y mucho más de cerca aún. Hay una mezcla de olores nauseabundos que marearía a cualquiera, pero ella no los siente. Solo lo observa, en silencio. Observa sus manos, como descansan sin prisas sobre el frío metal. Observa la cicatriz maltrecha que recorre su tórax. No lo encuentra parecido con nadie. Observa sus hombros, que se adivinaban firmes, anchos, ahora un tanto encogidos. Observa la piel, antes morena y tersa, ahora marchita, violácea. Se acerca más. No se parece a quien busca desde hace tres días. Se acerca aún más y detalla el cabello: rizos sucios, pegados a la cabeza sin orden, unos; ocultando parte  del rostro, otros.  El cuerpo hinchado, un tanto también arrugado, a ratos violáceo y a ratos amarillento, puede ser el de cualquiera, o el de nadie. Se inclina sobre el cuerpo, de manera que su cara quede a la misma altura que la del muchacho.
Contiene la respiración. El rostro, también hinchado, no delata ningún rasgo definitorio, propio. Exhala. Con delicadeza le retira uno por uno los rizos que ocultan parte de esa cara. No lo encuentra aún parecido con nadie hasta que asoma la cicatriz que cruzó esa frente desde los 10 años, la fatal marca de un accidente menor en bicicleta. Respira hondo. Tiembla. Retira por completo el cabello y queda al descubierto por completo el rostro. Recorre el nacimiento de la cicatriz, desde el cuero cabelludo hasta la ceja izquierda, donde la divide en partes desiguales sutilmente. ‘’¡Siempre pareceré un pirata!’’, recuerda que él le dijo, cuando se vio en el espejo por primera vez, después que le retiraran las vendas. Pesadas lágrimas empiezan a recorrer su rostro. ‘’No quería que fueras tú, hijo’’, dice con la voz entrecortada. Le acaricia el rostro con ternura. Le acomoda el cabello eternamente desprolijo. Toma las sábanas y lo cubre: primero el pecho hasta los hombros con una; después la cara, con la otra. ‘’Descansemos en paz, hijo. Quería encontrarte, pero no así’’.
Ángela sale del salón, con pasos cortos y a la vez pesados. Empuja de nuevo la pesada puerta, y se ve envuelta por las sombras tristes del pasillo, que recorre una vez más, pero ya sin prisas.

Al llegar al inicio, la espera la mujer, que al verla, entiende todo sin necesidad de que ella le confirme nada. La toma del brazo delicadamente y la lleva hasta una silla. Le ofrece un vaso de agua y aguarda. Ángela sostiene el vaso con la vista perdida en la nada. ‘’Es mi hijo. Mi amado hijo’’. La mujer solo atina a decir ‘’lo siento’’, antes de dejarla a solas un rato. Cuando regresa, se inclina y le dice con dulzura: ‘’Señora, vamos a necesitar los datos de nacimiento de su hijo, su cédula de identidad, para poder armar el acta de defunción y también…``. Ángela la escucha sin escucharla realmente. En su mente solo resuena la voz de su hijo: ‘’¡Siempre pareceré un pirata!’’.

11 abril 2014

Cumpleaños feliz




Yo hice mi triunfal aparición, en mi propia fiesta de cumpleaños, cuando supe que todos estaban en la casa de la anfitriona de tan magna noche. Digo ‘’triunfal’’ pero debería decir ‘’aparatosa’’, en realidad. Subí las diminutas escaleras, cuya luz mortecina siempre me deprimió un poco, me tropecé con la alfombra de ‘’Welcome’’ y fui a parar al piso. Todo esto en cuestión de segundos. Para rematar, y en vista de que nadie reaccionaba y venía a levantarme, me agarré de la pata de la mesa donde estaba el ponche y el sagrado resto de las bebidas. Aquella mesa enclenque se tambaleó y oí el tintineo de las botellas y mis amigos que gritaban: ‘’¡El ponche! ¡El vino! ¡Las birras!’’ mientras yo seguía en el piso, impresionada y adolorida.
Cuando por fin me levanté, sola y obviamente avergonzada, los fulminé a todos con la mirada, al tiempo que los increpaba: ‘’¿Qué les importa más: la bebida o yo, soquetes?’’. Todos empezaron a reír y respondieron al unísono, como si lo hubieran ensayado: ‘’¡La biiiiirrraaaaa!’’. No tuve más remedio que reír porque creo que si yo hubiera estado del lado de ellos, como espectadora de tan ‘’triunfal’’ llegada, también hubiera escogido salvar la birra, el ponche, el vino, por sobre el caído. Y es que así somos los borrachos.
‘’¡Feliz cumple!’’, ‘’¡Qué cumplas muchos más, sin caerte!’’, ‘’¡Mantente en pie y feliz cumple!’’. Las felicitaciones giraron en torno a la caída y a cómo puse en riesgo la mesa de bebidas, también.
Esa noche recibí muchos regalos. Cosa que siempre he adorado de los cumpleaños e incluso tuve dos tortas: una de fresas con crema y otra, que era una auténtica bomba de dulce de leche y chocolate. Ambas fueron la gloria de la noche.
Bailamos, mal como siempre, ya que todos mis amigos tenían lo que yo denominaba ‘’caderas de cemento’’. Hicimos el trencito y el ridículo, que es lo mejor que nos salió siempre. Tuvimos un cotillón improvisado con lo que encontramos en la casa y papelillo hecho con papel sanitario que algunos pintaron con marcadores de colores.
Repetimos la rutina mil veces: reímos, bailamos, cantamos, comimos, bebimos, bebimos, bebimos y volvimos a beber, comimos, cantamos, bebimos y reímos.
A medida que avanzaba ya la madrugada del día posterior a mi cumple, mis amigos se fueron despidiendo. Los escolté uno a uno a la entrada, no sin antes verificar bien donde ponía el pie, para no hacer más papelones.
Cerca de las 6:00am, solo quedaban algunos sobrevivientes, un tanto adormilados por los excesos del alcohol. Yo, que siempre he tenido mucho aguante, mucho más que todos mis amigos juntos, no tenía ni sueño, ni cansancio y mucho menos tenía trazas de la cantidad insolente de ponche y cerveza que había consumido (obvié el vino, para no hacer trabajar extra a mi hígado con tanta mezcla pecaminosa). Me dispuse entonces a recoger el desastre de la fiesta. La anfitriona y dueña de casa, ya se había ido a dormir, sin remordimiento alguno. Así que quedé a cargo de ordenar y limpiar, tareas que nunca se me dieron bien.
De la nada, salió Javi, quizás el último sobreviviente sobrio también de la noche. Me ayudó a recoger el estropicio, pasar la escoba, lavar los platos, los vasos. Cuando vimos que todo estaba más o menos presentable, pusimos algo de música. Después de que sonara un par de melodías, Javi escogió una canción eterna de Ben Webster y me dio un abrazo tierno y a la vez sobrehumano. Empezamos a bailar, sin saber cómo, puesto que ninguno de los dos había bailado jazz en su vida, así que dimos una suerte de vueltas lentas en el medio de la sala. El saxo de Webster se mezclaba con los ronquidos de los poquísimos sobrevivientes en la sala, lo que hacía que nos riéramos como niños que se burlan de alguna travesura.
Javi mantuvo apoyado su mentón en mi hombro, como si estuviera descansando de una larga batalla. Yo iba contando sin premura sus rizos castaños entre mis dedos. Cuando incorporó la cabeza, sentí su aliento de menta en mi cuello y fui contando los besos que antecedieron al encuentro de nuestros labios, nuestras lenguas, nuestros dientes.
Yo cerré los ojos. Sé que también él tenía los suyos cerrados. Respirábamos acompasados, sin tener conciencia de que lo hacíamos. Cuando nos separamos, dijo: ‘’Feliz cumple, aunque haya sido ayer’’. Yo sonreí, lo abracé de nuevo y lo acompañé a la puerta. En cada escalón de la entrada, nos besamos de forma distinta. Por tanto, recibí nueve exactos besos diferentes, como regalos extra de cumple. Ya en la puerta, nos despedimos como los viejos amigos que éramos desde niños. Yo lo vi perderse en la mañana, un poco encogido por el frío y con sus rizos castaños al viento.

Ese sigue siendo, sin lugar a dudas, el mejor cumpleaños de mi vida.

30 marzo 2014

Algo de cobarde, algo de suicida




’Es mejor romperse el corazón que no hacer nada con él’’. Una vez discutí esta frase con un amigo. Él, más reservado, inglés, me dijo que prefería una frase de Nietzsche que había puesto yo en un correo: ``Es mejor dejar pasar las cosas y dejar que el tiempo resuelva las dudas’’. Me reí, le dije que era un cobarde, él me dijo suicida. Ahora lo entiendo, sin embargo. Debí haber pensado más en lo que me dijo, en la frase también, suelo no reflexionar mucho sobre algunas cosas...capaz y si lo hago no darían resultado, no me traerían nada bueno, pero tal vez me ahorrarían el llanto...