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19 noviembre 2024

El compás del silencio


Ella llevaba más de tres décadas bajo el hábito, envuelta en una devoción que había aprendido a modelar con la persistencia que solo tienen esos espíritus alejados de la vulgaridad. Sus días eran rutina y oración, su mundo un claustro cuyas paredes parecían murmurar letanías. Nunca sintió que le faltara algo, ni siquiera cuando el viento nocturno susurraba historias de otros mundos tras los barrotes del convento.  


Una tarde, mientras entregaba limosnas en la plaza del pueblo, lo vio por primera vez. No más de veinte años, de piel cetrina, cabello largo negro, con el rostro y el torso encendidos por el sudor y la intensidad. Pero no era su belleza lo que la perturbó, sino el compás que de él se desprendía. Sus pies golpeaban las tablas con una precisión brutal, casi cruel, y sus manos dibujaban trazos en el aire con una pureza que le recordaba al movimiento de las aves en los frescos de la capilla.  


El sonido del taconeo se deslizó dentro de ella como un cuchillo cortando seda. Sintió algo inesperado: un deseo extraño, no de la carne, sino de existir en ese momento eterno que él creaba con cada giro, con cada palma. Quiso llorar y no supo por qué. 


A partir de entonces, la plaza se convirtió en un imán secreto. Siempre había una excusa: llevar pan a los pobres, recoger flores para el altar, saludar a los ancianos que se reunían para ver a la gente pasar. Pero era él a quien ella buscaba, aunque nunca cruzaran palabra. Lo observaba desde las sombras de un portal, como si el sol y el aire que él habitaba le fueran negados.  


Él bailaba como si estuviera poseído. Era juventud, arrogancia y furia, pero también inocencia. No bailaba para agradar, sino para expresar algo más allá de las palabras. En su compás, ella encontró una pureza que no había visto ni en las estatuas del Cristo ni en los santos. Era un rezo pagano, una herejía que su alma, para su propio desconcierto, no quiso rechazar.  


Una tarde, al terminar su actuación, él la vio. Apenas un instante, pero suficiente para que el fuego en sus ojos chocara con el agua quieta de los de ella. No hubo palabras, sólo una sonrisa de él, breve y luminosa como el destello de un hacha al sol. Ella apartó la mirada y se apretó el rosario contra el pecho, como si el contacto pudiera borrar la sensación de haber quedado desnuda en su presencia.  


Esa noche no durmió. El eco de los tacones resonaba en su mente, cada golpe marcando algo dentro de ella que no podía nombrar. Era deseo, sí, pero no por él, que bien podía haber sido el hijo que nunca tuvo; sino por lo que representaba: la libertad, la pasión, la vida en su forma más cruda y hermosa.  


La siguiente vez que lo vio bailar, lloró. Lágrimas silenciosas que resbalaban por sus vírgenes mejillas, mientras se decía que aquello no podía continuar. Y entonces, mientras la guitarra rugía, las palmas acompañaban aquel movimiento frenético y los tacones caían como martillos, comprendió algo que él había despertado el ritmo en su alma dormida.  


La última vez que fue a la plaza, él no estaba. Había partido, dijeron, para bailar en ciudades más grandes. Ella no volvió a buscarlo. Pero durante las noches de vigilia, mientras el resto del convento dormía, en lugar de rezar, marcaba el compás con la punta del pie, en un susurro tan leve como una confesión al viento.  


13 junio 2024

Los regalos

 


A pesar de que su madre le tiene expresa y rotundamente prohibido irse con su padre en la lancha de madrugada, él logra esquivar la vigilancia materna, escurrirse sigiloso y aguardar a zarpar. Las veces que su padre lo ha descubierto, ya están en alta mar, muy lejos como para regresar.

Al principio, le daba un par de golpes suaves, a manera de advertencia o de antesala de la golpiza que se supone debía propinarle por desobediente, pero él sabe que su padre, más blandengue que su madre, se hace el desentendido de su crianza la mayoría de las veces.

A él le encanta burlar el ojo materno e irse con su padre de madrugada en la lancha, en aquel mar oscurísimo y profundo en el que navegan.

Esta es la verdadera aventura de sus escasos seis años. La aventura de la que no habla, aunque se muera de ganas por hacerlo, pero intuye que si lo hace, se rompa ese lazo delicado y cómplice que lo une con su padre.

Esas ‘’expediciones’’, como le dijo su papá una de las primeras veces que lo encontró de polizón en la lancha, eran secretas. ‘’Como esas misiones de las películas de espías de la tele’’ comparó.

En determinado punto indicado a lo lejos por una lámpara intermitente de otra lancha a la distancia, su padre apaga el motor y se levanta para mantener el equilibrio y esperar más señales. ‘’Estate atento, Junior’’ le susurra al niño, como si el mar permitiera ese secreteo innecesario entre ambos.

Al cabo de algunos momentos, las luces de una avioneta se divisan a lo lejos. El niño nota el nerviosismo creciente del padre, que logra contagiarlo de a poco. ‘’¡Los regalos están llegando!’’ piensa y la emoción amenaza con desbordarlo.

De la avioneta van cayendo al mar cajas bien embaladas que su padre se apresura a recoger con la maestría propia de quien tiene tiempo mejorando la técnica.

El niño le indica a los gritos donde están las cajas a modo de ayuda, como si con ese escándalo pudiera aligerar el trabajo de su padre. De nada vale decirle que se calle, pues él hace caso omiso, y las va contando: ‘’10, 20 y 10 más y 20 más’’. No se sabe los números del todo aún, pero usa los que sabe para contar las cajas y apilarlas como puede.

Toda la acción se desarrolla en menos de una hora. El hombre es cuidadoso, sabe que dejar una sola caja a la deriva acarrearía represalias.

En aquella inmensidad profunda y oscura, tiene el tino de guiarse por una especie de intuición que solo la da la supervivencia. Cuenta y vuelve a contar las cajas y coinciden con el número indicado días atrás. Respira aliviado, pues la primera parte de la misión está cumplida.

Mientras, el niño sonríe feliz, triunfante, a pesar de que su padre lo haya regañado todo el camino de regreso a casa.

Siempre le hace la misma pregunta inocente e infantil: ‘’¿Cuántas personas son felices con estos regalos?’’ y su padre, nervioso y lacónico le responde siempre lo mismo: ‘’Muchas’’.

Le jura no decirle nada a la madre y al llegar a la orilla, salta de la lancha y corre veloz a la casa, para escabullirse hasta su cuarto y acomodarse en su precario catre. Apoya la cabeza en el desgastado colchón, pero no se duerme las horas que le faltan para levantarse, sino que se queda mirando el descascarado techo, presa de la agitación de esta aventura, pensando en todo lo que hace su padre para ayudar a tanta gente a recibir sus regalos.


10 mayo 2021

El depto de enfrente

 




El departamento de enfrente estuvo mucho tiempo deshabitado. A veces, cuando se asomaba al balcón, veía al chico que lo mostraba a posibles inquilinos. Nunca fue del tipo fisgón, ni mucho menos. Las vidas ajenas le importaban poco, por no decir nada. Hasta que ella llegó.

Fue ese septiembre atípico, pandémico, raro en todo sentido; sin embargo, en medio de todo ese caos, la nueva inquilina se instaló. Estaba tan acostumbrado a no ver a nadie en el depto de enfrente, que se sorprendió a sí mismo pendiente de los cambios que se sucedían vertiginosamente.

Más sorprendido quedó cuando vio que la chica había instalado su escritorio justo en la ventana que daba al balcón de su casa y él pasaba más tiempo de lo normal apareciendo de vez en vez para verla o hacerse el que no la veía.

Compró algunas plantas, para sorpresa de su propia mujer que sabía que nunca le habían interesado, y las colocó en el balcón. Les empezó a dedicar ciertos cuidados, a cualquier hora del día, de manera de observar a su nueva vecina.

La chica no hacía más que trabajar, atender llamadas, reuniones de trabajo seguramente fastidiosas y rutinarias. Nada del otro mundo. Pero él se sentía observado, sin que ella lo hiciera adrede. O quizás él quería sentirse de esa forma.

Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le llamaba la atención y no sabía tampoco por qué esta extraña lo obligaba a pasar rato en su propio balcón, primero esporádicamente y después por largos periodos.

La chica de enfrente no era particularmente bella, ni tan siquiera interesante a la vista, al menos desde donde él la veía, pero era magnética y eso creaba un halo de interés que pensó nunca volvería a sentir por ninguna otra mujer.

 ‘’Me gusta tomar el sol de la mañana’’, ‘’el café sabe mejor al aire libre’’ le había dicho a su mujer, cuando ella le preguntó por qué esa nueva rutina. ‘’Tenemos este balcón y casi nunca lo disfrutamos’’, había añadido. ‘’Me he vuelto un patético voyeur a estas alturas de mi vida’’ pensaba; sin embargo.

En verano, él salía al balcón sin camisa, con un poco de vergüenza y de curiosidad por saber si a ella le resultaba atractivo verlo, pero, para su infelicidad, no. Ella solo quitaba la vista del computador para ver los árboles del jardín de la casa de al lado, no para verlo a él.

Los días fueron transcurriendo de la misma forma, con esta rutina que para él ya era parte esencial de su accionar cotidiano, pero que a la vez fue minando su relación de pareja de tantos años.

El creciente desinterés que sentía por su mujer fue sustituido por el creciente interés que sentía por la desconocida del depto de enfrente. ‘’Todavía existe la posibilidad de una nueva vida para mí’’ pensaba y ese pensamiento dio pie a su separación definitiva.

Cuando se despidió de su ahora exmujer, lo hizo también de la vecina desconocida. La vio, como siempre, desde el balcón. Quiso gritarle para llamar su atención y darle las gracias por haber hecho algo que él ni siquiera sabía que necesitaba, pero se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.

12 octubre 2020

El paseo al río

 




Sabe que esa noche no podrá dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.

Se escabulle tan silenciosamente como puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida, con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.

Quiere entrar y verla de cerca, pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento. O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.

Se sienta en el piso y respira hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado, hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de la cocina.

Recuerda cuando las monjas la recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.

La noticia de por qué estaba entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas. Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado, ya que eran de clases sociales diferentes.

‘’Niñas, tenemos que darle nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que es el amor de pareja?

Las demás niñas le hicieron un espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas prohibiciones sin sentido.

La tarde del paseo planeado por el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza, voluble y volátil, como suele ser a veces.

Las monjas organizaron a las niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas, empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo, dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.

Las primeras iban llegando felices a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto. La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.

Presas del pánico, suspendieron el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.

Algunas lloraban. Ella permanecía con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin control, agitada por el río.

Después de interminables horas, los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día triste, del paseo al río.

Se levanta del piso. No sabe bien qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos sobre el pecho.

Después de unos minutos, vuelve al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día. Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al final.

Cuando despierta, respira hondo. Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa, aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo de siempre.

Se dirige a la cocina y se dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su internado, durmiendo sin soñar.

26 junio 2020

El polvo del Sahara




Poco a poco, se extiende sobre las ciudades, sobre todo, las de la costa, que es donde ella está. Ha tenido la precaución de encerrarse en su propia casa y ha tapado cada rendija de cada puerta y ventana con pedazos de tela, con ropa, empapados en vinagre, para evitar que se cuele. Nada extraño entrará a su hogar; no al menos si ella pueda evitarlo.

Corrió los muebles de la sala hacia un costado. Le dio vuelta al sofá grande y con él tapió la puerta principal. Verificó que cada espacio entre las bisagras de esa puerta y de las ventanas quedaran selladas. Hasta que no pase el peligro, no se moverá de su casa.

Mantiene la radio y la televisión encendidas todo el día para no perder ningún detalle. Anota en un papel cómo se van desarrollando los hechos, como si de un diario se tratase. Eso sí, para no molestar a los vecinos, mantiene el volumen bajo, para que nadie sospeche que está nerviosa con todo esto.

Responde los mensajes que le llegan a su teléfono de manera casi telegráfica: ‘’Sí, estoy bien’’, ‘’todo ok’’, ‘’tranqui’’ y cosas por el estilo. No quiere distraerse. Tiene la sensación de que, si se descuida, su casa puede ser invadida y no es la idea.

Desde que la alerta nacional comenzó, ha visto alterado su sueño y su rutina diaria. Ahora pasa la mayor parte de su día sentada en el piso de la sala, oyendo las noticias, haciendo anotaciones, verificando que ninguna corriente de aire, por mínima que sea, entre en su casa. No tiene ni idea de cuánto durará todo esto, pero podrá sobrevivir algunos días así. Los necesarios. Ella solo quiere ser una de las sobrevivientes.

Duerme en el suelo de la sala, incómoda, pero tiene que hacerlo, tiene que mantenerse alerta. Si durmiera en su cama, correría el riesgo de no estar atenta. Sabe que el enemigo es sigiloso y también poderoso, así que no quiere darle tregua.

Por momentos, cuando está muy cansada, piensa en claudicar; sin embargo, desecha esos pensamientos y redobla sus propios esfuerzos para no fallar. ‘’Sacudirse el polvo’’ es la expresión que usa para animarse, cuando las fuerzas le fallan. Hasta ahora ha sobrevivido, cada vez con más esfuerzo, eso sí.

Sin embargo, esa noche, el cansancio dio cuenta de tantos días en tensión y venció su resistencia. Se durmió profundamente, acurrucada en el piso de su sala, por lo que no notó cuando el enemigo fue avanzando lento y sigiloso desde el desaguadero de la cocina.

Se fue formando poco a poco y se fue filtrando por los espacios de la rejilla, único lugar que no tuvo a bien de ser taponado con trapos impregnados en vinagre, porque ¿acaso el polvo habita también en los desaguaderos, en las cañerías? Improbable, según ella.

Lo cierto es que fue avanzando con tanto poderío, que hacerle frente ella no hubiera podido. El polvo fue ocupando todos los espacios, como si de una tormenta silenciosa de arena hubiera tenido lugar en su propia casa y hubiera decidido quedarse, hasta cubrirlo todo, hasta devorarlo todo en silencio.

Cuando por fin despertó del profundo sueño, estaba toda cubierta de una polvareda pesada y densa que casi no le permitió abrir los ojos ni respirar normalmente. Tuvo a bien gritar, lo más que pudo, alguien tenía que escucharla, alguien tenía que socorrerla, alguien tenía que apiadarse y salvarla de este enemigo mortal.

‘’¡Auxilio! ¡Ayúdenme!’’ gritó, mientras se sacudía y revolcaba en el piso, intentando librarse de su prisión de arena, pero el polvo era cada vez más denso, más espeso, más pesado y la iba consumiendo, hasta tragarla infinitas veces y dejarla ahí, tirada, sin aire, en el piso de su propia casa.

Mientras tanto, los vecinos, acostumbrados a sus gritos, no se sobresaltaron ni un ápice. Pusieron música a todo volumen, continuaron con sus vidas como si nada. A fin de cuentas, ella, la loca del tercero, solo espera que alguna cosa mala le pase en serio y esta vez le tocó el turno al polvo. Al polvo del Sahara.


18 marzo 2020

36 horas



Mi hermano siempre fue un poco tonto. No en el sentido intelectual, sino en el de la vida práctica. Por eso, cuando empecé a sentirme mal, no le dije nada. No porque fuera un tipo nervioso que se ofuscara fácilmente, sino porque es tonto, como ya dije. Tonto para la vida.
Yo caí en ese grupo de ‘’población de riesgo’’, por la epilepsia. Empecé a presentar los síntomas, pero no me alarmé; total, a mí a cada tanto, cualquier gripe se me instalaba en el cuerpo por días. La verdad es que no le di importancia.
Era de esperarse que mi hermano no notara si yo pasaba más tiempo en cama que dando vueltas por la casa. Era de esperarse que tampoco se diera cuenta de que tenía una tos seca persistente. Eran de esperarse muchas cosas, en lo que a él y a su falta de visión se refiere.
Deliberadamente, mi hermano no quería hacerse cargo de nada que tuviera que ver conmigo, ni mis ataques, ni nuestra ‘’hermandad’’, ni nada. Muchas cosas rutinarias, de la vida cotidiana le cuestan, no les pone empeño. Así que cuando todo esto comenzó tan de pronto, él no supo qué hacer. A veces creo que ignoró olímpicamente todas las señales de mi enfermedad para tener que evitar involucrarse.
Ahora lo observo sin lástima. Al principio confieso que sí me dio algo de lástima. Intentó reanimarme con un boca a boca, pero eso fue porque lo vio en algún programa de la tele o tutorial de YouTube, no porque supiera cómo hacerlo.
En un momento de nuestras vidas, antes de que nuestros padres fallecieran, nuestra madre intentó que todos hiciéramos un curso de primeros auxilios. Lo hizo pensando en mí. No lo hicimos. Le fuimos dando largas, mi hermano, sobre todo.
Así que cuando empecé a quedarme sin aire, intenté guardar la calma; pero solo lo intenté. Si me sobrevenía uno de los ataques, ¿qué iba a hacer? Y era eso lo único en lo que pensaba, en que no me pasara, o no al menos ahora, que me estaba costando respirar.
Traté de acomodarme lo mejor que pude. Coloqué las almohadas sobre el respaldo de mi cama y me senté. Mi hermano escuchaba música a todo volumen en la sala, así que tuve que mandarle un WhatsApp. Hasta eso habíamos llegado.
En ese tiempo entre el mensaje que envié y cuando mi hermano lo leyó, me sobrevino uno de los ataques. El último. Las convulsiones y la falta de aire, más la debilidad de mi cuerpo por el virus de moda, me hicieron exhalar mi último y sofocado suspiro.
A las mil y tantas cuando mi hermano se percató de todo y entró en mi cuarto, hacía rato que yo estaba inerte en la cama, con la boca abierta, con un hilo de saliva, y la vista fija clavada en el techo. Hubiera preferido morir de otra forma, pero mi deceso fue una unión de coincidencias típicas del destino.
Ahí fue cuando empezó con el show, el pobre inútil. Empezó a gritar, me agitó por los hombros, intentó reanimarme con un boca a boca y al final, como era de suponer, se echó a llorar. Me pidió perdón, me abrazó. Cerró mis ojos, me limpió la boca. Acomodó mi cuerpo con delicadeza y me cubrió. Eso me sorprendió y enterneció a la vez. No es mal tipo mi hermano, solo tonto. Tal vez, si hubiera nacido en otra familia, hubiera encajado bien, pero en la nuestra, estaba destinado al fracaso.
Llamó a los paramédicos, quienes amablemente le informaron que en breve pasarían por casa. Yo lo dudé mucho. Vivíamos en un pueblito, si bien estábamos cerca de la capital, llegar demoraba cerca de una hora, hora y media. Todavía había nieve en la carretera, así que eso hacía más lento todo.
Mi hermano esperó un par de horas y volvió a llamar. Al tercer intento, ya estaba bastante alterado. El servicio de paramédicos le dijo que no podían pasar a buscar mi cuerpo, ni mucho menos constatar si era verdad que había muerto, porque se había declarado la cuarentena oficialmente y nada se podía hacer.
¿Y qué iba a hacer el inútil de mi hermano conmigo durante 15 días? ¿Meterme en el congelador? Lo pensé. Pensé mil alternativas, pero ¿cómo se las comunicaba? Yo estaba acostumbrada a ese accionar burocrático y estúpido de los organismos públicos de nuestro país, pero él no, porque siempre se había hecho a un lado y había dejado que otros resolvieran su vida práctica. Así que ahora, que tenía que lidiar con esta tragedia, no se le ocurría qué hacer. ¡Pobre!
Yo en su lugar, hubiera envuelto el cuerpo cuidadosamente, lo hubiera puesto en la maleta del auto y habría enfilado al hospital, el que nos quedaba a una hora. Pero a él, lo único que se le ocurrió fue subir stories a su Instagram y un video a YouTube.
Cada tanto, entre lágrimas y sollozos, enfocaba mi cuerpo y pedía ayuda. ´´¿Qué hago con mi hermana muerta? ¡Nos han abandonado!’’. Me entretuve un tiempo leyendo los comentarios bizarros de la gente, que iban desde darle las condolencias, hasta decirle que me picara en trocitos y me guardara en el frízer hasta que viniera la ambulancia o la funeraria. Otros comentarios eran más sarcásticos, pero esos me los reservo; y también los comentarios de otros inútiles como mi hermano, me los reservo.
Al cabo de unas horas, se encerró en su cuarto. Cada tanto salía para ver si había ocurrido el milagro de mi resurrección y para revisar los nuevos comentarios y subir alguna que otra story nueva sobre nuestro caso. Si hubiera podido dejarle un comentario, le hubiera escrito: ‘’De esta no se vuelve’’, pero…
El primer día transcurrió así: Mi hermano entrando en mi habitación, mi hermano llamando a los paramédicos, mi hermano subiendo actualizaciones de estado. 24 horas así. No sé cuándo comienza el cuerpo a descomponerse, pero mi hermano ya estaba frenético buscando información al respecto.
Yo pensaba ‘’¿y si se va la luz? ¡Se muere mi hermano también!’’. En este punto, juro que ya era de risa nuestro caso. O por lo menos lo era para mí. Cada llamada a los paramédicos daba el mismo resultado: ‘’No podemos atender ningún caso fuera del hospital porque estamos en cuarentena’’.
Al término del segundo día, mi hermano tenía unas ojeras muy marcadas. Estaba durmiendo mal y ahora se le había instalado el miedo en el cuerpo. Si yo no hubiera sido compasiva, como lo fui en vida siempre, lo hubiera asustado, pero era tonto mi hermano solamente. No era mal tipo, nunca lo fue, así que era inmerecido. ¡Pero hubiera sido muy divertido!
En fin, pasadas 36 exactas horas, por fin llegaron los paramédicos. No fue por la insistencia caótica y desesperada de mi hermano, sino porque una influencer se apiadó de sus lastimeros videos y ejerció presión entre sus seguidores para hacer todo un lío y que al final vinieran por mí.
Muy moderno todo, la verdad. Pero no por ello deja de ser patético y triste. Supongo que la vida, como está concebida ahora, no da lugar a la practicidad y a la naturalidad (mi muerte tenía que pasar en cualquier momento, no es a eso a lo que me refiero) y sí a hacer de ella una especie de obra de teatro a la que asisten inútiles o tontos, como mi hermano. En todo caso, a final de cuentas, podemos ambos descansar en paz.