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15 octubre 2021

Alzheimer

 


Ha acondicionado su habitación, al fondo de la gran casa, para que sea lo más acogedora posible y se parezca a la que una vez fue su cuarto de estudiante, cuando se fue de la casa de sus padres para estudiar y labrarse el brillante futuro que tenía supuestamente ante sí.

Tiene incluso una cocinita eléctrica para prepararse sus antojos y así no depender de la comida que sin ningún esmero le preparan a él y al resto de los pacientes. No le gusta autoproclamarse como tal, pero no encuentra otra forma.

Su vida ahora es muchísimo más satisfactoria y plena que cuando estaba libre, si es que alguna vez lo fue mientras estuvo allá afuera, en el mundo. Sin rutinas ni responsabilidades, solo está él consigo mismo y su propia compañía le agrada, mucho más de lo que pensó, cuando tomó la decisión de ser internado.

Mientras repasa los últimos 10 años de la vida que ha llevado en esta casona que le sirve de refugio, escucha los pasos conocidos de la enfermera que se detienen en su puerta y antes de que la chica golpee, él ya le ha dicho que puede pasar.

Nerviosa y casi sin aliento le avisa que su esposa está en la recepción. ‘’¿Qué? ¿Cómo? ¡No es día de visita hoy!’’ responde irritado. ‘’Pues aquí está, con un ramo de flores y todo’’, le informa la chica. ‘’Qué mujer de mierrrr…Perdona, perdona. No quise ser grosero o al menos no contigo’’ se disculpa y continúa: ‘’¿Qué le dijeron?’’ indaga. ‘’La atajaron en la entrada, pero seguro que irá a escabullirse hasta su habitación, ya sabe, la compartida. ¿Qué hacemos, don?’’ pregunta la chica, más nerviosa que antes. ‘’Deja que me cambie y me vaya hasta el jardincito. Tú haz como si no me hubieras encontrado en mi cuarto’’ dice, mientras uso los dedos para crear comillas imaginarias en esas últimas dos palabras.

La chica asiente y sale veloz de la habitación. El hombre se cambia tan rápido como puede y tiene el tino de despeinarse y ponerse la bata de baño al revés, para parecer más desubicado y perdido en su propio mundo que nunca. ‘’Vieja hija de puta’’ masculla, al tiempo que se escapa por la ventana para ir hasta el jardín. Y ahí se queda, tranquilo en apariencia, sentado en una de las sillas de metal, viendo para el cielo. ‘’En algún punto me gano el Oscar al mejor actor’’ piensa divertido para sus adentros. Sonríe.

La mujer lo ve y casi se abalanza sobre él: ‘’¡Mi amor! ¡Aquí estás!’’ grita con su voz desagradable de siempre y haciendo esos ademanes que a él terminaron por asquearlo hace mucho tiempo. ¿En qué momento el amor le dio paso al horror? Porque es justo eso lo que siente cuando piensa en ella o cuando la ve llegar: Horror.

‘’¡Mamá!’’ le dice y la envuelve en un abrazo infantil e incluso tierno. La enfermera, parada a prudencial distancia ahoga una carcajada, mientras él le guiña un ojo. La mujer se lo quita de encima con prisa, casi molesta. ‘’No soy tu madre, Ramiro. Soy tu esposa’’ le dice enfadada. De mala gana le entrega el ramo de flores. El hombre lo recibe sonriente. ‘’Es primavera aquí en París’’ dice. ‘’Ramiro, mi vida, no estamos en París, nunca estuvimos’’, le responde ella, descorazonada, mientras le pasa la mano por los cabellos para intentar peinarlos.

Se desploma en la silla al lado de la que él ocupaba y lo obliga a sentarse a su lado. El hombre se deja llevar e insiste en llamarla ‘’mamá’’. Le encanta usar ese personaje. Sabe bien lo mal que se la llevaban ella y su madre. Hacía tiempo que no la confundía de esa forma. Se lo merece, por haberse aparecido sin avisarle, el día que no tocaba visita.

Él alterna entre episodios de ‘’te reconozco y no’’ durante toda la visita para exasperarla. Ha estudiado bien sus personajes y después de tantos años rodeado de personas que se perdieron en los vericuetos de sus propias mentes en serio, ha aprendido varias cosas que va poniendo en práctica en cada visita.

Le encanta ser otros porque siempre quiso hacer teatro, dedicarse a ese arte, pero la vida lo llevó hacia otros rumbos, en los que quedó atrapado durante mucho tiempo, hasta que decidió liberarse, a su manera.

Después de un rato que le parece eterno y en medio de uno de esos episodios de ‘’sé quién eres y qué eras en mi vida’’, le confiesa que está cansado, que es mejor que se vaya, que él quiere dormir una siesta y que gracias por las flores, preciosas y aromáticas, que compró para él. Se levanta de la silla y le dirige una mirada tierna a la enfermera, que se apresura a llevarlo del brazo. ‘’Te compré flores, mi amor’’ le dice con voz pícara, al tiempo que le guiña un ojo. ‘’Es usted tan amable, don’’ le responde ella, tomando el ramo de flores.

Su mujer lo observa con rabia. ‘’Me gasto un buen dinero en esas flores del carajo para que este imbécil se las dé a otra, que quién sabe con quién confundirá. ¿Tal vez crea que soy yo de joven? ¿Qué tengo que hacer para que este malparido me reconozca, me recuerde del todo?’’ piensa.
Se abre paso entre ambos, de manera de separar a Ramiro de la enfermera, para abrazarlo y besarlo. Él se hace el sorprendido, el que no sabe quién es ella, ni qué hace ahí, mirándola con un desprecio mal disfrazado. Se aleja, con el movimiento ya no tan grácil de sus enormes caderas que en algún tiempo a él le parecieron jugosas y carnales y ahora solo le da grima ese exceso de grasa mal distribuido.

Respira hondo. ‘Voy a darme un largo baño, porque ese perfumito de cuarta que usa, se queda impregnado en todo lo que toca esta vieja’’, refunfuña. ‘’Hoy estuvo estupendo, don. Debió haber sido actor. No me canso de repetírselo. ¡Casi no aguantaba la risa!’’ confiesa divertida la enfermera. ‘’Te conté, bueno... a ti y a las demás chicas, que siempre quise ser actor, pero la vida me fue llevando hacia otros derroteros’’ explica, mientras se inclina y hace un movimiento, a modo de reverencia. Ella aplaude y sonríe.

‘’¿Qué hago con las flores?’’ pregunta, viendo con detenimiento el ramo. ‘’Son meros cadáveres, ya, querida, pero me las llevo, no te preocupes’’, responde. Se peina un poco el cabello con las manos, se quita la bata y se la cuelga en el brazo izquierdo y se va silbando a su habitación, la del fondo de la gran casa. Mientras prepara el baño, mira el ramo y con desdén lo tira a la basura. ‘’Pobre diabla. Voy a esperar a que te mueras de vieja, nada más para llevarte yo flores a tu tumba’’.

13 marzo 2021

Asfixia

 


Se despertó sobresaltado y sintió que le faltaba el aire. En medio de aquella oscuridad absoluta e irreconocible por segundos, solo quiso gritar y pedir ayuda, pero al instante recordó que estaba muerto y volvió a entregarse a su propio descanso eterno.

01 marzo 2021

Parálisis

 



Se inclinó sobre la cuna. Acarició con ternura la tersa mejilla y la besó. Limpió con delicadeza el hilo de saliva que casi siempre manaba de esa boca que no podía permanecer cerrada. ‘’Mi pequeño vegetal’’ dijo en voz baja y se retiró del cuarto de ese hijo que no había podido cumplir sus expectativas de realizarse como padre.

25 enero 2021

El elixir de la vida

 



La dama desciende del carruaje con la gracia que tienen las criaturas que nacieron con la elegancia incorporada en los huesos. Casi totalmente cubierta por la capa de terciopelo negro, puede parecer dos cosas a quien se la tope: o una cortesana o una bruja.

Camina con prisa el sendero que la separa del convento y lo bordea, como siempre, para poder entrar por la puerta que le tienen reservada, la que permanece abierta solo para ella. Al entrar, la oscuridad absoluta la rodea y tarda algunos minutos en acostumbrarse. Avanza algunos metros, apoyándose en las paredes frías hasta llegar al pasadizo.

Una débil vela, a punto de extinguirse, es la única iluminación disponible que puede usar para recorrer ese húmedo pasillo, que cada vez se le antoja más largo y más lúgubre. No es la mejor parte del recorrido, pues siempre teme que alguna rata decida hacer de ese sitio su hogar y en sus plegarias, está incluido el deseo de que eso jamás pase.

Respira agitadamente mientras avanza hasta llegar a su destino. Tantea la puertecilla y la golpea, primero tres veces y después tres veces más, de manera de dejar en claro que es ella y nadie más quien aguarda a ser atendida.

La hermana Alda estaba a punto de dormirse en el banco de la capilla, pero el ruido de los golpes a la puerta secreta la pone en alerta. Se levanta y apoya la cabeza en la pared falsa, hasta que vuelve a escuchar los otros tres golpes que indican que es la dama de la noche. Retira el falso decorado y abre, con todo el sigilo del mundo, la puertecilla.

Iluminada por lo que poco que va quedando de la vela, la dama, lejos de parecer una figura aterradora, se muestra más hermosa que nunca; incluso a pesar de no serlo. La hermana Alda le sonríe. Le agrada su presencia y reconoce, con cierto pesar de su alma femenina, que nunca podrá tener el porte delicado y fino de aquella dama, por más que se esfuerce.

Se inclina ante ella con una reverencia torpe e infantil. La dama le alaba el gesto con una media sonrisa y un ‘’no es necesario, hermana’’ suave y lánguido. A la luz de la poca iluminada capilla, las mujeres intercambian miradas cómplices. La hermana Alda está siendo instruida en los menesteres de recibir y despachar ‘’el elixir de la vida’’, a las clientas que pasan por un riguroso examen.

La dama se abre un poco la capa y deja al descubierto un bolso que contiene las dosis exactas del lote pedido. Cada frasquito está primorosamente envuelto en telas y algodones, con la etiqueta lacrada que reza ‘’Elixir vitae’’. Se los entrega a Alda, quien los cuenta uno por uno.

La mujer se acerca al altar, se arrodilla y reza. Lo hace por su éxito, porque nunca la descubran, porque pueda seguir adelante con su noble y loable causa, por seguir ayudando a tantas mujeres a deshacerse de deberes innecesarios y a ser felices. Está convencida de que está ganándose su lugar en el paraíso con esmero y honestidad, tal y como le enseñó su madre.

Se levanta y persigna. Alda terminó de contar los frascos hace unos minutos, pero no quiso interrumpirla. ‘’Están todos, señora. Muchas gracias en nombre de todas’’. La dama sonríe y asiente complacida. ‘’Estoy para servirlas, hermana’’ y es esta vez ella quien se inclina ante la monja, a modo de reverencia.

Sin más dilaciones, la mujer se retira, haciendo el camino inverso, esta vez sin necesidad de una vela. Va tanteando por los muros del pasadizo, lo más rápido que puede hacia la puerta reservada solo para ella. Abandona el convento, en medio de la oscuridad más absoluta, hasta llegar al carruaje, que la llevará de vuelta al castillo que habita, con su devoto y anciano marido.

12 octubre 2020

El paseo al río

 




Sabe que esa noche no podrá dormir. El desarrollo vertiginoso de los acontecimientos ha dejado una marca trágica en sus sentimientos, así que se levanta sigilosa y sale del cuarto, no sin antes cerciorarse de que ninguna de sus compañeras la haya visto.

Se escabulle tan silenciosamente como puede hasta llegar a la cocina. Se asoma de puntillas por la ventanita de la puerta: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda está boca arriba, pálida, con las manos sobre el pecho, como si estuviera durmiendo sin soñar.

Quiere entrar y verla de cerca, pero no lo hace por miedo. A los muertos se les debe respeto, en todo momento. O al menos eso es lo que su madre y las monjas siempre le han dicho. Sin embargo, tiene unas ganas casi irrefrenables de acercarse y llamar a María Fernanda por su nombre completo, para hacerla revivir.

Se sienta en el piso y respira hondo. Intenta rezar, no sabe si para calmarse o para interceder por el alma de una niña que no tuvo ni chances de pecar, como Dios manda. Siempre le dio algo de pena, desde que sus padres la dejaron llorosa en la puerta del internado, hasta este momento preciso en que yace, eternamente silenciosa, en la mesa de la cocina.

Recuerda cuando las monjas la recibieron. Las demás niñas se agolparon en las ventanas para verla llegar. Tenía un aire dulce y tímido y no estaba ahí como la mayoría de las demás niñas, por lo que no encajaría a la primera. O al menos eso fue lo que algunas notaron.

La noticia de por qué estaba entre todas ellas, se supo al tiempo, por una de las novicias, que adoraba las historias románticas y los amores imposibles de parejas sufridas y desdichadas. Los padres de María Fernanda la habían internado en ese colegio, lejos, muy lejos de la capital, para separarla de un chico, del que ella se había enamorado, ya que eran de clases sociales diferentes.

‘’Niñas, tenemos que darle nuestro apoyo’’, les había confiado en voz baja la novicia romántica. ‘’El primer amor nunca se olvida’’ dijo categórica y exacta. Pero a los 12 años, que era la edad promedio de las chicas, esa frase sonaba más a novelita barata que a un hecho cierto, porque ¿quién a los 12 años tiene la certeza absoluta de lo que es el amor de pareja?

Las demás niñas le hicieron un espacio a María Fernanda, sin preguntarle muchas cosas, para no socavar más su tristeza, ni hacer que se sintiera peor. Pronto se le pasaría ese enamoramiento y volvería a confiar en el proceso de la vida o al menos no vivirla sin tantas prohibiciones sin sentido.

La tarde del paseo planeado por el día feriado, el río ofrecía su caudal más crecido, intenso y profundo, casi desbocado. Sin embargo, había que cruzarlo para llegar a su otra orilla y disfrutar del paisaje. No era nada que no hubieran hecho antes, solo que esta vez, las aguas caudalosas se mostraban llenas del ímpetu de la naturaleza, voluble y volátil, como suele ser a veces.

Las monjas organizaron a las niñas por orden de tamaño, como en tantas otras oportunidades. De manos dadas, empezaron a atravesar el río, despacio, gritando de felicidad, riendo, dejándose empapar los uniformes, los hábitos, por el agua fría.

Las primeras iban llegando felices a destino, hasta que María Fernanda, sin querer, se soltó, agitada por ese río impetuoso que nunca había cruzado. Entonces los gritos se llenaron de espanto. La niña fue arrastrada por la corriente. Dio vueltas y vueltas hasta hundirse.

Presas del pánico, suspendieron el cruce y como pudieron, regresaron a la orilla. Las monjas corrían río abajo llamando a la niña. Quiso participar en la búsqueda, lo recuerda bien, pero una de las monjas decidió llevarla, junto con el resto del grupo al internado.

Algunas lloraban. Ella permanecía con el alma en vilo, esperando la noticia de la aparición con vida de su compañera. En oleadas, recordaba el suceso: María Fernanda dando vueltas, sin control, agitada por el río.

Después de interminables horas, los bomberos rescataron el cuerpo. Y llegaron los padres de la niña. Y oyeron los gritos de la madre por todo el internado. Y los llantos de las monjas. Los lamentos del padre. Y sintieron la culpa de esos padres estrellarse una y mil veces contra los muros del internado. Y tantas otras cosas terribles de ese día triste, del paseo al río.

Se levanta del piso. No sabe bien qué hora es. Quiere entrar y ver a María Fernanda de cerca, pero no lo hace, de nuevo, por miedo. Se pone de puntillas para atisbar por la ventana. Tal vez algo haya cambiado, pero no, no hay ninguna alteración en la escena: Encima de la mesa del comedor, María Fernanda sigue boca arriba, lívida, con las manos sobre el pecho.

Después de unos minutos, vuelve al cuarto y se esconde bajo las sábanas, a esperar que comience un nuevo día. Cierra los ojos y trata de descansar, pero el sueño termina por vencerla, al final.

Cuando despierta, respira hondo. Es feriado. No trabaja, se ocupará de su casa, de sus hijos, de cocinar, tal vez de limpiar. Se levanta y se recoge el pelo. El silencio reina en su casa, aunque no por mucho tiempo, porque cuando todos despierten, empezará el ajetreo de siempre.

Se dirige a la cocina y se dispone a preparar café. Mientras espera, mira por la ventana: Es un fantástico día de sol, el cielo sin nubes deja paso a ese azul intenso y limpio que tanto le gusta; sin embargo, es 12 de octubre y como todos los 12 de octubre, se acuerda de María Fernanda, encima de la mesa del comedor del que fue su internado, durmiendo sin soñar.

10 septiembre 2020

Todo el tiempo del mundo


Son tantos años ya juntos que él sabe cuándo se avecina un escándalo, por cualquier cosa, sea él el culpable o no. Así que esta vez, cuando supo que estaba por ocurrir otro episodio, se escurrió un poco en la silla y respiró hondo. Deseó una vez más, no tener que pasar por esto.

La mujer salió del cuarto hecha una fiera, lo que era común en ella, dado su carácter impetuoso e incontrolable. Desde el extremo opuesto de la mesa donde estaba el hombre agitó el periódico que sostenía con fuerza en la mano: ‘’¿Leíste esto? E-S-T-O’’ le espetó, como si él fuera capaz de saber con antelación las noticias del mundo que ya no habitaban.

Respondió con un tímido no, pero de nada hubiera servido responder con un sí. De todas formas, ella haría un lío, fuera algo importante o no, aunque a estas alturas, ¿qué era lo verdaderamente importante, si todo ya había perdido sentido?

’’No fue a esto a lo que nos comprometimos’’ dijo ella, con ese tono de voz exasperante. El hombre tomó el periódico arrugado y leyó lo más rápido que pudo la noticia, a grandes rasgos. Una noticia sensacionalista, amarillista, sin razón de ser, más que llenar de historias estúpidas las páginas de los tabloides.

‘’¿Importa ya acaso?’’’ le respondió, pero se arrepintió en el mismo momento en que terminó de hacer la pregunta. La mujer le clavó la mirada furibunda. Si hubiera podido asesinarlo en ese preciso momento, lo hubiera hecho. ‘’¿Cómo que si importa o no importa ya? ¿Eres imbécil, acaso? ¡Claro que lo eres! ¿Cómo no puede importarte esto, cómo? ¡Dímelo!’’ le gritó.

‘’Y…pasan cosas. No las podemos controlar’’ le dijo, en un tono de voz que buscaba calmarla, pero ella ya no lo escuchaba. Seguía gritando a más no poder. Lo típico. Él se sabía ese guion de memoria, pero siempre le seguía el juego, con la vana esperanza de que en algún momento, todo fuera diferente.

Después de un rato, que a él se le hizo más eterno que de costumbre, ella se calló. Él aprovechó para hablar. Se levantó de la mesa y se acercó, con cuidado y lentitud. ‘’Mi amor…ya nada de esto importa, ni tampoco nos compete. Una vez que dimos nuestro consentimiento, nos desligamos de los resultados’’. Se fue acercando más y más, hasta apoyar una mano en el hombro de la mujer y llevarla hasta su mejilla.

‘’No nos compete’’ repitió ella. ‘’Era mi cuerpo. Era el tuyo. Y tú dices que ‘’no nos compete’’. ¡Cínico!’’ y de un manotazo, le retiró la mano de la mejilla. Él parpadeó, sin saber qué más decir para hacerla entrar en razón. Se sintió parte de un episodio de una serie policial, en la que el funcionario le explicaba que mejor no hablara, porque todo podía ser usado en su contra.

Agachó la cabeza y dio por perdida esta nueva batalla, en la que ella sola peleaba, por cualquier motivo, para sentirse viva, de nuevo. Fue hasta el extremo de la mesa donde estaba el periódico arrugado y leyó de nuevo la nota: ‘’El escándalo de los cuerpos donados a la ciencia dejados a merced de las ratas’’.

‘’Un escándalo más, uno menos. Ni a nuestras familias les importa lo que haya pasado con nuestros cuerpos’’, pensó. Quiso decírselo, pero se contuvo. Se retiró de la habitación, a esperar tan solo a que ella se tranquilizara. A fin de cuentas, tenía todo el tiempo del mundo para esperar a que eso sucediera. Ya no tenía nada que esperar, salvo el descanso eterno. 


 

13 julio 2020

¡Tantas cosas que se escapan!




Con la dificultad que le causa movilizarse, la mujer desciende del taxi de la forma más digna y elegante posibles. ‘’Que no se note tanto mi edad’’, piensa divertida. Echa un rápido vistazo a su atuendo. No luce mal, dentro de lo que cabe. Intentó vestirse de manera sobria, aunque él seguramente la recuerde como excéntrica y extravagante. No importa. Siempre puede esgrimir que eran ‘’cosas de la juventud’’. Lo cierto es que se sigue vistiendo como una excéntrica y una extravagante, pero no para hoy. Hoy quería ser elegante, discreta, llevar bien la etiqueta de ‘’una señora de su edad’’, aunque nunca haya tenido claro qué significa esa frase. De su cartera saca un espejito para constatar que aún sus labios tienen brillo, que sus mejillas conservan el rubor y que su cabello no luce desaliñado. Todo está en su sitio, por fortuna. Toma con firmeza el mango de su bastón y avanza decidida hacia su destino. Abre la reja y observa la casa. Es pequeña, sensata, con un jardín diminuto, pero necesario. Es una casa de un solo piso, diferente a las otras del vecindario. Por fuera no tiene nada llamativo, pero está segura de que por dentro está decorada con gran gusto, ecléctico, tal vez, como su dueño. Recorre despacio el caminito de baldosas hacia la puerta principal. Toca el timbre. Oye unos pasos que se arrastran desde el interior y lo ve, cuando corre la cortina y se le queda viendo, impertérrito. Esa mirada la desarma. No sabe si sonreírle o hablarle u ordenarle que abra la puerta, que es ella. El anciano la observa. Ella oye cómo destraba la puerta y la abre, sin miramientos. ‘’¿Qué desea?’’ le pregunta. Está en piyamas, despeinado y luce bastante acabado, como si la vida no hubiera sido benévola del todo con él. ‘’Sigo siendo virgen, Mario. ¿Me dejas pasar?’’ le pregunta ella, en voz baja. El hombre parpadea. Le franquea el paso más por curiosidad que por familiaridad; a fin de cuentas, ¿qué tan peligrosa puede ser esa señora, tan vieja como él? No la invita a sentarse, sino que se dirige a la cocina. Ella lo sigue, titubeante. Estos nuevos modales que le descubre, la hacen sentir incómoda. ¿Dónde está el caballero educado de antaño? Tal vez todo quedó en el pasado o tal vez era solo una impostura para atraerla, en aquel tiempo pretérito que compartieron. ‘’Mario…Tenemos que hablar’’ le dice, en un intento de introducción al tema que la ha traído a esa casa. ‘’Pues habla. No sé de qué, pero habla que te escucho’’ responde tuteándola también, no sin antes mirarla, sin poder reconocerla. Prepara té para ambos, sin haberle consultado si quería y se sienta a la mesa. La observa, con más detenimiento ahora. Recuerda la advertencia de su hija de no abrirle a extraños, pero esta mujer lo conoce, no sabe de dónde, pero lo conoce. Ella también se sienta, aparta la taza de sí, sin tomar ni un sorbo del té. ‘’¿No lo bebes?’’ pregunta. ‘’No me gusta el té. Te lo decía con frecuencia, pero ya veo que no lo recuerdas’’, responde. Él se encoje de hombros, como un niño al que no le importa la opinión de un adulto. ‘’¿Qué era lo que tenías que decirme?’’ indaga. Ella cierra los ojos por instantes. El empuje inicial la ha abandonado y ahora se siente un tanto cohibida ante este Mario, que no es el suyo, tan extraño, tan hostil, tan malcriado. Un sinfín de pensamientos la asalta: ¿Habrá hecho bien en buscarlo?, ¿qué otras razones inconscientes la llevaron a esto?. Después de una larga pausa, logra repetir: ‘’Sigo siendo virgen, Mario. Y he venido para solucionar esta situación. Contigo y con ningún otro’’ dice. El anciano resopla, pero retiene una carcajada de burla y desdén, al verla tan ansiosa, a espera de una respuesta. ‘’¿Tú crees que a esta edad que tenemos, podemos resolver esa ‘’situación’’? pregunta, levantando los dedos y haciendo comillas imaginarias. ‘’Y en caso de que pudiéramos, ¿no ha pasado ya demasiado tiempo? ¿No debió haber sido un plan de hace mucho tiempo atrás? La mujer se le queda viendo. Hace un esfuerzo para no echarse a llorar ahí mismo, en esa cocina ajena. El hombre nota su desazón, como si le hubiera respondido una canallada y no con la verdad de sus pensamientos. Sin embargo, no suaviza su respuesta: ‘’Es un tanto dramática tu situación y me parece que todo está perdido. En esto no te puedo ayudar’’. ‘’Yo…’’ comienza diciendo. ‘’Pensé que podíamos solucionar esto o que al menos te mostrarías dispuesto. El tiempo es implacable, a estas alturas Mario, y tú…’’ Él la ataja, antes de que continúe con su discurso lastimero: ‘’Querida, pero ¡dispuesto siempre estuve para esos menesteres, hasta que envejecí!’’ y no puede no reír. ‘’No es que no quiera ayudarte, es que simplemente ya no tengo fuerzas. Digamos que es una cuestión biológica, química, anatómica, ¡qué sé yo! y también de ganas. Lo que propones, no me interesa y además, fíjate en tu apariencia, tampoco es que me es atractiva. Y siento ser tan rudo, pero ese es el estado actual de mi vida, querida’’. Perpleja ante tal declaración, toma con fuerza su bastón y se levanta. ‘’No te hagas la ofendida. ¿Ya te quieres ir? Ni siquiera has probado el té’’ replica. Sin responder, la anciana camina lentamente hasta la puerta. ‘’Ten al menos la amabilidad de pedirme un taxi, Mario’’. ‘’Como gustes’’, responde el hombre, encogiéndose de hombros. Cuando el auto aparece en la puerta, el viejo hace el intento de acompañarla, pero ella lo aparta con un ademán y con un ‘’no nos volveremos a ver jamás’’ seco y hosco. La ve alejarse y responde: ‘’Tampoco es que nos queda mucho tiempo de sobra para eso’’ y ríe divertido, como si fuera un niño nuevamente, que se burla de sus mayores adrede. ‘’Cuánta diversión en una sola tarde’’ piensa. ‘’¿Quién sería esta mujer? ¿Por qué me llamaría ‘’Mario’’? Empieza a dudar. Se dirige a la cocina y bebe el té de la taza que antes le había ofrecido a la anciana. Hoy le preguntará a su hija, cuando venga, cuál es su nombre. ¡Hay tantas cosas que olvida a diario, que se le escapan! ¡Tantas!

26 junio 2020

El polvo del Sahara




Poco a poco, se extiende sobre las ciudades, sobre todo, las de la costa, que es donde ella está. Ha tenido la precaución de encerrarse en su propia casa y ha tapado cada rendija de cada puerta y ventana con pedazos de tela, con ropa, empapados en vinagre, para evitar que se cuele. Nada extraño entrará a su hogar; no al menos si ella pueda evitarlo.

Corrió los muebles de la sala hacia un costado. Le dio vuelta al sofá grande y con él tapió la puerta principal. Verificó que cada espacio entre las bisagras de esa puerta y de las ventanas quedaran selladas. Hasta que no pase el peligro, no se moverá de su casa.

Mantiene la radio y la televisión encendidas todo el día para no perder ningún detalle. Anota en un papel cómo se van desarrollando los hechos, como si de un diario se tratase. Eso sí, para no molestar a los vecinos, mantiene el volumen bajo, para que nadie sospeche que está nerviosa con todo esto.

Responde los mensajes que le llegan a su teléfono de manera casi telegráfica: ‘’Sí, estoy bien’’, ‘’todo ok’’, ‘’tranqui’’ y cosas por el estilo. No quiere distraerse. Tiene la sensación de que, si se descuida, su casa puede ser invadida y no es la idea.

Desde que la alerta nacional comenzó, ha visto alterado su sueño y su rutina diaria. Ahora pasa la mayor parte de su día sentada en el piso de la sala, oyendo las noticias, haciendo anotaciones, verificando que ninguna corriente de aire, por mínima que sea, entre en su casa. No tiene ni idea de cuánto durará todo esto, pero podrá sobrevivir algunos días así. Los necesarios. Ella solo quiere ser una de las sobrevivientes.

Duerme en el suelo de la sala, incómoda, pero tiene que hacerlo, tiene que mantenerse alerta. Si durmiera en su cama, correría el riesgo de no estar atenta. Sabe que el enemigo es sigiloso y también poderoso, así que no quiere darle tregua.

Por momentos, cuando está muy cansada, piensa en claudicar; sin embargo, desecha esos pensamientos y redobla sus propios esfuerzos para no fallar. ‘’Sacudirse el polvo’’ es la expresión que usa para animarse, cuando las fuerzas le fallan. Hasta ahora ha sobrevivido, cada vez con más esfuerzo, eso sí.

Sin embargo, esa noche, el cansancio dio cuenta de tantos días en tensión y venció su resistencia. Se durmió profundamente, acurrucada en el piso de su sala, por lo que no notó cuando el enemigo fue avanzando lento y sigiloso desde el desaguadero de la cocina.

Se fue formando poco a poco y se fue filtrando por los espacios de la rejilla, único lugar que no tuvo a bien de ser taponado con trapos impregnados en vinagre, porque ¿acaso el polvo habita también en los desaguaderos, en las cañerías? Improbable, según ella.

Lo cierto es que fue avanzando con tanto poderío, que hacerle frente ella no hubiera podido. El polvo fue ocupando todos los espacios, como si de una tormenta silenciosa de arena hubiera tenido lugar en su propia casa y hubiera decidido quedarse, hasta cubrirlo todo, hasta devorarlo todo en silencio.

Cuando por fin despertó del profundo sueño, estaba toda cubierta de una polvareda pesada y densa que casi no le permitió abrir los ojos ni respirar normalmente. Tuvo a bien gritar, lo más que pudo, alguien tenía que escucharla, alguien tenía que socorrerla, alguien tenía que apiadarse y salvarla de este enemigo mortal.

‘’¡Auxilio! ¡Ayúdenme!’’ gritó, mientras se sacudía y revolcaba en el piso, intentando librarse de su prisión de arena, pero el polvo era cada vez más denso, más espeso, más pesado y la iba consumiendo, hasta tragarla infinitas veces y dejarla ahí, tirada, sin aire, en el piso de su propia casa.

Mientras tanto, los vecinos, acostumbrados a sus gritos, no se sobresaltaron ni un ápice. Pusieron música a todo volumen, continuaron con sus vidas como si nada. A fin de cuentas, ella, la loca del tercero, solo espera que alguna cosa mala le pase en serio y esta vez le tocó el turno al polvo. Al polvo del Sahara.


25 mayo 2020

La tienda de pelucas




Hace tiempo ya que no recibe noticias de su amiga, la de la tienda de pelucas. La última vez que supo de ella, fue hace seis o siete meses. Se encontraron en un café del centro para despedirse. Estaría lo que quedaba del año en Caracas, atendiendo su negocio de pelucas, que infelizmente no iba muy bien, dada la crisis.

Se contaron las mismas cosas de siempre, pero de manera diferente para que sonaran a nuevas. Su amiga tenía la ilusión de empezar a vender las pelucas online, de hacer su tienda virtual. Siempre estuvo a la caza de oportunidades, de reinventarse y más en circunstancias tan rudas como las de vivir en Venezuela, su país adoptivo.

‘’Vente a España, de una vez, ¿para qué tanto lío?’’ le decía. Su amiga hacía caso omiso y le daba mil explicaciones de por qué quería quedarse, a pesar de todo. ‘’Allá las mujeres son más coquetas’’, esgrimía, entre tantos argumentos. Ella resoplaba. Le preocupaba el hecho de que ya ambas se estaban haciendo mayores y, en el caso de su amiga, no tenía quién velara por ella. Si algo le pasaba, estando allá, ¿quién se ocuparía?

En esos meses sin saber si estaba bien o si algo le había pasado, había pensado todos los escenarios posibles. No tenía a quién recurrir, no sabía con quién comunicarse, y aunque lo intentó con el consulado, y otros medios oficiales, no tuvo éxito.

Ingenuamente, a todos los recién llegados de aquel país con los que se topaba, les preguntaba por la tienda de pelucas. ‘’La tienda de pelucas de Chacao, ¿la conocen?’’. Se sentía ridícula y algo tonta haciendo la misma pregunta siempre, pero tenía la esperanza de que alguien le diera una respuesta que la dejara tranquila, así fuera una mala noticia o la que ella más temía.

Sin embargo, nadie conocía la tienda, ni a su dueña. Ella sabía que era una utopía preguntarlo, pero no quería dejar de hacerlo. En las ciudades convulsionadas por sobrevivir, nadie da cuenta de la falta de una única persona.

Del otro lado del mundo, deambula por las calles. Va y viene, viene y va, sin rumbo, con su saco de pelucas a cuestas. Un día salió de su casa, la cerró con ganas. Pasó por su tienda y guardó algunas pelucas, las más lindas. Se recogió el pelo y se colocó una, platinada, que combinaba con todo lo que siempre había querido ser: extravagante, diferente, nunca anónima. Cerró bien el local y empezó su huida. Huyó sobre todo de su propia vida.

 


18 marzo 2020

36 horas



Mi hermano siempre fue un poco tonto. No en el sentido intelectual, sino en el de la vida práctica. Por eso, cuando empecé a sentirme mal, no le dije nada. No porque fuera un tipo nervioso que se ofuscara fácilmente, sino porque es tonto, como ya dije. Tonto para la vida.
Yo caí en ese grupo de ‘’población de riesgo’’, por la epilepsia. Empecé a presentar los síntomas, pero no me alarmé; total, a mí a cada tanto, cualquier gripe se me instalaba en el cuerpo por días. La verdad es que no le di importancia.
Era de esperarse que mi hermano no notara si yo pasaba más tiempo en cama que dando vueltas por la casa. Era de esperarse que tampoco se diera cuenta de que tenía una tos seca persistente. Eran de esperarse muchas cosas, en lo que a él y a su falta de visión se refiere.
Deliberadamente, mi hermano no quería hacerse cargo de nada que tuviera que ver conmigo, ni mis ataques, ni nuestra ‘’hermandad’’, ni nada. Muchas cosas rutinarias, de la vida cotidiana le cuestan, no les pone empeño. Así que cuando todo esto comenzó tan de pronto, él no supo qué hacer. A veces creo que ignoró olímpicamente todas las señales de mi enfermedad para tener que evitar involucrarse.
Ahora lo observo sin lástima. Al principio confieso que sí me dio algo de lástima. Intentó reanimarme con un boca a boca, pero eso fue porque lo vio en algún programa de la tele o tutorial de YouTube, no porque supiera cómo hacerlo.
En un momento de nuestras vidas, antes de que nuestros padres fallecieran, nuestra madre intentó que todos hiciéramos un curso de primeros auxilios. Lo hizo pensando en mí. No lo hicimos. Le fuimos dando largas, mi hermano, sobre todo.
Así que cuando empecé a quedarme sin aire, intenté guardar la calma; pero solo lo intenté. Si me sobrevenía uno de los ataques, ¿qué iba a hacer? Y era eso lo único en lo que pensaba, en que no me pasara, o no al menos ahora, que me estaba costando respirar.
Traté de acomodarme lo mejor que pude. Coloqué las almohadas sobre el respaldo de mi cama y me senté. Mi hermano escuchaba música a todo volumen en la sala, así que tuve que mandarle un WhatsApp. Hasta eso habíamos llegado.
En ese tiempo entre el mensaje que envié y cuando mi hermano lo leyó, me sobrevino uno de los ataques. El último. Las convulsiones y la falta de aire, más la debilidad de mi cuerpo por el virus de moda, me hicieron exhalar mi último y sofocado suspiro.
A las mil y tantas cuando mi hermano se percató de todo y entró en mi cuarto, hacía rato que yo estaba inerte en la cama, con la boca abierta, con un hilo de saliva, y la vista fija clavada en el techo. Hubiera preferido morir de otra forma, pero mi deceso fue una unión de coincidencias típicas del destino.
Ahí fue cuando empezó con el show, el pobre inútil. Empezó a gritar, me agitó por los hombros, intentó reanimarme con un boca a boca y al final, como era de suponer, se echó a llorar. Me pidió perdón, me abrazó. Cerró mis ojos, me limpió la boca. Acomodó mi cuerpo con delicadeza y me cubrió. Eso me sorprendió y enterneció a la vez. No es mal tipo mi hermano, solo tonto. Tal vez, si hubiera nacido en otra familia, hubiera encajado bien, pero en la nuestra, estaba destinado al fracaso.
Llamó a los paramédicos, quienes amablemente le informaron que en breve pasarían por casa. Yo lo dudé mucho. Vivíamos en un pueblito, si bien estábamos cerca de la capital, llegar demoraba cerca de una hora, hora y media. Todavía había nieve en la carretera, así que eso hacía más lento todo.
Mi hermano esperó un par de horas y volvió a llamar. Al tercer intento, ya estaba bastante alterado. El servicio de paramédicos le dijo que no podían pasar a buscar mi cuerpo, ni mucho menos constatar si era verdad que había muerto, porque se había declarado la cuarentena oficialmente y nada se podía hacer.
¿Y qué iba a hacer el inútil de mi hermano conmigo durante 15 días? ¿Meterme en el congelador? Lo pensé. Pensé mil alternativas, pero ¿cómo se las comunicaba? Yo estaba acostumbrada a ese accionar burocrático y estúpido de los organismos públicos de nuestro país, pero él no, porque siempre se había hecho a un lado y había dejado que otros resolvieran su vida práctica. Así que ahora, que tenía que lidiar con esta tragedia, no se le ocurría qué hacer. ¡Pobre!
Yo en su lugar, hubiera envuelto el cuerpo cuidadosamente, lo hubiera puesto en la maleta del auto y habría enfilado al hospital, el que nos quedaba a una hora. Pero a él, lo único que se le ocurrió fue subir stories a su Instagram y un video a YouTube.
Cada tanto, entre lágrimas y sollozos, enfocaba mi cuerpo y pedía ayuda. ´´¿Qué hago con mi hermana muerta? ¡Nos han abandonado!’’. Me entretuve un tiempo leyendo los comentarios bizarros de la gente, que iban desde darle las condolencias, hasta decirle que me picara en trocitos y me guardara en el frízer hasta que viniera la ambulancia o la funeraria. Otros comentarios eran más sarcásticos, pero esos me los reservo; y también los comentarios de otros inútiles como mi hermano, me los reservo.
Al cabo de unas horas, se encerró en su cuarto. Cada tanto salía para ver si había ocurrido el milagro de mi resurrección y para revisar los nuevos comentarios y subir alguna que otra story nueva sobre nuestro caso. Si hubiera podido dejarle un comentario, le hubiera escrito: ‘’De esta no se vuelve’’, pero…
El primer día transcurrió así: Mi hermano entrando en mi habitación, mi hermano llamando a los paramédicos, mi hermano subiendo actualizaciones de estado. 24 horas así. No sé cuándo comienza el cuerpo a descomponerse, pero mi hermano ya estaba frenético buscando información al respecto.
Yo pensaba ‘’¿y si se va la luz? ¡Se muere mi hermano también!’’. En este punto, juro que ya era de risa nuestro caso. O por lo menos lo era para mí. Cada llamada a los paramédicos daba el mismo resultado: ‘’No podemos atender ningún caso fuera del hospital porque estamos en cuarentena’’.
Al término del segundo día, mi hermano tenía unas ojeras muy marcadas. Estaba durmiendo mal y ahora se le había instalado el miedo en el cuerpo. Si yo no hubiera sido compasiva, como lo fui en vida siempre, lo hubiera asustado, pero era tonto mi hermano solamente. No era mal tipo, nunca lo fue, así que era inmerecido. ¡Pero hubiera sido muy divertido!
En fin, pasadas 36 exactas horas, por fin llegaron los paramédicos. No fue por la insistencia caótica y desesperada de mi hermano, sino porque una influencer se apiadó de sus lastimeros videos y ejerció presión entre sus seguidores para hacer todo un lío y que al final vinieran por mí.
Muy moderno todo, la verdad. Pero no por ello deja de ser patético y triste. Supongo que la vida, como está concebida ahora, no da lugar a la practicidad y a la naturalidad (mi muerte tenía que pasar en cualquier momento, no es a eso a lo que me refiero) y sí a hacer de ella una especie de obra de teatro a la que asisten inútiles o tontos, como mi hermano. En todo caso, a final de cuentas, podemos ambos descansar en paz.