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31 octubre 2025

El vidrio respira




Nadie recuerda cuándo empezó a moverse, pero todos coinciden en que fue un lunes. El calor se pegaba al aire como un sudor viejo, y sin embargo, ella seguía intacta, tras el vidrio. Su piel no parecía cera. Tampoco parecía piel. Era algo en medio, algo que solo existe cuando la luz se detiene demasiado tiempo sobre lo inmóvil.

Cada día, al pasar frente a “La Popular”, sentía que los ojos del maniquí me seguían, lentos, pacientes. No con curiosidad, sino con reconocimiento. Como si esperara que yo recordara algo.

Con el tiempo, empecé a notar cosas. El velo no estaba siempre igual. Había mañanas en que caía distinto, como si lo hubieran acomodado con una respiración. Una vez juraría que su anillo giró apenas, con un destello húmedo, mientras el resto del cuerpo seguía rígido.

Una tarde de lluvia me quedé sola frente a la vidriera. Afuera olía a tierra y a electricidad. Apoyé la mano en el cristal. Estaba tibio. No por el sol —era una tibieza viva, pulsante, como la de una muñeca humana.


Entonces, algo se movió detrás del velo. No fue un gesto completo, más bien un temblor en el aire, una vibración pequeña, parecida a la respiración que uno contiene cuando alguien lo observa sin parpadear.

Desde esa noche sueño con ella. En el sueño, el local está vacío. Solo hay vestidos flotando, suspendidos como cuerpos bajo el agua. Pascualita me mira, pero su rostro cambia con cada paso que doy hacia el vidrio. A veces es el mío. A veces, el de alguien que nunca vi, pero que sé que fui.

Dicen que quien se queda demasiado tiempo frente a ella empieza a verse distinto en los reflejos.
Yo no sé si es cierto.
Solo sé que, desde hace días, el vidrio empañado deja marcas de dos manos.
Y yo juro que solo puse una.

18 marzo 2025

Las hijas del mercader




A Vicky, quien me contó esta parte de su infancia.


La casa en la que habitaban era un santuario de penumbra, donde la luz del sol se filtraba con desgano a través de cortinas pesadas como sudarios. Su padre, aquel hombre moreno, de mirada severa y algo distante, no les prohibía; sin embargo, deambular entre su mercancía; muy al contrario: las alentaba. 

Para ellas, su hogar no era el mausoleo de maderas nobles y terciopelos marchitos del que a veces se hablaba en el pueblo, más por costumbre que por honrar la verdad. Era el lugar idóneo para inventarse historias y jugar a las escondidas, una y mil veces.  

A pesar de modesto, el negocio de su padre era próspero, pues surtía también a poblados cercanos; por lo que el dinero jamás faltaba en esa casa. El hombre quería que las niñas algún día heredasen su oficio de ‘’mercader de la muerte’’ o ‘’vendedor del sueño eterno’’ como ellas mismas lo habían apodado y eso lo hacía sentir satisfecho, pues a la muerte se le debe tratar con la misma naturalidad que a la vida.

Las niñas crecían entre ataúdes de diferentes materiales como otros lo harían entre juguetes, deslizándose entre sus fríos contornos con la familiaridad de quien conoce cada rincón de su propia morada.

Una tarde, mientras el reloj marcaba las horas con un lamento hueco, sus pasos las guiaron hasta un féretro distinto a los demás. Este no lo habían visto antes. Era más pequeño, y su tapa, labrada con dedicación inusual, parecía contener secretos que la madera no se atrevía a revelar. Al abrirlo, descubrieron su interior forrado de seda negra, tan profunda que parecía devorar la escasa luz que entraba. 

—¿Crees que alguien haya dormido aquí ya? —murmuró la menor, con un temblor apenas perceptible en la voz.

Su hermana mayor deslizó la mano sobre la tela oscura, como si al acariciarla pudiera descifrar los ecos de su historia. Algo en aquel féretro la inquietaba, pero al mismo tiempo la encantaba.

—No lo sé —susurró—, pero si así fue, no deberíamos perturbar su descanso.

A pesar de su advertencia, la fascinación fue más fuerte que la prudencia. Desde aquel día, el pequeño ataúd se convirtió en su compañero favorito de juegos. Lo arrastraban al patio cuando el sol agonizaba en el horizonte y sin que su padre se diera cuenta, dejando que la brisa nocturna rozara sus inscripciones ocultas. 

A medida que el negocio crecía, la gente del pueblo empezó a hablar. Decían que las niñas estaban hechizadas, que la muerte las cortejaba con promesas susurradas en la brisa helada. A veces la neblina, cómplice silenciosa, parecía espesarse a su alrededor, ocultándolas de miradas indiscretas.

Una noche sin luna, más densa que cualquier otra, las niñas llevaron el féretro al patio por última vez, pues oyeron a su padre decir que lo había vendido a un precio exorbitante, dada su belleza. 

A la mañana siguiente, el féretro ya no estaba. Su padre, satisfecho, aseguraba que el comprador había venido temprano por él. Pero las niñas sabían que nadie se había presentado como comprador.

Esa misma noche, y cuando ya estaban dormidas, la menor despertó con un escalofrío, descubrió que su hermana no estaba en su cama.


El corazón le latía con una urgencia desconocida mientras recorría la casa en penumbras, llamándola en susurros que se desvanecían entre los tapices polvorientos. La encontró en el patio, de pie, con la mirada perdida en la bruma espesa. Frente a ella, allí donde solían colocar el féretro, la tierra estaba removida, negra y húmeda, como si algo hubiese emergido desde sus entrañas.


—Nos llama —susurró la mayor, sin volverse, con una voz ajena, antigua.


La menor quiso gritar, pero el aire se le espesó en la garganta. Algo se movía en la neblina, avanzando con la paciencia inexorable de quien siempre supo que volvería a casa.


Al día siguiente, cuando su padre despertó, el patio estaba intacto, el viento barría las hojas caídas y la luz entraba perezosa por las ventanas. Pero la casa estaba demasiado callada.


Las camas de las niñas estaban frías. Y en el rincón más oscuro del taller, un pequeño féretro había regresado a su lugar, con la tapa entreabierta, como si esperara.


07 enero 2025

El delirio


Cuando a la noche levanto fiebre, la habitación se convierte en un hervidero de sombras. Los destellos rojos del termómetro destilan una realidad distorsionada. Cada grado de temperatura parece tejer un mundo paralelo, una dimensión donde lo cotidiano se desdibuja en lo insólito.

En las noches, el calor que emana de mi cuerpo no solo es físico, sino el presagio de un algo impredecible. Me duele, casi siempre, la cabeza. Con cada pulsación de mis sienes, mi percepción se altera, como si mi mente se sumergiera en un océano de visiones oníricas.

Los muebles parecen moverse por sí solos, danzando en una coreografía arrítmica, mientras que voces inaudibles resuenan en mis oídos, susurros de un lenguaje desconocido que penetran mi conciencia con inquietante claridad.

El umbral entre la vigilia y el sueño se desvanece, arrastrándome a un estado de ensoñación febril. Por eso, intento no cerrar los ojos, porque cada vez que lo hago, un paisaje desconcertante se despliega ante mí. Es como caminar por senderos de luz y sombra, mientras mi cuerpo arde en una temperatura que desafía los límites de lo humano.

Y entonces, en medio de esa danza entre la realidad y la quimera, veo que mi habitación parece disolverse en un remolino de formas inconcebibles. Frente a mí, se materializa un abismo insondable, una grieta en la realidad misma. Desde su centro, un ojo ciclópeo, vasto y atemporal, me observa con una intensidad que trasciende la lógica humana. Su mirada me atraviesa, y yo no soy un espectador: yo soy parte de aquello.

Una de esas noches, al ceder la fiebre, no me encontré en mi habitación. El mundo que me rodeaba era una réplica grotesca de lo que conocía, cada cosa cargada con una textura imposible. En mi interior, un eco resonaba, un mensaje del ojo que había contemplado:

"Te hemos despertado. Ahora, tú nos abrirás las puertas."

Y mientras el sol se alzaba en un cielo que ya no reconocía, comprendí que mi cuerpo no era mío, que mi mente era apenas un huésped, y que algo había comenzado a gestarse en mi interior. Las noches de fiebre habían sido suficientes para arrancarme de mi humanidad y entregarme a un destino que nunca más volvería a ser el mío.


10 septiembre 2024

El olvido




Desperté con la boca seca, la garganta áspera, y los párpados tan pesados que dolían al intentar abrirlos. El suelo bajo mi cuerpo era duro, frío, y emanaba un hedor a tierra húmeda mezclada con algo más, algo que no pude identificar de inmediato. Me erguí torpemente, con los huesos crujiendo, y una náusea ligera me invadió mientras el peso de mis ropas andrajosas parecía arrastrarme de vuelta al suelo. Me llevé las manos al rostro y sentí la aspereza de una barba desaliñada y sucia. Mis dedos, ennegrecidos por la mugre, parecían pertenecer a otro.


El aire estaba quieto, espeso, como si el mundo hubiera dejado de moverse mientras yo dormía. No recordaba cómo había llegado hasta ese rincón oscuro, ni por qué estaba allí. Miré alrededor, parpadeando, mientras una sensación inquietante crecía en el fondo de mi mente. No había nadie a la vista. Ningún sonido de coches, voces o siquiera el viento rozando las hojas. Solo silencio.


Mis pensamientos eran fragmentos dispersos, ecos de una vida que parecía haber sucedido en un sueño distante. ¿Había sido yo alguien? ¿Un hombre con un propósito, una familia, un lugar al que pertenecer? Pero al mirar mis ropas rotas, la piel ajada por el tiempo y el abandono, supe que algo terrible había ocurrido. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el mundo se apagó?


Comencé a caminar por calles desiertas, las fachadas de los edificios a ambos lados se desmoronaban como esqueletos antiguos. Ventanas vacías, como ojos muertos, me observaban sin reconocerme. No había huellas en la acera, ninguna señal de vida. El cielo era una cúpula gris y opaca, casi sofocante, y no lograba discernir si era el amanecer o el crepúsculo de un día interminable. 


A medida que avanzaba, las imágenes de lo que una vez debió ser la ciudad pasaban como sombras ante mis ojos. Había ruinas de coches oxidados, papeles esparcidos por el suelo, y tiendas con escaparates rotos. Pero no había cuerpos, ni señales de violencia. Solo vacío. ¿Era este el fin?


Una idea terrible comenzó a germinar en mi mente. ¿Y si yo era el último? El único sobreviviente de un evento catastrófico, el último vestigio de una humanidad que ya no existía. Mi reflejo en un charco de agua sucia me devolvió una mirada que no reconocí. El cabello blanco y sucio, la piel curtida por el tiempo, los ojos hundidos. Era como si hubiera envejecido cien años en una noche, como si el mismo tiempo me hubiera despojado de todo.


Comencé a gritar, primero suave, luego más fuerte. ‘’¿Dónde están todos?’’ dije y mi voz resonó en las calles vacías, pero no obtuvo respuesta. ‘’¡Díganme qué ha pasado!’’ El eco se apagó en la nada, y mi desesperación creció. 


Caminé hasta una plaza vacía donde los árboles se erguían desnudos y retorcidos, como los huesos de gigantes muertos. Me detuve en seco, mirando algo que no había visto antes. En el centro de la plaza, tallado en una piedra negra y pulida, había una inscripción:


“El olvido es el peor de los castigos.”


El aire pareció volverse más pesado, y un escalofrío recorrió mi espalda. El olvido. Eso era. No se trataba de un apocalipsis externo, sino de uno interno. Era yo quien había sido olvidado, quien había caído en un abismo sin memoria ni sentido. Y el mundo, el que conocía, simplemente había seguido adelante sin mí.


Me desplomé en el suelo de la plaza, incapaz de moverme. La revelación me invadió con la fuerza de una tormenta: yo no era el último sobreviviente de un apocalipsis. El apocalipsis era mi existencia. Había vivido tanto tiempo fuera del alcance de todos que me había desvanecido de la realidad. Me convertí en una sombra en un mundo donde los vivos ya no me veían, un algo que había sido y ya no sería jamás.


El cielo comenzó a oscurecerse, y la tenue luz que quedaba parecía apagarse lentamente. Al final, no había destrucción ni salvación, solo el olvido eterno. Y allí, en la penumbra, comprendí que el silencio no era la ausencia de vida, sino la ausencia de mí mismo. ¿Quién había sido?. Eso ya no importaba.


El mundo, para mí, había terminado. 


13 junio 2024

Los regalos

 


A pesar de que su madre le tiene expresa y rotundamente prohibido irse con su padre en la lancha de madrugada, él logra esquivar la vigilancia materna, escurrirse sigiloso y aguardar a zarpar. Las veces que su padre lo ha descubierto, ya están en alta mar, muy lejos como para regresar.

Al principio, le daba un par de golpes suaves, a manera de advertencia o de antesala de la golpiza que se supone debía propinarle por desobediente, pero él sabe que su padre, más blandengue que su madre, se hace el desentendido de su crianza la mayoría de las veces.

A él le encanta burlar el ojo materno e irse con su padre de madrugada en la lancha, en aquel mar oscurísimo y profundo en el que navegan.

Esta es la verdadera aventura de sus escasos seis años. La aventura de la que no habla, aunque se muera de ganas por hacerlo, pero intuye que si lo hace, se rompa ese lazo delicado y cómplice que lo une con su padre.

Esas ‘’expediciones’’, como le dijo su papá una de las primeras veces que lo encontró de polizón en la lancha, eran secretas. ‘’Como esas misiones de las películas de espías de la tele’’ comparó.

En determinado punto indicado a lo lejos por una lámpara intermitente de otra lancha a la distancia, su padre apaga el motor y se levanta para mantener el equilibrio y esperar más señales. ‘’Estate atento, Junior’’ le susurra al niño, como si el mar permitiera ese secreteo innecesario entre ambos.

Al cabo de algunos momentos, las luces de una avioneta se divisan a lo lejos. El niño nota el nerviosismo creciente del padre, que logra contagiarlo de a poco. ‘’¡Los regalos están llegando!’’ piensa y la emoción amenaza con desbordarlo.

De la avioneta van cayendo al mar cajas bien embaladas que su padre se apresura a recoger con la maestría propia de quien tiene tiempo mejorando la técnica.

El niño le indica a los gritos donde están las cajas a modo de ayuda, como si con ese escándalo pudiera aligerar el trabajo de su padre. De nada vale decirle que se calle, pues él hace caso omiso, y las va contando: ‘’10, 20 y 10 más y 20 más’’. No se sabe los números del todo aún, pero usa los que sabe para contar las cajas y apilarlas como puede.

Toda la acción se desarrolla en menos de una hora. El hombre es cuidadoso, sabe que dejar una sola caja a la deriva acarrearía represalias.

En aquella inmensidad profunda y oscura, tiene el tino de guiarse por una especie de intuición que solo la da la supervivencia. Cuenta y vuelve a contar las cajas y coinciden con el número indicado días atrás. Respira aliviado, pues la primera parte de la misión está cumplida.

Mientras, el niño sonríe feliz, triunfante, a pesar de que su padre lo haya regañado todo el camino de regreso a casa.

Siempre le hace la misma pregunta inocente e infantil: ‘’¿Cuántas personas son felices con estos regalos?’’ y su padre, nervioso y lacónico le responde siempre lo mismo: ‘’Muchas’’.

Le jura no decirle nada a la madre y al llegar a la orilla, salta de la lancha y corre veloz a la casa, para escabullirse hasta su cuarto y acomodarse en su precario catre. Apoya la cabeza en el desgastado colchón, pero no se duerme las horas que le faltan para levantarse, sino que se queda mirando el descascarado techo, presa de la agitación de esta aventura, pensando en todo lo que hace su padre para ayudar a tanta gente a recibir sus regalos.


24 septiembre 2023

Alquimia


 


Vivían en una pequeña casa, con dos únicos ambientes, en los que se acomodaban como podían. En la parte de atrás estaba un cobertizo, mal hecho, pero que servía para esconder la letrina y sus malos olores.

No tenían sembradíos y mucho menos una huerta decente, como algunas otras familias de la región, pero sí un pequeño viñedo, del que producían vino para su propio consumo y a veces, cuando tenían un poco de más, lo vendían en la feria cada tanto.

Como tantos otros, sobrevivían. El padre, un hombre de unos cuarenta años, era el típico borracho violento y grosero que obligaba a sus hijos a trabajar y producir su propio vino, del que gota a gota él consumía con la velocidad del vicioso.

La madre, sumisa y temerosa, se encargaba de las tareas del hogar y de cuidar a los niños. Los pequeños, sucios y mal vestidos, no iban a la escuela rural, que solo abría un par de veces a la semana y trabajaban largas horas en huertas ajenas junto a su padre. ‘’¡Aquí todos se ganan su propio pan! solía gritarles.

El hijo mayor tenía apenas 13 años y estaba a cargo de la producción de vino. Los hermanos menores se turnaban para ayudar en las siembras y en lo poco que pudieran hacer en casa. El padre siempre estaba borracho y malhumorado, y no dudaba en golpear a sus hijos si consideraba que no trabajaban lo suficientemente bien.

Alquilaba a los niños a los patrones de otros caseríos para que les trabajaran el campo. Sacaba sus propias cuentas de cuánto podía producirle cada niño y así tener dinero suficiente para gastarlo en la taberna, bebiendo vino, mientras esperaba por la cosecha de su propio viñedo.

Sin embargo, un día, el hombre se dio cuenta de que no le quedaba casi vino y tampoco dinero suficiente como para comprarlo en el pueblo. Furioso, empezó a tirar cosas al piso y romper lo poco que tenían. Los niños se escondían en un rincón, temerosos de las ya sabidas consecuencias.

El hombre tambaleante se dirigió hacia el fondo de la casa, donde estaba la barrica de vino. Allí encontró a uno de sus hijos menores, de solo nueve años, atendiéndola. ¿Dónde estaba el mayor? ¿Por qué no estaba ahí?

El niño estaba subido en una escalera enclenque para alcanzar la barrica. Sin mediar palabra, el hombre empezó a agitar la escalera y a gritarle que qué hacía ahí, si ese no era su lugar. ‘’¿Dónde está tu hermano, dónde?’’ vociferaba mientras subía como podía. Comenzó a golpear al niño y a apremiarlo para que se diera prisa.

El hijo mayor, que dormía escondido del padre entre la paja amontonada en el piso, se despertó por los gritos. Vio cómo el padre forcejeaba con el niño y sin pensarlo dos veces, dio un salto y subió por la escalera.

A pesar de no poder hacer mucho, dadas sus contexturas de niños, atacaron al padre para defenderse, pero el hombre perdió el equilibrio y cayó dentro de la barrica, golpeando su grande y pesada cabeza de borracho contra el filo, quedando inconsciente.

Ante la mirada atónita de los chicos, el padre quedó flotando, boca abajo, inerte. El líquido lo fue cubriendo por completo y se hundió lentamente, como si se hubiera desvanecido en el vino. El chico más pequeño bajó por la escalera dando tumbos y su madre fue a su encuentro, dada la naturaleza de sus gritos y de su llanto, que eran muy diferentes de cuando el padre borracho lo azotaba.

Entre sollozos, le contó a la madre lo que había ocurrido. La madre comenzó a llorar y lo atrajo hacia sí. Los demás chicos se reunieron en torno a ellos. Nadie sabía qué hacer.

Fueron todos juntos hasta el fondo de la precaria casa. El hijo mayor tenía aún la vista clavada en la barrica. La madre lo llamó varias veces para sacarlo del trance en el que estaba.

Le limpió con su sucio delantal la cara sudorosa al tiempo que lo besaba en la frente. Hizo que todos se sentaran en el suelo y les dijo que guardaran el secreto. No había nada más que hacer.

Les ordenó que embotellaran parte del vino para venderlo en el pueblo. Los niños se encargaron toda la noche de hacerlo, cuidando de que el cuerpo del padre no quedara expuesto. Al día siguiente, con más miedo que certezas, la madre fue al pueblo a ofrecer las botellas de vino. El resultado fue sorprendente. El vino era de una calidad excepcional y pronto se corrió la voz de aquella maravilla gastronómica.

La familia empezó a prosperar gracias al vino y a su secreto tan bien guardado. Compraron nuevas herramientas para la huerta y se hicieron con una pequeña tienda en el pueblo. Tenían que disfrutar de esa dicha mientras durara el cuerpo del padre en el fondo de la barrica.

Nunca hablaron de lo que había sucedido aquella noche. Mantuvieron el secreto de su vino y se aseguraron de que nadie conociera el verdadero origen del mismo. Se obligaron a relegar en el olvido la tragedia del padre que les trajo lo único que nunca habían esperado: El éxito.

16 julio 2023

Las paredes hablan

 


Antes de sentarse a escribir, apoya el lado derecho de su rostro contra una de las paredes, una de las tantas de los sombríos rincones de su vieja casa en decadencia.


Le susurran sus propios secretos, algunas veces le mienten y otras le hacen confesiones de tiempos pasados, cuando él ni siquiera pensaba existir.


Una vez que esto pasa, se sienta a escribir, las sombras danzan en las paredes mientras las palabras fluyen de su pluma, llenando las páginas con historias oscuras y misteriosas.


Atormentado por su obsesión de crear el cuento perfecto, se adentra noche a noche en la penumbra de su estudio, rodeado de estanterías cubiertas de libros polvorientos, con la inquietante presencia de la musa de la angustia que lo inspira.


Cada historia lleva consigo una carga sombría y un aire de melancolía, para atrapar al lector en las redes de su imaginación retorcida.


Busca la perfección en cada palabra, en cada frase, en cada giro de la trama. Su obsesión lo lleva a explorar las zonas más oscuras de su propia psique, adentrándose en las profundidades del abismo que separa la realidad de la fantasía.


Sus cuentos, marcados por el giro de lo inesperado, deberán evocar emociones desconcertantes en aquellos lectores que se aventuren en sus páginas, las mismas que él siente cada vez que las paredes le hablan. 


A medida que los cuentos fluyen de su pluma, el escritor se adentra en una espiral descendente hacia la obsesión y la desesperación. La frontera entre la realidad y la ficción es cada vez más difusa, hasta que él mismo duda de su propia existencia.


La casa, testigo silencioso de su locura, parece exhalar susurros cargados de terror. Los personajes de sus cuentos cobran vida en las sombras, acechando en cada esquina y acechando también su cordura.


Hasta que, finalmente, se encontró cara a cara con su propia creación más macabra: El cuento perfecto. El límite entre la ficción y su propia mente se desmoronó por completo, y se sumergió en las profundidades de su propia narrativa distorsionada.


La oscuridad se apoderó de su ser y la casa se convirtió en su tumba. Sus cuentos sin nombres se convirtieron en su epitafio, escritos en las paredes de su mente trastornada.



El mundo exterior apenas recordaría al escritor solitario, cuyos cuentos inquietantes se desvanecieron en la oscuridad. Pero aquellos pocos lectores que se atrevieron a adentrarse en sus páginas retorcidas, sintieron la presencia eterna de su inquietante genio.


Y así, la casa abandonada quedó sumida en el olvido, envuelta en un misterio que nadie se atrevía a desentrañar. Las sombras persistían en su interior, y los susurros de aquel escritor atormentado perduraban en el viento, recordando a todos que, a veces, los secretos más oscuros deben permanecer sepultados, es mejor dejar que los misterios descansen en paz, ocultos en las sombras donde pertenecen.



14 mayo 2023

Número desconocido


 

Su mente se sumergía en un mar de pensamientos obsesivos cada vez que se acercaba al teléfono, esperando que la llamada que tanto anhelaba finalmente llegara. Su corazón latía con fuerza ante la mera vibración del dispositivo, anticipando el momento en el que, pensaba ella, oiría la voz que había estado esperando con ansias.

Y fue así como una tarde cualquiera, el teléfono sonó y se apresuró a tomarlo para contestar sin siquiera leer el nombre del contacto: ‘’¡Hola!’’ dijo. No fue una pregunta, ni mucho menos una invitación al que el interlocutor se presentara. Fue un ‘’hola’’ que constataba que del otro lado de la línea estaba la persona que quería hablar con ella y solo con ella. Pero su alegría pronto se convirtió en confusión al darse cuenta de que la voz en el otro extremo no correspondía con la que esperaba.

Una ola de desconcierto la invadió, pero se esforzó por mantener la compostura mientras intentaba explicar la situación. La voz desconocida la interrogó. Trató de esquivar las preguntas que le parecieron muy personales, muy íntimas, y respondió mansamente a las menos comprometedoras.

Durante cerca de media hora, la voz le habló sobre cosas, algunas triviales, otras extrañas y muchas enigmáticas. Le contó historias de su vida,  inquietantes, intrigantes. Ella se apoyó contra la pared y se dejó caer, poco a poco hasta sentarse. No podía evitar sentirse atraída por la voz misteriosa y desconocida.

También le hizo preguntas, pero más básicas, menos elaboradas. A todas ellas, la voz respondió con hechos de su propia vida, que bien pudieran ser reales o ficticios.

Cuando la llamada terminó, la chica se sintió profundamente perturbada por la extraña conversación que acababa de tener. Miró su teléfono y se dio cuenta de que el número era privado, por lo que no podía rastrearlo. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero también una extraña emoción que no podía explicar.

Algo había cambiado en ella. La sensación de lo desconocido se había instalado en ella. Empezó a notar cosas que antes pasaban desapercibidas: los sonidos de la ciudad parecían más fuertes, los colores más vibrantes y los olores más intensos. Incluso las personas a su alrededor parecían tener una nueva dimensión, como si de repente pudiera ver más allá de lo superficial.

Desde aquel día, nunca más volvió a recibir una llamada del extraño número. Pero no podía dejar de preguntarse si aquella misteriosa voz volvería a aparecer en su vida, sumergiéndola una vez más en el abismo de lo desconocido.

23 agosto 2022

La lectura




Sabe que viene a buscarlo a su habitación por la forma en que camina, o mejor dicho, por la forma en que siente vibrar sus pasos. A todo lo que le dice, él solo mueve su cabeza, en señal de aprobación del plan de siempre; sonríe, deja lo que sea que esté haciendo y lo sigue.

Él ya sabe que es la rutina vespertina entre ambos y no le molesta en lo absoluto; sin embargo, a su madre sí. Cada vez que los descubre, monta en cólera casi siempre, como si con eso pudiera cambiar su realidad como familia.

Nunca entendió el comportamiento de su madre. ¿Qué tan terrible es pasar un par de horas pretendiendo ser otra persona? ¡Tanto a su abuelo como a él les hace bien! Pero se ve que a ella no. No sabe qué dispara su enojo: Si el hecho de pasar tiempo juntos o el hecho de creerse ‘’normales’’. Y a fin de cuentas ¿qué es ser normal?


Una vez le preguntó a su madre y ella lo miró como cuando se ve algo que está irremediablemente perdido. Le apuntó la frente con el índice y le dijo ‘’tú no’’. Él rió. No se sintió aludido en lo más mínimo. Entendió que algo en su propia madre no estaba bien del todo y dio por terminado ese asunto.


Por los momentos, la única cosa que le interesaba era, después de volver del colegio, esperar a que el viejo viniera a buscarlo para leerle. No tenían muchos cuentos en la casa, así que las historias que le leía eran siempre las mismas, que quién sabe de qué iban porque él después no se ocupaba de leerlas por sí mismo. Las portadas de los cuentos no eran muy elocuentes y las pocas ilustraciones que tenían, menos.


Se sentaba a su lado muy quieto observando el movimiento de sus labios, sus expresiones faciales, cómo inclinaba el cuerpo ante lo que él creía que era impactante. Le gustaban esas horas de teatro improvisado.


Sabía que el abuelo estaba enfermo, pero no entendía bien de qué. Su madre le comentó un día señalándose la cabeza. Él quiso saber más, pero ella se limitó a decirle que era degenerativo. No entendió tampoco, pero no preguntó más; en parte porque su madre no era buena para expresarse en su lengua y en parte porque lo importante para él era el tiempo que pasaban juntos.


Su abuelo era terco y estaba decidido a ‘’recuperarlo’’. Así lo había dicho. Pensaba que lo suyo era algo de lo que uno se podía recuperar. Ni él ni su madre entendían a cabalidad de qué se trataba ser como él era. No se avergonzaba ni se sentía menos que el resto. Su mundo era igual de rico que el de cualquier otra persona e incluso más, pensaba.


Se trazó una especie de estrategia para que su madre no los descubriera. Aguzó sus  cuatro sentidos restantes. Descubrió las rutinas de su madre cuando se preparaba para salir de casa y los tiempos que demoraba en volver. Eso le daba margen suficiente para sentarse con su abuelo y fingir que entendía lo que le narraba.


Cuando terminaba cada cuento, el viejo le pasaba la mano con cariño por la cabeza y le hacía la misma pregunta de siempre: ‘’¿Te gustó?’’, a lo que él respondía asintiendo. A veces se le quedaba viendo, esperando que él dijera algo, a veces también lo veía sin reconocerlo y se levantaba molesto y se iba de nuevo a su cuarto.


Le daba mucha lástima cuando lo sentía deambular por la casa como si estuviese perdido, así que o bien lo evitaba para no asustarlo o bien lo seguía hasta que el anciano lograba reconocerlo. 


Unos meses antes de la defunción del abuelo, el niño descubrió a la madre en la sala, con quien supuso sería el médico. ‘’Deterioro cognitivo’’ logró entender, entre otras cosas. Si bien no entendió el concepto como tal, tuvo la corazonada de que no era nada bueno.


En la escuela le preguntó a las maestras, quienes le explicaron como pudieron, para no alarmarlo. 

Lo único que pensó fue en redoblar sus esfuerzos para pasar más tiempo con el viejo, pero su plan se vio truncado por el rápido detrimento de la salud de su abuelo. Los últimos días los pasó sentado a un costado de la cama del viejo, sosteniendo su mano para no olvidar su forma,  cuando ya no estuviera. 


El día del funeral, durante la misa, el sacerdote pregonó sobre los goces de la vida eterna, de la misericordia de Dios, y los designios que trascienden a los hombres. Pero el niño no lo supo entender, no podía oír esas palabras, su sordera se lo impedía. En su lugar imaginó a su abuelo narrándole historias sin palabras, como siempre había hecho.

16 mayo 2022

La recompensa

 




Paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. La paciencia no fue nunca mi fuerte, pero este encierro lo sobrellevo bien, para mi propia sorpresa. Lo malo es que, de noche, el penetrante olor de estos fajos no me deja descansar.

En otro momento de mi vida, estar aquí sería un tanto incómodo, porque el solo hecho de estar de cuclillas me arruinaría las rodillas; pero por fortuna eso no es un problema. Puedo moverme aún agachado sin tener que ponerme de pie o acostarme cada tanto.

Me he vuelto muy observador y he aguzado todos mis sentidos desde que llegué aquí. Cada chirrido en la casa lo conozco, sé de dónde viene, qué lo produce. Cada rendija por donde se cuela el viento lo hace sonar de forma diferente y sé exactamente en qué parte está.

Las paredes de la casa se anticipan a las estaciones y van cambiando. Sé cuando el otoño está por aparecer, porque en las noches de verano todo se vuelve un poco menos caluroso y entonces así sé, por esa temperatura que también adoptó mi cuerpo, que los días de verano están preparándose para irse.

Dirán que son cosas tontas, pero en algo tengo que usar mi tiempo. Eso me ayuda a mantenerme activo. No es lo ideal, claro. Lo ideal sería no estar aquí. Desde hace cinco años aguardo mi liberación; mientras tanto, me entretengo.

Mi hija no viene desde hace tres años, aproximadamente. Al principio de mi cautiverio, venía con cierta frecuencia para ordenar, limpiar, deshacerse de algunas cosas de la casa. En ese tiempo, yo no le prestaba mucha atención, de tan embobado que estaba con esto de cuidar de mi botín. Después, cuando sus visitas se hicieron más espaciadas, me alarmé.

No tenía manera, ni aún tengo, de ponerme en contacto con ella. A veces siento que me olvidó del todo, otras veces siento que me recuerda todos los días de nuestra vida. Si bien es duro estar así y más en este encierro, hay un montón de sensaciones y de sentimientos que dejaron de tener la etiqueta de ‘’bueno’’ o ‘’malo’’. Simplemente las cosas son como son: Mi hija no viene desde hace tres años.

Creo que no lo hace por miedo. Le mando mensajes, con cualquier pretexto, para que vuelva. Me ignora o no entiende lo que le digo. No soy un hombre de saber explicar bien las cosas, me quedo siempre corto.

Sucede también que, en este cambio de circunstancias, no es fácil la comunicación. Se recurre a metáforas, a símbolos, cuya interpretación dependerá mucho del receptor. Si el mensaje no es claro, como sé que son mis mensajes, el receptor, mi hija, no entenderá o confundirá toda la situación.

Estoy tratando también de mejorar eso. Me está llevando tiempo. Lo repito: nunca fui muy bueno comunicándome. Así que por los momentos, trato de estar cerca de ella lo más que puedo, en pensamiento, porque de aquí no puedo salir, hasta que mi situación se resuelva.

Recuerdo las buenas épocas en esta casa. Hacía buen dinero, podía ahorrar, atesorar. Sobre todo eso: atesorar. Cuando llegaba el dinero, lo guardaba y de tanto hacerlo ahora estoy atado a él, a ese olor a viejo, ha guardado que adquieren las cosas cuando no circulan, no se usan.

Nadie sabía que estaba guardando tanto dinero. Me estaba partiendo el lomo trabajando, pero les hacía creer que la paga por mis trabajos era baja. Me convertí en un experto en el arte del engaño. Cuando mi mujer, que Dios la tenga en la gloria, me pedía dinero para los gastos de la casa y la manutención de nuestra hija, yo siempre respondía con algún remilgo y le decía que ese mes no había logrado cobrar mucho, etc. Tenía ya armadas mil excusas.

Mientras, iba guardando billete tras billete aquí arriba, donde estoy ahora. Este ‘’escondite’’ lo descubrí de casualidad. Parece que cuando construyeron el techo, pensaban también hacer una especie de entrepiso para la ventilación, creo, no estoy seguro, pero no lo terminaron y quedó un espacio, como si fuera una larga gaveta, en el techo de la cocina. Ahí empecé a meter los fardos, mes tras mes, año tras año.

No fue por codicia que lo hice, sino para vivir tiempos mejores, siempre pensando en el futuro; especialmente el de mi hija. Cuando pasó el accidente, yo no tuve tiempo de avisarle que en el techo de la cocina, estaba todo su futuro. Vinieron por mí y yo dije que no, porque tenía que cuidar mi botín.

Lo malo es que paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. El penetrante olor de estos fajos no me deja descansar. No puedo deambular tampoco por mi propia casa. No sé cuándo terminará todo esto.

Quiero vender la casa, pero ¿podré hacerlo?. A veces siento que nunca voy a poder deshacerme de ella, pero es que no logro dar el paso. Es una casa grande e inoperante. Mantenerla es un caos y no tengo ni el tiempo ni las ganas.

Además, este olor tan rancio que no logro ahuyentar y que tampoco logro identificar. ¿Qué haré con esta casa? Ni siquiera está llena de recuerdos que quisiera conservar. Es tan solo una estructura y nada más.

Lo que más me gustaba era la cocina, porque daba al patio interno, donde estaba el árbol del que colgamos una hamaca, el columpio y nos creíamos de vacaciones cuando hacía buen tiempo. ¡Fue una buena época, sí! Pero el árbol terminó secándose y tuvimos que sacarlo y en su lugar, pusieron el piso de cemento. Una lástima. Me gustaba el jardín.

 Tengo que limpiar. La casa va a deteriorarse más si sigo dejando todo así, a la buena de Dios. Dios no limpia. Ojalá viniera un terremoto y la arrancara de sus cimientos y chau, casa. No tendría que ocuparme de esto, que es como un pensamiento que me taladra de vez en vez.

Contengo la respiración. ¡Eres tú! ¡Viniste! ¡Mi amor! Hago ruido, pero no me oyes. ¡Mira hacia arriba! ¡Te estoy viendo, hija querida!

Algunas baldosas se han salido y otras están rotas. Me lo anoto. Tengo que ir haciendo un informe del deterioro, pedir presupuesto para que vengan a arreglar o dejar todo así y venderla, tal y como está, aunque no saque mucho dinero. Cañerías, pisos, algunos vidrios rotos…

¡Mi amor!¡Mira hacia arriba! Concéntrate. Mírame. ¡Mira hacia arriba! Ya es tiempo de salir de aquí. Guardé todo esto para ti. ¡Solamente para ti!

Miro hacia los techos y los inspecciono. Había una filtración en el de la sala; no muy grande, por fortuna. Aquí en la cocina pareciera estar comenzando. Se levantó un poco la pintura. Lo anoto. No parece ser grave.

Hago un rollito con uno de los billetes y lo empujo por unas de las rendijitas de este techo falso que habito. Cae, sin ruido. No lo notas. Lo pienso con todas mis fuerzas: ¡Mírame! Mientras, hago otro rollito y lo aviento. ¡Concéntrate!

Vuelvo sobre mis pasos y piso algo. ¿Qué es eso? Estos papelitos no estaban aquí recién. Me agacho. Es un billete de 100. ¿Eh? ¿De dónde salió? Más allá hay otro. Lo recojo. También de 100. Miro hacia el techo de la cocina. Voy a buscar algo en qué subirme. Alguna silla, alguna escalera, algo útil debe haber quedado.

Cuando por fin encuentro una silla, me subo y observo más de cerca. Hay rendijas finas y de allí emana el olor que transpira la casa. Mi casa. ¿Pero por qué? Raspo con la uña la pintura, toco con los nudillos: ‘’Toc, toc, toc’’. Suena hueco. Con asombro descubro el techo falso. ¿Qué es esto?

¡Mi amor! ¡Ni te ocupes! Acércate. Tengo aquí mi botín, que es todo tuyo. Lo atesoré para ti. Ven, mi vida. Acércate, acércate.

Hay muchos billetes, de 100 y de 50. Estoy atónita. Es que es increíble. ¿Quién los guardó? Nunca tuvimos dinero. ¡Dios mío! Esto es una pequeña fortuna.

Por fin, hijita, por fin. Llévatelo todo. Es tuyo, todo tuyo. Siento que me falta el aire, mi amor, que ya no soy yo. Tengo que irme. Mi vida, mi amor. Te amo mucho. Tenlo presente. Adiós, mi querida hija. Adiós.

29 abril 2022

El cuadernito

 



A las 20:00 de todos los días, a menos que haya algún evento como la noche de servicio comunitario a los necesitados, es decir, a los pobres de siempre del barrio, todas deben estar recluidas en sus cuartos.

Convengamos que el término ‘’recluido’’ quedó de la época en que las monjas sí quedaban encerradas en sus claustros hasta el día siguiente. Ahora es diferente, pero la palabreja se mantuvo.

A ella, sin embargo, le gusta decir que ‘’las hermanas nos recogemos’’, como si fueran gallinas en su gallinero. Así que casi siempre, cada noche, en la soledad de su claustro-cuarto, fuma un cigarrillo, lee, pasea por las noticias del día desde su celular, ora; aunque esto último no siempre lo hace y no por desobediencia o falta de fe, sino porque prefiere hacerlo en la capilla y de noche no se puede, ya que permanece cerrada.

Lleva varias noches con dificultades para dormir y eso la inquieta. Le pasa casi siempre que presiente que algo fuera de lo normal va a pasar, como cuando murió su madre sin previo aviso. Ella lo presintió con todo su cuerpo días antes. Desde ese momento, cada vez que alguna catástrofe va a pasar, la presiente.

Da vueltas en la cama. El libro que estaba leyendo no logró entretenerla del todo, tampoco las noticias, ni el streaming. Apaga la luz y clava la vista en el techo hasta que se acostumbra a la oscuridad. Tantea en la mesita de noche hasta dar con los cigarrillos y el encendedor. Es el tercero de la noche ya.

Decide entonces, después de varios minutos, ir a la cocina por agua para después pasar por el baño y cepillarse los dientes y así quitarse el aliento de fumadora, pero adrede se desvía para ir al jardín. ‘’A falta de capilla abierta, bueno está el jardín’’ piensa. La noche está fresca y la luna ilumina un poco el portón de entrada.

Respira hondo y se queda mirando absorta el cielo nocturno, cuando al poco tiempo escucha el ruido de pisadas apresuradas y cuchicheos. Son cerca de las 3:00 a.m. ¿Quién pudiera estar levantada a esa hora? ¿Alguna emergencia? ¿Habrán llamado a un médico? ¿Le habrá pasado algo grave a alguna de las hermanas?

Ve claramente a la directora, la hermana Josefina, y a la subdirectora, la hermana Imelda. Lejos de acercárseles para ofrecerles su ayuda, se esconde sin saber por qué detrás de una de las columnas del patio. Hay algo que no está bien en toda esa escena.

La hermana Josefina baja aún más el tono de voz. Abre con cuidado el portón y se queda viendo de un lado al otro de la calle. Detrás de ella, la hermana Imelda hace lo mismo.

A los pocos minutos aparece un hombre. Los tres susurran. Ella los observa más que impresionada. Parece que estuviese viendo una película cuya trama no entiende. Sin embargo, sigue inmóvil en su improvisado escondite.

El hombre va y viene con lo que parece ser pesados bolsos. Las hermanas los reciben y los van llevando, casi a rastras a la capilla. Ella cuenta siete. Cuando terminan de acarrearlos, los tres se dirigen a la cocina. 

Ella aprovecha para acercarse sigilosa hasta la capilla, cuya puerta está sin llave. Los siete bolsos están ahí, en fila, detrás del altar. Por minutos se siente investigadora privada, como las de las series de televisión que veía de niña. Está nerviosa y a la vez emocionada. Se agacha y sin hacer ruido, descorre el cierre de uno de los bolsos. Se lleva la mano a la boca para reprimir su sorpresa. Lo que hay dentro son fajos de dólares. Muchos. Abre el segundo bolso con el mismo resultado. Por no dejar, abre el cuarto y más se sorprende al ver que tiene el mismo contenido.

¿Cuánto dinero hay en esos bolsos y por qué los tienen las hermanas? Para nada bueno debe ser. ‘’Esto seguro no es para los pobres’’ piensa y se santigua. Los susurros de Josefina, Imelda y su misterioso acompañante, la sacan de un golpe de sus elucubraciones.

Sale sin hacer ruido, cierra la puerta de la capilla y se dirige de nuevo a su escondite en el jardín. Desde ahí puede ver cómo las monjas despiden al hombre, que se inclina a modo de reverencia para darles las gracias. Las hermanas cierran el portón y se dirigen a la capilla en donde permanecen unos minutos, que a ella le parecen eternos.

Cuando salen de la capilla, ve como la hermana Imelda esconde bajo su manga un fajo de dólares. Lo ve y no lo cree. Asume que la hermana Josefina hizo lo propio. Espera un tiempo prudencial para regresar a su cuarto.

Una vez en su dormitorio, anota todo lo que vio esa madrugada en un cuadernito. Se acuesta en su cama, boca arriba. Tiene mil preguntas, pero una sola certeza: Lo que presenció recién es ilegal.

Duerme muy poco y entre insomnio y sueño reza para tener claridad y saber cómo enfrentar esta situación, porque ella nunca será cómplice de nada turbio. No puede recurrir a la madre superiora, pero si tiene que enfrentarla lo hará.

A las 5:00 a.m llaman a la primera oración del día. No logró descansar, pero obtuvo la respuesta que esperaba.

Se dirige a la capilla un tanto nerviosa para la misa diaria. Contraria a su costumbre de sentarse en el banco de la última fila, ocupa el primero y a un costado, desde donde puede ver el altar. No están ya los bolsos. Trata de ocultar su sorpresa lo mejor que puede. ¿Adónde los llevaron? ¿Fuera del convento? ¿O los escondieron en algún otro lado?

No le prestó atención a la misa y después que terminó, se quedó arrodillada rezando. Pasados unos minutos, fue a la oficina de la madre superiora. Respiró hondo, cerró los ojos y esperó a que volviera del desayuno.

La hermana Josefina se sorprende al verla. ‘’¡Marina! ¡No te vi en el desayuno! ¿Te sientes bien?’’ Marina abre los ojos y la observa. En segundos recuerda todo lo que pasó la noche anterior. La hermana Josefina, que hasta unas horas atrás era su ejemplo a seguir, es ahora una persona desconocida totalmente.

‘’Tengo que hablar con usted, madre’’ le dice con voz firme. Josefina la mira un tanto perpleja. ‘’Sí, mi vida, pasa’’. Josefina siempre fue amable y dulce con ella, como si hubiera sido la hija que jamás tuvo y hubiese querido tener.

‘’Madre…Anoche…Anoche presencié algo muy raro’’. Hizo una pausa corta para decidir qué palabras usar, pero no las encontró. Le contó todo lo que la madre superiora ya sabía. Cuando terminó el relato, la directora la miraba impertérrita, como si ella fuera una niña pequeña que había ido expresamente a contarle un mal sueño. 

‘’Marina…Es usted joven y siempre será inexperta’’ le respondió, tratándola de usted, por primera vez en todo el tiempo que llevaba en el convento. ‘’Madre, yo sé lo que vi’’. La mujer volvió a responder con la misma frase inexplicable, sin alterarse: ‘’Marina, es usted joven y siempre será inexperta’’ e hizo un ademán para que se retirara.

La chica se levantó y en completo silencio salió de la oficina y fue a ocuparse de sus quehaceres, no sin antes pasar por su cuarto y anotar todo en el mismo cuadernito donde tenía lo que había pasado la noche de los bolsos.

Dos días después, la madre superiora le informó que la trasladarían a otro convento, donde su ‘’energía, carisma y espíritu de servicio serían de gran provecho’’. Marina lo tomó como lo que era, una llamada de atención, pero sabía bien qué tenía que hacer.

Antes de su traslado, pidió tiempo para despedirse de sus familiares y amigos. A su hermano le entregó en secreto el cuadernito y le contó todo lo que vio, con la advertencia de que si algo llegara a pasarle, él tendría que entregarle todo a los medios, a la policía. Le mandó un audio con toda la historia, además, estructurado como una especie de bitácora.

‘’Me siento como en una peli de espías’’ le dijo, antes de abrazarlo para despedirse. Tenía otra vez la ya tan familiar intranquilidad pegada en el cuerpo. ‘’Algo va a pasar’’ bromeó, antes de regresar al convento para irse al día siguiente.

A las 8:00 a.m del lunes de su partida, un auto la estaba esperando. Las hermanas Josefina e Imelda la despidieron sin emoción alguna. Ella las miró y antes de subirse al auto, les dijo: ‘’Que les aproveche el dinero, hermanas, y que Dios las perdone’’. Ellas la miraron también y solo Imelda bajó la mirada, sonrojada. ‘’Algo de vergüenza tiene al menos esta’’ pensó. Se persignó y se entregó a lo que estuviera próximo en su destino.

Un par de horas antes de llegar, el auto que la llevaba fue embestido por otro y tanto ella, como el chofer murieron en el acto. 

En su funeral, la madre Josefina dijo unas palabras tan patéticas como ella misma: ‘’Marina, en plena flor de la vida, Dios quiso tenerte en su jardín’’. Los que no estaban al tanto del drama que se había desarrollado días antes, lloraron sinceramente su partida. Pero su hermano, siguiendo las instrucciones que Marina le había dado, esperó el final del discurso para gritarle ‘’¡Sé en qué estás metida, vieja puta y de esta no saldrás bien parada!’’, al tiempo que un par de oficiales de la policía y algunos periodistas se le acercaban a las hermanas Josefina e Imelda para llevarlas a la comisaría para interrogarlas.