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31 marzo 2026

El durazno

 



Nunca la quisieron. No fue un odio dramático, de novela, sino uno más fino, más constante: una aversión que se instala como humedad en las paredes y ya nadie discute. Ella tampoco ayudaba. Tenía esa forma de mirar que parecía evaluar defectos invisibles, y una lealtad ciega —casi religiosa— hacia su hijo favorito, el padre de las niñas, a quien trataba como si el resto del mundo fuera un error administrativo.

Las niñas, por supuesto, eran parte de ese error. Hijas de la ex mujer. De “la niñita bien”, como ella la llamaba, con ese desprecio cuidadosamente dosificado que solo los adultos creen que los niños no entienden.

La escena ocurrió una tarde cualquiera, en la casa del hijo favorito. La señora apareció con un plato de duraznos. No era un gesto de cariño; era más bien una imposición envuelta en apariencia de generosidad.

—Coman —ordenó, como si estuviera cumpliendo un deber moral.

Una de las niñas negó con la cabeza. No le gustaban las frutas. No muchas, al menos. Pero la señora insistió. Insistió con una paciencia sospechosa, con una firmeza que no dejaba margen para la negociación. Y la niña, como hacen los niños cuando entienden que no hay salida, aceptó.

Tomó el durazno.

Primer mordisco.

Nada.

Segundo intento, interrumpido.

Porque entonces los vio.

Tres gusanos. Amarillos. Con la cabeza roja, como si alguien se hubiera tomado el trabajo de pintarlos. Asomaron por los pequeños túneles que habían cavado en la pulpa, con una parsimonia obscena, como saludando.

La niña escupió. El durazno cayó al suelo con un ruido húmedo y definitivo. Después vino el escándalo: gritos, arcadas, una indignación desproporcionada, pero perfectamente justificada. Porque hay cosas que no necesitan explicación, y morder tres gusanos simultáneamente es una de ellas.

La señora dijo que no los había visto.

Nadie le creyó.

Años después, la historia se contaba como una prueba irrefutable. No de negligencia, no de mala vista. No. De intento de asesinato. Un intento torpe, sí, pero cargado de una intención que, según ellas, siempre había estado ahí.

Porque hay muchas formas de odiar. Algunas son silenciosas. Otras, en cambio, vienen rellenas de gusanos.


31 octubre 2025

El vidrio respira




Nadie recuerda cuándo empezó a moverse, pero todos coinciden en que fue un lunes. El calor se pegaba al aire como un sudor viejo, y sin embargo, ella seguía intacta, tras el vidrio. Su piel no parecía cera. Tampoco parecía piel. Era algo en medio, algo que solo existe cuando la luz se detiene demasiado tiempo sobre lo inmóvil.

Cada día, al pasar frente a “La Popular”, sentía que los ojos del maniquí me seguían, lentos, pacientes. No con curiosidad, sino con reconocimiento. Como si esperara que yo recordara algo.

Con el tiempo, empecé a notar cosas. El velo no estaba siempre igual. Había mañanas en que caía distinto, como si lo hubieran acomodado con una respiración. Una vez juraría que su anillo giró apenas, con un destello húmedo, mientras el resto del cuerpo seguía rígido.

Una tarde de lluvia me quedé sola frente a la vidriera. Afuera olía a tierra y a electricidad. Apoyé la mano en el cristal. Estaba tibio. No por el sol —era una tibieza viva, pulsante, como la de una muñeca humana.


Entonces, algo se movió detrás del velo. No fue un gesto completo, más bien un temblor en el aire, una vibración pequeña, parecida a la respiración que uno contiene cuando alguien lo observa sin parpadear.

Desde esa noche sueño con ella. En el sueño, el local está vacío. Solo hay vestidos flotando, suspendidos como cuerpos bajo el agua. Pascualita me mira, pero su rostro cambia con cada paso que doy hacia el vidrio. A veces es el mío. A veces, el de alguien que nunca vi, pero que sé que fui.

Dicen que quien se queda demasiado tiempo frente a ella empieza a verse distinto en los reflejos.
Yo no sé si es cierto.
Solo sé que, desde hace días, el vidrio empañado deja marcas de dos manos.
Y yo juro que solo puse una.

18 marzo 2025

Las hijas del mercader




A Vicky, quien me contó esta parte de su infancia.


La casa en la que habitaban era un santuario de penumbra, donde la luz del sol se filtraba con desgano a través de cortinas pesadas como sudarios. Su padre, aquel hombre moreno, de mirada severa y algo distante, no les prohibía; sin embargo, deambular entre su mercancía; muy al contrario: las alentaba. 

Para ellas, su hogar no era el mausoleo de maderas nobles y terciopelos marchitos del que a veces se hablaba en el pueblo, más por costumbre que por honrar la verdad. Era el lugar idóneo para inventarse historias y jugar a las escondidas, una y mil veces.  

A pesar de modesto, el negocio de su padre era próspero, pues surtía también a poblados cercanos; por lo que el dinero jamás faltaba en esa casa. El hombre quería que las niñas algún día heredasen su oficio de ‘’mercader de la muerte’’ o ‘’vendedor del sueño eterno’’ como ellas mismas lo habían apodado y eso lo hacía sentir satisfecho, pues a la muerte se le debe tratar con la misma naturalidad que a la vida.

Las niñas crecían entre ataúdes de diferentes materiales como otros lo harían entre juguetes, deslizándose entre sus fríos contornos con la familiaridad de quien conoce cada rincón de su propia morada.

Una tarde, mientras el reloj marcaba las horas con un lamento hueco, sus pasos las guiaron hasta un féretro distinto a los demás. Este no lo habían visto antes. Era más pequeño, y su tapa, labrada con dedicación inusual, parecía contener secretos que la madera no se atrevía a revelar. Al abrirlo, descubrieron su interior forrado de seda negra, tan profunda que parecía devorar la escasa luz que entraba. 

—¿Crees que alguien haya dormido aquí ya? —murmuró la menor, con un temblor apenas perceptible en la voz.

Su hermana mayor deslizó la mano sobre la tela oscura, como si al acariciarla pudiera descifrar los ecos de su historia. Algo en aquel féretro la inquietaba, pero al mismo tiempo la encantaba.

—No lo sé —susurró—, pero si así fue, no deberíamos perturbar su descanso.

A pesar de su advertencia, la fascinación fue más fuerte que la prudencia. Desde aquel día, el pequeño ataúd se convirtió en su compañero favorito de juegos. Lo arrastraban al patio cuando el sol agonizaba en el horizonte y sin que su padre se diera cuenta, dejando que la brisa nocturna rozara sus inscripciones ocultas. 

A medida que el negocio crecía, la gente del pueblo empezó a hablar. Decían que las niñas estaban hechizadas, que la muerte las cortejaba con promesas susurradas en la brisa helada. A veces la neblina, cómplice silenciosa, parecía espesarse a su alrededor, ocultándolas de miradas indiscretas.

Una noche sin luna, más densa que cualquier otra, las niñas llevaron el féretro al patio por última vez, pues oyeron a su padre decir que lo había vendido a un precio exorbitante, dada su belleza. 

A la mañana siguiente, el féretro ya no estaba. Su padre, satisfecho, aseguraba que el comprador había venido temprano por él. Pero las niñas sabían que nadie se había presentado como comprador.

Esa misma noche, y cuando ya estaban dormidas, la menor despertó con un escalofrío, descubrió que su hermana no estaba en su cama.


El corazón le latía con una urgencia desconocida mientras recorría la casa en penumbras, llamándola en susurros que se desvanecían entre los tapices polvorientos. La encontró en el patio, de pie, con la mirada perdida en la bruma espesa. Frente a ella, allí donde solían colocar el féretro, la tierra estaba removida, negra y húmeda, como si algo hubiese emergido desde sus entrañas.


—Nos llama —susurró la mayor, sin volverse, con una voz ajena, antigua.


La menor quiso gritar, pero el aire se le espesó en la garganta. Algo se movía en la neblina, avanzando con la paciencia inexorable de quien siempre supo que volvería a casa.


Al día siguiente, cuando su padre despertó, el patio estaba intacto, el viento barría las hojas caídas y la luz entraba perezosa por las ventanas. Pero la casa estaba demasiado callada.


Las camas de las niñas estaban frías. Y en el rincón más oscuro del taller, un pequeño féretro había regresado a su lugar, con la tapa entreabierta, como si esperara.


07 enero 2025

El delirio


Cuando a la noche levanto fiebre, la habitación se convierte en un hervidero de sombras. Los destellos rojos del termómetro destilan una realidad distorsionada. Cada grado de temperatura parece tejer un mundo paralelo, una dimensión donde lo cotidiano se desdibuja en lo insólito.

En las noches, el calor que emana de mi cuerpo no solo es físico, sino el presagio de un algo impredecible. Me duele, casi siempre, la cabeza. Con cada pulsación de mis sienes, mi percepción se altera, como si mi mente se sumergiera en un océano de visiones oníricas.

Los muebles parecen moverse por sí solos, danzando en una coreografía arrítmica, mientras que voces inaudibles resuenan en mis oídos, susurros de un lenguaje desconocido que penetran mi conciencia con inquietante claridad.

El umbral entre la vigilia y el sueño se desvanece, arrastrándome a un estado de ensoñación febril. Por eso, intento no cerrar los ojos, porque cada vez que lo hago, un paisaje desconcertante se despliega ante mí. Es como caminar por senderos de luz y sombra, mientras mi cuerpo arde en una temperatura que desafía los límites de lo humano.

Y entonces, en medio de esa danza entre la realidad y la quimera, veo que mi habitación parece disolverse en un remolino de formas inconcebibles. Frente a mí, se materializa un abismo insondable, una grieta en la realidad misma. Desde su centro, un ojo ciclópeo, vasto y atemporal, me observa con una intensidad que trasciende la lógica humana. Su mirada me atraviesa, y yo no soy un espectador: yo soy parte de aquello.

Una de esas noches, al ceder la fiebre, no me encontré en mi habitación. El mundo que me rodeaba era una réplica grotesca de lo que conocía, cada cosa cargada con una textura imposible. En mi interior, un eco resonaba, un mensaje del ojo que había contemplado:

"Te hemos despertado. Ahora, tú nos abrirás las puertas."

Y mientras el sol se alzaba en un cielo que ya no reconocía, comprendí que mi cuerpo no era mío, que mi mente era apenas un huésped, y que algo había comenzado a gestarse en mi interior. Las noches de fiebre habían sido suficientes para arrancarme de mi humanidad y entregarme a un destino que nunca más volvería a ser el mío.


19 noviembre 2024

El compás del silencio


Ella llevaba más de tres décadas bajo el hábito, envuelta en una devoción que había aprendido a modelar con la persistencia que solo tienen esos espíritus alejados de la vulgaridad. Sus días eran rutina y oración, su mundo un claustro cuyas paredes parecían murmurar letanías. Nunca sintió que le faltara algo, ni siquiera cuando el viento nocturno susurraba historias de otros mundos tras los barrotes del convento.  


Una tarde, mientras entregaba limosnas en la plaza del pueblo, lo vio por primera vez. No más de veinte años, de piel cetrina, cabello largo negro, con el rostro y el torso encendidos por el sudor y la intensidad. Pero no era su belleza lo que la perturbó, sino el compás que de él se desprendía. Sus pies golpeaban las tablas con una precisión brutal, casi cruel, y sus manos dibujaban trazos en el aire con una pureza que le recordaba al movimiento de las aves en los frescos de la capilla.  


El sonido del taconeo se deslizó dentro de ella como un cuchillo cortando seda. Sintió algo inesperado: un deseo extraño, no de la carne, sino de existir en ese momento eterno que él creaba con cada giro, con cada palma. Quiso llorar y no supo por qué. 


A partir de entonces, la plaza se convirtió en un imán secreto. Siempre había una excusa: llevar pan a los pobres, recoger flores para el altar, saludar a los ancianos que se reunían para ver a la gente pasar. Pero era él a quien ella buscaba, aunque nunca cruzaran palabra. Lo observaba desde las sombras de un portal, como si el sol y el aire que él habitaba le fueran negados.  


Él bailaba como si estuviera poseído. Era juventud, arrogancia y furia, pero también inocencia. No bailaba para agradar, sino para expresar algo más allá de las palabras. En su compás, ella encontró una pureza que no había visto ni en las estatuas del Cristo ni en los santos. Era un rezo pagano, una herejía que su alma, para su propio desconcierto, no quiso rechazar.  


Una tarde, al terminar su actuación, él la vio. Apenas un instante, pero suficiente para que el fuego en sus ojos chocara con el agua quieta de los de ella. No hubo palabras, sólo una sonrisa de él, breve y luminosa como el destello de un hacha al sol. Ella apartó la mirada y se apretó el rosario contra el pecho, como si el contacto pudiera borrar la sensación de haber quedado desnuda en su presencia.  


Esa noche no durmió. El eco de los tacones resonaba en su mente, cada golpe marcando algo dentro de ella que no podía nombrar. Era deseo, sí, pero no por él, que bien podía haber sido el hijo que nunca tuvo; sino por lo que representaba: la libertad, la pasión, la vida en su forma más cruda y hermosa.  


La siguiente vez que lo vio bailar, lloró. Lágrimas silenciosas que resbalaban por sus vírgenes mejillas, mientras se decía que aquello no podía continuar. Y entonces, mientras la guitarra rugía, las palmas acompañaban aquel movimiento frenético y los tacones caían como martillos, comprendió algo que él había despertado el ritmo en su alma dormida.  


La última vez que fue a la plaza, él no estaba. Había partido, dijeron, para bailar en ciudades más grandes. Ella no volvió a buscarlo. Pero durante las noches de vigilia, mientras el resto del convento dormía, en lugar de rezar, marcaba el compás con la punta del pie, en un susurro tan leve como una confesión al viento.  


10 septiembre 2024

El olvido




Desperté con la boca seca, la garganta áspera, y los párpados tan pesados que dolían al intentar abrirlos. El suelo bajo mi cuerpo era duro, frío, y emanaba un hedor a tierra húmeda mezclada con algo más, algo que no pude identificar de inmediato. Me erguí torpemente, con los huesos crujiendo, y una náusea ligera me invadió mientras el peso de mis ropas andrajosas parecía arrastrarme de vuelta al suelo. Me llevé las manos al rostro y sentí la aspereza de una barba desaliñada y sucia. Mis dedos, ennegrecidos por la mugre, parecían pertenecer a otro.


El aire estaba quieto, espeso, como si el mundo hubiera dejado de moverse mientras yo dormía. No recordaba cómo había llegado hasta ese rincón oscuro, ni por qué estaba allí. Miré alrededor, parpadeando, mientras una sensación inquietante crecía en el fondo de mi mente. No había nadie a la vista. Ningún sonido de coches, voces o siquiera el viento rozando las hojas. Solo silencio.


Mis pensamientos eran fragmentos dispersos, ecos de una vida que parecía haber sucedido en un sueño distante. ¿Había sido yo alguien? ¿Un hombre con un propósito, una familia, un lugar al que pertenecer? Pero al mirar mis ropas rotas, la piel ajada por el tiempo y el abandono, supe que algo terrible había ocurrido. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el mundo se apagó?


Comencé a caminar por calles desiertas, las fachadas de los edificios a ambos lados se desmoronaban como esqueletos antiguos. Ventanas vacías, como ojos muertos, me observaban sin reconocerme. No había huellas en la acera, ninguna señal de vida. El cielo era una cúpula gris y opaca, casi sofocante, y no lograba discernir si era el amanecer o el crepúsculo de un día interminable. 


A medida que avanzaba, las imágenes de lo que una vez debió ser la ciudad pasaban como sombras ante mis ojos. Había ruinas de coches oxidados, papeles esparcidos por el suelo, y tiendas con escaparates rotos. Pero no había cuerpos, ni señales de violencia. Solo vacío. ¿Era este el fin?


Una idea terrible comenzó a germinar en mi mente. ¿Y si yo era el último? El único sobreviviente de un evento catastrófico, el último vestigio de una humanidad que ya no existía. Mi reflejo en un charco de agua sucia me devolvió una mirada que no reconocí. El cabello blanco y sucio, la piel curtida por el tiempo, los ojos hundidos. Era como si hubiera envejecido cien años en una noche, como si el mismo tiempo me hubiera despojado de todo.


Comencé a gritar, primero suave, luego más fuerte. ‘’¿Dónde están todos?’’ dije y mi voz resonó en las calles vacías, pero no obtuvo respuesta. ‘’¡Díganme qué ha pasado!’’ El eco se apagó en la nada, y mi desesperación creció. 


Caminé hasta una plaza vacía donde los árboles se erguían desnudos y retorcidos, como los huesos de gigantes muertos. Me detuve en seco, mirando algo que no había visto antes. En el centro de la plaza, tallado en una piedra negra y pulida, había una inscripción:


“El olvido es el peor de los castigos.”


El aire pareció volverse más pesado, y un escalofrío recorrió mi espalda. El olvido. Eso era. No se trataba de un apocalipsis externo, sino de uno interno. Era yo quien había sido olvidado, quien había caído en un abismo sin memoria ni sentido. Y el mundo, el que conocía, simplemente había seguido adelante sin mí.


Me desplomé en el suelo de la plaza, incapaz de moverme. La revelación me invadió con la fuerza de una tormenta: yo no era el último sobreviviente de un apocalipsis. El apocalipsis era mi existencia. Había vivido tanto tiempo fuera del alcance de todos que me había desvanecido de la realidad. Me convertí en una sombra en un mundo donde los vivos ya no me veían, un algo que había sido y ya no sería jamás.


El cielo comenzó a oscurecerse, y la tenue luz que quedaba parecía apagarse lentamente. Al final, no había destrucción ni salvación, solo el olvido eterno. Y allí, en la penumbra, comprendí que el silencio no era la ausencia de vida, sino la ausencia de mí mismo. ¿Quién había sido?. Eso ya no importaba.


El mundo, para mí, había terminado. 


13 junio 2024

Los regalos

 


A pesar de que su madre le tiene expresa y rotundamente prohibido irse con su padre en la lancha de madrugada, él logra esquivar la vigilancia materna, escurrirse sigiloso y aguardar a zarpar. Las veces que su padre lo ha descubierto, ya están en alta mar, muy lejos como para regresar.

Al principio, le daba un par de golpes suaves, a manera de advertencia o de antesala de la golpiza que se supone debía propinarle por desobediente, pero él sabe que su padre, más blandengue que su madre, se hace el desentendido de su crianza la mayoría de las veces.

A él le encanta burlar el ojo materno e irse con su padre de madrugada en la lancha, en aquel mar oscurísimo y profundo en el que navegan.

Esta es la verdadera aventura de sus escasos seis años. La aventura de la que no habla, aunque se muera de ganas por hacerlo, pero intuye que si lo hace, se rompa ese lazo delicado y cómplice que lo une con su padre.

Esas ‘’expediciones’’, como le dijo su papá una de las primeras veces que lo encontró de polizón en la lancha, eran secretas. ‘’Como esas misiones de las películas de espías de la tele’’ comparó.

En determinado punto indicado a lo lejos por una lámpara intermitente de otra lancha a la distancia, su padre apaga el motor y se levanta para mantener el equilibrio y esperar más señales. ‘’Estate atento, Junior’’ le susurra al niño, como si el mar permitiera ese secreteo innecesario entre ambos.

Al cabo de algunos momentos, las luces de una avioneta se divisan a lo lejos. El niño nota el nerviosismo creciente del padre, que logra contagiarlo de a poco. ‘’¡Los regalos están llegando!’’ piensa y la emoción amenaza con desbordarlo.

De la avioneta van cayendo al mar cajas bien embaladas que su padre se apresura a recoger con la maestría propia de quien tiene tiempo mejorando la técnica.

El niño le indica a los gritos donde están las cajas a modo de ayuda, como si con ese escándalo pudiera aligerar el trabajo de su padre. De nada vale decirle que se calle, pues él hace caso omiso, y las va contando: ‘’10, 20 y 10 más y 20 más’’. No se sabe los números del todo aún, pero usa los que sabe para contar las cajas y apilarlas como puede.

Toda la acción se desarrolla en menos de una hora. El hombre es cuidadoso, sabe que dejar una sola caja a la deriva acarrearía represalias.

En aquella inmensidad profunda y oscura, tiene el tino de guiarse por una especie de intuición que solo la da la supervivencia. Cuenta y vuelve a contar las cajas y coinciden con el número indicado días atrás. Respira aliviado, pues la primera parte de la misión está cumplida.

Mientras, el niño sonríe feliz, triunfante, a pesar de que su padre lo haya regañado todo el camino de regreso a casa.

Siempre le hace la misma pregunta inocente e infantil: ‘’¿Cuántas personas son felices con estos regalos?’’ y su padre, nervioso y lacónico le responde siempre lo mismo: ‘’Muchas’’.

Le jura no decirle nada a la madre y al llegar a la orilla, salta de la lancha y corre veloz a la casa, para escabullirse hasta su cuarto y acomodarse en su precario catre. Apoya la cabeza en el desgastado colchón, pero no se duerme las horas que le faltan para levantarse, sino que se queda mirando el descascarado techo, presa de la agitación de esta aventura, pensando en todo lo que hace su padre para ayudar a tanta gente a recibir sus regalos.


24 septiembre 2023

Alquimia


 


Vivían en una pequeña casa, con dos únicos ambientes, en los que se acomodaban como podían. En la parte de atrás estaba un cobertizo, mal hecho, pero que servía para esconder la letrina y sus malos olores.

No tenían sembradíos y mucho menos una huerta decente, como algunas otras familias de la región, pero sí un pequeño viñedo, del que producían vino para su propio consumo y a veces, cuando tenían un poco de más, lo vendían en la feria cada tanto.

Como tantos otros, sobrevivían. El padre, un hombre de unos cuarenta años, era el típico borracho violento y grosero que obligaba a sus hijos a trabajar y producir su propio vino, del que gota a gota él consumía con la velocidad del vicioso.

La madre, sumisa y temerosa, se encargaba de las tareas del hogar y de cuidar a los niños. Los pequeños, sucios y mal vestidos, no iban a la escuela rural, que solo abría un par de veces a la semana y trabajaban largas horas en huertas ajenas junto a su padre. ‘’¡Aquí todos se ganan su propio pan! solía gritarles.

El hijo mayor tenía apenas 13 años y estaba a cargo de la producción de vino. Los hermanos menores se turnaban para ayudar en las siembras y en lo poco que pudieran hacer en casa. El padre siempre estaba borracho y malhumorado, y no dudaba en golpear a sus hijos si consideraba que no trabajaban lo suficientemente bien.

Alquilaba a los niños a los patrones de otros caseríos para que les trabajaran el campo. Sacaba sus propias cuentas de cuánto podía producirle cada niño y así tener dinero suficiente para gastarlo en la taberna, bebiendo vino, mientras esperaba por la cosecha de su propio viñedo.

Sin embargo, un día, el hombre se dio cuenta de que no le quedaba casi vino y tampoco dinero suficiente como para comprarlo en el pueblo. Furioso, empezó a tirar cosas al piso y romper lo poco que tenían. Los niños se escondían en un rincón, temerosos de las ya sabidas consecuencias.

El hombre tambaleante se dirigió hacia el fondo de la casa, donde estaba la barrica de vino. Allí encontró a uno de sus hijos menores, de solo nueve años, atendiéndola. ¿Dónde estaba el mayor? ¿Por qué no estaba ahí?

El niño estaba subido en una escalera enclenque para alcanzar la barrica. Sin mediar palabra, el hombre empezó a agitar la escalera y a gritarle que qué hacía ahí, si ese no era su lugar. ‘’¿Dónde está tu hermano, dónde?’’ vociferaba mientras subía como podía. Comenzó a golpear al niño y a apremiarlo para que se diera prisa.

El hijo mayor, que dormía escondido del padre entre la paja amontonada en el piso, se despertó por los gritos. Vio cómo el padre forcejeaba con el niño y sin pensarlo dos veces, dio un salto y subió por la escalera.

A pesar de no poder hacer mucho, dadas sus contexturas de niños, atacaron al padre para defenderse, pero el hombre perdió el equilibrio y cayó dentro de la barrica, golpeando su grande y pesada cabeza de borracho contra el filo, quedando inconsciente.

Ante la mirada atónita de los chicos, el padre quedó flotando, boca abajo, inerte. El líquido lo fue cubriendo por completo y se hundió lentamente, como si se hubiera desvanecido en el vino. El chico más pequeño bajó por la escalera dando tumbos y su madre fue a su encuentro, dada la naturaleza de sus gritos y de su llanto, que eran muy diferentes de cuando el padre borracho lo azotaba.

Entre sollozos, le contó a la madre lo que había ocurrido. La madre comenzó a llorar y lo atrajo hacia sí. Los demás chicos se reunieron en torno a ellos. Nadie sabía qué hacer.

Fueron todos juntos hasta el fondo de la precaria casa. El hijo mayor tenía aún la vista clavada en la barrica. La madre lo llamó varias veces para sacarlo del trance en el que estaba.

Le limpió con su sucio delantal la cara sudorosa al tiempo que lo besaba en la frente. Hizo que todos se sentaran en el suelo y les dijo que guardaran el secreto. No había nada más que hacer.

Les ordenó que embotellaran parte del vino para venderlo en el pueblo. Los niños se encargaron toda la noche de hacerlo, cuidando de que el cuerpo del padre no quedara expuesto. Al día siguiente, con más miedo que certezas, la madre fue al pueblo a ofrecer las botellas de vino. El resultado fue sorprendente. El vino era de una calidad excepcional y pronto se corrió la voz de aquella maravilla gastronómica.

La familia empezó a prosperar gracias al vino y a su secreto tan bien guardado. Compraron nuevas herramientas para la huerta y se hicieron con una pequeña tienda en el pueblo. Tenían que disfrutar de esa dicha mientras durara el cuerpo del padre en el fondo de la barrica.

Nunca hablaron de lo que había sucedido aquella noche. Mantuvieron el secreto de su vino y se aseguraron de que nadie conociera el verdadero origen del mismo. Se obligaron a relegar en el olvido la tragedia del padre que les trajo lo único que nunca habían esperado: El éxito.

03 marzo 2023

El hostal


 

El hostal no tenía buenas reseñas, pero era barato y ellos, que viajaban como tantas otras parejas jóvenes - con poco dinero y muchas ganas de aventura- reservaron por tres noches y cuatro días. ¿Qué tanto tiempo pasarían en el lugar?

Si bien estaba en la ciudad, el sitio quedaba un tanto retirado y para llegarle, había que pasar por callejuelas un poco sucias, estrechas, que de noche solo tenían una luz mortecina que amparaba a yonkis, a rateritos de poca monta y a malvivientes.

El dueño, un hombre mayor y amable que no compaginaba con el sitio en sí, pasaba en la recepción todo el día. Recibía con el mismo agrado al mochilero de paso que al drogadicto de turno que quisiera echarse en el desvencijado sofá de la entrada.

Así que cuando los chicos llegaron, fue él quien los llevó a su habitación y sonriente se las mostró. El hostal tenía cuatro pisos y la habitación de ellos quedaba en el segundo. ‘’Los dos primeros pisos son solo de habitaciones compartidas, las más baratas. ’’Ahora que es temporada baja, no tendrán compañía’’ explicó el hombre, al tiempo que les guiñaba un ojo.
Había ocho literas para fácilmente albergar a ocho personas. La habitación era más que triste. No había ninguna decoración en las paredes, salvo un cuadro con un paisaje campestre, descolorido ya por el paso del tiempo.

No era un sitio lindo ni acogedor y eso contrastaba mucho más con la afabilidad del dueño. Pero ¿quién necesitaba sentirse en casa, en esta vida trashumante que llevaban desde que empezaron el viaje? Así que hicieron caso omiso del lamentable estado de los colchones, del piso de madera que chirriaba con tan solo lanzar un suspiro, del par de cristales rotos de las ventanas y de la lámpara lastimera que se balanceaba y arrojaba una luz amarillenta deprimente.

La chica resopló. ‘’¿Y si hay pulgas? Seguro hay pulgas’’ dijo recalcando su teoría. El muchacho se rio y la tomó de la mano para atraerla hacia sí. ‘’Las soportaremos. Son solo cuatro días’’ y le dio uno de sus besos entre calmantes y tiernos.

Ya iba a ser hora de cenar, así que dejaron las mochilas con candado en el viejo armario y bajaron. Se adentraron en la noche. Al regresar, cansados de dar vueltas por la ciudad, subieron a su habitación.

Era noche cerrada y desde la calle llegaba el eco de algunas conversaciones, algunos gritos de borrachos. La chica supo que le costaría conciliar el sueño, a pesar de que estaba muy cansada. Dio vueltas en la cama durante un rato, hasta que decidió levantarse para tomar un vaso de agua.

Bajó a la cocina, pero se asomó a la recepción. El hombre estaba ahí, clavado en la silla, roncando de a ratos, con los lentes en la mano que le colgaba casi inerte. La muchacha, ya en la cocina, se sirvió agua en el único vaso limpio que encontró. Se acercó a la ventana iluminada por la luz de la luna, cerró los ojos y bebió despacio. Abrió los ojos porque se sintió observada, pero no había nadie y los ronquidos del viejo de la recepción indicaban que de ahí no había movido ni un ápice. ¿Habría alguien más en el hostal?

Se apresuró a subir y al entrar a la habitación, se aseguró de haber cerrado bien la puerta con el cerrojo oxidado. Aunque solo estaban ellos dos, ¿para qué dejarla abierta? Su novio dormía sin prisas y no se enteraba de nada. Ella se acomodó como pudo en su cama hasta que el sueño terminó ganándole la partida.

Después de un tiempo incalculable, la chica, un poco somnolienta, siente un cosquilleo en el dedo gordo del pie derecho. Creyó que soñaba, pero a medida que el cosquilleo se fue transformando en succión, se despertó del todo.

No podía creer lo que veía y mucho menos lo que sentía: A los pies de su cama había un hombre de unos 40 años, una versión del hombre de la recepción, pero con muchos menos años; que le succionaba con fruición el dedo gordo. Lo había apresado con delicadeza entre el índice y el pulgar.


La chica gritó y trató de liberar el pie de la boca del hombre, quien la miró con lascivia no sin antes darle una muy buena chupada a ese dedo gordo ancho y rozagante. El grito alertó al muchacho que sin pensarlo se abalanzó sobre el intruso, pero sin el tino suficiente como para asestarle un puñetazo, cosa que sí hizo el hombre para dejarlo tendido en el piso desmayado.

El hombre levantó un poco entonces la cabeza y la miró directamente de nuevo a los ojos. Su mirada era intensa y penetrante, y la chica se sintió atraída hacia él de una manera extraña y misteriosa. El pánico dio paso a la rendición.

El hombre le sonrió y le invitó a acercarse. Sin saber por qué, se acercó lentamente a él y dejó que siguiera chupando su dedo. La lengua de aquel hombre se movía con delicadeza y maestría, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. La muchacha se sintió invadida por una sensación de placer nunca antes experimentada y se dejó llevar por las caricias del hombre.

Después de un rato, el hombre se detuvo y le dijo que era hora de dormir. Se levantó del piso, se acomodó el cabello y la ropa, se acercó a la puerta, la destrabó y se fue. Sin pensar ni un segundo en su chico, que aún yacía inconsciente,  la chica volvió a su cama, sintiéndose confusa y aturdida. Intentó fingir que nada había sucedido, pero su mente seguía pensando en el visitante nocturno que le había dado tanto placer.


23 agosto 2022

La lectura




Sabe que viene a buscarlo a su habitación por la forma en que camina, o mejor dicho, por la forma en que siente vibrar sus pasos. A todo lo que le dice, él solo mueve su cabeza, en señal de aprobación del plan de siempre; sonríe, deja lo que sea que esté haciendo y lo sigue.

Él ya sabe que es la rutina vespertina entre ambos y no le molesta en lo absoluto; sin embargo, a su madre sí. Cada vez que los descubre, monta en cólera casi siempre, como si con eso pudiera cambiar su realidad como familia.

Nunca entendió el comportamiento de su madre. ¿Qué tan terrible es pasar un par de horas pretendiendo ser otra persona? ¡Tanto a su abuelo como a él les hace bien! Pero se ve que a ella no. No sabe qué dispara su enojo: Si el hecho de pasar tiempo juntos o el hecho de creerse ‘’normales’’. Y a fin de cuentas ¿qué es ser normal?


Una vez le preguntó a su madre y ella lo miró como cuando se ve algo que está irremediablemente perdido. Le apuntó la frente con el índice y le dijo ‘’tú no’’. Él rió. No se sintió aludido en lo más mínimo. Entendió que algo en su propia madre no estaba bien del todo y dio por terminado ese asunto.


Por los momentos, la única cosa que le interesaba era, después de volver del colegio, esperar a que el viejo viniera a buscarlo para leerle. No tenían muchos cuentos en la casa, así que las historias que le leía eran siempre las mismas, que quién sabe de qué iban porque él después no se ocupaba de leerlas por sí mismo. Las portadas de los cuentos no eran muy elocuentes y las pocas ilustraciones que tenían, menos.


Se sentaba a su lado muy quieto observando el movimiento de sus labios, sus expresiones faciales, cómo inclinaba el cuerpo ante lo que él creía que era impactante. Le gustaban esas horas de teatro improvisado.


Sabía que el abuelo estaba enfermo, pero no entendía bien de qué. Su madre le comentó un día señalándose la cabeza. Él quiso saber más, pero ella se limitó a decirle que era degenerativo. No entendió tampoco, pero no preguntó más; en parte porque su madre no era buena para expresarse en su lengua y en parte porque lo importante para él era el tiempo que pasaban juntos.


Su abuelo era terco y estaba decidido a ‘’recuperarlo’’. Así lo había dicho. Pensaba que lo suyo era algo de lo que uno se podía recuperar. Ni él ni su madre entendían a cabalidad de qué se trataba ser como él era. No se avergonzaba ni se sentía menos que el resto. Su mundo era igual de rico que el de cualquier otra persona e incluso más, pensaba.


Se trazó una especie de estrategia para que su madre no los descubriera. Aguzó sus  cuatro sentidos restantes. Descubrió las rutinas de su madre cuando se preparaba para salir de casa y los tiempos que demoraba en volver. Eso le daba margen suficiente para sentarse con su abuelo y fingir que entendía lo que le narraba.


Cuando terminaba cada cuento, el viejo le pasaba la mano con cariño por la cabeza y le hacía la misma pregunta de siempre: ‘’¿Te gustó?’’, a lo que él respondía asintiendo. A veces se le quedaba viendo, esperando que él dijera algo, a veces también lo veía sin reconocerlo y se levantaba molesto y se iba de nuevo a su cuarto.


Le daba mucha lástima cuando lo sentía deambular por la casa como si estuviese perdido, así que o bien lo evitaba para no asustarlo o bien lo seguía hasta que el anciano lograba reconocerlo. 


Unos meses antes de la defunción del abuelo, el niño descubrió a la madre en la sala, con quien supuso sería el médico. ‘’Deterioro cognitivo’’ logró entender, entre otras cosas. Si bien no entendió el concepto como tal, tuvo la corazonada de que no era nada bueno.


En la escuela le preguntó a las maestras, quienes le explicaron como pudieron, para no alarmarlo. 

Lo único que pensó fue en redoblar sus esfuerzos para pasar más tiempo con el viejo, pero su plan se vio truncado por el rápido detrimento de la salud de su abuelo. Los últimos días los pasó sentado a un costado de la cama del viejo, sosteniendo su mano para no olvidar su forma,  cuando ya no estuviera. 


El día del funeral, durante la misa, el sacerdote pregonó sobre los goces de la vida eterna, de la misericordia de Dios, y los designios que trascienden a los hombres. Pero el niño no lo supo entender, no podía oír esas palabras, su sordera se lo impedía. En su lugar imaginó a su abuelo narrándole historias sin palabras, como siempre había hecho.

16 mayo 2022

La recompensa

 




Paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. La paciencia no fue nunca mi fuerte, pero este encierro lo sobrellevo bien, para mi propia sorpresa. Lo malo es que, de noche, el penetrante olor de estos fajos no me deja descansar.

En otro momento de mi vida, estar aquí sería un tanto incómodo, porque el solo hecho de estar de cuclillas me arruinaría las rodillas; pero por fortuna eso no es un problema. Puedo moverme aún agachado sin tener que ponerme de pie o acostarme cada tanto.

Me he vuelto muy observador y he aguzado todos mis sentidos desde que llegué aquí. Cada chirrido en la casa lo conozco, sé de dónde viene, qué lo produce. Cada rendija por donde se cuela el viento lo hace sonar de forma diferente y sé exactamente en qué parte está.

Las paredes de la casa se anticipan a las estaciones y van cambiando. Sé cuando el otoño está por aparecer, porque en las noches de verano todo se vuelve un poco menos caluroso y entonces así sé, por esa temperatura que también adoptó mi cuerpo, que los días de verano están preparándose para irse.

Dirán que son cosas tontas, pero en algo tengo que usar mi tiempo. Eso me ayuda a mantenerme activo. No es lo ideal, claro. Lo ideal sería no estar aquí. Desde hace cinco años aguardo mi liberación; mientras tanto, me entretengo.

Mi hija no viene desde hace tres años, aproximadamente. Al principio de mi cautiverio, venía con cierta frecuencia para ordenar, limpiar, deshacerse de algunas cosas de la casa. En ese tiempo, yo no le prestaba mucha atención, de tan embobado que estaba con esto de cuidar de mi botín. Después, cuando sus visitas se hicieron más espaciadas, me alarmé.

No tenía manera, ni aún tengo, de ponerme en contacto con ella. A veces siento que me olvidó del todo, otras veces siento que me recuerda todos los días de nuestra vida. Si bien es duro estar así y más en este encierro, hay un montón de sensaciones y de sentimientos que dejaron de tener la etiqueta de ‘’bueno’’ o ‘’malo’’. Simplemente las cosas son como son: Mi hija no viene desde hace tres años.

Creo que no lo hace por miedo. Le mando mensajes, con cualquier pretexto, para que vuelva. Me ignora o no entiende lo que le digo. No soy un hombre de saber explicar bien las cosas, me quedo siempre corto.

Sucede también que, en este cambio de circunstancias, no es fácil la comunicación. Se recurre a metáforas, a símbolos, cuya interpretación dependerá mucho del receptor. Si el mensaje no es claro, como sé que son mis mensajes, el receptor, mi hija, no entenderá o confundirá toda la situación.

Estoy tratando también de mejorar eso. Me está llevando tiempo. Lo repito: nunca fui muy bueno comunicándome. Así que por los momentos, trato de estar cerca de ella lo más que puedo, en pensamiento, porque de aquí no puedo salir, hasta que mi situación se resuelva.

Recuerdo las buenas épocas en esta casa. Hacía buen dinero, podía ahorrar, atesorar. Sobre todo eso: atesorar. Cuando llegaba el dinero, lo guardaba y de tanto hacerlo ahora estoy atado a él, a ese olor a viejo, ha guardado que adquieren las cosas cuando no circulan, no se usan.

Nadie sabía que estaba guardando tanto dinero. Me estaba partiendo el lomo trabajando, pero les hacía creer que la paga por mis trabajos era baja. Me convertí en un experto en el arte del engaño. Cuando mi mujer, que Dios la tenga en la gloria, me pedía dinero para los gastos de la casa y la manutención de nuestra hija, yo siempre respondía con algún remilgo y le decía que ese mes no había logrado cobrar mucho, etc. Tenía ya armadas mil excusas.

Mientras, iba guardando billete tras billete aquí arriba, donde estoy ahora. Este ‘’escondite’’ lo descubrí de casualidad. Parece que cuando construyeron el techo, pensaban también hacer una especie de entrepiso para la ventilación, creo, no estoy seguro, pero no lo terminaron y quedó un espacio, como si fuera una larga gaveta, en el techo de la cocina. Ahí empecé a meter los fardos, mes tras mes, año tras año.

No fue por codicia que lo hice, sino para vivir tiempos mejores, siempre pensando en el futuro; especialmente el de mi hija. Cuando pasó el accidente, yo no tuve tiempo de avisarle que en el techo de la cocina, estaba todo su futuro. Vinieron por mí y yo dije que no, porque tenía que cuidar mi botín.

Lo malo es que paso horas aquí arriba. Qué digo horas: días. Interminables días. El penetrante olor de estos fajos no me deja descansar. No puedo deambular tampoco por mi propia casa. No sé cuándo terminará todo esto.

Quiero vender la casa, pero ¿podré hacerlo?. A veces siento que nunca voy a poder deshacerme de ella, pero es que no logro dar el paso. Es una casa grande e inoperante. Mantenerla es un caos y no tengo ni el tiempo ni las ganas.

Además, este olor tan rancio que no logro ahuyentar y que tampoco logro identificar. ¿Qué haré con esta casa? Ni siquiera está llena de recuerdos que quisiera conservar. Es tan solo una estructura y nada más.

Lo que más me gustaba era la cocina, porque daba al patio interno, donde estaba el árbol del que colgamos una hamaca, el columpio y nos creíamos de vacaciones cuando hacía buen tiempo. ¡Fue una buena época, sí! Pero el árbol terminó secándose y tuvimos que sacarlo y en su lugar, pusieron el piso de cemento. Una lástima. Me gustaba el jardín.

 Tengo que limpiar. La casa va a deteriorarse más si sigo dejando todo así, a la buena de Dios. Dios no limpia. Ojalá viniera un terremoto y la arrancara de sus cimientos y chau, casa. No tendría que ocuparme de esto, que es como un pensamiento que me taladra de vez en vez.

Contengo la respiración. ¡Eres tú! ¡Viniste! ¡Mi amor! Hago ruido, pero no me oyes. ¡Mira hacia arriba! ¡Te estoy viendo, hija querida!

Algunas baldosas se han salido y otras están rotas. Me lo anoto. Tengo que ir haciendo un informe del deterioro, pedir presupuesto para que vengan a arreglar o dejar todo así y venderla, tal y como está, aunque no saque mucho dinero. Cañerías, pisos, algunos vidrios rotos…

¡Mi amor!¡Mira hacia arriba! Concéntrate. Mírame. ¡Mira hacia arriba! Ya es tiempo de salir de aquí. Guardé todo esto para ti. ¡Solamente para ti!

Miro hacia los techos y los inspecciono. Había una filtración en el de la sala; no muy grande, por fortuna. Aquí en la cocina pareciera estar comenzando. Se levantó un poco la pintura. Lo anoto. No parece ser grave.

Hago un rollito con uno de los billetes y lo empujo por unas de las rendijitas de este techo falso que habito. Cae, sin ruido. No lo notas. Lo pienso con todas mis fuerzas: ¡Mírame! Mientras, hago otro rollito y lo aviento. ¡Concéntrate!

Vuelvo sobre mis pasos y piso algo. ¿Qué es eso? Estos papelitos no estaban aquí recién. Me agacho. Es un billete de 100. ¿Eh? ¿De dónde salió? Más allá hay otro. Lo recojo. También de 100. Miro hacia el techo de la cocina. Voy a buscar algo en qué subirme. Alguna silla, alguna escalera, algo útil debe haber quedado.

Cuando por fin encuentro una silla, me subo y observo más de cerca. Hay rendijas finas y de allí emana el olor que transpira la casa. Mi casa. ¿Pero por qué? Raspo con la uña la pintura, toco con los nudillos: ‘’Toc, toc, toc’’. Suena hueco. Con asombro descubro el techo falso. ¿Qué es esto?

¡Mi amor! ¡Ni te ocupes! Acércate. Tengo aquí mi botín, que es todo tuyo. Lo atesoré para ti. Ven, mi vida. Acércate, acércate.

Hay muchos billetes, de 100 y de 50. Estoy atónita. Es que es increíble. ¿Quién los guardó? Nunca tuvimos dinero. ¡Dios mío! Esto es una pequeña fortuna.

Por fin, hijita, por fin. Llévatelo todo. Es tuyo, todo tuyo. Siento que me falta el aire, mi amor, que ya no soy yo. Tengo que irme. Mi vida, mi amor. Te amo mucho. Tenlo presente. Adiós, mi querida hija. Adiós.