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13 agosto 2017

El lago




El lago le causaba una curiosidad imposible; así que a veces se escapaba de clases bajo cualquier pretexto y se iba a contemplarlo. Su madre le tenía prohibido ir sola. ‘’¿Y si te caes? ¡Tú no sabes nadar!’’, le decía. Pero su madre era muy temerosa e insegura y tenía muy poca confianza en ella, su hija. Por tanto, escaparse a veces para ir al lago era una muestra silente de su madurez y también de su rebeldía. ¡Su madre tenía que saber con quién estaba lidiando!, aunque claro, nunca lo sabría, a menos que la descubriera y eso nunca pasaría.
Amaba la libertad que le daba el estar sola ante la inmensidad del lago. Sus aguas tranquilas desvanecían cualquier preocupación innecesaria a sus 11 años. Jugaba a tirar piedrecillas y ver cómo formaban tímidas ondas en la superficie. A veces se quedaba absorta observando el agua calma. Otra veces vagaba por la orilla y se quedaba lo suficientemente cerca hasta hundir los pies en la arena húmeda.
La tarde que decidió no ir a la escuela (aunque se despidió de su madre como todos los días) tomó el camino de siempre, pero a la mitad, se desvió adrede, tal y como había planeado. Sin embargo, había mucha neblina. Tuvo que detenerse varias veces para que sus ojos se acostumbraran a la poca visibilidad. Tenía la certeza de estar en el camino correcto. ¡Lo había recorrido ya tantas veces! pero la densa neblina la hizo dudar.  ¿Retrocedería o seguiría avanzando? El invierno sería implacable como todos los años y ella tendría que esperar durante largos meses para poder volver al lago. Decidió entonces avanzar, después de pensarlo mucho. No había marcha atrás.
Dos horas después y sin saber cómo, creyó llegar al lago. El escenario parecía tan diferente. Se veía pequeño, oscuro. La vegetación parecía muy densa, como si fuera a abalanzarse sobre ella y devorarla. No parecía su lago del todo. El ambiente mostraba ya su cara menos amable, todo estaba casi marchito, los árboles desnudos y sin gracia y la pátina transparente y cruel del hielo comenzaba a congelarlo todo a su paso.
Se detuvo en la orilla, no sin antes quitarse la mochila y dejarla en el suelo. Gritó: ‘’¡Llegué!’’ y el eco de su grito resonó en el silencio del lugar. Se agachó y tocó la superficie con los nudillos, como si tocara una puerta, para cerciorarse de que estaba lo suficientemente dura para soportarla. Avanzó unos diez pasos. Observó el lago a sus pies: transparente, casi congelado. Era todo tan raro. Desestimó su aprehensión infantil. Dio otros diez pasos sin percatarse de que la neblina se había hecho más densa y dificultaba la visión. La aprehensión dio entonces paso a la maravilla. Se sintió poderosa y feliz. Continuó caminando tan segura de sí misma que cuando el hielo empezó a resquebrajarse en su parte más fina, ella no lo notó; al contrario, siguió avanzando, convencida de que llegaría al centro del mismo lago.
El hielo, mucho más delgado y frágil, dado que aún no era del todo invierno, fue cediendo ante el peso de la niña. Los últimos ocho pasos que logró dar hicieron que el hielo cediera por completo y que fuera tragada sin misericordia hasta el fondo del lago. El frío congeló sus pulmones en segundos y quedó atrapada con una expresión de sorpresa en su rostro de niña. El agujero que formó su cuerpo en el hielo fue instantáneamente llenado por la misma pátina transparente y cruel que cubría el lago.
La terrible neblina hizo que se suspendieran las actividades en el pueblo y los niños fueran enviados de regreso a sus casas, alrededor de la una de la tarde.
La madre aguardó a que la niña volviera. En vista de que no llegaba, llamó a la directora: ‘’No vino hoy a clases. Pensamos que no la había mandado dado el mal tiempo’’. Se sentó de golpe y empezó a sentir cómo el pecho se le iba oprimiendo. Algo muy malo había pasado. A su niña. A su única niña. Comenzó a llorar. Sin pensarlo, salió de la casa hasta la estación de policía. No se podía ver nada, no reconoció el camino, así que desesperada tuvo que volver sobre sus pasos como pudo, aterida de frío y muerta del pánico. Al llamar a la estación, le informaron el protocolo: ‘’Hay que aguardar 48 horas para declararla como perdida’’. Y fue justo 48 horas después que la policía comenzó la búsqueda.
El último sitio en el que buscaron fue en el lago. En la orilla encontraron la mochila, que fue reconocida por la madre. Rastrearon la zona lo más que pudieron. El lago casi congelado no dio ningún indicio de haberse devorado a la niña porque no permitió dejar rastros.
El tiempo, sin embargo, fue avanzando inexorablemente. La angustia había también avanzado en la madre, quien no había dejado de buscar a su hija. Había adelgazado. Unas ojeras perennes habían hundido sus otrora vivaces ojos azules. El cabello, antes rubio y ahora mustio, permanecía siempre preso en una suerte de moño desordenado en la nuca. Parecía desorientada la mayor parte del tiempo, siempre triste, siempre sola.
Fue finalmente en una primavera cualquiera, durante la época de deshielo, que el lago decidió devolver lo que había tomado prestado seis largos años antes: la niña de 11 años. Primero, el cuerpo fue ascendiendo desde el fondo, poco a poco. Formaba burbujas a su alrededor. La fauna del fondo bailaba también a su alrededor. La niña ascendía con los brazos hacia arriba, los ojos abiertos, la boca abierta, las trenzas en su sitio, la falda, las medias, las botas, la camisa, el abrigo. Todo en su sitio. Cuando las manos chocaron con la gélida superficie del lago, la niña despertó y empezó a luchar por salir de su prisión de hielo. Golpeó lo más que pudo con sus débiles nudillos la superficie, hasta que se resquebrajó del todo, se rompió en cristales de colores y ella pudo salir, después de tantos años. Sacudió la cabeza con fuerza, de un lado a otro, tratando de hacer despertar a sus pulmones, que reaccionaron con prisa. La niña soltó entonces un grito sordo: ‘’¡Llegué!’’.
Como pudo salió del agujero de hielo y se dirigió a gatas hasta la orilla, hasta desplomarse. Respiraba hondo y exhalaba. Cuando se recuperó lo suficiente, se levantó y observó el paisaje. Era su lago. Pero ¿cuánto tiempo había estado ahí? ¿Y la niebla? ¿Ya era primavera? Dio algunos pasos. Tenía mucho frío. Empezó a andar. Empapada como estaba, apretó los puños y apuró el paso. Tal vez llegaría antes que su madre y si todo salía bien, ella nunca sabría que había faltado a la escuela por ir al lago.
Llegó corriendo a su casa y decidió entrar por la parte trasera. Eran casi las seis de la tarde cuando abrió la puerta con cuidado, de manera de hacer el menor ruido posible. El fogón estaba encendido. Se acercó un poco para entrar en calor, que le devolvió el aspecto rosa de siempre a sus mejillas. Estuvo parada ahí unos minutos, hasta que el sonido de los pasos de su madre y el grito que esta profirió al verla, la hicieron saltar. ‘’¡Mamá!’’ le dijo y la miró aterrada, a sabiendas de que ahora vendría un castigo. ¡Maldición! ¡Había calculado mal el tiempo y su madre había llegado antes! Pero, ¿era esa su madre? La mujer envejecida que la miraba sin poder articular palabras se parecía a su madre. Era y no era ella. La madre se le fue acercando poco a poco. La niña se fue encogiendo, segura de que ahora vendría una buena tanda de golpes por haber faltado a la escuela. Pero en vez de eso, la madre cayó de rodillas, llorando. La abrazó como solo se abrazan a las personas que se creían del todo perdidas. No le importó que la niña estuviera empapada y helada. No le importó que estuviera muerta del miedo. Sólo la escondió entre sus brazos.
‘’Mamá...no es para tanto. Perdóname, no quería ir a clases hoy’’.
Rodeó con sus brazos el cuello de la madre, la besó en la mejilla y apoyó la cabeza en su hombro. La madre sólo lloraba y le acariciaba el cabello. Después de varios minutos, logró decirle: ‘’Has vuelto a casa, mi amor. Por fin has vuelto’’.