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14 mayo 2023

Número desconocido


 

Su mente se sumergía en un mar de pensamientos obsesivos cada vez que se acercaba al teléfono, esperando que la llamada que tanto anhelaba finalmente llegara. Su corazón latía con fuerza ante la mera vibración del dispositivo, anticipando el momento en el que, pensaba ella, oiría la voz que había estado esperando con ansias.

Y fue así como una tarde cualquiera, el teléfono sonó y se apresuró a tomarlo para contestar sin siquiera leer el nombre del contacto: ‘’¡Hola!’’ dijo. No fue una pregunta, ni mucho menos una invitación al que el interlocutor se presentara. Fue un ‘’hola’’ que constataba que del otro lado de la línea estaba la persona que quería hablar con ella y solo con ella. Pero su alegría pronto se convirtió en confusión al darse cuenta de que la voz en el otro extremo no correspondía con la que esperaba.

Una ola de desconcierto la invadió, pero se esforzó por mantener la compostura mientras intentaba explicar la situación. La voz desconocida la interrogó. Trató de esquivar las preguntas que le parecieron muy personales, muy íntimas, y respondió mansamente a las menos comprometedoras.

Durante cerca de media hora, la voz le habló sobre cosas, algunas triviales, otras extrañas y muchas enigmáticas. Le contó historias de su vida,  inquietantes, intrigantes. Ella se apoyó contra la pared y se dejó caer, poco a poco hasta sentarse. No podía evitar sentirse atraída por la voz misteriosa y desconocida.

También le hizo preguntas, pero más básicas, menos elaboradas. A todas ellas, la voz respondió con hechos de su propia vida, que bien pudieran ser reales o ficticios.

Cuando la llamada terminó, la chica se sintió profundamente perturbada por la extraña conversación que acababa de tener. Miró su teléfono y se dio cuenta de que el número era privado, por lo que no podía rastrearlo. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero también una extraña emoción que no podía explicar.

Algo había cambiado en ella. La sensación de lo desconocido se había instalado en ella. Empezó a notar cosas que antes pasaban desapercibidas: los sonidos de la ciudad parecían más fuertes, los colores más vibrantes y los olores más intensos. Incluso las personas a su alrededor parecían tener una nueva dimensión, como si de repente pudiera ver más allá de lo superficial.

Desde aquel día, nunca más volvió a recibir una llamada del extraño número. Pero no podía dejar de preguntarse si aquella misteriosa voz volvería a aparecer en su vida, sumergiéndola una vez más en el abismo de lo desconocido.

29 abril 2022

El cuadernito

 



A las 20:00 de todos los días, a menos que haya algún evento como la noche de servicio comunitario a los necesitados, es decir, a los pobres de siempre del barrio, todas deben estar recluidas en sus cuartos.

Convengamos que el término ‘’recluido’’ quedó de la época en que las monjas sí quedaban encerradas en sus claustros hasta el día siguiente. Ahora es diferente, pero la palabreja se mantuvo.

A ella, sin embargo, le gusta decir que ‘’las hermanas nos recogemos’’, como si fueran gallinas en su gallinero. Así que casi siempre, cada noche, en la soledad de su claustro-cuarto, fuma un cigarrillo, lee, pasea por las noticias del día desde su celular, ora; aunque esto último no siempre lo hace y no por desobediencia o falta de fe, sino porque prefiere hacerlo en la capilla y de noche no se puede, ya que permanece cerrada.

Lleva varias noches con dificultades para dormir y eso la inquieta. Le pasa casi siempre que presiente que algo fuera de lo normal va a pasar, como cuando murió su madre sin previo aviso. Ella lo presintió con todo su cuerpo días antes. Desde ese momento, cada vez que alguna catástrofe va a pasar, la presiente.

Da vueltas en la cama. El libro que estaba leyendo no logró entretenerla del todo, tampoco las noticias, ni el streaming. Apaga la luz y clava la vista en el techo hasta que se acostumbra a la oscuridad. Tantea en la mesita de noche hasta dar con los cigarrillos y el encendedor. Es el tercero de la noche ya.

Decide entonces, después de varios minutos, ir a la cocina por agua para después pasar por el baño y cepillarse los dientes y así quitarse el aliento de fumadora, pero adrede se desvía para ir al jardín. ‘’A falta de capilla abierta, bueno está el jardín’’ piensa. La noche está fresca y la luna ilumina un poco el portón de entrada.

Respira hondo y se queda mirando absorta el cielo nocturno, cuando al poco tiempo escucha el ruido de pisadas apresuradas y cuchicheos. Son cerca de las 3:00 a.m. ¿Quién pudiera estar levantada a esa hora? ¿Alguna emergencia? ¿Habrán llamado a un médico? ¿Le habrá pasado algo grave a alguna de las hermanas?

Ve claramente a la directora, la hermana Josefina, y a la subdirectora, la hermana Imelda. Lejos de acercárseles para ofrecerles su ayuda, se esconde sin saber por qué detrás de una de las columnas del patio. Hay algo que no está bien en toda esa escena.

La hermana Josefina baja aún más el tono de voz. Abre con cuidado el portón y se queda viendo de un lado al otro de la calle. Detrás de ella, la hermana Imelda hace lo mismo.

A los pocos minutos aparece un hombre. Los tres susurran. Ella los observa más que impresionada. Parece que estuviese viendo una película cuya trama no entiende. Sin embargo, sigue inmóvil en su improvisado escondite.

El hombre va y viene con lo que parece ser pesados bolsos. Las hermanas los reciben y los van llevando, casi a rastras a la capilla. Ella cuenta siete. Cuando terminan de acarrearlos, los tres se dirigen a la cocina. 

Ella aprovecha para acercarse sigilosa hasta la capilla, cuya puerta está sin llave. Los siete bolsos están ahí, en fila, detrás del altar. Por minutos se siente investigadora privada, como las de las series de televisión que veía de niña. Está nerviosa y a la vez emocionada. Se agacha y sin hacer ruido, descorre el cierre de uno de los bolsos. Se lleva la mano a la boca para reprimir su sorpresa. Lo que hay dentro son fajos de dólares. Muchos. Abre el segundo bolso con el mismo resultado. Por no dejar, abre el cuarto y más se sorprende al ver que tiene el mismo contenido.

¿Cuánto dinero hay en esos bolsos y por qué los tienen las hermanas? Para nada bueno debe ser. ‘’Esto seguro no es para los pobres’’ piensa y se santigua. Los susurros de Josefina, Imelda y su misterioso acompañante, la sacan de un golpe de sus elucubraciones.

Sale sin hacer ruido, cierra la puerta de la capilla y se dirige de nuevo a su escondite en el jardín. Desde ahí puede ver cómo las monjas despiden al hombre, que se inclina a modo de reverencia para darles las gracias. Las hermanas cierran el portón y se dirigen a la capilla en donde permanecen unos minutos, que a ella le parecen eternos.

Cuando salen de la capilla, ve como la hermana Imelda esconde bajo su manga un fajo de dólares. Lo ve y no lo cree. Asume que la hermana Josefina hizo lo propio. Espera un tiempo prudencial para regresar a su cuarto.

Una vez en su dormitorio, anota todo lo que vio esa madrugada en un cuadernito. Se acuesta en su cama, boca arriba. Tiene mil preguntas, pero una sola certeza: Lo que presenció recién es ilegal.

Duerme muy poco y entre insomnio y sueño reza para tener claridad y saber cómo enfrentar esta situación, porque ella nunca será cómplice de nada turbio. No puede recurrir a la madre superiora, pero si tiene que enfrentarla lo hará.

A las 5:00 a.m llaman a la primera oración del día. No logró descansar, pero obtuvo la respuesta que esperaba.

Se dirige a la capilla un tanto nerviosa para la misa diaria. Contraria a su costumbre de sentarse en el banco de la última fila, ocupa el primero y a un costado, desde donde puede ver el altar. No están ya los bolsos. Trata de ocultar su sorpresa lo mejor que puede. ¿Adónde los llevaron? ¿Fuera del convento? ¿O los escondieron en algún otro lado?

No le prestó atención a la misa y después que terminó, se quedó arrodillada rezando. Pasados unos minutos, fue a la oficina de la madre superiora. Respiró hondo, cerró los ojos y esperó a que volviera del desayuno.

La hermana Josefina se sorprende al verla. ‘’¡Marina! ¡No te vi en el desayuno! ¿Te sientes bien?’’ Marina abre los ojos y la observa. En segundos recuerda todo lo que pasó la noche anterior. La hermana Josefina, que hasta unas horas atrás era su ejemplo a seguir, es ahora una persona desconocida totalmente.

‘’Tengo que hablar con usted, madre’’ le dice con voz firme. Josefina la mira un tanto perpleja. ‘’Sí, mi vida, pasa’’. Josefina siempre fue amable y dulce con ella, como si hubiera sido la hija que jamás tuvo y hubiese querido tener.

‘’Madre…Anoche…Anoche presencié algo muy raro’’. Hizo una pausa corta para decidir qué palabras usar, pero no las encontró. Le contó todo lo que la madre superiora ya sabía. Cuando terminó el relato, la directora la miraba impertérrita, como si ella fuera una niña pequeña que había ido expresamente a contarle un mal sueño. 

‘’Marina…Es usted joven y siempre será inexperta’’ le respondió, tratándola de usted, por primera vez en todo el tiempo que llevaba en el convento. ‘’Madre, yo sé lo que vi’’. La mujer volvió a responder con la misma frase inexplicable, sin alterarse: ‘’Marina, es usted joven y siempre será inexperta’’ e hizo un ademán para que se retirara.

La chica se levantó y en completo silencio salió de la oficina y fue a ocuparse de sus quehaceres, no sin antes pasar por su cuarto y anotar todo en el mismo cuadernito donde tenía lo que había pasado la noche de los bolsos.

Dos días después, la madre superiora le informó que la trasladarían a otro convento, donde su ‘’energía, carisma y espíritu de servicio serían de gran provecho’’. Marina lo tomó como lo que era, una llamada de atención, pero sabía bien qué tenía que hacer.

Antes de su traslado, pidió tiempo para despedirse de sus familiares y amigos. A su hermano le entregó en secreto el cuadernito y le contó todo lo que vio, con la advertencia de que si algo llegara a pasarle, él tendría que entregarle todo a los medios, a la policía. Le mandó un audio con toda la historia, además, estructurado como una especie de bitácora.

‘’Me siento como en una peli de espías’’ le dijo, antes de abrazarlo para despedirse. Tenía otra vez la ya tan familiar intranquilidad pegada en el cuerpo. ‘’Algo va a pasar’’ bromeó, antes de regresar al convento para irse al día siguiente.

A las 8:00 a.m del lunes de su partida, un auto la estaba esperando. Las hermanas Josefina e Imelda la despidieron sin emoción alguna. Ella las miró y antes de subirse al auto, les dijo: ‘’Que les aproveche el dinero, hermanas, y que Dios las perdone’’. Ellas la miraron también y solo Imelda bajó la mirada, sonrojada. ‘’Algo de vergüenza tiene al menos esta’’ pensó. Se persignó y se entregó a lo que estuviera próximo en su destino.

Un par de horas antes de llegar, el auto que la llevaba fue embestido por otro y tanto ella, como el chofer murieron en el acto. 

En su funeral, la madre Josefina dijo unas palabras tan patéticas como ella misma: ‘’Marina, en plena flor de la vida, Dios quiso tenerte en su jardín’’. Los que no estaban al tanto del drama que se había desarrollado días antes, lloraron sinceramente su partida. Pero su hermano, siguiendo las instrucciones que Marina le había dado, esperó el final del discurso para gritarle ‘’¡Sé en qué estás metida, vieja puta y de esta no saldrás bien parada!’’, al tiempo que un par de oficiales de la policía y algunos periodistas se le acercaban a las hermanas Josefina e Imelda para llevarlas a la comisaría para interrogarlas.


17 diciembre 2021

Cuatro pasos

 


Las paredes están llenas de moho, de ese que parece musgo, que sobresale por entre los ladrillos y lo cubre todo como una película de humedad, podredumbre, asco y encierro. No se respira el aire del puerto que tímidamente intenta colarse por la diminuta ventanita, sino moho. Se respira moho. Por eso intentan no hacerlo. No saben qué los matará primero, si estar un día más ahí o las náuseas.

No hay luz suficiente para ver el desfile de ratas que van y vienen por toda la celda. Es mejor. Sus chillidos los mantienen alertas.

Los cuatro hermanos menores esperan todos juntos, sentados uno al lado del otro. Ya perdieron la cuenta de cuántos días llevan encerrados así, pero se mantienen firmes. Arrepentirse nunca fue una palabra que estuviera en su escaso vocabulario de piratas.

Tan cerca están que sus muslos se adhieren al muslo contrario. Se mueven solo para lo necesario. Son un bloque tan perfecto que incluso acompasaron sus respiraciones. En cambio, el hermano mayor cambia de lugar con frecuencia. Se mueve por todo el recinto espantando a las ratas con sus pasos.

Cada tanto se asoma por la ventanita y grita, maldice. La suerte está echada, pero eso lo sabía desde siempre. Esa misma suerte que insolente y descarada lo había acompañado durante años, llega a su fin en algún punto, como todo en la vida.

No había querido involucrar a sus hermanos, pero pudo más la codicia que cualquier sentimiento fraterno. Hicieron buena fortuna, estuvieron con todas las mujeres que quisieron, amedrentaron, robaron, saquearon e hicieron todo lo que se suponía un pirata podía hacer en el mar y fuera de él, aunque ellos no supieran a ciencia cierta qué comportamiento debían tener.

Sin embargo, tenían desde niños almas de granuja, así que solo se entregaron a su destino, como quien se lanza al mar desde un acantilado, sabiendo que el agua lo va a recibir de olas abiertas.

Durante años esa fue su vida de aventuras, dijeron ellos; de violencia, dijo el resto. Ahora no son más que prisioneros o la consecuencia de sus propios actos.

El día del juicio llegó tal y como llegó el día que los apresaron: Sin aviso, sin indicios. Los ataron a los cinco con una cuerda y tuvieron a bien hacer nudos de marinero, como si de una burla se tratase, para evitar su escape y su destino.

Cuando los sacaron de la celda para llevarlos a la plazoleta, el aire nuevo, que no fresco, los aturdió, de tan acostumbrados que estaban ya a la podredumbre. Y peor fue cuando la luz cegadora del sol los arrasó, tal y como ellos habían arrasado barcos y cargamentos hasta hacía poco.

El hermano mayor cayó de rodillas y arrastró sin querer al resto. La multitud gritaba enardecida, los insultaba al tiempo que los aplaudía con toda la rabia que nunca habían conocido. ‘’¡Mátenlos a todos de una vez!’’ decían.

Los jueces exigieron silencio para poder leer un veredicto que nunca tuvo un juicio como correspondía a la ley, pero sí una inmediata resolución: Los cinco eran culpables de piratería, asesinato, saqueo, robo y destrozo; entre tantos otros delitos que no se alcanzarían a enumerar.

‘’¡Son el maldito diablo en la tierra!’’ vociferaba la muchedumbre que iba creciendo para asistir al juicio del momento.

La lectura de la sentencia comenzó. El hermano mayor miró desafiante al juez, un hombrecito flaco y pálido, con voz de tiple. Se irguió y echó para atrás sus anchos hombros de manera de parecer más amenazante de lo que había sido toda su vida de pirata. Sus hermanos lo imitaron más por acto reflejo que por propia convicción de su osadía.

‘’Se condena a los hermanos Storzenbecher a morir decapitados, por orden de nacimiento, comenzando por Klaus Storzenbecher. Pero si este, después de habérsele cortado la cabeza, logra dar cuatro pasos, en línea recta, por cada uno de sus hermanos, podrán estos salvar sus vidas y ser eximidos de todos los cargos por piratería’’.

Un sonoro y rotundo ‘’oh’’ recorrió de punta a punta a la multitud. Era imposible que un cuerpo sin cabeza realizara tal hazaña. Klaus se mordió los labios y un temblor lo tomó por sorpresa. La vida de sus cuatro hermanos dependía de él, como había sido desde siempre. Se plantó más firme que nunca para intentar controlar las oleadas de pánico que lo estaban azotando.

Dos oficiales lo separaron del resto de sus hermanos y lo llevaron casi a rastras al centro de la plazoleta. La gente gritaba todos los improperios posibles conocidos y por conocer. A todos los miraba desafiante, como si quisiera recordarlos para después vengarse.

El juez le ordenó a un niño que trazara una línea recta desde donde estaba Klaus parado hasta aproximadamente cinco metros de distancia. Los oficiales que sostenían al pirata lo obligaron a ponerse boca abajo, con la cabeza apoyada en una estructura improvisada a modo de guillotina. Klaus resistió como pudo, hasta que un golpe en las costillas lo dejó sin aire para seguir luchando y fue en ese preciso momento que el verdugo, que había estado todo el tiempo al lado del juez, se acercó para asestar el golpe seco y certero y separar la cabeza de Klaus del resto de su cuerpo, que permaneció rígido, como si hubiera sido electrizado.

La multitud gritó e incluso el propio juez apartó la vista cuando la cabeza de rizos dorados rodó silente hacia un lado. Sus hermanos ahogaron un grito y trataron de mantenerse en pie, para no desmayarse.

Los oficiales pusieron el cuerpo sin cabeza de pie y le dieron un empujón para que se cayera, como era de esperarse, pero el cuerpo dio un primer paso tímido sobre la línea antes trazada. Era imposible creer lo que estaba pasando. ‘’¡Es cosa del diablo!’’ gritaba desaforada la gente. Algunos se desmayaron, otros huyeron despavoridos.

El segundo paso fue menos tímido que el primero. El tercero, si bien vacilante, no se desvió ni un ápice del camino y el cuarto, decidido por ser el último, duró lo suficiente como para cumplir con su cometido antes de desplomarse: Liberar a los hermanos.

El resto del clan Storzenbecher cayó de rodillas, todos riendo nerviosos y llorando. Nadie podía creer lo que acababa de pasar y sin embargo había pasado, a plena luz del día, con testigos a granel.

El juez no podía hablar y tenía los ojos desorbitados de la impresión. Cuando pudo articular palabra, tragó grueso, y con un hilo de voz eximió de los cargos de piratería a los cuatro hermanos restantes, ordenó recoger el cuerpo de Klaus e incinerarlo y hacer desaparecer sus cenizas de la faz de la tierra. ‘’¡Échenlas al mar! ¡Al mar! ¡Es ahí donde ese maldito tiene que estar!’’

13 julio 2021

El balcón de enfrente

 


Debía mudarse de prisa, así que el primer depto que encontró, que más o menos le interesó, fue el elegido. Estaba dentro de sus posibilidades y sobre todo, tenía algo que hacía rato quería en un depto: Ventanas grandes.

 

Este tenía dos, una en la habitación y otra en la sala. La de la sala daba a la parte de atrás de otros edificios y uno de ellos tenía un balcón discreto, rodeado de las ramas benévolas de unos árboles vecinos.

 

Decidió que ahí pondría su escritorio y la computadora. Si tenía que pasar parte del día trabajando, al menos que el verde de los árboles le refrescara la vista.

 

No tardó en adaptarse a su nueva casa y a la que sería su nueva rutina en ese espacio. No solo empezó a gustarle estar ahí, en esa ventana, mientras trabajaba, sino que encontró simpático verse observada por el vecino de la casa de enfrente.

 

Era un tipo de unos cuarenta y pocos años, con aire de intelectual, a decir por los lentes y la hermosa biblioteca que ella veía con envidia, aunque también pudiera no serlo y tener todos esos maravillosos libros de mero adorno. Eso no importaba, en realidad. Le gustaba verlo sin verlo y jugar a no prestarle atención, cuando en realidad estaba atenta a sus movimientos.

 

Empezó a contar las veces que él aparecía y se quedaba viéndola unos instantes. Ella fingía concentrarse en sus tareas, fingía anotar cosas en un cuaderno, hacer caras que variaban entre el supuesto análisis de datos irreales hasta la desesperación por no encontrar solución a X o el triunfo por haber encontrado solución a X.

 

Nunca pensó que algo tan infantil y banal sería tan entretenido, de lunes a viernes. Su vecino de enfrente se convirtió en su compañero de trabajo sin saberlo y sin saber que ella lo observaba y cada vez más estaba familiarizada con su rutina y cómo la fue adaptando para estar más tiempo en su balcón y verla.

 

Porque eso, sobre todo, la enternecía: El desconocido fue cambiando su hábito balconero para estar más tiempo ahí y observarla. Ella incluso le comentó a sus colegas de los episodios de salidas diarias al balcón del vecino y a sus amigas les detalló su falta de belleza física, la blancura extrema de su torso en verano, las plantas que fue comprando y las mil tazas de café que se tomaba al día para pasar más tiempo al aire libre, en su balcón, mientras ella se mostraba concentradísima en sus tareas.

 

De igual modo, supo de la existencia de la mujer que compartía esa casa, pero que sentía cero interés por ese balcón y tal vez cero interés por ese hombre, a juzgar por la falta de cariño con que lo trataba.

 

En ese tiempo atípico, pandémico, raro en todo sentido y sobre todo caótico, esos encuentros vecinales que de fortuitos pasaron a ser rutinarios para ambos, fueron necesarios. Más para él que para ella, pero eso ella no lo sabía.

 

Una vez, cuando salió a comprar algunas cosas, se lo topó en la tienda de frutas. Lo reconoció por su cabello desordenado, sus lentes de intelectualoide y por la remera rosa que varias veces ya le había visto usar en el balcón, cuando se ocupaba de sus propias plantas. Quiso saludarlo y decirle que era ella, la vecina del depto de enfrente, pero se contuvo. Hacerlo equivaldría a reconocer que ella también lo observaba y que había descubierto su rutina para estar con ella, a distancia.

 

Así transcurrieron algunos meses. Sin embargo, en esa casa  ajena hubo cambios y ella estuvo atenta a todos ellos. Él dejó de aparecer con frecuencia en el balcón y las veces que lo veía, él no se asomaba tanto como antes y tampoco tenía ya el porte de quien es dueño, sino un mero visitante. 

 

Ella creyó entender que él se había marchado, que ese balcón ya no era su balcón y que algo se había roto; no con ella, precisamente, si no algo de él, con su propia mujer o dentro de sí mismo.

 

La última vez que lo vio pasar tiempo de sobra como antes, fue en un magnífico día de sol invernal. Se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.

 

10 mayo 2021

El depto de enfrente

 




El departamento de enfrente estuvo mucho tiempo deshabitado. A veces, cuando se asomaba al balcón, veía al chico que lo mostraba a posibles inquilinos. Nunca fue del tipo fisgón, ni mucho menos. Las vidas ajenas le importaban poco, por no decir nada. Hasta que ella llegó.

Fue ese septiembre atípico, pandémico, raro en todo sentido; sin embargo, en medio de todo ese caos, la nueva inquilina se instaló. Estaba tan acostumbrado a no ver a nadie en el depto de enfrente, que se sorprendió a sí mismo pendiente de los cambios que se sucedían vertiginosamente.

Más sorprendido quedó cuando vio que la chica había instalado su escritorio justo en la ventana que daba al balcón de su casa y él pasaba más tiempo de lo normal apareciendo de vez en vez para verla o hacerse el que no la veía.

Compró algunas plantas, para sorpresa de su propia mujer que sabía que nunca le habían interesado, y las colocó en el balcón. Les empezó a dedicar ciertos cuidados, a cualquier hora del día, de manera de observar a su nueva vecina.

La chica no hacía más que trabajar, atender llamadas, reuniones de trabajo seguramente fastidiosas y rutinarias. Nada del otro mundo. Pero él se sentía observado, sin que ella lo hiciera adrede. O quizás él quería sentirse de esa forma.

Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le llamaba la atención y no sabía tampoco por qué esta extraña lo obligaba a pasar rato en su propio balcón, primero esporádicamente y después por largos periodos.

La chica de enfrente no era particularmente bella, ni tan siquiera interesante a la vista, al menos desde donde él la veía, pero era magnética y eso creaba un halo de interés que pensó nunca volvería a sentir por ninguna otra mujer.

 ‘’Me gusta tomar el sol de la mañana’’, ‘’el café sabe mejor al aire libre’’ le había dicho a su mujer, cuando ella le preguntó por qué esa nueva rutina. ‘’Tenemos este balcón y casi nunca lo disfrutamos’’, había añadido. ‘’Me he vuelto un patético voyeur a estas alturas de mi vida’’ pensaba; sin embargo.

En verano, él salía al balcón sin camisa, con un poco de vergüenza y de curiosidad por saber si a ella le resultaba atractivo verlo, pero, para su infelicidad, no. Ella solo quitaba la vista del computador para ver los árboles del jardín de la casa de al lado, no para verlo a él.

Los días fueron transcurriendo de la misma forma, con esta rutina que para él ya era parte esencial de su accionar cotidiano, pero que a la vez fue minando su relación de pareja de tantos años.

El creciente desinterés que sentía por su mujer fue sustituido por el creciente interés que sentía por la desconocida del depto de enfrente. ‘’Todavía existe la posibilidad de una nueva vida para mí’’ pensaba y ese pensamiento dio pie a su separación definitiva.

Cuando se despidió de su ahora exmujer, lo hizo también de la vecina desconocida. La vio, como siempre, desde el balcón. Quiso gritarle para llamar su atención y darle las gracias por haber hecho algo que él ni siquiera sabía que necesitaba, pero se quedó parado viéndola hasta que ella, por primera vez, levantó la vista de la pantalla, se pasó una mano por el cabello y le sonrió.

06 abril 2021

Confesiones

 



Te dejé al descubierto ahí latiendo, con tus tatuajes, tus ademanes irredentos, tus cigarrillos humeantes y todo lo que eras, lo que no fuimos y debimos haber sido.


13 marzo 2021

Asfixia

 


Se despertó sobresaltado y sintió que le faltaba el aire. En medio de aquella oscuridad absoluta e irreconocible por segundos, solo quiso gritar y pedir ayuda, pero al instante recordó que estaba muerto y volvió a entregarse a su propio descanso eterno.

01 marzo 2021

Parálisis

 



Se inclinó sobre la cuna. Acarició con ternura la tersa mejilla y la besó. Limpió con delicadeza el hilo de saliva que casi siempre manaba de esa boca que no podía permanecer cerrada. ‘’Mi pequeño vegetal’’ dijo en voz baja y se retiró del cuarto de ese hijo que no había podido cumplir sus expectativas de realizarse como padre.

17 febrero 2021

Escoliosis

 



La apretó contra sí, de manera que pudiera llevarse la impresión de todo su cuerpo en el de ella. La besó en el cuello antes de liberarla y verla alejarse con ese andar tan marcadamente disparejo y sensual, a la vez.

25 enero 2021

El elixir de la vida

 



La dama desciende del carruaje con la gracia que tienen las criaturas que nacieron con la elegancia incorporada en los huesos. Casi totalmente cubierta por la capa de terciopelo negro, puede parecer dos cosas a quien se la tope: o una cortesana o una bruja.

Camina con prisa el sendero que la separa del convento y lo bordea, como siempre, para poder entrar por la puerta que le tienen reservada, la que permanece abierta solo para ella. Al entrar, la oscuridad absoluta la rodea y tarda algunos minutos en acostumbrarse. Avanza algunos metros, apoyándose en las paredes frías hasta llegar al pasadizo.

Una débil vela, a punto de extinguirse, es la única iluminación disponible que puede usar para recorrer ese húmedo pasillo, que cada vez se le antoja más largo y más lúgubre. No es la mejor parte del recorrido, pues siempre teme que alguna rata decida hacer de ese sitio su hogar y en sus plegarias, está incluido el deseo de que eso jamás pase.

Respira agitadamente mientras avanza hasta llegar a su destino. Tantea la puertecilla y la golpea, primero tres veces y después tres veces más, de manera de dejar en claro que es ella y nadie más quien aguarda a ser atendida.

La hermana Alda estaba a punto de dormirse en el banco de la capilla, pero el ruido de los golpes a la puerta secreta la pone en alerta. Se levanta y apoya la cabeza en la pared falsa, hasta que vuelve a escuchar los otros tres golpes que indican que es la dama de la noche. Retira el falso decorado y abre, con todo el sigilo del mundo, la puertecilla.

Iluminada por lo que poco que va quedando de la vela, la dama, lejos de parecer una figura aterradora, se muestra más hermosa que nunca; incluso a pesar de no serlo. La hermana Alda le sonríe. Le agrada su presencia y reconoce, con cierto pesar de su alma femenina, que nunca podrá tener el porte delicado y fino de aquella dama, por más que se esfuerce.

Se inclina ante ella con una reverencia torpe e infantil. La dama le alaba el gesto con una media sonrisa y un ‘’no es necesario, hermana’’ suave y lánguido. A la luz de la poca iluminada capilla, las mujeres intercambian miradas cómplices. La hermana Alda está siendo instruida en los menesteres de recibir y despachar ‘’el elixir de la vida’’, a las clientas que pasan por un riguroso examen.

La dama se abre un poco la capa y deja al descubierto un bolso que contiene las dosis exactas del lote pedido. Cada frasquito está primorosamente envuelto en telas y algodones, con la etiqueta lacrada que reza ‘’Elixir vitae’’. Se los entrega a Alda, quien los cuenta uno por uno.

La mujer se acerca al altar, se arrodilla y reza. Lo hace por su éxito, porque nunca la descubran, porque pueda seguir adelante con su noble y loable causa, por seguir ayudando a tantas mujeres a deshacerse de deberes innecesarios y a ser felices. Está convencida de que está ganándose su lugar en el paraíso con esmero y honestidad, tal y como le enseñó su madre.

Se levanta y persigna. Alda terminó de contar los frascos hace unos minutos, pero no quiso interrumpirla. ‘’Están todos, señora. Muchas gracias en nombre de todas’’. La dama sonríe y asiente complacida. ‘’Estoy para servirlas, hermana’’ y es esta vez ella quien se inclina ante la monja, a modo de reverencia.

Sin más dilaciones, la mujer se retira, haciendo el camino inverso, esta vez sin necesidad de una vela. Va tanteando por los muros del pasadizo, lo más rápido que puede hacia la puerta reservada solo para ella. Abandona el convento, en medio de la oscuridad más absoluta, hasta llegar al carruaje, que la llevará de vuelta al castillo que habita, con su devoto y anciano marido.

10 septiembre 2020

Todo el tiempo del mundo


Son tantos años ya juntos que él sabe cuándo se avecina un escándalo, por cualquier cosa, sea él el culpable o no. Así que esta vez, cuando supo que estaba por ocurrir otro episodio, se escurrió un poco en la silla y respiró hondo. Deseó una vez más, no tener que pasar por esto.

La mujer salió del cuarto hecha una fiera, lo que era común en ella, dado su carácter impetuoso e incontrolable. Desde el extremo opuesto de la mesa donde estaba el hombre agitó el periódico que sostenía con fuerza en la mano: ‘’¿Leíste esto? E-S-T-O’’ le espetó, como si él fuera capaz de saber con antelación las noticias del mundo que ya no habitaban.

Respondió con un tímido no, pero de nada hubiera servido responder con un sí. De todas formas, ella haría un lío, fuera algo importante o no, aunque a estas alturas, ¿qué era lo verdaderamente importante, si todo ya había perdido sentido?

’’No fue a esto a lo que nos comprometimos’’ dijo ella, con ese tono de voz exasperante. El hombre tomó el periódico arrugado y leyó lo más rápido que pudo la noticia, a grandes rasgos. Una noticia sensacionalista, amarillista, sin razón de ser, más que llenar de historias estúpidas las páginas de los tabloides.

‘’¿Importa ya acaso?’’’ le respondió, pero se arrepintió en el mismo momento en que terminó de hacer la pregunta. La mujer le clavó la mirada furibunda. Si hubiera podido asesinarlo en ese preciso momento, lo hubiera hecho. ‘’¿Cómo que si importa o no importa ya? ¿Eres imbécil, acaso? ¡Claro que lo eres! ¿Cómo no puede importarte esto, cómo? ¡Dímelo!’’ le gritó.

‘’Y…pasan cosas. No las podemos controlar’’ le dijo, en un tono de voz que buscaba calmarla, pero ella ya no lo escuchaba. Seguía gritando a más no poder. Lo típico. Él se sabía ese guion de memoria, pero siempre le seguía el juego, con la vana esperanza de que en algún momento, todo fuera diferente.

Después de un rato, que a él se le hizo más eterno que de costumbre, ella se calló. Él aprovechó para hablar. Se levantó de la mesa y se acercó, con cuidado y lentitud. ‘’Mi amor…ya nada de esto importa, ni tampoco nos compete. Una vez que dimos nuestro consentimiento, nos desligamos de los resultados’’. Se fue acercando más y más, hasta apoyar una mano en el hombro de la mujer y llevarla hasta su mejilla.

‘’No nos compete’’ repitió ella. ‘’Era mi cuerpo. Era el tuyo. Y tú dices que ‘’no nos compete’’. ¡Cínico!’’ y de un manotazo, le retiró la mano de la mejilla. Él parpadeó, sin saber qué más decir para hacerla entrar en razón. Se sintió parte de un episodio de una serie policial, en la que el funcionario le explicaba que mejor no hablara, porque todo podía ser usado en su contra.

Agachó la cabeza y dio por perdida esta nueva batalla, en la que ella sola peleaba, por cualquier motivo, para sentirse viva, de nuevo. Fue hasta el extremo de la mesa donde estaba el periódico arrugado y leyó de nuevo la nota: ‘’El escándalo de los cuerpos donados a la ciencia dejados a merced de las ratas’’.

‘’Un escándalo más, uno menos. Ni a nuestras familias les importa lo que haya pasado con nuestros cuerpos’’, pensó. Quiso decírselo, pero se contuvo. Se retiró de la habitación, a esperar tan solo a que ella se tranquilizara. A fin de cuentas, tenía todo el tiempo del mundo para esperar a que eso sucediera. Ya no tenía nada que esperar, salvo el descanso eterno. 


 

18 agosto 2020

La avería

 

De un tiempo a esta parte, va a la playa con frecuencia para desconectarse de todo y de todos, dejar que el sol dore su piel tan blanca y así parecer un poco menos marchita y sí más exuberante. Le gusta flotar por horas en el mar, enterrarse en la arena, como cuando era niña y le pedía a su hermano que lo hiciera, con el único fin de caer del otro lado del mundo.

Ese fin de semana no sería la excepción. Se dispuso a preparar un bolso con lo necesario, pero el grito de su madre la distrajo unos instantes: ‘’¡Virginia! ¿Tú vas a ir a la playa con el auto en esas condiciones?’’. ‘’Es cierto, el auto y su falla’’, pensó. Antes de responder con un ‘’sí, mamá, tranquila, no es grave’’, recordó que la semana pasada, tuvo inconvenientes a la vuelta y casi se queda varada.

En 45 minutos llegaría, la playa estaría casi libre y ella tendría un buen lugar para escoger y quedarse tendida en la arena, hasta que ya su piel chillara de tanto sol.

Una vez en la playa, estacionó el auto. Seguía con ese ruidito extraño, pero por fortuna, no se había apagado, como otras veces. La única precaución que pensó en tomar fue la de regresarse más temprano que lo usual, pero fue solo un pensamiento.

El sol aún no calcinaba del todo y el mar, siempre calmo, iba y venía suavemente. Se quitó las sandalias y hundió los pies en la arena. La brisa juguetona la despeinó y casi le roba el sombrero. Respiró hondo para ‘’llenarse del aire de mar’’ como le decía su madre cuando eran niños.

Escogió un lugar cercano a la orilla y ahí se instaló. Saludó al hombre que alquilaba las sillas y las sombrillas. ‘’Esta vez no, amigo’’ le explicó. Esta vez quería quedarse tumbada en la arena, de cara al sol, de espaldas al sol, como fuera, pero en la arena.

Así pasó casi todo el día. Nadando en el mar, tomando sol, leyendo. El tiempo había volado cuando se dio cuenta de la hora. Eran casi las 6:30 P.M, muy tarde para emprender el regreso. Debió de haberlo hecho alrededor de las 5:00 P.M. No solo por el auto, sino por el tráfico y por lo peligrosaque pudiera ser la carretera en la tarde, cuando se acercaba la noche.

Se apresuró a volver al auto y así emprender el regreso a casa. La playa estaba quedando vacía, lo que indicaba que la mayoría de la gente estaría ya encaminada hacia su destino y eso solo implicaría que el tráfico iba a ser intenso.

Respiró hondo. El camino iba a ser largo. Con suerte, tardaría unas 2 horas en llegar. Subió al auto, lo encendió. Lamentó no haber estado más atenta a la hora, si hubiera salido antes, ya estaría en casa. De repente recordó el atajo que sus amigos le habían enseñado. Era por la carretera vieja, un tanto más peligrosa que la otra, pero si no se detenía e iba a toda velocidad, podía acortar camino y no sufrir el embotellamiento.

Hizo exactamente eso: Salir del estacionamiento a toda velocidad y enfilar hacia la carretera vieja. Subió las ventanillas, dada la polvareda que se levantaba a su paso. Prefería asarse en su propio auto que aspirar el polvo del camino.

La tarde había dado paso lentamente a la noche. En la carretera vieja no había luces, así que pronto tendría que usar solo los faros del auto para alumbrar el camino e ir con cuidado, pero sin bajar la velocidad. A lo sumo en 35 minutos estaría ya en casa. ‘’En la civilización’’ pensó, para calmar los nervios que empezaban a aflorar. Sin embargo, el ruido extraño del auto comenzó de nuevo.

Prestó atención, ya que el sonido se había intensificado. Se le heló la sangre de solo pensar que pudiera quedarse varada justo en ese momento. Segundos más tarde, pasó justamente eso: El motor se detuvo. El auto tosió un poco, antes de apagarse por completo.

Oleadas instantáneas de pánico empezaron a atacarla. La noche iba ganando terreno y pronto ya la cercaría con su manto oscuro. Más nerviosa se sintió. Aseguró las puertas antes de tratar de encender de nuevo el auto. ‘’¡Vamos, coño!’’ gritó para sus adentros, al tiempo que daba golpes en el volante, como si con eso pudiera obra el milagro de hacerlo reaccionar.

Después de varios minutos, apoyó la cabeza en el volante. ‘’Dios mío, esto no puede estar pasando’’. Cuando levantó la cabeza, un hombre la estaba observando. Delgadísimo, con un cigarrillo en los labios. La chica tragó grueso.

El hombre se fue acercando paulatinamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo a su disposición. Apoyó una mano en el capó y fue deslizándola sin pausas hasta el parabrisas, recorriendo el techo, la puerta, la ventanilla. Parecía que dibujaba el contorno del auto con los dedos.

Desde adentro, aferrada al volante, Virginia lo observa, casi sin parpadear. Siente que, si desvía por segundos la mirada, el hombre se abalanzará sobre el automóvil, romperá el vidrio y la sacará a rastras. Le falta el aire. Tiene los dientes apretados y le está empezado a doler la cabeza de la tensión.

El hombre no se detiene en su recorrido ni un segundo. A medida que va avanzando, da largas pitadas al cigarrillo. La oscuridad de la noche se hace cada vez más presente. La chica intenta dar marcha al auto varias veces, sin éxito. Golpea repetidamente el volante, como si con eso pudiera lograr que el motor reaccionase.

Cuando termina el cigarrillo, el hombre se aleja y se sienta a pocos metros del auto. Observa cómo la muchacha está al borde del desespero. ‘’No pasa nada, reinita’’ dice en voz baja, mientras enciende otro cigarrillo.

La chica lo mira desde el espejo retrovisor. Él le devuelve la mirada, impasible. Ella siente que en cualquier momento se desmayará, no solo del calor sofocante que reina en su propio auto, sino de los nervios.

Ha perdido la cuenta de cuántas veces intentó hacer andar su auto. Sin dejar de mirar al hombre por el retrovisor, saca la llave del encendido y despacio, la vuelve a colocar. El hombre ya terminó el cigarrillo y se levanta, después de tirar la colilla. Se va acercando de nuevo al auto, pero esta vez sin la prisa de antes, sino con paso decidido.

Virginia está temblando. Intenta encender de nuevo el auto que esta vez sí responde. Sin calentar el motor, pisa el acelerador y sale a toda marcha, dejando tras de sí una polvareda. Por última vez, se fija en el espejo: El hombre no está. No es posible que en tan solo segundos se hubiera esfumado. Aminora la marcha, solo para cerciorarse de que sigue ahí, donde lo dejó, pero no hay nadie. Las luces del auto no delatan la presencia de nadie, solo de ella. Ella dentro de su auto, en la vieja carretera.


13 julio 2020

¡Tantas cosas que se escapan!




Con la dificultad que le causa movilizarse, la mujer desciende del taxi de la forma más digna y elegante posibles. ‘’Que no se note tanto mi edad’’, piensa divertida. Echa un rápido vistazo a su atuendo. No luce mal, dentro de lo que cabe. Intentó vestirse de manera sobria, aunque él seguramente la recuerde como excéntrica y extravagante. No importa. Siempre puede esgrimir que eran ‘’cosas de la juventud’’. Lo cierto es que se sigue vistiendo como una excéntrica y una extravagante, pero no para hoy. Hoy quería ser elegante, discreta, llevar bien la etiqueta de ‘’una señora de su edad’’, aunque nunca haya tenido claro qué significa esa frase. De su cartera saca un espejito para constatar que aún sus labios tienen brillo, que sus mejillas conservan el rubor y que su cabello no luce desaliñado. Todo está en su sitio, por fortuna. Toma con firmeza el mango de su bastón y avanza decidida hacia su destino. Abre la reja y observa la casa. Es pequeña, sensata, con un jardín diminuto, pero necesario. Es una casa de un solo piso, diferente a las otras del vecindario. Por fuera no tiene nada llamativo, pero está segura de que por dentro está decorada con gran gusto, ecléctico, tal vez, como su dueño. Recorre despacio el caminito de baldosas hacia la puerta principal. Toca el timbre. Oye unos pasos que se arrastran desde el interior y lo ve, cuando corre la cortina y se le queda viendo, impertérrito. Esa mirada la desarma. No sabe si sonreírle o hablarle u ordenarle que abra la puerta, que es ella. El anciano la observa. Ella oye cómo destraba la puerta y la abre, sin miramientos. ‘’¿Qué desea?’’ le pregunta. Está en piyamas, despeinado y luce bastante acabado, como si la vida no hubiera sido benévola del todo con él. ‘’Sigo siendo virgen, Mario. ¿Me dejas pasar?’’ le pregunta ella, en voz baja. El hombre parpadea. Le franquea el paso más por curiosidad que por familiaridad; a fin de cuentas, ¿qué tan peligrosa puede ser esa señora, tan vieja como él? No la invita a sentarse, sino que se dirige a la cocina. Ella lo sigue, titubeante. Estos nuevos modales que le descubre, la hacen sentir incómoda. ¿Dónde está el caballero educado de antaño? Tal vez todo quedó en el pasado o tal vez era solo una impostura para atraerla, en aquel tiempo pretérito que compartieron. ‘’Mario…Tenemos que hablar’’ le dice, en un intento de introducción al tema que la ha traído a esa casa. ‘’Pues habla. No sé de qué, pero habla que te escucho’’ responde tuteándola también, no sin antes mirarla, sin poder reconocerla. Prepara té para ambos, sin haberle consultado si quería y se sienta a la mesa. La observa, con más detenimiento ahora. Recuerda la advertencia de su hija de no abrirle a extraños, pero esta mujer lo conoce, no sabe de dónde, pero lo conoce. Ella también se sienta, aparta la taza de sí, sin tomar ni un sorbo del té. ‘’¿No lo bebes?’’ pregunta. ‘’No me gusta el té. Te lo decía con frecuencia, pero ya veo que no lo recuerdas’’, responde. Él se encoje de hombros, como un niño al que no le importa la opinión de un adulto. ‘’¿Qué era lo que tenías que decirme?’’ indaga. Ella cierra los ojos por instantes. El empuje inicial la ha abandonado y ahora se siente un tanto cohibida ante este Mario, que no es el suyo, tan extraño, tan hostil, tan malcriado. Un sinfín de pensamientos la asalta: ¿Habrá hecho bien en buscarlo?, ¿qué otras razones inconscientes la llevaron a esto?. Después de una larga pausa, logra repetir: ‘’Sigo siendo virgen, Mario. Y he venido para solucionar esta situación. Contigo y con ningún otro’’ dice. El anciano resopla, pero retiene una carcajada de burla y desdén, al verla tan ansiosa, a espera de una respuesta. ‘’¿Tú crees que a esta edad que tenemos, podemos resolver esa ‘’situación’’? pregunta, levantando los dedos y haciendo comillas imaginarias. ‘’Y en caso de que pudiéramos, ¿no ha pasado ya demasiado tiempo? ¿No debió haber sido un plan de hace mucho tiempo atrás? La mujer se le queda viendo. Hace un esfuerzo para no echarse a llorar ahí mismo, en esa cocina ajena. El hombre nota su desazón, como si le hubiera respondido una canallada y no con la verdad de sus pensamientos. Sin embargo, no suaviza su respuesta: ‘’Es un tanto dramática tu situación y me parece que todo está perdido. En esto no te puedo ayudar’’. ‘’Yo…’’ comienza diciendo. ‘’Pensé que podíamos solucionar esto o que al menos te mostrarías dispuesto. El tiempo es implacable, a estas alturas Mario, y tú…’’ Él la ataja, antes de que continúe con su discurso lastimero: ‘’Querida, pero ¡dispuesto siempre estuve para esos menesteres, hasta que envejecí!’’ y no puede no reír. ‘’No es que no quiera ayudarte, es que simplemente ya no tengo fuerzas. Digamos que es una cuestión biológica, química, anatómica, ¡qué sé yo! y también de ganas. Lo que propones, no me interesa y además, fíjate en tu apariencia, tampoco es que me es atractiva. Y siento ser tan rudo, pero ese es el estado actual de mi vida, querida’’. Perpleja ante tal declaración, toma con fuerza su bastón y se levanta. ‘’No te hagas la ofendida. ¿Ya te quieres ir? Ni siquiera has probado el té’’ replica. Sin responder, la anciana camina lentamente hasta la puerta. ‘’Ten al menos la amabilidad de pedirme un taxi, Mario’’. ‘’Como gustes’’, responde el hombre, encogiéndose de hombros. Cuando el auto aparece en la puerta, el viejo hace el intento de acompañarla, pero ella lo aparta con un ademán y con un ‘’no nos volveremos a ver jamás’’ seco y hosco. La ve alejarse y responde: ‘’Tampoco es que nos queda mucho tiempo de sobra para eso’’ y ríe divertido, como si fuera un niño nuevamente, que se burla de sus mayores adrede. ‘’Cuánta diversión en una sola tarde’’ piensa. ‘’¿Quién sería esta mujer? ¿Por qué me llamaría ‘’Mario’’? Empieza a dudar. Se dirige a la cocina y bebe el té de la taza que antes le había ofrecido a la anciana. Hoy le preguntará a su hija, cuando venga, cuál es su nombre. ¡Hay tantas cosas que olvida a diario, que se le escapan! ¡Tantas!

25 mayo 2020

La tienda de pelucas




Hace tiempo ya que no recibe noticias de su amiga, la de la tienda de pelucas. La última vez que supo de ella, fue hace seis o siete meses. Se encontraron en un café del centro para despedirse. Estaría lo que quedaba del año en Caracas, atendiendo su negocio de pelucas, que infelizmente no iba muy bien, dada la crisis.

Se contaron las mismas cosas de siempre, pero de manera diferente para que sonaran a nuevas. Su amiga tenía la ilusión de empezar a vender las pelucas online, de hacer su tienda virtual. Siempre estuvo a la caza de oportunidades, de reinventarse y más en circunstancias tan rudas como las de vivir en Venezuela, su país adoptivo.

‘’Vente a España, de una vez, ¿para qué tanto lío?’’ le decía. Su amiga hacía caso omiso y le daba mil explicaciones de por qué quería quedarse, a pesar de todo. ‘’Allá las mujeres son más coquetas’’, esgrimía, entre tantos argumentos. Ella resoplaba. Le preocupaba el hecho de que ya ambas se estaban haciendo mayores y, en el caso de su amiga, no tenía quién velara por ella. Si algo le pasaba, estando allá, ¿quién se ocuparía?

En esos meses sin saber si estaba bien o si algo le había pasado, había pensado todos los escenarios posibles. No tenía a quién recurrir, no sabía con quién comunicarse, y aunque lo intentó con el consulado, y otros medios oficiales, no tuvo éxito.

Ingenuamente, a todos los recién llegados de aquel país con los que se topaba, les preguntaba por la tienda de pelucas. ‘’La tienda de pelucas de Chacao, ¿la conocen?’’. Se sentía ridícula y algo tonta haciendo la misma pregunta siempre, pero tenía la esperanza de que alguien le diera una respuesta que la dejara tranquila, así fuera una mala noticia o la que ella más temía.

Sin embargo, nadie conocía la tienda, ni a su dueña. Ella sabía que era una utopía preguntarlo, pero no quería dejar de hacerlo. En las ciudades convulsionadas por sobrevivir, nadie da cuenta de la falta de una única persona.

Del otro lado del mundo, deambula por las calles. Va y viene, viene y va, sin rumbo, con su saco de pelucas a cuestas. Un día salió de su casa, la cerró con ganas. Pasó por su tienda y guardó algunas pelucas, las más lindas. Se recogió el pelo y se colocó una, platinada, que combinaba con todo lo que siempre había querido ser: extravagante, diferente, nunca anónima. Cerró bien el local y empezó su huida. Huyó sobre todo de su propia vida.

 


21 abril 2020

El zoológico




Estaba en esa edad incierta en la que se sale de la niñez, pero todavía no se es un adolescente. Ya no le interesaban las cosas que hasta hace poco le habían interesado, pero tampoco llamaban su atención las cosas de adultos. Vivía fluctuando entre lo que iba a ser su adolescencia, cuando entrara de lleno, y el recuerdo reciente de su infancia tranquila y sin sobresaltos.
Así que, a sus 13 años, pasar vacaciones con sus primos y resto de la familia que no veía a menudo, no era un plan divertido, como hasta hace poco lo había sido. Sus primos seguían siendo niños, mientras que ella había ido cambiando, creciendo.
La idea de pasar todas las vacaciones en el mismo lugar de siempre, le pareció aburridísima. En vano intentó convencer a sus padres de que la dejaran hacer otra cosa. Se mostraron reacios. Iban todos o no iba ninguno y de su decisión dependería entonces que sus hermanos se la pasaran encerrados en casa. No tuvo otra que aceptar, a regañadientes, eso sí.
Tres meses estarían sin volver a casa. Prefería aburrirse en su propia casa que en la de sus primos. Todos los planes que armaban para entretenerlos, no la divertían. Quería ir al cine, a ver pelis B-12, ir a pasear sola a la plaza, merendar con chicos de su edad, no con la ristra de niñatos que aún habitaban la tranquilidad de la infancia.
Sus padres estaban ocupados con sus amigos, haciendo cosas de adultos. No podían – y tal vez no querían – ocuparse exclusivamente de ella o al menos idearse planes más acordes para la edad de su hija mayor.
Sin embargo, un buen día, a una de sus primas mayores, de esas felices que no se habían casado nunca y disponían de todo el tiempo del mundo, se le ocurrió un paseo al zoológico. Al principio no le pareció tan buena idea y además, seguro los niños querrían ir, pero cuando supo que estarían las dos solas, el interés despertó en ella.
Así que una mañana soleada, su prima la pasó a buscar y la llevó a recorrer el famoso parque zoológico. Pasearon para arriba y para abajo. Reconoció a todos los animales que pudo, dado su escaso, por no decir pobre, entendimiento del mundo animal.
Al llegar a la jaula del único oso del lugar, estaba sentado sobre las patas traseras nada más. La jaula era pequeña, así que el oso, negro y robusto, la ocupaba toda. Le quedaba chica, tendría que decir mejor. Se paró enfrente. Detalló sus patas, tan gigantes. Detalló el pelaje hirsuto y brillante. Y los ojos. Los ojos negros inyectados de sangre.
El oso se acercó lo más que pudo a la reja y la observó. Bufó y su bufido la asustó. Dio un salto y se echó para atrás y casi pierde el equilibrio. ‘’No pasa nada, está enjaulado’’ le dijo su prima, a modo de burla.
Se quedó unos instantes observando al oso enorme, peludo, feroz, quien a su vez también la observaba, con más rabia que calma. La rabia de un animal enjaulado. La chica se llevó las manos al pecho para tratar de tranquilizarse. ‘’Vendrá por mí’’ pensó. ‘’Esta noche vendrá por mí’’.
Se fue alejando de la jaula del oso, apoyada en la baranda de metal, sin darle la espalda. El animal no dejaba de verla. Acomodó su cuerpo en aquel reducido espacio para seguirla con la mirada. Mientras más la veía, más sangre le llenaba los ojos.
El paseo la dejó intranquila. De regreso en casa, lo único que hacía era pensar en el oso. Durante la cena, se lo contó a sus padres, quienes la miraron extrañados. ‘’Es imposible que un oso escape del zoológico y venga a buscarte. ¡Tendría que atravesar toda la ciudad!’’. Ella insistió. ‘’Vendrá por mí esta noche’’ les dijo categórica. Sus padres desestimaron sus palabras. ‘’Cosas de adolescentes sin nada en la cabeza aún’’ dijeron.
En la tranquilidad de su cuarto, se aseguró de cerrar bien la ventana y ponerle traba a la puerta. El animal vendría a buscarla, pero algo de resistencia iba a encontrarse. Se tiró en la cama y se arropó tanto como pudo, hasta quedar hecha un bollito. Le costó conciliar el sueño. Cerraba los ojos y lo único que veía era la mirada letal del oso.
Mientras tanto, en su confinamiento y al amparo de la noche, el oso empezó a golpear los barrotes de su celda, hasta lograr sacar los necesarios para salir. Se paró erguido, por primera vez en tantos años de cautiverio. Respiró hondo y en segundos emprendió el camino hasta la casa de la chica.
Olfateó su rastro. Tuvo el buen tino de escabullirse silencioso amparado por la oscuridad de la ciudad. A la hora que todos dormían, el oso se deslizaba por las calles, con una agilidad impensada ni puesta en práctica jamás.
El olor de la chica se hacía cada vez más poderoso. ¡Estaba ya cerca de su presa! Se detuvo unos instantes, se relamió de puro gusto. Avanzó cauteloso, con la nariz pegada al piso, como si fuera un sabueso.
Llegó al jardín de la casa. Tuvo que contenerse para no abalanzarse sobre la ventana del cuarto de la muchacha. Apoyó ambas patas delanteras y de un cabezazo rompió los cristales. El impacto hizo que la chica se despertara y empezara a gritar.
Sus gritos, que se fueron transformando en aullidos, alertaron a toda la casa. Sus padres intentaron entrar al cuarto, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Mientras tanto, ella estaba en una esquina, gritando enloquecida, presa del pánico. El oso la miró con ferocidad y lascivia. Levantó una de las patas y sacó a relucir las garras. Le asestó un golpe seco, pero delicado en la pantorrilla. Como una caricia que era un rasguño.
La sangre empezó a brotar descontrolada de la herida. La chica lloraba y gritaba con toda la fuerza de su voz. Sus padres habían podido derribar a machetazos la puerta y observaban la escena entre aterrorizados e impactados.
El oso les dirigió la misma mirada de rabia con que había visto a la muchacha esa misma mañana, en el zoológico. Hizo un movimiento rápido y enganchó la pierna herida entre sus fauces, sin morderla, para arrastrarla hacia sí. Y con la misma rapidez, salió de la habitación, con ella al hombro, tan frágil, tan delicada, tan posible. Tan suya.

13 marzo 2019

La pareja ideal




Le gusta contemplar, por sobre todos los recuerdos de todos los años que llevan juntos, el álbum de su boda. Ambos lucen radiantes y felices, prestes a iniciar una vida en común que nunca los separase. O al menos era lo que ella creía en ese momento.
Después todo fue cambiando, como todas las cosas en la vida que van evolucionando y adquiriendo un cariz diferente al planeado. Ha tomado por costumbre llegar de la fábrica, descalzarse, hacerse un té y sentarse junto a la ventana a leer las cartas que ambos se enviaron durante su noviazgo.
Sin embargo, es en las fotos de su boda donde más encuentra regocijo. Ella, que nunca fue linda, disfruta viéndose tan plena, porque no era solo la felicidad, sino era la plenitud de saberse protegida, amada, venerada. Y él luce impecable, sobrio, formal y dulce. Sobre todo eso, dulce. Con el tiempo, pensó que esa característica se disiparía, porque la vida da tantas vueltas y golpea a veces tan inesperadamente, que siempre pensó que él perdería ese rasgo tan propio de los espíritus leves.
Con el dedo, recorre la silueta de él y después la de ella misma, en su foto preferida. Ambos en la entrada del templo, después de casarse como Dios manda, sonrientes y dichosos. Le encanta verse así. Le encanta verlo así. Cierra la tapa de terciopelo del álbum y vuelve a colocarlo en su sitio.
Bebe un poco de té, al tiempo que piensa en su marido, en ella con él, en todos esos años. Que nadie diga que no lo quiere. Lo hace, sí, pero cada vez menos. Él nunca será capaz de seguirle el paso. Es igual que cuando intentaban bailar los ritmos de moda: él se movía como un muñeco desarticulado, totalmente desacompasado. Ella siempre fue grácil y ligera y todo su cuerpo vibra y entiende la música sin mucho esfuerzo.
Era una lástima que él siempre se quedara viéndola en la pista de baile, pero le agradecía que no lo obligara a bailar con ella para no hacer tan el ridículo. Así ha sido, infelizmente, con muchas cosas en su vida juntos. Él siempre aguarda, se queda quieto observándola, hasta que ella se cansa de insistir y terminan por no hacer nada.
Con el tiempo, se ha ido aburriendo. O tal vez esa no sea la palabra. Tal vez solo se ha acobardado y ahora respira cómoda en esa relación apacible, que es justo lo que él siempre quiso, pero que ella no. Hay algo en ella que se agita siempre más allá de los latidos de su corazón.
Por fortuna siempre estuvo el club.
Respira hondo. Él debe estar por llegar. Termina el té y se dispone a cambiarse y preparar la cena. Nada elaborado en extremo. Él es incluso fácil en ese aspecto. Todo le viene bien. Todo le parece bueno, incluso cuando no lo es, tiene esa capacidad pasmosa de ver más allá y quedarse siempre tranquilo, confiando en el proceso de su propia vida.
‘’Un marido predecible’’ piensa. No fue nunca lo que tuvo en mente para sí misma, pero ¿acaso sabía a ciencia cierta que era lo que quería? No. Solo quería la emoción de tener esta misma vida siempre diferente a su lado, como una única oportunidad de vivirla de modo distinta cada vez que lo quisieran, pero aquí estaba ella, parada en el medio de su cocina, pensando en hacer una pasta rápida, que no requiriera mucho esfuerzo. Como su propio matrimonio.
Cuando él llega de trabajar, la mira siempre como en esas fotos de su boda: con complacencia, con plenitud, con alegría. Como si su hogar fuera ese templo, ese día que se repite ad infinitum y él estuviera indefectiblemente condenado, de alguna forma buena, a adorarla y a agradecerle a la vida por su presencia.
Esa mirada a ella le pesa un poco. Cuando lo besa, lo hace cada vez con menos fervor. O le da esos besos rápidos y fugaces, típicos de quien quiere salir del paso. Y ha sido más así desde que él enfermó. Su dolencia lo hizo aún más tranquilo. Sus dolores lo hicieron aún más dulce y apacible. La enfermedad de él, a ella la aburrió.
 Por fortuna siempre estuvo el club.
Después de cenar, harán lo de siempre. Él se sentará a oír la radio o a ver en la tele cualquier programa insípido. Ella se pondrá a coser lo que no puede coser en la fábrica: sus vestidos de baile. Las raras veces que él le preguntó qué hacía, ella le dijo que eran encargos de clientas. Sonrió satisfecho. La primera vez que le mintió tan descaradamente, se ruborizó y bajó la vista. Él la había rodeado con sus brazos cálidos y blandos y ella se había soltado casi de inmediato con un ‘’necesitamos el dinero para tu tratamiento. Debo ponerme a coser’’ y había sonreído forzadamente, ante la cándida mirada de él.
Así pasaban sus noches. Cuando era la hora de irse a dormir, ella lo acompañaba en aquel ritual. De hecho, calculaba la cantidad de ronquidos que indicaba la pesadez de su sueño. Se inclinaba sobre él y lo observaba por segundos para ver cómo su pecho subía y bajaba cada vez que el aire hacía su labor y entraba en aquel cuerpo que ya a ella no le daba placer, sino lástima.
Era entonces cuando muy lentamente, se iba acercando a la orilla de su lado de la cama. Y como si de una pluma se tratase, etérea, vulnerable y diáfana, abandonaba aquel lecho y salía de la habitación. En su cuarto de costura, tenía preparado su ajuar de la noche, escondido entre las telas, retazos y vestidos poco llamativos. Se arreglaba lo más rápido que podía y dejaba su casa, en puntillas, con los zapatos de baile en la mano, sin hacer ningún tipo de ruido.
Ya en la calle, se calzaba y colocaba un toque de perfume dulzón y se cercioraba de que el maquillaje estuviese lo más prolijo posible, de manera de que aguantara todo el agite que la noche le ofrecía. Caminaba de prisa las exactas 11 cuadras que separaban su casa del club, aquel antro de fiesta eterna y personajes felices y sórdidos que vivían la vida que ella quería vivir.
Dejaba el abrigo y la cartera en el guardarropa y empezaba a mezclarse con la gente. A veces iba a la barra y se sentía osada dejándose cortejar por tipos inservibles que le ofrecían martinis, a cambio de algunos besos y apretujones. O siempre estaban los más vulgares, sus preferidos, que sin remilgos le decían que se fueran al hotel de la esquina, que cuánto cobraba por sus favores. Ella reía, se hacía la desentendida y se iba al centro de la pista a bailar sola. Porque podía con todo, menos con eso. Su marido no merecía esa tamaña descortesía de su parte.
Bailaba sola o acompañada. No importaba. La música se apoderaba de ella y se dejaba llevar. Se sabía todos los pasos, las canciones de moda. Las luces de colores del recinto la bañaban, mientras ella daba vueltas como si fuera una versión sin la fama y fortuna de una Isadora Duncan, Carmen Miranda o Josephine Baker. ¡Qué maravilla era ser anónima! ¡Podía ser quien ella quisiera!
Y en esa pista de baile era todas las mujeres y a la vez ninguna. Y eso la llenaba de energía de los pies a la cabeza. Podía jugar a ser seductora, malcriada, displicente, complaciente, furtiva y altiva. Podía ser lo que quisiera. Le encantaba dejarse llevar por el ritmo de brazos fuertes y desconocidos que la hacían sentir deseada y codiciada.
Le gustaba apretar sus labios contra otros y permitirse besos clandestinos, manos explorando su cuerpo, las de ella explorando ajenos. Pero hasta ahí. Abandonaba aquellos juegos cuando las cosas empezaban a salirse de control. ‘’No puedo seguir’’ musitaba, presa del deseo, pero presa también de lo que le inculcaron desde niña: ‘’No cometerás adulterio’’. Y así hacía siempre. De alguna manera se mantenía casta, para regresar después de unas horas, a los dulces y blandos brazos de su marido.
Escapaba cómo y cuándo quería, no sin antes dar las últimas vueltas en la pista, como la mejor bailarina del mundo. Recorría las 11 cuadras tan rápidamente como podía, siempre por distintos caminos, no fuera a ser que algún caballero quisiera seguirla y ella pudiera ceder ante los impulsos de su primitiva naturaleza.
Así que antes de entrar de nuevo en su casa, se quitaba los zapatos y sigilosa se dirigía al cuarto de costura, donde se desmaquillaba, se ponía de nuevo su camisón y volvía a ser la esposa perfecta que trabajaba de lunes a viernes en la fábrica, casada desde hacía tanto con el mismo tipo suave de siempre.
Sin hacer el menor ruido, se metía en la cama, no sin antes percibir la respiración acompasada de su marido, que dormía profundamente y sin culpa, como todas las noches. Entonces ella cerraba los ojos para tratar de calmar el frenesí de la noche, que buscaba repetir cada tanto, con cada vestido que terminaba.
En su mente se sucedían los eventos de esa noche en el club, y plácidamente se iba dejando vencer por el cansancio y por el sueño. Abrazaba la almohada y dormía las pocas horas que la separaban del amanecer y de la rutina de sus días.
En su lado de la cama, él la oyó respirar hondo y supo cuando ya se había dormido. Abrió los ojos y constató la hora: 4:10 am. Hoy volvió más tarde. Quedamente musitó para sí: ‘’Por fortuna tiene el club’’ y cerró los ojos, para intentar dormir lo poco que dormía, desde que empezó su enfermedad.