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18 diciembre 2013

De lunes a viernes




Cada uno tiene el mismo tiempo disponible: dos horas todos los días de su rutina laboral. Han calculado lo que les lleva salir de sus respectivos trabajos, llegar al metro, subirse, bajar en la estación de destino y encontrarse en el apartamento de él: 20-25 minutos.
Cuando se encuentran, no sólo se abrazan y se besan, sino que se desvisten con ansiosa prisa y se arrastran el uno al otro hacia la habitación principal, no sin que antes ella se quite la alianza de matrimonio y él coloque boca abajo, en la mesita de noche, la foto que tiene con su novia. Una vez que este ritual se cumple, se acuestan en la cama, muy, pero muy juntos, respiran hondo y simplemente se entregan al sueño.
Ella siente su calor y cuando él la abraza por la cintura desnuda, entrelaza sus piernas con las de ella como aferrándola hasta donde lo permiten los cuerpos para hundirse un poco en su espalda. Le gusta sentir el suave aleteo de sus pestañas y el ritmo acompasado de su respiración sobre su hombro, que se humedece delicadamente, como besado por un cálido rocío. A veces coloca su barbilla en el hueco entre su hombro y su cuello y le hace cosquillas con la barba en la piel tierna.
Algunos días cambian de posición durante el tiempo que les resta y es entonces cuando ella lo abraza. Descansa su cuerpo a un costado del de él. Olvidan el mundo mientras sueñan, se toman de las manos, se rozan, vibran, suspiran.

Cuando despiertan, respiran hondo de nuevo y se miran a los ojos. Él la atrae hacia sí y la esconde entre sus brazos. A veces ella lo abraza y con la punta del dedo tembloroso le dibuja círculos en la espalda. Y después de un rato despiertan ambos del todo. Y entonces todo vuelve a ser la odiosa rutina de siempre. Cada uno regresa a su vida, después de la siesta, de lunes a viernes.

05 noviembre 2013

El cuarto



‘’Se alquila cuarto en la zona de Gracia a estudiante de sexo femenino’’. Mar leyó el anuncio y lo subrayó. Sería el quinto en la lista de habitaciones para visitar ese día. Siguió leyendo el diario. Anotó tres direcciones más, antes de salir de casa y empezar el recorrido.
Cuando llegó a la Gracia, observó el edificio desde afuera. Tenía dos apartamentos por piso solamente, amplios balcones y estaba flanqueado por dos árboles milenarios, que seguramente lo hacían fresco durante el verano.
Tocó el timbre y esperó a ser atendida. ‘’¿Sí?’’, preguntó una voz masculina. ‘’Hola, vengo por el anuncio del cuarto’’, dijo. ‘’Bajo ya’’. Cinco minutos más tarde, Mar subía las escaleras del edificio, rumbo al tercer piso, escoltada por Stefano, el chico italiano que había publicado el anuncio.
Cuando Stefano abrió la puerta, Mar quedó impresionada con la magnífica luz que inundaba suavemente la sala del apartamento. El balcón, que no daba a la calle, sino al río, tenía unas amplias puertas con vidrios de colores, que le daban un aire juvenil a todo el conjunto.
‘’Aquí vivimos tres personas y estamos buscando a una cuarta’’, dijo Stefano, con su característico acento italiano. ‘’Dividimos los gastos de electricidad, gas, agua, entre todos. Lo normal, ya sabes. Se puede traer visitas, se permite fumar, de hecho, yo fumo’’, dijo, y sonrió seductor, aunque no lo fuera. Mar escuchó atenta y asintió. ‘’Te muestro el cuarto, que para eso viniste’’, continuó el muchacho, un poco impaciente y haciendo una mueca, que denotó todo su sarcasmo.
‘’Está al fondo. Es el cuarto más grande de la casa y tiene un pequeño baño privado. ¡Todo un lujo!’’. Cuando abrió la puerta de dos hojas, la luz de la amplia ventana, íntima y melancólica, invitaba inmediatamente al descanso. Había una cama de dos plazas, una mesita de noche a un lado y un closet mediano. Mar observó todo maravillada. ‘’Te parece lindo, ¿verdad?’’, le preguntó Stefano. Y antes de que ella pudiera responder, él mismo se contestó: ‘’Es que es una auténtica belleza. Y tiene una vista impresionante, además’’, enfatizó. Mar se acercó a la ventana y constató lo que decía el muchacho. La vista era insuperable. Toda la ciudad cabía en esa ventana, con sus techos rojos y su vida antigua. La catedral se veía perfecta y el río, al fondo, completaba el mágico escenario.
Mar abrió la ventana de par en par. Se sintió bañada por la luz del mediodía. ‘’Excelente sitio para empezar a ser feliz de una vez por todas’’, pensó. Stefano aguardaba, con los brazos cruzados en la espalda y jugando con las llaves entre sus dedos. Se le acercó y un tanto ansioso, le preguntó: ‘’¿Y bien? ¿Te gusta? ¿Te lo quedas?’’. Antes de que Mar pudiera responder, Telma entró a la habitación. ‘’¡Hola! ¿Viniste a ver el cuarto? ¿Qué te parece? No menos que hermoso, ¿verdad?’’, dijo y sonrió. ‘’Ella es Telma, una de las chicas que vive aquí’’, explicó Stefano, que siguió enumerando las ventajas de vivir en aquel sitio y justamente en aquel cuarto. Telma intercambió una mirada cómplice con Stefano. A cada frase que él decía, ella agregaba algo más, para darle más peso a la descripción.
Mar sintió la presión, la urgencia de la decisión. Todavía tenía cuartos que visitar, no quería apresurarse, pero este era verdaderamente una belleza a un precio que un estudiante extranjero con poco dinero como ella podía pagar.
‘’Una pregunta, chicos’’, dijo Mar. Telma y Stefano cesaron su parloteo y la miraron. ‘’¿Por qué ninguno de los dos se mudó a este cuarto, si es tan maravilloso?’’. Telma soltó una risita nerviosa: ‘’Porque…bueno…la verdad…’’. Stefano la atajó: ‘’Ya todos, Telma, Inés, que es la otra chica que no conoces aún, y yo, ya hemos recorrido los cuatro cuartos de esta casa y la verdad es que nos gusta cambiar’’, y sonrió, forzosamente. ‘’Sí, sí, nos gusta cambiar. Yo ahora ocupo el cuartito pequeño, al lado de la cocina y me viene bien’’, explicó Telma de prisa. ‘’Voy a pensármelo’’, dijo Mar. ‘’No lo pienses mucho, mira que…’’ y antes de que Stefano pudiera terminar la frase, sonó el timbre. Telma salió de la habitación para responder. Al regresar, dijo: ‘’Dos chicas están por subir a ver el cuarto. Seguro una de ellas se lo va a querer quedar, a menos que tú te decidas, ya’’, dijo, enfatizando ese ‘’ya’’ que llegó a sonar casi como una orden.
Mar parpadeó. ‘’Está bien, chicos. Lo alquilo’’. Telma y Stefano se miraron cómplices y sonrieron. Stefano extendió la mano y dijo: ‘’Trato hecho, entonces’’. ‘’Voy a despachar a las otras chicas. Ya vuelvo’’, dijo Telma y salió triunfante del cuarto. ‘’¿Cuándo tienes estimado traer tus cosas, Mar’’, preguntó Stefano, ansioso. ‘’El viernes, que tengo libre, seguro’’. ‘’Bueno, como gustes. Te dejo a solas un rato. Ya vuelvo’’. Mar recorrió despacio de nuevo el espacio. Quedó satisfecha con su elección. Se asomó de nuevo por la ventana, respiró hondo y sonrió ante el paisaje.

Cuando se fue, Telma y Stefano entraron al cuarto. Se miraron sin mediar palabra y movieron la cama de lugar, dejando al descubierto la silueta –ya ahora negra y ya algo desdibujada- del piso. ‘’Con tal de que no se entere de lo que pasó aquí, todo bien’’, dijo Telma. ‘’Si se entera, ya tendremos el depósito y alguna de las mensualidades. No te preocupes. Además, siempre hay estudiantes extranjeras en esta ciudad en busca de un cuarto’’, añadió Stefano y sonrió, con la malévola sonrisa de siempre.

11 agosto 2013

El diluvio



Una suerte de diluvio benévolo cae sobre la ciudad y retrasa su llegada al café de siempre. Lo lamenta. No tanto porque su involuntaria impuntualidad puede arruinar espíritus ajenos, sino porque cada precioso minuto que se pierde de estar con ella es irrecuperable.
Todo él gotea cuando llega al sitio. Está atestado de gente que espera cese la lluvia. Se dirige con paso firme, pero sin aliento ya, al último saloncito. La encuentra en la mesa del rincón, casi en penumbras, con la taza de café entre las manos y la vista perdida en la nada. Se acerca y se detiene justo enfrente. Como si no estuviera ahí, la chica continúa con la mirada vacía. ‘’El diluvio y tú’’, dice.
Él se quita el abrigo y siente como se le queda pegada la camisa empapada a la piel. De sus rizos caen gotas constantes, como si el aguacero fuera parte de él también. La muchacha deja la taza en la mesa y lo  mira: ‘’Vas a enfermarte’’ y le retira el cabello de la cara con delicadeza. ‘’No lo creo, me gusta mucho la lluvia. Lo que te gusta, no te enferma’’, responde y toma una de aquellas manos tan femeninas para besarle la palma. Ella sonríe. ‘’Tienes razón’’ y le devuelve el beso, solo que en la boca. Se besan un tiempo largo, como si fueran adolescentes, como si el resto del mundo no existiera, como si besarse fuera la vida. Al separarse, se toman de las manos. Ella se quita el anillo de casada y él hace lo propio con el suyo, como pasa siempre cada vez que se encuentran.
‘’Tengo algo que decirte y no te va a gustar’’, dice ella y apoya con ternura su frente contra la de él. El chico respira hondo. Lo que sea, no quiere oírlo, saberlo, sentirlo. Ella lo mira y suelta la noticia: ‘’A mi marido lo trasladan al interior por tiempo indefinido’’. Un silencio largo y triste se instala entre ambos.
‘’Esto iba a pasar en cualquier momento. Lo sabíamos’’, continúa. Lo atrae suavemente hacia sí y lo besa.  ‘’¡Qué no daría por haberte conocido a tiempo!’’, atina a decir el muchacho, antes de que otra  vez el pesado silencio haga un espacio entre ambos.
Las lágrimas empiezan a rodar lentas por el rostro de la chica. ‘’No nos merecemos esto y sin embargo…’’. Él le coloca el índice sobre los labios: ‘’Yo te merecía a ti, tú me merecías a mí. Nos mereceremos hasta siempre’’. La besa, al tiempo que se levanta. Se coloca el abrigo mojado, paga la cuenta y se dirige a la puerta, en silencio. Ella esconde la cara entre las manos y solloza.
El diluvio benévolo sigue azotando la ciudad. La chica se levanta, sin ánimos. Guarda el anillo de matrimonio en el bolsillo del abrigo. Con pasos tristes, se dirige a la salida. Se detiene en la entrada del café.
Empieza a caminar bajo la lluvia, cabizbaja, con las manos en los bolsillos. Empapada llega hasta su casa. Se detiene en la puerta de entrada y llora. Saca del bolsillo el anillo, lo observa, cierra el puño, se da la vuelta y lo arroja lejos.

Abre la puerta de su casa y entra.

29 mayo 2013

Sobreviviente

 (En primera persona)

Era una tarde cualquiera y yo moría del tedio. Ya no sabía qué hacer para entretenerme. Como último recurso me senté en las escaleras que daban a la huerta a tirarle piedritas a la nada. Mi tía abuela oyó el ‘tintín’ y buscó de dónde venía el ruido hasta que lo encontró. Me encontró. Estaba ya vestida para salir. Eran casi las 4:00pm, hora de ir a visitar a las vecinas. ‘’Véngase’’, me ordenó con la voz dulce de todas las tías abuelas. ‘’Le cuento un secreto si me acompaña a la visita’’, me dijo. Parpadeé. Un secreto, a mis trece años, era siempre mucho más interesante que tirarle piedritas al viento. ‘’Voy contigo, tía’’, le dije, sin anteponer ni posponer ningún usted. Mi tía abuela sonrió y se colocó el chal sobre los hombros. Tomó su diminuta cartera y se vio de nuevo en el espejo del comedor. Yo la seguí ansiosa durante todo el ritual. Caminamos por el largo pasillo de la casa, con cierto sigilo. Antes de abrir el primer portón, me tomó del brazo y me dijo en voz baja, a modo de confidencia impropia: ‘’Ana Emilia no es viuda. El marido desapareció el mismo día de la boda. Le dijo que ya volvía y nunca volvió. No vaya a preguntar nada. Después le cuento bien´´. Me quedé pasmada y la ansiedad por conocer a Ana Emilia se hizo más fuerte aún.

Salimos. Dimos unos 20 pasos y tocamos el timbre una sola vez y antes de que el riiiing terminara, ya una vocecita había respondido desde el fondo: ‘’¿Quién es?’’ y mi tía abuela respondió casi al mismo tiempo: ‘’¡Pepita!’’. La vocecita se hizo entonces presente en forma de mujer fantástica: ‘’Bienvenida, Pepita’’ le dijo a mi tía abuela hasta que se dio cuenta de mi existencia. ‘’¡La sobrina!’’ y se le iluminó el rostro con una mágica sonrisa. ‘’Bienvenidas’’ dijo esta vez y nos llevó hasta la sala, donde retozaban algunos de sus gatos. Las tres nos sentamos en la sala. Yo a escucharlas y a observarlas, ellas a parlotear. Ana Emilia era una mujer vivaz, de impresionantes ojos verdes, tan perfecta a sus casi 70 años, que parecía sacada de un cuento. En algún punto de la charla, recordaron ambas mi presencia. Ana Emilia me sonrió y me preguntó cuánto tiempo me iba a quedar de visita. Mi respuesta fue, como siempre, una pregunta fuera de contexto: ‘’¿Aquí en su casa?’’. ‘’No’’, río ella. ‘’En casa de su tía, en esta ciudad’’. ‘’Ah. Hasta que pase una de estas tres cosas: se acaben las vacaciones, mi mamá cambie de opinión y vayamos a la playa en vez de seguir aquí o Ud. me cuente por qué se quedó sin marido’’, dije, impertérrita, a sabiendas de que en segundos, mi tía abuela me regañaría o asesinaría por imprudente. El rostro de Ana Emilia no se alteró en nada ante la fiereza de mi respuesta, no así el de mi tía que ya estaba a punto de ebullición. ‘’¿Le sirvo un café? El cuento es largo’’ dijo y apoyó su taza casi vacía sobre la mesita. ‘’Con dos cucharaditas de azúcar, si es tan amable’’, respondí y me acomodé mejor en el sillón, no sin antes enfrentar visualmente a mi tía abuela, quien de seguro esa noche se aseguraría de acuchillarme.

‘’El día de nuestra boda, no llegué tarde a la iglesia, como era costumbre. Llegué puntual y perfecta, del brazo de mi padre. La música, la decoración, los invitados (casi 60 personas y puedo recordarlas a todas), el cura y Eduardo: radiante y magnífico en el altar, esperándome. La boda que toda muchacha de mi edad y de mi posición social hubiera querido tener, la tuve yo, ese día, 24 de mayo de 1942. La ceremonia duró lo justo y fuimos a la recepción en el hotel Majestic, el de los jardines que son casi una selva, ¿sabe de cuál le hablo, verdad?’’. Yo asentí, absorta.

‘’Pues bien, recuerdo el trayecto en la limosina con Eduardo. No me quitaba la vista de encima y tenía mis manos entrelazadas con las suyas. Sé que en ese momento, éramos la felicidad. Cuando llegamos, el gran salón del Majestic estaba todo iluminado, decorado en tonos champaña. Había cerca de 150 invitados, la crema y nata de la sociedad merideña de la época. Saludamos, entre aplausos y ‘’vivan los novios’’ y las lágrimas de nuestras madres, sobre todo. Contraviniendo las reglas de la sociedad, Eduardo me besó antes del vals y ese beso tibio, dulce y a la vez apasionado, aún lo conservo en mis labios. La magia del amor. Cursi, lo sé, pero ya verá cuando le toque. Saludamos, conversamos un poco, reímos, brindamos. Cuando nos tocó bailar, solo recuerdo el brazo de Eduardo rodeando mi cintura, su frente apoyada en mi frente, la calidez de su cuerpo, el ritmo elegante de sus pasos y los latidos nerviosos de su corazón enamorado. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer’’. Ana Emilia hizo una pausa, que a mí me pareció eterna. Respiró hondo y continuó. ‘’Después del vals, ese único baile que nunca se repetiría, Eduardo me besó en la frente y me dijo: ‘’Ya vengo’’, y me entregó a mi padre, para continuar el baile. Después de dos piezas más, fui a buscarlo. Empecé a preguntar si lo habían visto. Las respuestas fueron varias: por allá, por aquí, por aquí, por allá. Después de media hora de pasearme intranquila por el salón, empezamos a buscarlo, ya más en serio, sus padres, hermano, mis padres, yo. La gente empezó a bromear: ‘’Se perdió el novio’’ y otros más letales decían ‘’Se le escapó el novio’’. Al cabo de una hora, la orquesta paró y el director preguntó si alguien sabía adónde había ido Eduardo. Yo estaba al borde de las lágrimas, asustada, avergonzada. ¡Mi marido no aparecía! Nadie vio salir a Eduardo del salón, custodiado por personal del hotel. Los accesos a los jardines estaban cerradísimos, también. Las siete puertas por donde Eduardo pudo haber salido, estaban vigiladas’’.

Ana Emilia se levantó y fue hasta a la estantería. Buscó dos fotos y me las dio. ‘Aquí estamos, al salir de la iglesia; y este es él, ese mismo día’’. Miré las fotos. Ana Emilia era magnífica de joven, no así Eduardo, que era demasiado alto y demasiado desgarbado, sin gracia, con rasgos duros que no lo hacían pasar desapercibido. ‘’¿Notó que era alto? ¿Cómo pudo haberse esfumado, escabullido…escapado…sin ser notado? Era muy obvio, adondequiera que iba, llamaba la atención. Lo que restó de la noche de mi boda, lo pasamos buscándolo. 24 horas más tarde dimos el parte a la policía y 72 horas más tarde, lo dieron por ‘’desaparecido’’. Eduardo figuraba –y aún figura- en los registros policiales como eso: desaparecido. Ni vivo ni muerto volvió. Lo busqué por exactamente 10 años, cuando por ley prescribió mi matrimonio y volví a ser soltera. Lo seguí buscando por 10 años más, hasta que me di por vencida. Guardé solo esas dos fotos y el anillo de casada. Cuando regrese, me lo pongo de nuevo y nos casaremos de nuevo, pero esta vez seré yo quien desaparezca’’ concluyó, con una risita tierna, propia de quien ha asimilado una tragedia y la ha convertido en un aprendizaje necesario para seguir viviendo.

Coloqué mi taza en la mesita y esperé antes de hablar. ‘’No siempre el que desaparece lo hace por gusto’’, dije. ‘’Gracias por la historia’’. Ella sonrió con su sonrisa mágica y me tuteó por primera vez en ese día: ‘’Espero haberte entretenido’’.

Los 20 pasos de regreso a casa, los caminamos mi tía abuela y yo en total silencio. Cuando abrió la puerta, vino el tan ansiado regaño, suavizado por la historia trágica de la tarde: ‘’No la vuelvo a llevar de paseo’’. Suspiré y fui a sentarme de nuevo en las escaleras y a pensar en la historia de Ana Emilia, la sobreviviente.

05 mayo 2013

Sin anestesia




Cuando ella lo sintió cerca, el mundo se vino abajo, apagó su ruido, se congeló. Lo vio inclinarse sobre ella y comenzar la autopsia.

07 abril 2013

El incidente de Zara


A Fabio.
In Memoriam.



(Piso 12. Mis pies bien firmes en la cornisa. Cierro los ojos (te cuento esto tal y como lo viví, el último día de mi vida) y cuando los abro, ¡chan! una pequeña multitud ya se había arremolinado bajo mis pies, literalmente. El viento juguetón agita como si nada mi bata de dormir y mi cabello. ¡Debo parecer una auténtica loca! Oigo los gritos de la gente abajo: ‘’¡Bájese, señora!’’, ‘’ ¡No te tires!’’. No digo nada. Miro al cielo. No sé cuándo ni cómo aparece mi madre por la ventana. Tiene tanto maquillaje siempre que me causa impresión verla. Mamá me recuerda a un payaso decadente.
‘’ ¡Hija! ¿Qué haces ahí? ¡Te vas a caer!’’. Así empezó mamá un monólogo que logró marearme más que la altura. ‘’Hija mía, si lo que tú quieres es la muerte, yo te digo que escojas la vida o al menos otra forma de morir porque si te resbalas, caes sobre ese Maverick, que es más viejo que tu papá.
Me aturde mamá, pero creo que siempre lo ha hecho. La miro, no quiero saber qué tiene para contarme, pero no me deja ni responder. Del nerviosismo, agito un pie en el vacío. La gente grita y obviamente mamá también. Una mano huesuda agarra a mamá del hombro y la quita de la ventana y aparece el padre Colmenares, con ese acento español tan fuerte de siempre.
‘’Dulce oveja del rebaño de Dios’’, comienza. ‘’ ¡Oh no, viene con discurso zoofílico’’ pienso y abro mucho más los ojos. ‘’Cuando Dios, a través de Moisés dijo: ‘’No matarás’’, también implícitamente daba a entender ‘’No te auto-matarás’’… Hija mía, estoy aquí para pedirte que no saltes al vacío, sino a lo lleno. La vida es una sola y es genial, a pesar de la inseguridad’’. Me auto-pregunto ‘’¿qué es esto? ¿un castigo por todos los años que no fui a misa de 8 los domingos?’’. El padre Colmenares agita sus huesudas manitos y creo que hubiera seguido en su discurso sino hubiera sido por Blanca, que aparece risueña y feliz (raro, dadas las circunstancias) en la ventana. ‘’Amiga, no sé a qué se deba todo esto, pero espero que sea solo locura pasajera porque yo, sin ti no podría vivir’’. El aspecto risueño de mi mejor amiga se desvanece y da paso a un quejido lastimero que deviene en llano entrecortado acompañado de lágrimas negras de rímel. ‘’Zara…toda la vida, pero toda, te he amado y no con locura, por aquello del qué dirán, sino en el closet. Mi closet. No te tires, te lo repito. Yo no quiero quedarme sin ti. Recuerdo que tragué grueso y me pegué a la pared, pero di un paso a mi izquierda, para alejarme de la ventana. Lo que me faltaba, pues, mi mejor amiga está in love with me!
‘’He ocultado mi amor todo este tiempo porque…’’, ¡Dios, entre mi mamá, el cura y esta otra me van a volver loca!’’. Cierro los ojos y me tapo los oídos, pero se cuela el sonido de una sirena. La gente abajo grita de a ratos todavía. Abro los ojos. ‘’ ¡Psst, señorita!’’. Veo a un tipo en la ventana. Quiero decirle que no soy señorita, pero no me salen las palabras. ‘’Vengo en son de paz. Soy el Inspector Juárez, como Benito, el mexicano este famoso. Vengo a decirle que la vida es buena, que para todo lo demás existe MasterCard, además, una mujer como Ud. tan fina no debería saltar porque va a perder todo el glamour y cuando vaya cayendo le van a ver la ropa interior, y mire, es de mal gusto eso.  Porque una cosa es verlo uno como hombre en una Playboy y otra muy diferente en un cuerpo caído en la acera. Yo sé lo que le digo’’. Cierro los ojos y a los lejos sigo oyendo al hombrecito monologando. Cuando abro los ojos, enfrente de mí está mi hija, que me habla, pero no la oigo, no la entiendo. Extiendo los brazos hacia ella y de repente pierdo el equilibrio. (Sé que esto pasó porque me despegué de la pared). Caigo. Así de simple). 

24 enero 2013

Sin sentido



Al llegar a casa, no enciende las luces, como de costumbre. Tampoco revisa si tiene correspondencia y mucho menos le presta atención a la T.V. En medio de ese quiebre en su rutina, se sienta en el piso, con la espalda recta pegada a la puerta de entrada. En la cartera busca el celular. Ningún mensaje, ninguna llamada, ni siquiera perdida. Son las 8:40 de la noche. ‘’No tiene ningún sentido seguir’’, le dice a la nada.

Después de un largo rato, se levanta. Enciende una única luz, la de la cocina. Se dirige al baño, en penumbras. Se quita con delicadeza la ropa. Abre las llaves de la ducha.  Deja que el agua corra por todo su magro cuerpo. Cierra los ojos y se deja llevar. Agua tibia. Sera la última vez que la sienta. Se lava el cabello, recorre con lentitud su cuerpo. Al terminar de bañarse, se seca meticulosamente y se mira en el espejo. Nunca le gustó hacerlo y, por fortuna, esta será la última vez.

Ya en su cuarto, se viste con su mejor camisón de dormir. ‘’El sueño eterno’’, ironiza. Una vez lista, se cerciora de cerrar las ventanas y las cortinas. Sobre la cama está la bolsa plástica, la cinta gris de embalaje, un poco de cuerda. Sobre la mesita de noche, un frasco de tranquilizantes. Se peina con esmero y se recoge el cabello aún húmedo en un rodete. Se sienta al borde de la cama y toma la dosis exacta de pastillas. Ni una más, ni una menos. Se coloca la bolsa en la cabeza, no sin antes respirar hondo y la ata lo más herméticamente que puede con la cinta y para estar segura de que el aire no interferará en sus planes, aprieta la cuerda por encima de la cinta.

Inhala. Se acuesta en el medio de la cama, boca arriba. Exhala. Toda la bolsa por dentro se llena de su aliento. El corazón late de prisa. Inhala. Siente un hormigueo que comienza por los pies. Exhala. Escucha la puerta de entrada. Está mareada. Gira la cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda, con rapidez. Inhala. Ve, en medio de la bruma de su propia respiración, a Mario parado justo enfrente de la cama. El poco aire que queda dentro de la bolsa empieza a enrarecerse mucho más. Se le nubla la vista. Exhala. Oleadas de pánico la invaden con más fiereza cada vez. Se estremece violentamente. Casi no inhala. Mario abandona la habitación y cierra tras de sí la puerta. Ella aprieta los puños. Arquea la espalda. Ya no queda nada de aire. Abre la boca y toda la bolsa se adhiere a su rostro, sofocándola aún más. Grita un grito sordo: ‘’¡Mario!’’.
Sentado frente a la televisión, Mario escucha esa voz seca, tan familiar, que antes amaba. Se levanta y va hacia la ventana y la abre de par de en par. Respira hondo. ‘’Lo siento. Ya no tenía ningún sentido seguir, amor’’.