Google+ Followers

25 agosto 2014

Isabel



Todas las tardes, después de la siesta, lee un poco. Tiene el tino de dejar cerrada la ventana de la sala, porque sabe que al abrirla, las vecinas irán pasando, con cualquier excusa y estarán parte de la tarde, hablando con ella, de las vidas ajenas y de los problemas propios.
Esto, lejos de molestarla, le agrada; la hace sentir el centro de un mini universo que se abre, cada vez que ella abre la ventana de su sala.
Esa tarde, sin embargo, se siente inquieta. Intenta concentrarse en la lectura, sin éxito. Se entretiene un rato con la TV, otro con el libro. A las 4:00, hora acostumbrada de abrir la ventana, no lo hace. Con la vista fija en el libro, sus pensamientos vagan. Deja el libro sobre la mesa. Se levanta para preparar café.

Isabel, por el contrario, abre la ventana de su cuarto de quinceañera. Sin zapatos, se pone de cuclillas en el borde y se sostiene a duras penas con una mano. Siente el viento que agita sus cabellos irreverentes. Respira hondo. Está llorando. Cierra los ojos y le dice al viento: ‘’Llévame. No quiero que mamá se avergüence de mí’’.

En la cocina de su casa, su propia inquietud avanza. Arregla los platos, los cambia de lugar, guarda los vasos las tazas, limpia un poco. Quiere consumir el tiempo, que desaparezca la desazón que esa tarde se instaló en su cuerpo.
El ruido del agua hirviendo la trae de regreso a su mundo. Con la delicadeza de siempre, se sirve una taza de café, sin azúcar. De regreso a su sala, retoma la lectura.

Las lágrimas siguen rodando lentas y pesadas por su rostro de rasgos indefinidos, infantiles a veces, de adulta, otras. Cierra los ojos y al abrirlos, echa un último vistazo a su cuarto, a sus peluches, a sus útiles escolares, a su cama, su ropa. Vuelve a cerrar los ojos en el preciso instante en que su madre abre la puerta y la ve en aquella posición: de cuclillas en el borde, sostenida a duras penas de la ventana con una mano. ‘’¿Qué estás haciendo ahí?’’, le grita histérica, al tiempo que se lleva las manos a la cabeza. Corre a sujetarla, pero Isabel trastabilla. El viento arrecia de repente…

Una vez que termina el café, se dirige a la cocina y se sirve otra taza, que se derrama al mismo tiempo que Isabel va cayendo lentamente y se estrella, sin estruendos innecesarios, contra la acera.

Vuelve al libro. 

01 agosto 2014

El encuentro




Se sienta a la mesa para desayunar. Desde hace 16 años, ella prepara el mismo menú para ambos: huevos revueltos, dos o tres tiras de tocineta, mermelada de estación, pan y café. Siempre le sirve a él primero y después que degusta los huevos y prueba la temperatura del café, ella se sienta, perfecta y exacta en su lado de la mesa. Hablan poco durante el desayuno. Tal vez comentan alguna noticia o tal vez el silencio los acompaña durante los 45 minutos que dura el ritual diario de sus 16 años de matrimonio. Nada, absolutamente nada, los ha alterado durante todo ese tiempo.
El timbre suena una vez. Él levanta la vista de la rebanada de pan que estaba por morder. Ella lo mira y pregunta: ‘’¿Quién será? Es muy temprano para que sea algún vecino’’. Él no responde. Después de unos minutos, vuelve a sonar el timbre. El hombre sorbe un trago de café, respira hondo y antes de que ella se levante, lo hace él: ‘’Deja. Voy yo. Debe ser el cartero’’.
Antes de llegar a la puerta, el timbre suena por tercera vez. ‘’¡Cuánta insistencia!’’ piensa. Gira la llave una vez, abre la puerta. María está parada en esa puerta, con el mismo rostro sin expresión que siempre tuvo cuando se conocieron, con el cabello desordenado, ahora con algunas canas, y con la misma mirada pétrea de siempre. ‘’Hola’’, le dice. Él retrocede. Nota que al lado de María está una chica, de unos 16 años, rubia, delgada, algo parecida a ella y lamentablemente también parecida a su madre, a su hermana, a él. Se le queda mirando fijamente y retrocede otro paso más.
María observa su reacción. ‘’Se llama Andrea’’, continúa. ‘’Perdona por aparecer así, de la nada, pero necesito hablar contigo’’. Desde el fondo de la casa, se escucha la voz de la mujer: ‘’¿Quién es, amor?’’. ‘’¡Nadie!’’, se apresura él a responder. Al entornar un poco la puerta, pregunta con un hilo de voz: ‘’¿Qué haces aquí y quién es ella?’’. María respira hondo. Se acomoda el cabello y responde, sin alterarse: ‘’Tu hija y eso es obvio’’. Aún atónito, el hombre responde: ‘’Esto es imposible. Realmente imposible’’. Al tiempo que dice esas palabras, observa a la muchacha: tiene los mismos rasgos suaves de su hermana a su edad, el mismo color de cabello, el azul acero de los ojos de su madre, su languidez. Es una mezcla de todo él con María, si fuera posible.
Retrocede un par de pasos más y cierra la puerta. Regresa a la cocina. La mujer lo observa: ‘’¿Estás bien? Estás pálido. ¿Qué pasó? ¿Quién era?’’. El hombre se sienta y antes de responder, suena de nuevo el timbre. ‘’Esta vez voy yo’’, dice ella. Pero él se levanta y la ataja. ‘’¡No! Voy yo de nuevo’’, dice, y corre hacia la puerta.
Inamovible, María permanece esperando a ser atendida. Cuando él abre de nuevo la puerta, le dice: ‘’No has cambiado nada. Siempre huyes de todo, como si fuera tan difícil la vida para enfrentarla’’. ‘’¿Cómo me encontraste?’’ y antes de que ella pueda responder, la mujer abre la puerta de par en par. ‘’Hola. ¿Qué se le ofrece?’’. ‘’Nada. No se le ofrece nada’’, responde él nervioso. María dice, con el mismo tono monocorde de toda su vida: ‘’Presentarle a Andrea su padre’’. Ella la mira fijamente y sin alterarse, le dice: ‘’Haga el favor de pasar’’. Él se queda petrificado, sin saber cómo reaccionar, ni qué decir.
María, Andrea, ella y él se sientan en la sala. Se miran unos a otros durante incómodos instantes. Él suda frío y tiembla. La niña le parece tan igual y a la vez tan distinta a él. ‘’Andrea nació hace 16 años’’, comienza a decir María. ‘’Éramos estudiantes en la universidad. Salíamos. No era nada serio. Ese verano…’’. ‘’No quiero detalles. Solo quiero saber cómo llegó hasta mi marido y qué exige de él, después de tantos años’’, interrumpe la mujer. ‘’No exijo nada. No quiero que le dé su apellido, ni dinero. Solo quería que mi hija supiera que tiene un padre y que ese padre es él…su marido’’. Un silencio cortante se instala en el medio de la sala.
La mujer se levanta del asiento. Se acerca a la ventana y descorre las cortinas. La aún tenue luz de la mañana inunda el lugar y le otorga una calidez necesaria. ‘’Señora…’’, comienza. ‘’María’’, completa la mujer. ‘’María…no le negaré que estoy sorprendida por esta revelación, por el parecido tan increíble que guarda su hija con mi marido, mi cuñada y mi suegra. Esto, le reitero, no se lo puedo negar. Lo que sí puedo, y tengo todo el derecho a negarle, es el parentesco de esa niña con mi marido’’, continúa. María respira hondo y dice: ‘’Yo a su vez le reitero que no vine a buscar dinero, ni nada parecido. Ni Andrea ni yo seremos un obstáculo en sus vidas, pero me pareció que era tiempo que conociera a su padre’’. ‘’¡Es imposible que yo sea el padre de esta niña!’’, grita de repente el hombre. ‘’¡Pero lo eres! Esa relación dio su fruto y es ella, ¡es Andrea!’’, dice María, y alza por primera vez la voz en toda su vida.
La mujer regresa a su asiento, respira hondo y habla, con voz calmada: ‘’Es imposible que mi marido haya podido tener descendencia o que la tenga, en un futuro cercano o lejano’’. ‘’¿Usted está insinuando que estoy mintiendo?’’, pregunta María. ‘’Lo que intento explicarle es que…’’, la mujer no logra terminar la frase, puesto que el hombre estalla de la ira, se levanta de su silla y grita: ‘’¡Soy estéril! ¡Maldita sea! Desde hace años lo soy, desde la maldita enfermedad, antes de que nos conociéramos María, yo ya sabía que nunca iba a poder tener hijos, ¡por eso es imposible que esta niña sea mi hija!’’. María y Andrea lo observan, impresionadas. Él se desploma en el asiento y esconde su cara entre las manos.
Después de unos instantes, la mujer habla: ‘’Espero le haya…les haya, mejor dicho, quedado claro. Imagino que querrán que mi marido se haga análisis para corroborar esto, eso ya lo dejo de su parte y de parte de mi esposo. Les pido que por favor, abandonen mi casa’’. Se levanta y abre la puerta. María y Andrea la siguen, en silencio.

La mujer las observa subirse al auto, encenderlo y alejarse por la calle, lentamente. Cierra la puerta, al tiempo que dice: ‘’Es innegable el parecido a ti, a tu hermana y a tu madre. Que sea esta la última vez que te salvo’’.