25 marzo 2011

La espera





I
Abrió los ojos. La habitación apenas iluminada por la tenue luz de la mañana. Debía ser temprano aún. Cerró los ojos y lentamente estiró el brazo a un lado, buscando a Iván. Todas las mañanas hacía lo mismo. Sus dedos buscaban rozarlo, solamente para tener la certeza de que estaba ahí. Si no lo encontraba, se levantaba frenética de la cama y corría por el caserón hasta encontrarlo. Lo llamaba a gritos. Lo llamaba en silencio. Y hasta no abrazarlo, no pasaba el pánico.

Comenzó a temblar. Apretó los ojos. Sus dedos seguían buscándolo. Iván no había llegado a casa tampoco. Dos días. Abrió los ojos y se incorporó. Comenzó a llamarlo en voz baja. Salió de la cama. Seguía llamándolo. Cada vez más fuerte. El eco de sus gritos resonaba en todo el caserón. ‘’¡Iván!’’ gritaba. ‘’¡Iván, Iván, Iván!’’ repetían las paredes.
Se arrodilló y empezó a sollozar. Dos días. No podía creer que eso le estuviera pasando.


II
Sentada en la sala recordaba las palabras de Iván la noche de la discusión: ‘’¡Nunca voy a dejarte!’’ Era la primera vez que le gritaba. Inmediatamente la abrazó y acarició.
Las discusiones eran casi siempre por el mismo motivo: otra mujer, cualquier mujer. Ella gritaba y gritaba cuando él se demoraba en llegar a casa, cuando no respondía el teléfono al segundo llamado, cuando no salía a tiempo del trabajo y ella lo esperaba afuera.

Días antes de la desaparición, fue a buscarlo al trabajo. Le había prometido que lo esperaría en casa, pero le había mentido. No soportaba más. Estaba segura de que los retrasos de Iván no se debían al tráfico ni al exceso de trabajo.

III

Tomó el teléfono. Llamó a Iván una vez más. Nadie respondió. Respiró hondo y llamó a la policía. ‘’Jefatura de Policía, buenos días’’. Colgó. Era mejor ir y contar los detalles de la desaparición.

Se vistió. Buscó la mejor foto de Iván y se dirigió a la jefatura. La recibió un oficial gordo y somnoliento. ‘’Dígame doñita, ¿en qué la podemos ayudar?’’ y la miró con pereza y fastidio. ‘’Mi esposo tiene dos días desaparecido’’, dijo con voz entrecortada. ‘’Siéntese y cuénteme con calma, señora’’. Obedientemente se sentó y empezó a contarle al oficial los detalles de la desaparición. Se pasaba las manos por el cabello al tiempo que hablaba pausadamente para no llorar. ‘’Iván, mi esposo, salió de casa como todos los días. Iba vestido con una camisa azul y pantalones grises. Es alto, aquí lo puede ver en esta foto’’. El oficial tomó la foto con sus dedos rollizos y la observó. Tomaba notas, hacía las preguntas de rigor. ‘’Tranquilícese doñita. Le daremos curso a su denuncia. Váyase tranquila’’, le dijo.

Ella se levantó lentamente y caminó hacia la puerta, apretó la cartera contra si y salió. Se quedó un rato parada en la entrada de la jefatura, viendo a la gente pasar.

Desde la ventana del segundo piso, la observaba el inspector. Cuando ella cruzó la calle y la perdió de vista, bajó al primer piso y le preguntó al oficial para qué había venido una mujer tan bonita a la jefatura. ‘’Se le perdió el esposo’’, contestó sin ánimo. ‘’Le tomé la declaración. Lleva dos días desaparecido’’. ‘’¿Otro caso más de abandono del hogar? ¿Infidelidad acaso?’’ preguntó el inspector. ‘’No lo sé. Ya veremos. Seguro el tipo se fue con otra’’. ‘’Déme el expediente’’, ordenó, ‘’me haré cargo’’.

IV

Llegó caminando hasta la oficina de Iván. Se detuvo justo enfrente. La ventana de la oficina daba hacia la calle. Ella se escondía siempre detrás del edificio de la esquina para observarlo, para saber quién entraba, con quién hablaba, qué mujer entraba a su oficina. La mayoría de las veces lo buscaba antes de que fueran las cinco, de manera de no darle oportunidad de escaparse.

Miraba fijamente la ventana hacia la oficina de Iván. Estaba a oscuras. Dos días. Caminó lentamente hasta la entrada del edificio. Abrió la puerta. La recepcionista apartó la vista del computador y se asombró al verla. No pudo decirle nada. Sintió una oleada de tristeza al verla tan pálida y demacrada.

Ella interpretó la mirada de otra forma: la recepcionista sabía dónde estaba Iván y no quería decirle. Habló con voz nerviosa y dijo: ‘’Vine a buscar a Iván. ¿Le avisas que llegué?’’. Al tiempo que ella hablaba, la recepcionista había apretado el botón de emergencias. Segundos más tarde se presentó el jefe de Iván. ‘’Querida’’, le dijo y la abrazó.

Se sorprendió. Algo debía estar muy mal. Varios de los compañeros de Iván habían salido de sus oficinas y la rodeaban. No cabía duda: todos sabían dónde y con quién estaba Iván. Preguntó más nerviosa aún: ‘’¿Me buscas a Iván, Tomás, por favor?. Perdió su celular y no le he podido ubicar’’ mintió. Tomás la miró con lástima sincera y la invitó a pasar a su oficina. Ella se rehusó. ‘’No tengo mucho tiempo’’, le dijo, ‘’me buscas a Iván, por favor?’’, repitió.

Tomás la tomó de la mano e intentó conducirla a su oficina. Ella se resistió y empezó a gritar y a caminar en dirección a la oficina de Iván: ‘’¡Iván, Iván!’’. Todos la veían con una mezcla de lástima, asombro y tristeza.

Tomás corrió detrás hasta que la detuvo: ‘’Por favor, cálmate’’. ‘’¿Cómo quieres que me calme si hace dos días que no sé nada de mi esposo? ¿Dónde está? ¿Con quién está?’’, gritaba y lloraba al mismo tiempo. Cayó de rodillas gritando: ‘’¡Iván!’’.

V

El inspector leía el expediente y miraba la foto. Empezó a buscar información sobre Iván Mayorca. La encontró más rápido de lo que esperaba.

VI

Tomás la levantó del suelo, la llevó a la enfermería, la convenció con dificultad de que se tomara un calmante y la llevó a la casa. Durante todo el camino ella repetía en voz baja. ‘’Dos días. ¿Dónde está Iván? ¿Con quién?’’ Y entre la somnolencia, lo miraba implorando una respuesta que él no sabía cómo darle.

VII

Abrió los ojos. Aún aturdida por la bruma del calmante del día anterior, estiró el brazo para rozar el de Iván. No encontró nada. Empezó nuevamente a llorar.

Sonó el teléfono. Tomó el auricular y llorando aún respondió ‘’¿Iván?’’, ‘’Señora Mayorca, es el inspector Rosales, ¿puedo pasar por su domicilio esta misma tarde?’’. Con voz agitada ella respondió: ‘’¿Es sobre Iván? ¿Tiene noticias de él?’’, ‘’Sí, es sobre su esposo’’. ‘’Voy para allá’’ y sin darle tiempo al inspector de continuar, colgó y se vistió a toda prisa para ir a la jefatura.

VIII

Llegó nerviosa y al borde de estallar en llanto una vez más. El inspector la esperaba en la entrada, consciente de la agonía que ella estaba viviendo. ‘’Por aquí, tome asiento señora’’. La miraba con tristeza. Una mujer tan bonita, tan joven, no merecía todo eso.

Antes de que él hablara, ella dijo: ‘’No quiero saber con quién lo encontraron. Sólo dígame si está bien. Eso es todo’’. Con más lástima y pesar todavía, el inspector le extendió un recorte de periódico de hacía tres semanas: ‘’Triple choque en carretera 15. Dos víctimas fatales (…) una de las víctimas respondía al nombre de Iván Mayorca, 31 (…)’’. ‘’Encontré esto, además del acta de defunción. Usted nunca fue a reconocer el cadáver. Hace tres semanas estuvo un oficial en su casa para informarle sobre el deceso de su esposo’’.

Las lágrimas corrían por su rostro mientras releía el artículo…’’Iván Mayorca…31años…muerto…choque…’’. El inspector proseguía: ‘’Señora, usted estuvo recluida en una clínica bajo fuertes sedantes durante dos semanas y media. Tengo el informe médico. Su esposo falleció y lamento mucho por lo que usted está pasando y le deseo que…’’. Ella ya no escuchaba. ¡Que mentira! ¡Iván muerto!

Arrugó el artículo y lo arrojó sobre el escritorio, al tiempo que se levantaba y lanzaba al suelo el resto de los papeles: ‘’¡Mentira! ¡Es mentira!’’.

Salió corriendo, gritando, llorando. Llegó al caserón, cerró la puerta y se quedó en el suelo, llorando y llamándolo: ‘’Iván, Iván’’.


IX

Abrió los ojos. Lentamente estiró el brazo a un lado, buscando a Iván. Comenzó a temblar. Apretó los ojos. Sus dedos seguían buscándolo. Cuatro días. ‘’¡Iván!’’ gritaba. ‘’¡Iván, Iván, Iván!’’ repetían las paredes…

03 febrero 2011

El 29






De lunes a viernes y a las 6.10am, el chico se dirige a la parada del 29 para ir al trabajo. A esa hora hay tan pocos pasajeros que puede escoger el asiento. Depende de su ánimo donde se sienta: a la derecha, en uno individual, o a la izquierda, en uno doble. En ambos casos, lo que le interesa es estar cerca de la ventana para apoyar la cabeza y dormir los 45 exactos minutos que dura el trayecto.

De lunes a viernes y a las 6.25am, la chica se dirige también a la parada del 29 para ir al trabajo. Reza como todos los días para tener suerte y encontrarse de nuevo al chico en el autobús.

A las 6.31am, el 29 hace su diaria aparición. La chica lo ve acercarse, respira hondo y musita: ‘’Que estés. Amén’’. El autobús se detiene y el chofer de todos los días le sonríe: ‘’Buenos días, niña’’. Ella le devuelve la sonrisa e introduce las monedas en la máquina, sin necesidad de indicarle la tarifa al hombre. Con un dulce ademán de cabeza le da las gracias y camina sin prisa para escoger su asiento. Cuenta las personas: exactamente 16 y entre ellas, está él, a la derecha, con la cabeza apoyada en la ventana, las largas y tupidas pestañas que resguardan el descanso de sus ojos arena, la barba rala, los brazos cruzados sobre el pecho para proteger la mochila, los perfectos labios entreabiertos. Ella lo mira extasiada. ‘’El lindo durmiente’’piensa e intenta no avergonzarse de su exceso de cursilería.

Se ubica estratégicamente dos asientos detrás de él, desde donde puede observarlo sin problemas. El chico duerme tranquilo mientras ella lo mira. Cuenta las veces que respira mansamente y como la brisa de la mañana agita con delicadeza sus pobladas pestañas.

Restan algunos minutos para llegar a destino. La chica se levanta del asiento para descender ya en la próxima parada. Se aproxima al muchacho que respira y sueña aún más profundamente. El nerviosismo la inunda. Están a pocos minutos de la parada; sin embargo, reúne el coraje suficiente para posar su mano sobre el hombro del chico y susurrarle con ternura: ‘’Diego. Llegamos’’. Él abre sus magníficos ojos, respira hondo y sonríe a medias: ‘’No sé qué haría sin ti, Gaby. ¡Me pasaría la parada casi siempre!’’ y le regala la otra mitad de la sonrisa y así ambos descienden y enfilan sin premura con destino a su trabajo.

21 noviembre 2010

Por favor





Sale de su casa con el único propósito que la ha mantenido con vida durante sus últimos 15 años: hacerle saber que lo piensa, lo mantiene presente. Se dirige con calma a la librería. El vendedor la ha estado esperando con la postal ya lista en un sobre blanco, desde que se dio cuenta de la obsesión puntual de ella, cada mes, desde hace 15 años. Le informa siempre qué motivo escogió, más con la ingenua intención de no aburrir al secreto destinatario que para congraciarse con ella. El vendedor le sonríe afable y le entrega el sobre: ‘’Esta vez es un paisaje de una playa’’, le dice. Ella no lo mira. Toma el sobre, paga y se retira en dirección al correo. ´´Pobre señora´´ piensa el hombre. Aparece, como ha aparecido siempre, durante estos últimos 15 años, taciturna, austera, simple.

Camina lentamente hasta llegar a la puerta del establecimiento: exactamente 15 minutos antes de que cierre. Los tres empleados se miran y lanzan los mismos comentarios invariables de hace también 15 años: ‘’Siempre puntual’’, ‘’Nunca se cansa’’, ‘’Pobre señora, le escribe a la nada’’.

Se aproxima a uno de los mostradores. Saca la postal del sobre y escribe: ´´Tu ausencia aún no me doblega, pero por favor, vuelve’’. Respira hondo. Guarda la postal en el sobre y escribe la dirección y el nombre del destinatario, siempre en ese orden. Acaricia el sobre delicadamente con la secreta esperanza de que él la sienta al recibir la postal. Después de unos minutos, se dirige a una de las ventanillas y entrega el sobre. ‘’¿Normal o expresa?’’, pregunta la muchacha que sabe de antemano la respuesta. ‘’Expresa’’, responde ella, sin siquiera mirarla. Paga y se retira con el comprobante en la mano. En 15 días, él estará recibiendo en forma de postal sus besos, caricias, voz, todos sus días juntos.

Al otro lado del mundo, 15 días más tarde, la postal llega a destino. Como todas las mañanas y antes de ir a trabajar, revisa el buzón. Cuando lo abre allí está ella: ella y su risa tímida, ella y su mirada profunda, ella y su voz pausada. Toma el sobre y lo abre. El paisaje de la playa lo distrae por instantes. ‘’Buena foto’’, piensa. Por detrás, lo aguardan las mismas letras de siempre. Sin leerla, rompe con cuidado la postal en pedacitos que guarda en el bolsillo. En el camino, irá esparciéndolos por la ciudad. ‘’Nunca’’ es su respuesta, pero ella, a tantos kilómetros de distancia, no llegará a oírla.

13 octubre 2010

13






Un viento frío le revuelve los rizos en el preciso instante en que se le acerca: ‘’Hola. Me anoté para la visita guiada. ¿Eres tú el guía? Es que veo otros grupos…’’ y deja la frase en el aire. Él la observa: el viento, ahora más frío, juega con los rizos de la chica; los ojos, aunque oscuros, tienen un brillo especial; los labios finos y delicados esbozan una sonrisa tímida. ‘’Soy el guía, sí, pero te puedes unir a cualquier grupo. Si gustas, quédate en este’’. La chica asiente delicadamente y se les une.

El guía se presenta y cuenta a los participantes: 13 en total. El recorrido por el gran caserón de fines del siglo 18 empieza entonces por la planta baja. ‘’Este edificio se construyó como vivienda familiar…’’. El chico va narrando, como tantas otras veces, la historia del lugar. De vez en vez observa a la muchacha, que ahora le parece más bonita que al principio. La recorre con la vista a ráfagas. No quiere mostrarse interesado y tampoco quiere distraerse. Al término de la visita, ¿tal vez un café?

‘’Detallen las columnas y los ornamentos de las mismas’’ continúa. Mientras recita su parlamento arquitectónico, el guía observa cada vez más detenidamente a la chica y nota nuevas características en ella: las facciones, que al principio le parecieron delicadas, se muestran ahora duras y decididas; las manos, que le parecieron pequeñas, son en realidad manos de dedos largos; el cabello, que le pareció larguísimo, le llega solo a los hombros. Constata que le sigue pareciendo bonita. Mucho. Muy bonita. Una suerte de belleza de otra época, que no exótica. Concluye, al tiempo que la visita a la planta baja, que esa chica es de otra época y vuelven de nuevo las ganas de invitarla a tomar algo cuando finalice el recorrido.

‘’Vayamos entonces al primer piso, pero hagámoslo por las escaleras. Noten que el pasamanos está todo trabajado en hierro forjado…’’ y continúa con la historia, solo que esta vez no sube de primero como siempre lo ha hecho, sino que se queda de último para escoltar a la chica. Todos suben lentamente. La muchacha va de último, más lenta que el resto. Roza con sus largos dedos uno de los tantos diseños de hierro del pasamanos. ‘’¿Te parecen bonitos?’’, le pregunta el guía. La chica lo mira, sonríe a medias y asiente delicadamente.

Una vez en el primer piso, el guía se ubica en medio del grupo y les indica que deben mirar hacia arriba, donde está el gran rosetón de vitrales de colores que es un espectáculo los días de sol. Todos miran extasiados el diseño del rosetón y comentan la magnificencia del trabajo. El guía aprovecha para contarlos a todos de nuevo. 12 esta vez. Falta la chica. ‘’Tal vez esté en el pasillo o en el baño’’ piensa. ‘’Que raro. Hace un segundo estaba aquí’’. Responde mecánicamente un par de preguntas de los asistentes y les indica sin ganas la próxima parte del recorrido.

‘’Entremos en el que era el salón principal’’ y va explicando las piezas del mobiliario, los diferentes usos que fue teniendo el salón a lo largo de los tiempos, qué personalidades concurrían. Deja que el grupo vague un rato y con disimulo se dirige a la entrada para buscar a la muchacha. Camina por el pasillo, abre un par de salones pequeños e incluso se toma el atrevimiento de asomarse en el baño de mujeres. Nada. Nadie.

Regresa al salón y ve a la chica parada frente al gran ventanal. ‘’¿Por dónde pasó?’’ piensa intrigado. La muchacha nota la mirada azul del guía y se da la vuelta. Esta vez le sonríe por completo. Él, asombrado, le devuelve la sonrisa y se le acerca. ‘’Pensé que te habías perdido’’ le dice en voz baja. ‘’Siempre estuve aquí’’ le responde ella en el mismo tono. Cuando iba a preguntarle dónde se había metido, algunos se le acercan para comentarle sus impresiones del lugar y aclarar las dudas típicas de todo turista y lo apartan de la chica. El guía sonríe, más por educación que por gusto, y pacientemente responde una a una las preguntas.

Pasados varios minutos, informa que la visita está por finalizar y que deben dirigirse al salón de juegos, última parada del recorrido. Aguarda a que todos salgan y vuelve a contarlos: 12. Falta nuevamente la chica. Regresa sobre sus pasos y recorre con rapidez el gran salón. No hay nadie. ‘’¡Que manera de perderse!’’ piensa, un tanto desconcertado. Se dirige al salón de juegos en cuya puerta está el grupo esperándolo. Los hace pasar y les cuenta a grandes rasgos lo que están viendo. Necesita desembarazarse ya de todos y volver a buscar a la muchacha; sin embargo, no lo logra. La gente le hace preguntas, le habla, le comenta y no tiene otra salida que contestarles.

Se resigna: la chica se escabulló y no tendrá manera de contactarla nuevamente. Da entonces por terminada la visita antes de lo previsto y se las arregla para sacar rápidamente al grupo del lugar. Está fastidiado. La desaparición repentina de la chica lo alteró un poco. Tenía ganas de hablarle, de saber su nombre, de invitarle un café.

Recibe las gracias del grupo, algunos aplausos, lo mismo de tantas otras veces. Justo cuando va a descender por la escalera, divisa a la chica que está sentada al principio de la misma. Tiene que contenerse para no bajar corriendo y hablarle, pedirle unos minutos, invitarla a tomar algo.

La alcanza y las palabras le salen como una metralla: ‘’¡Ey! Estás aquí. ¿No te gustó la visita? ¿Me esperarías unos segundos mientras termino con el grupo y vuelvo contigo? Me gustaría saber tus impresiones sobre el recorrido’’ y le sonríe esperanzado. La muchacha lo observa y asiente delicadamente con la cabeza.

El chico acompaña al grupo a la salida y no les da tregua para las últimas preguntas: ‘’Gente, la visita terminó. Gracias por venir’’ y se escabulle lo más rápido que puede. Se dirige a las escaleras, pero de repente oye que lo llaman: ‘’¡Jordi! ¡Ven a llenar los papeles de la visita de hoy, que después te olvidas!’’. ‘’En un rato, en un rato’’ responde enérgico, casi malhumorado. La voz insiste, en un tono ya de mandato: ‘’¡Ahora Jordi! ¡Que estoy por cerrar las actividades de hoy. ¡Son solo cinco minutos, hombre!’’. El guía bufa y cambia el rumbo. Ya en la secretaría, llena lo más rápido que puede los papeles de siempre y los entrega.

El encargado da una rápida ojeada. ‘’¿13 personas? Tenías 12 anotadas, como siempre’’, le dice. ‘’Una chica, que me está esperando en las escaleras, llegó tarde’’ explica impaciente. ‘’¡Imposible! Todos pasan primero por aquí y ahí decidimos si los dejamos pasar o no. Es verdaderamente imposible que se te haya presentado y si así fue, tenías que avisarnos antes de continuar con la visita. ¿Acaso no recuerdas las reglas?’’. El chico bufa de nuevo y ya visiblemente molesto explica de nuevo la situación. Termina con un ‘’me tengo que ir’’ airado y duro.

Corre hasta las escaleras. La chica ya no está. Recorre todos los salones del caserón, los patios, los baños, los jardines. No le queda ningún sitio por revisar. Vuelve a la secretaría y exige ver las cámaras de seguridad. ‘’Te digo que esta chica está jugando a las escondidas. Estaba en las escaleras y ya no está y tampoco en todo el edificio’’ dice. ‘’¡Pero te volviste loco de repente!’’ responde impresionado el encargado. El chico insiste tanto que al cabo de unos minutos, le dejan ver las grabaciones. Desde las 17:00 hasta las 17:55, hora en que baja con su grupo, no hay nadie en las escaleras. ‘’Te lo dije’’, dice el encargado. ‘’¡Te estás volviendo loco, loco, loco! No hubo nunca nadie ahí, en ningún momento. ¡Te volviste loco! ¡Vámonos ya!’’.

El encargado casi saca a rastras al muchacho. Al cerrar el caserón, el guía se queda parado, totalmente descentrado, enfrente de la imponente estructura. ‘’No estoy loco’’ dice en voz alta. ‘’¡Estás ahí!’’ y el eco de su grito se cuela por toda la vieja casa. Desde el primer piso y parada en la ventana, casi oculta entre las sombras de la tarde, está la chica. Escucha las palabras del guía y sin sonreír, asiente delicadamente con la cabeza.

28 agosto 2010

Espejismo




El tren avanza lento, pero avanza, y la chica ha pasado las cinco horas que van del trayecto sentada, casi inmóvil, mirando el árido paisaje por la ventana. Esas cinco horas ha estado prácticamente en la misma posición que cuando comenzó el viaje: sentada, con la espalda bien apoyada en el asiento, la mirada fija en la ventana.

Sobre las rodillas lleva un libro que contiene una carta que ha leído y releído varias veces y que, no obstante, se mantiene tan intacta como la propia declaración cursi y fácil con la que finaliza: ''Créeme. Siempre estarás en un lugar especial en mi corazón. Somos uno. N''. Hace 10 años que lleva esa carta consigo a todas partes y cada vez que llega a esa frase, algo dentro de ella se desmorona, se vuelve añicos.

Faltan tres horas para llegar a destino. Desvía la vista del paisaje y la dirige hacia el libro. Lo abre donde está la carta y la relee sin prisas, como si fuera la primera vez. A medida que lee, lo puede ver como hace 10 años atrás, la noche que se despidieron y él le entregó aquel sobre lleno de sus pensamientos. ''No la leas, sino hasta que te hayas ido del todo'' le dijo en voz baja y la besó con uno de esos besos largos y pausados que guardaba solo para ella.

Cierra los ojos y casi por instinto, se lleva los dedos a la boca para revivir aquellos besos. Abre los ojos. Fija de nuevo la vista en el paisaje, que de árido se ha tornado más árido aún.

Pasados unos instantes, el ruido inconfundible de unos pasos familiares, logran desconcentrarla. Desvía la vista y observa la puerta del compartimiento como se va abriendo lentamente y como va asomándose él, tan exactamente igual como ella lo dejó hace 10 años.

Se levanta de un salto y deja caer el libro que se abre justo donde está la carta. El hombre sonríe un poco impresionado. ''Perdone, no era mi intención asustarla. Parece que me perdí. No logro dar con mi compartimiento''. La chica deja escapar un ''tú, ¿aquí?'' y se le acerca. Él retrocede. ´´No era mi intención incomodarla, dice. ´´No te vayas de nuevo, por favor'', suplica ella. ''Señora, creo que me confunde con alguien''. ''He vuelto por ti'', insiste la chica. ''Perdóneme. Me debe estar confundiendo'', dice el hombre, cada vez más asustado.

La chica se queda observándolo. Parpadea rápidamente para tratar de contener las lágrimas que pesadas y tristes se deslizan con lentitud por su rostro. Es él, pero no su voz. Es él, pero no su encanto. Es él, pero no sus ojos, nariz, boca. Todo el cuerpo es él, sin serlo del todo. ''Perdona. Te confundí'', le dice al ahora extraño. ''No se preocupe. A todos nos pasa'' y el hombre se va alejando, sin quitarle la vista de encima a la chica, hasta que ella cierra lentamente la puerta del compartimiento aún llorando.

Una vez dentro, vuelve a sentarse, casi inmóvil, con la espalda bien apoyada en el asiento, la mirada húmeda fija en la ventana. Las lágrimas cada vez más pesadas caen en desorden sobre su regazo. Pasados unos minutos, se inclina para recoger el libro y la carta, no sin antes releerla, antes de guardarla. ''Somos uno'' dice con la voz quebrada. Apoya las manos sobre el libro y se queda mirando el árido paisaje. El tren avanza lento, pero avanza.

07 mayo 2010

¿Nos tomamos un café?





Pasa todo el día con un único pensamiento en la cabeza: él. Tiene exactamente 14 días reuniendo el coraje necesario para enfrentarlo y confesarle que le gustan sus ojos café claro donde puede verse reflejada, de sus cejas pobladas que ya muestran algunas canas, de la frondosidad de su barba, de sus chistes malos que a la larga resultan buenos, de su ternura escondida que solo conocen sus gatos, de su estatura abrazable y de su exactísima impuntualidad.

El día transcurre exacto en sus horas y minutos, hasta que se detiene a las 4:00 p.m, momento en el que ella apaga la computadora, se despide de sus compañeros de trabajo y se dirige al ascensor hasta la planta baja.

Cuando sale a la calle, lo divisa parado de espaldas a ella, en la esquina: lleva una camisa beige de mangas cortas y unos pantalones azul marino. Lleva el cabello más corto que la última vez que se vieron. Tiene las manos en los bolsillos y observa distraído a la gente pasar. Ella se acerca lentamente. Cuenta sus pasos, sus respiraciones, los latidos de su corazón; tiene preparadas las frases, todo en orden en su cabeza, pero cuando él se da la vuelta y le sonríe con esa sonrisa tan pícara y tímida a la vez, ella pierde el aplomo y todo por dentro se derrumba por primera vez esa tarde. Va a su encuentro, la besa y saluda con un ''hola'' amigable y tierno. Ella lo observa y escucha atenta. Trata de mantenerse en calma, pero algo dentro de ella ebulle. Quiere abrazarlo, besarlo, decirle que sabe que vale la pena, que intenten algo o todo, pero eso sí: juntos.

Él le cuenta las anécdotas del día, qué hizo, qué no hizo antes de venir a buscarla. Increíblemente para su espíritu naturalmente tímido y reservado, lleva todo el peso de la conversación y habla y habla y vuelve a hablar. Ella lo escucha atenta, aún en ebullición interna; sin embargo, en un punto del monólogo, se oye interrumpirlo: ''Tengo algo que decirte''. Él sonríe y pregunta, como si esperase la revelación de un secreto milenario: ''¿Qué?''. Ella se acerca lo suficiente. Está temblando por dentro, por fuera, perceptible e imperceptiblemente. La respiración se entrecorta y la ansiedad le hace latir con rapidez las sienes. La agonía de los 14 días anteriores a ese encuentro está por terminar. De no sabe dónde, le sale la voz trémula: ''¿Nos tomamos un café?''. Él la mira entre perplejo y divertido y una risotada, que ella recordará por siempre, se le escapa. ´´Estás más que loca´´, dice convulsionado por la risa. ´´Tanto drama para un café´´ y la empuja suavemente para que reinicien la tarde en el punto exacto donde la dejaron.

Lo que queda de ese día transcurre dulce y tranquilo para él, pero para ella nada tiene ya sentido. Un caos interno se instaló en su corazón en el mismo momento en que se dejó vencer por la cobardía. Siente como se va destruyendo poco a poco por dentro, como si un desastre natural de terribles proporciones la asolara. Lo que ella ignora en esta etapa temprana de su vida es que esa sensación no la abandonará jamás y esa pregunta, maldita pregunta salida de no sé sabe dónde, será el eco fantasmal que la atormentará durante años sin término: ´´¿nos tomamos un café…?’’.

17 abril 2010

Un cuento sin pretensiones



Para los tantos lectores que pidieron un cuento así.



El amplio auditorio luce atestado de gente. Hay ruido, gente que habla tal vez demasiado alto y una horrible música de fondo que en vez de tranquilizar, altera.
La chica lleva cerca de 20 minutos sentada en la misma posición: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, mientras que el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón. Así de inmóvil espera a que la obra comience o que él aparezca. Lo que ocurra primero dependerá ya del propio destino.
Mientras, en la entrada, él permanece en la fila. Espera por el acomodador para que le indique su asiento. Tiene aproximadamente unas 20 personas por delante que no cesan de hablar. Tanto ruido y él tan intolerante. Si no hubiera sido porque quería ver a la chica, no se hubiera sometido a esa tortura. Detesta el bullicio, las aglomeraciones, el sólo hecho de salir de la comodidad de su casa.
Aguarda sin ganas. Sólo hay un acomodador, lo que hace más lento todo el proceso. 19, 18, 15 personas por delante. Sigue descontando gente a medida que se acorta la distancia entre él y la entrada. 14,12, 9 personas por delante. Respira hondo y cierra los ojos por segundos. Cuando los abre, una fuerte oleada de aburrimiento con hastío lo inunda. ‘’Ya llego’’, dice en voz baja. Sólo queda una persona por delante. Cuando finalmente llega su turno, no espera a ser conducido por el acomodador. ´´Sé muy bien donde queda mi asiento´´, miente y camina veloz en busca de la chica, que lo espera sentada en la misma posición que hace 40 minutos. Recorre las hileras de asientos hasta hallarla. Cuando la encuentra, se detiene a pocos pasos detrás de ella. La contempla: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón; los rizos disparejos caen blandamente sobre la espalda, la cintura estrecha, las angostas caderas. Se acerca lo suficiente hasta posar su mano en el hombro derecho de la muchacha, se agacha y susurra en su oído: ´´Aquí estoy’’. Ella inclina la cabeza y atrapa por segundos aquella mano entre su cuello y su hombro. Levanta la vista y lo observa: pálido, aburrido y hastiado es su primera lectura. Dulce, tranquilo y tímido la segunda, que es la que más le gusta cuando se ven. Él se sienta a su lado y la abraza. Ella se hunde, como tantas otras veces, en aquellos brazos. ´´Pensé que no vendrías´´, confiesa y lo besa, primero en la mejilla, después en los labios. ´´Casi no´´, replica y esboza una media sonrisa.
Las luces del auditorio se van apagando lentamente. La pareja se acomoda en sus asientos, entrelazan sus manos y se disponen, como muchas otras veces, a disfrutar de la función.