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20 noviembre 2009

Medusa



Fue como si hubiese estado esperando todo el tiempo por encontrarla. Su cabello lo tomó por sorpresa: nunca había visto tanto en su vida.
Pensó que debía refugiarse en el pesimismo que lo había acosado durante años…aunque de noche él se despertaba y pensaba en ella y en la inmensidad de su cabello. No era posible. Mujeres así no existían; sin embargo, ella parecía muy real.
El día que se conocieron hablaron poco. Había mucha gente y casi no se podían escuchar. Ella dijo su nombre, pero él no lo entendió. Él se presentó y para su sorpresa, lo repitió correctamente.
A él le pareció que ella estaba más interesada en los hielos de su bebida que en entablar una conversación, así fuera superficial. ‘’Es como todas’’, pensó, ‘’sólo que con más cabello’’. Decidió no prestarle más atención.
El resto de la noche lo pasaron rodeados de humo, ruido, bebidas, música estridente y conversaciones monosilábicas.
No se volvieron a ver en algún tiempo, después de aquel primer encuentro.
Él venía deshecho. Tenía una profesión que adoraba y que parecía ser lo único que funcionaba en su vida, de resto, todo era tinieblas.
Atraía a las mujeres como moscas. Era hermoso, pícaro y sensual. Pero esa apariencia era la máscara que lo protegía. No quería involucrarse porque venía herido, sin fe, derrotado.
Su pesimismo se había acentuado y se sentía viejo, cansado. Sangraba. Estaba herido. Nunca había sido un hombre de fe, por eso no creía que encontraría a alguien que lo rescatase.
Una noche, en su cuarto, con un vaso de vino que había sido vaciado y llenado repetidas veces, se vio rodeado por aquel cabello. Se durmió convencido de haberse enredado en aquel océano ajeno.
Ella se había despreocupado hacía mucho tiempo del tema amoroso. Sus amigas seguían quejándose y repetían en diferentes idiomas las mismas frases: ‘’los hombres son todos iguales’’; ‘’sólo piensan en sexo’’. Se escurría del tema cuando empezaba a escuchar la misma historia.
Los días iban transcurriendo para ambos con 24 horas para hacer lo que quisieran: intentar salvar el mundo, pintar un cuadro, escribir cartas, hacer llamadas, etc.
Tiempo después se volvieron a encontrar. Él la vio antes de que ella pudiese divisarlo. De nuevo el panorama se repetía: humo, ruido, música alta y mucha gente intentando parecer simpática e inteligente. Se había prometido no volver a esas fiestas estúpidas en las que no conocía a nadie o a tan sólo a unos pocos y donde todos terminaban intercambiando teléfonos para espantar la propia soledad. Tal vez en el fondo era tan tonto como esas personas. Jugaba el mismo juego, a final de cuentas. También se sentía solo, al menos lo reconocía. Y eso lo separaba del resto. Pasaba de un pensamiento a otro cuando la vio. ¿Qué haría ella en una fiesta así? Los lentes le daban un aire de intelectualidad que no encajaba bien en aquel ambiente.
Su bebida se había acabado y se dispuso a sortear la marea humana para llenar su vaso de nuevo. Tratar de forzar al destino a llevarlo hasta ella.
Ella sonreía y parecía disfrutar de la conversación de los que la rodeaban. La verdad es que estaba fastidiada. Guillermo, un amigo, la había arrastrado a la fiesta porque no quería ir solo. Había sufrido uno de esos arranques de insistencia repentina y la había acosado durante días para que lo acompañase. Ella no había podido rehusarse. Le debía una. Tuvo que aceptar, pero inventaría la forma de escaparse y de darle cualquier excusa para irse.
Dijo que iría por más vino y se escabulló hasta el jardín. Al menos las plantas estaban en silencio y podía darle tregua a su animadversión al humo de los cigarros. Se sentó al borde de la piscina a observar el reflejo de su rostro infantil y a mojar la punta de los dedos en el agua. ‘’Una hora más y me voy’’, pensó.
Él intentaba una huída. Ya era demasiado: demasiado ruido, demasiados estúpidos juntos, demasiado humo. Pero se equivocó de camino y terminó en el jardín. La vio. Ella alzó la mirada. Otra vez la sensación: su cabello rodeándolo. Una medusa de los tiempos modernos. Ella se levantó. Lo reconoció. ‘’El idiota monosilábico de la otra vez. ¿Por qué todos los hombres bonitos son imbéciles?’’, pensó.
Él se acercó. ‘’Hola, no sabía que también estabas aquí’’, mintió. ‘’¿Te acuerdas de mí?’’. ‘’Ajá’’, dijo ella y el viento venido de ninguna parte agitó suavemente su cabello. No parecía ser verdadero y sin embargo lo era, como ella misma, que tampoco parecía ser verdadera.
‘’Romano, ¿verdad?, el diseñador. Trabajas con Mario, si no recuerdo mal. Fue él quien nos presentó’’.
Él se quedó atónito. Al parecer el exceso de cabello no limitaba su capacidad para almacenar datos. Se avergonzó por no recordar su nombre.
‘’Buena memoria’’, se limitó a decir. ‘’Aguasanta’’, dijo ella cortante.
‘’Aguasanta’’, repitió él obediente. ‘’Pero Mario no vino, ¿cierto?’’. ‘’No. Sin embargo tuvo la amabilidad de mandarme a Guillermo para arrastrarme a esta fiesta’’, dijo ella riéndose de su propio chiste que él no entendió ni se esforzó por hacerlo. Estaba muy entretenido con los miles de movimientos que ejecutaban sus manos cuando hablaban. Lo estaban mareando. Tuvo que respirar hondo y ella lo interpretó como fastidio.
Intercambiaron otras palabras, dotadas de más sentido. Él sentía la misma punzante sensación. Esta medusa era real y provocaba sentarse a contarle todas las desgracias propias y ajenas y hundirse en aquel mar de cabello. Toda ella invitaba al descanso.
Cuando la impresión se fue disipando y él volvía a centrarse en la conversación, fue interrumpido por la estruendosa voz de Guillermo.
‘’¡Te encontré! ¿Vamos para adentro? Hay alguien que quiero que conozcas’’, le dijo el intruso a la medusa. Ella sólo balbuceó algo que él asumió como una disculpa y cuando parpadeó, ya no estaba.
Volvió a la fiesta. Se vio rodeado de algunos conocidos. Cuando pudo escaparse, se puso a buscarla discretamente. La fiesta estaba decayendo, por tanto, era fácil movilizarse entre los sobrevivientes. Sólo que ella ya no era uno de ellos.
Regresó a su casa. Se quitó la ropa y se tiró boca arriba en la cama. La luz apagada. El cansancio reclamando territorio. La mirada fija en el techo. ‘’Pareciera que estoy destinado a encontrarla en fiestas estúpidas, como si fuera una aparición’’, pensó. Comenzó a respirar profundamente para invocar el sueño. Se suponía que era una terapia zen. En realidad no importaba. Necesitaba dormirse.
‘’Romano’’, se oyó a sí mismo repitiendo su nombre, de la misma forma correcta, espontánea y cortante que ella. Parpadeó. En otro lado de la ciudad, Aguasanta sentiría una suave brisa que le rozaría la cara, sin saber que sería el suave parpadeo de él, en la noche, mientras la pensaba.
Logró dormirse con la misma sensación de aquella otra noche: convencido de haberse enredado en aquel océano ajeno.

01 noviembre 2009

Café para dos




Recorre con sus dedos los finos rasgos de la chica que reposa en el sofá. Le retira con dulzura algunos cabellos de la cara y la observa con devoción. ''Eres tan frágil'', susurra. Se levanta y se dirige hacia la ventana. El cielo amenaza con romperse en cualquier momento, hay una brisa demasiado fuerte que agita los vidrios de la casa. Cierra las ventanas con cuidado, baja las persianas y se dirige a la cocina. Prepara el agua para el café. Ni mucha ni poca. La justa para dos tazas. El piso de la cocina está manchado, así que mientras se calienta el agua, aprovecha de limpiar y ordenar un poco, solo lo necesario. No quiere estar mucho tiempo separado de su chica, en cualquier momento pudiera despertar y entonces...


El agua hierve y sirve con esmero el café: una taza con azúcar, otra sin. Se encamina hacia la sala, se sienta en el piso de manera de quedar a la misma altura del sofá. Las tazas a su lado. Levanta la que tiene azúcar y la revuelve, con paciencia y sin hacer ruido. La cucharita no golpea los bordes de la taza, tampoco el fondo. Prueba la temperatura, el punto de azúcar. ''Dulce'', dice en voz baja y observa aquel cuerpo magnífico que reposa en el sofá. ''Eres tan dulce'' susurra y toma la delicada mano de la chica entre las suyas.


''Es hora del café'', le dice al oído. Coloca la taza en el piso, se arrodilla y pasa el brazo por detrás del cuello de la chica. La sangre ya está seca. Su mano se pierde en la maraña de cabello. Va deslizándola con cuidado hasta sentir la hendidura, profunda, grave. ''Ya no duele'' dice y aproxima el rostro hasta los labios inertes y pálidos de la muchacha. La besa con demora, recorre los labios fríos con su lengua. La abraza. ''Ahora estás a salvo entre mis brazos. Te protegeré siempre'' y la aprieta más contra si. La deposita con suavidad en el sofá. La observa detenidamente. Le besa las mejillas, el cuello. ''A salvo'' repite y entierra su cabeza en aquel largo cabello y le recorre el rostro con la mano. ''Descansa'' susurra y se arrodilla de nuevo para beber el café.