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26 marzo 2010

En caso de emergencia


Aletargada en el desvencijado sofá de la sala, la chica mira televisión. Hace ‘’zapping’’ por todos los canales. Ningún programa la atrapa más de tres minutos. Bosteza. El reloj marca las 9:30pm. Tiene hambre, sí, pero también mucha pereza de ir hasta la cocina a prepararse algo. Bosteza nuevamente. Apaga la televisión y justo cuando decide ponerse a leer un libro cualquiera, el conocido bip-bip del celular anuncia que llegó un mensaje. ´´Panquecas en mi casa a las 10. Habrá helado también, a pesar de este frío’’. La chica sonríe. Responde en el acto: ‘’¡Allá voy!’’. Se anima inmediatamente: panquecas, seguramente acompañadas de chocolate caliente, jalea o crema chantilly y helado. Delicia. Se cambia de ropa y se abriga bien. Sale de casa. En escasos 10 minutos camina las 12 cuadras que separan su apartamento del de él. Toca el timbre: 4to B. ‘’¿Quién es?’’ pregunta la tan familiar voz. ‘’Tu invitada interestelar’’ responde ella. ‘’¡Ah! ¡Volaste! ¡Todo por una panqueca!. Ya bajo’’ y lo oye reír. El viento frío la hace tiritar. Se esconde aún más en el abrigo azul que le llega a los tobillos. Él demora cinco exactos minutos en bajar. La observa. Se ve tan pequeña y más ahora en invierno. Le sonríe tiernamente y le abre la puerta. ‘’¡Casi me congelo!’’ le espeta y apoya la cabeza en su pecho. ‘’Exagerada. Tardé cinco minutos solamente’’ y la abraza fuerte, como si quisiera transmitirle el calor de su cuerpo de gigante. En cuanto suben por las escaleras, él le informa de los otros invitados: Mauro, el chico que trabaja con él y Otto, el que se mudó hace poco a la habitación con vista al parque. ‘’Afortunado ese chico’’ dice ella. ‘’Tiene la mejor vista del mundo’’. ‘’Sí, es cierto’’, concuerda él. Al llegar al departamento, él se dirige a la cocina y ella se queda el tiempo necesario en la sala para sacarse el abrigo, los guantes, la bufanda. ‘’Maldito invierno’’ bufa y se contempla en el espejo: se ve pálida y delgada e incluso con ojeras. ‘’Debí haberme maquillado’’ piensa y suspira. Se encamina a la cocina y abre sigilosamente la puerta: él está ya haciendo más mezclas para panquecas; Mauro fuma en la ventana y la saluda con una leve inclinación de cabeza y un ‘’hey’’ agringado y soso; sentado en la mesa, con los platos listos para ser servidos, está Otto. Ella lo detalla de inmediato: el cabello casi ralo le acentúa los duros rasgos; los ojos verdes serpiente le dan un aire aún más frío y la boca de labios finos denota las mil posibilidades de malicia que encierra su alma. Sin embargo, ella lo observa más de una vez. Es un tipo realmente hipnótico. Le extiende la mano y se presenta. Otto hace lo mismo, sólo que retiene entre sus manos la de ella, por varios segundos, un tanto eternos. ‘’Un placer’’ y de aquella boca maliciosa emana una voz gruesa que se oiría a miles de kilómetros incluso si hablara en voz baja. ‘’¿Qué tal tu habitación?’’ Tienes la mejor vista del mundo’’ y se sienta enfrente de Otto. ‘’No está mal. He visto cosas mejores’’ respondió arrogante. Ella le sonrió inocente, como si esa respuesta antipática no hubiera nunca existido.
Mientras, Otto la observaba. Notó aún antes de que le diera la mano, que tenía dedos largos y finos; notó también el caudal de su cabello mal contenido. Le agradaron sus ojos oscuros y el tono aceitunado de su piel. Pero por encima de todo, le gustó su actitud dulce y contemplativa, como si estuviera siempre fuera del mundo y al que volvía solo de vez en vez.
‘’Ya están listas’’ anunció él triunfante. ‘’¡A comer, chicos!’’ y le sirvió a cada uno las porciones convenidas. Los cuatro se enredaron en una amena charla que se prolongó hasta un poco más allá de las 2:00am. Mauro fue el primero en acusar recibo del cansancio de un día de trabajo, se despidió de todos y ofreció llevarla hasta su casa, para que no se congelara en el camino de regreso. Sin embargo, él se adelantó a la respuesta de la chica y dijo: ‘’Esta chiquilla se queda hoy en casa. Duerme en mi cuarto y yo en la sala’’ y le acarició la coronilla con su mano de gigante. ‘’Bueno’’ dijo ella y sonrió con la misma sonrisa tierna de veces anteriores. Cuando él bajó a acompañar a Mauro hasta la puerta, Otto se quedó a solas en la cocina con ella. ‘’¿Qué conoces de la ciudad?’’ le preguntó y Otto, de nuevo, respondió antipáticamente, aunque ya se había dado cuenta de que ella era inmune al sarcasmo, la ironía o el cinismo, rasgos tan presentes en su propio carácter. ‘’Lo que tengo que ver de aquí, ya lo vi. No es la gran cosa. No creo estarme perdiendo de nada’’ y sus ojos de serpiente centellearon. Ella lo miró y negó con la cabeza: ‘’Esta ciudad es un tesoro en sí misma. Tiene lugares mágicos’’ y le fue enumerando todos los sitios que le parecían fantásticos. Otto no prestaba atención al relato, sino a la forma como ella gesticulaba, a su tono de voz de confidencias, al brillo de encanto de sus oscuros ojos y a su sonrisa dulce. Siempre pensó que las personas ingenuas eran un invento de las mentes febriles de escritores aún más febriles, pero estaba justo enfrente de una y era definitivamente real la suavidad y ensoñación de su carácter. ‘’Tienes que ir al parque…se levanta sobre…hay nubes…y al atardecer, puedes ver…’’ pedazos de monólogo le quedaron el tiempo suficiente para soltarle un ‘’llévame’’. En ese momento, abrió él la puerta y preguntó burlón: ‘’¿Adónde?’’. Ella sonrió y contestó: ‘’Al Parque Eduardo VII, para que vea el ballet de nubes al atardecer’’. Él rió y le dijo risueño: ‘’¡En una nube estás tú siempre!’’, la besó en la frente y continuó: ‘’Chicos, con su permiso, el cocinero se retira a su sala de dormir’’ e hizo una reverencia y los dejó de nuevo solos, frente a frente. Ella lo observó una vez más y después de una prolongada pausa, le dijo: ‘’También me voy a dormir. Si quieres, vamos un día de estos al parque’’ y antes de que Otto pudiera responder, ella ya se había levantado y dirigido al cuarto. Justo cuando iba a cerrar la puerta, Otto colocó su mano para evitar que se cerrara: ‘’Quiero ir mañana mismo. ¿Cómo hacemos?’’ y sus ojos de serpiente titilaron ansiosos. ‘’Uhmm’’ vaciló ella. ‘’Dame tu número’’, ordenó y ella apoyó la cabeza en la puerta entreabierta, le sonrió y le dijo: ‘’Solo doy mi número en caso de emergencia o desastres naturales’’ y fue cerrando lentamente la puerta. Cuando la cerró del todo, lo oyó susurrar: ‘’Entonces mucho me temo que tendré que crear un terremoto pronto’’ y toda la casa quedó finalmente en silencio.

3 comentarios:

iani-f dijo...

suspiro...

Jennie dijo...

Che! Me encanta!

Bora dijo...

Muy lindo Alex. Te describe tal cual sos...Una mujer dulce