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11 abril 2012

Por primera vez






En la vieja camioneta espera paciente. Se protege tras unos innecesarios lentes oscuros. En su mano izquierda agoniza un cigarrillo y en la derecha un mate lo ayuda a calentar el cuerpo. Chupa con fruición y observa el café de enfrente: Barrabás. Nombre interesante para un lugarcito de tan poca monta. Al fondo, está la chica. Imposible que en pleno invierno esté vestida de rojo. La ve pedir un café chico con crema, añadir tres bolsitas de azúcar y tomárselo lentamente. La ve hojear el periódico sin interés. Vuelve a cerciorarse de que es la misma muchacha: observa la foto y a ella. No hay dudas. Es la misma. Lleva lentes y el pelo largo castaño cae benévolo y sin desorden sobre los hombros. Desde que entró al café no se ha quitado el gorrito invernal. Tiene un aire tierno y a la vez feroz. O tal vez son solo sus impresiones. En el asiento del copiloto reposa su vieja arma calibre 22. La agarra con cuidado y verifica que esté lista para ser usada una vez más. Enciende el segundo cigarrillo. Nadie ha notado su presencia. Se ha mimetizado de tal forma con ese paisaje urbano que es un anónimo más. Da una pitada larga y humeante. Observa a la chica pedir la cuenta. Se acomoda en el asiento y enciende el motor. La chica paga la cuenta y se levanta con calma. La observa cuando se coloca el abrigo, esconde el mar de cabello en el gorrito invernal, se cuelga la cartera y protege las manos con los guantes. Él respira hondo. La ve salir del bar. Toma el arma y apunta con disimulo y perfección a la cabeza. En todos estos años, nunca ha fallado. La chica está parada frente al bar. Se arregla el abrigo más por coquetería que para resguardarse del frío. Levanta la vista y ve por segundos el arma que la apunta directamente y justo detrás, ve al hombre que la sostiene. Clava la mirada con desparpajo en los lentes oscuros y se ve reflejada perfecta y exacta en ellos. Por primera vez en tantos años de ejecutar gente por dinero, le tiembla la mano, se agita incómodo ante la inesperada maldad de aquella mirada penetrante. La muchacha se quita el gorrito y todo su cabello de medusa cae sin prisas y se señala la frente con el índice: ‘’Aquí. Justo aquí’’, la ve decir. Él sigue temblando y deja caer el arma, presa del pánico, por primera vez en tantos, tantos años. Sube torpemente la ventanilla de la camioneta cuando la ve dar un paso hacia él, como un animal listo para cazar a su presa. Suelta el freno y arranca sin importarle nada, solo su vida, estar a salvo, por primera vez. La última visión aterradora de aquella chica de apariencia común y frágil es la de verla correr detrás de la camioneta y señalarse la frente repitiendo: ‘’¡Aquí. Aquí!’’. Después de varios kilómetros y con el corazón a punto de estallarle, se detiene y envía un mensaje de texto con la primera mentira de toda su carrera de sicario: ‘’Listo. Justo en el medio de la frente’’. Se lleva la mano derecha al pecho y se desvanece sin haber cumplido su última misión.

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