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08 marzo 2015

Mischa



Se aburre. La clase apenas empezó y ya cuenta los minutos para que termine. No logra entretenerse con nada. Escribe sandeces en su cuaderno. Intenta dibujar. A veces mira a la profesora y asiente, para dar la impresión de que está prestando atención, pero está a kilómetros de distancia.
Al cabo de unos minutos siente que vibra su celular. Disimuladamente, lee el mensaje: ‘’Mischa tuvo un pre-infarto. Estamos en el San José’’. Abre desmesuradamente los ojos y lee de nuevo el texto. No entiende cómo alguien puede tener un pre-infarto a sus 27 años. Recoge sus cosas y se levanta. ‘’¿Pasa algo?’’ pregunta la profesora. ‘’Una emergencia…inesperada’’ responde, sin lograr dar con el adjetivo correcto y huye del salón. ‘’Buen timing, Mischa’’, piensa.
Llegar al hospital San José, al otro lado de la ciudad, es un viaje; o más que un viaje, una odisea, así que se arma de paciencia. Serán cerca de dos horas y media de camino, pero no tan aburrido como estar en clases, de esto está segura. Durante el trayecto piensa en Mischa, ese ser a ratos adorable, a ratos detestable, que comparte con ellas su apartamento de estudiantes. Muchas veces pensaba en lo mal que habían hecho en alquilarle el cuarto. Pero él había llegado con su perfecta sonrisa y su estampa también perfecta de estudiante de medicina del último año y las había cautivado. Una lástima. Ella aún se arrepiente y sabe que Susi también, aunque no lo confiese.
Cuando llega al hospital, se queda unos minutos observando la imponente estructura de los años 20 que se conserva tan impecable, a pesar del escaso mantenimiento. Camina por el amplio pasillo de paredes de cal blanquísima hasta llegar a emergencias, donde está Susi, viendo por al amplio ventanal, como hipnotizada. ‘’Su’’, dice. La chica da un respingo. ‘’¡Me asustaste! No te sentí llegar’’ responde, al tiempo que la abraza. ‘’No entiendo aún lo del pre-infarto…¿qué estaba haciendo? ¿Cómo pasó?’’. Susi la observa y se encoge de hombros. En vista de la ausencia de respuesta por parte de la muchacha, continúa preguntando: ‘’¿Podremos verlo, al menos? ¿Está muy mal? ¿Qué dijo el doctor?’’. ‘’No sé. Está en terapia intensiva. Te estaba esperando para que habláramos con el médico. No tengo mucha idea de qué hacer en estos casos. Nunca me había tocado algo parecido’’. Ambas se encaminan entonces hacia la recepción del hospital donde una enfermera gorda y con cara de eterna fatiga las recibe sin ganas y las hace pasar al consultorio del doctor de guardia.
Un hombre de unos 50 años, semi calvo, de cara redonda, llena de pecas, las recibe. ‘’¿Son ustedes familiares de Michael Gunther?’’ pregunta. Susi responde: ‘’No. Es nuestro compañero de apartamento. Le alquilamos una habitación’’. ‘’Entiendo’’, continúa el médico,  ‘’por tanto, ¿de su historia clínica conocen algo?’’. ‘’No’’, responden ambas a coro. ‘’El señor Gunther…¿usa drogas?’’ indaga el hombre. Las chicas se miran. ‘’No que sepamos’’, responde Susi de nuevo. ‘’Doctor…queremos saber si va a estar bien, si tiene opciones de recuperarse o si tenemos que hablar con la embajada alemana para que contacte a su familia. Esas cosas. ¿Entiende?’’. ‘’No creo que pase nada más grave de lo que ya pasó, dados los exámenes preliminares y la juventud del paciente. Estará en observación un par de días, a lo sumo, y dependiendo de su evolución, lo pasaremos a una habitación normal. Las mantendremos al tanto’’. Las chicas salen del consultorio y se dirigen a la salida.
‘’¿Drogas? ¿Qué hizo anoche este tipo para terminar hoy en este estado?, pregunta. Susi la mira: ‘’No es la primera vez. Lo intuyo. Mischa camina al filo. Quiere y no quiere salvarse. Quiere y no quiere morirse. Quiere y no quiere la vida’’. En silencio, regresan a casa.
Se turnan para ir al hospital: de mañana una, de tarde otra; hasta que Mischa mejore y lo pasen a una habitación normal, milagro que ocurre por fortuna al término del segundo día de estar en terapia intensiva.
Un mensaje temprano de mañana despierta a Susi: ‘’Su, si alguna viene hoy, ¿me traería mis revistas porno? Están debajo del colchón. Besos. M’’. Lee dos veces el mensaje sin creerlo del todo. Sale de su cuarto y va al de Amanda, quien se está alistando para ir a la universidad. ‘’Lee esto’’, le ordena. Amanda resopla. ‘’Típico de él. Ni siquiera un ‘buenos días, qué tal están, gracias’. NADA. Lo peor no es eso. Lo peor es que una de las dos irá a llevarle ¡las putas revistas!’’. Ambas ríen.
El resto de la semana, siguen con sus turnos de enfermeras improvisadas. Mischa recupera los ánimos, el color, come de mejor gana la horrorosa comida del hospital y se muestra amable con ellas, como si de verdad las apreciara y agradeciera sus cuidados. Al octavo día, la tan esperada noticia del alta médica le saca a Mischa la única sonrisa verdadera de sus 27 accidentados años. A las 12:00pm del día 12 de abril, Michael Gunther podrá abandonar el hospital, rumbo a casa. ‘’Estaré listo a las 11:00. Esperándolas’’, les dice, al tiempo que las abraza, como si fueran sinceros esos abrazos y estuviera feliz por haberse salvado del destino, una vez más.
El día pautado, Amanda y Susi llegan al hospital, con algo de retraso, inusual en ellas. Entran corriendo y preguntan en recepción por Mischa. La enfermera de turno les indica que el señor Gunther abandonó el hospital por sus propios medios, después de recibir los papeles del alta, a las 10:10am. Las chicas se miran entre sí. ‘’¡Imposible! ¡Le daban de alta a las 12:00!’’ exclama Amanda. La enfermera le clava la mirada: ‘’Mire joven, si el paciente recibió el alta médica, no hay motivos para retenerlo. ¿Necesitan algo más?’’.

Durante las dos horas y media que les lleva volver a casa, llaman incesantemente a Mischa y solo reciben el mensaje de la contestadora de su celular. Una vez en el apartamento, Amanda dice: ‘’Mischa, ¿llegaste? Fuimos al hospital a buscarte’’. Pero no recibe respuesta. Más perplejas que antes, entran al cuarto del chico: vacío. La estantería de libros vacía. La cama vacía. El closet vacío. La cómoda vacía. Solamente sobre la mesita de noche está una foto del último cumpleaños de Amanda, la única donde están los tres: Amanda, Susi y Mischa, abrazados, sonrientes, con gorros de un carnaval de fantasía. Felices. 

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