Nunca la quisieron. No fue un odio dramático, de novela, sino uno más fino, más constante: una aversión que se instala como humedad en las paredes y ya nadie discute. Ella tampoco ayudaba. Tenía esa forma de mirar que parecía evaluar defectos invisibles, y una lealtad ciega —casi religiosa— hacia su hijo favorito, el padre de las niñas, a quien trataba como si el resto del mundo fuera un error administrativo.
Las niñas, por supuesto, eran parte de ese error. Hijas de la ex mujer. De “la niñita bien”, como ella la llamaba, con ese desprecio cuidadosamente dosificado que solo los adultos creen que los niños no entienden.
La escena ocurrió una tarde cualquiera, en la casa del hijo favorito. La señora apareció con un plato de duraznos. No era un gesto de cariño; era más bien una imposición envuelta en apariencia de generosidad.
—Coman —ordenó, como si estuviera cumpliendo un deber moral.
Una de las niñas negó con la cabeza. No le gustaban las frutas. No muchas, al menos. Pero la señora insistió. Insistió con una paciencia sospechosa, con una firmeza que no dejaba margen para la negociación. Y la niña, como hacen los niños cuando entienden que no hay salida, aceptó.
Tomó el durazno.
Primer mordisco.
Nada.
Segundo intento, interrumpido.
Porque entonces los vio.
Tres gusanos. Amarillos. Con la cabeza roja, como si alguien se hubiera tomado el trabajo de pintarlos. Asomaron por los pequeños túneles que habían cavado en la pulpa, con una parsimonia obscena, como saludando.
La niña escupió. El durazno cayó al suelo con un ruido húmedo y definitivo. Después vino el escándalo: gritos, arcadas, una indignación desproporcionada, pero perfectamente justificada. Porque hay cosas que no necesitan explicación, y morder tres gusanos simultáneamente es una de ellas.
La señora dijo que no los había visto.
Nadie le creyó.
Años después, la historia se contaba como una prueba irrefutable. No de negligencia, no de mala vista. No. De intento de asesinato. Un intento torpe, sí, pero cargado de una intención que, según ellas, siempre había estado ahí.
Porque hay muchas formas de odiar. Algunas son silenciosas. Otras, en cambio, vienen rellenas de gusanos.
