’Es mejor romperse el corazón que no
hacer nada con él’’. Una vez discutí esta frase con un amigo. Él, más
reservado, inglés, me dijo que prefería una frase de Nietzsche que había puesto
yo en un correo: ``Es mejor dejar pasar las cosas y dejar que el tiempo
resuelva las dudas’’. Me reí, le dije que era un cobarde, él me dijo suicida.
Ahora lo entiendo, sin embargo. Debí haber pensado más en lo que me dijo, en la frase
también, suelo no reflexionar mucho sobre algunas cosas...capaz y si lo hago no darían
resultado, no me traerían nada bueno, pero tal vez me ahorrarían el llanto...
30 marzo 2014
06 marzo 2014
Nunca fue
Para Ale.
"Ves
cosas y dices, ¿por qué? pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, ¿por qué
no?."
George
Bernard Shaw.
Está por terminar de cantar la antepenúltima
canción cuando, entre la bruma del humo de mentira del escenario y la de los cigarrillos
de los asistentes, cree ver a Paula parada, al fondo del bar. Siente un nudo en
el estómago: ``¡Así que después de un año reaparece esta hija de puta!``,
piensa y de su rabia pierde por momentos la concentración y el ritmo. Su primo el bajista lo mira con disimulo.
Iván se seca el sudor de la frente y trata con esfuerzo de recomponerse y continuar, como si Paula no estuviera ahí,
mirándolo, desde el fondo del bar.
Termina la canción con dificultad y le anuncia
al público que solo resta una más antes de terminar el show. Sus amigos, de
pie, cerca del escenario, empiezan a pedirle el tema favorito, el que les gusta
a ellos, el que tal vez les gusta a todos. Saltan, gritan abrazados, como si
estuvieran en un concierto multitudinario y no en el mismo bar de siempre,
adonde asisten todos los veranos a verlo. Corean frenéticos, y buscan apoyo
entre la audiencia que desconoce el repertorio. ``¡The Wolf! ¡The Wolf!``
gritan con más ahínco al tiempo que agitan brazos y piernas. ``¡Cántate The Wolf,
Iván!``. El chico ríe con unas ganas forzadas, sin perder de vista a Paula, que
se ha ido acercando al escenario despacio, abriéndose paso entre la
aglomeración de gente.
``Bueno, ¡calma! Cantaremos, para cerrar, el
tema pedido. ¡Para ustedes va The Wolf!``, dice y empiezan a tocar. El público
corea alguna que otra estrofa y delira. El porro, la cerveza y el humor alegre
de la noche, crean un ambiente idóneo para seguir la fiesta y continuarla hasta
que los jóvenes cuerpos aguanten.
El muchacho, sin embargo, canta sin estar del
todo allí, en el escenario. Se siente inquieto, además de sentir que la rabia
lo va absorbiendo a cada paso que Paula da, de cara al escenario. Ella sigue,
por su parte, avanzando y observando, uno a uno, a los cuatro integrantes de la
banda, hasta detenerse en Iván.
Termina la canción y el precario telón de fondo
de terciopelo rojo se corre, para dar tiempo a que puedan retirar los
instrumentos y suba a escena la próxima banda. Afuera, el público pide otro par
de canciones, cualesquiera. Se escuchan aplausos, gritos, y cada tanto un
``¡ooootra, oooootraaaa!`` potente.
Iván salta del escenario por la parte de atrás,
sin prestar atención a su primo que no entiende lo que está pasando y le hace
preguntas sobre su comportamiento, sin recoger los instrumentos ni su micrófono
favorito y sin responderle al baterista que pregunta: ¿Nos tocamos un par más,
pero del nuevo disco?``.
Presa de su propia furia, el chico aparta a sus
amigos, que van a abrazarlo y a festejar con él el éxito del concierto, esquiva
al público y va tras Paula. ``¡Maldita perra! ¡Me vas a oír!’’, piensa. Ella lo
ve acercarse y empieza a retroceder. Por primera vez en toda la noche, él observa
que está vestida con la misma ropa que usó el día de su último encuentro y que
tiene el pelo recogido, tal como aquel día. ``¡Enferma!’’ dice en voz alta, sin
percatarse.
Paula sigue retrocediendo, e intenta
confundirse entre la gente. Iván siente que pelea contra una marea de desconocidos,
que le impide llegar hasta la chica, y contra sus propios sentimientos de rabia
y de emoción por verla.
Cuando Paula llega a la puerta de entrada, se
da la vuelta y lo enfrenta. Está a escasos pasos de ella. Intenta entonces
asirla de un brazo, pero ella es más rápida y huye, diáfana, ágil y exacta,
para perderse en la noche. Iván logra salir y corre hasta la esquina. Ni
rastros de Paula. Se cruza a la acera de enfrente y la busca, también sin
éxito. ``¡Imbécil, hija de mil putas!`` grita. Regresa furioso al bar, donde lo
esperan los músicos y sus amigos. Lo ven llegar transfigurado de la rabia. Con
miedo, su primo le pregunta qué pasó, a quién perseguía, qué significaba todo
aquel comportamiento. ``¡La idiota de Paula vino a verme! Estaba en el fondo,
con su faldita de flores y su camisita blanca. ¡La muy imbécil se vistió igual
que aquel día!``. Su primo y los demás miembros de la banda intercambiaron
miradas. Sus amigos hicieron silencio. ``¿Paula?``, preguntaron. ``Sí, sí.
P-A-U-L-A. ¿Acaso no me entendieron lo que dije?’’, estalla. Después de unos
minutos de incómodo silencio, el único que se le acerca es su primo. Le coloca
la mano sobre el hombro, respira hondo y le dice, entre pausas largas y
pensadas: ``Sabes bien que Paula murió hace un año. Es imposible que haya
estado aquí. Paula no está más entre nosotros``. Iván lo mira, con más rabia
aún: ``¡La muy tarada vino a verme!`` reitera, como si no hubiese oído.
Todos se miran, estupefactos. Iván sigue mascullando
improperios, maldiciendo. Tratan de calmarlo unos minutos, hasta que se van
yendo, en tandas, a pedido de su primo. ``Lo siento``, le dice en voz baja,
porque no tenía más nada coherente que decirle. ``Te llevo a tu casa. Vamos`` y
lo conduce suavemente hasta la puerta de atrás del bar, para evitar a la gente
que todavía llena el lugar. Reticente aún, se deja llevar. La rabia lo carcome
de tal forma que tiene dificultad para respirar. Una vez en la esquina del bar,
su primo le pide que espere, de pie, junto con los instrumentos, mientras busca
el auto estacionado a un par de cuadras más allá. Hace acopio de fuerzas y
asiente. Tiene los labios fruncidos de la ira y el corazón que le estalla del
impacto del desencuentro.
Desde la esquina contraria, amparada por la
oscuridad de la madrugada, Paula lo observa. Las lágrimas resbalan lentas y
pesadas por sus mejillas. ``Voy a buscarte siempre, mi amor``, susurra, ``hasta
que podamos estar de nuevo juntos``. Y se pierde, diáfana, ágil y exacta, en la eterna oscuridad de las sombras.
16 enero 2014
Episodios
Ella iba y él
venía. O ella venía y él iba. Aprovechaban cualquier momento para verse, a
pesar de la hora de viaje que los separaba.
En una reunión con amigos se besaron en una
escalera a oscuras. También se abrazaron en alguno que otro sitio público, de
forma furtiva, siempre que pudieron. En una cena, entrelazaron los pies por
debajo de la mesa, con mucho sigilo, para no despertar sospechas en sus
respectivas parejas, ya que ambos pertenecían a relaciones totalmente
irrespetables, por fortuna.
Una vez, en el tren
atestado de gente y en el medio de sus propios amigos, quedaron tan, pero tan
juntos, que su mano descansó todo el trayecto en el bolsillo del abrigo de él,
sus largos dedos enredados con los suyos. Disimulaban tan bien su química que
ni los videntes sospecharían del infierno que los consumía.
En una fiesta en la
casa de él, en la que se perdían adrede por los pasillos y en los cuartos a
oscuras para besarse, llenaron sus manos de papelitos con poemas urgentes,
infantiles y a la vez telúricos.
La noche del tango
en el club, con todos ellos, sus amigos, bailaron el peor tango de la historia.
Con los ojos cerrados, se llevaron por delante a todos, estaban sus cuerpos muy
juntos, las respiraciones perdidas en sus cuellos, los latidos acelerados y los
besos clandestinos. Ese tango culminó con todos sus amigos (y ellos, aunque un
tanto ajenos a todo) sentados a la mesa viendo un espectáculo de bailarines,
pero tomados de la mano, amparados por la poca luz del lugar.
Cuando se les
escapó esa vida juntos y tuvieron que despedirse, hablaron una hora por teléfono.
‘’Gracias por el viento’’, le dijo él, una y otra vez. ‘’Eres el tiempo’’,
respondió ella, una y otra vez. Se dijeron adiós con firmeza, sin prometer
verse, ni encontrarse, a pesar de sí mismos. Nunca más un beso. Nunca más un
invierno juntos. Tampoco noches escondidos entre las sábanas. Nunca más la vida
entre sus brazos.
18 diciembre 2013
De lunes a viernes
Cada uno tiene el
mismo tiempo disponible: dos horas todos los días de su rutina laboral. Han
calculado lo que les lleva salir de sus respectivos trabajos, llegar al metro,
subirse, bajar en la estación de destino y encontrarse en el apartamento de él:
20-25 minutos.
Cuando se
encuentran, no sólo se abrazan y se besan, sino que se desvisten con ansiosa prisa
y se arrastran el uno al otro hacia la habitación principal, no sin que antes
ella se quite la alianza de matrimonio y él coloque boca abajo, en la mesita de
noche, la foto que tiene con su novia. Una vez que este ritual se cumple, se
acuestan en la cama, muy, pero muy juntos, respiran hondo y simplemente se
entregan al sueño.
Ella siente su
calor y cuando él la abraza por la cintura desnuda, entrelaza sus piernas con
las de ella como aferrándola hasta donde lo permiten los cuerpos para hundirse
un poco en su espalda. Le gusta sentir el suave aleteo de sus pestañas y el
ritmo acompasado de su respiración sobre su hombro, que se humedece
delicadamente, como besado por un cálido rocío. A veces coloca su barbilla en
el hueco entre su hombro y su cuello y le hace cosquillas con la barba en la
piel tierna.
Algunos días
cambian de posición durante el tiempo que les resta y es entonces cuando ella
lo abraza. Descansa su cuerpo a un costado del de él. Olvidan el mundo mientras
sueñan, se toman de las manos, se rozan, vibran, suspiran.
Cuando despiertan,
respiran hondo de nuevo y se miran a los ojos. Él la atrae hacia sí y la
esconde entre sus brazos. A veces ella lo abraza y con la punta del dedo
tembloroso le dibuja círculos en la espalda. Y después de un rato despiertan
ambos del todo. Y entonces todo vuelve a ser la odiosa rutina de siempre. Cada uno
regresa a su vida, después de la siesta, de lunes a
viernes.
05 noviembre 2013
El cuarto
‘’Se alquila cuarto en la zona de Gracia a estudiante de sexo femenino’’.
Mar leyó el anuncio y lo subrayó. Sería el quinto en la lista de habitaciones
para visitar ese día. Siguió leyendo el diario. Anotó tres direcciones más,
antes de salir de casa y empezar el recorrido.
Cuando llegó a la Gracia, observó el edificio desde afuera. Tenía dos
apartamentos por piso solamente, amplios balcones y estaba flanqueado por dos
árboles milenarios, que seguramente lo hacían fresco durante el verano.
Tocó el timbre y esperó a ser atendida. ‘’¿Sí?’’, preguntó una voz
masculina. ‘’Hola, vengo por el anuncio del cuarto’’, dijo. ‘’Bajo ya’’. Cinco
minutos más tarde, Mar subía las escaleras del edificio, rumbo al tercer piso,
escoltada por Stefano, el chico italiano que había publicado el anuncio.
Cuando Stefano abrió la puerta, Mar quedó impresionada con la magnífica luz
que inundaba suavemente la sala del apartamento. El balcón, que no daba a la
calle, sino al río, tenía unas amplias puertas con vidrios de colores, que le
daban un aire juvenil a todo el conjunto.
‘’Aquí vivimos tres personas y estamos buscando a una cuarta’’, dijo
Stefano, con su característico acento italiano. ‘’Dividimos los gastos de
electricidad, gas, agua, entre todos. Lo normal, ya sabes. Se puede traer
visitas, se permite fumar, de hecho, yo fumo’’, dijo, y sonrió seductor, aunque
no lo fuera. Mar escuchó atenta y asintió. ‘’Te muestro el cuarto, que para eso
viniste’’, continuó el muchacho, un poco impaciente y haciendo una mueca, que
denotó todo su sarcasmo.
‘’Está al fondo. Es el cuarto más grande de la casa y tiene un pequeño baño
privado. ¡Todo un lujo!’’. Cuando abrió la puerta de dos hojas, la luz de la
amplia ventana, íntima y melancólica, invitaba inmediatamente al descanso.
Había una cama de dos plazas, una mesita de noche a un lado y un closet
mediano. Mar observó todo maravillada. ‘’Te parece lindo, ¿verdad?’’, le
preguntó Stefano. Y antes de que ella pudiera responder, él mismo se contestó:
‘’Es que es una auténtica belleza. Y tiene una vista impresionante, además’’,
enfatizó. Mar se acercó a la ventana y constató lo que decía el muchacho. La
vista era insuperable. Toda la ciudad cabía en esa ventana, con sus techos
rojos y su vida antigua. La catedral se veía perfecta y el río, al fondo,
completaba el mágico escenario.
Mar abrió la ventana de par en par. Se sintió bañada por la luz del
mediodía. ‘’Excelente sitio para empezar a ser feliz de una vez por todas’’,
pensó. Stefano aguardaba, con los brazos cruzados en la espalda y jugando con
las llaves entre sus dedos. Se le acercó y un tanto ansioso, le preguntó: ‘’¿Y
bien? ¿Te gusta? ¿Te lo quedas?’’. Antes de que Mar pudiera responder, Telma
entró a la habitación. ‘’¡Hola! ¿Viniste a ver el cuarto? ¿Qué te parece? No
menos que hermoso, ¿verdad?’’, dijo y sonrió. ‘’Ella es Telma, una de las
chicas que vive aquí’’, explicó Stefano, que siguió enumerando las ventajas de
vivir en aquel sitio y justamente en aquel cuarto. Telma intercambió una mirada
cómplice con Stefano. A cada frase que él decía, ella agregaba algo más, para
darle más peso a la descripción.
Mar sintió la presión, la urgencia de la decisión. Todavía tenía cuartos
que visitar, no quería apresurarse, pero este era verdaderamente una belleza a
un precio que un estudiante extranjero con poco dinero como ella podía pagar.
‘’Una pregunta, chicos’’, dijo Mar. Telma y Stefano cesaron su parloteo y
la miraron. ‘’¿Por qué ninguno de los dos se mudó a este cuarto, si es tan
maravilloso?’’. Telma soltó una risita nerviosa: ‘’Porque…bueno…la verdad…’’.
Stefano la atajó: ‘’Ya todos, Telma, Inés, que es la otra chica que no conoces
aún, y yo, ya hemos recorrido los cuatro cuartos de esta casa y la verdad es
que nos gusta cambiar’’, y sonrió, forzosamente. ‘’Sí, sí, nos gusta cambiar. Yo
ahora ocupo el cuartito pequeño, al lado de la cocina y me viene bien’’,
explicó Telma de prisa. ‘’Voy a pensármelo’’, dijo Mar. ‘’No lo pienses mucho,
mira que…’’ y antes de que Stefano pudiera terminar la frase, sonó el timbre.
Telma salió de la habitación para responder. Al regresar, dijo: ‘’Dos chicas
están por subir a ver el cuarto. Seguro una de ellas se lo va a querer quedar,
a menos que tú te decidas, ya’’, dijo, enfatizando ese ‘’ya’’ que llegó a sonar
casi como una orden.
Mar parpadeó. ‘’Está bien, chicos. Lo alquilo’’.
Telma y Stefano se miraron cómplices y sonrieron. Stefano extendió la mano y
dijo: ‘’Trato hecho, entonces’’. ‘’Voy a despachar a las otras chicas. Ya
vuelvo’’, dijo Telma y salió triunfante del cuarto. ‘’¿Cuándo tienes estimado
traer tus cosas, Mar’’, preguntó Stefano, ansioso. ‘’El viernes, que tengo
libre, seguro’’. ‘’Bueno, como gustes. Te dejo a solas un rato. Ya vuelvo’’.
Mar recorrió despacio de nuevo el espacio. Quedó satisfecha con su elección. Se
asomó de nuevo por la ventana, respiró hondo y sonrió ante el paisaje.
Cuando se fue, Telma y Stefano entraron al cuarto. Se miraron sin mediar
palabra y movieron la cama de lugar, dejando al descubierto la silueta –ya
ahora negra y ya algo desdibujada- del piso. ‘’Con tal de que no se entere de
lo que pasó aquí, todo bien’’, dijo Telma. ‘’Si se entera, ya tendremos el
depósito y alguna de las mensualidades. No te preocupes. Además, siempre hay
estudiantes extranjeras en esta ciudad en busca de un cuarto’’, añadió Stefano
y sonrió, con la malévola sonrisa de siempre.
11 agosto 2013
El diluvio
Una suerte de
diluvio benévolo cae sobre la ciudad y retrasa su llegada al café de siempre.
Lo lamenta. No tanto porque su involuntaria impuntualidad puede arruinar
espíritus ajenos, sino porque cada precioso minuto que se pierde de estar con
ella es irrecuperable.
Todo él gotea
cuando llega al sitio. Está atestado de gente que espera cese la lluvia. Se
dirige con paso firme, pero sin aliento ya, al último saloncito. La encuentra
en la mesa del rincón, casi en penumbras, con la taza de café entre las manos y
la vista perdida en la nada. Se acerca y se detiene justo enfrente. Como si no
estuviera ahí, la chica continúa con la mirada vacía. ‘’El diluvio y tú’’,
dice.
Él se quita el
abrigo y siente como se le queda pegada la camisa empapada a la piel. De sus
rizos caen gotas constantes, como si el aguacero fuera parte de él también. La
muchacha deja la taza en la mesa y lo
mira: ‘’Vas a enfermarte’’ y le retira el cabello de la cara con
delicadeza. ‘’No lo creo, me gusta mucho la lluvia. Lo que te gusta, no te
enferma’’, responde y toma una de aquellas manos tan femeninas para besarle la
palma. Ella sonríe. ‘’Tienes razón’’ y le devuelve el beso, solo que en la
boca. Se besan un tiempo largo, como si fueran adolescentes, como si el resto
del mundo no existiera, como si besarse fuera la vida. Al separarse, se toman
de las manos. Ella se quita el anillo de casada y él hace lo propio con el
suyo, como pasa siempre cada vez que se encuentran.
‘’Tengo algo que
decirte y no te va a gustar’’, dice ella y apoya con ternura su frente contra
la de él. El chico respira hondo. Lo que sea, no quiere oírlo, saberlo,
sentirlo. Ella lo mira y suelta la noticia: ‘’A mi marido lo trasladan al
interior por tiempo indefinido’’. Un silencio largo y triste se instala entre
ambos.
‘’Esto iba a pasar
en cualquier momento. Lo sabíamos’’, continúa. Lo atrae suavemente hacia sí y
lo besa. ‘’¡Qué no daría por haberte
conocido a tiempo!’’, atina a decir el muchacho, antes de que otra vez el pesado silencio haga un espacio entre
ambos.
Las lágrimas
empiezan a rodar lentas por el rostro de la chica. ‘’No nos merecemos esto y
sin embargo…’’. Él le coloca el índice sobre los labios: ‘’Yo te merecía a ti,
tú me merecías a mí. Nos mereceremos hasta siempre’’. La besa, al tiempo que se
levanta. Se coloca el abrigo mojado, paga la cuenta y se dirige a la puerta, en
silencio. Ella esconde la cara entre las manos y solloza.
El diluvio benévolo
sigue azotando la ciudad. La chica se levanta, sin ánimos. Guarda el anillo de
matrimonio en el bolsillo del abrigo. Con pasos tristes, se dirige a la salida.
Se detiene en la entrada del café.
Empieza a caminar
bajo la lluvia, cabizbaja, con las manos en los bolsillos. Empapada llega hasta
su casa. Se detiene en la puerta de entrada y llora. Saca del bolsillo el
anillo, lo observa, cierra el puño, se da la vuelta y lo arroja lejos.
Abre la puerta de
su casa y entra.
29 mayo 2013
Sobreviviente
(En primera persona)
Era una tarde cualquiera y yo moría del tedio.
Ya no sabía qué hacer para entretenerme. Como último recurso me senté en las
escaleras que daban a la huerta a tirarle piedritas a la nada. Mi tía abuela
oyó el ‘tintín’ y buscó de dónde venía el ruido hasta que lo encontró. Me
encontró. Estaba ya vestida para salir. Eran casi las 4:00pm, hora de ir a
visitar a las vecinas. ‘’Véngase’’, me ordenó con la voz dulce de todas las
tías abuelas. ‘’Le cuento un secreto si me acompaña a la visita’’, me dijo.
Parpadeé. Un secreto, a mis trece años, era siempre mucho más interesante que
tirarle piedritas al viento. ‘’Voy contigo, tía’’, le dije, sin anteponer ni
posponer ningún usted. Mi tía abuela
sonrió y se colocó el chal sobre los hombros. Tomó su diminuta cartera y se vio
de nuevo en el espejo del comedor. Yo la seguí ansiosa durante todo el ritual.
Caminamos por el largo pasillo de la casa, con cierto sigilo. Antes de abrir el
primer portón, me tomó del brazo y me dijo en voz baja, a modo de confidencia
impropia: ‘’Ana Emilia no es viuda. El marido desapareció el mismo día de la
boda. Le dijo que ya volvía y nunca volvió. No vaya a preguntar nada. Después le
cuento bien´´. Me quedé pasmada y la ansiedad por conocer a Ana Emilia se hizo
más fuerte aún.
Salimos. Dimos unos 20 pasos y tocamos el
timbre una sola vez y antes de que el riiiing
terminara, ya una vocecita había respondido desde el fondo: ‘’¿Quién es?’’ y mi
tía abuela respondió casi al mismo tiempo: ‘’¡Pepita!’’. La vocecita se hizo
entonces presente en forma de mujer fantástica: ‘’Bienvenida, Pepita’’ le dijo
a mi tía abuela hasta que se dio cuenta de mi existencia. ‘’¡La sobrina!’’ y se
le iluminó el rostro con una mágica sonrisa. ‘’Bienvenidas’’ dijo esta vez y
nos llevó hasta la sala, donde retozaban algunos de sus gatos. Las tres nos
sentamos en la sala. Yo a escucharlas y a observarlas, ellas a parlotear. Ana
Emilia era una mujer vivaz, de impresionantes ojos verdes, tan perfecta a sus
casi 70 años, que parecía sacada de un cuento. En algún punto de la charla,
recordaron ambas mi presencia. Ana Emilia me sonrió y me preguntó cuánto tiempo
me iba a quedar de visita. Mi respuesta fue, como siempre, una pregunta fuera
de contexto: ‘’¿Aquí en su casa?’’. ‘’No’’, río ella. ‘’En casa de su tía, en
esta ciudad’’. ‘’Ah. Hasta que pase una de estas tres cosas: se acaben las
vacaciones, mi mamá cambie de opinión y vayamos a la playa en vez de seguir
aquí o Ud. me cuente por qué se quedó sin marido’’, dije, impertérrita, a
sabiendas de que en segundos, mi tía abuela me regañaría o asesinaría por
imprudente. El rostro de Ana Emilia no se alteró en nada ante la fiereza de mi respuesta,
no así el de mi tía que ya estaba a punto de ebullición. ‘’¿Le sirvo un café?
El cuento es largo’’ dijo y apoyó su taza casi vacía sobre la mesita. ‘’Con dos
cucharaditas de azúcar, si es tan amable’’, respondí y me acomodé mejor en el
sillón, no sin antes enfrentar visualmente a mi tía abuela, quien de seguro esa
noche se aseguraría de acuchillarme.
‘’El día de nuestra boda, no llegué tarde a la
iglesia, como era costumbre. Llegué puntual y perfecta, del brazo de mi padre.
La música, la decoración, los invitados (casi 60 personas y puedo recordarlas a
todas), el cura y Eduardo: radiante y magnífico en el altar, esperándome. La
boda que toda muchacha de mi edad y de mi posición social hubiera querido
tener, la tuve yo, ese día, 24 de mayo de 1942. La ceremonia duró lo justo y
fuimos a la recepción en el hotel Majestic, el de los jardines que son casi una
selva, ¿sabe de cuál le hablo, verdad?’’. Yo asentí, absorta.
‘’Pues bien, recuerdo el trayecto en la
limosina con Eduardo. No me quitaba la vista de encima y tenía mis manos
entrelazadas con las suyas. Sé que en ese momento, éramos la felicidad. Cuando
llegamos, el gran salón del Majestic estaba todo iluminado, decorado en tonos
champaña. Había cerca de 150 invitados, la crema y nata de la sociedad merideña
de la época. Saludamos, entre aplausos y ‘’vivan los novios’’ y las lágrimas de
nuestras madres, sobre todo. Contraviniendo las reglas de la sociedad, Eduardo
me besó antes del vals y ese beso tibio, dulce y a la vez apasionado, aún lo
conservo en mis labios. La magia del amor. Cursi, lo sé, pero ya verá cuando le
toque. Saludamos, conversamos un poco, reímos, brindamos. Cuando nos tocó
bailar, solo recuerdo el brazo de Eduardo rodeando mi cintura, su frente
apoyada en mi frente, la calidez de su cuerpo, el ritmo elegante de sus pasos y
los latidos nerviosos de su corazón enamorado. Lo recuerdo como si hubiera sido
ayer’’. Ana Emilia hizo una pausa, que a mí me pareció eterna. Respiró hondo y
continuó. ‘’Después del vals, ese único baile que nunca se repetiría, Eduardo
me besó en la frente y me dijo: ‘’Ya vengo’’, y me entregó a mi padre, para
continuar el baile. Después de dos piezas más, fui a buscarlo. Empecé a
preguntar si lo habían visto. Las respuestas fueron varias: por allá, por aquí,
por aquí, por allá. Después de media hora de pasearme intranquila por el salón,
empezamos a buscarlo, ya más en serio, sus padres, hermano, mis padres, yo. La
gente empezó a bromear: ‘’Se perdió el novio’’ y otros más letales decían ‘’Se
le escapó el novio’’. Al cabo de una hora, la orquesta paró y el director
preguntó si alguien sabía adónde había ido Eduardo. Yo estaba al borde de las
lágrimas, asustada, avergonzada. ¡Mi marido no aparecía! Nadie vio salir a
Eduardo del salón, custodiado por personal del hotel. Los accesos a los
jardines estaban cerradísimos, también. Las siete puertas por donde Eduardo
pudo haber salido, estaban vigiladas’’.
Ana Emilia se levantó y fue hasta a la
estantería. Buscó dos fotos y me las dio. ‘Aquí estamos, al salir de la
iglesia; y este es él, ese mismo día’’. Miré las fotos. Ana Emilia era magnífica de joven, no así
Eduardo, que era demasiado alto y demasiado desgarbado, sin gracia, con rasgos duros
que no lo hacían pasar desapercibido. ‘’¿Notó que era alto? ¿Cómo pudo haberse
esfumado, escabullido…escapado…sin ser notado? Era muy obvio, adondequiera que
iba, llamaba la atención. Lo que restó de la noche de mi boda, lo pasamos
buscándolo. 24 horas más tarde dimos el parte a la policía y 72 horas más
tarde, lo dieron por ‘’desaparecido’’. Eduardo figuraba –y aún figura- en los
registros policiales como eso: desaparecido. Ni vivo ni muerto volvió. Lo
busqué por exactamente 10 años, cuando por ley prescribió mi matrimonio y volví
a ser soltera. Lo seguí buscando por 10 años más, hasta que me di por vencida.
Guardé solo esas dos fotos y el anillo de casada. Cuando regrese, me lo pongo
de nuevo y nos casaremos de nuevo, pero esta vez seré yo quien desaparezca’’
concluyó, con una risita tierna, propia de quien ha asimilado una tragedia y la
ha convertido en un aprendizaje necesario para seguir viviendo.
Coloqué mi taza en la mesita y esperé antes
de hablar. ‘’No siempre el que desaparece lo hace por gusto’’, dije. ‘’Gracias
por la historia’’. Ella sonrió con su sonrisa mágica y me tuteó por primera vez
en ese día: ‘’Espero haberte entretenido’’.
Los 20 pasos de regreso a casa, los caminamos
mi tía abuela y yo en total silencio. Cuando abrió la puerta, vino el tan
ansiado regaño, suavizado por la historia trágica de la tarde: ‘’No la vuelvo a
llevar de paseo’’. Suspiré y fui a sentarme de nuevo en las escaleras y a
pensar en la historia de Ana Emilia, la sobreviviente.
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