28 agosto 2010

Espejismo




El tren avanza lento, pero avanza, y la chica ha pasado las cinco horas que van del trayecto sentada, casi inmóvil, mirando el árido paisaje por la ventana. Esas cinco horas ha estado prácticamente en la misma posición que cuando comenzó el viaje: sentada, con la espalda bien apoyada en el asiento, la mirada fija en la ventana.

Sobre las rodillas lleva un libro que contiene una carta que ha leído y releído varias veces y que, no obstante, se mantiene tan intacta como la propia declaración cursi y fácil con la que finaliza: ''Créeme. Siempre estarás en un lugar especial en mi corazón. Somos uno. N''. Hace 10 años que lleva esa carta consigo a todas partes y cada vez que llega a esa frase, algo dentro de ella se desmorona, se vuelve añicos.

Faltan tres horas para llegar a destino. Desvía la vista del paisaje y la dirige hacia el libro. Lo abre donde está la carta y la relee sin prisas, como si fuera la primera vez. A medida que lee, lo puede ver como hace 10 años atrás, la noche que se despidieron y él le entregó aquel sobre lleno de sus pensamientos. ''No la leas, sino hasta que te hayas ido del todo'' le dijo en voz baja y la besó con uno de esos besos largos y pausados que guardaba solo para ella.

Cierra los ojos y casi por instinto, se lleva los dedos a la boca para revivir aquellos besos. Abre los ojos. Fija de nuevo la vista en el paisaje, que de árido se ha tornado más árido aún.

Pasados unos instantes, el ruido inconfundible de unos pasos familiares, logran desconcentrarla. Desvía la vista y observa la puerta del compartimiento como se va abriendo lentamente y como va asomándose él, tan exactamente igual como ella lo dejó hace 10 años.

Se levanta de un salto y deja caer el libro que se abre justo donde está la carta. El hombre sonríe un poco impresionado. ''Perdone, no era mi intención asustarla. Parece que me perdí. No logro dar con mi compartimiento''. La chica deja escapar un ''tú, ¿aquí?'' y se le acerca. Él retrocede. ´´No era mi intención incomodarla, dice. ´´No te vayas de nuevo, por favor'', suplica ella. ''Señora, creo que me confunde con alguien''. ''He vuelto por ti'', insiste la chica. ''Perdóneme. Me debe estar confundiendo'', dice el hombre, cada vez más asustado.

La chica se queda observándolo. Parpadea rápidamente para tratar de contener las lágrimas que pesadas y tristes se deslizan con lentitud por su rostro. Es él, pero no su voz. Es él, pero no su encanto. Es él, pero no sus ojos, nariz, boca. Todo el cuerpo es él, sin serlo del todo. ''Perdona. Te confundí'', le dice al ahora extraño. ''No se preocupe. A todos nos pasa'' y el hombre se va alejando, sin quitarle la vista de encima a la chica, hasta que ella cierra lentamente la puerta del compartimiento aún llorando.

Una vez dentro, vuelve a sentarse, casi inmóvil, con la espalda bien apoyada en el asiento, la mirada húmeda fija en la ventana. Las lágrimas cada vez más pesadas caen en desorden sobre su regazo. Pasados unos minutos, se inclina para recoger el libro y la carta, no sin antes releerla, antes de guardarla. ''Somos uno'' dice con la voz quebrada. Apoya las manos sobre el libro y se queda mirando el árido paisaje. El tren avanza lento, pero avanza.

07 mayo 2010

¿Nos tomamos un café?





Pasa todo el día con un único pensamiento en la cabeza: él. Tiene exactamente 14 días reuniendo el coraje necesario para enfrentarlo y confesarle que le gustan sus ojos café claro donde puede verse reflejada, de sus cejas pobladas que ya muestran algunas canas, de la frondosidad de su barba, de sus chistes malos que a la larga resultan buenos, de su ternura escondida que solo conocen sus gatos, de su estatura abrazable y de su exactísima impuntualidad.

El día transcurre exacto en sus horas y minutos, hasta que se detiene a las 4:00 p.m, momento en el que ella apaga la computadora, se despide de sus compañeros de trabajo y se dirige al ascensor hasta la planta baja.

Cuando sale a la calle, lo divisa parado de espaldas a ella, en la esquina: lleva una camisa beige de mangas cortas y unos pantalones azul marino. Lleva el cabello más corto que la última vez que se vieron. Tiene las manos en los bolsillos y observa distraído a la gente pasar. Ella se acerca lentamente. Cuenta sus pasos, sus respiraciones, los latidos de su corazón; tiene preparadas las frases, todo en orden en su cabeza, pero cuando él se da la vuelta y le sonríe con esa sonrisa tan pícara y tímida a la vez, ella pierde el aplomo y todo por dentro se derrumba por primera vez esa tarde. Va a su encuentro, la besa y saluda con un ''hola'' amigable y tierno. Ella lo observa y escucha atenta. Trata de mantenerse en calma, pero algo dentro de ella ebulle. Quiere abrazarlo, besarlo, decirle que sabe que vale la pena, que intenten algo o todo, pero eso sí: juntos.

Él le cuenta las anécdotas del día, qué hizo, qué no hizo antes de venir a buscarla. Increíblemente para su espíritu naturalmente tímido y reservado, lleva todo el peso de la conversación y habla y habla y vuelve a hablar. Ella lo escucha atenta, aún en ebullición interna; sin embargo, en un punto del monólogo, se oye interrumpirlo: ''Tengo algo que decirte''. Él sonríe y pregunta, como si esperase la revelación de un secreto milenario: ''¿Qué?''. Ella se acerca lo suficiente. Está temblando por dentro, por fuera, perceptible e imperceptiblemente. La respiración se entrecorta y la ansiedad le hace latir con rapidez las sienes. La agonía de los 14 días anteriores a ese encuentro está por terminar. De no sabe dónde, le sale la voz trémula: ''¿Nos tomamos un café?''. Él la mira entre perplejo y divertido y una risotada, que ella recordará por siempre, se le escapa. ´´Estás más que loca´´, dice convulsionado por la risa. ´´Tanto drama para un café´´ y la empuja suavemente para que reinicien la tarde en el punto exacto donde la dejaron.

Lo que queda de ese día transcurre dulce y tranquilo para él, pero para ella nada tiene ya sentido. Un caos interno se instaló en su corazón en el mismo momento en que se dejó vencer por la cobardía. Siente como se va destruyendo poco a poco por dentro, como si un desastre natural de terribles proporciones la asolara. Lo que ella ignora en esta etapa temprana de su vida es que esa sensación no la abandonará jamás y esa pregunta, maldita pregunta salida de no sé sabe dónde, será el eco fantasmal que la atormentará durante años sin término: ´´¿nos tomamos un café…?’’.

17 abril 2010

Un cuento sin pretensiones



Para los tantos lectores que pidieron un cuento así.



El amplio auditorio luce atestado de gente. Hay ruido, gente que habla tal vez demasiado alto y una horrible música de fondo que en vez de tranquilizar, altera.
La chica lleva cerca de 20 minutos sentada en la misma posición: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, mientras que el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón. Así de inmóvil espera a que la obra comience o que él aparezca. Lo que ocurra primero dependerá ya del propio destino.
Mientras, en la entrada, él permanece en la fila. Espera por el acomodador para que le indique su asiento. Tiene aproximadamente unas 20 personas por delante que no cesan de hablar. Tanto ruido y él tan intolerante. Si no hubiera sido porque quería ver a la chica, no se hubiera sometido a esa tortura. Detesta el bullicio, las aglomeraciones, el sólo hecho de salir de la comodidad de su casa.
Aguarda sin ganas. Sólo hay un acomodador, lo que hace más lento todo el proceso. 19, 18, 15 personas por delante. Sigue descontando gente a medida que se acorta la distancia entre él y la entrada. 14,12, 9 personas por delante. Respira hondo y cierra los ojos por segundos. Cuando los abre, una fuerte oleada de aburrimiento con hastío lo inunda. ‘’Ya llego’’, dice en voz baja. Sólo queda una persona por delante. Cuando finalmente llega su turno, no espera a ser conducido por el acomodador. ´´Sé muy bien donde queda mi asiento´´, miente y camina veloz en busca de la chica, que lo espera sentada en la misma posición que hace 40 minutos. Recorre las hileras de asientos hasta hallarla. Cuando la encuentra, se detiene a pocos pasos detrás de ella. La contempla: el torso inclinado hacia delante, el brazo izquierdo apoyado completamente sobre el espaldar del asiento de enfrente, el brazo derecho, doblado a la altura del codo, hace las veces de soporte del mentón; los rizos disparejos caen blandamente sobre la espalda, la cintura estrecha, las angostas caderas. Se acerca lo suficiente hasta posar su mano en el hombro derecho de la muchacha, se agacha y susurra en su oído: ´´Aquí estoy’’. Ella inclina la cabeza y atrapa por segundos aquella mano entre su cuello y su hombro. Levanta la vista y lo observa: pálido, aburrido y hastiado es su primera lectura. Dulce, tranquilo y tímido la segunda, que es la que más le gusta cuando se ven. Él se sienta a su lado y la abraza. Ella se hunde, como tantas otras veces, en aquellos brazos. ´´Pensé que no vendrías´´, confiesa y lo besa, primero en la mejilla, después en los labios. ´´Casi no´´, replica y esboza una media sonrisa.
Las luces del auditorio se van apagando lentamente. La pareja se acomoda en sus asientos, entrelazan sus manos y se disponen, como muchas otras veces, a disfrutar de la función.

26 marzo 2010

En caso de emergencia


Aletargada en el desvencijado sofá de la sala, la chica mira televisión. Hace ‘’zapping’’ por todos los canales. Ningún programa la atrapa más de tres minutos. Bosteza. El reloj marca las 9:30pm. Tiene hambre, sí, pero también mucha pereza de ir hasta la cocina a prepararse algo. Bosteza nuevamente. Apaga la televisión y justo cuando decide ponerse a leer un libro cualquiera, el conocido bip-bip del celular anuncia que llegó un mensaje. ´´Panquecas en mi casa a las 10. Habrá helado también, a pesar de este frío’’. La chica sonríe. Responde en el acto: ‘’¡Allá voy!’’. Se anima inmediatamente: panquecas, seguramente acompañadas de chocolate caliente, jalea o crema chantilly y helado. Delicia. Se cambia de ropa y se abriga bien. Sale de casa. En escasos 10 minutos camina las 12 cuadras que separan su apartamento del de él. Toca el timbre: 4to B. ‘’¿Quién es?’’ pregunta la tan familiar voz. ‘’Tu invitada interestelar’’ responde ella. ‘’¡Ah! ¡Volaste! ¡Todo por una panqueca!. Ya bajo’’ y lo oye reír. El viento frío la hace tiritar. Se esconde aún más en el abrigo azul que le llega a los tobillos. Él demora cinco exactos minutos en bajar. La observa. Se ve tan pequeña y más ahora en invierno. Le sonríe tiernamente y le abre la puerta. ‘’¡Casi me congelo!’’ le espeta y apoya la cabeza en su pecho. ‘’Exagerada. Tardé cinco minutos solamente’’ y la abraza fuerte, como si quisiera transmitirle el calor de su cuerpo de gigante. En cuanto suben por las escaleras, él le informa de los otros invitados: Mauro, el chico que trabaja con él y Otto, el que se mudó hace poco a la habitación con vista al parque. ‘’Afortunado ese chico’’ dice ella. ‘’Tiene la mejor vista del mundo’’. ‘’Sí, es cierto’’, concuerda él. Al llegar al departamento, él se dirige a la cocina y ella se queda el tiempo necesario en la sala para sacarse el abrigo, los guantes, la bufanda. ‘’Maldito invierno’’ bufa y se contempla en el espejo: se ve pálida y delgada e incluso con ojeras. ‘’Debí haberme maquillado’’ piensa y suspira. Se encamina a la cocina y abre sigilosamente la puerta: él está ya haciendo más mezclas para panquecas; Mauro fuma en la ventana y la saluda con una leve inclinación de cabeza y un ‘’hey’’ agringado y soso; sentado en la mesa, con los platos listos para ser servidos, está Otto. Ella lo detalla de inmediato: el cabello casi ralo le acentúa los duros rasgos; los ojos verdes serpiente le dan un aire aún más frío y la boca de labios finos denota las mil posibilidades de malicia que encierra su alma. Sin embargo, ella lo observa más de una vez. Es un tipo realmente hipnótico. Le extiende la mano y se presenta. Otto hace lo mismo, sólo que retiene entre sus manos la de ella, por varios segundos, un tanto eternos. ‘’Un placer’’ y de aquella boca maliciosa emana una voz gruesa que se oiría a miles de kilómetros incluso si hablara en voz baja. ‘’¿Qué tal tu habitación?’’ Tienes la mejor vista del mundo’’ y se sienta enfrente de Otto. ‘’No está mal. He visto cosas mejores’’ respondió arrogante. Ella le sonrió inocente, como si esa respuesta antipática no hubiera nunca existido.
Mientras, Otto la observaba. Notó aún antes de que le diera la mano, que tenía dedos largos y finos; notó también el caudal de su cabello mal contenido. Le agradaron sus ojos oscuros y el tono aceitunado de su piel. Pero por encima de todo, le gustó su actitud dulce y contemplativa, como si estuviera siempre fuera del mundo y al que volvía solo de vez en vez.
‘’Ya están listas’’ anunció él triunfante. ‘’¡A comer, chicos!’’ y le sirvió a cada uno las porciones convenidas. Los cuatro se enredaron en una amena charla que se prolongó hasta un poco más allá de las 2:00am. Mauro fue el primero en acusar recibo del cansancio de un día de trabajo, se despidió de todos y ofreció llevarla hasta su casa, para que no se congelara en el camino de regreso. Sin embargo, él se adelantó a la respuesta de la chica y dijo: ‘’Esta chiquilla se queda hoy en casa. Duerme en mi cuarto y yo en la sala’’ y le acarició la coronilla con su mano de gigante. ‘’Bueno’’ dijo ella y sonrió con la misma sonrisa tierna de veces anteriores. Cuando él bajó a acompañar a Mauro hasta la puerta, Otto se quedó a solas en la cocina con ella. ‘’¿Qué conoces de la ciudad?’’ le preguntó y Otto, de nuevo, respondió antipáticamente, aunque ya se había dado cuenta de que ella era inmune al sarcasmo, la ironía o el cinismo, rasgos tan presentes en su propio carácter. ‘’Lo que tengo que ver de aquí, ya lo vi. No es la gran cosa. No creo estarme perdiendo de nada’’ y sus ojos de serpiente centellearon. Ella lo miró y negó con la cabeza: ‘’Esta ciudad es un tesoro en sí misma. Tiene lugares mágicos’’ y le fue enumerando todos los sitios que le parecían fantásticos. Otto no prestaba atención al relato, sino a la forma como ella gesticulaba, a su tono de voz de confidencias, al brillo de encanto de sus oscuros ojos y a su sonrisa dulce. Siempre pensó que las personas ingenuas eran un invento de las mentes febriles de escritores aún más febriles, pero estaba justo enfrente de una y era definitivamente real la suavidad y ensoñación de su carácter. ‘’Tienes que ir al parque…se levanta sobre…hay nubes…y al atardecer, puedes ver…’’ pedazos de monólogo le quedaron el tiempo suficiente para soltarle un ‘’llévame’’. En ese momento, abrió él la puerta y preguntó burlón: ‘’¿Adónde?’’. Ella sonrió y contestó: ‘’Al Parque Eduardo VII, para que vea el ballet de nubes al atardecer’’. Él rió y le dijo risueño: ‘’¡En una nube estás tú siempre!’’, la besó en la frente y continuó: ‘’Chicos, con su permiso, el cocinero se retira a su sala de dormir’’ e hizo una reverencia y los dejó de nuevo solos, frente a frente. Ella lo observó una vez más y después de una prolongada pausa, le dijo: ‘’También me voy a dormir. Si quieres, vamos un día de estos al parque’’ y antes de que Otto pudiera responder, ella ya se había levantado y dirigido al cuarto. Justo cuando iba a cerrar la puerta, Otto colocó su mano para evitar que se cerrara: ‘’Quiero ir mañana mismo. ¿Cómo hacemos?’’ y sus ojos de serpiente titilaron ansiosos. ‘’Uhmm’’ vaciló ella. ‘’Dame tu número’’, ordenó y ella apoyó la cabeza en la puerta entreabierta, le sonrió y le dijo: ‘’Solo doy mi número en caso de emergencia o desastres naturales’’ y fue cerrando lentamente la puerta. Cuando la cerró del todo, lo oyó susurrar: ‘’Entonces mucho me temo que tendré que crear un terremoto pronto’’ y toda la casa quedó finalmente en silencio.

21 febrero 2010

Nos marchitamos

















''Ven temprano'', le dijo, ''no tengo ganas de esperarte´´. Él acató la orden y salió antes para llegar a tiempo al encuentro, pero cuando se presentó en casa de la chica, ya ella se había marchitado de la impaciencia.

30 enero 2010

Jamás












Puede divisar la casa desde la esquina: la pintura ya no tan blanca que falta sobre todo en el lado izquierdo, las rejas grises descascaradas, el número ''4'' pintado a mano, casi a punto de borrarse del todo. Respira profundo y agarra la maleta más firmemente. Se aproxima unos pasos más, hasta quedar casi enfrente de la casa. La observa completamente. De nada basta recordar los días felices e infelices que vivió en esa casa, la que fue su casa.

Una vez más, recorre con la vista la estructura. Parece desgastada, abandonada, como si Clara no viviera más allí; sin embargo, ahí está, regando las mismas plantas, barriendo las mismas hojas, saludando a los mismos vecinos. Todo exactamente igual, como si no hubieran pasado 11 años. Atraviesa la calle y se detiene enfrente de la puerta. Apoya la mano sobre el timbre. Respira profundo de nuevo. Exhala.

Clara lo vio llegar desde siempre, así que no le sorprendió verlo detenido en la esquina de su casa. Siguió todos sus movimientos, primero desde el balcón y después protegida por la persiana de su cuarto. Lo vio acercarse, aferrado a la maleta, sopesando sus pasos. Había cambiado. No precisamente envejecido, pero definitivamente cambiado. Hizo sonar el timbre tres veces, como acostumbraba a hacer. Clara contó cinco minutos antes de verificar que la impaciencia lo devoraría como siempre y haría sonar el timbre tres veces más, con toques más cortos y enfáticos. Se recogió el cabello en una cola impecable, bajó con lentitud las escaleras, se dirigió a la ventana para enfrentarlo. Su rostro no mostró ninguna emoción. Él, por su parte, se quedó sorprendido al verla: no era la misma mujer que había abandonado 11 años atrás. Esta Clara, separada tan solo por la reja de entrada de la casa, tenía aires nuevos, una determinación feroz en sus otrora tranquilos ojos verdes. ''Hola, Clara'', dijo y su propia voz le sonó irreal. Ella contó 10 exactos segundos para responderle un ''hola'' seco y parco. ''¿Puedo pasar?'' preguntó, aunque se sintió a sí mismo implorando. Clara se dirigió a la puerta, abrió la reja y lo dejó pasar. Lo observó y pudo escucharlo de nuevo gritando, 11 años atrás: ''¡Yo a esta casa no regreso jamás!''.
Un silencio helado se instaló entre los dos. Sentados frente a frente, se observaban. ''¿Café?'' preguntó ella. ''Sí, por favor'', respondió e intentó esbozar una sonrisa, tal vez la misma que tanto la cautivaba antes. No obtuvo ningún resultado. Ningún músculo en la cara de Clara se alteró. Al cabo de unos minutos, respondió: ''Voy a prepararlo entonces, ya vengo" y se levantó en dirección a la cocina. ''Te acompaño'' dijo él, pero ella le dio la espalda y soltó un gélido: ''No es necesario'' y siguió hasta la cocina. Él se detuvo en seco, desconcertado. Respiró profundo. Recorrió con la vista la sala: los muebles conservaban el mismo tono mustio de una época indefinida; los cuadros seguían ocupando sus mismos lugares (la naturaleza muerta parecía más muerta que nunca, los caballos lo miraban con la misma expresión cansada de siempre y el paisaje holandés lucía igual de lúgubre que siempre). Se sentó y empezó a ordenar sus pensamientos y la forma cómo los pondría en palabras. Fue armando mentalmente el discurso de manera que sonara natural, pero el rico olor del café lo distrajo. Unos minutos más tarde, Clara reapareció en la sala, con dos grandes tazas de café. Le acercó una y se sentó enfrente de él. Lo observaba mientras revolvía el azúcar en su taza. Pudo oírlo gritar, a las 4:15 de aquella tarde nefasta:''¡Yo a esta casa no regreso jamás!, ¿me oíste? ¡jamás!'' y ahora lo tenía sentado justo enfrente de ella. ¿Dónde había quedado el ''jamás?''.
Él elogió el café y trató de armar una conversación para romper el iceberg entre ambos. Pero Clara lo observaba en silencio, sin responder, con la taza de café humeante en las manos. ¿A qué viniste? le preguntó y las palabras lo golpearon una a una. Dejó la taza sobre la mesa y respondió: ''Me estoy divorciando'', explicó y bajó la mirada. ''Tuve que dejarle todo, incluso el apartamento y...no tengo adónde ir''. Todo el discurso que había preparado mentalmente se vino abajo y dejó escapar todas las palabras represadas que se derramaron en oleadas por toda la sala. Clara escuchaba y solo se quedaba con algunas: ''fracaso...nunca debí irme de tu lado...no tengo adónde ir...me quedé sin trabajo...te amé mucho Clara...sé que no lo merezco...''. Y la frase final, que terminó de cerrar toda la confesión: ''¿Puedo vivir aquí un tiempo, por favor?''. Clara sorbió el café, ahora frío. Se entretuvo unos instantes contemplando la imagen que le devolvía su reflejo en el líquido y como reflejos también, los recuerdos se sucedían iguales de borrosos e inexactos. Levantó la mirada y lo observó una vez más. No vaciló ni un instante cuando se levantó, dejó la taza en la mesa y le dijo con voz firme: ''El cuarto del fondo está desocupado desde hace años. Puedes quedarte ahí el tiempo que sea necesario''. Él reunió fuerzas y logró musitar un ''gracias'' endeble y triste. Clara le hizo un ademán para que la siguiera hasta el cuarto. Le indicó donde tenía las cosas, por si acaso lo había olvidado: el armario ocre, la pequeña cómoda, la ropa de cama. Abrió la ventanita que daba al jardín interno y un viento benévolo y fresco corrió travieso por todo el cuarto.
''Ponte cómodo'', le dijo, ''estás en mi casa'' y al retirarse, lo dejó solo con sus pensamientos.

05 enero 2010

Oscuros cabellos




Sentada en medio de las escaleras del parque, la chica espera. Lo espera. El viento es frío y a veces agita su oscura cabellera, que esconde a ratos su rostro. Observa cuidadosamente a los que van entrando al parque: ninguno se parece a su chico. La gente le pasa por los lados, pero ella no se inmuta, ni siquiera cuando el viento le revuelve la melena.
Los guardias de seguridad la han estado vigilando desde que llegó. Le han tomado el tiempo desde que se quedó inmóvil en las escaleras: una hora, 14 minutos. ‘’Estará meditando’’, dice Báez, con la cara pegada al vidrio de la caseta de vigilancia. ‘’O entró en estado catatónico’’ replica Márquez y todos ríen porque nunca entienden sus palabras rebuscadas. ‘’Si en 15 minutos no se mueve de ahí, vas a hablar con ella y a espantarla, Márquez’’, dice a modo de orden Gutiérrez. ‘’¿Por qué yo?’’ gruñe instantáneamente Márquez. ‘’Por hablar raro’’ responde Gutiérrez. Todos ríen. Márquez se asoma a la ventana y nota como el viento peina y despeina los largos y oscuros cabellos de la chica. Nota su rigidez apacible de estatua de otra época: las rodillas dobladas, la espalda recta, los hombros alineados. ‘’Perfecta’’, piensa Márquez. ‘’Así, de espaldas, perfecta. Misteriosa y perfecta’’.
Mientras, la chica sigue observando a todos los que entran y salen del parque. Ninguno es el que ella espera; sin embargo, está segura de que irá. El primer domingo de cada mes, él va al parque a hacer las mismas fotos de siempre. Mero ritual. Mera obsesión. Lo que sea que determine sus visitas al parque a ella no le importa. Tan sólo quiere verlo, hablarle. Sobre todo eso: hablarle. Oírlo de nuevo.
‘’Dale Márquez. Te llegó la hora de sacar a la inamovible aquella’’, dice Báez y todos le celebran la orden. Márquez masculla entre dientes, se coloca la chaqueta que más claramente lo identifica como agente de seguridad del parque y se encamina hacia la muchacha. Sin embargo, va despacio, mientras repasa mentalmente lo que dirá.
A tan sólo 10 pasos de llegarle, ella se retira el cabello de la cara y lo ata delicadamente. Márquez se paraliza. Le parece increíble lo grácil de aquellos movimientos, las manos tan finas, la perfección del cuello, el tatuaje en la nuca.
Pasado el impacto inicial, el guardia se aproxima un poco más. Luce tan dócil y tranquila que no quiere perturbarla, pero justo cuando va a hablarle, se levanta súbitamente y baja las escaleras hasta casi llegar a las dos primeras. Márquez la sigue, perplejo, a la misma velocidad. Está a tan sólo dos escalones por detrás de ella. ‘’No me diga nada’’, la oye suplicar. Impresionado por la voz de sirena que acaba de escuchar, el hombre se detiene y no logra reunir las palabras para decirle algo coherente. Aún de espaldas, continúa: ‘’tengo que esperarlo. No puedo irme sin verlo, hablarle, olerlo. Entiéndame. Está por llegar, lo sé’’. Márquez se acomoda la chaqueta, traga saliva e intenta responder, pero en el momento en que va a hacerlo, la chica exclama: ‘’¡ahí viene!’’ y desciende lo que le queda de escaleras, cruza corriendo la calle con la vista fija en el chico que está parado justo al lado del semáforo, con una cámara en la mano, en la acera de enfrente, sin darse cuenta de que van pasando también los autos que intentan esquivarla sin éxito.
‘’¡Dios, no!’’, grita Márquez, al tiempo que la ve salir despedida por los aires después de haber sido golpeada por un auto. Gritos, sollozos, frenazos, gente arremolinada alrededor del cuerpo inerte. Márquez se abre paso entre todos, se arrodilla junto a la chica muerta y le da la vuelta delicadamente. El cabello, ahora suelto, se extiende por todo el pavimento, en oleadas. Los suaves rasgos, ahora desencajados, lucen irreales. ¿Quién era? ¿A quién esperaba?
Los paramédicos llegan en minutos, revisan el cuerpo, lo cubren con una manta, lo suben a la camilla y lo introducen en la ambulancia. La gente se va retirando poco a poco del lugar, pero Márquez se queda parado donde antes estuvo el cuerpo. Cuando logra reaccionar, levanta la vista y en la acera del enfrente, justo al lado del semáforo, ve a un chico con una cámara, que le hace fotos, sonríe con alevosía y hace un ademán de saludo. ‘’¡Al fin libre!’’ grita, se da la vuelta y empieza a alejarse, silbando. Y ese silbido, agudo, irónico y seco, quedará para siempre en la memoria de Márquez, junto con el oscuro y largo cabello de la chica.