29 mayo 2013

Sobreviviente

 (En primera persona)

Era una tarde cualquiera y yo moría del tedio. Ya no sabía qué hacer para entretenerme. Como último recurso me senté en las escaleras que daban a la huerta a tirarle piedritas a la nada. Mi tía abuela oyó el ‘tintín’ y buscó de dónde venía el ruido hasta que lo encontró. Me encontró. Estaba ya vestida para salir. Eran casi las 4:00pm, hora de ir a visitar a las vecinas. ‘’Véngase’’, me ordenó con la voz dulce de todas las tías abuelas. ‘’Le cuento un secreto si me acompaña a la visita’’, me dijo. Parpadeé. Un secreto, a mis trece años, era siempre mucho más interesante que tirarle piedritas al viento. ‘’Voy contigo, tía’’, le dije, sin anteponer ni posponer ningún usted. Mi tía abuela sonrió y se colocó el chal sobre los hombros. Tomó su diminuta cartera y se vio de nuevo en el espejo del comedor. Yo la seguí ansiosa durante todo el ritual. Caminamos por el largo pasillo de la casa, con cierto sigilo. Antes de abrir el primer portón, me tomó del brazo y me dijo en voz baja, a modo de confidencia impropia: ‘’Ana Emilia no es viuda. El marido desapareció el mismo día de la boda. Le dijo que ya volvía y nunca volvió. No vaya a preguntar nada. Después le cuento bien´´. Me quedé pasmada y la ansiedad por conocer a Ana Emilia se hizo más fuerte aún.

Salimos. Dimos unos 20 pasos y tocamos el timbre una sola vez y antes de que el riiiing terminara, ya una vocecita había respondido desde el fondo: ‘’¿Quién es?’’ y mi tía abuela respondió casi al mismo tiempo: ‘’¡Pepita!’’. La vocecita se hizo entonces presente en forma de mujer fantástica: ‘’Bienvenida, Pepita’’ le dijo a mi tía abuela hasta que se dio cuenta de mi existencia. ‘’¡La sobrina!’’ y se le iluminó el rostro con una mágica sonrisa. ‘’Bienvenidas’’ dijo esta vez y nos llevó hasta la sala, donde retozaban algunos de sus gatos. Las tres nos sentamos en la sala. Yo a escucharlas y a observarlas, ellas a parlotear. Ana Emilia era una mujer vivaz, de impresionantes ojos verdes, tan perfecta a sus casi 70 años, que parecía sacada de un cuento. En algún punto de la charla, recordaron ambas mi presencia. Ana Emilia me sonrió y me preguntó cuánto tiempo me iba a quedar de visita. Mi respuesta fue, como siempre, una pregunta fuera de contexto: ‘’¿Aquí en su casa?’’. ‘’No’’, río ella. ‘’En casa de su tía, en esta ciudad’’. ‘’Ah. Hasta que pase una de estas tres cosas: se acaben las vacaciones, mi mamá cambie de opinión y vayamos a la playa en vez de seguir aquí o Ud. me cuente por qué se quedó sin marido’’, dije, impertérrita, a sabiendas de que en segundos, mi tía abuela me regañaría o asesinaría por imprudente. El rostro de Ana Emilia no se alteró en nada ante la fiereza de mi respuesta, no así el de mi tía que ya estaba a punto de ebullición. ‘’¿Le sirvo un café? El cuento es largo’’ dijo y apoyó su taza casi vacía sobre la mesita. ‘’Con dos cucharaditas de azúcar, si es tan amable’’, respondí y me acomodé mejor en el sillón, no sin antes enfrentar visualmente a mi tía abuela, quien de seguro esa noche se aseguraría de acuchillarme.

‘’El día de nuestra boda, no llegué tarde a la iglesia, como era costumbre. Llegué puntual y perfecta, del brazo de mi padre. La música, la decoración, los invitados (casi 60 personas y puedo recordarlas a todas), el cura y Eduardo: radiante y magnífico en el altar, esperándome. La boda que toda muchacha de mi edad y de mi posición social hubiera querido tener, la tuve yo, ese día, 24 de mayo de 1942. La ceremonia duró lo justo y fuimos a la recepción en el hotel Majestic, el de los jardines que son casi una selva, ¿sabe de cuál le hablo, verdad?’’. Yo asentí, absorta.

‘’Pues bien, recuerdo el trayecto en la limosina con Eduardo. No me quitaba la vista de encima y tenía mis manos entrelazadas con las suyas. Sé que en ese momento, éramos la felicidad. Cuando llegamos, el gran salón del Majestic estaba todo iluminado, decorado en tonos champaña. Había cerca de 150 invitados, la crema y nata de la sociedad merideña de la época. Saludamos, entre aplausos y ‘’vivan los novios’’ y las lágrimas de nuestras madres, sobre todo. Contraviniendo las reglas de la sociedad, Eduardo me besó antes del vals y ese beso tibio, dulce y a la vez apasionado, aún lo conservo en mis labios. La magia del amor. Cursi, lo sé, pero ya verá cuando le toque. Saludamos, conversamos un poco, reímos, brindamos. Cuando nos tocó bailar, solo recuerdo el brazo de Eduardo rodeando mi cintura, su frente apoyada en mi frente, la calidez de su cuerpo, el ritmo elegante de sus pasos y los latidos nerviosos de su corazón enamorado. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer’’. Ana Emilia hizo una pausa, que a mí me pareció eterna. Respiró hondo y continuó. ‘’Después del vals, ese único baile que nunca se repetiría, Eduardo me besó en la frente y me dijo: ‘’Ya vengo’’, y me entregó a mi padre, para continuar el baile. Después de dos piezas más, fui a buscarlo. Empecé a preguntar si lo habían visto. Las respuestas fueron varias: por allá, por aquí, por aquí, por allá. Después de media hora de pasearme intranquila por el salón, empezamos a buscarlo, ya más en serio, sus padres, hermano, mis padres, yo. La gente empezó a bromear: ‘’Se perdió el novio’’ y otros más letales decían ‘’Se le escapó el novio’’. Al cabo de una hora, la orquesta paró y el director preguntó si alguien sabía adónde había ido Eduardo. Yo estaba al borde de las lágrimas, asustada, avergonzada. ¡Mi marido no aparecía! Nadie vio salir a Eduardo del salón, custodiado por personal del hotel. Los accesos a los jardines estaban cerradísimos, también. Las siete puertas por donde Eduardo pudo haber salido, estaban vigiladas’’.

Ana Emilia se levantó y fue hasta a la estantería. Buscó dos fotos y me las dio. ‘Aquí estamos, al salir de la iglesia; y este es él, ese mismo día’’. Miré las fotos. Ana Emilia era magnífica de joven, no así Eduardo, que era demasiado alto y demasiado desgarbado, sin gracia, con rasgos duros que no lo hacían pasar desapercibido. ‘’¿Notó que era alto? ¿Cómo pudo haberse esfumado, escabullido…escapado…sin ser notado? Era muy obvio, adondequiera que iba, llamaba la atención. Lo que restó de la noche de mi boda, lo pasamos buscándolo. 24 horas más tarde dimos el parte a la policía y 72 horas más tarde, lo dieron por ‘’desaparecido’’. Eduardo figuraba –y aún figura- en los registros policiales como eso: desaparecido. Ni vivo ni muerto volvió. Lo busqué por exactamente 10 años, cuando por ley prescribió mi matrimonio y volví a ser soltera. Lo seguí buscando por 10 años más, hasta que me di por vencida. Guardé solo esas dos fotos y el anillo de casada. Cuando regrese, me lo pongo de nuevo y nos casaremos de nuevo, pero esta vez seré yo quien desaparezca’’ concluyó, con una risita tierna, propia de quien ha asimilado una tragedia y la ha convertido en un aprendizaje necesario para seguir viviendo.

Coloqué mi taza en la mesita y esperé antes de hablar. ‘’No siempre el que desaparece lo hace por gusto’’, dije. ‘’Gracias por la historia’’. Ella sonrió con su sonrisa mágica y me tuteó por primera vez en ese día: ‘’Espero haberte entretenido’’.

Los 20 pasos de regreso a casa, los caminamos mi tía abuela y yo en total silencio. Cuando abrió la puerta, vino el tan ansiado regaño, suavizado por la historia trágica de la tarde: ‘’No la vuelvo a llevar de paseo’’. Suspiré y fui a sentarme de nuevo en las escaleras y a pensar en la historia de Ana Emilia, la sobreviviente.

05 mayo 2013

Sin anestesia




Cuando ella lo sintió cerca, el mundo se vino abajo, apagó su ruido, se congeló. Lo vio inclinarse sobre ella y comenzar la autopsia.

07 abril 2013

El incidente de Zara


A Fabio.
In Memoriam.



(Piso 12. Mis pies bien firmes en la cornisa. Cierro los ojos (te cuento esto tal y como lo viví, el último día de mi vida) y cuando los abro, ¡chan! una pequeña multitud ya se había arremolinado bajo mis pies, literalmente. El viento juguetón agita como si nada mi bata de dormir y mi cabello. ¡Debo parecer una auténtica loca! Oigo los gritos de la gente abajo: ‘’¡Bájese, señora!’’, ‘’ ¡No te tires!’’. No digo nada. Miro al cielo. No sé cuándo ni cómo aparece mi madre por la ventana. Tiene tanto maquillaje siempre que me causa impresión verla. Mamá me recuerda a un payaso decadente.
‘’ ¡Hija! ¿Qué haces ahí? ¡Te vas a caer!’’. Así empezó mamá un monólogo que logró marearme más que la altura. ‘’Hija mía, si lo que tú quieres es la muerte, yo te digo que escojas la vida o al menos otra forma de morir porque si te resbalas, caes sobre ese Maverick, que es más viejo que tu papá.
Me aturde mamá, pero creo que siempre lo ha hecho. La miro, no quiero saber qué tiene para contarme, pero no me deja ni responder. Del nerviosismo, agito un pie en el vacío. La gente grita y obviamente mamá también. Una mano huesuda agarra a mamá del hombro y la quita de la ventana y aparece el padre Colmenares, con ese acento español tan fuerte de siempre.
‘’Dulce oveja del rebaño de Dios’’, comienza. ‘’ ¡Oh no, viene con discurso zoofílico’’ pienso y abro mucho más los ojos. ‘’Cuando Dios, a través de Moisés dijo: ‘’No matarás’’, también implícitamente daba a entender ‘’No te auto-matarás’’… Hija mía, estoy aquí para pedirte que no saltes al vacío, sino a lo lleno. La vida es una sola y es genial, a pesar de la inseguridad’’. Me auto-pregunto ‘’¿qué es esto? ¿un castigo por todos los años que no fui a misa de 8 los domingos?’’. El padre Colmenares agita sus huesudas manitos y creo que hubiera seguido en su discurso sino hubiera sido por Blanca, que aparece risueña y feliz (raro, dadas las circunstancias) en la ventana. ‘’Amiga, no sé a qué se deba todo esto, pero espero que sea solo locura pasajera porque yo, sin ti no podría vivir’’. El aspecto risueño de mi mejor amiga se desvanece y da paso a un quejido lastimero que deviene en llano entrecortado acompañado de lágrimas negras de rímel. ‘’Zara…toda la vida, pero toda, te he amado y no con locura, por aquello del qué dirán, sino en el closet. Mi closet. No te tires, te lo repito. Yo no quiero quedarme sin ti. Recuerdo que tragué grueso y me pegué a la pared, pero di un paso a mi izquierda, para alejarme de la ventana. Lo que me faltaba, pues, mi mejor amiga está in love with me!
‘’He ocultado mi amor todo este tiempo porque…’’, ¡Dios, entre mi mamá, el cura y esta otra me van a volver loca!’’. Cierro los ojos y me tapo los oídos, pero se cuela el sonido de una sirena. La gente abajo grita de a ratos todavía. Abro los ojos. ‘’ ¡Psst, señorita!’’. Veo a un tipo en la ventana. Quiero decirle que no soy señorita, pero no me salen las palabras. ‘’Vengo en son de paz. Soy el Inspector Juárez, como Benito, el mexicano este famoso. Vengo a decirle que la vida es buena, que para todo lo demás existe MasterCard, además, una mujer como Ud. tan fina no debería saltar porque va a perder todo el glamour y cuando vaya cayendo le van a ver la ropa interior, y mire, es de mal gusto eso.  Porque una cosa es verlo uno como hombre en una Playboy y otra muy diferente en un cuerpo caído en la acera. Yo sé lo que le digo’’. Cierro los ojos y a los lejos sigo oyendo al hombrecito monologando. Cuando abro los ojos, enfrente de mí está mi hija, que me habla, pero no la oigo, no la entiendo. Extiendo los brazos hacia ella y de repente pierdo el equilibrio. (Sé que esto pasó porque me despegué de la pared). Caigo. Así de simple). 

24 enero 2013

Sin sentido



Al llegar a casa, no enciende las luces, como de costumbre. Tampoco revisa si tiene correspondencia y mucho menos le presta atención a la T.V. En medio de ese quiebre en su rutina, se sienta en el piso, con la espalda recta pegada a la puerta de entrada. En la cartera busca el celular. Ningún mensaje, ninguna llamada, ni siquiera perdida. Son las 8:40 de la noche. ‘’No tiene ningún sentido seguir’’, le dice a la nada.

Después de un largo rato, se levanta. Enciende una única luz, la de la cocina. Se dirige al baño, en penumbras. Se quita con delicadeza la ropa. Abre las llaves de la ducha.  Deja que el agua corra por todo su magro cuerpo. Cierra los ojos y se deja llevar. Agua tibia. Sera la última vez que la sienta. Se lava el cabello, recorre con lentitud su cuerpo. Al terminar de bañarse, se seca meticulosamente y se mira en el espejo. Nunca le gustó hacerlo y, por fortuna, esta será la última vez.

Ya en su cuarto, se viste con su mejor camisón de dormir. ‘’El sueño eterno’’, ironiza. Una vez lista, se cerciora de cerrar las ventanas y las cortinas. Sobre la cama está la bolsa plástica, la cinta gris de embalaje, un poco de cuerda. Sobre la mesita de noche, un frasco de tranquilizantes. Se peina con esmero y se recoge el cabello aún húmedo en un rodete. Se sienta al borde de la cama y toma la dosis exacta de pastillas. Ni una más, ni una menos. Se coloca la bolsa en la cabeza, no sin antes respirar hondo y la ata lo más herméticamente que puede con la cinta y para estar segura de que el aire no interferará en sus planes, aprieta la cuerda por encima de la cinta.

Inhala. Se acuesta en el medio de la cama, boca arriba. Exhala. Toda la bolsa por dentro se llena de su aliento. El corazón late de prisa. Inhala. Siente un hormigueo que comienza por los pies. Exhala. Escucha la puerta de entrada. Está mareada. Gira la cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda, con rapidez. Inhala. Ve, en medio de la bruma de su propia respiración, a Mario parado justo enfrente de la cama. El poco aire que queda dentro de la bolsa empieza a enrarecerse mucho más. Se le nubla la vista. Exhala. Oleadas de pánico la invaden con más fiereza cada vez. Se estremece violentamente. Casi no inhala. Mario abandona la habitación y cierra tras de sí la puerta. Ella aprieta los puños. Arquea la espalda. Ya no queda nada de aire. Abre la boca y toda la bolsa se adhiere a su rostro, sofocándola aún más. Grita un grito sordo: ‘’¡Mario!’’.
Sentado frente a la televisión, Mario escucha esa voz seca, tan familiar, que antes amaba. Se levanta y va hacia la ventana y la abre de par de en par. Respira hondo. ‘’Lo siento. Ya no tenía ningún sentido seguir, amor’’.

12 octubre 2012

El ciego

Ciego de nacimiento o debido a algún traumatismo o enfermedad. No importa. El detalle es que era ciego. Pedía dinero en el metro. Estaba en todos los vagones, en todas las líneas, a toda hora. ''Una monedita para este ciego, por favor'' era su cántico. Sorprendía siempre su mirada azul sin vida. Arrastraba los pies, hacía sonar ruidosamente su bastón e iba tropezándose con la gente. No tendría más de 50 años, pero sus ademanes de anciano prematuro, hacían que pareciese un tipo mayor, de esos que tienen aires de derrota y abandono. Una noche cualquiera, a las 11:00 pm. Último metro. De repente, el ciego en el mismo vagón que yo. Mis índices de curiosidad crecían a pasos agigantados. ''Próxima estación: Chiado'' y como si tuviera un resorte, se transforma, se yergue en toda su estatura, se dirige sin vacilar a la puerta del vagón y sale velozmente y empieza a subir frenéticamente las escaleras. Yo lo sigo, también frenéticamente. Sale a la calle y sin ayuda del bastón, empieza a caminar aún más de prisa. Yo lo persigo casi corriendo, amparada por las penumbras de la noche. El ciego camina muy velozmente y se mete por estrechos callejones oscuros que no aparecen en los mapas.Sin tropiezos, ni vacilaciones. Al final de una calle pequeña, se detiene enfrente de una puerta, saca las llaves de su bolso y sin vacilar abre la puerta y la transformación va teniendo lugar: el ciego se encorva, es de nuevo un anciano prematuro, derrotado y triste y así entra a la casa, su casa. En la esquina me quedo un rato, viendo como las luces de esa casa misteriosa se van apagando lentamente.

26 agosto 2012

En la cajita

Ella escribió: "Me gusta la inexactitud de tu mirada. La disparidad de tu sonrisa. El desorden de tus rizos. La fiesta de tus pecas. El viento que levantas cuando te acercas''. El respondió: ''Eres el oxígeno''. Y ambos se dieron las gracias. Gracias por el fuego. Gracias por el viento. Y guardaron las palabras en la cajita.

07 agosto 2012

Hacer el bien

La primera en llegar al café es ella. Da un rápido vistazo al salón de té. Ninguno de los chicos ha llegado aún. Un mesonero la aborda: ‘’Buenas tardes. ¿Mesa para…? Le indica tres con la zurda. El mesonero asiente y la acompaña hasta una mesa del fondo, junto a la ventana. Una garúa fina y fría ha arropado la ciudad desde temprano. La chica observa las gotas pequeñas que van deslizándose por la ventana. Han pasado cerca de 15 minutos cuando él aparece. ‘’Hola’’. Da un respingo. ‘’¿Te asusté?’’ sonríe él su risa infantile de siempre, al tiempo que pregunta: ‘’¿Noticias?’’. ‘’Ninguna, aún’’, responde. Contraria a mi ansiosa puntualidad, llego al encuentro 35 minutos tarde. Me acerco con prisa a la mesa y saludo. Un silencio eterno se instala entre los tres, hasta que se acerca el mesonero y ordenamos. Al cabo de un rato, el chico levanta la vista de su café y da vueltas intranquilas a la cucharita dentro de la taza. Ella, de brazos cruzados, observa a la gente que lentamente pasa por la calle. ‘’¿Y bien? ¿Qué hacemos?. Fijan la vista en mí: ‘’Una buena tanda de golpes en todo el cuerpo, de manera de que esté en cama bastante tiempo’’. Él añade: ‘’Nada de armas blancas ni muchos menos. No queremos heridas graves’’. ‘’Somos muy amateurs para este tipo de cosas’’. ‘’Además…queremos solo darle un susto’’. ‘’Un buen susto’’. ‘’Pensemos en que lo que buscamos es que no nos moleste más por un rato. No es un venganza, es solo una advertencia’’. Los miro. Cada uno expuso su parecer. Respiro hondo. ‘’Por más específicos que seamos con los tipos que nos harán este trabajito, no podemos controlar todo lo que pase ese día’’. ‘’Me parece que ya no podemos controlar nada, desde el momento en que le paguemos a esta gente, quedamos totalmente a merced de ellos, de alguna forma’’, explica el muchacho. ‘’¿Y si se les va la mano?’’ pregunto. Ella responde, con cautela: ‘’Es uno de los tantos riesgos que hay que correr’’. ‘’Hoy venía pensando en todo esto’’, digo. ‘’Recordé el caso de uno de mis profesores de la Universidad. Dos tipos lo interceptaron cuando estaba llegando a su casa y le destrozaron las rodillas a patadas. Solo las rodillas. Estuvo todo un año en rehabilitación. En algo así pudiéramos pensar para nuestro infeliz’’.‘’El fin justifica los medios y más en este caso’’, concluyen. Miro por la ventana. La lluvia cesó y hay más gente en la calle ahora. ‘’Bien. Pauto la reunión para la semana que viene. Cada uno que lleve su parte del dinero’’. ‘’Hacer el bien. Nuestro bien. Y el de los demás chicos. Recordemos eso para evitarnos culpas’’, sentencia el muchacho. Ella asiente. Los miro antes de concluir: ‘’Hacer el bien. Me gustó eso’’. Afuera, ya sin lluvia, el frío del invierno que languidece, nos aguarda.