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11 septiembre 2009

Ya es marzo




La chica se sienta en la vieja silla de madera. No es cómoda y teme caerse. A cada movimiento suyo, por delicado que sea, la silla chirría. No hay mucha luz y hace frío. Extraño. Afuera la temperatura es de 32 grados, pero en la sala es muy baja. Tirita un poco. Observa los cuadros que intentan adornarlas paredes. Son baratos y están desperdigados sin orden alguno. Entretenida como estaba, no se dio cuenta cuando llegó el hombre.
''Buenas tardes'', dijo y su voz gutural llenó por completo la pequeña sala. La chica dio un respingo.
''¿La asusté? y soltó una risa ensayada durante años. La muchacha permaneció muda en el asiento.
''Dígame, querida, que la trae por aquí: ¿el amor, el trabajo, el dinero?''. La chica respiró hondo y habló con una voz tan tenue que el hombre tuvo que hacer un esfuerzo para escucharla.
''Llevo cuatro noches soñando con el mismo chico'', dijo.
El quiromante la miró fijamente y sin pedirle permiso, le tomó las manos, en vez de leerle las cartas. La muchacha, impresionada, lo observa con más miedo que confianza. Le detalla las palmas de las manos, primero la izquierda, luego la derecha y sentencia: ''Es un gigante impredecible. Llegará en marzo. Seguirás soñando con él hasta que se encuentren''.'

Despierta. El mismo sueño se había repetido durante los últimos nueve años: ella, más joven, consultaba con un quiromante sobre el supuesto gigante de sus sueños. Se levanta sin ruido para no despertar a Mario. Una vez de pie, lo observa y piensa: ''Este de gigante solo tiene el ego'' y un mohín de disgusto le nubla el rostro por segundos.
Apenas son las 3am. No podrá dormirse, nunca puede después de ese sueño, así que vaga descalza por la casa, hasta que sea la hora de hacer el desayuno, despertar a los niños y a Mario y empezar la misma rutina de siempre.
Se sienta en la sala, ve un poco de TV, se aburre. El tiempo no pasa tan rápido como ella quisiera. Enciende la computadora para leer sus emails: tiene muy pocos, la mayoría pavadas, ninguno importante. Fastidiada, mira el reloj con impaciencia: la hora de sumergirse en la rutina está a punto de llegar y se siente tan cansada, necesita dormir un poco, pero lo hará más tarde.
Empieza a preparar los desayunos con lentitud. No solo su cuerpo acusa recibo del insomnio, sino su cabeza: las imágenes del sueño no la han abandonado.
Extraño. Puede verlo todo en su mente, como si fuera una película que se repite sin cesar: ve los rasgos mestizos del quiromante, las viejas cartas,el hermoso y perfecto gigante que la acecha como algo posible.
Despierta a los niños, a Mario: ''otro niño más'' piensa fastidiada. Ya en la cocina, los ve devorar el desayuno, mientras mordisquea sin ganas una tostada.
Después, lleva a los niños y a Mario al trabajo (''no tengo ganas de manejar hoy, ¿me llevas, amor?''y el mismo pensamiento de siempre" ''no tengo ganas de llevarte a ninguna parte'' que acompaña la misma respuesta de siempre: ''sí, claro'').
Una vez en el auto, pasa por las calles de siempre para dejar a Mario en la oficina y a los niños en el colegio. De regreso a casa, un tráfico inusual la detiene. Hunde la cabeza en el volante y maldice su suerte. Quiere llegar a casa e intentar dormir un rato. Cierra los ojos por minutos.
El tráfico no avanza. ''Un accidente seguramente'' piensa. Levanta la cabeza y abre los ojos. Justo delante de su auto y erguido en toda su estatura, la observa el gigante de sus sueños. Tiene los ojos verdes de día y marrones de noche. Le sonríe con dulzura. Ella lo mira sin creer aún que lo tiene justo enfrente.
Abre la puerta del auto y se sienta a su lado: ''es marzo'' dice y su voz de trueno dulce inunda el vehículo. ''¿Vamos?'' pregunta y ella responde: ''vamos, sí, que ya es marzo''. El tráfico se disipa y ambos en el auto se alejan por la gran ciudad.

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