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02 abril 2017

La agonía




La puerta que se activa por sensor se abre de par en par cuando la mujer se detiene por segundos enfrente, antes de entrar, resuelta, con paso firme, por el reluciente pasillo de entrada.
Sus tacones van dejando el eco del ritmo acelerado y rápido de su andar. Sabe exactamente adónde va, aunque nadie le haya dicho nada antes, aunque nadie le haya avisado, porque nadie sabe de su existencia.
En vez de tomar el ascensor, se dirige a las escaleras y sube los cuatro pisos que debe subir con el mismo ritmo constante que mantiene desde que entró al recinto.
Abre la puerta y se detiene por segundos. Mira hacia la izquierda, hacia la derecha. Constata los números de las habitaciones para encontrar la que busca. Camina entonces hacia la izquierda: 402, 401. 400.
No toca para entrar. Simplemente la abre y pasa, resuelta, como lo ha sido toda su vida. Observa al hombre que yace agonizante en la cama. No le presta atención a las personas que están también en la habitación, llorando, esperando un desenlace que ya está marcado por destino.
‘’Augusto…’’ dice, sin un dejo de ternura o compasión. La agonía del hombre pareciera ir en aumento. ‘’Augusto’’ repite, con más firmeza, como si estuviera a punto de darle una orden al moribundo. ‘’No nos queda mucho tiempo. Mírame’’ le dice sin parpadear.
‘’¿Pero usted quién es?’’ le increpa una mujer que la mira atónita. Sin inmutarse ni responder a la pregunta, toma la mano del hombre y la aprieta. El hombre empieza a reaccionar lentamente, como si aquel apretón le hubiese infundido un nuevo aliente. Abre los ojos despacio.
Las demás personas presentes en la habitación gritan asombradas y ‘’Augusto’’ y ‘’papá’’ son palabras que se mezclan en el ambiente. El hombre no presta atención a nada, solo a la mujer que sostiene su mano y a quien mira ahora fijamente.
Trata de incorporarse, pero la debilidad de su cuerpo después de meses de enfermedad, se lo impide. La mujer lo observa, sin haberle soltado aún la mano. ‘’Vine a despedirte. Es largo el camino y yo debo volver pronto a mi casa’’ le dice esta vez, en un tono suave, tierno.
El hombre respira hondo y asiente. ‘’Lo mejor de mi vida fuiste tú’’ le dice en un hilo de voz. Ella asiente y con delicadeza le suelta la mano y se acerca más. Lo besa en la frente, en las mejillas y por último en los resecos labios. Él intenta abrazarla, pero su cuerpo no responde. Llora.
‘’Me voy Augusto. Que tengas el viaje de tu vida’’ le dice y le sonríe con una sonrisa dulce, impropia en ella. El hombre cierra los ojos. Su respiración se hace entrecortada a medida que la mujer avanza, con el mismo paso firme con el que entró a la habitación, hacia la puerta.
Nadie dice nada ahora; sin embargo todos observan cómo el hombre en segundos empieza a agonizar de nuevo, hasta que arquea la espalda en un último espasmo violento, aprieta los puños y deja de estar.
‘’¡Papá! ¡No!’’ son las palabras que la mujer escucha ya cuando va caminando hacia la derecha. 400. 401. 402. Abre la puerta que conduce a las escaleras y desciende los cuatro pisos, con la misma prisa y fiereza con que antes los subió.
Atraviesa el reluciente pasillo de entrada que ahora marca su salida. La puerta que se activa por sensor se abre de par en par cuando la mujer se detiene por segundos enfrente, antes de salir, resuelta, con el mismo paso firme de toda su vida.

Camina hacia la parada de taxis. El chofer de turno le abre la puerta y ella se sienta, tranquila e inmutable, y le indica hacia dónde llevarla. Se arregla el cabello cada vez más grisáceo. Observa sus propias manos que hacía segundos sostenían la mano de Augusto. Apoya suavemente la cabeza en el asiento y dice, con voz casi imperceptible: ‘’Que tengas, mi querido, el viaje de tu vida’’.